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EL ARTE VISIGODO
5/9
Por Noelia Silva Santa-Cruz
ISBN-84-9714-008-7
 

La planta cruciforme también está presente en otro tipo de construcciones religiosas. Se trata de iglesias monacales, ubicadas cerca de caminos, habitadas por una pequeña comunidad de eclesiásticos cuyo cometido era proporcionar atención espiritual al caminante (misas, sacramentos,...), además de darle cobijo en caso de necesidad. Los dos ejemplos más relevantes de esta modalidad son Santa Comba de Bande (Orense) y San Pedro de la Mata (Toledo). 

Santa Comba de Bande es la obra que mejor se conserva, definiendo perfectamente las características del tipo: planta cruciforme inscrita en un rectángulo, del que sobresale el ábside cuadrangular. Posee un atrio a los pies que se comunica con sendas habitaciones laterales, dispuestas a derecha e izquierda. Adosadas a éstas existían otras estancias, a las que se accedía desde los brazos del crucero, sumándose a ellas otras dos más en la zona de la cabecera, con entrada desde la nave longitudinal. Las cámaras conectadas con el pórtico debieron utilizarse como refugio para caminantes y peregrinos, mientras que las que tenían acceso desde el interior del templo probablemente fueron las celdas de los religiosos que custodiaban el santuario. Hoy han desaparecido todas ellas, conservándose sólo la que destinada a los monjes, se erigió en el lado norte, junto a la capilla mayor. Sobre el ábside se encuentra una pequeña cámara, a la que sólo se tiene acceso a través de la ventana que se abre sobre el arco toral. Se ha especulado mucho con su función, dada su recóndita ubicación. Actualmente es considerada como una estancia destinada a albergar los tesoros del templo, aunque también se ha sugerido que pudiera haber sido utilizada como campanario.

 El sistema de cubrimiento del templo es sencillo: la zona cuadrada central se organiza mediante un gran cimborrio, siguiendo el sistema de bóveda de aristas. Perpendiculares a éste, en las dos naves cruzadas, se disponen cuatro bóvedas de cañón con forma de herradura. La extrema ligereza de las cubiertas, derivada de su fabricación en ladrillo, hace innecesario un abovedamiento complementario en las habitaciones laterales, que debieron tener techumbres de madera. Los arcos empleados son en su totalidad de perfil de herradura.  

 La decoración interior de Santa Comba de Bande es de gran sobriedad. Al presbiterio se accede a través de un arco apoyado sobre columnas con una pareja de capiteles a cada lado. Los dos que dan a la nave se consideran obras romanas reaprovechadas, mientras los dos interiores han sido interpretados como copias medievales. 

 Existe también una cinta sogueada en resalto que recorre toda la línea de impostas de los arcos del crucero. Para algunos especialistas, tanto ésta como algunos de los capiteles arriba mencionados, podrían pertenecer a la restauración efectuada en el año 872, de la que se tiene noticia a través de un documento del monasterio de Celanova, recogido en el llamado Tumbo de Zamora del Archivo Histórico Nacional de Madrid.  En él se alude al encargo hecho por Alfonso III a su hermano Odoario para repoblar la región de Chaves, y la posterior delegación de Odoario en su primo el diácono Odoyno para que repoblase el valle de Limia y reconstruyese las iglesias de Santa Comba de Bande y Santa Columba.

 La mayor concentración ornamental se produce, como es habitual, en el ábside. Una estrecha orla, realizada con talla a bisel, arranca de la bóveda y se prolonga por el muro testero, ciñéndolo y realzando el vano que se abre en el mismo. Está constituida por un roleo vegetal que incluye racimos de uvas, pequeñas hojas, flores,... tomados directamente de modelos clásicos. Su simbolismo es manifiesto. A través de las uvas se alude a la Eucaristía, mientras las hojas y flores hacen referencia al florecimiento de la vida derivado de Ésta.

 En conexión directa con Santa Comba de Bande se encuentra la iglesia de San Pedro de la Mata (Toledo), actualmente en ruinas. Gracias a un fragmento de inscripción hallado en las proximidades, la edificación ha podido ser fechada en la época de Wamba, en la segunda mitad del siglo VII. A pesar de su deficiente estado de conservación, las excavaciones realizadas en el conjunto arquitectónico han permitido deducir su planta. Responde al tipo cruciforme inscrito en un rectángulo, con una serie de habitáculos yuxtapuestos a ambos lados del ábside, así como en la zona sur de los pies, flanqueando el pórtico. La aparición de tales estancias, al igual que ocurre en Santa Comba de Bande, nos sitúa nuevamente ante un edificio de tipo monástico, rodeado de celdas para los monjes y de espacios para albergar caminantes o peregrinos.

 La conservación parcial del presbiterio ha permitido saber que era cuadrado y estaba cubierto por bóveda de cañón. Se ornamentaba como en Bande, mediante bandas vegetales con decoración de racimos de uvas, de referencia eucarística. La mayoría de tales frisos se encuentran actualmente incrustados en las iglesias próximas de Casalgordo y de Arisgotas, quedando escasos fragmentos in situ.  

 Una de las iglesias más emblemáticas de toda la arquitectura visigoda es la de San Pedro de la Nave (Zamora). Originalmente ubicada a orillas del río Esla, en su confluencia con el Aliste, entre 1930 y 1932 fue desmontada piedra a piedra y trasladada de lugar por el arquitecto Alejandro Ferrant, para salvar la construcción de un embalse que iba a inundar los terrenos sobre los que se erigía, volviéndose a edificar a dos kilómetros de su emplazamiento primitivo, junto a la localidad de Campillo de Arenas, donde quedó instalada definitivamente. 

 Se trata de un edificio en que se funden la planta cruciforme y basilical.  Está constituido por un rectángulo dividido en tres naves atravesadas por otra  considerada como un transepto. Los brazos del mismo se prolongan mediante la inclusión de sendos pórticos. La nave central sobresale también del rectángulo mediante un ábside cuadrangular. Completan la estructura dos estancias que, en la parte de la cabecera, se comunican con la nave central mediante pequeñas puertas y ventanas de triple vano. Las tres naves de los pies se conectan entre sí por arcos sobre pilares y, con el crucero, sólo a través de dobles ventanas. Existen, además, tres habitaciones con ingreso únicamente desde el interior del templo (una sobre la capilla mayor, y las otras dos sobre los pórticos ubicados en los brazos del crucero).

 Algunos investigadores, como Ramón Corzo, han tratado de explicar la complejidad de la planta aceptando la existencia de dos fases sucesivas en la construcción del templo, hipótesis que, en su opinión, podría resolver las discordancias entre la cabecera y el crucero, y el resto de las naves hasta los pies, de estructura basilical. 

  Si bien tradicionalmente, siguiendo a Camps Cazorla, y en base a la inclusión de las cámaras en la cabecera, San Pedro de la Nave ha sido identificado como una iglesia monacal,  en la actualidad, el profesor Olaguer-Feliu ha optado por interpretarlo más bien como un templo dedicado al culto público, considerando que la presencia de dos naves laterales en el cuerpo de la iglesia, comunicadas por arquerías, aumentaba en gran medida su capacidad para acoger fieles. 
En conexión con ello, valora los dos pórticos laterales, identificándolos como lugares de reunión o de espera de los fieles antes de comenzar las ceremonias litúrgicas, así como las dos estancias aludidas (con función de sacristías, para guardar los objetos relacionados con el culto) y las cámaras elevadas, de difícil acceso, donde custodiar los objetos más valiosos del templo. 

 Aunque resulta difícil confirmar cual fue su función primitiva, sabemos que algunos siglos después, la iglesia fue utilizada como convento, ya que en un  documento del año 907, que recoge la entrega de una donación por parte de Alfonso III, se hace referencia  al mismo con el nombre de Monasterio de San Pedro y San Pablo, ubicado en el lugar “que llaman de la Nave”.

  La estética del edificio se define dentro de las estructuras más típicamente visigodas, datándose en época tardía, en las últimas décadas de esplendor hispano-godo, dentro de los años comprendidos entre el 680 y el 711. Fue erigido mediante grandes sillares bien escuadrados y asentados en seco, lo que favoreció enormemente su traslado al nuevo emplazamiento, sin que sufriera ningún daño. El aparejo regular se utilizó también para conformar los abovedamientos, aunque en la actualidad éstos hayan sido completados con ladrillo.

 Es interesante resaltar la utilización por primera vez en el arte visigodo de pilastras realizadas en cantería de buena calidad, que pueden considerarse el antecedente directo de la solución arquitectónica acometida en las iglesias del reino astur. Asimismo, se impone el empleo en el interior del templo, de pequeñas ventanas o saeteras, que permiten el paso de la luz dentro del espacio eclesiástico sin necesidad de aligerar los muros, pues éstos debían ser necesariamente gruesos y consistentes para soportar el enorme peso de la cubrición en piedra.

 La armonía y perfección constructiva de San Pedro de la Nave se realza y completa en su interior mediante una rica ornamentación escultórica. Ésta conforma un auténtico programa iconográfico de valor simbólico. Se ha identificado la intervención en la misma de dos manos, o dos grupos de artesanos distintos, los cuales, para algunos estudiosos, como Ramón Corzo, se ajustarían estrictamente a las dos fases cronológicas sucesivas en las que hipotéticamente fue elevado del templo. En la primera etapa, más antigua, serían tallados por un artesano o taller los capiteles del arco que abre a la capilla mayor, sus impostas y los frisos ornamentales que ciñen las paredes del templo, desde la cabecera hasta la nave central.  En otra segunda etapa, más moderna, un artista de gran calidad, conocido como “el maestro de San Pedro de la Nave”, acometería la realización de los capiteles figurados de las pilastras sobre las que apoya el cimborrio, así como sus bases e impostas, los frisos situados bajo las bóvedas de la nave central, y los de encima de las ventanas de la misma.