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Características generales de la Pintura rupestre del Levante español
En su evolución, el arte levantino
se extendió por casi toda la vertiente mediterránea peninsular,
desde Lleida hasta Almería. Si bien es cierto que se ha atestiguado
una mayor densidad en áreas próximas a la costa, no faltan
conjuntos importantes en lugares tan alejados del mar como Río Vero
en Huesca, Albarracín en Teruel o Villar del Humo en Cuenca.
Pese a la amplitud territorial, se podría
afirmar que además de los ejemplos ya citados de Teruel y Lleida,
los conjuntos más significativos se localizan en las provincias
de Castellón (cuevas de Valltorta, Remigia y La Gasulla), Valencia
(Cueva de la Araña de Bicorp) y Albacete (abrigos de Alpera, Minateda
y Nerpio).
Parece evidente que no se puede hablar
de unidad en estos territorios de dispersión de las pinturas
- hay algunas "cuevas" en zonas montañosas entre 600 y 1.000 metros
de altitud y otras muy próximas al nivel del mar -, pero sí
es cierto que predominan las imágenes sobre cortes calizos o areniscas
triásicas.
Los pintores levantinos solían
preferir colocar sus figuras en las hoquedades naturales que se forman
en las sierras calizas que asoman a barrancos u hondonadas. Por ello, la
pintura levantina recibe a menudo la luz solar directamente y el ataque
de las inclemencias meteorológicas es muy fuerte; es muy probable
que muchas de las obras hayan desaparecido, pero aún quedan centenares
de abrigos colgados de las cornisas, a veces en lugares empinados y de
difícil acceso. No obstante, en los últimos años han
aparecido pinturas levantinas en el interior de las cuevas (Santa Pola,
Cehegín, etc) que son excepciones a la tónica general de
representaciones casi completamente al aire libre.
A diferencia del hombre del Paleolítico
- que unía grabado, pintura y arte mueble -, el artista levantino
era casi exclusivamente pintor. El hecho de que aparezca algún grabado
independiente (como los ejemplos del Cingle de la Gasulla, Ares del Maestre,
Castellón de la Plana), es la excepción que confirma la regla.
En algunas pinturas se perfilaron los bordes con trazos muy finos, marcando
el espacio que luego se rellenaba de color, pero éste es un detalle
que no permite hablar de grabado en el arte rupestre del Levante español.
Por tanto, se puede afirmar que la técnica que utilizaban estos
grupos postpaleolíticos de las montañas orientales de la
Península Ibérica es la pintura, el color.
Dicho color se obtenía de productos
minerales en estado natural. Aunque el más utilizado era el ocre,
éste podía tener variadas tonalidades que iban desde el rojo
claro al violáceo. El negro, en distintas gradaciones, era menos
frecuente y se usaba para marcar las siluetas. El color blanco se obtenía
de caolines y se halla casi en exclusividad en las pinturas de los abrigos
de la zona de Albarracín (Teruel); en ocasiones tomaba el tono amarillento
o rosado de la arenisca que le servía de fondo; además, se
ha considerado probable que éstas pinturas blancas sean las más
antiguas. El pintor del Levante no mezclaba los distintos colores, por
lo que, a diferencia de la pintura paleolítica, no existe la bicromía
ni la policromía; las figuras son monócromas, aunque en algunos
casos utilizaban pintura más densa para los perfiles o combinaban
dos colores al hacer un repintado posterior.
Los artistas del Levante español
fueron los introductores de la figura humana en las representaciones pictóricas,
pero los animales siguieron siendo los protagonistas principales de las
obras. La forma más frecuente de representar un animal era la mancha
total de la figura, de un solo color, en silueta plana, sin valoración
del volumen. En algunos casos se trazaba sólo el contorno, sin rellenar
el interior, como algunas cabras de los abrigos de Minateda (Albacete).
En otras ocasiones pueden encontrarse figuras en las que el relleno del
dintorno se realizó con simples líneas paralelas. Es también
característico que no siempre se pintasen los animales completos;
aunque son escasos, existen ejemplos donde el artista sólo ha pintado
la cabeza y ha esquematizado el cuerpo con un lazo cerrado en cinta del
mismo color.
Se pintaban unos animales sobre otros,
se corregían cuernos o patas, se superponían figuras, etc,
lo que indica que los conjuntos pictóricos mantenían durante
mucho tiempo el poder mágico o la vigencia de su función,
cualquiera que ésta fuese.
Los tamaños de las pinturas variaban
bastante, aunque en general se podría decir que se realizaban figuras
pequeñas. No obstante, existen diferencias notables, pues los ejemplos
que se han conservado muestran que algunos bóvidos o ciervos naturalistas
podían sobrepasar el metro de largo, mientras otros ciervos, cabras
u figuritas humanas no alcanzaban los tres centímetros.
Aunque el pintor levantino carecía
de la imaginación del volumen y apenas lo utilizaba para dar mayor
realismo a sus siluetas, las irregularidades de la superficie no le pasaban
desapercibidas y le servían para realzar el ambiente anecdótico
o natural de la escena.
El "estilo" de la pintura rupestre levantina
podría definirse por la agitación, el alegre nerviosismo,
el vitalismo, todas ellas características que contrastaban con la
estabilidad y lenta ocupación del espacio del arte paleolítico.
En su interés por captar el movimiento, los artistas pintaban a
menudo las figuras formando composiciones en diagonal descendente, en un
intento de representación de bajada hacia el valle de animales perseguidos
- son habituales las imágenes de jabalíes, bóvidos,
ciervos en actitud de carrera -. Además, siguiendo uno de los convencionalismos
más antiguos, los cuerpos de animales y hombres se representaban
de frente en figuras de perfil para expresar la tan buscada sensación
de movimiento.
Otro elemento habitual en toda la pintura
prehistórica es la exageración de los cuerpos humanos y animales,
que estiran o adelgazan desmesuradamente sus extremidades o su cintura
componiendo formas irreales como muestra del deseo de captación
vital, instantánea. Las múltiples y repetitivas deformaciones
han llevado a que se establezca una clasificación de las mismas;
así, se habla de figuras cestomáticas (exageradamente largas,
con la cabeza en forma discoidal, el pecho ancho y triangular, un largo
torso, la cintura estrecha, las piernas largas y gruesas, los múltiples
adornos en las rodillas); lo contrario son las figuras paquípodas
(cortas, con las grandes cabezas de perfil anguloso, el corto y delgado
torso, las piernas pequeñas y gruesas, los adornos en brazos y piernas),
también se han definido las figuras netamorfas (las más modernas,
de dibujo lineal y muy expresivas)…
El interés por representar símbolos,
más allá de realidades, hacía que los pintores casi
hicieran desaparecer los detalles fundamentales: los ojos, las distintas
tonalidades de la piel… El artista destacaba los perfiles, pero nunca marcaba
partes concretas u órganos del animal o el hombre, que se caracterizaban
tan sólo por el contorno.
Todos estos elementos ayudan a dar emoción
y vitalidad al relato. No obstante, los pintores no dudaban en mostrar
la diferencia evidente entre el naturalismo de los animales y la estilización
y el afán cinético de las figuras humanas.
En algunas ocasiones se ha hecho referencia
a que el arte rupestre del Levante Español pudiera suponer el inicio
del antropocentrismo; es en este momento cuando por primera vez el hombre
se convierte en sujeto de interés. Aunque las representaciones de
animales seguían marcando la pauta de la mayor parte de las composiciones,
esta fauna raramente aparecía sola y figuras masculinas o femeninas
intervenían en acciones conjuntas. En realidad, es extraño
encontrar composiciones con animales aislados y estáticos y cuando
es así, los investigadores coinciden en considerarlos más
antiguos y próximos a la sensibilidad paleolítica. Sin embargo,
pese a la nueva importancia que adquiere la representación humana,
las numerosas y variadas figuras tenían siempre un tamaño
pequeño (6 - 15 centímetros de altura). La pretensión
de realismo e individualización llevó a los artistas a marcar
claramente las diferencias entre hombre y mujer a través de los
rasgos sexuales y la indumentaria, aunque no detallaban el rostro, pues
es probable que el retrato se opusiera a las concepciones mágicas
dominantes.
Parece evidente que la pintura levantina,
incluso si tenía una finalidad mágico - religiosa, era de
carácter narrativo y la intención de los artistas era fijar
un acontecimiento, narrar un hecho, casi "contar una historia". Tanto es
así, que los análisis detallados muestran la existencia de
una temática perfectamente definida y repetida, aunque ciertamente
elemental: la persecución o caza del animal, los enfrentamientos
de tribus, las danzas, las labores de cultivo y recolección, los
ritos mágicos… son algunos de los argumentos recurrentes. Las escenas
que se representaron en mayor número fueron las de acecho o persecución
de animales; se pintaban cacerías de ciervos, bóvidos, cabras…,
una fauna que en todos los casos sigue existiendo en la actualidad (ésta
es una prueba que refuerza las teorías que defienden que la pintura
levantina es postpaleolítica). Las luchas entre guerreros o tribus
podrían ser representaciones de hechos reales o simulacros de danzas
rituales; en ellas se ofrecían detalles que pretendían
distinguir a los distintos combatientes. Además, eran también
abundantes las composiciones con escenas del trabajo de campo, la recolección
de miel y cereales, la domesticación de animales, etc. Estas representaciones
de figuritas con armas, cestos y vestidos demuestran un estado de cultura
relativamente avanzado, aunque aún de vida cazadora.
Todas estas características estilísticas,
temáticas, técnicas… parecen evidenciar que las pinturas
rupestres del Levante español fueron realizadas por hombres que
vivieron, sintieron y plasmaron un mundo completamente nuevo.
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