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EL ARTE VISIGODO
7/9
Por Noelia Silva Santa-Cruz
ISBN-84-9714-008-7
 

El bloque-capitel con el Sol lleva sobre él una inscripción que dice:  “Oc exiguum exigua offert domina Flammola votum Deo”, cuya traducción sería: “La modesta dama Flamola ofrece este pequeño presente como un voto a Dios”.  Esta mujer ha sido identificada como la esposa de Gundisalvo Telliz, conde de Lara, quien restauró el edificio en el año 879. 
Sobre las impostas y la rosca del arco ya descritos se halla un sillar rectangular con una figura barbada y coronada con nimbo crucífero,  bendiciendo, sin duda, la imagen de Cristo. En otras dos piezas sueltas se disponen una pareja de personajes que sostienen libros en sus manos, probablemente Evangelistas. El estilo de todas estas tallas es bastante tosco, muy lineal y absolutamente carente de modelado. Las figuras están recortadas en un solo plano, sobre un fondo profundo, siguiendo la típica técnica de ejecución goda, también empleada en San Pedro de la Nave.

Existen todavía dos relieves más, que quizá estuvieron ubicados originalmente en la nave central, pero que actualmente están depositados en el suelo del presbiterio. Son bastante semejantes entre sí. Muestran dos bustos sostenidos por parejas de ángeles. Uno de ellos incorpora una figura masculina que porta una cruz, y el otro presenta una imagen que ha sido identificada reiteradamente como una mujer con la mano cruzada sobre el pecho. Se han interpretado como relieves de Cristo y de la Virgen, aunque las últimas investigaciones tienden a otorgarlos un carácter funerario, ya que los ángeles flanqueando una forma humana fueron en la iconografía paleocristiana un símbolo necrológico, tomado del arte romano, donde era frecuente representar al difunto acompañado por los genios de la muerte.

La iglesia de San Giao de Nazaré, en la zona de la Extremadura portuguesa, proporciona otra planta con solución de crucero. Se suele leer como una cruz inscrita en un cuadrado, del que sobresale la capilla mayor. El cuerpo del templo se divide en tres naves, aunque éstas no están comunicadas entre sí, sino que forman una serie de habitaciones laterales. Lo mismo ocurre en la zona del crucero, que está dividida en tres ambientes mediante soportes colocados siguiendo la línea de muro de la nave principal. Semejante compartimentación de espacios, acentuada por la utilización de canceles de separación, así como la existencia de un acceso directo al transepto desde el exterior, situado en el lateral norte, junto al ábside,  hace pensar que pudiera tratarse de un edificio monástico, como en el caso de San Pedro de la Nave. El sistema de cubiertas es de techumbre face="Arial, Helvute;a, salvo una posible bóveda en la capilla. Por otra parte, las excavaciones llevadas a cabo han detectado la existencia de una tribuna en la parte oeste, a los pies del templo.
En la catedral de Palencia se conservan los restos de la que fue otra construcción visigoda del período de esplendor: la conocida como Cripta de San Antolín. Según la tradición, en el año 672, durante el reinado de Wamba y el pontificado de Ascario, se hicieron trasladar las reliquias de San Antolín desde Narbona a Palencia, erigiendo allí un templo para albergar los restos del santo, que se convirtió inmediatamente en un importante centro de culto y peregrinación de la Hispania goda.

De este edificio sólo han llegado hasta nosotros algunos restos, situados bajo el Coro de la Catedral actual, muy alterados por la construcción que en 1035 se hizo junto a ellos por iniciativa del Obispo Pelayo de Oviedo. No obstante, son el único recuerdo que nos queda de la que debió ser una importante fundación regia, en la que probablemente trabajaron arquitectos procedentes de la corte. De la fábrica primitiva sólo se conserva una minúscula nave rectangular, que presenta a ambos lados unos arcos de herradura, en la actualidad cegados y, en su fondo, tres arquillos también de herradura sobre gruesas columnas con sus capiteles-impostas decorados con temas geométricos.

A pesar de la dificultad que entraña su análisis, por estar muy modificada su disposición original a consecuencia de la construcción del siglo XI, así como por hallarse sus muros embebidos en los cimientos de la Catedral actual, la gran mayoría de los investigadores creen que nos encontramos ante los vestigios de una pequeña iglesia de planta cruciforme con finalidad funeraria o ante un martyrium rectangular, dada la similitud de la arquería conservada con las que rodean el cuadrado del cimborrio de San Fructuoso de Montelios. 

Otro edificio completamente disfrazado por añadidos posteriores es el de San Pedro de Balsemao, próximo a Lamego, en Portugal. Se encuentra tan rehecho que lo único que parece original de época visigoda es su disposición en planta. Se trata de una iglesia basilical dividida longitudinalmente en tres naves, de la que sobresale la cabecera rectangular exenta. La comunicación entre las naves laterales y la principal, ligeramente más ancha, se realiza a través de tres arcos sostenidos por columnas, solución arquitectónica muy semejante a la existente en San Fructuoso de Montelios y San Antolín de Palencia.

Aunque en conjunto, la arquitectura visigoda del período de auge se caracteriza por una gran diversidad tipológica en planta, resulta significativa su homogeneidad en cuanto a paramento, tratamiento decorativo de las superficies, soluciones arquitectónicas o sistemas constructivos,..., que definen perfectamente el prototipo de edificación del siglo VII, haciéndolo inconfundible.

Restos de Ciudades.

 En Toledo, capital del reino visigodo al menos desde el año 546, debieron centrarse durante el período de esplendor los trabajos arquitectónicos más relevantes, destinados a engrandecer y adornar la sede de la monarquía. El crecimiento de la ciudad debió ser importante en el siglo VII. A través de testimonios escritos, sabemos que en torno al año 674 el rey Wamba sometió a la urbe a una gran ampliación y renovación, en la que se erigieron numerosas iglesias y monasterios, así como residencias de carácter civil y edificaciones militares, como las sólidas murallas que rodeaban la misma. Ninguna de estas construcciones, ni las correspondientes a etapas anteriores o posteriores, han llegado hasta nosotros en pie. Los avatares históricos de la ciudad, principalmente la ocupación musulmana, hicieron desaparecer todos los vestigios visigodos. Tan sólo perviven algunos fragmentos aislados de este pasado esplendoroso. Destacan entre ellos los nichos de altar, utilizados ya en el siglo VI, pero que se generalizarán enormemente en la centuria siguiente. Se trata de elementos arquitectónicos, que debieron emplearse a modo de ara, colocándose en el fondo de los presbiterios. Consistían en una hornacina, generada a partir de un arco de medio punto apoyado sobre columnas que cobijaba frecuentemente una venera. Su origen podría estar en el altar de los lares que presidían la casa romana, de donde pasaría, en primera instancia a las catacumbas y, más tarde, a los templos altomedievales. Por su gran calidad escultórica, destaca el ejemplar que procedente de las ruinas de los Baños de la Cava, se conserva en el Museo Arqueológico Nacional.

De especial interés por su temática, es la rica pilastra que se halla en la iglesia toledana de San Salvador, la cual, hoy aislada, debió formar parte de un programa decorativo más amplio. Exhibe, dispuestos en recuadros, y de arriba hacia abajo, cuatro escenas en relieve correspondientes al ciclo del Nuevo Testamento: curación del ciego, resurrección de Lázaro, Cristo con la samaritana y Cristo con la hemorroísa, con el mismo significado simbólico en relación con el bautismo y el triunfo de la fe, que se le atribuía en el mundo paleocristiano y que se generalizará más adelante en el arte románico posterior. Su estilo caligráfico, así como la talla en dos planos o niveles, remite a las miniaturas, de donde probablemente los temas fueron copiados.

 El conjunto de fragmentos toledanos se completa con capiteles derivados del orden corintio clásico, impostas, restos de canceles,... múltiples elementos, que, recogidos en excavaciones diversas, han pasado a integrar los fondos del Museo de Toledo y del Arqueológico Nacional.
 Aunque no tuvo la importancia política de Toledo, en Mérida se localiza otro de los más importantes focos artísticos y culturales del siglo VII, respaldado por el gran auge económico que experimentó la ciudad a lo largo de toda la centuria. Ante la carencia de edificios parcial o totalmente conservados, hemos de hacer referencia tan sólo a los fragmentos que han pervivido de ellos. El gran número de canceles y pilastras de mármol encontrados en las ruinas, hace pensar que las iglesias de la Lusitania tuvieron una distribución interior sumamente compartimentada, a base de iconóstasis y balaustres. Los canceles, siguiendo el modelo dado en el siglo VI, se organizan mediante arquerías asentadas sobre columnillas, que alternan las formas en mitra con el medio punto tradicional. Su distribución mediante vanos ciegos, emulando una arquitectura imaginaria, evoca, sin lugar a dudas, las puertas de acceso a la Mansión Celestial. Esta relación parece subrayarse al incluir, bajo los arcos, mezclados con otros motivos, símbolos de la Eucaristía y la Inmortalidad, como las palomas o los racimos de uvas.

 Sobresalen también en Mérida, los nichos de altar, muy similares a los de Toledo en cuanto a tipología, pero en los que se incorpora un tema decorativo específico. Bajo la venera, suele aparecer el crismón (anagrama de Cristo), que sostiene el alfa y la omega, la primera y la última letra del alfabeto griego, símbolo del principio y el fin.  También abundan los tenantes de altar, constituidos por un pequeña pilastra decorada con elementos diversos, generalmente en relación con la Eucaristía.

 En el siglo VII, en la provincia de la Bética, además de Sevilla, Málaga y Granada, sobresalió de manera especial la ciudad de Córdoba. Los más importantes restos visigodos conservados allí son el conjunto de capiteles pertenecientes a la antigua iglesia de San Vicente, reaprovechados por los árabes en la primera fase constructiva de la Mezquita, y que todavía hoy pueden admirarse in situ. Son en su mayoría de orden corintio. Si bien algunos copian fielmente modelos romanos, existe una larga serie en que se detecta un progresivo abandono del clasicismo y una tendencia clara hacia la deformación, acompañada de la consiguiente talla a bisel.

 En el Museo Arqueológico de Córdoba existe un ejemplar de orden corintio con la representación de los cuatro seres de Tetramorfos, cada uno en una cara, que carece de contexto arquitectónico. A pesar de ello es interesante, por tratarse de una de las primeras figuraciones en que se combinan bustos humanos alados con la cabeza correspondiente a cada símbolo, iconografía que más adelante se convertirá en usual. 

Al igual que ocurre con los capiteles, otras muchas piezas decoradas, como cimacios, impostas y canceles fueron reaprovechados por los árabes en edificaciones propias, bien como simple aparejo constructivo o aplicados como celosías de ventanas, en la mayoría de los casos eliminando los motivos cristianos que ostentaban. Es el caso del cerramiento de vano que existe hoy encima de la Puerta del Chocolate de la Mezquita de Córdoba, o el que se exhibe bajo la cúpula oeste del mihrab.

 Para finalizar este rápido recorrido por los escasos restos visigodos que han llegado hasta nosotros, resulta obligado citar los procedentes de la zona del Levante mediterráneo, principalmente de Tarragona, Barcelona y Lérida, donde existieron importantes centros de producción de escultura, focos periféricos al margen del taller principal, ubicado en Toledo, pero que alcanzaron gran fama por la perfección y elegancia de su talla.