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3. EL CLASICISMO ROMÁNTICO.3/7
84-9714-051-6
Félix Díaz Moreno
 

Nuevos proyectos para antiguos arquitectos.

 Tras el paréntesis transcurrido entre el final de la Revolución y los inicios de una nueva etapa de normalización, la arquitectura francesa se vio abocada a una falta casi total de actividad; función que será rápidamente estimulada tras la instauración del Imperio y el comienzo de las grandes campañas napoleónicas, empresas éstas, que fueron contradictorias puesto que sirvieron tanto para impulsar la construcción como para paralizarla en muchos periodos y que al final, cuanto menos, nos dejaron innumerables y magníficos proyectos, algunos de los cuales serán retomados durante la Restauración.

 La última década del siglo XVIII y los primeros años del nuevo siglo se nos presentan como una etapa en la que la conservación y rehabilitación de espacios ya construidos deben ser ahora transformados de acuerdo a la nueva situación política en la que se hallan inmersos. Pero para la realización de estas intervenciones se buscará a arquitectos experimentados que, por cierto, obtuvieron su capacitación durante el Antiguo Régimen. Entre ellos cabe destacar:

Jean-François-Thèrése Chalgrin (1739-1811): 

Discípulo de Loriot y Boullée, ganó a los diecinueve años el Grand Prix, lo que le permitió ir a Roma. Tras su vuelta se le nombró Inspecteur des travaux de la Ville de Paris, lo que le reportó variados encargos. Bajo el reinado de Luis XIV había realizado una importante obra, la iglesia de Saint Philippe de Roule, aprobada en 1768 y construida entre 1772 y 1784, así como el Colegio de Francia (1780-1784). En 1787 comenzó su intervención en el palacio de Luxemburgo para realizar su restructuración interna, pero esta quedó aplazada por el estallido de la Revolución y hasta 1803 no se retomaron de nuevo los trabajos que acabarían por transformar la estructura del edificio, centrándose en la construcción de una monumental escalera, donde anteriormente se hallaba la galería diseñada por Rubens para Catalina de Medicis y también convertir parte de las estancias palaciegas en una Sala para el Senado, la rehabilitación se demoró hasta 1807, aunque su resultado final fue desvirtuado por la posterior reforma de su discípulo H. A. Gisors en 1836.

Pero sin lugar a dudas la obra que dará fama a Chalgrin y por la cual es conocido hasta nuestros días es por el magnífico Arco del Triunfo de la Place de l’ Etoile en París, cuyos cimientos se echaron el 18 de agosto de 1806. Para su levantamiento se utilizaron dos proyectos, el primero perseguía como modelo el arco de Tito, con columnas exentas, estatuas y relieves; pero finalmente se optará por el proyecto que hoy contemplamos, aunque con algunos añadidos, fechado en 1810. Tras la derrota de Napoleón el monumento quedó inconcluso, hasta que entre 1832 y 1837 realizaron sus intervenciones Goust y Huyot hasta su definitiva conclusión por A. Bluet.

Este proyecto se enmarca en esa arquitectura realizada por expreso deseo del emperador como símbolo, propaganda personal y de la nación, en donde la monumentalidad será una de sus señas de identidad, en cuanto al tamaño según las palabras que se desprenden del propio Napoléon cuando escribe al arquitecto Fontaine, decía que: “odiaba buscar la belleza en cualquier cosa que no fuese grande”. Esta idea queda también recogida en uno de los teóricos más influyentes del momento, Quatrémere de Quincy, cuando argumenta: “El tamaño físico es una de las principales causas del valor y efecto de la arquitectura. La razón es que el mayor número de impresiones producidas por tal arte se derivan del sentimiento de admiración. Y es natural para el hombre admirar el tamaño, que siempre está relacionado en su mente con la idea de poder y fortaleza”.
Kostof, muy acertadamente recoge la célebre frase atribuida a Napoléon  muy relacionada con lo que estamos comentando, que decía: “Los hombres son tan grandes como los monumentos que dejan tras de si”,  y efectivamente los edificios conservados así parecen demostrarlo.

De igual manera estos hitos urbanos debían enmarcarse dentro de una escala y escenografía adecuadas para que se realzaran las propuestas pretendidas, de ahí los planes de demolición para realizar grandes plazas y perspectivas amplias ante monumentos exentos, este es el caso de otra de las obras señeras de este momento: la iglesia de la Magdalena.

Alexandre Pierre Vignon (1763-1828): La construcción de la monumental iglesia de la Magdalena, no estuvo exenta de múltiples cortapisas que hicieron su ejecución inacabable. El primer proyecto fue realizado por Contant d’ Ivry , pero no se llegó a realizar. Tras este fallido intento se le concedió el proyecto a Vignon, discípulo de Ledoux, quien realizó un planteamiento muy en la onda del clasicismo romántico imperante. Su idea de iglesia era la de un gran templo, cuya inspiración debemos buscarla en el más famoso edificio romano de Francia, la Maison Carrée en Nîmes. La hoy iglesia fue concebida durante algún tiempo como templo de la Gloria, en el periodo revolucionario, si bien Boullée ya había realizado un proyecto en el cual su función volvía a ser la de iglesia católica con cruz latina y cúpula. Tras la muerte de Vignon le sustituirá Jean-Jacques-Marie Huvé (1783-1852), quien terminó interiormente el edificio  en 1840, con un cierto aire de termas romanas y solemnidad fúnebre. Lamaire fue el encargado de realizar la escultura del frontón. En este edificio tanto por la elección del modelo, siendo éste un templo romano con columnas corintias, así como por detalles internos, podemos ver a las claras como la pretendida preponderancia del arte griego que ahora se pretende será un espejismo en Francia, donde se prefiere el arte romano y más concretamente su época imperial.

 El otro gran edificio de este momento en París, pero que no aportará grandes novedades será La Bolsa, planteada en 1806, pero que no se llevó a cabo hasta 1808 por Alexandre Théodore Brogniart (1739-1813),siendo terminado entre1823 y 1827 por Labarre.  La obra está diseñada, al igual que la Magdalena como un templo períptero aislado con columnas corintias, que se asienta sobre alta escalinata, lográndose un conjunto vistoso y sólido.

Pierre François L. Fontaine (1762-1853) y Charles Percier (1764-1838).
 En honor a la verdad, si hay dos artífices que realmente merecen el título de arquitectos del mal denominado “estilo imperio”, estos son Fontaine y Percier. Estos dos arquitectos y decoradores llegarán a tener muchos puntos en común, así por ejemplo ambos se presentaron al Grand Prix de la Academia, Percier en 1785 obteniendo la distinción y Fontaine en 1786 quedando en un segundo puesto. El caso de Percier fue muy controvertido puesto que obtuvo el premio tras amotinarse los estudiantes cuando supieron que no había ganado porque la Academia temía premiar a tan excelente dibujante. En su proyecto podemos observar como la figura de Boullèe resultó de suma importancia en su formación. Además de la influencia compartida también tuvieron el mismo maestro Antoine-François Peyre (1739-1823) y también juntos marcharon a Italia donde visitaron Roma y diversas ciudades de la Toscana. Al regresar a su país, estudiaron la arquitectura renacentista francesa y el gótico y se decidieron por formar una sociedad que a la postre resultó enormemente fructífera.

 No debemos olvidar que también intervinieron en el plano teórico al publicar Palais, maisons, et autres édifices modernes dessinés à Roma (1798) y Choix des plus célèbres maisons de plaisance de Roma et de ses environs (1809) y sus proyectos quedaron plasmados en Recueil des decorations intèrieures (1801) y en Résidences des Souverains de France, d’ Allemagne, de Russie, etc (1833).

 Sus primeras actuaciones se movieron en torno a la decoración de interiores, campo en el cual fueron maestros, lo que les valió ser continuamente consultados a la hora de plantear cualquier tipo de realizaciones en este aspecto; convirtiéndose en los preferidos de la elite parisiense.
 Una de estas intervenciones consistió en el proyecto de reedificación de la casa de la Malmaison, finca que fue regalada por Napoleón a su mujer Josefina. El primer proyecto, neopalladiano, no fue del gusto de Napoleón debido a su lujo excesivo y opulencia. Tras varios estudios se aceptó como mejor opción, no ya la reedificación, sino la redecoración de sus interiores en un estilo que marcaría las bases para futuras obras. Napoleón quedó tan satisfecho que los dos fueron nombrados Architectes des Palais du Premier et Deuxiéme Consuls.

Este “nuevo estilo”, no es sino la modificación que sobre las decoraciones de Luis XVI realizadas por Ch. L. Clérisseau se fueron ejecutando.  Se le añadieron nuevos elementos y combinaciones de motivos, ya fueran griegos o egipcios, pero sobre todo pompeyanos. El detallismo de los mismos es excelente así como su perfecta integración en la estructuración general, el uso de maderas nobles como la caoba y el ébano con detalles en bronce aparecerán como otros de los detalles más característicos. Estos repertorios decorativos, influirán de forma marcada en el resto de Europa, sobre todo en la decoración del Romanticismo pleno que toma como base los grutescos.

 Tras la redecoración de la Malmaison les llueven los encargos, principalmente del emperador como gran patrono, de forma compulsiva iniciarán un conjunto de restauraciones y acondicionamientos tanto de palacios antigüos, que ahora deben adaptarse a su nueva función, como casas para pernoctar durante los viajes. Entre los primeros destacan las obras llevadas a cabo en Fontainebleau y Rambuillet.

 El éxito obtenido como arquitectos y decoradores, con todos los beneplácitos posibles, hizo que también fueran requeridos sus servicios para proyectar una reforma urbanística en París, que conllevara una mejora en las condiciones no solo viarias, sino de salud pública. Esta reestructuración sin duda servirá como precedente para la segunda intervención de gran calado en la capital, que no es otra que la de Hausmann.

 La nueva configuración que ahora se pretende para París se centra en un eje sobre el cual se trazaría una gran arteria que uniera tres de sus palacios más significativos: Las Tullerias, el Palais Royal y el Louvre. La idea ahora nacida, verá su finalización en el reinado de Luis Felipe realizándose una ampliación monumental. La intervención urbanística se centró en la unión de estos edificios por medio de la rue Rivoli y la plaza de las Pirámides, esta conformación se consiguió con la planificación de construcciones porticadas, que seguían el modelo de la rue des Colonnes en un estilo que continuaba los Menus Plaisirs pero llenos de nuevos recursos. Entre 1803 y 1806 trabajaron en la apertura de nuevos viales y en la decoración externa de los edificios, las cuales resultan de un bello trazado justamente por la repetición de sus módulos. 

 Sin embargo, la obra que les ha reportado una mayor consideración, dejando a un lado su variante decorativista, es sin lugar el gran Arco del Carroussel, realizado entre 1801 y 1806, el modelo de referencia  fue el de Septimo Severo pero a pesar de ello conseguirán realizar un arco con nuevos avances. Una de sus más admiradas características es la que hace referencia a su movilidad conseguida en base a la colocación de columnas exentas en sus frontales y al juego, que posteriormente tendrá gran importancia, de la policromía  conseguida a partir de la utilización de diferentes tipos de materiales. El arco se halla rematado, hoy en día, por una cuadriga que representa la Restauración, aunque es conocido que la primera intención de Napoleón fue el poner los caballos helenísticos sustraídos de Venecia.

 En cuanto a los seguidores de Percier y Fontaine estos fueron una pléyade aunque sin un brillo excesivo. Basaron sus proyectos sobre todo en las obras de los antedichos y en los tratados que habían escrito.