| La
caída del Imperio Romano tiene lugar oficialmente en el año
476 d.C., cuando el último emperador de Occidente, Rómulo
Augústulo, es depuesto por el general bárbaro Odoacro. Este
acontecimiento puntual, que se inscribe dentro de sucesivas oleadas de
invasiones, no es más que el resultado final de un proceso de decadencia
lento y progresivo que se anuncia ya desde mucho tiempo antes a través
de una paulatina infiltración de corrientes germánicas en
el seno del mundo romano.
Los contactos entre Roma y los germanos
fueron intensos a raíz de sus numerosas confrontaciones, pero, sobre
todo, como resultado de los tratados y pactos que se establecieron
entre ambos. Por ejemplo, desde finales del siglo III d.C. está
documentado el asentamiento de germanos en territorio romano, que cultivaban
tierras y prestaban servicio militar, llegando algunos contingentes incluso
a incorporarse dentro del propio ejército imperial. Estas interrelaciones
generaron un ambiente cultural en que lo romano y lo germano fueron integrándose
perfectamente, favoreciendo de una forma progresiva el paso de lo clásico,
encarnación de la Edad Antigua, a lo indogermano, que constituirá
el sustrato base de la Edad Media. La inexistencia de una ruptura brusca
entre ambas manifestaciones culturales, revestirá al Altomedievo
de un matiz de legitimidad, como continuación directa del Bajo Imperio.
El Asentamiento Visigodo en Hispania.
Los visigodos eran un pueblo de origen
germánico que emigró masivamente en el siglo III d.C., logrando
establecerse en la Dacia, junto al Mar Negro. Tras prolongados años
como feudatarios de Roma, se dirigieron hacia el oeste, llegando a las
Galias en el año 412. Mediante un pacto con el Imperio se asentaron
en la provincia de la Aquitania, fundando allí el reino de Tolosa.
Desde sus bases ultrapirenaicas y como tropas federadas de Roma, irrumpieron
sucesivamente en territorio hispano para luchar contra vándalos,
suevos y alanos, que habían invadido la Península en el 409.
Estas esporádicas incursiones les permitieron apoderarse de plazas
fuertes estratégicas y controlar las principales calzadas. En el
año 475, su rey Eurico se declaró independiente del Imperio
Romano y, ampliando sus territorios, se extendió por Hispania. Su
hijo y sucesor, Alarico II, gobernó ya sobre toda la Península
(exceptuando el reino suevo de Galicia y las montañas vascas) conformando
un gran estado que incluía las tierras comprendidas entre el sur
del Loira y el sur peninsular.
Tras ser derrotados en la batalla de Vouillé
(507) por los francos, los visigodos serán expulsados del territorio
galo, asentándose definitivamente en Hispania y fijando como
capital la ciudad de Toledo. Éste es el punto de arranque de la
monarquía visigoda como entidad política de dominio peninsular,
reino que llegará a ser el más poderoso de toda la Europa
Occidental.
Los godos, como resultado de sus numerosos
contactos con Roma, asimilaron importantes aspectos de la tradición
clásica en cuanto a organización, derecho, pensamiento, costumbres,...
Este hecho, suavizó enormemente el tránsito entre la Hispania
romana y el Reino visigodo, al favorecer una continuidad cultural entre
ambos. El único punto de fricción se produjo a nivel religioso.
Los visigodos profesaban la religión cristiana, pero bajo la modalidad
herética 1 arriana
, lo que les enfrentó desde un principio a la población hispano-romana,
mucho más numerosa, entre los que el catolicismo estaba muy arraigado.
Durante casi dos siglos se simultanearon manifestaciones culturales hispano-romanas
y germanas en la Península. A partir de la conversión de
Recaredo a la fe católica y del III Concilio de Toledo (589),
la integración entre ambos elementos se consolidará, unificándose
y dando forma al arte visigodo más prototípico.
De lo dicho en el párrafo inmediatamente
anterior se deduce la necesidad de dividir el estudio del arte visigodo
en dos etapas claramente definidas: en primer lugar, la correspondiente
al período Arriano, que abarcaría desde la configuración
del reino hasta el año 586, fecha en que se produjo la conversión
de Recaredo al catolicismo y, en segundo lugar, la del período Católico,
desde dicho hito histórico al año 711, momento en que se
materializó la invasión musulmana
I. ARTE VISIGODO
DEL PERÍODO ARRIANO (507- 586)
Arquitectura y Escultura
La imposición de la herejía
arriana como religión oficial de Hispania debió crear un
clima de hostilidad y de tensión entre la numerosa población
hispano-romana sometida y la elite visigoda en el poder. Paradójicamente,
y en gran medida presionados por el predominio numérico de la masa
popular cristiana, los monarcas godos se mostraron especialmente flexibles
y tolerantes con las costumbres hispanas, así como con sus principios
e instituciones, aceptando incluso su religión. Durante el período
arriano, los católicos tuvieron libertad suficiente para practicar
sus ritos, erigir iglesias e instaurar monasterios, escribir y difundir
sus textos religiosos, ....
La edificación de templos por parte
de los hispano-romanos debió, por tanto, ser normal durante el siglo
VI, estableciéndose una continuidad con la actividad constructiva
del Bajo Imperio. La persistencia de los modelos paleocristianos es evidente
en un conjunto de iglesias en las que se pone de manifiesto la influencia
del Norte de África, al ser aquellas las comunidades con las que
los hispanos mantuvieron unos contactos más estrechos. La
característica principal de este grupo se manifiesta en planta,
mediante la inclusión de ábsides contrapuestos en los extremos
del eje longitudinal, siguiendo el modelo de la basílica africana
de Orleansville. No obstante, en general, sus dimensiones suelen ser mucho
más reducidas que las de ésta. Las iglesias más destacables
son la de San Pedro de Alcántara (Málaga), la de Alcaracejos
(Córdoba), la de Casa Herrera (Mérida), y la de La Cocosa
(Badajoz). Todos estos edificios se fechan en torno al primer tercio del
siglo VI.
La de San Pedro de Alcántara, en
Vega del Mar (Málaga), es un edificio de planta casi cuadrada, de
tres naves y doble ábside enfrentado dispuesto en dirección
este-oeste. El ábside occidental, considerado el núcleo principal,
está flanqueado por dos cámaras laterales que se traducen
al exterior mediante un testero plano. Estas estancias se hallan incomunicadas
entre sí, al existir un pequeño tabique de separación
entre ambas, que impide que la curva del ábside se una al muro exterior
de cierre, igual que ocurre en Santa María de Grado, en Italia,
y en otros ejemplos africanos. La habitación sur alberga la piscina
bautismal, de planta cuadrilobulada, dispuesta para el rito de inmersión,
según el cual se desarrollaba la iniciación bautismal. Resulta
interesante resaltar que el contraábside oriental no presenta enterramientos,
ni marcas de apoyo de altar. Las inhumaciones fueron realizadas, en cambio,
en dos pórticos laterales corridos, al norte y al sur, cuya inclusión
completaba el conjunto litúrgico de iglesia, baptisterio y cementerio.
En el municipio de Espiel, al norte de
la provincia de Córdoba, ubicado en el lugar llamado El Germo, se
encuentra otro edificio de semejantes características, conocido
también con la denominación de Alcaracejos. Es una construcción
basilical de tres naves separadas por dos hileras de seis columnas, y con
doble ábside. A los lados hay dos salas alargadas, la del norte
rectangular y la del sur rematada de nuevo por ábsides semicirculares
en los extremos, en la que se incluye la piscina bautismal. Los enterramientos
se distribuyen dispersos en todos los espacios.
El edificio más regular
y uniforme de todos los del conjunto de ábsides contrapuestos es
la basílica de Casa Herrera, a unos siete kilómetros al noroeste
de Mérida. Se trata de un rectángulo que consta de
tres naves separadas por seis columnas. Presenta dos ábsides exentos
en forma de arcos ligeramente peraltados, siendo más estrecho el
del oeste. El que constituye la cabecera, con las marcas de los cinco soportes
de altar en su centro, está flanqueado por dos cámaras. Incorpora,
además, dos pórticos laterales al norte y al sur, con finalidad
funeraria.
La misma estructura inspirada en
la iglesia argelina de Orleansville se repite en la basílica situada
en la villa de La Dehesa de La Cocosa en Badajoz, aunque esta construcción
presenta la peculiaridad de incorporar un tercer ábside en el muro
oriental, próximo al ábside norte, del que se desconoce hasta
el momento su finalidad.
Los paralelos con el Norte de África
se manifiestan de nuevo dentro de este grupo de edificios tardo-paleocristianos
en el templo de Aljezares, en Murcia. Es una construcción de tres
naves, probablemente separadas por arcos, con un único ábside
semicircular, siguiendo, en este caso, el modelo de la iglesia norteafricana
de Setafis, en Perigotville. Se conserva el baptisterio, edificio circular
adosado al este del conjunto, con piscina ovalada en el centro, así
como los restos de cinco columnas correspondientes a un pórtico
ubicado en el lado oeste.
Dejando a un lado este conjunto
homogéneo de edificaciones, el influjo norteafricano se acusa también
en un sistema decorativo peculiar que fue adoptado en las iglesias peninsulares
durante el siglo VI: los ladrillos decorados a molde. Este tipo de producción
fue muy común en la región de Túnez en el siglo V,
exportándose a la Península Ibérica a finales de dicha
centuria. En la Hispania visigoda su elaboración se concentró
en un ámbito específico, la zona del valle medio y bajo del
Guadalquivir, extendiéndose hasta Mérida.
Los ladrillos, de forma cuadrada
con ligera tendencia al rectángulo, solían medir entre unos
20 y 40 centímetros por lado y estaban decorados con relieves estampados.
La estampación del tema podía realizarse en relieve o en
hueco y, a pesar de tratarse de un sistema de elaboración extremadamente
económico, su resultado estético era muy ornamental. Se han
encontrado numerosos ejemplares en las ruinas de edificios religiosos,
aunque se desconoce su uso específico. Se especula con la posibilidad
de que fueran utilizados para el revestimiento de sepulturas, o que se
integraran en la decoración del templo como exvotos, conformando
el pavimento, o como parte de la decoración parietal, a modo de
frisos.
Su temática decorativa es bastante
simple. Abunda la presencia de motivos florales y geométricos,
aunque los más frecuentes son los típicamente paleocristianos,
como el crismón, las uvas, los pavos reales o palomas dispuestos
en torno a ánforas o cálices, veneras,... De gran interés
es la pieza hallada en Osuna (Sevilla), que representa a dos caballos afrontados
en torno a una palmera, así como la procedente de Lebrija, que incluye
una representación figurada identificable con el tema bíblico
de Daniel en el foso de los leones, una de las escenas religiosas más
frecuentes en los ladrillos tunecinos. Importante también por sus
inscripciones de evidente carácter funerario son el grupo dedicado
a Bracarius (BRACARI VIVAS CUM TVIS) o el del obispo Marciano.
La influencia bizantina tuvo también
un gran peso en la Península durante el siglo VI. No hay que olvidar
que es éste el período de máximo esplendor y creación
artística del Imperio Bizantino, el correspondiente al reinado de
Justiniano. Su reflejo se plasma en algunas construcciones hispanas, así
como en la talla de ciertos elementos de carácter escultórico:
sarcófagos, pilastras, canceles y capiteles.
Aunque no resulte exclusiva de la
arquitectura bizantina, la planta en forma de cruz griega, con todo el
significado simbólico que conlleva, tuvo en el arte cristiano oriental
su mayor desarrollo. Dos edificios del siglo VI conservados en España
evidencian la relación con esta estructura. El templo de Valdecebadar,
cercano a Olivenza (Badajoz) presenta una planta centralizada de este tipo,
con la peculiaridad de rematar uno de sus brazos en herradura. La misma
disposición, en este caso cuadrilobulada, se repite en el martyrium
de La Dehesa de La Cocosa (Badajoz), a cuyo complejo arqueológico
ya hemos aludido más arriba al referirnos a su basílica.
Esta edificación se cubría en origen por una cúpula
sobre pechinas decorada con mosaicos, actualmente derruida. Sendas construcciones
son especialmente interesantes como antecedentes inmediatos de dos obras
maestras de la arquitectura visigoda del siglo VII, que analizaremos en
su
apartado correspondiente, las iglesias de San Fructuoso de Montelios y
Santa Comba de Bande.
El influjo bizantino en las artes
figurativas está encabezada por una destacada serie de sarcófagos
esculpidos, fechados en época muy temprana, en torno al siglo V,
en los primeros momentos de la dominación visigoda. Desde el punto
de vista técnico, los relieves que presentan están realizados
a bisel en dos planos, el inferior poco profundo y el superior más
abultado, completando los detalles de las figuras con incisiones. Una de
las piezas de mayor calidad y mejor conservado es el sarcófago existente
en la iglesia de la Santa Cruz en Écija (Sevilla). Realizado en
mármol, presenta sólo decoración en la cara frontal,
como es normal en Occidente, aunque incorpora epígrafes griegos
para identificar a los personajes, subrayando la procedencia oriental de
la iconografía. En sus asuntos, el sacrificio de Isaac, el Buen
Pastor y Daniel en el foso de los leones, se mezclan las influencias
del arte romano popular con las del foco bizantino de Rávena. Schluck
ha detectado importantes paralelismos entre este ejemplar y los relieves
procedentes de la iglesia de Hagios Stoudios, en Constantinopla.
Del sarcófago de Alcaudete
(Jaén), de cronología ligeramente posterior, hoy conservado
en Museo Arqueológico Nacional, sólo ha sobrevivido un fragmento,
correspondiente a su frente principal. Se ornamenta en dos frisos superpuestos:
arriba, la resurrección de Lázaro y Daniel en el foso
de los leones y en la zona inferior, David cortando la cabeza a Goliat.
Aunque estos temas son inéditos sobre receptáculos funerarios,
se relacionan estrechamente con dibujos existentes en manuscritos orientales.
Hacia finales del siglo V se datan
los restos del sarcófago de Ithacius (en el Panteón de Reyes
de la Catedral de Oviedo), cuya inscripción latina informa que fue
realizado para un joven con este nombre. Está decorado con un crismón,
palomas flanqueando un cáliz y roleos. Su tratamiento artístico,
así como su estilo, manifiestan una conexión muy estrecha
con los talleres de Rávena, mayor todavía que en los casos
anteriores.
1 El arrianismo fue una herejía
enunciada por el sacerdote Arrio de Alejandría, según la
cual Jesucristo era la más perfecta de las criaturas, y su dignidad,
la más alta después de la de Dios, por lo que no era consubstancial
con el Padre. Ello equivalía a negar la divinidad de Cristo. Esta
doctrina fue condenada en el primer Concilio de Nicea (325).

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