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elección de este título, aunque contradictorio en su planteamiento,
creemos que refleja perfectamente el rasgo distintivo de un siglo que si
a primera vista de algo se caracteriza, es justamente por su indefinición
debido en gran parte a la falta de un estilo dominante que aglutinará
las distintas corrientes. Ya presentamos anteriormente las diferentes propuestas
de terminología respecto a los variados movimientos, al mismo remitimos
ahora para evitar innecesarias repeticiones. Sólo y a modo de aclaración,
puntualizar que utilizaremos una u otra acepción a la hora de referirnos
a los diferentes periodos del siglo que aquí nos ocupa.
Los cambios de mentalidad y orientación
que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se fueron produciendo
en Europa y por extensión en la mayoría de países,
se convirtieron en un referente a tener en cuenta al iniciarse la nueva
centuria.
La Ilustración y el movimiento
enciclopedista habían hecho posible la transformación de
los ideales estéticos; los diferentes movimientos revolucionarios,
preferentemente la revolución francesa y la industrial, combinaron
avances técnicos y estructurales de marcadas consecuencias, si bien,
reforma e innovación en la mayoría de los casos no fueron
paralelas y los logros que hacían soñar con proyectos concretos,
acabaron quedándose simplemente en eso, en proyectos. Las grandes
esperanzas depositadas en ésta época de las revoluciones,
quedaron en muchos casos cercenadas por malas e interesadas interpretaciones.
Pero estos aparentes nubarrones no deben ensombrecer el brillante desarrollo
producido en múltiples campos, entre ellos el de la arquitectura
como ya hemos podido confirmar anteriormente, en donde la aceptación
del Neoclasicismo supuso además de una recuperación de los
modelos de la antigüedad, un proceso de internacionalización
del mencionado estilo.
Francia: Del “estilo” imperial a la
Arquitectura de la Restauración.
Tras el estallido de la Revolución
francesa en 1789 y la compleja serie de acontecimientos que se desprendieron
tras su éxito, muchos de sus más activos defensores fueron
progresivamente perdiendo la ilusión ante el cariz que fue tomando
la situación, en donde la soñada libertad dio paso a periodos
de intolerancia y terror que acabaron en 1795 con la instauración
de la llamada Constitución del Año III, produciéndose
una etapa de normalización que se prolongó aproximadamente
durante cuatro años, periodo conocido como del Directorio.
Pero durante estos años,
el crédito de esta institución fue perdiendo fuerza y tras
varios levantamientos y conspiraciones (Babeuf, 1797) se llegó
a un callejón sin salida que fue hábilmente aprovechado por
un joven general: Napoleón Bonaparte.
Así el 18 de Brumario de
1799, dio cobertura con sus fuerzas militares, a un intento de golpe de
Estado, obteniendo un éxito rotundo. Tras el mismo, salió
ampliamente beneficiado, logrando el nombramiento de Primer Cónsul,
cargo que le otorgaba plenos poderes ejecutivos. Su tarea a partir de entonces
consistió en la pacificación de una convulsa Francia que
aún no había podido asimilar los acontecimientos anteriores.
Entre las reformas que introdujo destaca: la confección de una nueva
Constitución (en este caso impuesta), conocida como la del Año
VIII (1799); afianzó el poder ejecutivo; fundó en 1800 el
Banco de Francia; reorganizó la enseñanza bajo la supervisión
del Estado; firmó, tras largas negociaciones, el Concordato con
Pío VII (1801), por el cual el Estado se declaraba laico, pero se
reconocía la religión católica como mayoritaria; y
su máxima aportación, consistente en la puesta en práctica
de un innovador Código Civil (1804) que asumía algunos de
los principios de carácter social defendidos por la Revolución.
Sobre esta relación de novedades
jurídicas, económicas y administrativas, fundará Napoleón
su buena fama ante sus conciudadanos, llegando a tal punto que en 1802
será nombrado cónsul vitalicio y en 1804 en la nueva Constitución
(Año XII) se le nombrará como emperador, término ratificado
ulteriormente por un plebiscito.
La fase del Imperio transcurrió
entre 1804 y 1814, a estos años habría que añadir
un pequeño lapso (Imperio de los Cien Días), que se produjo
tras su destierro en la isla de Elba, de donde volvió para ser finalmente
derrotado en la batalla de Waterloo (1815). Sus pretendidas reformas interiores,
no siempre aceptadas de buen grado, debido a su falta de democracia, se
intentaron imponer en otros países conquistados tras intensas campañas
militares, empresas que en un principio reportaron importantes victorias
y claro está su expansión territorial.
El dominio sobre buena parte de
Europa ayudará a la difusión y potenciación de las
ideas imperiales que desde Francia se dispersaron al resto de los países.
Al igual que las propuestas políticas, económicas y
jurídicas, se impusieron tanto en el interior como en el exterior,
las diferentes disciplinas artísticas actuaron de modo análogo.
Desde que los jacobinos aceptaron
y ampararon el Neoclasicismo como su estilo artístico oficial, el
desarrollo del mismo parecía estar abocado a su culminación
con la llegada del Imperio, pero ello no se produjo e incluso podemos afirmar
que actuó de forma contraria. Según Honour la rápida
decadencia y degeneración del estilo Neoclásico provocó
la devaluación de los ideales estéticos al quedar desprovisto
de toda la carga de confianza hacia los modelos antiguos, los cuales aparecían
ahora de forma convencional, esto acabó por convertirlo en un
estilo puramente decorativo.
La oposición a considerar
el periodo napoleónico como un estilo diferenciado con sus propios
ideales estéticos, está fundada en alguna de estas percepciones
que consideran el llamado “estilo imperio”, más como una corriente
decorativa, vacía de un nuevo lenguaje artístico. Las ideas
neoclásicas son trivializadas y pierden contenido, convirtiéndose
en simples catálogos de modelos ya experimentados, cuando no superados.
Otra cuestión será
la intencionalidad que se pretende de las diferentes artes en este momento,
la búsqueda en la antigüedad de los valores morales y estéticos
que durante la Revolución se habían emparentado con la Roma
Republicana se desplazará durante este nuevo periodo hacia la Roma
Imperial. Allí donde se había planteado una investigación
de las formas puras del arte antiguo, quedaba ahora sobrepasado por la
nueva concepción en la que el lujo y la riqueza ornamental se convertían
en sus señas de identidad. Las formas imperiales romanas eran del
gusto de Napoleón quien tanto por su simbolismo, de una renovada
significación, como por su noción artística resumían
a la perfección su paradigma ante el arte. Ideal que consideraba
a la expresión artística no sólo como vehículo
de educación sino, y sobre todo, como elemento fundamental de propaganda
y culto a su personalidad.
Dentro de este nuevo sentimiento,
en donde la búsqueda de lo clásico se convirtió en
una manía arqueologicista que inaugura una moda pasajera,
y donde los descubrimientos de las diferentes excavaciones se utilizarán
para engordar la larga lista de elementos decorativos; otras motivaciones
incidirán en el resultado de conformación del periodo.
Nuevos fundamentos van a contribuir
a la integración de otras culturas consideradas exóticas,
así el más amplio e interesantes redescubrimiento será
el del arte egipcio, aunque este interés ya venía de lejos
pues tenemos obras como por ejemplo la Pyramidographia de Burattini y Graves
o los estudios de Kircher o Montfaucon.
La apropiación de variados
aspectos de esta cultura no hacía sino recordar una de las campañas
bonapartistas más celebradas y prestigiosas. Realizada en 1798,
con ella se pretendía cortar una de las rutas inglesas hacia la
India, pero dejando al margen la campaña militar, nosotros queremos
incidir en el excelente trabajo de campo que se llevó a cabo y que
ha sido considerado por algunos como un claro ejemplo de “imperialismo
cultural”.
A esta expedición llevó
un nutrido grupo de científicos, y sus resultados fueron registrados
en los veintitrés volúmenes de la monumental obra sobre este
país: Description de l’ Egypte; ou, Recueil des observations et
des recherches qui ont été faites en Egypte pendant l’ expédition
de l’ armée française, publié par les ordres de su
majesté l’ empereur Napoléon le Grand. París, 1809-1828.
A pesar de la importancia de esta y otras publicaciones la integración
de un estilo “neoegipcio” sólo se produjo de forma circunstancial
en la arquitectura, excepto en la de tipo funerario al utilizar la simbólica
pirámide, y su empleo se vio circunscrito a la decoración
y mobiliario, siendo en este campo donde consiguió obtener un éxito
notable.

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