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ARTE HISPANO-MUSULMÁN 2/8
ISBN-84-9714-060-5
Rosario Ros Larena
 

1.3 EL ARTE DEL ISLAM: TEMAS Y CONCEPTOS

 Estamos tratando de un arte completamente influenciado por su religión y que en relación a ella se plantea una serie de temas y conceptos que se traducen en unas formas y elementos constructivos y ornamentales que reflejan una filosofía y una forma de vivir, una mentalidad en definitiva. Antes de embaucarnos en la interesante tarea de describir las diferentes y numerosas expresiones del arte árabe, tanto religiosas como civiles, es preciso aclarar estos otros puntos que en mayor o menor medida a todas ellas caracterizan.

 Uno de los conceptos que es preciso considerar al hablar de arte árabe, cuando emprendemos la descripción de un edificio o de un objeto musulmán es el de la  iconoclastia, la ausencia de figuración humana. El Corán no prohibe su representación, su omisión responde, creemos, que a algunas interpretaciones que se hicieron de los textos; lo que sí encontramos en el libro sagrado son referencias contra los ídolos, un fragmento sacado de él así lo demuestra: “¡Oh, vosotros, los que creéis! El vino, el juego de azar, los ídolos (ansab) y las flechas adivinatorias son una abominación, obras de Satán; manteneos alejados de todo ello. Tal vez entonces seáis felices”

El principal mensaje teológico que se obtiene del Corán es el del absoluto carácter único y el poder total de Dios. Sólo Él es un musawwir (el que da forma, también son llamados así los pintores). Los rigoristas musulmanes temían que el hombre fuera capaz de crear al hombre, hecho sólo realizable por Dios, de aquí la oposición a los ídolos que, por extensión, debió convertirse en oposición a las representaciones. De hecho, existe representación humana en edificios no religiosos, en murales que algo deben de tener de herencia bizantina y tardorromana. No debe sorprendernos la presencia en Córdoba de temas figurados, peces, flores, pájaros y otros animales, también personajes: cazadores, músicos, caballeros,..., que adornaban fuentes, telas y otros objetos. Se deduce, por tanto, de estos datos que los musulmanes andalusíes no encontraron problema alguno a la hora de la representación figurada o animada, teniendo normalmente cuidado de que ésta estuviera fuera del contexto religioso, por ello la encontraremos más frecuentemente en obras de carácter civil.

 En la península encontramos varios ejemplos con este tipo de decoración, por ejemplo en la Giralda de Sevilla hubo algunas zonas cubiertas por yeserías con representaciones de aves, hoy desaparecidas. También en la Alhambra existe este tema de decoración: la bóveda de la sala de los Reyes refleja, sobre cordobán, a los dinastas nasríes, y las otras alcobas, presentan sus techos decorados con escenas caballerescas y cortesanas.

 La cultura árabe siempre estuvo rodeada, y aún hoy lo está, de un estricto sentido de la intimidad en todas sus actitudes. Se establece una interesante analogía entre el secreto que envuelve la vida de la mujer árabe, y la arquitectura, entre el velo típico de la indumentaria femenina, que no es más que el ocultismo de una posición social,  y la celosía, como elemento arquitectónico, que enmascara  una realidad. Un ocultismo que permite a la vez tomar conciencia de la realidad y verla sin ser visto.

 El deseo de esconder el cuerpo de la construcción se adivina en toda la arquitectura del Islam. Este enmascaramiento a través de paneles entramados, no pretende crear una contraposición entre el interior y el exterior del edificio, sino más bien magnificar y destacar la grandeza de la arquitectura que, no hemos de olvidar, establece una intercomunicación perfecta con la naturaleza a través de patios, jardines, estanques,..., que frecuentemente la acompañan. 

En ella, el arte musulmán tendió a conjugar los elementos estructurales, formales, con los ornamentales, tendió al ilusionismo más radical por el que las cosas no aparentaban ser lo que eran. Adquirió la misma importancia el elemento constitutivo que el velo de mosaico, de cerámica o de estuco que cubría el exterior. 

La celosía se convierte en un claro exponente de lo que es otro de los temas más importantes del arte árabe, la geometría. Una gran parte de los espacios destinados a ser decorados, lo hacen a través de figuras más o menos complejas, que se van repitiendo. Se trata de polígonos regulares, casi siempre de forma circular o estrellada, que se van uniendo entre sí como si de lazos se tratara, creando espacios semejantes a “nidos de abeja”. En su evolución, o a elección del artista en muchos casos, este entramado se va complicando en sus formas, creando composiciones muy enrevesadas y de gran belleza en el conjunto de la construcción.

Este motivo decorativo sirvió no sólo para las celosías, también se utilizó en cerámica, en la 
ornamentación de libros, en la traza de una cúpula o como elemento repetitivo de un artesonado.
Tal vez debido a la escasa decoración figurativa, problema del que ya hemos hablado, el elemento geométrico se convirtió en casi el único vehículo expresivo del arte islámico. En su evolución, la geometría en al-Andalus alcanzó su cota más alta con los almohades, llegando a su cumbre en el siglo XIV, como señala Pavón Maldonado.

Este elemento geométrico plano llegó también a cubrir la figura tridimensional, originándose lo que se consideró más tarde, el elemento clave de la decoración islámica, los mocárabes o mucarnas. Se plantea aquí un problema de fecha en torno al cuál se llegaría a desarrollar plenamente este elemento; nos aventuramos a decir que será a partir del siglo XI cuando veamos esta pieza hartamente repetida, cubriendo grandes espacios abovedados a modo de “estalactitas”, o dando forma al perfil de los arcos. En su composición van creando una serie de zonas aconcavadas originando juegos de color, de luces y de sombras. En el caso español, la Alhambra es un claro exponente de todas las variedades y composiciones de mocárabes.

Esta geometría se ve, en un momento determinado, en época omeya, enriquecida con elementos vegetales, animales e incluso humanos. Esta conjugación de motivos es el llamado arabesco, procedente, parece ser, de fuentes cristianas y asiáticas. Más específico de Córdoba es el tema vegetal llamado “ataurique”, que dentro de su naturalidad, adopta una forma más simétrica. Este motivo fue muy utilizado en la segunda mitad del siglo X por los artesanos cordobeses, para recubrir grandes paneles, llegando a alcanzar gran valor compositivo. En época almohade, debido al empleo de yeso como material principal, la decoración vegetal  pudo ser más depurada, dejándonos testimonios de palmetas, piñas y tallos serpentiformes de gran realismo. También en este momento adquiere un importante desarrollo el motivo denominado Kaft wa Daraj (escalón y hombro), consistente en una trama de rombos mixtilíneos.

Todos estos elementos geométricos, figurados, arabescos, mocárabes,..., lo que hacen es contribuir a que dentro del arte árabe se contemple la estética del horror vacui. En el mundo árabe no se concibe la idea de dejar sin cubrir ningún elemento estructural del edificio, arcos, bóvedas, paredes, todos ellos se cuajan de formas que los enmascaran. Se trata de jugar con un mismo módulo que se va repitiendo sin cesar hasta cubrir toda la superficie. Difícilmente es concebible una plano arquitectónico vacío, más bien el artista se esfuerza en no dejar un ápice de espacio sin decorar. Una línea enlaza con otra, se entrecruzan, tejiéndose una malla que recubre paramentos completos, espacios que crean juegos de luces y sombras a través de sus líneas, como en el caso de las celosías. Decoración que otorga belleza a todo tipo de material, mármol, madera, piedra, yeso, cerámica.

 En relación con este horror vacui está el continuum espacial. Frecuentemente, al intentar describir el interior de una mezquita aludimos a la expresión “bosque de columnas”, por la continua repetición de ese elemento; Chueca Goitia ha aludido a ello como “los espacios ofuscantes”. En el arte árabe esto suele ocurrir con frecuencia, la repetición de un mismo módulo, columna, arco, bóveda,..., conjugándose de tal manera y creando un velo, o espacio, que separa el interior del exterior, la luz de la oscuridad. Un mismo canon puede tomar funciones diferentes, por ejemplo, el arco enmarcado por alfiz que da entrada a una mezquita, puede encontrarse en otro lugar y a otro escala, reducido a una hornacina. 

Hasta ahora hemos hablado de los diferentes elementos decorativos que caracterizan al arte árabe, pero hay que dejar un espacio destacado a la caligrafía, testimonio de fe en cualquier parte. 
Las inscripciones constituyen un sello que da carácter a la obra que la sustenta. Puede decirse que la caligrafía es la sustitución de la imagen, en sí misma ya es símbolo del Islam, independientemente de lo que signifique el texto. No podemos olvidar la transcendencia que tiene la lengua árabe en el mundo musulmán, ya que es la lengua del Corán, y el calígrafo encabeza la consideración social de los artistas musulmanes.

Dos tipos de escritura se conocen: la cúfica, de formas rectilíneas y angulosas, y más tarde, la nasjí, de caracteres más curvilíneos; ambos estilos atravesarán diversas etapas evolutivas. En los dos casos la caligrafía se convirtió en uno de los protagonistas del objeto de arte. La encontramos en los lugares más inverosímiles, pero siempre desempeñando la función de envolver o presentar un elemento arquitectónico significativo. A partir del siglo X se integrará en conjuntos decorativos con escritura coránica, entremezclándose los caracteres de la escritura con motivos ornamentales como arabescos u otros temas.

El soporte sobre el que se realiza es muy variado, lo mismo encontramos caligrafía en estuco, que pintada o sobre cerámica, o formando parte de un mosaico. Los temas eran también diversos; al principio expresaban normalmente versículos del Corán, paulatinamente éstos se fueron abandonando para dejar paso a las alabanzas hacia los príncipes fundadores, o a poemas que intentaban captar la atención del lector. En épocas más avanzadas será también frecuente, además de los temas ya citados, encontrar inscripciones de motivo amoroso exclusivamente.

El  tema de la luz y el color en el arte del Islam debe ocuparnos también un espacio. El hombre árabe, acostumbrado al monocromatismo del desierto y de sus viviendas, queda sorprendido ante el estallido de color que la Naturaleza le ofrece, considerando esta belleza testimonio de la bondad de Dios. La mezquita, se convierte en expresión de agradecimiento a Dios, revistiéndolas de color y facilitando el paso de la luz, a través de celosías y vidrieras, y creando en el interior del edificio un ambiente envolvente y simbólico, un juego de luces y sombras en los volúmenes de los muros. Esta policromía pronto traspasó los límites hacia el exterior, cubriendo las fachadas  de mezquitas, madrasas y mausoleos.

 Teniendo en cuenta  que las características más notables del arte árabe fueron la diversidad y la flexibilidad formal, todos estos aspectos, hasta ahora tratados, han de entenderse dentro de la organización que se asume en cada zona, es decir las limitaciones que se tienen por los tipos de materiales en cada área, por las influencias recibidas geográficamente, “darán a luz” soluciones muy diferentes en cada caso.

 Debido a su amplia expansión, los tipos arquitectónicos establecidos introducían elementos procedentes de la tradición cultural de los diversos territorios conquistados. Así, el arte islámico, manteniendo su sustrato común, introdujo un amplio abanico de variantes regionales. Hemos de añadir aquí que una de las características que define el arte hispanomusulmán es el de la fidelidad a la tradición local, siendo por ello muy corriente la asimilación cultural de la zona que el Islam iba  adquiriendo, hispanorromana y visigoda. En general se aceptó el vocabulario que venía utilizándose en estos lugares: columnas y capiteles corintios, arcos de herradura, elementos que se utilizaron transformándose según la planta, el alzado y la decoración, y que hablarán ya en un lenguaje fácilmente reconocible por el Islam.