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En las luchas de pasillo
que se desarrollan en el panorama escultórico de España, pocos artistas
consiguen el favor del rey. Entre 1808 y 1833, periodo correspondiente al
reinado de Fernando VII, la protección de las artes no responde a ninguna
iniciativa del monarca. Éste carece de inquietudes artísticas o simplemente
no se dedica a ellas. La Guerra de la Independencia previa al reinado de
Fernando VII tampoco fue un periodo adecuado para la creación. Había
necesidades más perentorias en el momento. Por otra parte, la instauración
del monarca conllevaría posteriormente a una actitud poco sana, la de la
depuración política de los mismos artistas. Nada tenían que ver las obras
con la aceptación del creador; más relevante sería el comportamiento
que el artista había tenido cuando los franceses ostentaron el poder en
España. De ahí que los mismos artistas utilicen como argumento para sus
objetivos profesionales la lealtad al monarca en el exilio, y que esto se
convierta en un baremo para la consecución de los puestos de escultores de
cámara.
Pero tampoco pensemos
que los puestos de la corte suponían una fortuna personal para estos
artistas. Había en ello más prestigio que buenos rendimientos económicos.
El primer Escultor de Cámara tenía un sueldo máximo de 15.000 reales al
año, pero resulta irrisorio compararlo a la suma de 30.000 reales que un
operario podía obtener con el encargo de una pieza que tuviera de ocho a diez
palmos de altura.
Todas estas cuestiones
ponen énfasis en el duro ambiente artístico que se vivía en el primer
tercio del siglo. Resulta lógico pensar que no favorecería la generación de
nuevos creadores. Había demasiados elementos en contra. Poco apoyo podía
tener un aprendiz de escultor que no ignoraba que incluso los artistas más
afamados y que habían tenido una trayectoria más brillante morían en la
miseria. Creadores de la talla de Álvarez Cubero, que era considerado el
mejor escultor de su tiempo, morían sin que la familia pudiera hacerse cargo
de los gastos ocasionados por su enfermedad o su funeral. Ya en el segundo
tercio del siglo, en 1861, Antonio Solá moría indigente, después de que el
gobierno hubiera decidido suprimir el cargo de Director de Pensionados en
1855.
Aparte de la política
despreciativa hacia la materia que propugnaba la Academia, los alumnos se
encontraban con problemas de competencias profesionales. El respeto a las
parcelas que con tanto celo se apropiaban y defendían los operarios,
provocaba que los pensionados españoles cada vez tuvieran menos experiencia
en la técnica de los materiales.
No
existe, por tanto, una sola causa para el deterioro del panorama escultórico
a principios de este siglo. A pesar de que las normativas intenten ajustarse a
la realidad y sólo se les permita hacer escultura a los que son miembros de
la Real Academia (Real Orden del 12 de febrero de 1817), la situación es
mucho más compleja. Los operarios pueden ser verdaderamente agresivos en el
celo de sus competencias, pero esto se une al hecho de que el escultor sólo
trabaja en barro. Con suerte, un grupo monumental podrá ser pasado a
escayola, porque se considere que merezca la pena que se perpetúe en el
tiempo y que pueda deleitar y enseñar a más público. Esto permite una
situación que casi nunca se da: la de que un generoso mecenas aporte la
cantidad necesaria para que la figura pase a mármol o a bronce. El que dos o
más clientes se disputen la pieza es más habitual, pero lo que conlleva es
que se haga un nuevo vaciado de escayola. Pero supongamos que verdaderamente
existe el generoso mecenas, y que se pueda realizar la escultura en un
material más noble. Ni siquiera en estos casos el artista puede vigilar su
obra, y en pocas ocasiones toca con sus manos lo que el cliente se llevará a
su casa. Los marmolistas se encargan de desbastar la piedra, sacar los puntos
e incluso de pulir la pieza. Los
broncistas proporcionan también la apariencia final a aquella escayola pasada
al noble metal. De ahí que por el aspecto que las esculturas neoclásicas ofrecen hoy, parecen -según Mª Jesús Quesada-
más copias que originales, después de haber pasado por una
desnaturalización progresiva.
Estas
circunstancias dejaban al artista sin protección respecto a los derechos
inherentes a su creación. Se trata de una situación que se prolongó hasta
el último tercio del siglo. En
ocasiones, los mismos operarios realizaban copias de la obra para su propio
lucro, sin que el escultor pudiera vigilar y dirigir el proceso de copia de la
pieza.
LOS ARTISTAS Y SU
ACTIVIDAD EN LA ÉPOCA FERNANDINA
Pocos escultores de
talla desarrollaron su actividad en provincias. Las creaciones escultóricas
se centraron fundamentalmente en Madrid y Barcelona. Cuando existían
escultores provinciales, generalmente de bajo nivel, éstos solían dedicar
sus esfuerzos a la escultura tradicional en madera policromada. El impulso
dado al Neoclasicismo desde la Academia de Bellas Artes de San Fernando de
Madrid hizo que se generaran unas claras directrices de la creatividad que
afectarían a toda la nación.
Durante el primer tercio del siglo se dará una escultura de
una calidad digna, a pesar de que progresivamente el nivel
técnico irá descendiendo. Esta dignidad se halla directamente
relacionada con el hecho de rechazar el sentimentalismo religioso, ensalzar la
belleza como concepto universal y propugnar valores morales y cívicos. Una
novedad absoluta en el panorama escultórico es el desnudo. La idea de
perfección y belleza inherente a las realizaciones neoclásicas de desnudos
tuvo que enfrentarse a algún que otro prejuicio, pero salió vencedora del
reto.
Aquella
generación formada en el siglo anterior
es la protagonista del mundo escultórico del primer tercio del XIX. En
la corte madrileña se reúnen escultores como Juan Adán, José Ginés o
Esteban de Agreda, que realizan su obra tanto en el XVIII como
en el XIX.
Pensionado en Roma por
la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, Juan Adán
(1741-1816) volvió a España en 1776 y recibió uno de los cargos oficiales
con los que soñaban muchos de los escultores de la época, el de teniente
director de escultura en la Real Academia madrileña. Gracias a estos cargos,
muchos escultores sobrevivirían y podrían continuar con su quehacer
artístico. Esto fructificó en el caso de Juan Adán y, aunque ya en Roma
había realizado sus primeros trabajos de importancia, en España pudo
desarrollar su obra con el apoyo económico del puesto conseguido y con otros
posteriores, que culminaron con el de primer escultor de cámara en la época
de Fernando VII, aunque el artista murió al año siguiente.
Por hallarse bajo las
influencias de dos siglos, en la producción de Juan Adán se constatan aún
influencias del barroco tardío, sobre todo por las obras de carácter
religioso como el Cristo Crucificado de la iglesia parroquial de Torrelavega o
el San José de la iglesia de San Ginés de Madrid.
Su vinculación con la casa real le llevó a la creación de retratos
de Carlos IV, María Luisa de Parma y otros personajes relacionados con la
corte. Entre otros temas tocados por Juan Adán se encuentra una de las
primeras incursiones en la estatuaria ecuestre, pues en 1778 Carlos III
encargó a través de una Real Orden que los directores y tenientes directores
(caso de Adán) de la sección de Escultura de la Academia realizaran un
modelo para un monumento en homenaje a su padre, Felipe V.
Pero su afiliación al espíritu neoclásico se demuestra sobre todo en
una obra fechada en 1793, la Venus realizada para la Alameda de Osuna en
Madrid. En la misma línea sigue Adán durante los primeros años del XIX,
periodo en el que realizaría el grupo Hércules y Anteo, para la fuente de
Aranjuez del mismo nombre.
Aunque la Venus de la
Alameda de Osuna pertenezca cronológicamente a la última década del siglo
XVIII, se trata de un ejemplo claro en el que se puede observar la labor de un
maestro típico de la primera generación que se da en el siglo XIX, aquella
formada en el barroco y que conoce la calidad que los materiales aportan, pero
que se abre a la perspectiva neoclásica de la belleza amable. El pensamiento
universalista e intelectual del neoclásico se transforma en esta ocasión en
una alegría que le imprime un carácter ligero y hasta un poco frívolo. De
este modo, la Venus de la Alameda de Osuna se encuentra entre las Venus
púdicas clásicas y las obritas dieciochescas de Sèvres.
Un caso análogo del
paso del espíritu barroco al neoclásico es el del escultor José Ginés
(1768-1823). Su nombramiento en 1816 como primer escultor de cámara de
Fernando VII ayudó económicamente a la creación de su obra, aunque la
cortedad de miras de la corona hiciera que en ese cargo se tratara sobre todo
el retrato del monarca y de otros personajes de la corte, como lo demuestra el
hecho de que tras su muerte, los herederos de Ginés donaran a la Academia
varios vaciados entre los que se encontraba el retrato de la esposa de
Fernando VII, María de Braganza.
Previamente al
nombramiento real, la vida de José Ginés muestra que desde sus estudios es
un alumno destacado, tanto en las Academias de Madrid como de Valencia, y que
el pensamiento y las referencias clásicas cristalizan desde su obra más
juvenil. Por ejemplo, cuando Ginés cuenta sólo con diecinueve años, realiza
un relieve que narra el convite del tirano Dionisio a Damocles; en él pueden
observarse las facilidades técnicas de Ginés, conseguidas gracias a su
talento y a las coherentes enseñanzas del siglo XVIII,
una composición armoniosa que responde al talante neoclásico y un
magnífico modelado. Pero no hay que olvidar que Ginés aún se encuentra a
caballo entre los artistas que provienen del barroco tardío y las
sensibilidades traídas del exterior. La intensidad expresiva y el dramatismo
se ponen de relieve en la realización del
belén del príncipe al servicio de Carlos IV, especialmente en su
grupo de la degollación de los santos inocentes. Su habilidad técnica se
demuestra también en otros encargos de talante religioso para
la Capilla del Palacio Real, como los imponentes y solemnes cuatro
evangelistas realizados en estuco, un material con el que el artista se
manejaba muy bien.
Aparte del belén del
príncipe o de los cuatro evangelistas, resulta interesante establecer un hilo
conductor de sensibilidades al poner en relación la Venus de la Alameda de
Osuna de Juan Adán y la Venus, acompañada de Cupido, realizada por José
Ginés para ser ubicada en el Real Sitio de Aranjuez por encargo de Carlos IV.
Se trata, según confesiones de José Ginés, del primer ensayo que realiza en
mármol, pero en ella no se observa ningún espíritu dubitativo, sino un
quehacer cuidadoso que provoca que inmediatamente la relacionemos con la
frescura de la obra de Juan Adán. El carácter minucioso de la Venus de
Ginés, sobre todo en las telas adheridas al cuerpo, desvela una sensualidad
que nace intuitivamente en el espectador, aunque el autor no la haya buscado.
Ambas Venus sobresalen entre otras obras neoclásicas también por el cuidado
en su ejecución, por su carácter irrepetible, por la sensación que se
produce de que se trata de piezas únicas, sobre todo si se comparan con el
aspecto de copia de muchas esculturas que han llegado hasta nuestros días.
Venus y Cupido, en el Museo de San Telmo en San Sebastián, se convierte así
en un modelo del ideario neoclásico. La Venus cubre su cuerpo púdicamente
dando sensualidad al desnudo intuido y su acompañante Cupido es un mero apoyo
de este desnudo.
Si Ginés es otro de los
escultores más sobresalientes de la época es por su habilidad técnica y por
su incursión por distintos caminos, pero fue José Álvarez Cubero
(1768-1827) quien ostentó el papel de ser considerado el mejor escultor de
nuestro periodo neoclásico. Su biografía artística engarza con el mismo
inicio del siglo, pues sus primeras producciones se localizan en París entre
1800 y 1805. El hecho de ser hijo de un marmolista hizo que desde pequeño
estuviera en contacto con el material y la técnica escultórica. Más tarde
estudiaría en Córdoba y Granada, hasta ingresar en la Real Academia de
Madrid. Como otros alumnos destacados, consiguió una pensión de la misma
Academia para estudiar en París y en Roma, donde completó su formación. En
su producción parisina destaca una obra que Álvarez Cubero envió a Madrid,
Ganimedes. Álvarez Cubero llegó a Roma en 1805, y casi toda su vida la
pasaría allí. Contactó pronto con Canova, un maestro con el que mantendría
una sólida amistad y con el que compartiría principios escultóricos.
Realizaría encargos para
Napoleón en Roma, a pesar de que políticamente nunca reconoció a José
Bonaparte como rey de España. Más
tarde, cuando desaparecieron las presiones políticas napoleónicas, Álvarez
Cubero adquiriría tanto en Roma como en España una sólida fama premiada por
honores y recompensas académicas, que culminarían con el nombramiento de
Primer Escultor de Cámara de Fernando VII en 1823. De ahí su decisión de
regresar a Madrid en 1826, aunque murió al año siguiente.
Su apartamiento de la
precaria situación artística española ayudó a que pudiera realizar una
obra bastante libre, dedicada principalmente a los temas mitológicos y al
retrato. Su vida en Roma propició producciones como el Apolino del Casón del
Buen Retiro, que ha sido calificado como el desnudo masculino más elegante
del neoclásico español. La influencia del clásico Praxíteles se pone en
evidencia en las ondas y curvas de esta pieza, haciendo que las formas se
traduzcan en el terreno del pensamiento, y que se plasmen en un esplendor
espiritual y un sentido de la belleza física propias del dios de las artes.
Los cuerpos desnudos resultan ser los modelos perfectos para que se concentre
en ellos un ideario neoclásico, y sus distintas connotaciones ofrecen una
suave placidez -como ocurre en el Amor dormido que se encuentra en el Museo de
San Telmo de San Sebastián- o una vitalidad
juvenil amable, como en el Joven con un cisne del Casón del Buen
Retiro. La estatuaria antigua había penetrado con facilidad en España, sobre
todo el “estilo bello”, asociado a las piezas de corte praxiteliano, que
el mismo Álvarez Cubero toma como inspiración. Su amigo Canova también
recurre a las proporciones de Praxíteles
y absorbe su espíritu, con lo que llega instaurar de nuevo en Europa
un modo de hacer de raíz clásica.
Pero la obra cumbre de
este artista neoclásico es un grupo escultórico, el de la Defensa de
Zaragoza. Su génesis, a pesar de tratarse de un tema de raíz hispana de
actualidad, se remonta a su dilatado periodo romano. El Cerco de Zaragoza
ocurrido en 1808 fue un episodio cruel del asedio francés. Álvarez Cubero se
inspiró en unos sucesos conocidos en el asedio. Un
padre, herido por los franceses, se ve rodeado por unos cuantos
soldados. El hijo lo ve, acude
ardoroso a su defensa y mata a los enemigos que le rodeaban. Pero un oficial a
caballo ataca al joven y acaba con su vida. El padre es hecho prisionero, pero
el dolor más grave es el de la pérdida de su hijo y muere a los pocos días.
Este argumento, una vez tratado escultóricamente por Álvarez Cubero, se
convierte en una obra que, aparte de su calidad, puede ser llevada a
materiales nobles, sobre todo por el cambio político producido en España a
partir del reinado de Fernando VII. Tengamos
en cuenta que el grupo escultórico se concluye en yeso en 1818. El monarca
español, afectado por cuestiones políticas más que artísticas, no sólo
aprueba al año siguiente su paso
a mármol, sino que se realice este proceso con cargo a la corona. Una vez
finalizada la talla en mármol, Álvarez Cubero la envía a España en 1825.
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