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1. FUNDAMENTOS DE LA ARQUITECTURA Y URBANISMO DEL SIGLO XIX. ENTRE LA TRADICIÓN Y LA RENOVACIÓN.
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ISBN- 87-9714-021-4
 Por Félix Díaz Moreno
 

Este gusto por la antigüedad se verá ampliamente reforzado tras las excavaciones de Herculano (1737) y Pompeya (1748), ya que tras los primeros trabajos se pudo comprobar de primera mano, como era la vida cotidiana dentro de estas sociedades, así mismo se podía ser testigo directo del tipo de arquitectura, pintura y escultura desarrollada en estas ciudades. La fascinación ejercida en los aristócratas europeos motivada por los continuos descubrimientos en este campo, propició dos importantes características que extendieron rápidamente el interés por el pasado: el Grand Tour y los libros de grabados de antigüedades.

Tras la finalización de los estudios universitarios se consideraba imprescindible la realización de un viaje a Roma por parte de los jóvenes aristócratas y clases acomodadas de Inglaterra, éste en realidad se veía complementado en muchas ocasiones con la visita a otros países destacando Grecia y concretamente Atenas. Con ello, se conseguía una formación más completa y a la vez servía para comprar obras antiguas que posteriormente decorarían sus mansiones.  Este gusto, a la larga consiguió como afirma Boime: aumentar el comercio de obras de arte, sobre todo de la antigüedad clásica griega-romana; que la producción de cuadros con el tema de Roma y sus ruinas aumentara considerablemente; y que se incrementara la exploración, el descubrimiento y la valoración de pruebas arquitectónicas, de escultura y pintura no solo de Italia sino también de otros ámbitos mediterráneos.

Pero si todo ello fue importante, no debemos olvidar la constatación que de estas excavaciones y descubrimientos realizaron viajeros, teóricos  y anticuarios, ya fuera de forma escrita o con grabados ilustrativos. Entre las obras grabadas que tuvieron una mayor repercusión, destacamos entre una amplia nómina; los catálogos de las excavaciones de Herculano financiadas por Carlos III rey de Nápoles en ese momento: Catalogo degli antichi monumenti disoterrati delle discoperta ciutá di Ercolano (1754-1779) y La Antichitá di Ercolano. De modo individual tenemos las Observations sur les antiquités de la ville d’ Herculanum que publicó Cochin en 1754; por su parte Julien David Leroy en 1758 publicó Ruines des plus beaux monuments de la Grèce ; James Stuart (1713-1788) y Nicholas Revett (1720-1804) publicaron en 1762 la muy difundida Antiquities of Athens y Robert Wood en 1753 Ruins of Palmyra . 

Tanto éstas, como muchas otras obras, supusieron una referencia de primera mano a la hora de plantear un proyecto, tanto por la estructura de los edificios grabados como por la enorme cantidad de elementos decorativos expuestos en las vistas que se realizan de los diferentes monumentos. Pero esta visión  greco-romana de la antigüedad creemos que quedaría incompleta, sin el que seguramente fue el complemento en unos casos o la fuente directa en otros muchos; nos estamos refiriendo a un tratado absolutamente original publicado en Viena en 1721. Su singularidad consistía en presentar en grandes láminas, la representación de monumentos históricos y edificios míticos, entre sus planchas destacan la secuencia de las Siete Maravillas del Mundo, la ciudad diseñada por  Dinócrates, edificios chinos, persas, islámicos, japoneses, etc. Su título Ensayo de una arquitectura histórica, su autor Johann Bernard Fischer von Erlach (1656-1723) y su importancia, como acertadamente refiere Rodríguez Ruiz, se debe a: “La influencia del tratado de Fischer von Erlach durante el siglo XVIII va a ser enorme, proporcionando a los arquitectos y teóricos otra Antigüedad distinta a la griega y romana. Esas imágenes verosímiles o inventadas aparecen con frecuencia en arquitectos como Juvarra o Piranesi y los piranesianos franceses”.
 Ahora más que nunca, no podemos pasar página sin citar, aunque sea brevemente, a otra de las figuras cuya contribución será manifiesta a la hora de contemplar  la arquitectura antigua de Roma de una forma muy particular, nos referimos a Giambattista Piranesi (1720-1778), este arquitecto de origen veneciano dedicó una gran parte de su vida a dibujar la arquitectura, en su obra se rechaza tanto las teorías racionalistas, como las de los arqueólogos y eruditos, no compartiendo en ningún caso que la arquitectura fuera un arte imitativo. En sus escritos teóricos y obras grabadas con una marcada personalidad desarrolló estos conceptos, así por ejemplo en Parere sull’ architettura (1756) o en su Cárceles inventadas (1745; 1760-1761). La difusión de sus imágenes arqueológicas será enorme en toda Europa y muy concretamente en un grupo de arquitectos franceses que lo tomaran casi como un manifiesto de su propia revolución arquitectónica.

Una vez que ya hemos comentado la importancia de la antigüedad dentro del Neoclasicismo, no nos podemos olvidar de los teóricos que lo dieron forma y que influirán crecientemente en el desarrollo y formalización del mismo. Sin lugar a dudas el teórico por excelencia de este movimiento fue Joachim Winckelmann (1717-1768), este autor de origen prusiano junto con su amigo, el pintor Anton Raphael Mengs (1728-1779),  realizaron importantes aportaciones al desarrollo del movimiento neoclásico en unión y podemos decir que asociación del cardenal Albani como mecenas, para quien precisamente Mengs pintará el Parnaso (1760-1761), verdadera declaración de principios estéticos de este nuevo estilo. En cuanto a Winckelmann destacará por sus escritos en los cuales resumirá elementos históricos, estéticos y arqueológicos. Su principal obra fue la editada en Dresde en 1764 Historia del Arte en la Antigüedad; nuevos datos y correcciones se añadieron tres años después en sus Observaciones. Tras su muerte, a esta obra general le sumaron las Observaciones a la arquitectura de los antiguos. Todos estos escritos se basaban en la supremacía del arte griego. Winckelmann era al arte griego lo que Piranesi a la arquitectura romana, como bien refiere Honour: “El hecho de que ambos ejerciesen una profunda influencia, en absoluto mutuamente excluyente, sobre el Neoclasicismo, ilustra una vez más hasta qué punto fue ambiguo el papel jugado en su evolución por el revivalismo historicista”.
 Otro de los teóricos que tuvieron un mayor seguimiento fue Gotthold Efrain Lessing (1729-1781) quien planteó de forma racional las diferencias entre poesía y pintura en su obra Laooconte o de los límites de la pintura y de la poesía (1766).

En cuanto a la teoría neoclásica en arquitectura esta la encontramos de la mano de Francesco Milizia (1725-1798), quien asumió las concepciones rigoristas y los planteamientos funcionalistas de Carlo Lodoli (1690-1761), quien como afirman Middleton y Watkin: “No desarrolló una teoría arquitectónica completa, sino algunas ideas muy originales basadas en parte en los experimentos y las teorías matemáticas de un grupo de ingenieros escoceses, como James Gregory y James Stirling, activos en Padua”. Sus ideas fueron recogidas por sus discípulos Francesco Algarotti (1721-1764) en su Saggio sopra l’architettura (1756) y Andrea Memmo (1729-1792) en sus Elementi d’architettura lodoliana (1786).

Milizia apuesta por un racionalismo arquitectónico y por la funcionalidad de la misma unida a la simplicidad y la razón. Como bien asume en sus escritos: Memorie degli architetti antichi e moderni (1768), Principi d’Architettura civile (1781); Dell’arte de vedere nelle Belle Arti del Disegno (1781) y Dizzionario delle Arti del Disegni (1797); su teoría refleja el complejo periodo en el cual vive, donde se amalgaman y contradicen diferentes posiciones discordantes en muchos casos. Según apunta Kruft, en sus planteamientos integra puntos de vista “idealistas, funcionalistas, estéticos-normativos, y relativistas, todos ellos difícilmente compatibles. En él se encuentran todas las posiciones de la teoría de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XVIII...”. La contradicción interna se manifiesta en la heterogeneidad de su teoría que le lleva a postular, por ejemplo, la equivalencia de la arquitectura griega y la gótica mediante una argumentación funcionalista, más al mismo tiempo acepta la posibilidad de derivar la arquitectura gótica de las pinturas romanas que Vitruvio rechazaba. En cuanto al Barroco, lo rechaza rotundamente aún cuando considera que no debe desaparecer totalmente su decoración. Su obra teórica tuvo gran predicamento, siendo traducida a varios idiomas, e incluso entre 1826 y 1828 todos sus escritos fueron compilados en Bolonia, donde aparecerían publicados en nueve volúmenes.

El racionalismo arquitectónico en Francia tuvo también sus teóricos, siendo su principal exponente el abate Marc-Antoine Laugier (1713-1769), literato polifacético que pasó por  la Compañía de Jesús y por la orden benedictina alternativamente. A Laugier se le considera el máximo representante de los planteamientos de Rousseau, bajo una arquitectura planteada sobre las formas primitivas de manera racional. Su teoría debe mucho a los planteamientos de Jean-Louis Cordemoy, quien en su Nouveau Traité de toute l’Architecture (1706), estructura el estudio de la arquitectura sobre conceptos generales provenientes de Vitruvio, aunque de forma muy restrictiva. Propone una arquitectura de formas geométricas simples, con ángulos rectos y techos planos. Valora de la misma manera la arquitectura griega y la gótica y puede considerársele junto a Frèmin como los precursores del funcionalismo moderno. 

Laugier publicó, primero de forma anónima en 1753 sus Essai sur l’Architecture y ya en 1765 sus Observations sur l’Architecture. Sus principios teóricos se mueven en torno al planteamiento de que la belleza se encuentra en la naturaleza simple y los principios arquitectónicos no son sino imitación de los procesos naturales. La hipótesis que le reportó mayores halagos y criticas fue aquella en la que afirmaba que toda arquitectura tiene su origen en la cabaña primitiva, la cual será principio y medida de toda la arquitectura; a partir de ella explica desde el desarrollo de la columna, el entablamento y el frontispicio. La recreación de esta cabaña rústica apareció grabada en la portada de la segunda edición de los Essai... en 1755, en este caso el libro ya no se presentó como anónimo sino con el nombre de su autor. Muchos de estos planteamientos fueron desarrollados simultáneamente por el italiano Carlo Lodoli, anteriormente citado.

En Inglaterra, a su vez se varía el enfoque racional por parte de algunos teóricos, al considerarse siguiendo las doctrinas de Locke y Hume que la creatividad se conseguía tras la contemplación estética basada ésta en las emociones y las pasiones, su principal defensor será Edmund Burke quien en 1757 publicará en Londres A Philosophical Enquiry into the Origin of our Ideas of the Sublime and Beautiful.

También cabría destacar los escritos fragmentarios de Christopher Wren (1623-1723), Colin Campbell (1676-1729) de gran influencia para el palladianismo inglés con su Vitruvius Britanicus (1715-1725), al igual que Giacomo Leoni (1686-1746) con su traducción íntegra de Palladio o Willian Chambers (1723-1796) cuya obra tuvo gran repercusión por su análisis critico hacia la moda china respecto a jardines y arquitecturas subordinadas, aunque curiosamente  su autoridad se dejó sentir más en el continente que en Inglaterra. Cerramos este breve recorrido con dos autores que formaron parte de la disputa sobre la primacía de la tendencia griega o romana en la arquitectura insular, nos referimos a Robert Adan (1728-1792) y a su hermano James (1730-1794), quienes aunque no llegaron a escribir una teoría arquitectónica al uso, su  influencia se dejó sentir en contraposición a Chambers.

Pero todos estos planteamientos teóricos se verán afectados en mayor o menor medida, tras los nuevos proyectos surgidos en toda Europa bajo los designios de la Revolución francesa en 1789. En Francia gobierna Luis XVI, monarca absoluto, sobre una nación en la que las crisis se solapan de forma vertiginosa, de esta forma nos encontramos con procesos  de incertidumbre tanto  institucional, ideológica, social, económica y financiera. En este marco de inestabilidad debemos introducir además las ideas anteriormente referidas de la Ilustración, así como los modernos planteamientos ejecutados recientemente tras la victoria de las colonias norteamericanas. Al unir todo ello obtenemos el caldo de cultivo propicio para el comienzo de una nueva revolución, acontecimiento que se desarrollará en diferentes fases; pasando desde una revolución nobiliaria que dará como resultado la convocatoria de los Estados Generales; a una revolución burguesa en la cual el Tercer Estado constituirá la Asamblea Nacional y donde la precipitación de los acontecimientos será constante desde la toma de la Bastilla, la abolición del régimen feudal, declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, nacionalización de los bienes eclesiásticos y Constitución de 1791. A esta revolución burguesa la seguirá una popular donde destacará la Convención Girondina con la proclamación de la República; la Convención Jacobina que tuvo por hechos más significativos la Constitución de 1793 y el periodo llamado del Terror y la Convención Termidoriana que concluye la Constitución de 1795 cuya aplicación se prolongó a lo largo de cuatro años, conociéndose este periodo como época del Directorio, el cual dará paso al golpe de Estado de Brumario por parte de Napoleón, abriéndose una nueva etapa no solo en Francia sino en toda Europa desde 1799 a 1815.

Una vez finalizada la Revolución francesa y los acontecimientos que se desarrollaron tras su estela, los cambios aunque bruscos en un principio, dejaron paso a un periodo más tranquilo que se fue acrecentando hasta el final del siglo.

Como ya hemos indicado, la primera mitad del XVIII, estuvo ocupada en un proceso primero de contestación hacia el Rococó y todo lo que ello conllevaba; posteriormente se afianzará en la búsqueda de nuevos planteamientos más acordes con su forma de pensar, que fluctuarán entre la tradición y la renovación.