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ya apuntábamos en la introducción, el movimiento neoclásico
que recorrió toda Europa se basaba en los preceptos ilustrados,
sobre todo de tradición inglesa y alemana, pero las circunstancias
ideológicas y fundamentalmente políticas que se sucedieron
en Francia condicionaron el hecho de considerar a la pintura neoclásica
francesa el origen del movimiento, y aunque no fuese así, el clasicismo
francés de la mano del maestro David elevó los preceptos
clasicistas a través de su pintura, aunque sin olvidar que el encorsetamiento
político de su pintura la convirtieron casi exclusivamente en pura
propaganda.
Además
de los ideales ilustrados, ya vimos que la tradición clásica
se convirtió en el pilar sobre el que se intentó edificar
el movimiento neoclásico, pero la visión del clasicismo que
se plasmó en la pintura del siglo XVIII se encontraba muy tamizada
por una idealización bohemia de lo antiguo y sin desprenderse de
toda la tradición anterior renacentista y barroca, en ocasiones
necesaria como referente interpretativo de lo clásico.
Esta particular
visión del clasicismo fue enriqueciéndose conforme fueron
avanzando las excavaciones arqueológicas que dieron paso a un conocimiento
más profundo de las civilizaciones griega y romana. Siendo precisamente
en la cuna de la civilización romana donde surgieron las bases ideológicas
del neoclasicismo como contrapartida al ya agonizante barroco tardío,
pero curiosamente serán intelectuales y artistas foráneos
quienes establecerán los conceptos de expresión neoclásicos,
nos referimos a los alemanes Winckelmann y su amigo y seguidor Anton
Raphael Mengs (1728-1779), que cumplió la afirmación
del primero: “La mano del artista debe estar impregnada de intelecto”.
En definitiva la pintura de Mengs era una expresión plástica
ideológica, una teorización del arte. En 1761 con la
obra El Parnaso reflejó plásticamente los ideales
clasicistas winckelmianos.
Alemania. Austria
Alemania,
cuna de ambos intelectuales, estuvo siempre supeditada al gusto y la moda
francesas, como el resto de Europa, desde el siglo XVII, de tal manera
que la formación de sus artistas se completaba en las academias
de importancia relevantes del país galo. La creación de academias
germanas siguieron el modelo de la parisina, incluso en los comienzos estuvieron
dirigidas por franceses.
Desde mediados
del siglo XVIII se pretendió desbancar la preponderancia francesa,
por un lado con el clasicismo de Winckelmann y por otro con la llegada
de una nueva literatura de tintes prerrománticos encabezada por
Lessing y Bodmer. Pero las teorías sobre el arte clásico
de Winckelmann no sólo no permitían el avance de los ideales
germánicos, si no que los ahogaba en pro de la cultura griega en
un neoclasicismo rígido que en cierta medida se afrancesará
de nuevo. Será la literatura la que imprimará el carácter
de identificación nacional alemán.
El ideal winckelmiano
sobre la pureza del arte antiguo desarrolló un tipo de pintura
literaria “Gedankenkunst” que se centraba en la ilustración de escenas.
Pero la tradición neoclásica tocó fondo con la caída
del Imperio napoleónico al que llegó a vincularse como expresión
propagandística. En Alemania surgirá un movimiento con el
que se identificará más lo nacional, el Romanticismo.
Mengs como
el pintor más emblemático del neoclasicismo, fue reclamado
por varias coronas europeas para decorar palacios, caso de la corona española
que le encargó los frescos de los palacios reales de Madrid y Aranjuez,
en cuyas representaciones cayó en las tradiciones tardobarrocas,
pero sin llegar a su expresividad. Sus retratos fueron de mejor factura
que incluso sus temas mitológicos. A pesar de tenerle en tan
alta estima durante su época, su influencia no llegó más
allá de su existencia, incluso la literatura artística posterior
le ha considerado un pintor bastante mediocre. Su origen alemán
y sus temporadas en la Academia de Dresde no lograron que cuajara entre
sus compatriotas, que buscaban un signo de mayor identificación
y que no se encontraba precisamente en lo clásico meridional.
Además
de la Academia de Dresde, la Europa septentrional contaba con la de Copenhague,
como los dos centros de atracción y difusión cultural de
la zona. De las dos formó parte otro alemán de concepciones
ideológico pictóricas muy diferentes a las de Mengs, el pintor
y teórico Asmus Jakob Carstens (1754-1798), cuyos trabajos
fueron de mayor relevancia y resonancia que los de Mengs, dentro y fuera
de su país. En Alemania sus ideales estéticos se acercaron
a los de sus contemporáneos del Sturm und Drang. Carstens intentó
mantenerse al margen de cualquier encorsetamiento pictórico, aunque
abogaba por la supremacía del dibujo, en detrimento del color, acercándose
a los estilos de Füssli y Flaxman. Su visión de la antigüedad
clásica se centraba en el estudio de obras de Homero y Hesíodo,
que ilustró mediante unos desnudos que debían bastante a
los de Miguel Angel, como también puede observarse en su obra
La Noche con sus Hijos, El Sueño y la Muerte, con un
tratamiento más cercano a lo romántico pero de características
neoclásicas que reflejan fielmente los ideales winckelmianos del
arte griego.
Por un lado
las teorías y formas de Mengs y las de Carstens en el otro extremo,
denotan lo diversificado del neoclasicismo alemán, mucho menos riguroso
y formalista que el francés y por tanto más enriquecedor.
El clasicismo
expresado por Carstens estableció una línea de continuación
entre muchos de los pintores de la siguiente generación, como
Ebarhard Wächter (1762-1852), que como en el caso de todos
los pintores neoclásicos pasó por la Academia de Roma y también
estuvo en París; cercano a la influencia davidiana, pero con suficiente
raigambre germánica como para sentirse más próximo
a Carstens, como se aprecia en su obra Job de 1807, donde prima
el dibujo y un tratamiento formal algo más relajado que el rígido
neoclásico.
También
Gottlied Schick (1776-1812) se formó en Roma y en la escuela
de David en París, y aunque presenta improntas davidianas tampoco
abandona la tradición dibujística de Carstens. Fue un pintor
de paisaje histórico, pero también resaltan retratos como
el de La señora Cotta cuya diferencia con los davidianos
es la independencia del dibujo y la importancia que el paisaje adquiere
por sí mismo en la obra.
Otro pintor sobre
el que influyó fue Bonaventura Genelli (1798-1868), hijo
y sobrino de artistas, su pintura significa un paso más en el dibujo
de Carstens, ya que se sirve del modelado de las figuras como expresión
más clara del contorno. Realiza ilustraciones para la Divina Comedia
y para obras de Homero. Efectúa una serie de dibujos autobiográficos
denominados La vida de un artista, donde se aprecia cierto manierismo en
ocasiones blando, peligro que se corre al tratar el dibujo de contornos.
La evolución de la pintura alemana cuyo clasicismo se había
impregnado de romanticismo y realismo supuso un obstáculo para la
expresión de Genelli que supo salir a flote por su refugio en el
contorno en la pureza de la línea.
Resulta llamativo
que la influencia de Carstens también fuera relevante en una lista
larga de pintores paisajistas, comenzamos por el más famoso de todos,
el austríaco Joseph Anton Koch (1768-1839), considerado el
paisajista del clasicismo por excelencia. Fue en su estancia romana cuando
conoció la obra de Carstens, expuesta en el estudio de Batoni. Koch
se formó en Suiza, donde lo que realmente tendrá influencia
sobre su obra será el paisaje alpino suizo que tanto emplearán
los pintores románticos.
El artista
concluyó unos dibujos que Carstens no pudo terminar sobre El viaje
de los argonautas y en sus “Reflexiones de un artista en Roma” de 1810,
escribe: “El hecho de que yo haya grabado estos diseños es una
muestra de mi amor y estima por Carstens. Frecuentando a éste aprendí
a despojarme de la estupidez académica”. No sólo termina
esta obra de Carstens, sino que también copia muchos de sus dibujos,
especialmente los relacionados con ilustraciones de la Divina Comedia de
Dante o del héroe gaélico Ossián, y lo hizo despojándose
de la rigidez propia de mucha de la obra de Carstens, demostrando
un manejo suelto de la línea.
Pero Koch
destacó sobre todo como pintor de paisajes, al que concede una importancia
más allá de la concedida por otros pintores del neoclasicismo,
que empleaban el paisaje como intelectualización, como escenario
idealizado de la figura humana. Para Koch el paisaje se acerca al concepto
romántico, aunque su carácter heroico lo incluye en el clasicismo,
sobre los Alpes llega a escribir: “De este a oeste, todo el cielo sureño
aparece enmascarado en niebla como si estuviera atravesando por miles de
cuerpos centelleantes separados de la tierra, cuyas cúspides semejantes
a coronas parecen formar parte del cielo distante. ¿Qué extranjero
pudiera imaginar que detrás de todo esto surgen tan inmensas montañas?.
No podrían más que hacer vanos acertijos. Sí ciertamente
existen los inconmensurables, altos e inmensos Alpes, cubiertos de
hielo eterno y soportados por rocas que atraviesan el cielo. Separados
de la Tierra por un mar de nubes, los Alpes parecen diseños del
cielo”.
Aunque en
el paisaje neoclásico lo importante suele ser la figura humana,
Koch realiza obras donde alterna el papel protagonista entre el paisaje
y los personajes, o bien, equilibra ambos conceptos, como ocurre con Macbeth
y las brujas de 1835 donde establece un paralelismo entre la tensión
de la escena que desarrollan los personajes y el paisaje, ambos en consonancia
escénica.
En su obra
Paisaje con arco iris realiza un “paisaje universal”, que sería
el prototipo de paisaje neoclásico, muy diferente del paisaje inglés
más cercano a la naturaleza, más real, menos idealizado,
como también ocurre en el paisaje romántico, aunque aquí
el concepto de inconmensurabilidad sublime sea muy diferente.

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