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para la innovación: Los nuevos materiales.
Una de las características
más sobresalientes que normalmente se argumentan a la hora de catalogar
la arquitectura del XIX, es sin lugar a dudas, la utilización
de nuevos materiales como eran el hierro, el cristal y más avanzado
el siglo, el acero y el hormigón. Los avances técnicos, que
como ya pudimos comprobar, se fueron fomentando tanto durante la
primera revolución industrial como en la consecución de ésta,
se corresponderán con los que a la sazón se produjeron en
el uso de estos materiales. Pero los avances en el campo de los nuevos
materiales, no se correspondió en absoluto con la integración
plena en el mundo de la arquitectura, cuestión esta que estará
cargada de debates y polémicas y cuya aceptación solo fue
posible tras largos periodos en los que se avanzó a pasos entrecortados.
En esta difícil adaptación jugarán un papel importante
las controversias surgidas entre arquitectos e ingenieros, que no hicieron
sino ralentizar más si cabe la adopción de estos materiales,
a los cuales en un principio no se les consideraba dignos ni eficaces para
la edificación arquitectónica, es más, en Inglaterra
por ejemplo, se juzgó que el hierro no era un elemento lo suficientemente
decoroso para la construcción de iglesias, aunque los proyectos
y las realizaciones en ese campo no faltaron.
En Francia la disyuntiva entre los
arquitectos procedentes de la École des Beaux Arts y los ingenieros
de la École Polytechnique fue clara y manifiesta y solo convergieron
al finalizar el siglo. En medio de las discusiones, polémicas y
temores se desarrollaron los proyectos, cuyos primeros ejemplos los encontraremos
en las mismas fábricas textiles de donde había partido la
primera revolución industrial y que se convertirán a la postre
en edificios para la experimentación, primero con columnas y vigas
de hierro (en muchos caso cubiertas con ladrillos a modo de envoltorio)
y posteriormente con la estructuración unitaria del conjunto hasta
su generalización como ejemplo del siglo.
Entre las más significativas
realizaciones destaca un conjunto de tipologías constructivas,
muchas de ellas ligadas a estas innovaciones técnicas, una de las
más reveladoras construcciones serán los puentes, desde el
primero construido por Thomas Farnolls Pritchard, ayudado por Abraham Darby
III entre 1777 y 1779, el llamado Coalbrookdale Bridge, con un solo arco
de hierro fundido que salva una importante distancia (más de treinta
metros de luz), hasta los puentes colgantes con diferentes estructuras
(pilono,cadenas, cables, etc), sobresale entre estos últimos el
ideado por John A. Roebling (1806-1869) para unir Manhattan con Long Island
en Nueva York, conocido por todos como el puente de Brooklyn (1869).
Otros importantes e innovadores
tipos serán los grandes espacios expositivos como el realizado por
John Paxton en 1851 para la Exposición Universal de Londres: el
Cristal Palace, o el realizado por Victor Baltard, Les Grandes Halles (1853)
en París. No debemos tampoco olvidar las estaciones ferroviarias,
ni la importancia que despertarán los nuevos materiales en el desarrollo
de las ciudades, tanto en fábricas, almacenes, bibliotecas, con
las magníficas realizaciones de Labrouste y claro está, los
rascacielos. De todo ello daremos cumplida cuenta.
El Urbanismo.
No queremos, ni debemos, dejar
pasar la ocasión de realizar unas breves referencias sobre el urbanismo
de este siglo, el cual a lo largo del periodo llegó a reflejar las
premisas de la economía política y el marco jurídico
que determinaban las condiciones de trabajo y producción. De igual
forma entre sus expresiones quedaron la impronta de las fuerzas políticas
y sociales que intervinieron, así como el papel del Estado.
La revolución industrial,
que había tenido una importancia capital en muchos aspectos, tuvo
una decisiva representación en el desarrollo urbano. La inmigración
de amplias capas de la población rural a las ciudades rompió
el equilibrio tradicional entre campo y ciudad, provocando una falta de
alojamientos y a su vez graves problemas de especulación inmobiliaria.
Los nuevos fenómenos económicos
se dejaron sentir de forma clara en las ciudades industriales, que
se extendieron de manera caótica alrededor de los centros de producción,
creando en muchos casos suburbios que posteriormente tuvieron que ser reformados,
debido a las pésimas condiciones de construcción y falta
total de infraestructuras básicas.
Las transformaciones urbanas, en
general, crearon zonas diferenciadas, desde barrios burgueses a barrios
de trabajadores (posteriormente barrios obreros), así como centros
comerciales, burocráticos, etc.
Si las innovaciones técnicas
supusieron cambios efectivos en la fisonomía de las ciudades, al
iniciarse el siglo XIX una nueva sacudida hará tambalear buena parte
de las concepciones estéticas y urbanas del momento. Con la llegada
al poder de Napoleón se fue gestando un amplio programa que en su
conjunto intentaba ser un escaparate de la grandiosidad y poderío
que ahora disfrutaba Francia, encabezada por su emperador.
Las continuas campañas militares
significaron amplios cambios, tanto dentro como fuera del país.
En Francia, y sobre todo en París, los intentos por realizar una
arquitectura parlante conllevaron a su vez una reestructuración
urbanística, en donde quedaran claramente enmarcados, a modo de
puntos focales, los hitos celebrativos del entonces triunfante ejército.
Así la construcción de arcos y columnas conmemorativas tendrán
un gran relevancia al ser dispuestas en plazas de amplias perspectivas
ya trazadas, o como futuro proyecto.
En el exterior, se intentó
transportar este mismo programa, pero en la mayoría de los casos
sólo fueron propuestas que jamás se llevaron a cabo, merece
la pena destacar las transformaciones que hubieran supuesto grandes
cambios en programas de reordenación urbana tales como el gigantesco
Foro Bonaparte en Milán (1806), diseñado sobre terrenos del
castillo de los Sforza por Giovanni Antonio Antolini (1774-1844) o el
proyecto de comunicación entre el Palacio Real y el barrio de San
Francisco en Madrid, convirtiendo la Basílica de san Francisco el
Grande en Salón de Cortes. La idea fechada en 1810 llevaba la firma
del arquitecto de José I, Silvestre
Pérez (1767-1825).
Pero la propia dinámica del
imperio hizo que su culminación y fracaso ocurrieran en un lapso
de tiempo corto, lo que conllevó condenar al olvido muchos proyectos
o incluso la desaparición de los mismos como castigo moral hacia
el invasor pretendiendo con el desvanecimiento de sus más insignes
representaciones, anular su influencia.
Otro efecto tuvieron también
sobre las ciudades las guerras napoleónicas, ésta no es otra
que la destrucción que causaron en muchos lugares; estos centros
urbanos, a su vez tuvieron que ser rehabilitados, caso de Moscú.
Mientras tanto en Inglaterra también
se sucedieron importantes diseños urbanos, caso del Regents Park
con una nueva interpretación en cuanto a la conjunción de
perspectivas; y de nuevo en el país galo destacar el más
importante planteamiento urbano de la segunda mitad del siglo, realización
que cambió por completo la fisonomía de la capital francesa,
nos referimos a Haussmann y su nueva red viaria marcada por sus grandes
y rectos bulevares procedentes de una amplia intervención,
basada en demoliciones que proporcionaron un claro ordenamiento sobre extensas
zonas deprimidas de París.
También a lo largo del siglo
se sucedieron interesantes propuestas que en la mayoría de los casos
acabaron en sonoros fracasos, nos referimos a las llamadas utopías
urbanas que actuaron como auténticos modelos de conformación
del espacio urbano. Las primeras manifestaciones, salvando las distancias,
fueron previamente realizadas en Francia durante la segunda mitad del siglo
XVIII; no debemos olvidar el caso de Ledoux y la configuración de
la ciudad salinera de Chaux. Aunque será en las primeras décadas
del siglo XIX cuando el creciente interés por la construcción
de aldeas ideales llegue a su máximo nivel. Así por
ejemplo, las iniciadas por Charles Fournier (1771-1837) y su ciudad
llamada Falansterio, acondicionada para un total de 1620 habitantes en
cuya comunidad se estableció la propuesta de una tipología
productivo-residencial trazada sobre un triple cinturón, en los
cuales la codificación edilicia resultó clarificadora por
parte de este autor. Una variante de ésta que si obtuvo éxito,
gracias a los cambios introducidos tanto en el diseño arquitectónico
como en el social, fue el familisterio de Jean-Baptiste Godin (1817-1889).
Otra ciudad utópica, Icaria, fue propuesta por Etienne Cabet (1788-1856)
y en Inglaterra, el llamado Paralelogramo de Robert Owen (1771-1858),
tenía un aforo para 1200 personas, y de nuevo en esta ocasión
la propuesta resultó fallida en su primer intento. Muchas de estos
modelos utópicos, finalmente fueron trasladados a América,
así en 1826 Owen funda en Indiana la llamada New Harmony.
Otra de las propuestas que a lo
largo del XIX irán tomando más fuerza y que parte en cierta
manera de lo comentado anteriormente, será el acometimiento de viviendas
para los obreros y todo lo que ello suponía, como por ejemplo los
movimientos de lucha para que estas gozaran de una relativa dignidad. La
teorización de esta corriente obrera en donde aparecen de forma
más clara los componentes arquitectónicos fue debida a Pierre-Joseph
Proudhon. Aunque no podemos olvidar que paralelamente a estos esfuerzos,
surgirá una interesante tratadistica sobre la construcción
de las casas obreras. Ya finalizando la centuria aparecerán dos
nuevos intentos alternativos al crecimiento compacto y radiocéntrico
anteriores, nos referimos a la ciudad-lineal y la ciudad-jardín.
BIBLIOBRAFÍA
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