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EL ARTE PALEOLÍTICO: LA PINTURA FRANCO - CANTÁBRICA 3/4
ISBN-84-9714-059-1
María García Yelo
 

4- Ciclo Solutrense
La cultura solutrense, sea su origen europeo o norteafricano, fue esencialmente lítica, tanto que incluso se ha dudado que tuviera un arte rupestre representativo. Es en este ciclo cuando la talla del utillaje de sílex alcanza la máxima perfección  y así, aunque no se han descubierto pinturas parietales, sí se han encontrado numerosas laminillas grabadas o pintadas. 

No han sido pocos los estudiosos que han atribuido a esta época algunas pinturas de Altamira - según H. Breuil y H. Obermaier -, San Román de Candamo (Asturias), El Castillo o La Pasiega de Puente Viesgo (Cantabria). Uno de los aspectos que ha determinado esta clasificación es el hecho de que a partir de este momento se empieza a utilizar el color negro no sólo para marcar la silueta - hasta ahora se rellenaba la figura con un tono rojizo más claro - sino también para pintar. En este contexto está el caballo central de uno de los conjuntos de La Pasiega (Puente Viesgo, Cantabria), muy parecido a alguna placa pintada de El Parpalló (Valencia). En todo caso, éste es un valiente paso hacia el esfumado y la policromía del ciclo magdaleniense.

No obstante, muy pocos o casi inexistentes son los ejemplos de pinturas rupestres que nadie se haya atrevido a situar en este ciclo. En realidad, parece que cada vez adquiere más peso la teoría de que la cultura solutrense, importada por grupos de origen africano, no permaneció mucho tiempo en la Península Ibérica y fue pronto sustituida por la magdaleniense o aglutinada por la auriñaciense tardía, por lo que los hallazgos pictóricos solutrenses se convierten casi en impensables.

5- Ciclo Magdaleniense

El ciclo magdaleniense es la etapa final del Paleolítico Superior y supone la cima de la pintura rupestre.

Ésta es una cultura de origen europeo que vuelve a la manipulación del hueso nacida en el auriñaciense y se aparta de la industria del sílex lograda en el solutrense. 
La evolución técnica y estética se acelera enormemente y es en este sentido más sencillo establecer, siempre con reservas, un desarrollo cronológico y plástico  coherente.

De las primeras fases, se han encontrado figuras contorneadas en negro, de notable belleza. Parece ser que en la etapa inmediatamente posterior se rellenan con rayas de grabados o pinturas el interior de las siluetas. Poco a poco la evolución lleva a que el negro invada el interior de las siluetas creando figuras planas sobre las que se crean efectos de luz al proyectarse ésta sobre las irregularidades de la superficie. El avance definitivo es la aparición de la policromía que, aunque provoca la pérdida de la pureza del dibujo, aumenta la expresividad y fuerza de las pinturas. Grabado y pintura se asocian por primera vez para dar los grandes conjuntos polícromos del final del ciclo.

También el arte magdaleniense fue eminentemente animalista; mamíferos, aves, peces y reptiles, al mismo tiempo que elementos vegetales inspiraron a estos artistas, que realizaban sus pinturas en una búsqueda con carácter más o menos realista.

Es en este ciclo, como se ha visto, cuando la policromía hace su aparición.

En 1914 E. Hernández - Pacheco descubrió la Cueva de San Román de Candamo, en Asturias. Se trata de una caverna de aproximadamente sesenta metros de longitud, con amplias salas de estalagmitas y largas galerías.

El conjunto, entre pinturas y grabados, lo forman unas sesenta y cinco figuras que se distribuyen en seis lugares distintos, aunque destacan especialmente las obras del llamado Camarín. El hecho de que sean imágenes superpuestas, en particular cuatro dibujos, ha llevado a los estudiosos a intentar establecer una catalogación cronológica de las distintas fases de su desarrollo, del auriñaciense al magdaleniense, pero la mayoría de las figuras de esta caverna están grabadas, por lo que no es una labor fácil determinar su datación de forma concluyente.

En la parte superior del curioso Camarín destaca una silueta de toro de color rojizo y de trazo fino y continuo que queda parcialmente cubierto por un hermoso diseño de una yegua preñada de color negro y el mismo trazo definido con sus miembros reduplicados, que parecen ser una pretensión de movimiento. Sobre la yegua, se pintó un caballo de color siena y trazos difuminados; además, sobre el negro vientre de ésta, aparece otra cabeza de caballo. En el mismo emplazamiento hay una bellísima representación de un ciervo herido por venablos y un uro de dos metros de longitud. En el muro derecho quedan restos de un bisonte dibujado con una débil línea negra. Quizás más antiguo y sencillo es el conjunto de grabados y pinturas, también en superposición, en la parte superior derecha: imágenes en rojo y línea definida - varios toros diseñados entre puntos -; figuras de rojo suave y rasgo ancho; elegantes figuras sin grabado de color negro - una cierva -; diseños de animales grabados con líneas negras complementarias.

Es indiscutible el carácter mágico del lugar: cada artista, en cada periodo, pintó o grabó las imágenes de los animales objeto de culto.

En la misma región asturiana, que completa el núcleo cantábrico, se encuentra la Cueva de Tito Bustillo o El Ramu (Asturias), una de las consideradas "obras maestras" del arte rupestre. Fue descubierta el 12 de abril de 1968 por un grupo de deportistas, entre los que estaba Celestino Fernández Bustillo, vinculado al de Exploraciones Subterráneas Asturiano (GESA), durante uno de sus descensos por una "chimenea". En realidad el yacimiento lo constituían tres cuevas, pero hasta este momento sólo se conocían dos de ellas: "La Moría" o "Lloseta" y "La Cuevona". La tercera, para sorpresa de todos, es donde se encontraron materiales - arte mueble, pinturas y grabados - adscritos al ciclo magdaleniense medio y superior.

El casual hallazgo fue protagonizado por Tito Bustillo que, por un apagón de su carburo, hubo de reiniciar el encendido en posición enfrentada a la pared. Cuando la llama cobró fuerza estaba a pocos centímetros de la roca e iluminó vivamente una zona en la que, con línea negra y rotunda, alguien había trazado la cabeza de un caballo.

La Cueva de Tito Bustillo está formada por una gran galería de más de 800 metros en forma de Y, con varias ramificaciones. Resultan impresionantes el conjunto de caballos y renos bícromos, la llamada Galería de los caballos de tamaño monumental, sobre la preparación de fondo ocre; los numerosos y dispersos grabados; y, al fondo de la galería más larga, quizás formando otro santuario, las sorprendentes representaciones de signos sexuales femeninos en rojo.
Las pinturas son de una gran fidelidad figurativa. El artista reflejó en ellas los caracteres, las actitudes, las reacciones y, en algún caso, hasta el instante de un gesto expresivo.

En la Caverna de Pindal (Pimiango, Asturias), descubierta por Alcalde del Río en 1908 y posteriormente revisada por F. Jordá y M. Berenguer con algunos hallazgos complementarios, se ha combinado el grabado y la pintura para representar trece bisontes, ocho caballos, dos ciervos, un elefante y un pez a lo largo de una ancha galería de 350 metros de longitud - la mayor concentración se da en el muro de la derecha y ocupa unos 15 metros -. En total, hay cerca de cuarenta representaciones en color rojo o grabadas.

En el panel principal se acumulan diez bisontes, tres caballos y una cierva, signos claviformes, óvalos, bastoncillos y puntos; parece que se ha establecido una asociación entre signos y figuras, de modo que a cada uno de los animales le corresponda una pareja claviforme + puntos, herida + puntos o claviforme + bastoncillos. 

En el segundo panel se ha representado una cabeza de caballo, un bisonte, un signo claviforme y una serie de bastoncillos. Justo debajo del bisonte el artista dibujó el extraño pez. A su lado destaca la representación del sencillo y realista elefante - ¿o es acaso un mamut? -, con el corazón visible - para realizar posibles sortilegios -. Casi todos los animales que se representan están mágicamente heridos, como el torpe pero delicado caballo salvaje herido por tres venablos que dejan huellas de sangre (manchas pintadas debajo de la tripa). En la pared izquierda aparecen otras figuras, pero están muy deterioradas y su interpretación es confusa, por lo que se ha pensado que quizá correspondan a un conjunto inconcluso. 

En la Cueva del Buxú (Asturias), con una técnica muy parecida a Candamo, se realizaron unos grabados repintados en color negro que representan a unos ciervos superpuestos a otras siluetas equinas. A las figuras de caballos y otros animales finamente grabados y restos de pinturas de color negro se suman diversos signos también grabados, casi siempre de forma cuadrangular. Las semejanzas con Candamo son evidentes (bocas abiertas), pero también las diferencias (aquí las figuras están representadas completamente de perfil).

La Cueva de El Castillo, Puente Viesgo (Cantabria), como ya se ha visto, tiene dibujos y pinturas de todas las épocas del periodo paleolítico superior. Las obras que se han encuadrado en el ciclo magdaleniense - policromadas - se superponen a las más antiguas del auriñaciense.
Destaca el panel de bisontes polícromos - en particular el impresionante ejemplar de tamaño y hechura similares a los ejemplos de Altamira -, que aún muestran enorme belleza pese a haber perdido gran parte de su color. El hecho de encontrar figuras a las que les falta algún rasgo o que se hallan en avanzado estado de desaparición se debe a que están realizadas sobre una piedra blanda propensa a la descomposición, lo que hace que la erosión sea rápida. Entre todas estas siluetas, tiene de particular interés un pequeño e indefenso mamut de color rojo que, como en la representación de la Cueva del Pindal (Pimiango, Asturias), se creyó se tratase de un elefante de piel desnuda.

Son igualmente excepcionales las hermosas ciervas grabadas con técnica de raspado, el llamado Rincón de los Tectiformes, un hombre - bisonte o brujo en bajorrelieve, los espléndidos grabados de ligeras líneas entrecruzadas del magdaleniense final - como un macho cabrío con largo pelaje y retorcida cornamenta -, los numerosos signos, la serie de alineados puntos rojos, etc. 

Además, en la Gran Sala, aparecen unas ágiles figuras humanas de un esquematismo muy similar al que aparece en Levante, realizadas únicamente en negro. Son las más recientes e indican un cambio del medio ambiente y en las relaciones sociales. Es necesario especificar que lo que propiamente se denomina antropomorfos son las figuras más naturalistas, realizadas con mayor detallismo, donde la figura humana aparece encubierta por atributos animales, con una clara finalidad mágica; aquí se ha visto una silueta que asemeja un animal con patas de caballo, cabeza de mono y cola deformada. En este sentido, otra interesante imagen es la que representa un bisonte en posición erguida con patas de humano; probablemente su significado haya que ponerlo en relación con la magia simpática que pretende evitar la destrucción de la especie representada; no obstante, otras teorías mantienen la correspondencia de las figuras con un brujo o hechicero, un personaje de gran importancia conocedor de los rituales que favorecían la caza.

El conjunto de dibujos y pinturas de la Cueva de El Castillo de Puente Viesgo (Cantabria) es, sin duda alguna, uno de los más espléndidos de la zona.