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resumen de este periodo, podemos concluir diciendo que durante los años
transcurridos entre el final de la Revolución y aproximadamente
el inicio del Imperio, la construcción en Francia permaneció
aletargada, atendiéndose más a la acomodación de diferentes
edificios a las nuevas funciones. La arquitectura a pesar de mantenerse
bajo los parámetros del Neoclasicismo perderá en parte sus
primigenias concepciones: la frialdad y delicadeza de detalles y la repetición
de los mismos, todo ello enmarcado por su simplicidad, convertirá
sus precisas líneas en atractivos acabados. La elegancia se verá
incrementada en sus interiores donde la decoración y el mobiliario
serán su expresión más distintiva. La arquitectura
buscará además y de forma decidida la exaltación imperial
por medio de elementos conmemorativos y de propaganda.
Especial atención habrá
que observar dentro de la formación de los arquitectos, en un país
en donde la tradición académica se encontraba firmemente
implantada desde la fundación de la Académie Royale d’ Architecture
por Colbert en 1671 y que desarrollará sus cometidos hasta 1793.
Entre los mismos destacaba de forma evidente la formulación de una
teoría de la arquitectura con carácter vinculante; además
la Academia se honraba de ser la primera institución que completó
un estudio pormenorizado de la teoría de la arquitectura. Esta institución
junto con la Academia de Francia en Roma (1666), se convirtieron en paso
obligado, y único, para todos aquellos arquitectos que deseaban
cursar este “programa” de formación. Tras la Revolución ambos
centros se mantuvieron inactivos durante unos años hasta que Napoleón
interesado en su renovación, efectuó los cambios necesarios
para la enseñanza del diseño arquitectónico.
Así la nueva institución
aglutinará las tres artes (arquitectura, pintura y escultura) y
llevará el nombre de École des Beaux-Arts, ésta a
su vez competirá con la escuela técnica dedicada en este
caso a la formación de ingenieros: la École Polytechnique,
fundada en 1794. Este innovador planteamiento tuvo un éxito inusitado
en el resto de Europa y de todos los lugares llegaron los alumnos a sus
aulas, a su vez la fama de los arquitectos franceses, hizo que fueran continuamente
reclamados en otros países con lo que los ideales imperiales y académicos
en cuanto a arquitectura y decoración se perpetuaran en estos lugares
sin necesidad de ejércitos.
En el plano teórico debemos
hacer constar como el legado del pensamiento arquitectónico del
siglo XVIII en Francia se puede resumir, en estos momentos, en la concepción
de dos tratados publicados con muy pocos años de diferencia por
Rondelet y Durand.
El tratado de Jean-Baptiste Rondelet
(1743-1829), Traité théorique et practique de l`art de bâtir,
fue publicado entre 1802 y 1803 en diez volúmenes. Como se indica
en el título de la obra de este discípulo de Soufflot y profesor
de la École des Beaux-Arts, contiene un estudio pormenorizado sobre
los materiales y técnicas de construcción, sin embargo entre
sus páginas casi no aparecen referencias hacia un estudio general
de la arquitectura, como venía siendo habitual en el resto de los
tratados hasta ahora publicados. Debemos considerarlo por tanto como un
referente claro hacia la practicidad de esta ciencia. Rondelet consideraba
la arquitectura no como un arte imaginativo sino como una ciencia condicionada
por la urgencia y la necesidad, siendo para él: “el resultado de
la experiencia y del razonamiento fundada sobre los principios matemáticos
y de la física aplicados a las diferentes operaciones del arte”.
También reinterpretó la arquitectura gótica y reflejó
de forma innovadora las posibilidades de las nuevas construcciones en hierro.
Sin embargo, si hubo un tratado
cuya influencia se dejó sentir de forma palpable en la interpretación
y consecución de proyectos arquitectónicos, actuando como
un verdadero manual de la época, este fue sin lugar a dudas el de
Jean-Nicolas-Louis Durand (1760-1834); este autor, discípulo de
Boullée, fue nombrado poco después de su inauguración,
profesor de la École Polytechnique desde 1795 hasta 1830. Sus teorías
sobre la arquitectura histórica quedaron recogidas en 1800 en su
Recueil et paralléle des édifices de tout genere anciens
et modernes; y sus enseñanzas técnicas comenzaron a ser publicadas
desde 1802 hasta 1805 en sus Précis des leçons d’ architecture
données à l’ École Polytechnique.
Este texto, supuso tras su salida,
una nueva forma de comprender la arquitectura, ya que rompía claramente
con la tradición vitruviana al rechazar la imitación como
doctrina y eliminar la concepción antropométrica. Durand
consideraba que la arquitectura era una fórmula gráfica y
criticaba la escasa capacidad técnica de los arquitectos, a los
que acusaba de falta de preparación. A su entender para ser arquitecto
lo único que se requería era aprender a dividir un cuadro
en una cuadrícula regular.
Sus preferencias estéticas
giraban en torno a los principios sociales, de utilidad y economía.
De ellos se desprendía la solidez, comodidad, la verdadera simetría
y una geometría simplificada. En cuanto a ésta última,
admitía que las más bellas figuras eran el círculo
y la esfera, pero igualmente las consideraba poco prácticas (sólo
hay que recordar alguno de los magníficos proyectos de su maestro
Boullée para ratificarse en esta idea), por tanto aún partiendo
de esta base utilizará el cuadrado y el cubo como elementos configuradores
de estructuras. La belleza surgía pues, de la de conjunción
entre los diferentes factores comentados y no de la aplicación ornamental,
por consecuencia su racionalismo compositivo, como factor determinante
de su método y su eclecticismo figurativo, harán de esta
obra una de las más seguidas y valoradas durante todo el siglo al
crear un nuevo método que sustituyó los códigos anteriores.
Entre los muchos discípulos
de Durand, quizá el que alcanzó un mayor protagonismo al
introducir entre su teoría aspectos sociales y humanitarios fue
Jacques-Emile Gilbert (1793-1874), al otro lado se situó Abel Blouet
(1795-1853) quien publicó en dos volúmenes, entre 1847 y
1848 su obra Supplement à la traité théorique et practique
de l’ art de Bâtir de Jean Rondelet.
Tanto Rondelet como Durand tendrán
como ya hemos visto algunos puntos en común, a pesar de sus diferencias;
uno de sus encuentros consistía en restringir la arquitectura a
su estructura y geometría formal, pero además se daba la
circunstancia de que los posibles lectores de estas obras, no veían
sus enseñanzas como excluyentes sino como complementarias por lo
que las dos instituciones “enemigas” poco a poco fueron convergiendo gracias
a dos de sus profesores, pero para ver totalmente desarrollado este hecho
deberemos esperar hasta la finalización del siglo.

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