| 1.3
EL ARTE DEL ISLAM: TEMAS Y CONCEPTOS
Estamos tratando de un arte completamente
influenciado por su religión y que en relación a ella se
plantea una serie de temas y conceptos que se traducen en unas formas y
elementos constructivos y ornamentales que reflejan una filosofía
y una forma de vivir, una mentalidad en definitiva. Antes de embaucarnos
en la interesante tarea de describir las diferentes y numerosas expresiones
del arte árabe, tanto religiosas como civiles, es preciso aclarar
estos otros puntos que en mayor o menor medida a todas ellas caracterizan.
Uno de los conceptos que es preciso
considerar al hablar de arte árabe, cuando emprendemos la descripción
de un edificio o de un objeto musulmán es el de la iconoclastia,
la ausencia de figuración humana. El Corán no prohibe su
representación, su omisión responde, creemos, que a algunas
interpretaciones que se hicieron de los textos; lo que sí encontramos
en el libro sagrado son referencias contra los ídolos, un fragmento
sacado de él así lo demuestra: “¡Oh, vosotros, los
que creéis! El vino, el juego de azar, los ídolos (ansab)
y las flechas adivinatorias son una abominación, obras de Satán;
manteneos alejados de todo ello. Tal vez entonces seáis felices”.
El principal mensaje teológico
que se obtiene del Corán es el del absoluto carácter único
y el poder total de Dios. Sólo Él es un musawwir (el
que da forma, también son llamados así los pintores). Los
rigoristas musulmanes temían que el hombre fuera capaz de crear
al hombre, hecho sólo realizable por Dios, de aquí la oposición
a los ídolos que, por extensión, debió convertirse
en oposición a las representaciones. De hecho, existe representación
humana en edificios no religiosos, en murales que algo deben de tener de
herencia bizantina y tardorromana. No debe sorprendernos la presencia en
Córdoba de temas figurados, peces, flores, pájaros y otros
animales, también personajes: cazadores, músicos, caballeros,...,
que adornaban fuentes, telas y otros objetos. Se deduce, por tanto, de
estos datos que los musulmanes andalusíes no encontraron problema
alguno a la hora de la representación figurada o animada, teniendo
normalmente cuidado de que ésta estuviera fuera del contexto religioso,
por ello la encontraremos más frecuentemente en obras de carácter
civil.
En la península encontramos
varios ejemplos con este tipo de decoración, por ejemplo en la Giralda
de Sevilla hubo algunas zonas cubiertas por yeserías con representaciones
de aves, hoy desaparecidas. También en la Alhambra existe este tema
de decoración: la bóveda de la sala de los Reyes refleja,
sobre cordobán, a los dinastas nasríes, y las otras alcobas,
presentan sus techos decorados con escenas caballerescas y cortesanas.
La cultura árabe siempre
estuvo rodeada, y aún hoy lo está, de un estricto sentido
de la intimidad en todas sus actitudes. Se establece una interesante
analogía entre el secreto que envuelve la vida de la mujer árabe,
y la arquitectura, entre el velo típico de la indumentaria femenina,
que no es más que el ocultismo de una posición social,
y la celosía, como elemento arquitectónico, que enmascara
una realidad. Un ocultismo que permite a la vez tomar conciencia de la
realidad y verla sin ser visto.
El deseo de esconder el cuerpo de
la construcción se adivina en toda la arquitectura del Islam. Este
enmascaramiento a través de paneles entramados, no pretende crear
una contraposición entre el interior y el exterior del edificio,
sino más bien magnificar y destacar la grandeza de la arquitectura
que, no hemos de olvidar, establece una intercomunicación perfecta
con la naturaleza a través de patios, jardines, estanques,..., que
frecuentemente la acompañan.
En ella, el arte musulmán tendió
a conjugar los elementos estructurales, formales, con los ornamentales,
tendió al ilusionismo más radical por el que las cosas no
aparentaban ser lo que eran. Adquirió la misma importancia el elemento
constitutivo que el velo de mosaico, de cerámica o de estuco que
cubría el exterior.
La celosía se convierte en un claro
exponente de lo que es otro de los temas más importantes del arte
árabe, la geometría. Una gran parte de los espacios
destinados a ser decorados, lo hacen a través de figuras más
o menos complejas, que se van repitiendo. Se trata de polígonos
regulares, casi siempre de forma circular o estrellada, que se van uniendo
entre sí como si de lazos se tratara, creando espacios semejantes
a “nidos de abeja”. En su evolución, o a elección del artista
en muchos casos, este entramado se va complicando en sus formas, creando
composiciones muy enrevesadas y de gran belleza en el conjunto de la construcción.
Este motivo decorativo sirvió no
sólo para las celosías, también se utilizó
en cerámica, en la
ornamentación de libros, en la
traza de una cúpula o como elemento repetitivo de un artesonado.
Tal vez debido a la escasa decoración
figurativa, problema del que ya hemos hablado, el elemento geométrico
se convirtió en casi el único vehículo expresivo del
arte islámico. En su evolución, la geometría en al-Andalus
alcanzó su cota más alta con los almohades, llegando a su
cumbre en el siglo XIV, como señala Pavón Maldonado.
Este elemento geométrico plano
llegó también a cubrir la figura tridimensional, originándose
lo que se consideró más tarde, el elemento clave de la decoración
islámica, los mocárabes o mucarnas. Se plantea aquí
un problema de fecha en torno al cuál se llegaría a desarrollar
plenamente este elemento; nos aventuramos a decir que será a partir
del siglo XI cuando veamos esta pieza hartamente repetida, cubriendo grandes
espacios abovedados a modo de “estalactitas”, o dando forma al perfil de
los arcos. En su composición van creando una serie de zonas aconcavadas
originando juegos de color, de luces y de sombras. En el caso español,
la Alhambra es un claro exponente de todas las variedades y composiciones
de mocárabes.
Esta geometría se ve, en un momento
determinado, en época omeya, enriquecida con elementos vegetales,
animales e incluso humanos. Esta conjugación de motivos es el llamado
arabesco, procedente, parece ser, de fuentes cristianas y asiáticas.
Más específico de Córdoba es el tema vegetal llamado
“ataurique”, que dentro de su naturalidad, adopta una forma más
simétrica. Este motivo fue muy utilizado en la segunda mitad del
siglo X por los artesanos cordobeses, para recubrir grandes paneles, llegando
a alcanzar gran valor compositivo. En época almohade, debido al
empleo de yeso como material principal, la decoración vegetal
pudo ser más depurada, dejándonos testimonios de palmetas,
piñas y tallos serpentiformes de gran realismo. También en
este momento adquiere un importante desarrollo el motivo denominado Kaft
wa Daraj (escalón y hombro), consistente en una trama de rombos
mixtilíneos.
Todos estos elementos geométricos,
figurados, arabescos, mocárabes,..., lo que hacen es contribuir
a que dentro del arte árabe se contemple la estética del
horror
vacui. En el mundo árabe no se concibe la idea de dejar sin
cubrir ningún elemento estructural del edificio, arcos, bóvedas,
paredes, todos ellos se cuajan de formas que los enmascaran. Se trata de
jugar con un mismo módulo que se va repitiendo sin cesar hasta cubrir
toda la superficie. Difícilmente es concebible una plano arquitectónico
vacío, más bien el artista se esfuerza en no dejar un ápice
de espacio sin decorar. Una línea enlaza con otra, se entrecruzan,
tejiéndose una malla que recubre paramentos completos, espacios
que crean juegos de luces y sombras a través de sus líneas,
como en el caso de las celosías. Decoración que otorga belleza
a todo tipo de material, mármol, madera, piedra, yeso, cerámica.
En relación con este horror
vacui está el continuum espacial. Frecuentemente, al
intentar describir el interior de una mezquita aludimos a la expresión
“bosque de columnas”, por la continua repetición de ese elemento;
Chueca Goitia ha aludido a ello como “los espacios ofuscantes”. En el arte
árabe esto suele ocurrir con frecuencia, la repetición de
un mismo módulo, columna, arco, bóveda,..., conjugándose
de tal manera y creando un velo, o espacio, que separa el interior del
exterior, la luz de la oscuridad. Un mismo canon puede tomar funciones
diferentes, por ejemplo, el arco enmarcado por alfiz que da entrada a una
mezquita, puede encontrarse en otro lugar y a otro escala, reducido a una
hornacina.
Hasta ahora hemos hablado de los diferentes
elementos decorativos que caracterizan al arte árabe, pero hay que
dejar un espacio destacado a la caligrafía, testimonio de
fe en cualquier parte.
Las inscripciones constituyen un sello
que da carácter a la obra que la sustenta. Puede decirse que la
caligrafía es la sustitución de la imagen, en sí misma
ya es símbolo del Islam, independientemente de lo que signifique
el texto. No podemos olvidar la transcendencia que tiene la lengua árabe
en el mundo musulmán, ya que es la lengua del Corán, y el
calígrafo encabeza la consideración social de los artistas
musulmanes.
Dos tipos de escritura se conocen: la
cúfica, de formas rectilíneas y angulosas, y más tarde,
la nasjí, de caracteres más curvilíneos; ambos estilos
atravesarán diversas etapas evolutivas. En los dos casos la caligrafía
se convirtió en uno de los protagonistas del objeto de arte. La
encontramos en los lugares más inverosímiles, pero siempre
desempeñando la función de envolver o presentar un elemento
arquitectónico significativo. A partir del siglo X se integrará
en conjuntos decorativos con escritura coránica, entremezclándose
los caracteres de la escritura con motivos ornamentales como arabescos
u otros temas.
El soporte sobre el que se realiza es
muy variado, lo mismo encontramos caligrafía en estuco, que pintada
o sobre cerámica, o formando parte de un mosaico. Los temas eran
también diversos; al principio expresaban normalmente versículos
del Corán, paulatinamente éstos se fueron abandonando para
dejar paso a las alabanzas hacia los príncipes fundadores, o a poemas
que intentaban captar la atención del lector. En épocas más
avanzadas será también frecuente, además de los temas
ya citados, encontrar inscripciones de motivo amoroso exclusivamente.
El tema de la luz y el color
en
el arte del Islam debe ocuparnos también un espacio. El hombre árabe,
acostumbrado al monocromatismo del desierto y de sus viviendas, queda sorprendido
ante el estallido de color que la Naturaleza le ofrece, considerando esta
belleza testimonio de la bondad de Dios. La mezquita, se convierte en expresión
de agradecimiento a Dios, revistiéndolas de color y facilitando
el paso de la luz, a través de celosías y vidrieras, y creando
en el interior del edificio un ambiente envolvente y simbólico,
un juego de luces y sombras en los volúmenes de los muros. Esta
policromía pronto traspasó los límites hacia el exterior,
cubriendo las fachadas de mezquitas, madrasas y mausoleos.
Teniendo en cuenta que las
características más notables del arte árabe fueron
la diversidad y la flexibilidad formal, todos estos aspectos, hasta ahora
tratados, han de entenderse dentro de la organización que se asume
en cada zona, es decir las limitaciones que se tienen por los tipos de
materiales en cada área, por las influencias recibidas geográficamente,
“darán a luz” soluciones muy diferentes en cada caso.
Debido a su amplia expansión,
los tipos arquitectónicos establecidos introducían elementos
procedentes de la tradición cultural de los diversos territorios
conquistados. Así, el arte islámico, manteniendo su sustrato
común, introdujo un amplio abanico de variantes regionales. Hemos
de añadir aquí que una de las características que
define el arte hispanomusulmán es el de la fidelidad a la tradición
local, siendo por ello muy corriente la asimilación cultural de
la zona que el Islam iba adquiriendo, hispanorromana y visigoda.
En general se aceptó el vocabulario que venía utilizándose
en estos lugares: columnas y capiteles corintios, arcos de herradura, elementos
que se utilizaron transformándose según la planta, el alzado
y la decoración, y que hablarán ya en un lenguaje fácilmente
reconocible por el Islam.

|