| El
arte como reflejo de una época, resulta especialmente ilustrativo
durante el periodo histórico marcado por el paso del siglo XVIII
al XIX, entendiendo éste como culminación, que no conclusión,
de una época tan convulsa como fue la de la centuria anterior.
Aunque adentrarnos en toda la problemática
del siglo XVIII no compete a nuestro cometido, resulta más que imprescindible,
obligatorio, mencionar las características del mismo, sin
cuyo conocimiento sería infructuoso llegar a comprender la expresión
artística de los siglos posteriores, que conformarán el denominado
“arte moderno”.
El siglo XVIII, es el siglo de las luces,
de la Ilustración, de la razón, siendo sus años centrales,
el momento donde confluyen hechos culturales tan relevantes como la publicación
de la primera entrega de la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D’Alembert,
así como escritos de Rousseau, Montesquieu y Condillac; ideales
que preludiarán la Revolución francesa, y que sobre todo,
servían para educar al ciudadano en las correctas virtudes cívicas,
objetivo del pensamiento ilustrado.
Toda esa “revolución” filosófica,
facilitó el planteamiento de un nuevo concepto artístico,
en el que convivían diferentes ideas y formas de expresión,
tales como: el racionalismo, las formas rococós, la antigüedad
clásica, el gusto por la arqueología, el clasicismo barroco
o el goticismo entre otras. En definitiva, todo este conglomerado
de ideas, en ocasiones contradictorias, fue resultado de la nueva concepción
ilustrada, que permitió ampliar y diversificar los puntos de vista
con respecto a la realidad, y por supuesto, también a la irrealidad.
La Ilustración brindaba multitud de lenguajes diferentes, ya que
la base de su concepción ideológica se fundamentaba en la
libertad del individuo, el teórico alemán Winckelmann escribió
en 1760: “La libertad y solamente la libertad ha elevado el arte a su perfección”.
El pensamiento ilustrado empleó
la razón como guía del entendimiento, frente a la naturaleza,
a Dios, a la historia, y al propio hombre con el que convivía en
sociedad. Esta racionalización también es llevada al arte,
dando como resultado varios “estilos” en apariencia opuestos y diferentes,
como el Neoclasicismo y el Romanticismo, que por el contrario tienen puntos
en común. En definitiva, la concepción artística se
movió entre los parámetros de razón, historia (entendida
como estudio arqueológico de la antigüedad clásica),
naturaleza y sociedad, permitiendo múltiples combinaciones, que
enriquecieron por su diversidad, el panorama artístico del momento.
A mediados del siglo XVIII, se
producen los descubrimientos arqueológicos de Herculano (1738),
y Pompeya (1748), redescubriéndose una antigüedad clásica,
que el reflexivo siglo ilustrado entenderá e interpretará
como la etapa histórica cuyos valores morales debían ser
imitados, convirtiéndose para el arte en ideal de belleza. Este
sentimiento fue alimentado y defendido por teóricos como el ya citado
Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), que en su escrito: “Reflexiones
sobre la imitación de las obras griegas en pintura y escultura”
(1755), afirmaba que: “El único camino que nos queda a nosotros
para llegar a ser grandes, incluso inimitables si ello es posible, es el
de la imitación de los Antiguos.”.
Winckelmann encontraba en la civilización
griega el concepto ideal de belleza, llevado a la práctica por su
admirado amigo el pintor Anton Raffael Mengs (1728-1779). La obra que posiblemente
mejor resumía toda la teoría estética de su amigo
Winckelmann, fue su pintura “El Parnaso” (1761), realizada para la
sala principal de la villa del cardenal Albani, residencia que frecuentaban
los viajeros del Grand Tour, grupo de intelectuales y gentleman ingleses
en búsqueda de las fuentes de la civilización occidental.
Se trataba de un viaje cultural que duraba aproximadamente un año,
en el que visitaban Francia, Países Bajos, pero sobre todo, Italia,
para acabar en Roma; en realidad era una peregrinación a la ciudad
eterna. Un pintor local como Pompeo Batoni (1708-1787), aprovechando la
circunstancia, realizó una galería de retratos de la
aristocracia inglesa del Grand Tour, representando a los personajes sobre
alguna vista de la ciudad, los mostraba ante la arqueología que
buscaban y coleccionaban. Como veremos esta concepción estética
fue determinante en el desarrollo del neoclasicismo.
Por su parte, el defensor de la antigüedad
romana, en contra de la griega defendida por Winckelmann, fue el arquitecto
de formación Gian Battista Piranesi (1720-1778), también
transmisor de ideas neoclásicas, con respecto a su estudio de la
arqueología arquitectónica de la ciudad de Roma. Contribuyó
mediante la creación de una serie de aguafuertes, donde plasmaba
la grandiosidad de la ciudad eterna. En 1755, Robert Adam escribía
a propósito de las vistas de Piranesi: “Nunca vi tan maravillosas
e ingeniosas fantasías como las que él ha producido en los
diferentes planos de los Templos, Termas y Palacios y otros edificios,
pues son el más grande caudal que imaginarse puede para inspirar
e inculcar la inventiva en todos los amantes de la arquitectura.”
A pesar de encontrarnos en Italia, motor
precursor del arte en épocas pasadas, el interés que en este
periodo presenta, se centra, como hemos apuntado anteriormente, en el estudio
arqueológico de la antigüedad clásica, convirtiéndose
Roma en el punto de encuentro de muchos artistas, de ahí surge la
necesidad de crear Academias, donde los artistas pensionados bebían
directamente de las fuentes clásicas, y de toda la herencia pictórica
y escultórica posterior, fundamentalmente renacentista y barroca.
También esto favoreció el desarrollo de escuelas locales,
donde se daban respuestas a las influencias ilustradas que llegaban de
Francia o Inglaterra principalmente.
Como en el resto de Europa, se
produjo un auge del coleccionismo, más notorio en Italia por el
interés arqueológico, gran parte del cual era promovido por
los viajeros del Grand Tour. También en Venecia, el gusto por las
vistas de ciudades, monumentos o paisajes y el coleccionismo, provocará
la proliferación del género de las “vedute”, en el que destacaron
Antonio Canale llamado Canaletto (1697-1768) y Francesco Guardi (1720-1793),
que recrearon Venecia desde lo imaginario y verosímil a lo melancólico.
Pero donde realmente encontramos las soluciones
más innovadoras y determinantes del pensamiento ilustrado
del siglo XVIII, será en Inglaterra y Francia, como expresión
de los acontecimientos que en estos países se estaban produciendo.
En Inglaterra y al amparo de las ideas
de filósofos y pensadores como Locke (1632-1704), que argumentaba
que la libertad es un derecho natural del hombre, y que sólo el
hombre libre está en situación de emplear su razón;
se produjeron cambios tanto políticos como sociales, y que inevitablemente
influirán en el contenido temático de la pintura, que reflejará
los cambios que se fueron sucediendo. Como resulta lógico, esa libertad
implicaba una educación ciudadana, a la que contribuyeron con la
publicación, a principios del siglo XVIII, del periódico
The Spectator, de carácter literario y ensayístico, pero
con intencionalidad educativa; entre sus columnistas resaltamos el trabajo
del escritor y político Joseph Addison (1672-1719), de quien además
de los escritos de crítica social, destacamos la elaboración
de toda una teoría estética, de corte lockiano, que como
veremos fue determinante en el desarrollo del romanticismo, gracias a la
nueva interpretación de conceptos como lo bello, lo sublime y lo
pintoresco, cualidades que se mezclan y mueven nuestras pasiones, como
expone en “Los placeres de la imaginación”. Aunque en el romanticismo,
lo bello y lo sublime se convertirán en categorías opuestas.
Retomando la intención de crítica
social del periódico The Spectator, nos encontramos con el pintor
inglés William Hogarth (1697-1764), que se convirtió en la
expresión visual de tales críticas, era la primera vez que
un pintor narraba ilustrativamente la contemporaneidad, en su caso, denunciando
los vicios de la nueva sociedad burguesa ; y no sólo innovó
los contenidos, sino también la forma, ofreciendo una pintura teatral,
una escenografía en la que como él afirmó: “..mi pintura
fue mi escenario y los hombres y las mujeres mis actores.”. De esta forma
se producía una nueva relación con el público.
Hogarth también destacó
como retratista, sobre todo en las “escenas de conversación” con
retratos de grupo y escenas llenas de ritmo y de personajes, donde satirizaba
a la burguesía británica. Un ejemplo ilustrativo lo encontramos
en la serie narrativa de “Matrimonio a la moda” (1743-1745), donde mediante
la puesta en seis escenarios teatrales, se criticaba a los matrimonios
de conveniencia y la licenciosa vida que llevaban maridos y mujeres, siempre
con un carácter moralizador. Llegó a convertirse en un satírico
moralizador de los valores sociales, gracias también a la rápida
y fácil difusión de sus grabados y estampas.
Esta visión satírica e
irónica de las miserias de la sociedad del momento, hacen de Hogarth
el precursor de la caricatura, que tendrá uno de sus mayores exponentes
en el francés Daumier.
Otra interpretación del
arte, nos la concede el pintor Joshua Reynolds (1723-1792), más
preocupado por la concepción clásica del arte, sobre todo
referido a su interpretación de la naturaleza como objeto de arte,
a la que debe imitarse. Esta representación de la naturaleza como
paisaje, se guiaba por las doctrinas del pintoresquismo dadas por el teórico
Alexander Cozens (1717-1786), que planteaba la idea de invención
de la naturaleza como pintura, a la que se podía llegar mediante
la observación. La idea de concebir la pintura de paisaje mediante
manchas de color tendrá su culminación en el siglo XIX
a través de la pintura de J. Constable y W. Turner.

|