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dejado la escultura al margen de la pintura, no por que su desarrollo no
vaya paralelo al de aquella, sino por seguir un proceso narrativo
continuado, que nos permita estudiar sucintamente su evolución como
conjunto, así como por la vinculación tan particular que
tiene con el clasicismo. Aunque se supeditó a las formas preestablecidas,
como única forma de expresión, en el siglo XIX y sobre todo
en el XX, se demostrará que aún quedaba mucho por hacer y
experimentar, no sólo respecto de los contenidos y las formas, sino
también respecto del empleo de otro materiales, como también
demostrará la arquitectura.
La escultura ilustrada también
se inspiraba en la tradición clásica, sobre todo en las copias
romanas de las obras griegas, de nuevo sin olvidarse del Renacimiento,
el manierismo de Miguel Ángel, y acabando en el barroquismo de Bernini,
a pesar de intentar huir de sus formas, por lo que significaba de Antiguo
Régimen, su influencia es inevitable, y difícil de
ignorar.
A pesar de tener como punto referente
la escultura clásica, el proceso de elaboración que emplearon
los artistas, se parecía más al utilizado por el gusto de
los manieristas de finales del siglo XVI, que se servían de múltiples
puntos de vista bajo lo que enfocar el resultado final de obra. Falconet
escribe al respecto: “Cuando un escultor consigue a plena satisfacción
una vista de su obra no ha hecho más que llevar a cabo una parte
de su operación. Pues la obra posee tantos puntos de vista como
puntos hay en el espacio que la rodea”. Como vemos, el manierismo
sirvió de referente durante el siglo XVIII, también en el
resto de las Artes, eso sí, como interpretación clásica.
Nuestro recorrido comienza por Edmé
Bouchardon (1698-1762), considerado como escultor clasicista, aunque a
caballo entre el Rococó y el Neoclasicismo, la mayoría de
sus obras estaban inspiradas en la antigüedad clásica,
y eran elaboradas siguiendo la teoría de los múltiples puntos
de vista, pero para Bouchardon, siempre con una visión desde la
misma postura. Su obra emblemática fue la estatua ecuestre de Luis
XV (1762-70), para la plaza de la Concordia, destruida después de
la revolución. Para su ejecución, el artista se inspiró
en la del emperador Marco Aurelio capitolino, logrando de esta forma,
elevar al monarca francés a una retórica más noble,
a la dignidad clásica, al tiempo que realiza un retrato del rey
y una imagen del caballo más naturalista.
Otro escultor que se considera puente
entre el Rococó más amable y el Neoclasicismo menos severo,
fue Jean Baptiste Pigalle (1714-1785), Diderot le llamaba en sus tiempos
de juventud, “le mulet de la sculpture”. Su formación también
pasó por Roma, inspirándose en los clásicos y en la
versión renacentista de la misma, aunque con la variante de emplear
varios puntos de vista, que convertían a su “Mercurio” en una obra
nada clásica. Trabajó desde 1744 bajo el patrocinio del rey
Luis XV y de su amante Madame Pompadour, también durante este
año se convirtió en miembro de la Academia, de la que fue
rector en 1777.
Pigalle, como buen ilustrado, era amigo
de enciclopedistas como Diderot, D’Alembert o Grimm, entre otros, con los
que llega al acuerdo de erigirle una escultura a Voltaire, desnudo, mostrando
en la obra un realismo provocador, ya que su desnudez, aunque con ella
quisiera recuperar la forma en la que se representaban a los héroes
y los dioses, es tan realista, que sólo podemos pensar en una verosimilitud
retórica de la dignidad del ilustrado. Como en su momento veremos,
también el escultor Houdon representará a Voltaire de manera
más sólida y menos verosímil y plástica.
Otro escultor que cubrió el periodo
que nos ocupa, fue Etienne Maurice Falconet (1716-1791), en el que resaltan
las formas barrocas sin dejar de considerársele un clasicista, sobre
todo en su concepción escultórica. Falconet consideraba que:
“El artista debía, sobre todo, hablar a sus contemporáneos”.
Su mal carácter y su propensión a la disputa, quizá
le impidieron un ascenso artístico más rápido, ya
que hasta 1754 no se convirtió en miembro de la Academia. Madame
Pompadour que también fue su mecenas, le nombró director
del taller de escultura de la Manufacture de Porcelaine de Sèvres,
cargo que ocupó entre los años de 1757 y 1766, y donde elaboró
una serie de figurillas al gusto rococó, de excelente calidad.
Como escultor de gran formato, siguió
el abordaje de la figura desde múltiples puntos de vista, sin tampoco
olvidar las formas berninianas, como podemos apreciar en su “Cristo en
agonía”. Pero su obra más destacada era la estatua ecuestre
de Pedro El Grande, encargo que recibió de Catalina II y a través
de su “amigo del alma” Diderot, como él le llamaba. Para la realización
de la obra, Falconet recibió varios consejos, entre ellos, los de
Diderot, que se basó en un dibujo de Le Brun a propósito
de un proyecto de Bernini para la escultura ecuestre de Luis XIV, a lo
que el escultor respondió: “Mi monumento va a ser sencillo, y no
habrá en él personificación alguna de la Barbarie,
el Amor, del Pueblo o la Nación. Es posible que esas figuras dieran
al monumento un aspecto más poético. Pero cuando en mi profesión
se ha llegado a los cincuenta ha de simplificarse el diseño con
el fin de conseguir el objetivo más elevado”, en otro momento continúa:
“Mi zar no lleva bastón de mando, sino que extiende la mano derecha
en gesto de favor hacia la tierra por la que está cabalgando. Está
coronando la roca, que además de servirle de base es un símbolo
de las dificultades que ha tenido que vencer. Por eso esa mano paternal,
por eso ese galope por la roca inclinada. Ahí tenéis la idea
que Pedro el grande me ha ofrecido”.
En este párrafo se observa lo imbuido
que estaba Falconet de la ilustración, con esta obra busca la figura
del antihéroe, se trata de una de las esculturas ecuestres más
sobresalientes del siglo XVIII, aún a pesar de su deuda con el monumento
ecuestre de Luis XIV.
Como hombre versado en los ideales ilustrados,
miraba la antigüedad con ojos críticos, llegando incluso a
menospreciar y rebatir a teóricos como Diderot, Winckelmann, Mengs,
Lessing e incluso Voltaire; Falconet decía: “Vivimos en el siglo
de la luz o al menos en el siglo en el que buscarla afanosamente no se
considera un delito”.
Todas estas propuestas de estilo y gustos
eclécticos, en determinados momentos con mayor afinidad por
lo clásico, se concluye y afianza en la persona del escultor italiano
Antonio Canova (1757-1822), equiparable al pintor David, se convirtió
en el escultor emblemático del poder. Con características,
por un lado clasicistas, en ocasiones reflejo de teóricos como Winckelmann,
y por otro lado con ideales románticos, al reflejar la grandiosidad
de lo sublime. Como afirma Assunto emplea la “Antigüedad como futuro”.
Toda esta pincelada por el arte del siglo
XVIII, a través de la pintura y la escultura, puso en evidencia
los tiempos de crisis que corrían, que precisaban de un profundo
cambio, al verse agotadas todas las fórmulas anteriores, había
que romper con la tradición, y así se hizo. Este proceso
se facilitó con el advenimiento de la Revolución francesa,
por la que el artista se veía libre de las ataduras tradicionales,
aunque en ocasiones fuese un espejismo, ya que también la revolución
eligió y “sometió“ a los artistas para ensalzar sus ideales,
en definitiva lo importante es que se abrieron las puertas de la modernidad.
El arte adquiere carácter de patrimonio ciudadano.
Durante el siglo XIX, será París
la ciudad paradigmática del arte, en ella se sucederán las
más importantes revoluciones artísticas, proceso que la convertirá
en un centro de atención para los artistas, que atraídos
por las nuevas aportaciones y soluciones dadas a la omnipresente tradición,
harán de ella, la ciudad más cosmopolita. A partir del Impresionismo,
París se transformará en la capital artística
del mundo.
Como ocurría en el siglo XVIII,
de nuevo en el XIX, el arte correrá parejo a los cambios sociales
y políticos del momento, es el periodo de las revoluciones burguesas,
lo que también implicó una transformación en la relación
que existía entre el público que admiraba y compraba una
obra y el artista, que por su parte cada vez estaba menos dispuesto a someterse
a las exigencias y encargos del cliente.
El artista deseaba que su pintura fuera
expresión de su propia personalidad, de su libertad como artista,
consideraba que su obra debía ser comprada por sí misma.
La relación artista-cliente emperoró cuando un grupo de artistas
intelectuales, incómodos ante la recién estrenada clase media
carente de sensibilidad artística, pretendía convertir el
arte en artículos de decoración doméstica, llegaron
incluso a la burla, “épater le bourgeois” le llamaron.
Así las cosas, el artista se convirtió
en un bohemio inconformista, enfrentado a su público potencial,
y por supuesto también enfrentado a los artistas oficiales, académicos,
que por su parte eran mimados por el gran público, a los que satisfacían
plenamente. Esta confrontación, añadía una dificultad
más para los pintores disidentes, como el hecho de no permitirles
colgar sus obras en los Salones oficiales, o bien generar la mofa y el
desprecio de los academicistas cuando sus pinturas eran aceptadas. En la
segunda mitad del siglo XIX y con el movimiento impresionista, se opta
por inaugurar unos Salones independientes, a los que se les llamaba “Salón
de los rechazados”.
Como no podemos ignorar al arte oficial,
aunque visto desde la perspectiva del siglo XX se considerase un arte relamido
y poco o nada innovador, aunque eso sí, muy perfeccionista en el
dibujo, lo cierto es que para su época, era la expresión
artística que satisfacía a la inmensa mayoría de sus
coetáneos, un público deseoso de coleccionar un arte tradicionalista,
clasicista, y digno. Ya mencionamos a Ingres como culminación del
neoclasicismo davidiano, y eje sobre el que girará el arte oficial,
que a mediados de siglo, se decantará por la ya elaborada
pintura de historia, tanto la pasada, en estos momentos realzando la época
medieval (más vinculada a los preceptos románticos), como
la historia reciente, contemporánea, por otro lado muy fructífera,
gracias a las revoluciones burguesas, que desbancaron al antiguo sistema
establecido.

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