| Nuevos
proyectos para antiguos arquitectos.
Tras el paréntesis transcurrido
entre el final de la Revolución y los inicios de una nueva etapa
de normalización, la arquitectura francesa se vio abocada a una
falta casi total de actividad; función que será rápidamente
estimulada tras la instauración del Imperio y el comienzo de las
grandes campañas napoleónicas, empresas éstas, que
fueron contradictorias puesto que sirvieron tanto para impulsar la construcción
como para paralizarla en muchos periodos y que al final, cuanto menos,
nos dejaron innumerables y magníficos proyectos, algunos de los
cuales serán retomados durante la Restauración.
La última década del
siglo XVIII y los primeros años del nuevo siglo se nos presentan
como una etapa en la que la conservación y rehabilitación
de espacios ya construidos deben ser ahora transformados de acuerdo a la
nueva situación política en la que se hallan inmersos. Pero
para la realización de estas intervenciones se buscará a
arquitectos experimentados que, por cierto, obtuvieron su capacitación
durante el Antiguo Régimen. Entre ellos cabe destacar:
Jean-François-Thèrése
Chalgrin (1739-1811):
Discípulo de Loriot y Boullée,
ganó a los diecinueve años el Grand Prix, lo que le permitió
ir a Roma. Tras su vuelta se le nombró Inspecteur des travaux de
la Ville de Paris, lo que le reportó variados encargos. Bajo el
reinado de Luis XIV había realizado una importante obra, la iglesia
de Saint Philippe de Roule, aprobada en 1768 y construida entre 1772 y
1784, así como el Colegio de Francia (1780-1784). En 1787 comenzó
su intervención en el palacio de Luxemburgo para realizar su restructuración
interna, pero esta quedó aplazada por el estallido de la Revolución
y hasta 1803 no se retomaron de nuevo los trabajos que acabarían
por transformar la estructura del edificio, centrándose en la construcción
de una monumental escalera, donde anteriormente se hallaba la galería
diseñada por Rubens para Catalina de Medicis y también convertir
parte de las estancias palaciegas en una Sala para el Senado, la rehabilitación
se demoró hasta 1807, aunque su resultado final fue desvirtuado
por la posterior reforma de su discípulo H. A. Gisors en 1836.
Pero sin lugar a dudas la obra que dará
fama a Chalgrin y por la cual es conocido hasta nuestros días es
por el magnífico Arco del Triunfo de la Place de l’ Etoile en París,
cuyos cimientos se echaron el 18 de agosto de 1806. Para su levantamiento
se utilizaron dos proyectos, el primero perseguía como modelo el
arco de Tito, con columnas exentas, estatuas y relieves; pero finalmente
se optará por el proyecto que hoy contemplamos, aunque con algunos
añadidos, fechado en 1810. Tras la derrota de Napoleón el
monumento quedó inconcluso, hasta que entre 1832 y 1837 realizaron
sus intervenciones Goust y Huyot hasta su definitiva conclusión
por A. Bluet.
Este proyecto se enmarca en esa arquitectura
realizada por expreso deseo del emperador como símbolo, propaganda
personal y de la nación, en donde la monumentalidad será
una de sus señas de identidad, en cuanto al tamaño según
las palabras que se desprenden del propio Napoléon cuando escribe
al arquitecto Fontaine, decía que: “odiaba buscar la belleza en
cualquier cosa que no fuese grande”. Esta idea queda también recogida
en uno de los teóricos más influyentes del momento, Quatrémere
de Quincy, cuando argumenta: “El tamaño físico es una de
las principales causas del valor y efecto de la arquitectura. La razón
es que el mayor número de impresiones producidas por tal arte se
derivan del sentimiento de admiración. Y es natural para el hombre
admirar el tamaño, que siempre está relacionado en su mente
con la idea de poder y fortaleza”.
Kostof, muy acertadamente recoge la célebre
frase atribuida a Napoléon muy relacionada con lo que estamos
comentando, que decía: “Los hombres son tan grandes como los monumentos
que dejan tras de si”, y efectivamente los edificios conservados
así parecen demostrarlo.
De igual manera estos hitos urbanos debían
enmarcarse dentro de una escala y escenografía adecuadas para que
se realzaran las propuestas pretendidas, de ahí los planes de demolición
para realizar grandes plazas y perspectivas amplias ante monumentos exentos,
este es el caso de otra de las obras señeras de este momento: la
iglesia de la Magdalena.
Alexandre Pierre Vignon (1763-1828):
La
construcción de la monumental iglesia de la Magdalena, no estuvo
exenta de múltiples cortapisas que hicieron su ejecución
inacabable. El primer proyecto fue realizado por Contant d’ Ivry , pero
no se llegó a realizar. Tras este fallido intento se le concedió
el proyecto a Vignon, discípulo de Ledoux, quien realizó
un planteamiento muy en la onda del clasicismo romántico imperante.
Su idea de iglesia era la de un gran templo, cuya inspiración debemos
buscarla en el más famoso edificio romano de Francia, la Maison
Carrée en Nîmes. La hoy iglesia fue concebida durante algún
tiempo como templo de la Gloria, en el periodo revolucionario, si bien
Boullée ya había realizado un proyecto en el cual su función
volvía a ser la de iglesia católica con cruz latina y cúpula.
Tras la muerte de Vignon le sustituirá Jean-Jacques-Marie Huvé
(1783-1852), quien terminó interiormente el edificio en 1840,
con un cierto aire de termas romanas y solemnidad fúnebre. Lamaire
fue el encargado de realizar la escultura del frontón. En este edificio
tanto por la elección del modelo, siendo éste un templo romano
con columnas corintias, así como por detalles internos, podemos
ver a las claras como la pretendida preponderancia del arte griego que
ahora se pretende será un espejismo en Francia, donde se prefiere
el arte romano y más concretamente su época imperial.
El otro gran edificio de este momento
en París, pero que no aportará grandes novedades será
La Bolsa, planteada en 1806, pero que no se llevó a cabo hasta 1808
por Alexandre Théodore Brogniart (1739-1813),siendo terminado entre1823
y 1827 por Labarre. La obra está diseñada, al igual
que la Magdalena como un templo períptero aislado con columnas corintias,
que se asienta sobre alta escalinata, lográndose un conjunto vistoso
y sólido.
Pierre François L. Fontaine
(1762-1853) y Charles Percier (1764-1838).
En honor a la verdad, si hay dos
artífices que realmente merecen el título de arquitectos
del mal denominado “estilo imperio”, estos son Fontaine y Percier. Estos
dos arquitectos y decoradores llegarán a tener muchos puntos en
común, así por ejemplo ambos se presentaron al Grand Prix
de la Academia, Percier en 1785 obteniendo la distinción y Fontaine
en 1786 quedando en un segundo puesto. El caso de Percier fue muy controvertido
puesto que obtuvo el premio tras amotinarse los estudiantes cuando supieron
que no había ganado porque la Academia temía premiar a tan
excelente dibujante. En su proyecto podemos observar como la figura de
Boullèe resultó de suma importancia en su formación.
Además de la influencia compartida también tuvieron el mismo
maestro Antoine-François Peyre (1739-1823) y también juntos
marcharon a Italia donde visitaron Roma y diversas ciudades de la Toscana.
Al regresar a su país, estudiaron la arquitectura renacentista francesa
y el gótico y se decidieron por formar una sociedad que a la postre
resultó enormemente fructífera.
No debemos olvidar que también
intervinieron en el plano teórico al publicar Palais, maisons, et
autres édifices modernes dessinés à Roma (1798) y
Choix des plus célèbres maisons de plaisance de Roma et de
ses environs (1809) y sus proyectos quedaron plasmados en Recueil des decorations
intèrieures (1801) y en Résidences des Souverains de France,
d’ Allemagne, de Russie, etc (1833).
Sus primeras actuaciones se movieron
en torno a la decoración de interiores, campo en el cual fueron
maestros, lo que les valió ser continuamente consultados a la hora
de plantear cualquier tipo de realizaciones en este aspecto; convirtiéndose
en los preferidos de la elite parisiense.
Una de estas intervenciones consistió
en el proyecto de reedificación de la casa de la Malmaison, finca
que fue regalada por Napoleón a su mujer Josefina. El primer proyecto,
neopalladiano, no fue del gusto de Napoleón debido a su lujo excesivo
y opulencia. Tras varios estudios se aceptó como mejor opción,
no ya la reedificación, sino la redecoración de sus interiores
en un estilo que marcaría las bases para futuras obras. Napoleón
quedó tan satisfecho que los dos fueron nombrados Architectes des
Palais du Premier et Deuxiéme Consuls.
Este “nuevo estilo”, no es sino la modificación
que sobre las decoraciones de Luis XVI realizadas por Ch. L. Clérisseau
se fueron ejecutando. Se le añadieron nuevos elementos y combinaciones
de motivos, ya fueran griegos o egipcios, pero sobre todo pompeyanos. El
detallismo de los mismos es excelente así como su perfecta integración
en la estructuración general, el uso de maderas nobles como la caoba
y el ébano con detalles en bronce aparecerán como otros de
los detalles más característicos. Estos repertorios decorativos,
influirán de forma marcada en el resto de Europa, sobre todo en
la decoración del Romanticismo pleno que toma como base los grutescos.
Tras la redecoración de la
Malmaison les llueven los encargos, principalmente del emperador como gran
patrono, de forma compulsiva iniciarán un conjunto de restauraciones
y acondicionamientos tanto de palacios antigüos, que ahora deben adaptarse
a su nueva función, como casas para pernoctar durante los viajes.
Entre los primeros destacan las obras llevadas a cabo en Fontainebleau
y Rambuillet.
El éxito obtenido como arquitectos
y decoradores, con todos los beneplácitos posibles, hizo que también
fueran requeridos sus servicios para proyectar una reforma urbanística
en París, que conllevara una mejora en las condiciones no solo viarias,
sino de salud pública. Esta reestructuración sin duda servirá
como precedente para la segunda intervención de gran calado en la
capital, que no es otra que la de Hausmann.
La nueva configuración que
ahora se pretende para París se centra en un eje sobre el cual se
trazaría una gran arteria que uniera tres de sus palacios más
significativos: Las Tullerias, el Palais Royal y el Louvre. La idea ahora
nacida, verá su finalización en el reinado de Luis Felipe
realizándose una ampliación monumental. La intervención
urbanística se centró en la unión de estos edificios
por medio de la rue Rivoli y la plaza de las Pirámides, esta conformación
se consiguió con la planificación de construcciones porticadas,
que seguían el modelo de la rue des Colonnes en un estilo que continuaba
los Menus Plaisirs pero llenos de nuevos recursos. Entre 1803 y 1806 trabajaron
en la apertura de nuevos viales y en la decoración externa de los
edificios, las cuales resultan de un bello trazado justamente por la repetición
de sus módulos.
Sin embargo, la obra que les ha
reportado una mayor consideración, dejando a un lado su variante
decorativista, es sin lugar el gran Arco del Carroussel, realizado entre
1801 y 1806, el modelo de referencia fue el de Septimo Severo pero
a pesar de ello conseguirán realizar un arco con nuevos avances.
Una de sus más admiradas características es la que hace referencia
a su movilidad conseguida en base a la colocación de columnas exentas
en sus frontales y al juego, que posteriormente tendrá gran importancia,
de la policromía conseguida a partir de la utilización
de diferentes tipos de materiales. El arco se halla rematado, hoy en día,
por una cuadriga que representa la Restauración, aunque es conocido
que la primera intención de Napoleón fue el poner los caballos
helenísticos sustraídos de Venecia.
En cuanto a los seguidores de Percier
y Fontaine estos fueron una pléyade aunque sin un brillo excesivo.
Basaron sus proyectos sobre todo en las obras de los antedichos y en los
tratados que habían escrito.
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