4-
Ciclo Solutrense
La cultura solutrense, sea su origen
europeo o norteafricano, fue esencialmente lítica, tanto que incluso
se ha dudado que tuviera un arte rupestre representativo. Es en este ciclo
cuando la talla del utillaje de sílex alcanza la máxima perfección
y así, aunque no se han descubierto pinturas parietales, sí
se han encontrado numerosas laminillas grabadas o pintadas.
No han sido pocos los estudiosos que han
atribuido a esta época algunas pinturas de Altamira - según
H. Breuil y H. Obermaier -,
San Román de Candamo (Asturias), El Castillo o La
Pasiega de Puente Viesgo (Cantabria). Uno de los aspectos que ha determinado
esta clasificación es el hecho de que a partir de este momento se
empieza a utilizar el color negro no sólo para marcar la silueta
- hasta ahora se rellenaba la figura con un tono rojizo más claro
- sino también para pintar. En este contexto está el caballo
central de uno de los conjuntos de La Pasiega (Puente Viesgo, Cantabria),
muy parecido a alguna placa pintada de El Parpalló (Valencia). En
todo caso, éste es un valiente paso hacia el esfumado y la policromía
del ciclo magdaleniense.
No obstante, muy pocos o casi inexistentes
son los ejemplos de pinturas rupestres que nadie se haya atrevido a situar
en este ciclo. En realidad, parece que cada vez adquiere más peso
la teoría de que la cultura solutrense, importada por grupos de
origen africano, no permaneció mucho tiempo en la Península
Ibérica y fue pronto sustituida por la magdaleniense o aglutinada
por la auriñaciense tardía, por lo que los hallazgos pictóricos
solutrenses se convierten casi en impensables.
5- Ciclo Magdaleniense
El ciclo magdaleniense es la etapa final
del Paleolítico Superior y supone la cima de la pintura rupestre.
Ésta es una cultura de origen europeo
que vuelve a la manipulación del hueso nacida en el auriñaciense
y se aparta de la industria del sílex lograda en el solutrense.
La evolución técnica y
estética se acelera enormemente y es en este sentido más
sencillo establecer, siempre con reservas, un desarrollo cronológico
y plástico coherente.
De las primeras fases, se han encontrado
figuras contorneadas en negro, de notable belleza. Parece ser que en la
etapa inmediatamente posterior se rellenan con rayas de grabados o pinturas
el interior de las siluetas. Poco a poco la evolución lleva a que
el negro invada el interior de las siluetas creando figuras planas sobre
las que se crean efectos de luz al proyectarse ésta sobre las irregularidades
de la superficie. El avance definitivo es la aparición de la policromía
que, aunque provoca la pérdida de la pureza del dibujo, aumenta
la expresividad y fuerza de las pinturas. Grabado y pintura se asocian
por primera vez para dar los grandes conjuntos polícromos del final
del ciclo.
También el arte magdaleniense fue
eminentemente animalista; mamíferos, aves, peces y reptiles, al
mismo tiempo que elementos vegetales inspiraron a estos artistas, que realizaban
sus pinturas en una búsqueda con carácter más o menos
realista.
Es en este ciclo, como se ha visto, cuando
la policromía hace su aparición.
En 1914 E. Hernández - Pacheco
descubrió la Cueva
de San Román de Candamo, en Asturias. Se trata de una caverna
de aproximadamente sesenta metros de longitud, con amplias salas de estalagmitas
y largas galerías.
El conjunto, entre pinturas y grabados,
lo forman unas sesenta y cinco figuras que se distribuyen en seis lugares
distintos, aunque destacan especialmente las obras del llamado Camarín.
El hecho de que sean imágenes superpuestas, en particular cuatro
dibujos, ha llevado a los estudiosos a intentar establecer una catalogación
cronológica de las distintas fases de su desarrollo, del auriñaciense
al magdaleniense, pero la mayoría de las figuras de esta caverna
están grabadas, por lo que no es una labor fácil determinar
su datación de forma concluyente.
En la parte superior del curioso Camarín
destaca una silueta de toro de color rojizo y de trazo fino y continuo
que queda parcialmente cubierto por un hermoso diseño de una yegua
preñada de color negro y el mismo trazo definido con sus miembros
reduplicados, que parecen ser una pretensión de movimiento. Sobre
la yegua, se pintó un caballo de color siena y trazos difuminados;
además, sobre el negro vientre de ésta, aparece otra cabeza
de caballo. En el mismo emplazamiento hay una bellísima representación
de un ciervo herido por venablos y un uro de dos metros de longitud. En
el muro derecho quedan restos de un bisonte dibujado con una débil
línea negra. Quizás más antiguo y sencillo es el conjunto
de grabados y pinturas, también en superposición, en la parte
superior derecha: imágenes en rojo y línea definida - varios
toros diseñados entre puntos -; figuras de rojo suave y rasgo ancho;
elegantes figuras sin grabado de color negro - una cierva -; diseños
de animales grabados con líneas negras complementarias.
Es indiscutible el carácter mágico
del lugar: cada artista, en cada periodo, pintó o grabó las
imágenes de los animales objeto de culto.
En la misma región asturiana, que
completa el núcleo cantábrico, se encuentra la Cueva
de Tito Bustillo o El Ramu (Asturias), una de las consideradas
"obras maestras" del arte rupestre. Fue descubierta el 12 de abril de 1968
por un grupo de deportistas, entre los que estaba Celestino Fernández
Bustillo, vinculado al de Exploraciones Subterráneas Asturiano (GESA),
durante uno de sus descensos por una "chimenea". En realidad el yacimiento
lo constituían tres cuevas, pero hasta este momento sólo
se conocían dos de ellas: "La Moría" o "Lloseta" y "La Cuevona".
La tercera, para sorpresa de todos, es donde se encontraron materiales
- arte mueble, pinturas y grabados - adscritos al ciclo magdaleniense medio
y superior.
El casual hallazgo fue protagonizado por
Tito Bustillo que, por un apagón de su carburo, hubo de reiniciar
el encendido en posición enfrentada a la pared. Cuando la llama
cobró fuerza estaba a pocos centímetros de la roca e iluminó
vivamente una zona en la que, con línea negra y rotunda, alguien
había trazado la cabeza de un caballo.
La
Cueva de Tito Bustillo está formada por una gran galería
de más de 800 metros en forma de Y, con varias ramificaciones. Resultan
impresionantes el conjunto de caballos y renos bícromos, la llamada
Galería de los caballos
de tamaño monumental, sobre
la preparación de fondo ocre; los numerosos y dispersos grabados;
y, al fondo de la galería más larga, quizás formando
otro santuario, las sorprendentes representaciones de signos sexuales femeninos
en rojo.
Las pinturas son de una gran fidelidad
figurativa. El artista reflejó en ellas los caracteres, las actitudes,
las reacciones y, en algún caso, hasta el instante de un gesto expresivo.
En la Caverna
de Pindal (Pimiango, Asturias), descubierta por Alcalde del Río
en 1908 y posteriormente revisada por F. Jordá y M. Berenguer con
algunos hallazgos complementarios, se ha combinado el grabado y la pintura
para representar trece bisontes, ocho caballos, dos ciervos, un elefante
y un pez a lo largo de una ancha galería de 350 metros de longitud
- la mayor concentración se da en el muro de la derecha y ocupa
unos 15 metros -. En total, hay cerca de cuarenta representaciones en color
rojo o grabadas.
En el panel principal se acumulan diez
bisontes, tres caballos y una cierva, signos claviformes, óvalos,
bastoncillos y puntos; parece que se ha establecido una asociación
entre signos y figuras, de modo que a cada uno de los animales le corresponda
una pareja claviforme + puntos, herida + puntos o claviforme + bastoncillos.
En el segundo panel se ha representado
una cabeza de caballo, un bisonte, un signo claviforme y una serie de bastoncillos.
Justo debajo del bisonte el artista dibujó el extraño pez.
A su lado destaca la representación del sencillo y realista elefante
- ¿o es acaso un mamut? -, con el corazón visible - para
realizar posibles sortilegios -. Casi todos los animales que se representan
están mágicamente heridos, como el torpe pero delicado caballo
salvaje herido por tres venablos que dejan huellas de sangre (manchas pintadas
debajo de la tripa). En la pared izquierda aparecen otras figuras, pero
están muy deterioradas y su interpretación es confusa, por
lo que se ha pensado que quizá correspondan a un conjunto inconcluso.
En la Cueva del Buxú (Asturias),
con una técnica muy parecida a Candamo, se realizaron unos grabados
repintados en color negro que representan a unos ciervos superpuestos a
otras siluetas equinas. A las figuras de caballos y otros animales finamente
grabados y restos de pinturas de color negro se suman diversos signos también
grabados, casi siempre de forma cuadrangular. Las semejanzas con Candamo
son evidentes (bocas abiertas), pero también las diferencias (aquí
las figuras están representadas completamente de perfil).
La Cueva de El Castillo, Puente Viesgo
(Cantabria), como ya se ha visto, tiene dibujos y pinturas de todas
las épocas del periodo paleolítico superior. Las obras que
se han encuadrado en el ciclo magdaleniense - policromadas - se superponen
a las más antiguas del auriñaciense.
Destaca el panel de bisontes polícromos
- en particular el impresionante ejemplar de tamaño y hechura similares
a los ejemplos de Altamira -, que aún muestran enorme belleza pese
a haber perdido gran parte de su color. El hecho de encontrar figuras a
las que les falta algún rasgo o que se hallan en avanzado estado
de desaparición se debe a que están realizadas sobre una
piedra blanda propensa a la descomposición, lo que hace que la erosión
sea rápida. Entre todas estas siluetas, tiene de particular interés
un pequeño e indefenso mamut de color rojo que, como en la representación
de la Cueva del Pindal (Pimiango, Asturias), se creyó se
tratase de un elefante de piel desnuda.
Son igualmente excepcionales las hermosas
ciervas grabadas con técnica de raspado, el llamado Rincón
de los Tectiformes, un hombre - bisonte o brujo en bajorrelieve, los espléndidos
grabados de ligeras líneas entrecruzadas del magdaleniense final
- como un macho cabrío con largo pelaje y retorcida cornamenta -,
los numerosos signos, la serie de alineados puntos rojos, etc.
Además, en la Gran Sala, aparecen
unas ágiles figuras humanas de un esquematismo muy similar al que
aparece en Levante, realizadas únicamente en negro. Son las más
recientes e indican un cambio del medio ambiente y en las relaciones sociales.
Es necesario especificar que lo que propiamente se denomina antropomorfos
son las figuras más naturalistas, realizadas con mayor detallismo,
donde la figura humana aparece encubierta por atributos animales, con una
clara finalidad mágica; aquí se ha visto una silueta que
asemeja un animal con patas de caballo, cabeza de mono y cola deformada.
En este sentido, otra interesante imagen es la que representa un bisonte
en posición erguida con patas de humano; probablemente su significado
haya que ponerlo en relación con la magia simpática que pretende
evitar la destrucción de la especie representada; no obstante, otras
teorías mantienen la correspondencia de las figuras con un brujo
o hechicero, un personaje de gran importancia conocedor de los rituales
que favorecían la caza.
El conjunto de dibujos y pinturas de la
Cueva
de El Castillo de Puente Viesgo (Cantabria) es, sin duda alguna, uno
de los más espléndidos de la zona.

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