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EL ARTE VISIGODO
4/9
Por Noelia Silva Santa-Cruz
ISBN-84-9714-008-7
 

Arquitectura de la segunda mitad del siglo VII: El esplendor

 La segunda mitad del siglo VII se corresponde con el período de auge de la arquitectura visigoda. A él pertenecen los edificios más conocidos y tradicionalmente estudiados.
Las iglesias conservadas de este momento no son, como cabría esperar, edificios urbanos localizados en núcleos importantes, sino construcciones aisladas, ubicadas en el medio rural, que deben ser valoradas como el reflejo de las que se erigieron en las ciudades más relevantes y que, debido a los acontecimientos históricos posteriores (fundamentalmente la invasión y permanencia musulmana), no han llegado hasta nosotros. Conocemos, por tanto, tan solo una ínfima parte de lo que fue la arquitectura visigoda, hecho que otorga a los escasos vestigios existentes una gran importancia, a pesar de su indudable carácter periférico y secundario. Los principales templos que han subsistido se ubican geográficamente en Castilla, dentro de los Campi Gothorum, en el lugar de asentamiento de una gran parte de la población visigoda. Éste es el caso de Quintanilla de las Viñas, San Juan de Baños o la cripta de San Antolín, en Palencia; pero también perviven algunos dentro de los límites de la antigua Gallaecia (Santa Comba de Bande, San Fructuoso de Montelios) o próximos a ella (San Pedro de la Nave).

La basílica de San Juan de Baños de Cerrato (Palencia), es la única iglesia visigoda fechada con absoluta seguridad. Como indica su lápida fundacional, empotrada en la parte superior del arco de acceso a la capilla mayor, fue erigida por Recesvinto en el año 661, poniéndose bajo la advocación de San Juan Bautista. Se construyó junto a unos manantiales naturales, en torno a los que debió existir un conjunto termal, cuya fama curativa se remontaba a la época romana. Testimonios literarios nos informan que dicho monarca curó de una enfermedad renal gracias a estas aguas, lo cual podría explicar la elevación del templo por el soberano como un acto devoto para agradecer su sanación.

Como corresponde a una fundación real, en ella debieron trabajar arquitectos de la capital, por lo que debemos suponerla un reflejo directo de las construcciones que en ese momento se estaban erigiendo en la corte toledana. Su estructura original ha sufrido múltiples alteraciones derivadas de las intervenciones efectuadas en ella a lo largo de los siglos. Primitivamente, la iglesia se ideó con una planta basilical de tres naves, atravesadas en su parte final por un estrecho transepto, que le otorgaba un cierto aspecto de disposición cruciforme. La cabecera se organizaba mediante un ábside cuadrado, prolongación de la nave central, y dos estancias laterales, separadas mediante espacios libres, también cuadradas, pero de menores dimensiones, no coincidentes con las naves laterales, a las que se accedía por los extremos del crucero. Está mayoritamente aceptada su función como sacristías o dependencias del templo, pudiendo convertirse, si era necesario, en capillas para culto privado, ya que presentaban un ábside de reducidas dimensiones incorporado en el muro. Lampérez, a partir del hallazgo de una pila y algunas conducciones de agua, localizó el baptisterio en la habitación izquierda, por lo que supuso que el espacio de la cabecera pudo ser utilizado con una triple finalidad: sacristía, baptisterio y capilla para cultos minoritarios, con escasa presencia de fieles. La planta se completaba con un pórtico situado a los pies, en eje con la nave central y el presbiterio. Dicho pórtico, conservado todavía en la actualidad, se abre al exterior mediante un gran arco de herradura, que remata en una espadaña añadida en el siglo XIX, accediéndose al interior del templo a través de una puerta adintelada. 

La cabecera original de la iglesia fue sustancialmente modificada en época gótica. En aquel momento se suprimieron los espacios intermedios existentes entre las cámaras laterales, sustituyéndose éstas por dos capillas de nueva fábrica adosadas al ábside. El templo se transformó así en un rectángulo de tres naves y triple cabecera con exterior recto, que es como se muestra hoy.

La casi totalidad de las columnas, basas y capiteles que sostienen las arquerías de separación de las naves son piezas romanas reutilizadas. Existen también algunos restos de decoración escultórica conservada in situ, testimonio de la espléndida ornamentación que debió engalanar la iglesia, y que prácticamente ha desaparecido. 

Tanto la arquivolta como las impostas del arco de herradura que da acceso al pórtico de entrada al templo, están cubiertas por un friso en relieve, realizado siguiendo la técnica a bisel,  en el que se disponen una sucesión de círculos secantes que acogen rombos con una perla en el centro. Este rico motivo, trasladado aquí a la piedra, es un prestigioso elemento decorativo tomado de la joyería coetánea, común, por ejemplo, a la corona votiva que Recesvinto donará a esta basílica, y que actualmente se conserva en el Museo Arqueológico Nacional. El mismo carácter de trabajo de orfebrería está presente en la cruz patada que preside la clave del arco, cruz de brazos iguales, que remata en sus extremos en pequeños círculos, y que se inserta en una pieza central dispuesta a modo de gema. El programa ornamental del arco de entrada se completa con dos sillares colocados en el lado derecho de la arquivolta. El mejor conservado exhibe una venera, en alusión al recipiente utilizado para derramar las aguas bautismales sobre el neófito, mientras el otro muestra un elemento vegetal sin interpretación simbólica aparente.

En el interior del edificio se repite la misma banda continua con decoración de joyería en diversas ubicaciones: rodeando el ábside, en las impostas de la ventana del testero, en la parte superior de los muros,... y ciñendo el arco triunfal, en cuya clave encontramos otra cruz semejante a la de la puerta de entrada. Sobre ésta se dispone la inscripción fundacional, a la que ya hemos hecho referencia, dada su trascendencia  para la datación cronológica del templo.

Una cabecera tripartita, semejante a la de San Pedro de la Nave, se encuentra en la ermita de Santa Lucía, en Alcuéscar (Cáceres), al norte de Mérida. Utilizada durante mucho tiempo como establo, es una de las construcciones visigodas del período de esplendor más recientemente descubiertas, siendo dada a conocer su existencia en 1981. Presenta una planta de gran complejidad, constituida por cuatro partes muy bien diferenciadas: un cuerpo estrecho, conformado por tres naves, separadas por soportes; un pasillo o corredor angosto, que comunica éste con el transepto; el propio transepto, de gran anchura y longitud; y, finalmente, tres capillas cuadrangulares al interior y al exterior, que se abren al crucero, pero que son completamente independientes entre sí, al estar separadas por espacios libres. Esta peculiar tipología es el resultado del uso litúrgico dado a la iglesia. Según diversos autores, nos encontramos ante un templo perteneciente a una comunidad monástica. Ello explica las reducidas dimensiones de las naves (pues debían acoger escasos fieles), pero, sobre todo, el gran desarrollo del transepto, interpretado como un coro donde se ubicarían los monjes, así como la existencia de tres ábsides: el central (de mayores dimensiones) estaría destinado al culto público, mientras los dos laterales, visibles sólo desde el crucero, se reservarían para uso privado de los religiosos. Esta compartimentación de espacios se ve reforzada por la presencia de huellas que indican la existencia original de canceles, que favorecerían aún más la separación entre cada uno de estos ámbitos. En la actualidad, la iglesia presenta adosada una nave gótica semiderruida, de la que sobreviven algunos arcos diafragma apuntados.

Aunque en un principio existieron opiniones dispares, hoy día parece fuera de toda duda la datación de la basílica de Alcuéscar en la segunda mitad del siglo VII, pues comparte con los edificios del período de esplendor visigodo múltiples paralelismos: aparejo regular de sillería, arcos y abovedamientos de sección de herradura, decoración geométrica y vegetal dispuesta en fajas esculpidas, de la que desgraciadamente perviven tan solo fragmentos,... 

 El edificio de San Fructuoso de Montelios, cerca de Braga (Portugal) es una pequeña construcción mandada erigir por el santo de este nombre para celebrar sus misas privadas y como lugar de enterramiento. Este importante personaje, que llegó a ser obispo de Dumio y metropolitano de Braga, murió en el año 665, disponiendo su sepultura, en señal de humildad, en uno de los arcosolios del muro norte de la cabecera. Tal referencia cronológica ha permitido la datación del edificio en el tercer cuarto del siglo VII.

 El mausoleo fue ideado con una planta de cruz griega. Los cuatro brazos son rectos exteriormente, pero se manifiestan al interior en forma de arcos de herradura, excepto el de los pies que lo hace de forma cuadrangular. La capilla, la zona del transepto y los brazos laterales son espacios cupulados sobre pechinas, mientras que en los pies se recurre a la bóveda de cañón.
La elección formal  de San Fructuoso de Montelios tiene sus orígenes en el mundo bizantino, donde la planta centralizada solía corresponderse frecuentemente con construcciones martiriales o con función funeraria. Los investigadores han propuesto, en este sentido, numerosos modelos de inspiración para ella: la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla, el templo de San Juan en Éfeso, el mausoleo de Gala Placidia, San Vital de Rávena... Si bien es cierto que esta estructura puede retrotraerse en último término a Oriente, semejante tipo de edificación ya se había ensayado previamente en la España visigoda, en concreto en algunas basílicas del siglo VI a las que ya nos hemos referido, como La Cocosa (Badajoz) o Valdecebadar, cercana a Olivenza, que resultan, sin duda, referentes más cercanos para San Fructuoso.

 El crucero está delimitado por cuatro grandes arcos de herradura, que cobijan otros tres, de menor tamaño. Dentro de las capillas existen columnas que soportan las pequeñas cúpulas, creando un estrecho pasillo alrededor con función de deambulatorio. Este sistema de apoyos está, como todo el conjunto, en conexión directa con la arquitectura ravenaica del siglo VI. Lo misma filiación se otorga a la articulación de los muros externos, a base de arquerías ciegas, que alternan los remates angulares con los de medio punto, sobre pilastras lisas, muy semejantes a los de la fachada del Mausoleo de Gala Placidia. Sobre éstas se dispone una estrecha cenefa sogueada. 
Al exterior, las capillas rematan en frontones triangulares. El cimborrio sobresale como una torre central con cubierta a cuatro vertientes, decorándose  por un friso de arquillos ciegos, alternándose los de herradura con los que rematan en mitra, precedente de los que aparecerán en la arquitectura románica posterior.  Como colofón del mismo, una delgada moldura en la que se mezclan perlas, hojas y sogueado.

Interiormente, la ornamentación es muy clásica. Se reduce a los capiteles corintios que rodean el crucero, bellamente tallados a trépano, y al friso corrido de acantos que se prolonga a partir de las pilastras de separación. 
 Destaca en San Fructuoso la utilización de un aparejo de sillería de buena calidad combinado en algunas zonas concretas, como en la cúpula del crucero, con ladrillo visto de pequeño tamaño.