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la misma fecha de 1799 el final del Directorio llegaría de la mano
del general Napoleón Bonaparte, en el que los jacobinos depositaron
su confianza para recobrar lo perdido, pero muy al contrario de lo
esperado, el golpe de estado del general supuso el ascenso político
y la consumación de su ambición personal, el gobierno autocrático
y comenzó proclamando el Consulado.
Comenzaría así una nueva
etapa davidiana, la napoleónica. El pintor se inicio en el nuevo
gobierno con la ocupación de puestos de importancia para la toma
de decisiones en cuestiones artísticas, de esta forma, Bonaparte
contaba con la colaboración del pintor más importante de
la Francia del momento y en cierta medida también controlaba el
resto de las artes. Posteriormente en 1804 se convertiría en el
pintor del Emperador.
También en 1799 recibe de Carlos
IV el encargo de pintar a Napoleón, para lo que el artista eligió
la emblemática obra Bonaparte cruzando el Gran San Bernardo, que
concluyó en 1801, en este caso trata de un tema contemporáneo
y lo fusiona con la exaltación del héroe típica de
la pintura de historia clásica. Siguiendo la estética de
las sabinas emplea las formas griegas, sitúa al cónsul en
el citado paso alpino dominando tanto al caballo en corbeta como a las
inclemencias amenazantes del tiempo. Bonaparte desafiante dirige sus tropas
hacia una victoria segura contra los italianos. La idealización
de la obra será un precedente de la pintura de historia romántica.
Delécluze escribirá en su biografía: ”Bonaparte había
subyugado totalmente a David”. Pero la pintura no representaba exactamente
lo ocurrido, ya que el general tuvo que cruzar el paso en mula y casi llevó
a sus tropas a la derrota. Fue necesario cierta manipulación para
elevar la escena como acto mítico.
De nuevo encuentra el pintor un espacio
para realizar retratos aunque con la enorme diferencia de hacerlos para
una sociedad contraria a la de sus inicios revolucionarios, de cualquier
manera demuestra la versatilidad de su pincel y de su ideología
política. Ahora sus retratos son a la “maniera greca”, resaltamos
el retrato de Juliette Récamier que sobre un triclinium transmite
una sensualidad suavizada por la idealización de la escena.
A partir de 1804, fecha en la que Bonaparte
se corona Emperador, David se convierte en su pintor y para conmemorar
tan excelso acto Bonaparte le encarga la realización de una serie
de pinturas que sirvieran de vehículo propagandístico de
su poder imperial y que respondía a su megalomanía. David
retoma su papel de cronista oficial del poder temporal, ahora con tintes
imperiales.
Entre 1805 y 1807 realizó La coronación
del Emperador y la Emperatriz, aunque la escena elegida fue la coronación
de Josefina por parte del ya Emperador, ya que podía resultar demasiado
pretencioso que Bonaparte apareciese coronándose a sí mismo.
La pintura es una exaltación áulica y como tal llena la escena
de personajes a modo de galería de retratos, todo ello bajo una
monumentalidad arquitectónica que no escatimó en esfuerzos
a la hora de recrear el lujo y los detalles preciosistas. La luz dirige
la mirada hacia la acción principal, la coronación de la
Emperatriz por el autocoronado Emperador.
También durante estos años
Bonaparte pide a David la elaboración de una obra conmemorativa
para su ejército y elige el momento de La distribución de
las águilas en el Campo de Marte, obra que culmina en 1810. La composición
se distribuye en dos masas de personajes unidos por los estandartes que
simbolizaban el poder militar al servicio del Emperador. Esta obra también
sufre alguna tergiversación de la realidad histórica, ya
que elimina de la escena a la Emperatriz Josefina de la que se había
divorciado, junto a todo su séquito, para colocar a su nueva esposa
María Luisa de Austria. Bonaparte hace quitar del boceto de David
una victoria alada que había colocado sobre su ejército,
parece ser que con la intención de eliminar cualquier elemento mitológico
que le pudiera servir de ayuda, una vez más se hace notar la pretenciosidad
y megalomanía del Emperador.
En 1814 el pintor había concluido
el Leónidas en las Termópilas, que debía exponerse
en el Salón de ese mismo año, pero las circunstancias, de
nuevo políticas, hicieron cambiar la ideología del gobierno,
que ahora se convertía en monárquico pero a favor de los
Borbones, caídos en la Revolución y que reclamaban de nuevo
su lugar originario, la corona. Para ello vencen al Emperador instaurando
la Primera Restauración Borbónica, interrumpida por el breve
retorno de Bonaparte con su gobierno de los cien días, tras lo que
se impuso la Segunda Restauración borbónica en 1815. En esta
ocasión David se mantiene firme en sus convicciones ideológicas
y se exilia a Bruselas en 1816, a pesar de haber recibido la oferta de
continuar su labor de pintor de la corona y de haber sido rechazado por
la ciudad de Roma donde en principio quería exiliarse. Acabará
sus días en la capital belga.
De este periodo en el que el pintor se
dedicó al retrato y la pintura de historia, destacamos su Marte
desarmado por Venus y las Gracias, tema alegórico del triunfo del
Amor y la Belleza frente a la Guerra, una obra mitológica de características
más relacionadas con lo galante aunque exenta del virtuosismo neoclásico,
si mantiene la idealización y el tratamiento a lo griego de los
desnudos. La obra se expuso en el salón de París de 1824
junto a otros innovadores lenguajes que determinarán el final de
un estilo y el inicio de otros.
En 1825 David moría en Bruselas,
el pintor del que Delacroix exclamaría que era: “El padre de la
escuela moderna”.
4.1.2. EL TALLER DE DAVID. SUS
SEGUIDORES Y LA TRANSFORMACIÓN DEL CLASICISMO EN INGRES.
El taller de David funcionó casi
desde sus inicios prerrevolucionarios como una escuela de un eclecticismo
no intencionado, que permitió el desarrollo de diferentes formas
de entender y expresar el clasicismo davidiano, dando lugar a líneas
pictóricas en ocasiones enfrentadas. Por un lado surgieron los alumnos
que se limitaron a imitar al maestro, pero sin alcanzar su fuerza, fueron
pintores que trabajaron bajo la sombra de David y que también con
él desaparecieron. Por otro lado y aprovechando lo diferentes lenguajes
que el estilo davidiano permitió, nos encontramos con pintores que
entendieron el neoclasicismo desde otras perspectivas y que incluso llegaron
a superar al maestro, como fue el caso de Ingres.
Entre los alumnos que podemos denominar
los “Davidiens”, por que se desarrollaron siguiendo la tradición
clasicista, nos encontramos con:
Francois Gérard (1770-1837).
Ingresó en el taller de David a los dieciséis años,
y aunque vivió junto a él los cambios políticos, ciertamente
nunca estuvo imbuído de la pasión política del maestro,
pasión que tampoco imprime en sus obras. La imitación del
maestro le llevó en ocasiones a reblandecer su pintura, haciéndola
tan delicada que se encontraba más cerca de las formas del último
barroco que de las neoclásicas que Gérard pretendía
emular.

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