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3. EL CLASICISMO ROMÁNTICO.2/7
84-9714-051-6
Félix Díaz Moreno
 

Como resumen de este periodo, podemos concluir diciendo que durante los años transcurridos entre el final de la Revolución y aproximadamente el inicio del Imperio, la construcción en Francia permaneció aletargada, atendiéndose más a la acomodación de diferentes edificios a las nuevas funciones. La arquitectura a pesar de mantenerse bajo los parámetros del Neoclasicismo perderá en parte sus primigenias concepciones: la frialdad y delicadeza de detalles y la repetición de los mismos, todo ello enmarcado por su simplicidad, convertirá sus precisas líneas en atractivos acabados. La elegancia se verá incrementada en sus interiores donde la decoración y el mobiliario serán su expresión más distintiva. La arquitectura buscará además y de forma decidida la exaltación imperial por medio de elementos conmemorativos y de propaganda.

Especial atención habrá que observar dentro de la formación de los arquitectos, en un país en donde la tradición académica se encontraba firmemente implantada desde la fundación de la Académie Royale d’ Architecture por Colbert en 1671 y que desarrollará sus cometidos hasta 1793. Entre los mismos destacaba de forma evidente la formulación de una teoría de la arquitectura con carácter vinculante; además la Academia se honraba de ser la primera institución que completó un estudio pormenorizado de la teoría de la arquitectura. Esta institución junto con la Academia de Francia en Roma (1666), se convirtieron en paso obligado, y único,  para todos aquellos arquitectos que deseaban cursar este “programa” de formación. Tras la Revolución ambos centros se mantuvieron inactivos durante unos años hasta que Napoleón interesado en su renovación, efectuó los cambios necesarios para la enseñanza del diseño arquitectónico.

 Así la nueva institución aglutinará las tres artes (arquitectura, pintura y escultura) y llevará el nombre de École des Beaux-Arts, ésta a su vez competirá con la escuela técnica dedicada en este caso a la formación de ingenieros: la École Polytechnique, fundada en 1794. Este innovador planteamiento tuvo un éxito inusitado en el resto de Europa y de todos los lugares llegaron los alumnos a sus aulas, a su vez la fama de los arquitectos franceses, hizo que fueran continuamente reclamados en otros países con lo que los ideales imperiales y académicos en cuanto a arquitectura y decoración se perpetuaran en estos lugares sin necesidad de ejércitos.

 En el plano teórico debemos hacer constar como el legado del pensamiento arquitectónico del siglo XVIII en Francia se puede resumir, en estos momentos, en la concepción de dos tratados publicados con muy pocos años de diferencia por Rondelet y Durand.

 El tratado de Jean-Baptiste Rondelet (1743-1829), Traité théorique et practique de l`art de bâtir, fue publicado entre 1802 y 1803 en diez volúmenes. Como se indica en el título de la obra de este discípulo de Soufflot y profesor de la École des Beaux-Arts, contiene un estudio pormenorizado sobre los materiales y técnicas de construcción, sin embargo entre sus páginas casi no aparecen referencias hacia un estudio general de la arquitectura, como venía siendo habitual en el resto de los tratados hasta ahora publicados. Debemos considerarlo por tanto como un referente claro hacia la practicidad de esta ciencia. Rondelet consideraba la arquitectura no como un arte imaginativo sino como una ciencia condicionada por la urgencia y la necesidad, siendo para él: “el resultado de la experiencia y del razonamiento fundada sobre los principios matemáticos y de la física aplicados a las diferentes operaciones del arte”. También reinterpretó la arquitectura gótica y reflejó de forma innovadora las posibilidades de las nuevas construcciones en hierro.

 Sin embargo, si hubo un tratado cuya influencia se dejó sentir de forma palpable en la interpretación y consecución de proyectos arquitectónicos, actuando como un verdadero manual de la época, este fue sin lugar a dudas el de Jean-Nicolas-Louis Durand (1760-1834); este autor, discípulo de Boullée, fue nombrado poco después de su inauguración, profesor de la École Polytechnique desde 1795 hasta 1830. Sus teorías sobre la arquitectura histórica quedaron recogidas en 1800 en su Recueil et paralléle des édifices de tout genere anciens et modernes; y sus enseñanzas técnicas comenzaron a ser publicadas desde 1802 hasta 1805 en sus Précis des leçons d’ architecture données à l’ École Polytechnique.

 Este texto, supuso tras su salida, una nueva forma de comprender la arquitectura, ya que rompía claramente con la tradición vitruviana al rechazar la imitación como doctrina y eliminar la concepción antropométrica. Durand consideraba que la arquitectura era una fórmula gráfica y criticaba la escasa capacidad técnica de los arquitectos, a los que acusaba de falta de preparación. A su entender para ser arquitecto lo único que se requería era aprender a dividir un cuadro en una cuadrícula regular.

 Sus preferencias estéticas giraban en torno a los principios sociales, de utilidad y economía. De ellos se desprendía la solidez, comodidad, la verdadera simetría y una geometría simplificada. En cuanto a ésta última, admitía que las más bellas figuras eran el círculo y la esfera, pero igualmente las consideraba poco prácticas (sólo hay que recordar alguno de los magníficos proyectos de su maestro Boullée para ratificarse en esta idea), por tanto aún partiendo de esta base utilizará el cuadrado y el cubo como elementos configuradores de estructuras. La belleza surgía pues, de la de conjunción entre los diferentes factores comentados y no de la aplicación ornamental, por consecuencia su racionalismo compositivo, como factor determinante de su método y su eclecticismo figurativo, harán de esta obra una de las más seguidas y valoradas durante todo el siglo al crear un nuevo método que sustituyó los códigos anteriores.

 Entre los muchos discípulos de Durand, quizá el que alcanzó un mayor protagonismo al introducir entre su teoría aspectos sociales y humanitarios fue Jacques-Emile Gilbert (1793-1874), al otro lado se situó Abel Blouet (1795-1853) quien publicó en dos volúmenes, entre 1847 y 1848 su obra Supplement à la traité théorique et practique de l’ art de Bâtir de Jean Rondelet.

 Tanto Rondelet como Durand tendrán como ya hemos visto algunos puntos en común, a pesar de sus diferencias; uno de sus encuentros consistía en restringir la arquitectura a su estructura y geometría formal, pero además se daba la circunstancia de que los posibles lectores de estas obras, no veían sus enseñanzas como excluyentes sino como complementarias por lo que las dos instituciones “enemigas” poco a poco fueron convergiendo gracias a dos de sus profesores, pero para ver totalmente desarrollado este hecho deberemos esperar hasta la finalización del siglo.