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EL ARTE VISIGODO
2/9
Por Noelia Silva Santa-Cruz
ISBN-84-9714-008-7
 

Gracias a los numerosos restos de escultura monumental conservados, sabemos que en el siglo VI la decoración de las iglesias se concentraba, prescindiendo de  los elementos arquitectónicos, en piezas talladas, tales como pilastras, capiteles, columnas, cimacios, relieves figurados,... En todos los que han llegado hasta nosotros se evidencia una marcada influencia bizantino-ravenaica, tanto en los temas (hojas de acanto, roleos, palmetas, hojas de vid,...)  como en su interpretación estética. El principal centro productor de escultura ornamental en este momento es el de Mérida, que trabaja fundamentalmente durante el pontificado del obispo Fidel (560-571), y que tendrá una influencia decisiva sobre el foco toledano.

   Entre las piezas de uso litúrgico salidas de este taller destacan los canceles o iconóstasis, realizados tanto en piedra como en mármol, que servían para separar los distintos espacios en los templos. Estos ejemplares, que buscaban crear un efecto arquitectónico, estaban configurados por arcos de medio punto o rematados en mitra, apoyados sobre columnas. Los motivos tallados en el interior de los mismos solían remitir al repertorio paleocristiano tradicional, como el racimo de uvas (alegoría eucarística) o el pavo real (símbolo de la inmortalidad), temas muy en relación con el lugar sagrado donde se ubicarían los mismos. A este conjunto de objetos con finalidad litúrgica se sumarían los pies de altar, generalmente decorados en sus cuatro caras, repitiendo un mismo motivo, por ejemplo, grandes cruces de brazos iguales.

 Para completar la visión de conjunto acerca de la arquitectura durante la primera etapa de asentamiento visigodo en la Península, es necesario hacer referencia a una serie de edificaciones, muy heterogéneas y dispares entre sí, que tienden a situarse cronológicamente a fines del siglo VI, en fecha muy próxima a la conversión de Recaredo al cristianismo. 

 De gran interés son los restos de la ciudad de Recópolis, próxima a Zorita de los Canes, en Guadalajara. Se trata de una urbe que el monarca Leovigildo fundó en honor de su hijo Recaredo, en el año 578, en el momento de consolidación de la monarquía independiente en Toledo, queriendo emular las iniciativas imperiales bizantinas. Las excavaciones practicas desde 1940 han sacado a la luz una iglesia vinculada con una zona de edificación, probablemente de uso palacial, y un amplio lienzo de muralla, así como ciertas construcciones militares y puertas de acceso al recinto.

 El templo está situado en la terraza alta del conjunto urbanístico. Consta de una única nave, con pequeño crucero acusado en planta y ábside exteriormente recto, pero semicircular al interior. Posee también un pequeño atrio o nártex a los pies. Lo más llamativo de su estructura es la existencia  de una serie de estancias y galerías que rodean completamente la nave y el crucero de la iglesia. Se puede identificar la existencia de tres parejas de cámaras (a ambos lados del crucero, a ambos lados de la nave y a ambos lados del atrio) comunicadas entre sí y que permitían el acceso al transepto sin tener que atravesar la nave central. Algunos investigadores consideran que la función de estas habitaciones anexas era la de servir de paso hacia el palacio contiguo, habilitándose además como mausoleo, para albergar enterramientos de reyes y príncipes. En este caso, el templo tendría una función palatina y de panteón real. Para otros estudiosos, en cambio, las dependencias que rodean la construcción deben ser interpretadas como celdas de monjes, lo que convertiría a la basílica de Recópolis en un edificio de carácter monacal. 

 Si se confirmara esta última hipótesis, este conjunto arquitectónico se pondría en relación con el hallado en Fraga (Huesca). Su iglesia, de planta cruciforme con ábside semicircular, presenta adosadas al brazo oeste de la cruz, salas anexas, en este caso aceptadas sin discusión como habitaciones destinadas a los monjes. 

Finalmente, nos queda por citar la pequeña iglesia de San Cugat del Vallés, en Barcelona. Si bien la construcción se halla muy deteriorada, es posible advertir la existencia de una única nave que remata en una curiosa forma absidal, de herradura al interior y poligonal al exterior. Para Schlunk es el primer ejemplo en Cataluña de la utilización de la forma de herradura en planta, algo que se generalizará en algunos templos altomedievales como San Cebrián de Mazote (Valladolid) o San Miguel de la Escala y Santiago de Peñalba  (León).

Artes del Metal
 Dentro del siglo VI, la producción más propia y genuinamente visigoda es aquella relacionada con los trabajos metalisteros. Incluso antes de su establecimiento en tierras del Imperio, los visigodos eran famosos entre los romanos por su producción de objetos de orfebrería y joyería, valorándose de forma excepcional su originalidad decorativa y sus refinados procedimientos técnicos. 
En la etapa arriana, la actividad metalistera se centra de forma prioritaria en la realización de trabajos a pequeña escala, destinados a un uso exclusivamente personal. Estas piezas de ámbito privado se han dado a conocer gracias a su hallazgo en necrópolis, formando parte de ajuares funerarios. 

 Las grandes necrópolis visigodas del siglo VI han sido localizadas fundamentalmente en las dos mesetas de Castilla, ubicadas sobre todo en los valles del Duero y del Tajo. Destacan los yacimientos de Herrera de Pisuerga (Palencia), Castiltierra, Duratón y Madrona (Segovia), Carpio del Tajo (Toledo), Daganzo de Arriba (Madrid),.... En esta fase cronológica, la población visigoda se enterraba separada del grupo hispano-romano, inhumándose en cementerios caracterizados por el alineamiento de tumbas, conformadas por una simple fosa señalizada mediante un pequeño promontorio de tierra. En todas ellas se han encontrado ajuares funerarios depositados acompañando a los cadáveres, constituidos principalmente por joyas o adornos personales: fíbulas, broches de cinturón, collares, pendientes, anillos,...  destacando una gran perfección y finura en su elaboración.

Existió en el mundo godo un aprecio por la joya grande y de colores llamativos, inspirada en el lujo de la indumentaria bizantina. Las piezas conservadas incorporan piedras a veces preciosas, pero generalmente semipreciosas, vidrios o simples pastas vítreas. Se busca la riqueza a través de la policromía, creándose un efecto de suntuosidad que es más aparente que real, ya que las láminas que sirven de base suelen estar realizadas en oro de baja calidad, plata o con frecuencia bronce. A pesar de que los materiales empleados no eran excesivamente costosos, estas alhajas eran un símbolo de prestigio que se consideraba imprescindible en el atuendo de aquellos que gozaban de un cierto status social.

El engarce de las piedras se realizaba recurriendo a dos procedimientos. Bien utilizando celdillas independientes que se soldaban sobre el metal empleado como base del objeto, bien mediante el sistema de pequeñas pestañas salientes que rodeaban los cabujones, sujetándolos. Las láminas o superficies metálicas, por su parte, se enriquecían recurriendo al repujado, grabado o calado.
Una de las piezas de joyería más interesantes de este momento son las fíbulas (broches o hebillas utilizados para ceñir los dos bordes del manto a la altura del hombro). Las más antiguas son las denominadas “de puente” o “de arco”, derivadas de modelos bajoimperiales romanos. Están constituidas por tres elementos, unidos mediante soldadura o clavos remachados: una placa semicircular que oculta el resorte o muelle del alfiler, un arco central y un pie alargado, generalmente triangular, dispuesto allí donde se engancha la aguja. Normalmente, las piezas de esta tipología suelen estar realizadas en materiales de escaso valor, bronce o hierro. Se decoran con motivos grabados, salientes o calados, revistiéndose en ocasiones con finas láminas de plata, o con pequeños receptáculos para contener gemas o pasta vítrea.

Pero, sin duda, las más espectaculares son las fíbulas de forma “aquiliforme”, en las que el resorte y la aguja quedan completamente cubiertos por una placa recortada con el perfil de un águila con las alas desplegadas. El profesor Olaguer-Feliu interpreta simbólicamente este elemento zooformo en relación con tradiciones indogermanas y nórdicas de raíz ancestral:  “(...) Odín, en la mitología de los pueblos bárbaros, representaba el espíritu del mundo que todo lo invade y que engendra con su acción la vida universal. Se le representaba como un anciano tocado con un gran sombrero de alas anchas (representación de la bóveda del cielo), vestido con un manto rayado de diferentes colores (simbolismo de la atmósfera) y armado con una lanza (idea de la fuerza y el vigor). Dos águilas descansaban sobre sus hombros: Huqui (la reflexión) y Munin (la memoria), ambas aves murmuraban en sus oídos cuanto veían y comprendían sobre los hombres.... Así pues, estas fíbulas aquiliformes, emparejadas en los dos extremos del manto, tenían su origen en Huqui y Munin, los consejeros y espias de Odín; (...)”.

 Las fíbulas aquiliformes suelen ser mucho más ricas que las “de puente”, ornamentándose con una estructura reticular, como una malla, ocupada por granates almandinos, incrustaciones de pasta vítrea o cristales de colores. Magníficos ejemplares de esta modalidad se conservan, procedentes de Mérida, en el Museo de Baltimore, así como en el Museo Arqueológico Nacional, cuyas piezas más suntuosas son originarias de Alovera (Guadalajara).

 Aunque no son el prototipo más característico de este momento, se han encontrado también algunos ejemplos de fíbulas circulares, en las que se inserta la misma decoración arriba descrita.  Se sospecha que se introdujeron en Hispania bajo el reinado de  Leovigildo, por influencia directa de la corte bizantina, donde su uso era habitual.

 El adorno de los nobles visigodos se completaba con la inclusión en su vestimenta de ricas hebillas de cinturón rígidas. Lo más frecuente es que su placa fuera cuadrada o rectangular, estando siempre acompañada por un broche articulado mediante charnela para la sujeción del cuero de la correa. Su decoración solía organizarse en torno a una gran gema central,  rodeada de otras piedras preciosas, semipreciosas o de una estructura de mosaico más compleja, constituida por celdillas rellenas de pasta vítrea u otros vistosos materiales. Cualquiera de estos procedimientos decorativos tendían a cubrir completamente toda la superficie ornamental.
 Los ajuares de las inhumaciones excavadas han aportado además otra serie de objetos de adorno personal menos sofisticados: collares, pendientes, sortijas ..., de muy diversas calidades materiales. Los collares eran siempre de cuentas, realizadas en ámbar, pasta vítrea o piedras duras; los pendientes solían ser circulares con gran aro y las sortijas incorporaban chatones o piedrecillas de colores. También eran frecuentes las bullae o colgantes utilizados como amuletos, cuyo uso evidenciaba una pervivencia de elementos y costumbres romanas, manteniéndose su empleo hasta los primeros años del siglo VII.