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planta cruciforme también está presente en otro tipo
de construcciones religiosas. Se trata de iglesias monacales, ubicadas
cerca de caminos, habitadas por una pequeña comunidad de eclesiásticos
cuyo cometido era proporcionar atención espiritual al caminante
(misas, sacramentos,...), además de darle cobijo en caso de necesidad.
Los dos ejemplos más relevantes de esta modalidad son Santa Comba
de Bande (Orense) y San Pedro de la Mata (Toledo).
Santa Comba de Bande es la obra que mejor
se conserva, definiendo perfectamente las características del tipo:
planta cruciforme inscrita en un rectángulo, del que sobresale el
ábside cuadrangular. Posee un atrio a los pies que se comunica con
sendas habitaciones laterales, dispuestas a derecha e izquierda. Adosadas
a éstas existían otras estancias, a las que se accedía
desde los brazos del crucero, sumándose a ellas otras dos más
en la zona de la cabecera, con entrada desde la nave longitudinal. Las
cámaras conectadas con el pórtico debieron utilizarse como
refugio para caminantes y peregrinos, mientras que las que tenían
acceso desde el interior del templo probablemente fueron las celdas de
los religiosos que custodiaban el santuario. Hoy han desaparecido todas
ellas, conservándose sólo la que destinada a los monjes,
se erigió en el lado norte, junto a la capilla mayor. Sobre el ábside
se encuentra una pequeña cámara, a la que sólo se
tiene acceso a través de la ventana que se abre sobre el arco toral.
Se ha especulado mucho con su función, dada su recóndita
ubicación. Actualmente es considerada como una estancia destinada
a albergar los tesoros del templo, aunque también se ha sugerido
que pudiera haber sido utilizada como campanario.
El sistema de cubrimiento del templo
es sencillo: la zona cuadrada central se organiza mediante un gran cimborrio,
siguiendo el sistema de bóveda de aristas. Perpendiculares a éste,
en las dos naves cruzadas, se disponen cuatro bóvedas de cañón
con forma de herradura. La extrema ligereza de las cubiertas, derivada
de su fabricación en ladrillo, hace innecesario un abovedamiento
complementario en las habitaciones laterales, que debieron tener techumbres
de madera. Los arcos empleados son en su totalidad de perfil de herradura.
La decoración interior de
Santa Comba de Bande es de gran sobriedad. Al presbiterio se accede a través
de un arco apoyado sobre columnas con una pareja de capiteles a cada lado.
Los dos que dan a la nave se consideran obras romanas reaprovechadas, mientras
los dos interiores han sido interpretados como copias medievales.
Existe también una cinta
sogueada en resalto que recorre toda la línea de impostas de los
arcos del crucero. Para algunos especialistas, tanto ésta como algunos
de los capiteles arriba mencionados, podrían pertenecer a la restauración
efectuada en el año 872, de la que se tiene noticia a través
de un documento del monasterio de Celanova, recogido en el llamado Tumbo
de Zamora del Archivo Histórico Nacional de Madrid. En él
se alude al encargo hecho por Alfonso III a su hermano Odoario para repoblar
la región de Chaves, y la posterior delegación de Odoario
en su primo el diácono Odoyno para que repoblase el valle de Limia
y reconstruyese las iglesias de Santa Comba de Bande y Santa Columba.
La mayor concentración ornamental
se produce, como es habitual, en el ábside. Una estrecha orla, realizada
con talla a bisel, arranca de la bóveda y se prolonga por el muro
testero, ciñéndolo y realzando el vano que se abre en el
mismo. Está constituida por un roleo vegetal que incluye racimos
de uvas, pequeñas hojas, flores,... tomados directamente de modelos
clásicos. Su simbolismo es manifiesto. A través de las uvas
se alude a la Eucaristía, mientras las hojas y flores hacen referencia
al florecimiento de la vida derivado de Ésta.
En conexión directa con Santa
Comba de Bande se encuentra la iglesia de San Pedro de la Mata (Toledo),
actualmente en ruinas. Gracias a un fragmento de inscripción hallado
en las proximidades, la edificación ha podido ser fechada en la
época de Wamba, en la segunda mitad del siglo VII. A pesar de su
deficiente estado de conservación, las excavaciones realizadas en
el conjunto arquitectónico han permitido deducir su planta. Responde
al tipo cruciforme inscrito en un rectángulo, con una serie de habitáculos
yuxtapuestos a ambos lados del ábside, así como en la zona
sur de los pies, flanqueando el pórtico. La aparición de
tales estancias, al igual que ocurre en Santa Comba de Bande, nos sitúa
nuevamente ante un edificio de tipo monástico, rodeado de celdas
para los monjes y de espacios para albergar caminantes o peregrinos.
La conservación parcial del
presbiterio ha permitido saber que era cuadrado y estaba cubierto por bóveda
de cañón. Se ornamentaba como en Bande, mediante bandas vegetales
con decoración de racimos de uvas, de referencia eucarística.
La mayoría de tales frisos se encuentran actualmente incrustados
en las iglesias próximas de Casalgordo y de Arisgotas, quedando
escasos fragmentos in situ.
Una de las iglesias más emblemáticas
de toda la arquitectura visigoda es la de San Pedro de la Nave (Zamora).
Originalmente ubicada a orillas del río Esla, en su confluencia
con el Aliste, entre 1930 y 1932 fue desmontada piedra a piedra y trasladada
de lugar por el arquitecto Alejandro Ferrant, para salvar la construcción
de un embalse que iba a inundar los terrenos sobre los que se erigía,
volviéndose a edificar a dos kilómetros de su emplazamiento
primitivo, junto a la localidad de Campillo de Arenas, donde quedó
instalada definitivamente.
Se trata de un edificio en que se
funden la planta cruciforme y basilical. Está constituido
por un rectángulo dividido en tres naves atravesadas por otra
considerada como un transepto. Los brazos del mismo se prolongan mediante
la inclusión de sendos pórticos. La nave central sobresale
también del rectángulo mediante un ábside cuadrangular.
Completan la estructura dos estancias que, en la parte de la cabecera,
se comunican con la nave central mediante pequeñas puertas y ventanas
de triple vano. Las tres naves de los pies se conectan entre sí
por arcos sobre pilares y, con el crucero, sólo a través
de dobles ventanas. Existen, además, tres habitaciones con ingreso
únicamente desde el interior del templo (una sobre la capilla mayor,
y las otras dos sobre los pórticos ubicados en los brazos del crucero).
Algunos investigadores, como Ramón
Corzo, han tratado de explicar la complejidad de la planta aceptando la
existencia de dos fases sucesivas en la construcción del templo,
hipótesis que, en su opinión, podría resolver las
discordancias entre la cabecera y el crucero, y el resto de las naves hasta
los pies, de estructura basilical.
Si bien tradicionalmente, siguiendo
a Camps Cazorla, y en base a la inclusión de las cámaras
en la cabecera, San Pedro de la Nave ha sido identificado como una iglesia
monacal, en la actualidad, el profesor Olaguer-Feliu ha optado por
interpretarlo más bien como un templo dedicado al culto público,
considerando que la presencia de dos naves laterales en el cuerpo de la
iglesia, comunicadas por arquerías, aumentaba en gran medida su
capacidad para acoger fieles.
En conexión con ello, valora los
dos pórticos laterales, identificándolos como lugares de
reunión o de espera de los fieles antes de comenzar las ceremonias
litúrgicas, así como las dos estancias aludidas (con función
de sacristías, para guardar los objetos relacionados con el culto)
y las cámaras elevadas, de difícil acceso, donde custodiar
los objetos más valiosos del templo.
Aunque resulta difícil confirmar
cual fue su función primitiva, sabemos que algunos siglos después,
la iglesia fue utilizada como convento, ya que en un documento del
año 907, que recoge la entrega de una donación por parte
de Alfonso III, se hace referencia al mismo con el nombre de Monasterio
de San Pedro y San Pablo, ubicado en el lugar “que llaman de la Nave”.
La estética del edificio
se define dentro de las estructuras más típicamente visigodas,
datándose en época tardía, en las últimas décadas
de esplendor hispano-godo, dentro de los años comprendidos entre
el 680 y el 711. Fue erigido mediante grandes sillares bien escuadrados
y asentados en seco, lo que favoreció enormemente su traslado al
nuevo emplazamiento, sin que sufriera ningún daño. El aparejo
regular se utilizó también para conformar los abovedamientos,
aunque en la actualidad éstos hayan sido completados con ladrillo.
Es interesante resaltar la utilización
por primera vez en el arte visigodo de pilastras realizadas en cantería
de buena calidad, que pueden considerarse el antecedente directo de la
solución arquitectónica acometida en las iglesias del reino
astur. Asimismo, se impone el empleo en el interior del templo, de pequeñas
ventanas o saeteras, que permiten el paso de la luz dentro del espacio
eclesiástico sin necesidad de aligerar los muros, pues éstos
debían ser necesariamente gruesos y consistentes para soportar el
enorme peso de la cubrición en piedra.
La armonía y perfección
constructiva de San Pedro de la Nave se realza y completa en su interior
mediante una rica ornamentación escultórica. Ésta
conforma un auténtico programa iconográfico de valor simbólico.
Se ha identificado la intervención en la misma de dos manos, o dos
grupos de artesanos distintos, los cuales, para algunos estudiosos, como
Ramón Corzo, se ajustarían estrictamente a las dos fases
cronológicas sucesivas en las que hipotéticamente fue elevado
del templo. En la primera etapa, más antigua, serían tallados
por un artesano o taller los capiteles del arco que abre a la capilla mayor,
sus impostas y los frisos ornamentales que ciñen las paredes del
templo, desde la cabecera hasta la nave central. En otra segunda
etapa, más moderna, un artista de gran calidad, conocido como “el
maestro de San Pedro de la Nave”, acometería la realización
de los capiteles figurados de las pilastras sobre las que apoya el cimborrio,
así como sus bases e impostas, los frisos situados bajo las bóvedas
de la nave central, y los de encima de las ventanas de la misma.

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