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2. LOS ORÍGENES DE LA PINTURA  Y LA  ESCULTURA EN EL SIGLO XIX. LA FORMACIÓN DEL ARTE MODERNO.
Por María Isabel Morente Parra.
ISBN- 84-9714-022-2
 

El arte como reflejo de una época, resulta especialmente ilustrativo durante el periodo histórico marcado por el paso del siglo XVIII al XIX, entendiendo éste como culminación, que no conclusión, de una época tan convulsa como fue la de la centuria anterior. 

Aunque adentrarnos en toda la problemática del siglo XVIII no compete a nuestro cometido, resulta más que imprescindible, obligatorio, mencionar las características del mismo, sin  cuyo conocimiento sería infructuoso llegar a comprender la expresión artística de los siglos posteriores, que conformarán el denominado “arte moderno”.

El siglo XVIII, es el siglo de las luces, de la Ilustración, de la razón, siendo sus años centrales, el momento donde confluyen hechos culturales tan relevantes como la publicación de la primera entrega de la Enciclopedia, dirigida por Diderot y D’Alembert, así como escritos de Rousseau, Montesquieu y Condillac; ideales que preludiarán la Revolución francesa, y que sobre todo, servían para educar al ciudadano en las correctas virtudes cívicas, objetivo del pensamiento ilustrado. 
Toda esa “revolución” filosófica, facilitó el planteamiento de un nuevo concepto artístico, en el que convivían diferentes ideas y formas de expresión, tales como: el racionalismo, las formas rococós, la antigüedad clásica, el gusto por la arqueología, el clasicismo barroco o el goticismo  entre otras. En definitiva, todo este conglomerado de ideas, en ocasiones contradictorias, fue resultado de la nueva concepción ilustrada, que permitió ampliar y diversificar los puntos de vista con respecto a la realidad, y por supuesto, también a la irrealidad. La Ilustración brindaba multitud de lenguajes diferentes, ya que la base de su concepción ideológica se fundamentaba en la libertad del individuo, el teórico alemán Winckelmann escribió en 1760: “La libertad y solamente la libertad ha elevado el arte a su perfección”.

El pensamiento ilustrado empleó la razón como guía del entendimiento, frente a la naturaleza, a Dios, a la historia, y al propio hombre con el que convivía en sociedad. Esta racionalización también es llevada al arte, dando como resultado varios “estilos”  en apariencia opuestos y diferentes, como el Neoclasicismo y el Romanticismo, que por el contrario tienen puntos en común. En definitiva, la concepción artística se movió entre los parámetros de razón, historia (entendida como estudio arqueológico de la antigüedad clásica), naturaleza y sociedad, permitiendo múltiples combinaciones, que enriquecieron por su diversidad, el panorama artístico del momento.
 A mediados del siglo XVIII, se producen los descubrimientos arqueológicos de Herculano (1738), y Pompeya (1748), redescubriéndose  una antigüedad clásica, que el reflexivo siglo ilustrado entenderá  e interpretará  como la etapa histórica cuyos valores morales debían ser imitados, convirtiéndose para el arte en ideal de belleza. Este sentimiento fue alimentado y defendido por teóricos como el ya citado Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), que en su escrito: “Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en pintura y escultura” (1755), afirmaba que: “El único camino que nos queda a nosotros para llegar a ser grandes, incluso inimitables si ello es posible, es el de la imitación de los Antiguos.”.

Winckelmann encontraba en la civilización griega el concepto ideal de belleza, llevado a la práctica por su admirado amigo el pintor Anton Raffael Mengs (1728-1779). La obra que posiblemente mejor resumía toda la teoría estética de su amigo Winckelmann, fue su pintura “El Parnaso” (1761),  realizada para la sala principal de la villa del cardenal Albani, residencia que frecuentaban los viajeros del Grand Tour, grupo de intelectuales y gentleman ingleses en búsqueda de las fuentes de la civilización occidental. Se trataba de un viaje cultural que duraba aproximadamente un año, en el que visitaban Francia, Países Bajos, pero sobre todo, Italia, para acabar en Roma; en realidad era una peregrinación a la ciudad eterna. Un pintor local como Pompeo Batoni (1708-1787), aprovechando la circunstancia,  realizó una galería de retratos de la aristocracia inglesa del Grand Tour, representando a los personajes sobre alguna vista de la ciudad, los mostraba ante la arqueología que buscaban y coleccionaban. Como veremos esta concepción estética fue determinante en el desarrollo del neoclasicismo.

Por su parte, el defensor de la antigüedad romana, en contra de la griega defendida por Winckelmann, fue el arquitecto de formación Gian Battista Piranesi (1720-1778), también transmisor de ideas neoclásicas, con respecto a su estudio de la arqueología arquitectónica de la ciudad de Roma. Contribuyó mediante la creación de una serie de aguafuertes, donde plasmaba la grandiosidad de la ciudad eterna. En 1755, Robert Adam escribía a propósito de las vistas de Piranesi: “Nunca vi tan maravillosas e ingeniosas fantasías como las que él ha producido en los diferentes planos de los Templos, Termas y Palacios y otros edificios, pues son el más grande caudal que imaginarse puede para inspirar e inculcar la inventiva en todos los amantes de la arquitectura.” 

A pesar de encontrarnos en Italia, motor precursor del arte en épocas pasadas, el interés que en este periodo presenta, se centra, como hemos apuntado anteriormente, en el estudio arqueológico de la antigüedad clásica, convirtiéndose Roma en el punto de encuentro de muchos artistas, de ahí surge la necesidad de crear Academias, donde los artistas pensionados bebían directamente de las fuentes clásicas, y de toda la herencia pictórica y escultórica posterior, fundamentalmente renacentista y barroca. También esto favoreció el desarrollo de escuelas locales, donde se daban respuestas a las influencias ilustradas que llegaban de Francia o Inglaterra principalmente.
 Como en el resto de Europa, se produjo un auge del coleccionismo, más notorio en Italia por el interés arqueológico, gran parte del cual era promovido por los viajeros del Grand Tour. También en Venecia, el gusto por las vistas de ciudades, monumentos o paisajes y el coleccionismo, provocará la proliferación del género de las “vedute”, en el que destacaron Antonio Canale llamado Canaletto (1697-1768) y Francesco Guardi (1720-1793), que recrearon Venecia desde lo imaginario y verosímil a lo melancólico.

Pero donde realmente encontramos las soluciones más innovadoras y  determinantes del pensamiento ilustrado del siglo XVIII, será en Inglaterra y Francia, como expresión de los acontecimientos que en estos países se estaban produciendo.

En Inglaterra y al amparo de las ideas de filósofos y pensadores como  Locke (1632-1704), que argumentaba que la libertad es un derecho natural del hombre, y que sólo el hombre libre está en situación de emplear su razón; se produjeron cambios tanto políticos como sociales, y que inevitablemente influirán en el contenido temático de la pintura, que reflejará los cambios que se fueron sucediendo. Como resulta lógico, esa libertad implicaba una educación ciudadana, a la que contribuyeron con la publicación, a principios del siglo XVIII, del periódico The Spectator, de carácter literario y ensayístico, pero con intencionalidad educativa; entre sus columnistas resaltamos el trabajo del escritor y político Joseph Addison (1672-1719), de quien además de los escritos de crítica social, destacamos la elaboración de toda una teoría estética, de corte lockiano, que como veremos fue determinante en el desarrollo del romanticismo, gracias a la nueva interpretación de conceptos como lo bello, lo sublime y lo pintoresco, cualidades que se mezclan y mueven nuestras pasiones, como expone en “Los placeres de la imaginación”. Aunque en el romanticismo, lo bello y lo sublime se convertirán en categorías opuestas. 

Retomando la intención de crítica social del periódico The Spectator, nos encontramos con el pintor inglés William Hogarth (1697-1764), que se convirtió en la expresión visual de tales críticas, era la primera vez que un pintor narraba ilustrativamente la contemporaneidad, en su caso, denunciando los vicios de la nueva sociedad burguesa ; y no sólo innovó los contenidos, sino también la forma, ofreciendo una pintura teatral, una escenografía en la que como él afirmó: “..mi pintura fue mi escenario y los hombres y las mujeres mis actores.”. De esta forma se producía una nueva relación con el público. 

Hogarth también destacó como retratista, sobre todo en las “escenas de conversación” con retratos de grupo y escenas llenas de ritmo y de personajes, donde satirizaba a la burguesía británica. Un ejemplo ilustrativo lo encontramos en la serie narrativa de “Matrimonio a la moda” (1743-1745), donde mediante la puesta en seis escenarios teatrales, se criticaba  a los matrimonios de conveniencia y la licenciosa vida que llevaban maridos y mujeres, siempre con un carácter moralizador. Llegó a convertirse en un satírico moralizador de los valores sociales, gracias también a la rápida y fácil difusión de sus grabados y estampas. 
 
Esta visión satírica e irónica de las miserias de la sociedad del momento, hacen de Hogarth el precursor de la caricatura, que tendrá uno de sus mayores exponentes en el francés Daumier.
 Otra interpretación del arte, nos la concede el pintor Joshua Reynolds (1723-1792), más preocupado por la concepción clásica del arte, sobre todo referido a su interpretación de la naturaleza como objeto de arte, a la que debe imitarse. Esta representación de la naturaleza como paisaje, se guiaba por las doctrinas del pintoresquismo dadas por el teórico Alexander Cozens (1717-1786), que planteaba la idea de invención de la naturaleza como pintura, a la que se podía llegar mediante la observación. La idea de concebir la pintura de paisaje mediante manchas de color tendrá su culminación en el siglo XIX  a través de la pintura de J. Constable y W. Turner.