| Pese
a que se hayan encontrado pinturas del periodo magdaleniense de calidad
indudable, ninguna es sin embargo equiparable al conjunto que, en 1879,
descubrió Marcelino Sanz de Sautuola en el techo de la Gruta
de Altamira, Santillana del Mar (Cantabria).
Este descubrimiento y la valoración
de sus pinturas suceden en una época que iniciaba en Europa el interés
por el conocimiento del hombre de la Prehistoria. En 1876 Marcelino s.
Sautuola visita por primera vez la cueva y la recorre en su totalidad,
pero parece que no da ninguna importancia a las interpretaciones abstractas
que cubren las paredes, probablemente ni siquiera las supone obra del hombre
prehistórico.
Poco tiempo después, las numerosas
colecciones de objetos prehistóricos que pudo observar en la Exposición
Universal de París de 1878 le llevan a desear visitar de nuevo Altamira.
No se sabe el momento exacto de esta segunda visita, pero sí que
le acompañaba su hija María, quien descubrió las rojizas
manchas que, en forma de extraños animales - bueyes -, cubrían
la bóveda de la caverna.
El descubrimiento de Sautuola fue excepcional,
pero no sólo por las pinturas, sino también por la novedad
de sus planteamientos. Su teoría se basaba en establecer una conexión
de las imágenes pictóricas con los restos paleolíticos
que aparecían junto a ellas. Para él, los autores eran sin
duda los mismos hombres que habían desarrollado el arte mueble,
los hombres de la Edad de Piedra. Sautuola proponía así,
en un ambiente profundamente marcado por las teorías de Darwin,
la presencia antehistórica de un ser dotado de posibilidades artísticas
infinitas. Altamira demostró que los grupos humanos habían
evolucionado espiritualmente y con independencia, hasta desarrollar creatividad
y genio en culturas materialmente iniciales. El artista era, física
e intelectualmente, un hombre moderno. Como se verá más adelante,
muchas son las razones que llevan a considerar Altamira el conjunto pictórico
más excepcional del Paleolítico Superior.
La cronología, aún en discusión,
habla de unos veinte mil años para los testimonios más antiguos,
del auriñaciense, y unos ocho mil para los más modernos,
del magdalaniense final.
La cueva la forman unos 270 metros de
galerías más o menos anchas en las que se distribuyen desde
las pinturas más primitivas de formas primarias - con afán
realista en la representación de animales, pero sólo con
ciertas alusiones a la figura humana, resumida en una silueta antropomórfica
- a otras formas llenas de fuerza plástica, de enorme realismo y
determinantes efectos de claroscuro obtenidos a través de los distintos
colores del posterior periodo magdaleniense.
La densa concentración de figuras
y la dificultad que tenía el hombre para acceder a ellas indican
que se pudo tratar de un posible santuario.
El dibujo y la policromía - amarillos,
rojos, negros…- descubren a un artista o artistas con enormes recursos
técnicos y grandes capacidades creativas.
La cueva de Altamira, estrictamente, se
divide en tres partes: I, próxima a la entrada, a la izquierda,
el "Gran Salón de Pinturas" o "Sala de los polícromos"; II,
la parte intermedia, que determina un recorrido zigzagueante; y III, el
corredor final, con más de 50 metros de longitud. En conjunto, se
pueden distinguir fundamentalmente dos series pictóricas: las pinturas
polícromas y la Serie Negra. No obstante, siguiendo el recorrido
de las salas y pasillos, a uno y otro lado, en los muros y en el techo,
se encuentran numerosas muestras de grabado y pintura.
La entrada actual, que permaneció
cegada hasta el primer encuentro con la cueva, en 1868, del cazador Modesto
Cubillas Pérez, da acceso a un amplio vestíbulo donde debió
guarecerse durante muchos siglos el hombre prehistórico. De este
vestíbulo se pasa a la gran sala de pinturas; luego, continúa
por otras salas y corredores hasta el extremo final, un pasillo de escasos
dos metros de anchura. En todos los tramos se encuentran manifestaciones
artísticas.
Es gracias a las pinturas que representan
grandes bisontes, caballo, jabalíes y una cierva polícromos
del "Gran Salón de Pinturas" que ha ido engrosándose la popularidad
de Altamira. Casi todas estas pinturas se encuentran en un espacio reducido:
un techo de 18 metros de largo por 9 de ancho que desciende hacia el fondo
desde una altura de 2 metros a poco más de uno (en la actualidad
el piso antiguo está rebajado con objeto de dar paso a la circulación
de los visitantes). Es un recinto muy angosto en el que varias generaciones
de artistas, aprovechado las irregularidades de la roca, representaron
desordenadamente animales, superponiéndolos o dejándolos
inconclusos. A pesar de ello, es admirable el sentido instintivo de las
proporciones que debió tener el artista o grupo de artistas de Altamira.
En esta magnífica bóveda
del "Gran Salón de Pinturas", aprovechando las protuberancias abombadas
de las paredes para dar sensación de relieve, el artista grabó
con firmeza la silueta de los animales y por último les aplicó
la espléndida policromía, predominantemente en amarillo,
anaranjado, rojo - gracias a las hematites sacadas del manganeso - y negro
- obtenido con carbón y minerales manganésicos -. Como se
puede apreciar, el proceso fue enormemente cuidadoso: elegidas las irregularidades
de la roca más efectivas, se trazaron los contornos de la figura
en rojo o se delinearon con un buril; luego se aplicó el color destacando
los detalles más importantes, tales como la cabeza, el hocico, los
ojos y las patas; para dar mayor suavidad y relieve, el último paso
fue lavar o raspar la roca.
El conjunto lo forma el remolino de una
manada de bisontes, jabalíes, caballos y ciervos entre los que es
difícil destacar uno sobre los demás.
No obstante, el animal más reproducido
es el bisonte: diecinueve grandes ejemplares, en actitudes y formas variadas
- reposo, movimiento, perfil, volviendo la cabeza hacia un lado, mostrando
las cuatro patas o con cinco, aludiendo al movimiento en potencia (bisonte
encogido con la cabeza vuelta pero con la energía contenida del
animal que va a embestir)-. Un corpulento bisonte en rojo y negro aparece
con grandes bigotes que sombrean el hocico. Es también extraordinaria
la pareja, macho y hembra, que dormitan con las cabezas entre las patas
delanteras y destacan, rojizos, sobre el fondo mate de la roca. De
fuerte realismo es la hembra con el cuello estirado que arquea el espinazo
y levanta el rabo en una expresiva llamada al macho. Una cabeza de caballo,
pintada sobre una anterior silueta de bisonte, permite apreciar un cuidado
estudio anatómico. A su lado, aparece la representación de
un bisonte tras la muda, cuando ya ha perdido el abundante pelaje. Otro
bisonte aparece sin cabeza, no porque se haya perdido, sino porque nunca
se representó, dejando un misterio más sobre su sentido mágico
- religioso.
Pero son muchos otros los animales recreados.
Al fondo, una cierva polícroma, la mayor figura de la cueva (2,25
metros), prodigio de movimiento contenido y elegancia expresiva, parece
enfrentarse a la manada, mugiendo. Con impresionante naturalismo, un enorme
ciervo, trazado con firmeza en sus patas y cornamenta, llama a la hembra
con mugidos.
Son auténticas "instantáneas"
de jabalíes, ciervos, caballos, bisontes.
En la parte intermedia de la cueva está
la denominada Serie Negra que formaría, según Leroi - Goruham,
un santuario incompleto. En este contexto están los cuatro signos
cuadrangulares - parecidos a los de La Pasiega y El Castillo (Asturias)
-, las máscaras humanas o el hermoso jabalí, que aparece
corriendo tan ágilmente como lo pudiera hacer el original y mostrando
sus naturalistas hocico, rabo, pezuñas o pelos de la barba.
A continuación, a lo largo del
corredor se descubren varias superficies llenas de "macarrones", cuyo aspecto
primitivo está determinado por el tipo de soporte. Estas decoraciones
digitales, realizadas por el hombre haciendo correr sus dedos por el barro
húmedo adherido a la roca, se han datado - como ya se ha visto -
en los primeros momentos de la creación del arte paleolítico,
el periodo auriñaciense.
En una zona algo más profunda,
los grabados se combinan con las pinturas y es donde se encuentra el ejemplo
más moderno de Altamira, el mamut, que parece seguir la fórmula
de bisonte + caballo + mamut que se diera en cuevas como la de Rouffignac.
Es evidente que Altamira no es sólo
la conocida sala de pinturas, sino un extraordinario conjunto de grabados
y pinturas menores repartidos por la mayoría de las salas de la
cueva. Miles de años de evolución artística han quedado
encerrados y eternizados en la famosa cueva santanderina.
Las múltiples representaciones
de animales realizadas por el hombre prehistórico son de una impresionante
seriedad, no hay en ellas concesión alguna a lo vulgar y, pese a
los ocasionales intentos de captar la movilidad, son imágenes hieráticas,
llenas de sentimiento religioso, plenamente clasificables dentro de un
arte sacro, el primero, en la historia de la humanidad. Sin embargo, no
hay duda de que la finalidad de estas pinturas sigue siendo aún
hoy un misterio. Nada, a pesar de las muchas teorías que se han
barajado, puede asegurarse en cuanto a las razones que provocaron la pintura
rupestre.
La gran calidad del dibujo, el color,
el grabado, los volúmenes independientes que raras veces se superponen
y aprovechan las deformidades de la roca, la expresividad y capacidad de
síntesis inspiraron a Salomon Reinach para calificar la cueva como
la "Capilla Sixtina del arte cuaternario".
Con acierto Teillard de Chardin afirmó:
"lo que descubrimos verdaderamente (en las cuevas de Altamira) es nuestra
propia infancia, nos descubrimos a nosotros mismos, las mismas aspiraciones
esenciales en el fondo de las almas".
Las pinturas de la Cueva de Altamira representan
el cenit de la cultura paleolítica, que desaparecerá dejando
en el aire algunas de las cuestiones más intrigantes de la Historia
del Arte.
6- Algunas conclusiones
En los primeros momentos de su estudio,
el arte rupestre paleolítico de la zona franco - cantábrica
se consideró una expresión puramente ornamental, carente
de significados más complejos. Esta simplificada conclusión
se obtenía a partir del arte mueble conocido hasta entonces. Poco
a poco, el desarrollo del conocimiento de esa época y los descubrimientos
que se iban realizando, hacían intuir que detrás de estos
inmensos conjuntos existía un enmarañado hilo conductor que
relacionaba los objetos representados y su localización.
Era evidente que el hecho de que se pintara
un limitado número de especies tenía un significado preciso.
Es habitual que las pinturas, dibujos y grabados se encuentren en los lugares
más inaccesibles de las cuevas; se multipliquen las asociaciones
y los signos enigmáticos; sean frecuentes las figuras intencionadamente
incompletas o ambiguas… Todo este complejo sistema en cuevas decoradas
que aparentemente no fueron habitadas.
A principios del siglo XX se aplicó
al arte paleolítico la teoría funcional de la magia simpática.
Ésta se basaba en conceptos que relacionaban la representación
de figuras con su influencia mágica sobre los modelos reales. Siguiendo
esta pista, se intentaron descubrir ritos y magias en cada aspecto del
arte paleolítico, en los fragmentos de objetos decorados y en la
representación de animales con flechas clavadas para propiciar su
captura. Sin embargo, son muy pocas las figuras de animales paleolíticos
que tienen flechas clavadas y muchas las cavernas que no tienen ninguna
imagen de este tipo. Además, en muchos casos no hay escenas evidentes
de caza y los huesos de animales encontrados en muchas cuevas no guardan
relación con las especies pintadas.
Pronto se desarrolló otra teoría,
la de la denominada magia de la fertilidad, según la cual la representación
de animales garantizaría su reproducción y la consiguiente
provisión de alimentos para el futuro. De nuevo, la duda saltaba
al ver que en muy pocas representaciones se podía distinguir el
género de los animales y que los genitales se mostraban casi siempre
de manera discreta.
Parece deducirse que la mayor parte del
arte paleolítico y, por tanto también el del territorio franco
- cantábrico, no tiene una relación clara con la caza o la
reproducción. En la década de 1950 los investigadores
franceses Annette Laming - Emperaire y André Leroi - Gourhan coincidieron
en considerar que las cuevas no habían sido decoradas al azar, sino
de forma sistemática. Se dieron cuenta de que en los diferentes
ejemplos de arte rupestre, de composiciones cuidadosamente planificadas
dentro de cada cueva, se valoraba a los animales no como retratos sino
como símbolos.
Hay ciertas tendencias en la investigación
prehistórica que buscan establecer criterios para identificar
la obra de artistas individuales. También hay quien ha creído
descubrir relaciones entre las paredes más decoradas y la acústica
de la cueva, dando a entender que el sonido desempeñó un
importante papel en las ceremonias vinculadas al arte rupestre. Otros muchos
siguen la línea de la clasificación cronológica para
establecer un cuerpo coherente de estudio.
En conclusión, hasta la fecha
ninguna interpretación ha podido dar explicación al conjunto
del arte paleolítico, un periodo que abarca las dos terceras partes
de la Historia del Arte, veinticinco mil años de Historia a lo largo
y ancho de la mayor parte de la superficie terrestre.
BIBLIOGRAFÍA
|