Centro de Formación on Line
Biblioteca Virtual E-excellence
I.E.P.E.S.
 Agenda Exposiciones Publicar en Liceus Enlaces E-excellence CIDEIH
 
 
3. EL CLASICISMO ROMÁNTICO.1/7
84-9714-051-6
Félix Díaz Moreno
 

 La elección de este título, aunque contradictorio en su planteamiento, creemos que refleja perfectamente el rasgo distintivo de un siglo que si a primera vista de algo se caracteriza, es justamente por su indefinición debido en gran parte a la falta de un estilo dominante que aglutinará las distintas corrientes. Ya presentamos anteriormente las diferentes propuestas de terminología respecto a los variados movimientos, al mismo remitimos ahora para evitar innecesarias repeticiones. Sólo y a modo de aclaración, puntualizar que utilizaremos una u otra acepción a la hora de referirnos a los diferentes periodos del siglo que aquí nos ocupa.

 Los cambios de mentalidad y orientación que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se fueron produciendo en Europa y por extensión en la mayoría de países, se convirtieron en un referente a tener en cuenta al iniciarse la nueva centuria.

La Ilustración y el movimiento enciclopedista habían hecho posible la transformación de los ideales estéticos; los diferentes movimientos revolucionarios, preferentemente la revolución francesa y la industrial, combinaron avances técnicos y estructurales de marcadas consecuencias, si bien, reforma e innovación en la mayoría de los casos no fueron paralelas y los logros que hacían soñar con proyectos concretos, acabaron quedándose simplemente en eso, en proyectos. Las grandes esperanzas depositadas en ésta época de las revoluciones, quedaron en muchos casos cercenadas por malas e interesadas interpretaciones. Pero estos aparentes nubarrones no deben ensombrecer el brillante desarrollo producido en múltiples campos, entre ellos el de la arquitectura como ya hemos podido confirmar anteriormente, en donde la aceptación del Neoclasicismo supuso además de una recuperación de los modelos de la antigüedad, un proceso de internacionalización del mencionado  estilo.

Francia: Del “estilo” imperial a la Arquitectura de la Restauración.

 Tras el estallido de la Revolución francesa en 1789 y la compleja serie de acontecimientos que se desprendieron tras su éxito, muchos de sus más activos defensores fueron progresivamente perdiendo la ilusión ante el cariz que fue tomando la situación, en donde la soñada libertad dio paso a periodos de intolerancia y terror que acabaron en 1795 con la instauración de la llamada Constitución del Año III, produciéndose una etapa de normalización que se prolongó aproximadamente durante cuatro años, periodo conocido como del Directorio.
 Pero durante estos años, el crédito de esta institución fue perdiendo fuerza y tras varios levantamientos y  conspiraciones (Babeuf, 1797) se llegó a un callejón sin salida que fue hábilmente aprovechado por un joven general: Napoleón Bonaparte.

 Así el 18 de Brumario de 1799, dio cobertura con sus fuerzas militares, a un intento de golpe de Estado, obteniendo un éxito rotundo. Tras el mismo, salió ampliamente beneficiado, logrando el nombramiento de Primer Cónsul, cargo que le otorgaba plenos poderes ejecutivos. Su tarea a partir de entonces consistió en la pacificación de una convulsa Francia que aún no  había podido asimilar los acontecimientos anteriores. Entre las reformas que introdujo destaca: la confección de una nueva Constitución (en este caso impuesta), conocida como la del Año VIII (1799); afianzó el poder ejecutivo; fundó en 1800 el Banco de Francia; reorganizó la enseñanza bajo la supervisión del Estado; firmó, tras largas negociaciones, el Concordato con Pío VII (1801), por el cual el Estado se declaraba laico, pero se reconocía la religión católica como mayoritaria; y su máxima aportación, consistente en la puesta en práctica de un innovador Código Civil (1804) que asumía algunos de los principios de carácter social defendidos por la Revolución.

 Sobre esta relación de novedades jurídicas, económicas y administrativas, fundará Napoleón su buena fama ante sus conciudadanos, llegando a tal punto que en 1802 será nombrado cónsul vitalicio y en 1804 en la nueva Constitución (Año XII) se le nombrará como emperador, término ratificado ulteriormente por un plebiscito.

 La fase del Imperio transcurrió entre 1804 y 1814, a estos años habría que añadir un pequeño lapso (Imperio de los Cien Días), que se produjo tras su destierro en la isla de Elba, de donde volvió para ser finalmente derrotado en la batalla de Waterloo (1815). Sus pretendidas reformas interiores, no siempre aceptadas de buen grado, debido a su falta de democracia, se intentaron imponer en otros países conquistados tras intensas campañas militares, empresas que en un principio reportaron importantes victorias y claro está su expansión territorial.

 El dominio sobre buena parte de Europa ayudará a la difusión y potenciación de las ideas imperiales que desde Francia se dispersaron al resto de los países. Al igual que las propuestas políticas, económicas y  jurídicas, se impusieron tanto en el interior como en el exterior, las diferentes disciplinas artísticas actuaron de modo análogo.

 Desde que los jacobinos aceptaron y ampararon el Neoclasicismo como su estilo artístico oficial, el desarrollo del mismo parecía estar abocado a su culminación con la llegada del Imperio, pero ello no se produjo e incluso podemos afirmar que actuó de forma contraria. Según Honour la rápida decadencia y degeneración del estilo Neoclásico provocó la devaluación de los ideales estéticos al quedar desprovisto de toda la carga de confianza hacia los modelos antiguos, los cuales aparecían ahora de forma convencional, esto acabó por convertirlo en un  estilo puramente decorativo.

 La oposición a considerar el periodo napoleónico como un estilo diferenciado con sus propios ideales estéticos, está fundada en alguna de estas percepciones que consideran el llamado “estilo imperio”, más como una corriente decorativa, vacía de un nuevo lenguaje artístico. Las ideas neoclásicas son trivializadas y pierden contenido, convirtiéndose en simples catálogos de modelos ya experimentados, cuando no superados.

 Otra cuestión será la intencionalidad que se pretende de las diferentes artes en este momento, la búsqueda en la antigüedad de los valores morales y estéticos que durante la Revolución se habían emparentado con la Roma Republicana se desplazará durante este nuevo periodo hacia la Roma Imperial. Allí donde se había planteado una investigación de las formas puras del arte antiguo, quedaba ahora sobrepasado por la nueva concepción en la que el lujo y la riqueza ornamental se convertían en sus señas de identidad. Las formas imperiales romanas eran del gusto de Napoleón quien tanto por su simbolismo, de una renovada significación, como por su noción artística resumían a la perfección su paradigma ante el arte. Ideal que consideraba a la expresión artística no sólo como vehículo de educación sino, y sobre todo, como elemento fundamental de propaganda y culto a su personalidad.

 Dentro de este nuevo sentimiento, en donde la búsqueda de lo clásico se convirtió en una manía arqueologicista  que inaugura una moda pasajera, y donde los descubrimientos de las diferentes excavaciones se utilizarán para engordar la larga lista de elementos decorativos; otras motivaciones incidirán en el resultado de conformación del periodo.

 Nuevos fundamentos van a contribuir a la integración de otras culturas consideradas exóticas, así el más amplio e interesantes redescubrimiento será el del arte egipcio, aunque este interés ya venía de lejos pues tenemos obras como por ejemplo la Pyramidographia de Burattini y Graves o los estudios de Kircher o Montfaucon.

 La apropiación de variados aspectos de esta cultura no hacía sino recordar una de las campañas bonapartistas más celebradas y prestigiosas. Realizada en 1798, con ella se pretendía cortar una de las rutas inglesas hacia la India, pero dejando al margen la campaña militar, nosotros queremos incidir en el excelente trabajo de campo que se llevó a cabo y que ha sido considerado por algunos como un claro ejemplo de “imperialismo cultural”. 

 A esta expedición llevó un nutrido grupo de científicos, y sus resultados fueron registrados en los veintitrés volúmenes de la monumental obra sobre este país: Description de l’ Egypte; ou, Recueil des observations et des recherches qui ont été faites en Egypte pendant l’ expédition de l’ armée française, publié par les ordres de su majesté l’ empereur Napoléon le Grand. París, 1809-1828. A pesar de la importancia de esta y otras publicaciones la integración de un estilo “neoegipcio” sólo se produjo de forma circunstancial en la arquitectura, excepto en la de tipo funerario al utilizar la simbólica pirámide, y su empleo se vio circunscrito a la decoración y mobiliario, siendo en este campo donde consiguió obtener un éxito notable.