| Muchos
han sido los intentos por establecer una evolución del arte rupestre,
una Prehistoria del arte rupestre, pero destacan sin duda la fijación
de cronologías y estilos realizadas por el abate Breuil y el profesor
A. Leroi-Gourhan.
Henri Breuil (1887-1961) estableció
el primer sistema de clasificación del arte parietal del Paleolítico
Superior (30.000-8.000 a.C.) en dos ciclos: el auriñaco - perigordiense
(del 30.000 al 20.000) y el solutreo - magdaleniense (del 20.000
al 8.000 a.C).
Por su parte, André Leroi - Gourhan
(1911-1986) llevó a cabo una nueva sistematización del arte
paleolítico. En Préhistoire de l´Art Occidental
(1965) discutía aspectos tan complejos como la cronología,
la interpretación, el espacio, los signos, etc… que había
establecido H. Breuil. De todos sus planteamientos, es probablemente el
relacionado con la evolución artística el que tenga más
consistencia. En líneas generales, los "estilos" clasificados por
Leroi son: Estilo I (correspondiente al Auriñaciense antiguo; 30.000
- 24.000 a. C.); Estilo II (abarcaría el periodo comprendido entre
el Auriñaco - perigordiense y el Solutrense medio; 24.000 - 17.000
a. C.); Estilo III (el Solutrense reciente y el Magdaleniense antiguo;
17.000 - 14.000 a. C.); Estilo IV (del Magdaleniense medio al reciente;
14.000 - 8.000 a. C.).
Los "estilos" de Leroi - Gourhan forman
una estructura más completa que los dos "ciclos" de Breuil, pero,
en realidad, ambas clasificaciones organizan una secuencia cronológica
similar, pudiéndose valorar la segunda como una afirmación
y precisión de la primera.
En todo caso, a pesar de los intentos
de clasificación a partir de la factura, la temática o la
situación geográfica de las pinturas no hay que perder de
vista el hecho irrevocable de que desde los más primitivos orígenes
del Arte ha habido hábiles y torpes artistas. Así las cosas,
la cronología de la pintura paleolítica es aún en
la actualidad un problema pendiente de solución.
Desafortunadamente, otros aspectos quizás
más complejos, tales como el significado o la finalidad de aquel
arte, son también un misterio difícil de resolver.
La enorme duración del arte del
Paleolítico Superior se vio truncada con la glaciación Würmiense,
que provocaría la lenta emigración del hombre paleolítico
hacia el norte de Europa y acabaría con esta cultura. No obstante,
no fue sólo la climatología la causante de la desaparición
del arte paleolítico; la llegada de grupos humanos del norte de
África y del Mediterráneo, con un nuevo sistema de pensamiento
y una técnica distinta, determinó su superposición
al mundo preexistente.
El actual estudio se va a centrar particularmente
en la región costera del Cantábrico español, que tiene
un hacinamiento de cavernas con restos de habitabilidad paleolítica
en Santander y Asturias. En este amplio territorio se ha encontrado una
cantidad excepcional de pinturas pertenecientes a todos los ciclos del
periodo Paleolítico Superior, es decir, pinturas que abarcarían
cronológicamente desde el 30.000 y el 8.000 a.C., distribuidas en
los ciclos Auriñaciense, Solutrense y Magdaleniense.
3- Ciclo Auriñaciense
Según las investigaciones y hallazgos
realizados hasta este momento, no se puede afirmar con certeza que el hombre
desarrollara un arte rupestre anterior al ciclo auriñaciense. Por
lo tanto, éste es estrictamente el nacimiento de la pintura paleolítica.
Se sabe que el artista del periodo auriñaciense
pudo disponer de una gama reducida de tonos: de la arcilla, obtenía
el rojo y el ocre; del óxido de manganeso de las paredes o del carbón,
el negro; y que utilizaba grasas o sangre animal como aglutinante. Estos
aspectos serán determinantes para valorar la estética de
las pinturas y el grado de naturalismo de las obras.
Las creaciones más antiguas se
remontan al 30.000 a.C. De estos momentos, hay trazos realizados con los
dedos sobre arcilla blanda - llamados "macarrones", según denominación
del abate Breuil - que forman meandros en cuevas como las de Gargas (Aventignan,
Hautes - Pyrénées) u Hornos de la Peña (Cantabria).
La densidad del conjunto de este tipo de pinturas es tal que provoca una
fuerte sensación de horror vacui, acentuada por la diversidad
de direcciones y formas, rasgos que se cruzan; no obstante, en muchas de
ellas se han podido individualizar siluetas de animales y figuras humanas.
En el mismo contexto, como revés y derivación de las estas
representaciones, están los dibujos de contorno amarillo o rojo,
punteado en ocasiones, realizados con el dedo untado en arcilla.
Las huellas de manos, en negativo o positivo
- de época más avanzada -, son también adscribibles
en la mayoría de los casos al hombre del auriñaciense, mucho
más numerosas en el territorio cantábrico que en el francés
e inexistentes en Andalucía. Es un hecho peculiar que estas manos
sean en la mayor parte de las ocasiones izquierdas y no derechas. La coloración
va del rojo al negro, apareciendo generalmente en la zona más profunda
de las cuevas. Las realizaban formando conjunto o pintadas sobre el lomo
u otra parte del cuerpo de los animales, lo que podría simbolizar
el dominio del cazador sobre su presa. Se les ha supuesto un significado
mágico - religioso, en relación con un rito de aprehensión
o de ofrenda, aunque bien pudieran ser un símbolo del hombre y expresión
de su voluntad, la alusión a la iniciación de adolescentes
o representar el culto a los antepasados. Además, en algunas cuevas
aparecen manos mutiladas que quizá significasen un intento
de precaución ante las congelaciones.
Además de las manos, en muchos
lugares se han encontrado diseños en forma de pies o brazos, en
ocasiones transformados en extraños signos, que siguen una evolución
equivalente aunque son mucho menos numerosos que las manos.
Los artistas del ciclo auriñaciense
también realizaban signos claviformes y series de puntos que se
prolongaron hasta el ciclo magdaleniense, como los ejemplos de la Cueva
de El Buxú, Cangas de Onís (Asturias), descubierta por
Vega del Sella en 1916, junto a figuras de caballos, ciervos y bisontes
del periodo magdaleniense.
Las pinturas y grabados más
importantes, por su calidad y cantidad, que la Prehistoria tradicional
ha adscrito al periodo auriñaciense se localizan en su mayoría,
como se verá a continuación, en el territorio cantábrico.
En la Cueva Clotilde de Santa Isabel
(Cantabria), aparecen unos toros trazados con los dedos, que pudieran
ser algunos de los primeros tanteos de esta técnica. Estas pinturas
se han datado en este periodo, entre otras razones, porque aparecen con
las patas en una perspectiva ciertamente forzada o con tres patas, buscando
represent r el movimiento; así mismo, también cuernos y orejas
se representan de frente, en un convencionalismo propio de todo el auriñaciense.
La Cueva El Castillo de Puente Viesgo
(Cantabria) fue protagonista de una de las primeras y más importantes
excavaciones de la prehistoria europea, en la que participaron Hugo Obermaier
- dirigiendo el "Institut de Paleontologie Humaine" de París y con
patrocinio del Príncipe Alberto I de Mónaco, entre de 1910
a 1914 -, Breuil y Teilhard de Chardin, aunque su descubridor fue Hermilio
Alcalde del Río, en 1903.
El nombre de la caverna proviene del lugar
en que está enclavada, pues en la cima de la colina existió
una pequeña fortaleza y más tarde un santuario, en la actualidad
en ruinas, bajo la advocación de "Nuestra Señora del Castillo".
Leroi - Gourhan clasificó los grabados
y pinturas en seis "santuarios", realizados entre el ciclo auriñaciense
y el magdaleniense. El conjunto de obras representa la secuencia más
completa de restos arqueológicos, desde el Paleolítico Inferior
a la Edad del Bronce, habiendo aparecido restos medievales en superficie,
lo que supone una trayectoria histórica de 1.500 siglos de vida
prácticamente ininterrumpida.
Antes de empezar el análisis es
necesario tener en cuenta que las excavaciones realizadas en la zona han
convertido lo que antes era una pequeña entrada, por la que había
que cruzar casi tumbado, en un foso que tiene una profundidad de 18 metros,
con un relleno actualmente de casi 2 metros de tierra por encima de la
afloración de roca.
Uno de los hallazgos más interesantes,
entre las numerosas manos de esta cueva, casi todas de este ciclo y asociadas
con figuras arcaicas de bisontes y gran cantidad de signos, es una espléndida
huella roja e izquierda en negativo.
En otras partes de la misma caverna, sobre
las siluetas manuales, los diseños de animales auriñacienses
y los signos abstractos - series de puntos, discos rojos -, hay figuras
policromadas realizadas al final del ciclo magdaleniense, que se analizarán
más adelante.
Uno de los más fantásticos
conjuntos pictóricos, descubierto en 1911 por H. Obermaier, P. Wernert
y H. Alcalde del Río, es la Cueva de La Pasiega, (Puente Viesgo,
Cantabria). En 1911, mientras se realizaban los trabajos de excavación
del Castillo, un operario informó a Obermaier de la existencia
de una cueva que se denominaba en la zona La Pasiega y pronto se iniciaron
las investigaciones.
La distribución de la caverna es
de una gran complejidad, debido a los numeroso recovecos que dificultan
enormemente su paso. Es aún hoy un misterio cómo el hombre
paleolítico llegó a lugares tan alejados y de tan difícil
acceso.
La primitiva entrada, por la que tuvo
lugar el descubrimiento de las pinturas, ofrecía enormes dificultades,
por ello se abrieron dos nuevas entradas que comunican directamente con
las representaciones pictóricas.
El conjunto es un auténtico laberinto
de galerías largas, bajas y estrechas con más de 250 pinturas,
la mayoría arcaicas. Se trata de toda una espléndida gama
de pinturas, solas o combinadas con el grabado, que van desde sencillos
diseños de puntos o líneas en rojo y amarillo que forman
siluetas de caballos y ciervos a animales - elefantes, toros, bisontes,
cabras monteses, gamuzas… - en rojo, marrón o siena. En total: cuarenta
y seis caballos, diecisiete bisontes, sesenta y cinco cérvidos,
catorce uros, doce cápridos, trece indeterminados, dos antropomorfos,
dos manos y más de ochenta signos. Entre todas estas imágenes,
destacan una silueta fantástica semihumana y un hermoso y recóndito
grupo de 20 signos.
Dada la variedad de representaciones del
conjunto, se ha concluido que en la Cueva de la Pasiega podrían
identificarse varios santuarios.
El periodo central y final del ciclo auriñaco
- perigordiense suponen el paso de los dibujos de contorno punteado en
rojo o amarillo a la bicromía y el principio de los contornos negros.
Tras los primeros ensayos lineales, en rojo, asociados a siluetas de manos
en negativo y positivo, el hombre empieza a dibujar figuras de animales
a base de sencillos trazos rojos, gruesos o finos, que se encuentran tanto
en Cantabria como en Andalucía, Pirineos o el Lot.
Además, poco aż+ťÔ:‰úKăirán
desarrollando las técnicas con tintas planas y trazos difuminados
y se llenarán las figuras casi por completo de color.
Los planteamientos básicos
del arte rupestre paleolítico quedan definitivamente fijados durante
este largo periodo auriñaciense; a partir de entonces, las soluciones
serán un permanente desarrollo de las líneas ya firmemente
trazadas.
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