El
bloque-capitel con el Sol lleva sobre él una inscripción
que dice: “Oc exiguum exigua offert domina Flammola votum Deo”,
cuya traducción sería: “La modesta dama Flamola ofrece este
pequeño presente como un voto a Dios”. Esta mujer ha sido
identificada como la esposa de Gundisalvo Telliz, conde de Lara, quien
restauró el edificio en el año 879.
Sobre las impostas y la rosca del arco
ya descritos se halla un sillar rectangular con una figura barbada y coronada
con nimbo crucífero, bendiciendo, sin duda, la imagen de Cristo.
En otras dos piezas sueltas se disponen una pareja de personajes que sostienen
libros en sus manos, probablemente Evangelistas. El estilo de todas estas
tallas es bastante tosco, muy lineal y absolutamente carente de modelado.
Las figuras están recortadas en un solo plano, sobre un fondo profundo,
siguiendo la típica técnica de ejecución goda, también
empleada en San Pedro de la Nave.
Existen todavía dos relieves más,
que quizá estuvieron ubicados originalmente en la nave central,
pero que actualmente están depositados en el suelo del presbiterio.
Son bastante semejantes entre sí. Muestran dos bustos sostenidos
por parejas de ángeles. Uno de ellos incorpora una figura masculina
que porta una cruz, y el otro presenta una imagen que ha sido identificada
reiteradamente como una mujer con la mano cruzada sobre el pecho. Se han
interpretado como relieves de Cristo y de la Virgen, aunque las últimas
investigaciones tienden a otorgarlos un carácter funerario, ya que
los ángeles flanqueando una forma humana fueron en la iconografía
paleocristiana un símbolo necrológico, tomado del arte romano,
donde era frecuente representar al difunto acompañado por los genios
de la muerte.
La iglesia de San Giao de Nazaré,
en la zona de la Extremadura portuguesa, proporciona otra planta con solución
de crucero. Se suele leer como una cruz inscrita en un cuadrado, del que
sobresale la capilla mayor. El cuerpo del templo se divide en tres naves,
aunque éstas no están comunicadas entre sí, sino que
forman una serie de habitaciones laterales. Lo mismo ocurre en la zona
del crucero, que está dividida en tres ambientes mediante soportes
colocados siguiendo la línea de muro de la nave principal. Semejante
compartimentación de espacios, acentuada por la utilización
de canceles de separación, así como la existencia de un acceso
directo al transepto desde el exterior, situado en el lateral norte, junto
al ábside, hace pensar que pudiera tratarse de un edificio
monástico, como en el caso de San Pedro de la Nave. El sistema de
cubiertas es de techumbre face="Arial, Helvute;a, salvo una posible bóveda
en la capilla. Por otra parte, las excavaciones llevadas a cabo han detectado
la existencia de una tribuna en la parte oeste, a los pies del templo.
En la catedral de Palencia se conservan
los restos de la que fue otra construcción visigoda del período
de esplendor: la conocida como Cripta de San Antolín. Según
la tradición, en el año 672, durante el reinado de Wamba
y el pontificado de Ascario, se hicieron trasladar las reliquias de San
Antolín desde Narbona a Palencia, erigiendo allí un templo
para albergar los restos del santo, que se convirtió inmediatamente
en un importante centro de culto y peregrinación de la Hispania
goda.
De este edificio sólo han llegado
hasta nosotros algunos restos, situados bajo el Coro de la Catedral actual,
muy alterados por la construcción que en 1035 se hizo junto a ellos
por iniciativa del Obispo Pelayo de Oviedo. No obstante, son el único
recuerdo que nos queda de la que debió ser una importante fundación
regia, en la que probablemente trabajaron arquitectos procedentes de la
corte. De la fábrica primitiva sólo se conserva una minúscula
nave rectangular, que presenta a ambos lados unos arcos de herradura, en
la actualidad cegados y, en su fondo, tres arquillos también de
herradura sobre gruesas columnas con sus capiteles-impostas decorados con
temas geométricos.
A pesar de la dificultad que entraña
su análisis, por estar muy modificada su disposición original
a consecuencia de la construcción del siglo XI, así como
por hallarse sus muros embebidos en los cimientos de la Catedral actual,
la gran mayoría de los investigadores creen que nos encontramos
ante los vestigios de una pequeña iglesia de planta cruciforme con
finalidad funeraria o ante un martyrium rectangular, dada la similitud
de la arquería conservada con las que rodean el cuadrado del cimborrio
de San Fructuoso de Montelios.
Otro edificio completamente disfrazado
por añadidos posteriores es el de San Pedro de Balsemao, próximo
a Lamego, en Portugal. Se encuentra tan rehecho que lo único que
parece original de época visigoda es su disposición en planta.
Se trata de una iglesia basilical dividida longitudinalmente en tres naves,
de la que sobresale la cabecera rectangular exenta. La comunicación
entre las naves laterales y la principal, ligeramente más ancha,
se realiza a través de tres arcos sostenidos por columnas, solución
arquitectónica muy semejante a la existente en San Fructuoso de
Montelios y San Antolín de Palencia.
Aunque en conjunto, la arquitectura visigoda
del período de auge se caracteriza por una gran diversidad tipológica
en planta, resulta significativa su homogeneidad en cuanto a paramento,
tratamiento decorativo de las superficies, soluciones arquitectónicas
o sistemas constructivos,..., que definen perfectamente el prototipo de
edificación del siglo VII, haciéndolo inconfundible.
Restos de Ciudades.
En Toledo, capital del reino visigodo
al menos desde el año 546, debieron centrarse durante el período
de esplendor los trabajos arquitectónicos más relevantes,
destinados a engrandecer y adornar la sede de la monarquía. El crecimiento
de la ciudad debió ser importante en el siglo VII. A través
de testimonios escritos, sabemos que en torno al año 674 el rey
Wamba sometió a la urbe a una gran ampliación y renovación,
en la que se erigieron numerosas iglesias y monasterios, así como
residencias de carácter civil y edificaciones militares, como las
sólidas murallas que rodeaban la misma. Ninguna de estas construcciones,
ni las correspondientes a etapas anteriores o posteriores, han llegado
hasta nosotros en pie. Los avatares históricos de la ciudad, principalmente
la ocupación musulmana, hicieron desaparecer todos los vestigios
visigodos. Tan sólo perviven algunos fragmentos aislados de este
pasado esplendoroso. Destacan entre ellos los nichos de altar, utilizados
ya en el siglo VI, pero que se generalizarán enormemente en la centuria
siguiente. Se trata de elementos arquitectónicos, que debieron emplearse
a modo de ara, colocándose en el fondo de los presbiterios. Consistían
en una hornacina, generada a partir de un arco de medio punto apoyado sobre
columnas que cobijaba frecuentemente una venera. Su origen podría
estar en el altar de los lares que presidían la casa romana, de
donde pasaría, en primera instancia a las catacumbas y, más
tarde, a los templos altomedievales. Por su gran calidad escultórica,
destaca el ejemplar que procedente de las ruinas de los Baños de
la Cava, se conserva en el Museo Arqueológico Nacional.
De especial interés por su temática,
es la rica pilastra que se halla en la iglesia toledana de San Salvador,
la cual, hoy aislada, debió formar parte de un programa decorativo
más amplio. Exhibe, dispuestos en recuadros, y de arriba hacia abajo,
cuatro escenas en relieve correspondientes al ciclo del Nuevo Testamento:
curación del ciego, resurrección de Lázaro, Cristo
con la samaritana y Cristo con la hemorroísa, con el mismo significado
simbólico en relación con el bautismo y el triunfo de la
fe, que se le atribuía en el mundo paleocristiano y que se generalizará
más adelante en el arte románico posterior. Su estilo caligráfico,
así como la talla en dos planos o niveles, remite a las miniaturas,
de donde probablemente los temas fueron copiados.
El conjunto de fragmentos toledanos
se completa con capiteles derivados del orden corintio clásico,
impostas, restos de canceles,... múltiples elementos, que, recogidos
en excavaciones diversas, han pasado a integrar los fondos del Museo de
Toledo y del Arqueológico Nacional.
Aunque no tuvo la importancia política
de Toledo, en Mérida se localiza otro de los más importantes
focos artísticos y culturales del siglo VII, respaldado por el gran
auge económico que experimentó la ciudad a lo largo de toda
la centuria. Ante la carencia de edificios parcial o totalmente conservados,
hemos de hacer referencia tan sólo a los fragmentos que han pervivido
de ellos. El gran número de canceles y pilastras de mármol
encontrados en las ruinas, hace pensar que las iglesias de la Lusitania
tuvieron una distribución interior sumamente compartimentada, a
base de iconóstasis y balaustres. Los canceles, siguiendo el modelo
dado en el siglo VI, se organizan mediante arquerías asentadas sobre
columnillas, que alternan las formas en mitra con el medio punto tradicional.
Su distribución mediante vanos ciegos, emulando una arquitectura
imaginaria, evoca, sin lugar a dudas, las puertas de acceso a la Mansión
Celestial. Esta relación parece subrayarse al incluir, bajo los
arcos, mezclados con otros motivos, símbolos de la Eucaristía
y la Inmortalidad, como las palomas o los racimos de uvas.
Sobresalen también en Mérida,
los nichos de altar, muy similares a los de Toledo en cuanto a tipología,
pero en los que se incorpora un tema decorativo específico. Bajo
la venera, suele aparecer el crismón (anagrama de Cristo), que sostiene
el alfa y la omega, la primera y la última letra del alfabeto griego,
símbolo del principio y el fin. También abundan los
tenantes de altar, constituidos por un pequeña pilastra decorada
con elementos diversos, generalmente en relación con la Eucaristía.
En el siglo VII, en la provincia
de la Bética, además de Sevilla, Málaga y Granada,
sobresalió de manera especial la ciudad de Córdoba. Los más
importantes restos visigodos conservados allí son el conjunto de
capiteles pertenecientes a la antigua iglesia de San Vicente, reaprovechados
por los árabes en la primera fase constructiva de la Mezquita, y
que todavía hoy pueden admirarse in situ. Son en su mayoría
de orden corintio. Si bien algunos copian fielmente modelos romanos, existe
una larga serie en que se detecta un progresivo abandono del clasicismo
y una tendencia clara hacia la deformación, acompañada de
la consiguiente talla a bisel.
En el Museo Arqueológico
de Córdoba existe un ejemplar de orden corintio con la representación
de los cuatro seres de Tetramorfos, cada uno en una cara, que carece de
contexto arquitectónico. A pesar de ello es interesante, por tratarse
de una de las primeras figuraciones en que se combinan bustos humanos alados
con la cabeza correspondiente a cada símbolo, iconografía
que más adelante se convertirá en usual.
Al igual que ocurre con los capiteles,
otras muchas piezas decoradas, como cimacios, impostas y canceles fueron
reaprovechados por los árabes en edificaciones propias, bien como
simple aparejo constructivo o aplicados como celosías de ventanas,
en la mayoría de los casos eliminando los motivos cristianos que
ostentaban. Es el caso del cerramiento de vano que existe hoy encima de
la Puerta del Chocolate de la Mezquita de Córdoba, o el que se exhibe
bajo la cúpula oeste del mihrab.
Para finalizar este rápido
recorrido por los escasos restos visigodos que han llegado hasta nosotros,
resulta obligado citar los procedentes de la zona del Levante mediterráneo,
principalmente de Tarragona, Barcelona y Lérida, donde existieron
importantes centros de producción de escultura, focos periféricos
al margen del taller principal, ubicado en Toledo, pero que alcanzaron
gran fama por la perfección y elegancia de su talla.

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