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ARTE HISPANO-MUSULMÁN 1/8
ISBN-84-9714-060-5
Rosario Ros Larena
 

1. INTRODUCCIÓN.

Tres grandes bloques articulan la Historia del Arte medieval  en la península Ibérica: el arte árabe, el románico y el gótico.

 Dedicamos ahora unas páginas a la que probablemente sea una de las culturas artísticas más brillantes de la Historia del Arte en general y de España en particular: el arte del Islam, no en vano se refirió a él Washington Irving como “un brillante exotismo”. Forma éste un capítulo tan peculiar, con unas características tan definidas, una personalidad tan poderosa, reconocida y diferenciada, que es fácilmente distinguible de las otras manifestaciones artísticas, posee lo que George Marçais llamaba “la personalidad del arte islámico”. 

Ocupa un espacio, tanto cronológico como territorial con un principio y un fin muy concretos, ocho siglos, del  VIII al XV de tiempo absoluto, limitados por dos hechos históricos o políticos muy concretos: el año 710, el de la primera invasión árabe a la península, y el 1492, momento en que el último reducto árabe, Granada, es entregado a los Reyes Católicos. El problema surge cuando se intenta fijar el tiempo relativo del arte islámico en España, es decir en qué momento la totalidad de la cultura aceptó los cambios que la transformaron y se definió el arte claramente como suyo propio. Este problema de cronología lo estudia ampliamente Oleg Grabar en La formación del Arte Islámico, imprescindible manual para tratar el tema que nos ocupa.

Dividido en diferentes etapas: emirato, califato, reinos taifas, almorávides y almohades y reino nazarí, todos ellos imprimieron al territorio andalusí, a nivel artístico, unos matices propios, unos caracteres particulares, que harían del arte árabe un conjunto de heterogeneidades dentro de su homogeneidad, modificando radicalmente el carácter de la península ibérica.
 Durante ocho siglos en  territorio hispano, convivieron dos mundos, cristiano y musulmán muy distintos culturalmente, y enemigos política y religiosamente, con constantes enfrentamientos, pacíficos o no, pero en continuo contacto entre ambos,   lo que permitió un enriquecimiento cultural del que se beneficiaron uno y otro, posibilitando la creación de dos interesantes corrientes artísticas, la mozárabe y la mudéjar.

 Se trata de un arte que dejará una importante impronta en el resto de los estilos y etapas siguientes. Un arte todavía vivo y contemporáneo.

1.2 LA EXPANSIÓN DEL ISLAM: AL-ANDALUS

 Es el Islam el movimiento fundamentalmente religioso, y como consecuencia artístico, que más rápidamente y en mayor espacio se difundirá a lo largo de la historia. Su propagación por Oriente había sido veloz y eficiente, pero quedaba una asignatura pendiente: su difusión hacia Occidente, “la perla que colmó su expansión imperial”.

Según la documentación musulmana, en el año 710 se envió a la península una expedición de tanteo, encabezada por Tarif junto con setecientos hombres más. Desembarcaron en Tarifa, y de allí pasaron a Algeciras, con ayuda del Conde Don Julián, aliado de Witiza, y enemigo del rey Rodrigo. Será el año siguiente, el 711, una fecha a recordar: con el califa omeya Walid I y siendo Musà ibn Nusayr gobernador en Ifriqiyya, su lugarteniente Tariq ben Ziyad, viendo el estado de composición del reino visigodo, cruza el estrecho de Gibraltar con setenta mil hombres. Comienza aquí la historia del Islam en Europa.

Avisado el rey Rodrigo en Pamplona, baja hasta el Sur y se enfrenta con Tariq en Guadalete. Es éste el primer enfrentamiento militar entre árabes y cristianos, la primera derrota frente al Islam y la desaparición de don Rodrigo. 

Se toma Écija, Córdoba, Granada, Málaga, Orihuela, el centro de la meseta de Toledo, Guadalajara, Zaragoza y Tarragona. En el verano del año 712, Musà se traslada a España con dieciocho mil hombres, iniciando una segunda penetración hacia el Norte, conquistando sin mucha resistencia Medina Sidonia, Carmona, Sevilla, Mérida, Toledo, donde está Tariq, y luego Galicia y León. Es sorprendente la rapidez con la que avanza la conquista.

Diez años después, en el 722, se registran conflictos con Pelayo en los Montes Cántabros, en la batalla de Covadonga se hace frente al Islam y sus incursiones, considerándose el primer hecho antiislam. Las fuentes árabes y cristianas  coinciden en la importancia de esta batalla, aparece en las Crónicas de Alfonso III, hablando de “ciento ochenta y siete mil hombres árabes vencidos”; las fuentes musulmanas, al contrario, hablan de la anécdota de Covadonga, haciendo referencia a “trescientos asnos salvajes”, respecto a los cristianos (Crónica de al-Moggari).

En el año 732 se pasan los Pirineos y son derrotados en Poitiers por Carlos Martel, cerrando la posibilidad de expansión por el Norte. Significa esto el final de la penetración en Europa del Islam.
Desde esta fecha del 711 hasta el 756 está asentado el Emirato dependiente del Califato de Damasco. La capital en principio estuvo en Sevilla, luego pasó a Córdoba.

A partir del año 741, con la península convertida en provincia omeya, comienza una etapa de lucha por el poder entre los jefes militares desplazados  a la península, acrecentado por un cierto carácter racial, ya que en las distintas invasiones habían participado diferentes grupos: por una parte, una aristocracia árabe del califato; por otra, los Bereberes llegados del Norte de África como mercenarios del Moro Almanzor; y un tercer conjunto, el formado por esclavos de origen cristiano, esclavos manumitidos, sometidos por Almanzor, una población hispana que se islamizó. Este último grupo adquirirá mucho poder durante el siglo XI, formando una importante dinastía en Almería.

 En el año 750 se produce la exterminación violenta de la dinastía Omeya por parte de los abbasíes, sobreviviendo a ella Abd al-Rahman ibn Muawiya, Abd al-Rahman I, que llega a Túnez, donde reside en Qairwan, este hecho tendrá su importancia cuando más tarde describamos la aljama de Córdoba, pues en ella veremos varias influencias de la primera ciudad. En el 756 llega a Al-Andalus, desembarca en Almuñécar (Granada), haciéndose con el poder, y poniendo fin a la inestabilidad política que mantenía al-Andalus, comenzando el emirato independiente de Córdoba (756-929), dependiendo sólo de Bagdad religiosamente. Durante este período del emirato omeya, al-Andalus se convertirá en el enclave más importante del Islam occidental, Córdoba se erigirá como el “crisol de lo oriental y de lo occidental”, siendo respetada como verdadera potencia política y cultural por musulmanes, judíos, bizantinos y cristianos. Este momento de esplendor no sólo lo fue en el ámbito político-administrativo y comercial, también la cultura fue adquiriendo un carácter propio, siempre conectada con el resto del mundo islámico, pero creándose su debida identidad, gracias, en parte a las relaciones que seguía manteniendo con el mundo cristiano.

Del 929 al 1031 dura el califato cordobés. En los motivos de su larga duración, tomaron parte aspectos de diversa índole, pero fundamentalmente fueron las relaciones comerciales con el Mogreb fatimí, los enfrentamientos por dominar las principales rutas, las causantes. Los bereberes se revelarán, destruyendo la magnífica ciudad real de Madinat al-Zahra y la sede administrativa Madinat al-Zahira. Este hecho, la Fitna,  supone el inicio de la desintegración en numerosos reinos, cada vez más debilitados, los reinos taifas (tawaif significa desmembramiento). Pero a su debilidad política y militar no se correspondió la cultural, ya que todos estos pequeños Estados decidieron convertir su capital en “una pequeña Córdoba”.

Alfonso VI aprovecha bien la debilidad y comienza una serie de campañas contra Toledo y Valencia. Los reyes taifas, muy debilitados, se hacen  vasallos del rey y tributarios. Esta situación tan crítica, que a punto estuvo de acabar con el poder islámico en la península, se sucede hasta el 1086, año en que los reyes de Sevilla, Granada y Badajoz solicitan ayuda a los almorávides (al-Murabitun), bereberes del Sahara, de estricta ortodoxia religiosa, militares que habían dominado los reinos y emiratos del Mogreb. Las expediciones de los reinos cristianos avanzaban por tierras de al-Andalus, frenando los intentos almorávides de reinstaurar el puritanismo islámico. 

Éstos vencen a Alfonso VI en la Batalla de Sagrajas, e intentan imponerse a los taifas, consiguiéndolo en el 1090 con Tasufin, monarca almorávide que se hace con todo el territorio árabe y que acaba con el caos. Al-Andalus pasa a convertirse en una provincia de los almorávides hasta 1145, fecha en la que aprovechando su decadencia, y con el objetivo de hacer frente a la reconquista que avanzaba con gran rapidez, invaden la península los almohades (al-Muwahhidun) haciéndose con el poder, y situando la capital en Sevilla. Este período durará hasta 1212, año en que son derrotados los almohades por las tropas cristianas en la batalla de las Navas de Tolosa. Con este hecho se pone fin no sólo a la pervivencia de los almohades en la península, sino también a la presencia del Islam en tierras hispánicas.

Sólo un reducto queda del mundo árabe, el reino que fundó en Granada, en 1238, Muhhamad ibn Nasr, perteneciente a una familia noble que da origen a la dinastía Nazarí y que pervive hasta el 1492. Amplio período debido a la barrera que suponía el Sistema Penibético y que  impedía ser invadida, y por otra parte, ha de tenerse en cuenta la astucia con la que actuaba, estableciendo pactos diplomáticos, declarándose vasallos del rey de Castilla. Es este un momento de gran esplendor cultural que acompaña a una interesante prosperidad económica basada en la perfecta organización de la agricultura y el comercio de artesanía con el Mediterráneo.

A pesar de estas circunstancias tan favorables, comienzan a sucederse una serie de conflictos políticos que desembocan en el  hecho de que el día de la Epifanía de 1492, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla entraran en la Alhambra, tomando la que había sido la última ciudad islámica en la península, Granada.