| Gracias
a los numerosos restos de escultura monumental conservados, sabemos que
en el siglo VI la decoración de las iglesias se concentraba, prescindiendo
de los elementos arquitectónicos, en piezas talladas, tales
como pilastras, capiteles, columnas, cimacios, relieves figurados,... En
todos los que han llegado hasta nosotros se evidencia una marcada influencia
bizantino-ravenaica, tanto en los temas (hojas de acanto, roleos, palmetas,
hojas de vid,...) como en su interpretación estética.
El principal centro productor de escultura ornamental en este momento es
el de Mérida, que trabaja fundamentalmente durante el pontificado
del obispo Fidel (560-571), y que tendrá una influencia decisiva
sobre el foco toledano.
Entre las piezas de uso litúrgico
salidas de este taller destacan los canceles o iconóstasis, realizados
tanto en piedra como en mármol, que servían para separar
los distintos espacios en los templos. Estos ejemplares, que buscaban crear
un efecto arquitectónico, estaban configurados por arcos de medio
punto o rematados en mitra, apoyados sobre columnas. Los motivos tallados
en el interior de los mismos solían remitir al repertorio paleocristiano
tradicional, como el racimo de uvas (alegoría eucarística)
o el pavo real (símbolo de la inmortalidad), temas muy en relación
con el lugar sagrado donde se ubicarían los mismos. A este conjunto
de objetos con finalidad litúrgica se sumarían los pies de
altar, generalmente decorados en sus cuatro caras, repitiendo un mismo
motivo, por ejemplo, grandes cruces de brazos iguales.
Para completar la visión
de conjunto acerca de la arquitectura durante la primera etapa de asentamiento
visigodo en la Península, es necesario hacer referencia a una serie
de edificaciones, muy heterogéneas y dispares entre sí, que
tienden a situarse cronológicamente a fines del siglo VI, en fecha
muy próxima a la conversión de Recaredo al cristianismo.
De gran interés son los restos
de la ciudad de Recópolis, próxima a Zorita de los Canes,
en Guadalajara. Se trata de una urbe que el monarca Leovigildo fundó
en honor de su hijo Recaredo, en el año 578, en el momento de consolidación
de la monarquía independiente en Toledo, queriendo emular las iniciativas
imperiales bizantinas. Las excavaciones practicas desde 1940 han sacado
a la luz una iglesia vinculada con una zona de edificación, probablemente
de uso palacial, y un amplio lienzo de muralla, así como ciertas
construcciones militares y puertas de acceso al recinto.
El templo está situado en
la terraza alta del conjunto urbanístico. Consta de una única
nave, con pequeño crucero acusado en planta y ábside exteriormente
recto, pero semicircular al interior. Posee también un pequeño
atrio o nártex a los pies. Lo más llamativo de su estructura
es la existencia de una serie de estancias y galerías que
rodean completamente la nave y el crucero de la iglesia. Se puede identificar
la existencia de tres parejas de cámaras (a ambos lados del crucero,
a ambos lados de la nave y a ambos lados del atrio) comunicadas entre sí
y que permitían el acceso al transepto sin tener que atravesar la
nave central. Algunos investigadores consideran que la función de
estas habitaciones anexas era la de servir de paso hacia el palacio contiguo,
habilitándose además como mausoleo, para albergar enterramientos
de reyes y príncipes. En este caso, el templo tendría una
función palatina y de panteón real. Para otros estudiosos,
en cambio, las dependencias que rodean la construcción deben ser
interpretadas como celdas de monjes, lo que convertiría a la basílica
de Recópolis en un edificio de carácter monacal.
Si se confirmara esta última
hipótesis, este conjunto arquitectónico se pondría
en relación con el hallado en Fraga (Huesca). Su iglesia, de planta
cruciforme con ábside semicircular, presenta adosadas al brazo oeste
de la cruz, salas anexas, en este caso aceptadas sin discusión como
habitaciones destinadas a los monjes.
Finalmente, nos queda por citar la pequeña
iglesia de San Cugat del Vallés, en Barcelona. Si bien la construcción
se halla muy deteriorada, es posible advertir la existencia de una única
nave que remata en una curiosa forma absidal, de herradura al interior
y poligonal al exterior. Para Schlunk es el primer ejemplo en Cataluña
de la utilización de la forma de herradura en planta, algo que se
generalizará en algunos templos altomedievales como San Cebrián
de Mazote (Valladolid) o San Miguel de la Escala y Santiago de Peñalba
(León).
Artes del Metal
Dentro del siglo VI, la producción
más propia y genuinamente visigoda es aquella relacionada con los
trabajos metalisteros. Incluso antes de su establecimiento en tierras del
Imperio, los visigodos eran famosos entre los romanos por su producción
de objetos de orfebrería y joyería, valorándose de
forma excepcional su originalidad decorativa y sus refinados procedimientos
técnicos.
En la etapa arriana, la actividad metalistera
se centra de forma prioritaria en la realización de trabajos a pequeña
escala, destinados a un uso exclusivamente personal. Estas piezas de ámbito
privado se han dado a conocer gracias a su hallazgo en necrópolis,
formando parte de ajuares funerarios.
Las grandes necrópolis visigodas
del siglo VI han sido localizadas fundamentalmente en las dos mesetas de
Castilla, ubicadas sobre todo en los valles del Duero y del Tajo. Destacan
los yacimientos de Herrera de Pisuerga (Palencia), Castiltierra, Duratón
y Madrona (Segovia), Carpio del Tajo (Toledo), Daganzo de Arriba (Madrid),....
En esta fase cronológica, la población visigoda se enterraba
separada del grupo hispano-romano, inhumándose en cementerios caracterizados
por el alineamiento de tumbas, conformadas por una simple fosa señalizada
mediante un pequeño promontorio de tierra. En todas ellas se han
encontrado ajuares funerarios depositados acompañando a los cadáveres,
constituidos principalmente por joyas o adornos personales: fíbulas,
broches de cinturón, collares, pendientes, anillos,... destacando
una gran perfección y finura en su elaboración.
Existió en el mundo godo un aprecio
por la joya grande y de colores llamativos, inspirada en el lujo de la
indumentaria bizantina. Las piezas conservadas incorporan piedras a veces
preciosas, pero generalmente semipreciosas, vidrios o simples pastas vítreas.
Se busca la riqueza a través de la policromía, creándose
un efecto de suntuosidad que es más aparente que real, ya que las
láminas que sirven de base suelen estar realizadas en oro de baja
calidad, plata o con frecuencia bronce. A pesar de que los materiales empleados
no eran excesivamente costosos, estas alhajas eran un símbolo de
prestigio que se consideraba imprescindible en el atuendo de aquellos que
gozaban de un cierto status social.
El engarce de las piedras se realizaba
recurriendo a dos procedimientos. Bien utilizando celdillas independientes
que se soldaban sobre el metal empleado como base del objeto, bien mediante
el sistema de pequeñas pestañas salientes que rodeaban los
cabujones, sujetándolos. Las láminas o superficies metálicas,
por su parte, se enriquecían recurriendo al repujado, grabado o
calado.
Una de las piezas de joyería más
interesantes de este momento son las fíbulas (broches o hebillas
utilizados para ceñir los dos bordes del manto a la altura del hombro).
Las más antiguas son las denominadas “de puente” o “de arco”, derivadas
de modelos bajoimperiales romanos. Están constituidas por tres elementos,
unidos mediante soldadura o clavos remachados: una placa semicircular que
oculta el resorte o muelle del alfiler, un arco central y un pie alargado,
generalmente triangular, dispuesto allí donde se engancha la aguja.
Normalmente, las piezas de esta tipología suelen estar realizadas
en materiales de escaso valor, bronce o hierro. Se decoran con motivos
grabados, salientes o calados, revistiéndose en ocasiones con finas
láminas de plata, o con pequeños receptáculos para
contener gemas o pasta vítrea.
Pero, sin duda, las más espectaculares
son las fíbulas de forma “aquiliforme”, en las que el resorte y
la aguja quedan completamente cubiertos por una placa recortada con el
perfil de un águila con las alas desplegadas. El profesor Olaguer-Feliu
interpreta simbólicamente este elemento zooformo en relación
con tradiciones indogermanas y nórdicas de raíz ancestral:
“(...) Odín, en la mitología de los pueblos bárbaros,
representaba el espíritu del mundo que todo lo invade y que engendra
con su acción la vida universal. Se le representaba como un anciano
tocado con un gran sombrero de alas anchas (representación de la
bóveda del cielo), vestido con un manto rayado de diferentes colores
(simbolismo de la atmósfera) y armado con una lanza (idea de la
fuerza y el vigor). Dos águilas descansaban sobre sus hombros: Huqui
(la reflexión) y Munin (la memoria), ambas aves murmuraban en sus
oídos cuanto veían y comprendían sobre los hombres....
Así pues, estas fíbulas aquiliformes, emparejadas en los
dos extremos del manto, tenían su origen en Huqui y Munin, los consejeros
y espias de Odín; (...)”.
Las fíbulas aquiliformes
suelen ser mucho más ricas que las “de puente”, ornamentándose
con una estructura reticular, como una malla, ocupada por granates almandinos,
incrustaciones de pasta vítrea o cristales de colores. Magníficos
ejemplares de esta modalidad se conservan, procedentes de Mérida,
en el Museo de Baltimore, así como en el Museo Arqueológico
Nacional, cuyas piezas más suntuosas son originarias de Alovera
(Guadalajara).
Aunque no son el prototipo más
característico de este momento, se han encontrado también
algunos ejemplos de fíbulas circulares, en las que se inserta la
misma decoración arriba descrita. Se sospecha que se introdujeron
en Hispania bajo el reinado de Leovigildo, por influencia directa
de la corte bizantina, donde su uso era habitual.
El adorno de los nobles visigodos
se completaba con la inclusión en su vestimenta de ricas hebillas
de cinturón rígidas. Lo más frecuente es que su placa
fuera cuadrada o rectangular, estando siempre acompañada por un
broche articulado mediante charnela para la sujeción del cuero de
la correa. Su decoración solía organizarse en torno a una
gran gema central, rodeada de otras piedras preciosas, semipreciosas
o de una estructura de mosaico más compleja, constituida por celdillas
rellenas de pasta vítrea u otros vistosos materiales. Cualquiera
de estos procedimientos decorativos tendían a cubrir completamente
toda la superficie ornamental.
Los ajuares de las inhumaciones
excavadas han aportado además otra serie de objetos de adorno personal
menos sofisticados: collares, pendientes, sortijas ..., de muy diversas
calidades materiales. Los collares eran siempre de cuentas, realizadas
en ámbar, pasta vítrea o piedras duras; los pendientes solían
ser circulares con gran aro y las sortijas incorporaban chatones o piedrecillas
de colores. También eran frecuentes las bullae o colgantes utilizados
como amuletos, cuyo uso evidenciaba una pervivencia de elementos y costumbres
romanas, manteniéndose su empleo hasta los primeros años
del siglo VII.

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