| Durante
la época del Imperio, el Neoclasicismo se desvirtuó como
expresión ideológica, el gusto se convirtió en mera
decoración, se permuta la Roma republicana por la imperial. La pintura
se centra en ilustrar las virtudes del emperador, mediante el lujo y la
ostentación. El arte deja de ser educador y pasa a ser propagandístico
del poder imperial.
Aunque conocido desde mediados del siglo
XVIII, la epopeya del héroe gaélico, Ossián,
inventada por James Macpherson, recobra durante la época imperial
un relanzamiento inusual en el plano artístico, gracias al interés
que despertó en Bonaparte, que se sintió identificado con
el héroe y sus hazañas; un héroe que no precisaba
ni la aprobación, ni la ayuda de los dioses, sino que por el contrario
su propio virtuosismo y sentido del honor le permitían salir vencedor
de las adversidades.
A pesar de que en este periodo las formas
griegas eran las habituales, y los poemas homéricos muy utilizados
en la temática pictórica, el juego que permitían los
poemas ossiánicos, más vinculados con los ideales románticos,
darán lugar en Francia a un romanticismo diferente, que culminará
con Géricault y sobre todo con Delacroix. Los ambientes nocturnos
ossiánicos, en muchos casos lunares, permitieron el desarrollo de
un “clasicismo romántico”, donde se exaltaba el bonapartismo con
el espíritu que deseaba el propio Bonaparte.
Desde mediados del siglo XVIII, el panorama
pictórico estará marcado por el movimiento neoclásico,
aunque paralelamente se dieron otros ejemplos que enriquecieron los lenguajes
artísticos, diversificando las soluciones, y que influyeron incluso
en el pintor insignia del Neoclasicismo, Jacques Louis David. A pesar
de tratarse de una época marcada por los ideales ilustrados, aparecen
pintores más vinculados con los gustos rococós como Jean
Honoré Fragonard, que buscaba en el arte una exaltación de
los sentidos. Otros pintores como Chardin y Boucher se mantenían
a modo de puente entre lo barroco tardío y el nuevo clasicismo,
y por último con pintores como Vernet, Robert y sobre todo Greuze
y Vien más severos en su expresión clasicista, en relación
con el tratamiento de la pintura de historia dentro de los preceptos ilustrados.
En este ambiente de sugerente cambio conceptual,
junto al enriquecimiento adquirido tras el conocimiento de la tradición
clásica bebida directamente de las fuentes italianas, mediante los
viajes a Roma como pensionados de la Academia francesa en la misma ciudad,
fue donde se cultivó el espíritu de una de las mayores figuras
de la pintura moderna francesa, y ante todo el pintor neoclásico
por excelencia. El artista por el que el neoclasicismo adquiere su mayor
grado de pureza fue Jacques Louis David, en cuyos inicios realiza una pintura
que es consecuencia de los postulados ilustrados, pasando luego a ser el
abanderado de los ideales revolucionarios, y con la llegada del Emperador
Bonaparte, convertirse en el cronista imperial. Aunque sin abandonar sus
tradiciones, empleará unas formas pictóricas contrapuestas
a las defendidas en época anteriores, y que no abandonará
hasta su muerte; la versatilidad de su pintura fue fiel reflejo de su propia
vida, sobre todo la política.
4.1.1. JACQUES LOUIS DAVID.
Nació el 30 de abril de 1748 en
París en el seno de una familia de padres “honestos y acomodados”,
como él mismo contaría en su segunda autobiografía
en 1808, haciendo referencia a su posición social e intelectual,
ya que por parte materna, tenía artistas entre los miembros de su
familia, caso del pintor Boucher, quien no le admitió en su taller,
alegando su avanzada edad, pero le recomendó la tutela de Vien,
artista curiosamente contrario a sus preceptos artísticos. Al parecer
la familia, su padre murió cuando era un niño, pretendió
que la formación del joven David estuviera dirigida hacia la arquitectura,
pero su insistencia por ser pintor, y su evidente valía para la
disciplina, convenció a la familia que le concedió tales
deseos.
De esta forma, en 1765 ingresó
David en el taller de Vien, que como recordaremos en 1763 pintó
la Vendedora de cupidos, obra que introducía los conceptos artísticos
neoclásicos. En 1766, David entra en la Academia, como alumno de
Vien. La Academia como institución habría recobrado su importancia
de la mano de la favorita del rey Luis XV, Madame Pompadour.
Uno de los objetivos, por no decir el
principal, al ingresar en la Academia, era ganar el llamado Premio de Roma,
con lo que se accedía como pensionado a la ciudad eterna, que recordemos
era imprescindible para considerarse artista imbuido de los ideales ilustrados
y neoclásicos, por ser el lugar de origen de su gestación.
Pero desafortunadamente para David, el premio no lo obtuvo hasta 1774,
tras tres fracasos anteriores, con la obra Antíoco y Estratónice.
Al parecer, el estilo que imprimía a sus obras en los fracasos anteriores
no terminaba de identificarse con los preceptos neoclásicos que
la Academia exigía, parecía mantenerse en las consignas rococós
y en cierto neobarroquismo, de las que por otra parte le costará
desprenderse, o mejor, adaptar al nuevo lenguaje.
En 1775 viajó a Roma acompañado
de su maestro, que viajaba en calidad de nuevo director de la Academia
francesa en Roma, nombrado ese mismo año. En principio, David no
parecía muy interesado por la Antigüedad romana, y no sería
hasta años más tarde cuando realmente comenzó a asimilar
y comprobar toda la herencia de ella recibida. Por lo que sí mostró
un claro interés fue por la pintura italiana, encontrando en los
pintores barrocos una fuente de inspiración formalista que ya no
le abandonará.
En 1779 sufrió una crisis depresiva,
identificada en esta época como melancolía, aparentemente
como consecuencia de su fracaso al no encontrar la forma de expresión
estética con la que identificarse, por lo que se le recomienda viajar
al sur de Italia, donde encuentra las ciudades excavadas de Pompeya y Herculano,
que no logran provocarle la misma fascinación que las idealizaciones
que de ellas realizó el propio Winckelmann. A partir de este año
de 1779 y en los posteriores años 80, nos encontramos con el David
intelectual. En 1780 obtuvo un reconocimiento exitoso con su San Roque
intercediendo ante la Virgen por la curación de los apestados, por
encargo del lazareto de la ciudad de Marsella, y que David pinta en clave
poussiana y guercina, concediéndoles un tratamiento más naturalista
y expresivo. En los años previos se había dedicado a reelaborar
y ensayar temáticas y formas naturalistas del barroco de Caravaggio
e incluso de Ribera.
Llega a París en ese mismo año
de 1780, con la intención de formar parte de la Academia, con la
que nunca se sintió identificado, y de esa forma acceder a los ansiados
Salones, trampolín para el éxito; para ello pinta su Belisario
pidiendo limosna, que en 1781, le convierte en agregado de la Academia.
Además de lograr sus pretensiones de poder, la elección del
tema tuvo muchas connotaciones políticas, ya que se trataba de un
general de Justiniano, injustamente expulsado y que ciego, se ve obligado
a mendigar por las calles, en cuyo acto es descubierto por un soldado que
combatió junto a él. La historia de este personaje virtuoso
de época bizantina, fue elegido en 1767 por Marmontel
para proyectar sobre su ejemplo, todos los preceptos ilustrados de la vida
virtuosa. El óleo de David tiene una misión educativa, respecto
a como debe ser el hombre ilustrado de los años 80. Diderot al contemplar
el cuadro dijo: “Ce jeune homme a de l’âme”. Formalmente la pintura
es deudora del barroco del XVII.
Este brillante ascenso académico,
propició que David se rodeara de seguidores como Drouais, Gérard,
Girodet y Gros con los que se consolidará como punto de referencia
para la pintura neoclásica, aunque también para el romanticismo
francés. Surge el taller de David.
Tras el primer éxito reconocido,
y como correspondía a su condición de pintor que buscaba
la fama, se presentó para académico con la obra El dolor
de Andrómaca, tema literario extraído de la Iliada. En principio
no se trataba de la exaltación de la virtud del héroe Héctor,
si no de la muerte injusta del mismo, aunque la historia lleva implícito
que Héctor era un héroe troyano, ejemplo de virtuosismo.
El rotundo éxito de la obra, consolidó al pintor dentro de
la sociedad para la que pintaba, que le premió nombrándole
académico.
También en 1781 comienza a trabajar
por encargo de D’Angiviller para la corona, en la obra que le consolidará
como pintor neoclásico El juramento de los Horacios, y que concluirá
en 1784; esta obra es en sí misma el neoclasicismo más severo.
El tema, discutiblemente histórico, recobra importancia desde que
Rousseau emplea a la familia de los Horacios como ejemplo de virtuosismo,
aunque el tema elegido por David fue extraído de una obra de teatro
que Corneille realizó en 1782. El juramento como compromiso político
nos enseña la importancia y entrega ciega del individuo al Estado
de Roma, símbolo de la Patria por excelencia.
David viajó de nuevo a Roma para
concluir la obra, donde fue expuesta en su estudio recibiendo un clamoroso
éxito. En París donde no se expondría hasta el Salón
de 1785, llegaría algo más tarde de la fecha pactada, por
voluntad del propio David, que también exigió el lugar de
exposición buscando un efectismo que al final logró.
Respondiendo a la frase de Diderot: “Pinta
como se hablaba en Esparta”, David plantea su obra mediante la superposición
de planos paralelos, en deuda con los relieves romanos que estudió
en su primer viaje a la ciudad italiana. No le preocupó la profundidad
desde la perspectiva, sino desde la sucesión de planos, como telón
de fondo una arquitectura con sobrias columnas toscanas, que en tres arcadas
enmarcan a los personajes, por un lado el grupo de los tres hermanos que
mediante las líneas de sus brazos y piernas se dirigen al padre
que aparece en el centro de la composición sujetando las espadas,
lugar donde convergen la tensión psicológica del espectador
y la acción misma de la obra. Es el padre que entrega sus
hijos a la ciudad de Roma, a la que deben salvar con sus vidas, concede
a la patria su bien más preciado, y lo hace como ejemplo de civismo,
como moral del deber.
Enmarcadas en la última arcada,
aparece el contrapunto a la escena principal llena de tensión, el
grupo de mujeres que lloran el destino de los hombres, ellas ejecutan una
catarsis, algo contenida y en calma, del destino trágico de los
hermanos e hijos que van a morir.
La obra es enteramente teatral, una puesta
en escena idealizada con una finalidad política y moral. Es una
metáfora patriótica a través de una historia romana,
donde se pretende captar la retórica del discurso ilustrado. Respondiendo
a la idealización neoclásica, el tratamiento de las figuras
es escultórico, los perfiles se recortan mediante una luz blanca
intencionadamente dirigida desde la izquierda, con lo que acentúa
las figuras de los Horacios, que mantienen una tensión concentrada
en el padre que sujeta las espadas y que se relaja a la derecha de la escena
con la aparente calma contenida del grupo de mujeres y niños.
También el color se idealiza mediante
el empleo de colores fríos, planos, con bruscos contrastes, sin
mezcla, que ayudan a marcar aún más el modelado de las figuras
y la intencionalidad espartana.
En 1786 recibió el encargo de pintar
La muerte de Sócrates, que terminó al año siguiente,
de nuevo el héroe, en este caso filosófico, que es injustamente
castigado con la muerte; una vez más toca el tema de la muerte del
héroe, al que volverá reiterativamente durante toda su obra.
En esta pintura elige el momento en el que el filósofo toma la cicuta
ante sus discípulos, a sus pies el mismo Platón, que de espaldas
a la escena acepta resignado el fatal final elegido por su maestro. Pictóricamente,
David recurre una vez más a Poussin, aunque sin olvidar las reminiscencias
del naturalismo barroco italiano. Reynolds llegó a decir de esta
obra: “Este cuadro es perfecto en todos los sentidos”.
De nuevo en 1786 retoma el tema de la
muerte, aunque en este caso y como reacción a su deseo de exploración
permanente, eligió como tema La muerte de Ugolino, de características
temáticas claramente precursoras del prerromanticismo, en relación
con el neogoticismo inglés, sin embargo, el tratamiento pictórico
estaba más vinculado al neoclasicismo. Una vez más se demuestra
lo complejo que resulta establecer una línea divisoria entre los
diferentes lenguajes artísticos.
Otro hecho contradictorio fue la elección
en 1787 y por encargo del conde de Artois, hermano del rey y reconocido
contrarrevolucionario, del tema Los amores de Paris y Helena, tema más
en relación con la tradición galante del rococó, donde
no se podía exaltar el virtuosismo puesto que por el contrario,
Paris elige el soborno de Afrodita para conseguir los amores de la bella
Helena, esposa de Menelao, que al enterarse, responde a la osadía
con la guerra de Troya. La escena se centra en la seducción
de Helena por Paris por segunda vez.
La obra es tratada como en anteriores
ocasiones mediante planos de características poussianas, emplea
recursos arqueológicos para dar mayor veracidad a la escena y mitológicos
en sentido simbólico. Introduce el desnudo de Paris como elemento
vinculante con la pintura galante.
Hay autores que no descartan la posibilidad
de que el tema sea una crítica del pintor al conde de Artois, aunque
el propio David en su autobiografía de 1793 afirma que se trataba
de un mero ejercicio en la pintura agradable, según la manera griega.
En este mismo año el pintor hace
también incursión en el retrato, por el encargo de una alumna
suya como regalo a su marido. De nuevo en este caso el personaje retratado,
aunque actualmente conocido por su labor científica, estaba vinculado
con la recaudación de impuestos para la corona, nos referimos a
Antoine Laurent Lavoisier y su esposa. Los personajes son tratados de forma
realista, vestidos a la moda del tercer estado y como escenario emplea
el estudio del científico, rodeado de sus instrumentos de investigación.
La obra fue elaborada para el Salón de 1789, pero se retiró
del mismo impidiendo así, cualquier mal entendido o respuesta violenta
entre los recién llegados revolucionarios.

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