| Arquitectura
de la segunda mitad del siglo VII: El esplendor
La segunda mitad del siglo VII se
corresponde con el período de auge de la arquitectura visigoda.
A él pertenecen los edificios más conocidos y tradicionalmente
estudiados.
Las iglesias conservadas de este momento
no son, como cabría esperar, edificios urbanos localizados en núcleos
importantes, sino construcciones aisladas, ubicadas en el medio rural,
que deben ser valoradas como el reflejo de las que se erigieron en las
ciudades más relevantes y que, debido a los acontecimientos históricos
posteriores (fundamentalmente la invasión y permanencia musulmana),
no han llegado hasta nosotros. Conocemos, por tanto, tan solo una ínfima
parte de lo que fue la arquitectura visigoda, hecho que otorga a los escasos
vestigios existentes una gran importancia, a pesar de su indudable carácter
periférico y secundario. Los principales templos que han subsistido
se ubican geográficamente en Castilla, dentro de los Campi Gothorum,
en el lugar de asentamiento de una gran parte de la población visigoda.
Éste es el caso de Quintanilla de las Viñas, San Juan
de Baños o la cripta de San Antolín, en Palencia; pero
también perviven algunos dentro de los límites de la antigua
Gallaecia (Santa Comba de Bande, San Fructuoso de Montelios) o próximos
a ella (San Pedro de la Nave).
La basílica de San Juan de Baños
de Cerrato (Palencia), es la única iglesia visigoda fechada
con absoluta seguridad. Como indica su lápida fundacional, empotrada
en la parte superior del arco de acceso a la capilla mayor, fue erigida
por Recesvinto en el año 661, poniéndose bajo la advocación
de San Juan Bautista. Se construyó junto a unos manantiales naturales,
en torno a los que debió existir un conjunto termal, cuya fama curativa
se remontaba a la época romana. Testimonios literarios nos informan
que dicho monarca curó de una enfermedad renal gracias a estas aguas,
lo cual podría explicar la elevación del templo por el soberano
como un acto devoto para agradecer su sanación.
Como corresponde a una fundación
real, en ella debieron trabajar arquitectos de la capital, por lo que debemos
suponerla un reflejo directo de las construcciones que en ese momento se
estaban erigiendo en la corte toledana. Su estructura original ha sufrido
múltiples alteraciones derivadas de las intervenciones efectuadas
en ella a lo largo de los siglos. Primitivamente, la iglesia se ideó
con una planta basilical de tres naves, atravesadas en su parte final por
un estrecho transepto, que le otorgaba un cierto aspecto de disposición
cruciforme. La cabecera se organizaba mediante un ábside cuadrado,
prolongación de la nave central, y dos estancias laterales, separadas
mediante espacios libres, también cuadradas, pero de menores dimensiones,
no coincidentes con las naves laterales, a las que se accedía por
los extremos del crucero. Está mayoritamente aceptada su función
como sacristías o dependencias del templo, pudiendo convertirse,
si era necesario, en capillas para culto privado, ya que presentaban un
ábside de reducidas dimensiones incorporado en el muro. Lampérez,
a partir del hallazgo de una pila y algunas conducciones de agua, localizó
el baptisterio en la habitación izquierda, por lo que supuso que
el espacio de la cabecera pudo ser utilizado con una triple finalidad:
sacristía, baptisterio y capilla para cultos minoritarios, con escasa
presencia de fieles. La planta se completaba con un pórtico situado
a los pies, en eje con la nave central y el presbiterio. Dicho pórtico,
conservado todavía en la actualidad, se abre al exterior mediante
un gran arco de herradura, que remata en una espadaña añadida
en el siglo XIX, accediéndose al interior del templo a través
de una puerta adintelada.
La cabecera original de la iglesia fue
sustancialmente modificada en época gótica. En aquel momento
se suprimieron los espacios intermedios existentes entre las cámaras
laterales, sustituyéndose éstas por dos capillas de nueva
fábrica adosadas al ábside. El templo se transformó
así en un rectángulo de tres naves y triple cabecera con
exterior recto, que es como se muestra hoy.
La casi totalidad de las columnas, basas
y capiteles que sostienen las arquerías de separación de
las naves son piezas romanas reutilizadas. Existen también algunos
restos de decoración escultórica conservada in situ, testimonio
de la espléndida ornamentación que debió engalanar
la iglesia, y que prácticamente ha desaparecido.
Tanto la arquivolta como las impostas
del arco de herradura que da acceso al pórtico de entrada al templo,
están cubiertas por un friso en relieve, realizado siguiendo la
técnica a bisel, en el que se disponen una sucesión
de círculos secantes que acogen rombos con una perla en el centro.
Este rico motivo, trasladado aquí a la piedra, es un prestigioso
elemento decorativo tomado de la joyería coetánea, común,
por ejemplo, a la corona votiva que Recesvinto donará a esta basílica,
y que actualmente se conserva en el Museo Arqueológico Nacional.
El mismo carácter de trabajo de orfebrería está presente
en la cruz patada que preside la clave del arco, cruz de brazos iguales,
que remata en sus extremos en pequeños círculos, y que se
inserta en una pieza central dispuesta a modo de gema. El programa ornamental
del arco de entrada se completa con dos sillares colocados en el lado derecho
de la arquivolta. El mejor conservado exhibe una venera, en alusión
al recipiente utilizado para derramar las aguas bautismales sobre el neófito,
mientras el otro muestra un elemento vegetal sin interpretación
simbólica aparente.
En el interior del edificio se repite
la misma banda continua con decoración de joyería en diversas
ubicaciones: rodeando el ábside, en las impostas de la ventana del
testero, en la parte superior de los muros,... y ciñendo el arco
triunfal, en cuya clave encontramos otra cruz semejante a la de la puerta
de entrada. Sobre ésta se dispone la inscripción fundacional,
a la que ya hemos hecho referencia, dada su trascendencia para la
datación cronológica del templo.
Una cabecera tripartita, semejante a la
de San Pedro de la Nave, se encuentra en la ermita de Santa Lucía,
en Alcuéscar (Cáceres), al norte de Mérida. Utilizada
durante mucho tiempo como establo, es una de las construcciones visigodas
del período de esplendor más recientemente descubiertas,
siendo dada a conocer su existencia en 1981. Presenta una planta de gran
complejidad, constituida por cuatro partes muy bien diferenciadas: un cuerpo
estrecho, conformado por tres naves, separadas por soportes; un pasillo
o corredor angosto, que comunica éste con el transepto; el propio
transepto, de gran anchura y longitud; y, finalmente, tres capillas cuadrangulares
al interior y al exterior, que se abren al crucero, pero que son completamente
independientes entre sí, al estar separadas por espacios libres.
Esta peculiar tipología es el resultado del uso litúrgico
dado a la iglesia. Según diversos autores, nos encontramos ante
un templo perteneciente a una comunidad monástica. Ello explica
las reducidas dimensiones de las naves (pues debían acoger escasos
fieles), pero, sobre todo, el gran desarrollo del transepto, interpretado
como un coro donde se ubicarían los monjes, así como la existencia
de tres ábsides: el central (de mayores dimensiones) estaría
destinado al culto público, mientras los dos laterales, visibles
sólo desde el crucero, se reservarían para uso privado de
los religiosos. Esta compartimentación de espacios se ve reforzada
por la presencia de huellas que indican la existencia original de canceles,
que favorecerían aún más la separación entre
cada uno de estos ámbitos. En la actualidad, la iglesia presenta
adosada una nave gótica semiderruida, de la que sobreviven algunos
arcos diafragma apuntados.
Aunque en un principio existieron opiniones
dispares, hoy día parece fuera de toda duda la datación de
la basílica de Alcuéscar en la segunda mitad del siglo VII,
pues comparte con los edificios del período de esplendor visigodo
múltiples paralelismos: aparejo regular de sillería, arcos
y abovedamientos de sección de herradura, decoración geométrica
y vegetal dispuesta en fajas esculpidas, de la que desgraciadamente perviven
tan solo fragmentos,...
El edificio de San Fructuoso de
Montelios, cerca de Braga (Portugal) es una pequeña construcción
mandada erigir por el santo de este nombre para celebrar sus misas privadas
y como lugar de enterramiento. Este importante personaje, que llegó
a ser obispo de Dumio y metropolitano de Braga, murió en el año
665, disponiendo su sepultura, en señal de humildad, en uno de los
arcosolios del muro norte de la cabecera. Tal referencia cronológica
ha permitido la datación del edificio en el tercer cuarto del siglo
VII.
El mausoleo fue ideado con una planta
de cruz griega. Los cuatro brazos son rectos exteriormente, pero se manifiestan
al interior en forma de arcos de herradura, excepto el de los pies que
lo hace de forma cuadrangular. La capilla, la zona del transepto y los
brazos laterales son espacios cupulados sobre pechinas, mientras que en
los pies se recurre a la bóveda de cañón.
La elección formal de San
Fructuoso de Montelios tiene sus orígenes en el mundo bizantino,
donde la planta centralizada solía corresponderse frecuentemente
con construcciones martiriales o con función funeraria. Los investigadores
han propuesto, en este sentido, numerosos modelos de inspiración
para ella: la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla,
el templo de San Juan en Éfeso, el mausoleo de Gala Placidia, San
Vital de Rávena... Si bien es cierto que esta estructura puede retrotraerse
en último término a Oriente, semejante tipo de edificación
ya se había ensayado previamente en la España visigoda, en
concreto en algunas basílicas del siglo VI a las que ya nos hemos
referido, como La Cocosa (Badajoz) o Valdecebadar, cercana a Olivenza,
que resultan, sin duda, referentes más cercanos para San Fructuoso.
El crucero está delimitado
por cuatro grandes arcos de herradura, que cobijan otros tres, de menor
tamaño. Dentro de las capillas existen columnas que soportan las
pequeñas cúpulas, creando un estrecho pasillo alrededor con
función de deambulatorio. Este sistema de apoyos está, como
todo el conjunto, en conexión directa con la arquitectura ravenaica
del siglo VI. Lo misma filiación se otorga a la articulación
de los muros externos, a base de arquerías ciegas, que alternan
los remates angulares con los de medio punto, sobre pilastras lisas, muy
semejantes a los de la fachada del Mausoleo de Gala Placidia. Sobre éstas
se dispone una estrecha cenefa sogueada.
Al exterior, las capillas rematan en
frontones triangulares. El cimborrio sobresale como una torre central con
cubierta a cuatro vertientes, decorándose por un friso de
arquillos ciegos, alternándose los de herradura con los que rematan
en mitra, precedente de los que aparecerán en la arquitectura románica
posterior. Como colofón del mismo, una delgada moldura en
la que se mezclan perlas, hojas y sogueado.
Interiormente, la ornamentación
es muy clásica. Se reduce a los capiteles corintios que rodean el
crucero, bellamente tallados a trépano, y al friso corrido de acantos
que se prolonga a partir de las pilastras de separación.
Destaca en San Fructuoso la utilización
de un aparejo de sillería de buena calidad combinado en algunas
zonas concretas, como en la cúpula del crucero, con ladrillo visto
de pequeño tamaño.

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