- El rincón del poeta
- Relatos breves
- Libros digitales
- Trabajos de investigación
Publicar en Liceus
 
 
4.  EL NEOCLASICISMO COMO EXPRESIÓN PICTÓRICA 4/8
ISBN-84-9714-052-4
María Isabel Morente Parra
 

En la misma fecha de 1799 el final del Directorio llegaría de la mano del general Napoleón Bonaparte, en el que los jacobinos depositaron su confianza  para recobrar lo perdido, pero muy al contrario de lo esperado, el golpe de estado del general supuso el ascenso político y la consumación de su ambición personal, el gobierno autocrático y comenzó proclamando el Consulado.

Comenzaría así una nueva etapa davidiana, la napoleónica. El pintor se inicio en el nuevo gobierno con la ocupación de puestos de importancia para la toma de decisiones en cuestiones artísticas, de esta forma, Bonaparte contaba con la colaboración del pintor más importante de la Francia del momento y en cierta medida también controlaba el resto de las artes. Posteriormente en 1804 se convertiría en el pintor del Emperador.

También en 1799 recibe de Carlos IV el encargo de pintar a Napoleón, para lo que el artista eligió la emblemática obra Bonaparte cruzando el Gran San Bernardo, que concluyó en 1801, en este caso trata de un tema contemporáneo y lo fusiona con la exaltación del héroe típica de la pintura de historia clásica. Siguiendo la estética de las sabinas emplea las formas griegas, sitúa al cónsul en el citado paso alpino dominando tanto al caballo en corbeta como a las inclemencias amenazantes del tiempo. Bonaparte desafiante dirige sus tropas hacia una victoria segura contra los italianos. La idealización de la obra será un precedente de la pintura de historia romántica. Delécluze escribirá en su biografía: ”Bonaparte había subyugado totalmente a David”. Pero la pintura no representaba exactamente lo ocurrido, ya que el general tuvo que cruzar el paso en mula y casi llevó a sus tropas a la derrota. Fue necesario cierta manipulación para elevar la escena como acto mítico.
De nuevo encuentra el pintor un espacio para realizar retratos aunque con la enorme diferencia de hacerlos para una sociedad contraria a la de sus inicios revolucionarios, de cualquier manera demuestra la versatilidad de su pincel y de su ideología política. Ahora sus retratos son a la “maniera greca”, resaltamos el retrato de Juliette Récamier que sobre un triclinium transmite una sensualidad suavizada por la idealización de la escena.

A partir de 1804, fecha en la que Bonaparte se corona Emperador, David se convierte en su pintor y para conmemorar tan excelso acto Bonaparte le encarga la realización de una serie de pinturas que sirvieran de vehículo propagandístico de su poder imperial y que respondía a su megalomanía. David retoma su papel de cronista oficial del poder temporal, ahora con tintes imperiales.
Entre 1805 y 1807 realizó La coronación del Emperador y la Emperatriz, aunque la escena elegida fue la coronación de Josefina por parte del ya Emperador, ya que podía resultar demasiado pretencioso que Bonaparte apareciese coronándose a sí mismo. La pintura es una exaltación áulica y como tal llena la escena de personajes a modo de galería de retratos, todo ello bajo una monumentalidad arquitectónica que no escatimó en esfuerzos a la hora de recrear el lujo y los detalles preciosistas. La luz dirige la mirada hacia la acción principal, la coronación de la Emperatriz por el autocoronado Emperador.

También durante estos años Bonaparte pide a David la elaboración de una obra conmemorativa para su ejército y elige el momento de La distribución de las águilas en el Campo de Marte, obra que culmina en 1810. La composición se distribuye en dos masas de personajes unidos por los estandartes que simbolizaban el poder militar al servicio del Emperador. Esta obra también sufre alguna tergiversación de la realidad histórica, ya que elimina de la escena a la Emperatriz Josefina de la que se había divorciado, junto a todo su séquito, para colocar a su nueva esposa María Luisa de Austria. Bonaparte hace quitar del boceto de David una victoria alada que había colocado sobre su ejército, parece ser que con la intención de eliminar cualquier elemento mitológico que le pudiera servir de ayuda, una vez más se hace notar la pretenciosidad y megalomanía del Emperador.

En 1814 el pintor había concluido el Leónidas en las Termópilas, que debía  exponerse en el Salón de ese mismo año, pero las circunstancias, de nuevo políticas, hicieron cambiar la ideología del gobierno, que ahora se convertía en monárquico pero a favor de los Borbones, caídos en la Revolución y que reclamaban de nuevo su lugar originario, la corona. Para ello vencen al Emperador instaurando la Primera Restauración Borbónica, interrumpida por el breve retorno de Bonaparte con su gobierno de los cien días, tras lo que se impuso la Segunda Restauración borbónica en 1815. En esta ocasión David se mantiene firme en sus convicciones ideológicas y se exilia a Bruselas en 1816, a pesar de haber recibido la oferta de continuar su labor de pintor de la corona y de haber sido rechazado por la ciudad de Roma donde en principio quería exiliarse. Acabará sus días en la capital belga.

De este periodo en el que el pintor se dedicó al retrato y la pintura de historia, destacamos su Marte desarmado por Venus y las Gracias, tema alegórico del triunfo del Amor y la Belleza frente a la Guerra, una obra mitológica de características más relacionadas con lo galante aunque exenta del virtuosismo neoclásico, si mantiene la idealización y el tratamiento a lo griego de los desnudos. La obra se expuso en el salón de París de 1824 junto a otros innovadores lenguajes que determinarán el final de un estilo y el inicio de otros.
En 1825 David moría en Bruselas, el pintor del que Delacroix exclamaría que era: “El padre de la escuela moderna”.

4.1.2.  EL TALLER DE DAVID. SUS SEGUIDORES Y LA TRANSFORMACIÓN DEL CLASICISMO EN INGRES.

El taller de David funcionó casi desde sus inicios prerrevolucionarios como una escuela de un eclecticismo no intencionado, que permitió el desarrollo de diferentes formas de entender y expresar el clasicismo davidiano,  dando lugar a líneas pictóricas en ocasiones enfrentadas. Por un lado surgieron los alumnos que se limitaron a imitar al maestro, pero sin alcanzar su fuerza, fueron pintores que trabajaron bajo la sombra de David y que también con él desaparecieron. Por otro lado y aprovechando lo diferentes lenguajes que el estilo davidiano permitió, nos encontramos con pintores que entendieron el neoclasicismo desde otras perspectivas y que incluso llegaron a superar al maestro, como fue el caso de Ingres.
Entre los alumnos que podemos denominar los “Davidiens”, por que se desarrollaron siguiendo la tradición clasicista, nos encontramos con:

Francois Gérard (1770-1837). Ingresó en el taller de David a los dieciséis años, y aunque vivió junto a él los cambios políticos, ciertamente nunca estuvo imbuído de la pasión política del maestro, pasión que tampoco imprime en sus obras. La imitación del maestro le llevó en ocasiones a reblandecer su pintura, haciéndola tan delicada que se encontraba más cerca de las formas del último barroco que de las neoclásicas que Gérard pretendía emular.