| II.
ARTE VISIGODO DEL PERÍODO CATÓLICO (586 - 711)
Con la conversión de Recaredo
y la proclamación del catolicismo como religión oficial del
Estado en el año 586, se dan los primeros pasos en la unificación
peninsular. Las rebeliones arrianas que se alzaron en contra de la
nueva fe no impidieron que, poco a poco, y siguiendo el ejemplo del monarca,
la población se fuera convirtiendo progresivamente al nuevo credo.
De esta manera se facilitó en gran medida la integración
entre las dos sociedades que cohabitaban en la Península, hispano-romanos
y godos. La simbiosis entre ambos contingentes se vio también favorecida
por la implantación de un nuevo principio jurídico, que acogía
a todos, sin establecer diferencias de carácter étnico.
A ésto hay que añadir
la consecución en la primera mitad del siglo VII de la unificación
territorial de la Península, cuyas bases habían sido ya asentadas
en época de Leovigildo. Este monarca obtuvo una gran victoria en
el Norte, al integrar el reino suevo a los dominios visigodos, aunque habrá
que esperar hasta el año 624, con Suintila, y gracias a la expulsión
de los bizantinos de la zona levantina, para que se logre definitivamente
someter la totalidad de España bajo un único gobierno, con
la excepción de Vasconia.
Todos estos factores contribuyen
a que en el siglo VII se goce de un ambiente de prosperidad generalizado,
que tendrá su reflejo en un esplendor cultural y artístico
sin precedentes. Toledo, capital del reino desde el año 546, alcanza
en esta centuria su máximo apogeo, convirtiéndose en la urbs
regia por excelencia. A esta ciudad le siguen en importancia otros centros
de población tales como Mérida, Tarragona, Sevilla, Córdoba,....
Arquitectura de la primera mitad del
siglo VII : Establecimiento de modelos
Aunque han pervivido escasas construcciones,
es de suponer que la actividad arquitectónica de la primera mitad
del siglo VII debió ser trascendental para impulsar el proceso de
gestación y desarrollo de las formas y estructuras que se convertirán
en prototípicas durante la segunda parte de la centuria. Es en las
iglesias que se erigen en este momento donde se ensayan y fijan los modelos
que triunfarán definitivamente algunas décadas más
tarde.
Durante estos años iniciales siguieron
estando vigentes las plantas analizadas en los edificios religiosos del
siglo VI, tanto la de ábsides contrapuestos, presente en las basílicas
tardo-paleocristianas, como la cruciforme, característica de las
iglesias de inspiración bizantina. La novedad radica en que ambas
tipologías se fundirán ahora en edificios de nueva planta,
configurando un patrón de gran repercusión: el templo organizado
mediante una cruz inscrita dentro de una estructura basilical, disposición
que alcanzará su máximo apogeo en la segunda mitad de siglo.
Se modifica también ahora la forma
del ábside en los templos. Triunfa la cabecera de forma cuadrada,
frente a la semicircular o curva que era habitual en la centuria anterior;
transformación que se observa muy claramente, entre otras, en la
iglesia de San Pedro de Mérida, datada en torno al año 600.
Estos ábsides suelen cubrirse con bóveda de cañón
de herradura, al originarse ésta a partir del arco que configura
la capilla mayor.
El arco de herradura llegará a
ser un sello distintivo de la arquitectura visigoda. De raigambre romana,
fue empleado también en otros países, especialmente en Oriente,
hasta los primeros siglos de la Edad Media. Se construye habitualmente
con el mismo trazado y las mismas características funcionales que
el arco de medio punto; como consecuencia de ello, las dovelas inferiores,
que actúan como impostas, tienen cortado en vertical el trasdós.
El despiece de las dovelas es, por tanto, radial y a un solo centro, lo
que implica que este arco no es tan cerrado como el que luego será
usado por los hispano-musulmanes y otros habitantes peninsulares del siglo
X. Asimismo, se adopta como norma el empleo del muro de aparejo regular
asentado en seco, es decir, ajustando los sillares de forma precisa sin
que medie un mortero de unión.
También es digno de resaltar
la aparición en las iglesias de esta fase de pequeños
pórticos ubicados en la zona de los pies, en los laterales o en
sendos lugares a la vez, inspirándose probablemente en aquellos
que rodeaban los templos del siglo VI (Casa Herrera, Aljezares,...).
Uno de los ejemplos más relevantes
correspondiente a esta etapa de fijación de arquetipos es la pequeña
basílica de Ibahernando, en Cáceres, de gran trascendencia
dada la escasez de restos coetáneos conservados. Se trata de una
iglesia constituida por una nave rectangular, capilla de planta cuadrada
y pórtico a los pies. La cubrición de la nave y del presbiterio
debió realizarse en madera, como parece deducirse de la escasa anchura
de los muros, así como de la aparición en la excavación
de numerosos clavos de hierro de diferentes tamaños. El pórtico,
que debió prolongarse lateralmente, actualmente es considerado un
añadido posterior. Resulta muy interesante la conservación
en el Museo Arqueológico de Cáceres de su inscripción
dedicatoria, que fecha la realización del templo en el año
635.
Al noreste de la iglesia se han localizado
restos de construcciones civiles, que podrían haber constituido
una “villa” o pequeña aglomeración urbana dispuesta en torno
al edificio de culto, a semejanza de la de Fortunatus en Fraga (Huesca)
o la de Bruñuel en Quesada (Jaén).

|