| Reynolds
por su parte, como presidente de la Real Academia de las Artes que
fue, se convirtió en lo que podía denominarse pintor
del retrato histórico oficial de la aristocracia inglesa, aunque
sus formas eran reminiscencias de la antigua tradición de los grandes
maestros, su pintura convertía al paisaje en mero escenario de sus
personajes.
Otra forma de entender la relación
entre el paisaje y el retrato, mucho más innovadora, la dará
el pintor Thomas Gainsborough (1727-1788), que concedía la misma
importancia a la naturaleza, que actuaba de atmósfera envolvente
a modo de escenario, como a los personajes en ella inmersos, cabe mencionar
su escena de conversación “Mr. y Mrs. Andrews” (1748-50).
Dentro del criticismo social inglés,
y como admiración a los innumerables descubrimientos e inventos
científicos de que fue objeto el siglo XVIII, consecuencia de la
recién estrenada revolución industrial, surgieron pintores
que como Joseph Wright of Derby (1734-1797), apasionado por los efectos
luminosos, representan esa sociedad sorprendida por las máquinas.
También en Inglaterra tuvo lugar
la búsqueda de las fuentes literarias nacionales, y los esfuerzos
se centraron en la obra de Shakespeare, como bastión de la tradición
inglesa. Pero fue la obra de Homero, la que despertó con mayor
ahínco la producción artística, incluida la inglesa,
mediante la ilustración de la Iliada y la Odisea, como haría
el polifacético John Flaxman (1755-1826), que también ilustró
a Esquilo, Hesíodo y la Divina Comedia de Dante, Flaxman consideraba
el dibujo por encima del color, por lo que se dedicó exclusivamente
al grabado, como ilustración de las obras mencionadas, aunque es
considerado un pintor y escultor neoclásico en cuanto a las formas,
muy miguelanguelescas, respecto a su concepción de la estética,
se encuentra más cercano a los románticos y su concepto de
lo sublime.
Estos encuentros con las fuentes literarias
como bastión de las tradiciones nacionales, llevaron a James Macpherson
a publicar entre 1762-3 la inventada epopeya del héroe gaélico
Ossian, que llegó a convertirse en el contrapunto nórdico
del poeta griego Homero, hasta el extremo de ser sustituido, en ocasiones,
por aquél como ejemplo de moralidad neoclásica, el propio
Goethe, pone en boca de Werther la frase: “Ossian ha desplazado a Homero
de mi corazón”.
En Alemania y los países nórdicos,
también se produce el resurgimiento de la literatura nacional, caso
de Los Nibelungos y toda la serie mitológica nórdica. Entre
los daneses, resaltamos los trabajos de Nicolás Abraham Abildgaard
(1734-1809) y Jacob Asmus Carstens (1754-1798), que guiados por el clasicismo
romano y las formas miguelangelescas, ilustran entre otras, la epopeya
de Ossian. Otro destacado pintor, en este caso de origen suizo fue
Johan Heinrich Füssli (1741-1825), que actúo de puente entre
el Sturm und Drang, donde se formó en sus años de juventud,
y la poética inglesa de lo sublime, de la que formó parte
desde finales del XVIII. En él tenemos al pintor de lo onírico,
sirva como ejemplo su serie “Las pesadillas”, donde juega con los conflictos
entre los sueños y la realidad, mezclando seres irreales, dioses,
héroes o monstruos, con situaciones aparentemente reales.
Otro pintor determinante, pero mal comprendido
por su época, lo fue William Blake (1757-1827), que se intentó
mantener al margen de cualquier tendencia clasicista. Era un artista que
viajaba hacia sí mismo y desde sí mismo. Como los anteriores
artistas, también se dedicó a la ilustración de obras
de Young o Dante, pero sobre todo a obras que él mismo escribió
e incluso editó. Con Blake se retoma el gusto por una antigüedad
diferente, la gótica, cuyas formas impregnarán su obra, aunque
tamizada por la visión de un artista moderno, que junto a Flaxmann
y Füssli se convertirán en precursores del romanticismo.
Este prerromanticismo que surge en Inglaterra,
se fundamentó en las ideas estéticas de principios del siglo
XVIII, en teóricos como el mencinado Addison, que con su obra “Los
placeres de la imaginación” estableció un sistema cartesiano
en el que incluía las categorías de bello, sublime y pintoresco.
Posteriormente y junto con la obra de Edmun Burke, “Indagación filosófica
sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo bello y lo sublime” (1757),
se establecieron las concepciones sobre la grandiosidad de lo sublime,
propias del romanticismo, también el neoclasicismo tomó esa
grandiosidad sublime, aunque enfocada hacia la moral.
Tendremos ocasión de comprobar
la importancia que tuvo la observación de paisajes, tan extendido
en el marco pictórico inglés, como el de los Alpes, para
entender la comprensión de la Naturaleza en su grandiosidad, y como
el hombre se convierte en un espectador que participa de la misma, al tiempo
que la admira. Tendremos su mayor expresión en el romanticismo alemán,
sobre todo de la mano de Caspar David Friedrich (1774-1840).
Pasamos a esbozar la trayectoria de la
pintura francesa, determinante en el siglo XIX de las mayores “revoluciones”
pictóricas que definirán y llenarán de contenido el
siglo XIX. Se produjo una sucesión vanguardista desde la ciudad
de Roma a París, que se convertirá en el centro precursor
de toda la pintura moderna occidental.
También en Francia son determinantes
las ideas ilustradas, y sobre todo, las de sus compatriotas los enciclopedistas,
que además componía un panorama peculiar de convivencia entre
pensadores y artistas, de tal forma, que las ideas pasaban de la teoría
a la práctica pictórica o escultórica casi al mismo
tiempo.
La expresión de toda la doctrina
ilustrada francesa precisaba del empleo de un lenguaje propio, que la definiese
y sobre todo que la ensalzara y difundiera; de nuevo el arte como expresión
de poder, mucho más evidente cuando el arte se puso al servicio
de la revolución y el imperio.
Además de los contenidos,
era necesario el empleo de unas formas que se ajustasen a la moral que
debían reflejar, y que ya comentamos, la encontrarían en
el estudio arqueológico de la antigüedad clásica. Para
el estudio de la cual, se fundó la Academia francesa de las Artes
en Roma, centro de formación obligatorio para los artistas neoclásicos
franceses.
Las formas clasicistas se llenan de contenidos
cívico-morales, uso al que se le debe dar al arte, siempre desde
la historia, como afirmaba el filósofo Diderot: “El artista debe
tener prioritariamente en cuenta el juicio de la historia.”. Como crítico
de arte que era, Diderot frecuentó los Salones parisinos desde 1759
hasta 1781, dichos Salones comenzaron en 1667 bajo el patrocinio de la
Academia real de pintura y escultura de París. Su funcionamiento,
permitió la aparición del público como espectador,
parte imprescindible de la obra de arte; de esta forma, se favoreció
que el público se enriqueciera con la llegada de la burguesía
urbana, que exigía un tipo de obras de contenido diferente. Aún
así, la Academia limitaba mucho la entrada de ciertas obras, que
no se ajustaban a los preceptos establecidos por los miembros de la misma,
generalmente de carácter clasicista y virtuoso, de ahí que
a estos “gustos” se les denomine academicistas, en su mayoría estrecho
de miras.
Al igual que en Inglaterra y al amparo
del reiterado pensamiento ilustrado, se producirá un “estilo” de
carácter crítico, sobre todo en oposición a la anterior
tradición rococó, expresión de un Antiguo Régimen
decadente y agónicamente ajeno a los necesarios cambios culturales
y sociales que la harán sucumbir. Sin embargo, encontramos desde
su máximo exponente Jean Antoine Watteau (1684-1721), a pintores
que conservarán la tradición rococó, como expresión
artística con la que se podían combinar los preceptos ilustrados,
que ya dijimos ofertaba múltiples lenguajes. Así lo demostraron
pintores como Hubert Robert (1733-1808), que se dedicó a la
pintura de paisajes arqueológicos, sobre todo de arquitecturas,
donde incluía el pintoresquismo, todo ello como muestra del eclecticismo
de formas y contenidos que, en definitiva, resumía las preocupaciones
de la pintura de su tiempo.
Otro pintor, amigo del anterior, fue Jean
Honoré Fragonard (1732-1806), cuya formación estuvo vinculada
a pintores de la época del criticismo como Jean Baptiste Simeón
Chardin (1699-1779) y Françoise Boucher (1703-1770). Fragonard estuvo
pensionado en Roma, como era la costumbre, pero en su evolución
artística se decantó por las formas rococós, ofreciendo
una pintura al margen y contraria a la neoclásica.
No podemos olvidar que la pintura de paisaje
en Francia, tuvo unos comienzos rococós, sobre todo en la figura
del mencionado Watteau, que entendía el paisaje como un escenario
para la felicidad y el encanto, generalmente se trataba de un paisaje lujurioso
y artificioso, era el denominado paisaje pastoral, considerado por los
clasicistas como un arte frívolo y sin interés moral.
En el salón de 1769, Diderot diría
de Chardin, que: “no es un pintor de historia, pero es un gran hombre”,
aunque sus temas se circunscribían a los interiores y bodegones,
la calidad de los mismos les dotaba de esa “moralidad” defendida por los
ilustrados, y que debía ser la característica que definiera
a la pintura de historia.
Junto a Chardin, los pintores que mejor
representaban el periodo crítico prerrevolucionario, fueron Claude
Joseph Vernet (1714-1789) y Jean Baptiste Greuze (1725-1805), también
incluimos a uno de los maestros de David, Joseph Marie Vien (1716-1809).
Todos ellos fueron admirados por Diderot, que los consideraba pintores
de historia, y por consiguiente abanderados de la ilustración. Vernet
destacó por su pintura de paisaje de ciudades, mientras que Greuze
lo hizo por sus escenas costumbristas con marcado carácter dramático,
aunque sin los magníficos toques de ironía y denuncia con
los que supo retratar Hogart a la sociedad burguesa de su tiempo. Greuze
triunfó en el Salón de 1761 con la obra “La novia pueblerina
o de aldea” de marcado carácter virtuoso y moralizador, como sucede
en la mayoría de sus obras.
La obra “ La vendedora de amores” de Vien,
para el Salón de 1763, estaba inspirada en un grabado del mismo
tema de una pintura romana encontrada en las excavaciones de Herculano,
con algunas variantes introducidas por el autor, como la decoración
mobiliaria, de época de Luis XVI, de esta forma contemporaneizaba
la antigüedad clásica. Comúnmente se ha utilizado esta
obra como punto de referencia del clasicismo más puro, antesala
del neoclasicismo severo, y que culminará en la obra de su virtuoso
alumno Jacques Louis David (1748-1825), paradigma de la estética
neoclásica y pintor de la Revolución y del Imperio napoleónico.
David se forma en la tradición poussiana, por la que en una obra
se debía colocar el menor número posible de personajes, los
imprecindibles, con la intención de centrar todo el esfuerzo en
el desarrollo del mensaje a transmitir, y que no era otro que el de una
acción noble, eliminando cualquier accesorio que pudiera distraer
la atención del público que contemple la obra, al que recordemos
debía instruir; para ello, se prescindía del empleo de color
tonal y sugerente, que pasaba a ser plano, con marcados claroscuros mediante
luces intencionadamente dirigidas, a modo de puesta en escena, lo importante
era la línea, el contorno, el dibujo.
En cierta medida, el pintor neoclásico
se convertía en mero instrumento para la transmisión de los
ideales, primero ilustrados, luego revolucionarios y por último
imperiales. El artista pierde de alguna forma su individualidad como creador.
Por suerte, esta rigidez de ideas, presentaba
fisuras por las que saldrán hábilmente pintores como el propio
David, que abrirá un camino por el que se encontrarán
diferentes soluciones pictóricas, entre las que resalta, por su
brillantez, la del pintor Jean Auguste Dominique Ingres (1780-1867), cuya
época, ya desprendida del encorsetamiento del clasicismo anterior,
sobre todo respecto de la propagación de ideales cívico-morales,
la pintura comienza a ser valorada como obra de arte en sí misma
y desde sí misma.
Como contrapartida al mencionado encorsetamiento
ideológico, en los años previos y siguientes a la Revolución
francesa, nace un género que dará una curiosa y divertida
visión satírica, con toda una carga de ironía, nos
referimos a la caricatura, que tendrá en los años finales
del siglo XVIII su mayor desarrollo, para continuar desarrollándose
en el XIX como ilustración narrativa en periódicos, revistas,
folletines o novelas tan en boga durante este siglo. Ya vimos en Hogart
al precursor de este género.
Aunque tengamos la sensación de
que el neoclasicismo ocupó todos los pinceles franceses a finales
del siglo XVIII y principios del XIX, ya vimos como éste “gusto”
convivía con otras soluciones artísticas, aunque casi siempre
como pintura marginal, sin ni mucho menos serlo. Un “estilo” que se gestaba
a lo largo de este siglo XVIII, como el romanticismo, no será hasta
los años treinta del siglo XIX francés, cuando se desarrolle
plenamente a través de las paletas de Theodore Géricault
(1791-1824) y Eugène Delacroix (1798-1863), aunque en ambos casos,
a partir de una tipología de pintura de historia, al menos
ofertaron soluciones muy dispares. Esto no significa que el romanticismo
no se empleara con anterioridad, si es cierto que, su uso se combinó
con otros gustos artísticos, incluido como resulta evidente el clasicismo,
y que sirvió para relajar la severidad del mismo.

|