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gusto por la antigüedad se verá ampliamente reforzado tras
las excavaciones de Herculano (1737) y Pompeya (1748), ya que tras los
primeros trabajos se pudo comprobar de primera mano, como era la vida cotidiana
dentro de estas sociedades, así mismo se podía ser testigo
directo del tipo de arquitectura, pintura y escultura desarrollada en estas
ciudades. La fascinación ejercida en los aristócratas europeos
motivada por los continuos descubrimientos en este campo, propició
dos importantes características que extendieron rápidamente
el interés por el pasado: el Grand Tour y los libros de grabados
de antigüedades.
Tras la finalización de los estudios
universitarios se consideraba imprescindible la realización de un
viaje a Roma por parte de los jóvenes aristócratas y clases
acomodadas de Inglaterra, éste en realidad se veía complementado
en muchas ocasiones con la visita a otros países destacando Grecia
y concretamente Atenas. Con ello, se conseguía una formación
más completa y a la vez servía para comprar obras antiguas
que posteriormente decorarían sus mansiones. Este gusto, a
la larga consiguió como afirma Boime: aumentar el comercio de obras
de arte, sobre todo de la antigüedad clásica griega-romana;
que la producción de cuadros con el tema de Roma y sus ruinas aumentara
considerablemente; y que se incrementara la exploración, el descubrimiento
y la valoración de pruebas arquitectónicas, de escultura
y pintura no solo de Italia sino también de otros ámbitos
mediterráneos.
Pero si todo ello fue importante, no debemos
olvidar la constatación que de estas excavaciones y descubrimientos
realizaron viajeros, teóricos y anticuarios, ya fuera de forma
escrita o con grabados ilustrativos. Entre las obras grabadas que tuvieron
una mayor repercusión, destacamos entre una amplia nómina;
los catálogos de las excavaciones de Herculano financiadas por Carlos
III rey de Nápoles en ese momento: Catalogo degli antichi monumenti
disoterrati delle discoperta ciutá di Ercolano (1754-1779) y La
Antichitá di Ercolano. De modo individual tenemos las Observations
sur les antiquités de la ville d’ Herculanum que publicó
Cochin en 1754; por su parte Julien David Leroy en 1758 publicó
Ruines des plus beaux monuments de la Grèce ; James Stuart (1713-1788)
y Nicholas Revett (1720-1804) publicaron en 1762 la muy difundida Antiquities
of Athens y Robert Wood en 1753 Ruins of Palmyra .
Tanto éstas, como muchas otras
obras, supusieron una referencia de primera mano a la hora de plantear
un proyecto, tanto por la estructura de los edificios grabados como por
la enorme cantidad de elementos decorativos expuestos en las vistas que
se realizan de los diferentes monumentos. Pero esta visión
greco-romana de la antigüedad creemos que quedaría incompleta,
sin el que seguramente fue el complemento en unos casos o la fuente directa
en otros muchos; nos estamos refiriendo a un tratado absolutamente original
publicado en Viena en 1721. Su singularidad consistía en presentar
en grandes láminas, la representación de monumentos históricos
y edificios míticos, entre sus planchas destacan la secuencia de
las Siete Maravillas del Mundo, la ciudad diseñada por Dinócrates,
edificios chinos, persas, islámicos, japoneses, etc. Su título
Ensayo de una arquitectura histórica, su autor Johann Bernard Fischer
von Erlach (1656-1723) y su importancia, como acertadamente refiere Rodríguez
Ruiz, se debe a: “La influencia del tratado de Fischer von Erlach durante
el siglo XVIII va a ser enorme, proporcionando a los arquitectos y teóricos
otra Antigüedad distinta a la griega y romana. Esas imágenes
verosímiles o inventadas aparecen con frecuencia en arquitectos
como Juvarra o Piranesi y los piranesianos franceses”.
Ahora más que nunca, no
podemos pasar página sin citar, aunque sea brevemente, a otra de
las figuras cuya contribución será manifiesta a la hora de
contemplar la arquitectura antigua de Roma de una forma muy particular,
nos referimos a Giambattista Piranesi (1720-1778), este arquitecto de origen
veneciano dedicó una gran parte de su vida a dibujar la arquitectura,
en su obra se rechaza tanto las teorías racionalistas, como las
de los arqueólogos y eruditos, no compartiendo en ningún
caso que la arquitectura fuera un arte imitativo. En sus escritos teóricos
y obras grabadas con una marcada personalidad desarrolló estos conceptos,
así por ejemplo en Parere sull’ architettura (1756) o en su Cárceles
inventadas (1745; 1760-1761). La difusión de sus imágenes
arqueológicas será enorme en toda Europa y muy concretamente
en un grupo de arquitectos franceses que lo tomaran casi como un manifiesto
de su propia revolución arquitectónica.
Una vez que ya hemos comentado la importancia
de la antigüedad dentro del Neoclasicismo, no nos podemos olvidar
de los teóricos que lo dieron forma y que influirán crecientemente
en el desarrollo y formalización del mismo. Sin lugar a dudas el
teórico por excelencia de este movimiento fue Joachim Winckelmann
(1717-1768), este autor de origen prusiano junto con su amigo, el pintor
Anton Raphael Mengs (1728-1779), realizaron importantes aportaciones
al desarrollo del movimiento neoclásico en unión y podemos
decir que asociación del cardenal Albani como mecenas, para quien
precisamente Mengs pintará el Parnaso (1760-1761), verdadera declaración
de principios estéticos de este nuevo estilo. En cuanto a Winckelmann
destacará por sus escritos en los cuales resumirá elementos
históricos, estéticos y arqueológicos. Su principal
obra fue la editada en Dresde en 1764 Historia del Arte en la Antigüedad;
nuevos datos y correcciones se añadieron tres años después
en sus Observaciones. Tras su muerte, a esta obra general le sumaron las
Observaciones a la arquitectura de los antiguos. Todos estos escritos se
basaban en la supremacía del arte griego. Winckelmann era al arte
griego lo que Piranesi a la arquitectura romana, como bien refiere Honour:
“El hecho de que ambos ejerciesen una profunda influencia, en absoluto
mutuamente excluyente, sobre el Neoclasicismo, ilustra una vez más
hasta qué punto fue ambiguo el papel jugado en su evolución
por el revivalismo historicista”.
Otro de los teóricos que
tuvieron un mayor seguimiento fue Gotthold Efrain Lessing (1729-1781) quien
planteó de forma racional las diferencias entre poesía y
pintura en su obra Laooconte o de los límites de la pintura y de
la poesía (1766).
En cuanto a la teoría neoclásica
en arquitectura esta la encontramos de la mano de Francesco Milizia (1725-1798),
quien asumió las concepciones rigoristas y los planteamientos funcionalistas
de Carlo Lodoli (1690-1761), quien como afirman Middleton y Watkin: “No
desarrolló una teoría arquitectónica completa, sino
algunas ideas muy originales basadas en parte en los experimentos y las
teorías matemáticas de un grupo de ingenieros escoceses,
como James Gregory y James Stirling, activos en Padua”. Sus ideas fueron
recogidas por sus discípulos Francesco Algarotti (1721-1764) en
su Saggio sopra l’architettura (1756) y Andrea Memmo (1729-1792) en sus
Elementi d’architettura lodoliana (1786).
Milizia apuesta por un racionalismo arquitectónico
y por la funcionalidad de la misma unida a la simplicidad y la razón.
Como bien asume en sus escritos: Memorie degli architetti antichi e moderni
(1768), Principi d’Architettura civile (1781); Dell’arte de vedere nelle
Belle Arti del Disegno (1781) y Dizzionario delle Arti del Disegni (1797);
su teoría refleja el complejo periodo en el cual vive, donde se
amalgaman y contradicen diferentes posiciones discordantes en muchos casos.
Según apunta Kruft, en sus planteamientos integra puntos de vista
“idealistas, funcionalistas, estéticos-normativos, y relativistas,
todos ellos difícilmente compatibles. En él se encuentran
todas las posiciones de la teoría de la arquitectura de la segunda
mitad del siglo XVIII...”. La contradicción interna se manifiesta
en la heterogeneidad de su teoría que le lleva a postular, por ejemplo,
la equivalencia de la arquitectura griega y la gótica mediante una
argumentación funcionalista, más al mismo tiempo acepta la
posibilidad de derivar la arquitectura gótica de las pinturas romanas
que Vitruvio rechazaba. En cuanto al Barroco, lo rechaza rotundamente aún
cuando considera que no debe desaparecer totalmente su decoración.
Su obra teórica tuvo gran predicamento, siendo traducida a varios
idiomas, e incluso entre 1826 y 1828 todos sus escritos fueron compilados
en Bolonia, donde aparecerían publicados en nueve volúmenes.
El racionalismo arquitectónico
en Francia tuvo también sus teóricos, siendo su principal
exponente el abate Marc-Antoine Laugier (1713-1769), literato polifacético
que pasó por la Compañía de Jesús y por
la orden benedictina alternativamente. A Laugier se le considera el máximo
representante de los planteamientos de Rousseau, bajo una arquitectura
planteada sobre las formas primitivas de manera racional. Su teoría
debe mucho a los planteamientos de Jean-Louis Cordemoy, quien en su Nouveau
Traité de toute l’Architecture (1706), estructura el estudio de
la arquitectura sobre conceptos generales provenientes de Vitruvio, aunque
de forma muy restrictiva. Propone una arquitectura de formas geométricas
simples, con ángulos rectos y techos planos. Valora de la misma
manera la arquitectura griega y la gótica y puede considerársele
junto a Frèmin como los precursores del funcionalismo moderno.
Laugier publicó, primero de forma
anónima en 1753 sus Essai sur l’Architecture y ya en 1765 sus Observations
sur l’Architecture. Sus principios teóricos se mueven en torno al
planteamiento de que la belleza se encuentra en la naturaleza simple y
los principios arquitectónicos no son sino imitación de los
procesos naturales. La hipótesis que le reportó mayores halagos
y criticas fue aquella en la que afirmaba que toda arquitectura tiene su
origen en la cabaña primitiva, la cual será principio y medida
de toda la arquitectura; a partir de ella explica desde el desarrollo de
la columna, el entablamento y el frontispicio. La recreación de
esta cabaña rústica apareció grabada en la portada
de la segunda edición de los Essai... en 1755, en este caso el libro
ya no se presentó como anónimo sino con el nombre de su autor.
Muchos de estos planteamientos fueron desarrollados simultáneamente
por el italiano Carlo Lodoli, anteriormente citado.
En Inglaterra, a su vez se varía
el enfoque racional por parte de algunos teóricos, al considerarse
siguiendo las doctrinas de Locke y Hume que la creatividad se conseguía
tras la contemplación estética basada ésta en las
emociones y las pasiones, su principal defensor será Edmund Burke
quien en 1757 publicará en Londres A Philosophical Enquiry into
the Origin of our Ideas of the Sublime and Beautiful.
También cabría destacar
los escritos fragmentarios de Christopher Wren (1623-1723), Colin Campbell
(1676-1729) de gran influencia para el palladianismo inglés con
su Vitruvius Britanicus (1715-1725), al igual que Giacomo Leoni (1686-1746)
con su traducción íntegra de Palladio o Willian Chambers
(1723-1796) cuya obra tuvo gran repercusión por su análisis
critico hacia la moda china respecto a jardines y arquitecturas subordinadas,
aunque curiosamente su autoridad se dejó sentir más
en el continente que en Inglaterra. Cerramos este breve recorrido con dos
autores que formaron parte de la disputa sobre la primacía de la
tendencia griega o romana en la arquitectura insular, nos referimos a Robert
Adan (1728-1792) y a su hermano James (1730-1794), quienes aunque no llegaron
a escribir una teoría arquitectónica al uso, su influencia
se dejó sentir en contraposición a Chambers.
Pero todos estos planteamientos teóricos
se verán afectados en mayor o menor medida, tras los nuevos proyectos
surgidos en toda Europa bajo los designios de la Revolución francesa
en 1789. En Francia gobierna Luis XVI, monarca absoluto, sobre una nación
en la que las crisis se solapan de forma vertiginosa, de esta forma nos
encontramos con procesos de incertidumbre tanto institucional,
ideológica, social, económica y financiera. En este marco
de inestabilidad debemos introducir además las ideas anteriormente
referidas de la Ilustración, así como los modernos planteamientos
ejecutados recientemente tras la victoria de las colonias norteamericanas.
Al unir todo ello obtenemos el caldo de cultivo propicio para el comienzo
de una nueva revolución, acontecimiento que se desarrollará
en diferentes fases; pasando desde una revolución nobiliaria que
dará como resultado la convocatoria de los Estados Generales; a
una revolución burguesa en la cual el Tercer Estado constituirá
la Asamblea Nacional y donde la precipitación de los acontecimientos
será constante desde la toma de la Bastilla, la abolición
del régimen feudal, declaración de los Derechos del Hombre
y del Ciudadano, nacionalización de los bienes eclesiásticos
y Constitución de 1791. A esta revolución burguesa la seguirá
una popular donde destacará la Convención Girondina con la
proclamación de la República; la Convención Jacobina
que tuvo por hechos más significativos la Constitución de
1793 y el periodo llamado del Terror y la Convención Termidoriana
que concluye la Constitución de 1795 cuya aplicación se prolongó
a lo largo de cuatro años, conociéndose este periodo como
época del Directorio, el cual dará paso al golpe de Estado
de Brumario por parte de Napoleón, abriéndose una nueva etapa
no solo en Francia sino en toda Europa desde 1799 a 1815.
Una vez finalizada la Revolución
francesa y los acontecimientos que se desarrollaron tras su estela, los
cambios aunque bruscos en un principio, dejaron paso a un periodo más
tranquilo que se fue acrecentando hasta el final del siglo.
Como ya hemos indicado, la primera mitad
del XVIII, estuvo ocupada en un proceso primero de contestación
hacia el Rococó y todo lo que ello conllevaba; posteriormente se
afianzará en la búsqueda de nuevos planteamientos más
acordes con su forma de pensar, que fluctuarán entre la tradición
y la renovación.

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