| Son
especialmente interesantes las dos parejas de capiteles ubicadas en el
crucero, de forma troncopiramidal y coronados por una pieza en forma de
ábaco prismático. Los dos ejemplares más cercanos
a los pies, ostentan en sus frentes sendos temas bíblicos: Daniel
en el foso de los leones (en el lado izquierdo) y el Sacrificio de Isaac
(en el lado derecho). Las inscripciones capitales que incorporan conectan
estas escenas con miniaturas de manuscritos, probablemente visigodos, que
no se han conservado. En los laterales del capitel de Daniel, se incorporan
las representaciones de cuerpo entero de san Felipe y santo Tomás,
acompañados de epígrafes que los identifican, así
como de sus atributos distintivos. En el capitel del Sacrificio de Isaac,
por su parte, y siguiendo unas características formales y estilísticas
muy próximas, se insertan en los laterales las representaciones
de San Pedro y San Pablo. En los ábacos de ambos encontramos aves
de difícil identificación, pavos reales, palomas o simples
gallináceas, picoteando elementos vegetales que surgen de roleos.
Por medio de estos asuntos y alegorías
bíblicas, cuidadosamente seleccionados, se instruye y alecciona
al fiel presente en las ceremonias del templo. A través de la referencia
a Abraham, se le recomienda obedecer a Dios en toda circunstancia, sean
cuales sean sus designios, y, mediante la alusión a Daniel, se le
alienta a recurrir a la oración para solicitar la ayuda divina.
Se le recuerda el modelo de vida y el ejemplo de salvación de cuatro
apóstoles: san Pedro, san Pablo, santo Tomás y san Felipe,
estrechamente vinculados con Cristo y, finalmente, se alude simbólicamente
al valor redentor de la Eucaristía (aves picoteando racimos).
La otra pareja de capiteles del
crucero, los situados más cerca de la cabecera, exhiben parejas
de aves afrontadas picoteando racimos de uvas que surgen de un tallo central
(nueva alusión eucarística). En los laterales del capitel
de la derecha, aparecen dos cabezas con tonsura en forma de corona y nimbo
avenerado. Otras dos cabezas se hallan en los lados del ejemplar de la
izquierda, aunque en este caso, llevan barba y no presentan ni nimbo ni
tonsura. Ambos grupos han sido interpretados como representaciones de santos,
probablemente de procedencia oriental. Los ábacos, por su parte,
incorporan nuevamente cabezas humanas que alternan con racimos de uvas
y elementos vegetales, una especie de piñas. La existencia
de cuatro rostros enfrentados, dos en cada ábaco, ha hecho pensar
que nos encontremos ante una alusión a los cuatro evangelistas.
El último par de capiteles
es el situado en las columnas sobre las que apoya el arco de ingreso a
la capilla mayor, el lugar más sagrado del templo. En sus frentes
se incorporan arcos, probables alegorías que indican al fiel el
acceso a la Casa Celestial, y en sus laterales, flores de doce pétalos
(alusión a la inmortalidad). Los cimacios, por su parte, exhiben
dos registros de tallos ondulados con vides de referencia eucarística
y cruces patadas insertas en círculos, muy semejantes a las que
veíamos en San Juan de Baños, símbolo de Cristo.
Los muros del presbiterio están
ceñidos por una franja constituida por círculos enlazados
que alternan elementos ya analizados (cruces, racimos de uvas, flores de
doce pétalos,...) con otros nuevos, como las ruedas solares, de
rayos curvos, interpretadas como alegorías de la luz que rodea siempre
a la divinidad. El interés ornamental se concentra también
en las ventanas del ábside, ricamente decoradas, especialmente la
que se abre en el muro testero, que presenta una venera a modo de hornacina
y un recuadro con diagonales.
La banda decorativa se prolonga
a lo largo de los muros del cuerpo de la iglesia y del crucero, con escasas
variantes en la disposición de los motivos y con la misma
interpretación metafórica, casi jeroglífica.
Nos encontramos, por tanto, ante
un templo de culto público en el que se desarrolla un programa iconográfico-alegórico
de origen paleocristiano bien organizado, destinado a adoctrinar al fiel,
en el que no faltan influencias bizantinas, pero al que se da una interpretación
material genuinamente visigoda, al recurrir a la técnica de talla
a bisel. La enorme trascendencia de este conjunto monumental reside precisamente
en esto, en su capacidad de trasmitir mensajes teológicos a los
fieles a través de sus manifestaciones artísticas, en este
caso de sus relieves, adelantándose en algunos siglos a las grandes
construcciones románicas, cuya finalidad docente es por todos conocida.
Junto con el de San Pedro de la Nave,
el otro gran conjunto escultórico visigodo lo encontramos en la
ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas (Burgos),
ubicada geográficamente en la histórica región de
Lara. Hoy día, de ella tan sólo se conservan en pie la cabecera
y parte del crucero. No obstante, las diferentes campañas de excavaciones
arqueológicas llevadas a cabo allí desde 1935, han permitido
reconstruir la disposición original de la misma, al hallar las huellas
de cimentación de la totalidad del edificio. Se trataría
de una iglesia de planta de cruz latina o basilical, de tres naves, la
central más ancha que las laterales, con ábside sobresaliente
recto y transepto finalizado en dos habitaciones cuadradas, utilizadas
probablemente como celdas o sacristías, que se comunicarían
con éste mediante puertas. A los pies existiría un pórtico
de acceso, flanqueado por dos estancias independientes, de la misma anchura
que las naves laterales, distribución ésta muy semejante
a los aposentos para peregrinos que vimos en Santa Comba de Bande y San
Pedro de la Mata. Probablemente Quintanilla de las Viñas fue una
iglesia monástica, en la que se impartía culto público,
además de utilizarse también como refugio para caminantes.
El alzado de los muros remite a las construcciones
de fines del siglo VII, como San Pedro de la Nave, en función de
la gran calidad de su aparejo, a base de grandes sillares de piedra arenisca
asentados a hueso.
La zona del presbiterio se cubrió
mediante bóveda vaída de aristas, de la que se conserva el
arranque, misma solución que en el cimborrio y que las naves laterales.
Las últimas teorías se inclinan porque en el crucero y en
la nave central se recurriese a la techumbre de madera.
Exteriormente, la cabecera de la ermita
se halla realzada mediante orlas esculpidas en relieve que recorren sus
muros. El muro testero, el más importante, presenta tres franjas
que se disponen en registros superpuestos, constituidas por círculos
sogueados enlazados, conteniendo un rico repertorio temático. La
orla superior encierra en sus circunferencias diversos animales de perfil:
aves, ciervos, felinos, toros, grifos,.... inspirados directamente en los
tejidos bizantinos que llegaban a la Península a través del
comercio, conocidos con el nombre de pallia rotata, denominación
derivada de la distribución de su espacio en tondos circulares en
los que se insertan las figuras.
El friso intermedio incorpora dentro de
los círculos, estrellas de seis puntas alternando con monogramas
dispuestos en forma cruciforme, que han sido transcritos de diversas maneras:
para unos la lectura correcta sería “Flamola. Daniel. Fecerunt”,
para otros “Adelfonsus. Daniel (o Danila) Fecerunt” e incluso hay
quien lee, “Adelfonsus Legione y Fredenandus Castella”. Tales inscripciones,
a la espera de una explicación convincente sobre las mismas, siguen
resultando de oscuro significado. Algunos autores las conectan con el epígrafe
ubicado sobre el capitel-imposta del arco toral, que más adelante
analizaremos. Por su parte, el friso inferior exhibe, siguiendo la tradición
paleocristiana de carácter simbolista, hojas y racimos de vides.
Tanto los muros laterales de la cabecera
como los brazos del crucero conservados, poseen también orlas decorativas
en relieve, conformando en este caso un número de dos, que se corresponden
con las prolongaciones de los frisos intermedio e inferior del testero.
Éste último repite los motivos de uvas y hojas, pero el intermedio,
tornado ahora en superior, incorpora algunas representaciones novedosas,
basadas en diferentes modalidades de aves: pavos reales, patos, perdices,...
y arbolillos, probablemente una traslación del tema oriental del
Hom o Árbol de la Vida, todos ellos integrados en tondos,
con la misma idea de los textiles orientales. Estos registros organizados
en círculos pueden ponerse en paralelo con la ornamentación
escultórica de San Pedro de la Nave.
La riqueza relivaria de Quintanilla de
las Viñas es todavía mayor en su interior. El arco de herradura
por el que se accede a la capilla mayor está profusamente decorado.
Su rosca muestra un tallo ondulante, que conformando roleos, incorpora
racimos, palmetas y aves, alternando palomas y pavos reales. La interpretación
de estos motivos está, como es habitual, íntimamente vinculada
a la simbología paleocristiana. Las uvas son símbolo
de la Eucaristía, la paloma es la alegoría de la resurrección
(en alusión a aquella que anunció a Noé el final del
diluvio) y el pavo real materializa la idea, de origen clásico y
que luego pasó al mundo cristiano, de la presencia de Dios que todo
lo ve, en relación con su cola desplegada donde, como si fueran
ojos, se disponen multitud de formas ovales.
El arco toral apoya sobre dos capiteles-impostas
rectangulares, que presentan en sus caras frontales escenas muy similares:
sendas parejas de ángeles sostienen discos con la representación
del sol y de la luna en forma de busto, siguiendo la disposición
clásica de imago clipeata. Su identificación es indudable,
dado que se acompañan de rótulos con sus nombres. El
sol tiene la cabeza enmarcada por rayos, mientras que la luna soporta sobre
la misma un creciente. Aunque pueda resultar sorprendente encontrar estas
representaciones paganas en el Medievo, no hay que olvidar que la iconografía
paleocristana bebió directamente de fuentes clásicas, adaptándolas
a sus necesidades litúrgicas. En la Grecia Clásica, el tema
del sol (Helios) y la luna (Selene) flanqueados, por efebos y doncellas
se interpretaba como el inalterable discurrir del tiempo, la eterna sucesión
del día y la noche. Cristianizado el asunto, al transformar los
muchachos y las damas en ángeles, la metáfora a la que hacen
alusión sigue siendo la misma: el reiterado e ineludible paso del
tiempo, la Eternidad. En ocasiones, y siguiendo la simbología dada
por la patrística, el sol y la luna han sido identificados también,
respectivamente, con Cristo y la Iglesia. Algunos historiadores del arte,
no obstante, otorgan a estos relieves una interpretación mucho
más compleja, ligada a la persistencia del culto mitríaco
en la Península o conectando su iconografía con el rito maniqueo.

|