| Para
la cultura árabe, la religión será la base sobre la
que se asiente el orden social y el pensamiento político. El Islam
es la aceptación de Alá como único Dios y de Mahoma
como su profeta; en torno a esta idea girará el resto de los aspectos
que conforman el colectivo cultural musulmán.
Cinco pilares soportaban la ley islámica
expresada en el Corán: la proclamación de la unidad de Dios,
la oración, el ayuno, la limosna y la peregrinación. Dos
de ellos, la oración y la peregrinación, influirán
desde los orígenes para configurar una de las expresiones arquitectónicas
más atractivas que nos muestra la Historia del Arte: la mezquita.
A parte de la base religiosa revelada
por el Profeta y que se fue transmitiendo a su muerte, se creó una
tradición, la sutna, una especie de cuerpo jurídico-religioso
que se configuró en cuatro escuelas interpretativas. La otra gran
tradición de interpretación religiosa del Islam es la de
la Shiia.
La palabra mezquita deriva del árabe
maschid, que significa “un lugar donde uno se postra frente a Dios”,
surge por tanto como lugar de oración, en el que se reunía
el colectivo musulmán para la oración obligatoria del viernes
(mezquita aljama). Para las otras cinco veces al día que
llamaban a la oración, en principio no era necesario acudir a la
mezquita, cualquier lugar que estuviera purificado serviría para
rezar, siempre que el musulmán dirigiera su cuerpo hacia la Meca.
Cabría aquí aclarar la diferencia, que podría llevarnos
a confusiones, entre la mezquita y la iglesia cristiana; mientras que la
primera, como decimos es lugar de oración y reunión, en el
mundo cristiano, el edificio-iglesia es la casa de Dios. Esta diferencia
en su función, plantea una problemática diferente en cada
caso: mientras que en las iglesias ha existido una tendencia a las celebraciones
misteriosas y complejas, los oratorios musulmanes sólo planteaban
problemas de visibilidad y acceso. En la medida en la que las necesidades
así lo exigieron, fue ineludible el tener que ampliar las mezquitas,
y por supuesto multiplicar su número dentro de la ciudad.
Este edificio, del que se ha hablado mucho
y del que todavía se sigue investigando, parece tener su precedente
en la casa del propio Mahoma en Medina, lugar en el que se reunía
la familia y amigos del Profeta para orar. La casa poseía un recinto
cuadrado de altos muros de adobe. Debía estar articulada en dos
espacios: un gran patio central, en el sur, y dos hileras de troncos de
palmeras cubiertas de paja, en el norte. En el muro oriental se hallaban
las habitaciones de las mujeres. Este antecedente es al que más
solemos hacer referencia al intentar explicar el origen de la mezquita,
pero existe otro, dado a conocer por Oleg Grabar, por el que podría
relacionarse con un lugar al que el Profeta acostumbraba a llevar a su
comunidad, especialmente en días de fiesta. Se trataba de un
musalla, lugar para orar, un lugar abierto totalmente desprovisto de
edificación.
Teniendo en cuenta los dos ejemplos, entendemos
la estructura del edificio de la mezquita: un recinto aislado, con una
parte cubierta dedicada a la oración (haram), en la que se
encuentra el muro de qibla, mirando a la Meca, y al que deben dirigirse
los fieles mientras duran sus oraciones. En este muro y habitualmente en
el centro, encontramos el nicho vacío del mirhab, al principio
del islamismo reservado para el califa. Podría recordarnos los ábsides
de las basílicas paleocristianas y bizantinas, pero ninguna relación
los une, más al contrario, si el ábside cristiano es un espacio
sagrado, sede de la divinidad, el mirhab representa el vacío.
Próximo a éste, se halla
un púlpito (minbar) desde el que el predicador pronuncia
el sermón de inicio o jutba. Este elemento, con el tiempo, se convirtió
en símbolo de autoridad y representación del Profeta. Existen
otros elementos no obligatorios, como es el caso de la maksura,
celosía de madera o balaustrada, colocada en la primera fila de
columnas, que servía para separar al monarca o sus representantes,
de los fieles, puede asumir también la función de protegerles.
Otro elemento, también ocasional, suele ser el sabat, pasadizo
que conecta la mezquita con el palacio. Para alojar a las mujeres o a los
hombres, si el edificio resultaba pequeño, se montaban unos altillos
de madera o fábrica (saqifa). También se encuentran
dentro de la sala de oración el kursi, atril para colocar
el Corán abierto y la dakka, estrado para el imán,
director de la oración.
Algunos investigadores han visto
el precedente de esta sala de oración en las apadanas persas, grandes
salas hipóstilas de los palacios persas, precedidas usualmente de
pórticos.
La otra parte importante de la mezquita
es el patio (sahn), abierto, rodeado de columnas, recordando de
nuevo la casa del Profeta, en la que en el patio tenía troncos de
palmeras para recibir a la sombra. En él se sitúa la fuente
de abluciones (mida’a), y el alminar, elemento del que hablaremos
más adelante. También suele encontrarse en el patio el tesoro
de las fundaciones en una cámara (bayt al-Mal), en un edículo
sobre columnas, cuando no lo estaba en una de las cámaras del
sabat.
En conjunto, el recinto de la mezquita
se basa en una figura cuadrada o rectangular, evocando la forma cuadrada
de la Kaaba. Aludimos de nuevo a la importancia de la geometría
en la cultura árabe, pues la planta del edificio-mezquita es un
símbolo, el de la implantación en la tierra de la fortaleza
del Islam, pero señala también la presencia de lo sagrado.
En cuanto a las tipologías, éstas
lo son en función de la posición de las naves. Las llamadas
mezquitas de tipo aqsa, cuyo nombre viene de la mezquita al-Aqsa,
de las primeras que tuvo Jerusalén, tienen las naves perpendiculares
al muro de qibla. El segundo tipo, la mezquita kufa, dispone
las naves paralelas al muro que se dirige hacia la Meca; a este tipo responde
la mezquita de Damasco, por ejemplo.
Hablamos de paralelismo o perpendicularidad
en función de la dirección de las cubiertas, ya que en el
interior de la sala hipóstila, apreciamos un “bosque de columnas”,
que no nos permite adivinar su dirección. La calle central, en ambos
casos, suele ser más ancha y con cúpulas, formando
en planta una T.
Un elemento arquitectónico que
precisa de un espacio aparte para su estudio es el del alminar o
minarete, que se erige presuntuoso en uno de los lados del patio. Su función
es más litúrgica que estructural: desde él, el
mu’addin o almuédano, llamaba a los fieles a la oración,
evocando lo que en tiempos primitivos se hacía con el cuerno de
carnero. Los precedentes parecen encontrarse en las torres de esquina del
témenos romano de Damasco.
El alminar además es símbolo
de la presencia del Islam en los territorios conquistados, en la silueta
de una ciudad islámica destaca sobre el conjunto de su edificación,
la altura y esbeltez de los minaretes. Es además símbolo
del poder social del que lo manda construir.
El alminar será un elemento que
evolucionará hacia formas más complejas, siendo claro exponente
de la decoración que cada uno de los períodos del arte árabe
desarrolle. Encontramos diferentes formas, desde la planta cuadrada sobre
pedestal y rematado por una forma cupulada, más propio del
Islam oriental, hasta formas en espiral, rodeadas por escaleras o rampas,
que alcanzan el cuerpo superior, situado a gran altura, como la de Samarra,
de tipo iraquí.
Ya dijimos cómo la mezquita musulmana
no desempeña sólo funciones religiosas, sino que asume otras
de carácter político, económico y social. Por ello
surgirán dentro de las tipologías de mezquitas, otras más
complejas de carácter polivalente, que incorporan a la estructura
primitiva (haram y sahn), otros espacios destinados a la enseñanza,
a recibir arengas y proclamaciones, etc.
LA PRIMERA MÉZQUITA EN TERRITORIO
ANDALUSÍ: CÓRDOBA
Las mezquitas realizadas en territorio
hispanomusulmán parece que tuvieron una clara influencia de las
de otras partes del mundo, debido a la afluencia de musulmanes procedentes
de Siria, que en torno al 750 están llegando a España. A
pesar de la importancia de las iglesias visigodas en nuestro país,
y de los edificios civiles, legado de la época romana, hay que tener
en cuenta la pobreza de la tradición artística en España
durante la conquista musulmana, por eso es lógico que el carácter
islámico arraigara con fuerza y dejara testimonio de importantes
edificios de todo tipo, convirtiéndola en un importante centro musulmán.
Aunque desde el punto de vista arqueológico, se siguieran
ejemplos de otras zonas, es cierto que se crearon , desde el punto de vista
de la arquitectura y la decoración, formas exclusivamente españolas,
que constituyen el verdadero atractivo del arte árabe peninsular.
Sobre las primeras mezquitas construidas
en terreno hispano las noticias son dudosas y de cierta oscuridad. Parece
ser la de Algeciras la primera que existió; hay referencia documental
de una mezquita en Robina (Sevilla) hacia el año 717, y en el 718
en Elvira y Zaragoza. Debía tratarse de edificaciones pobres en
material y pronto sustituidas por edificios más importantes, de
los que no queda nada.
Por tanto una de las primeras expresiones
monumentales de la dominación musulmana en España que alcanzó
mayor esplendor a lo largo de sus sucesivas etapas constructivas fue la
mezquita aljama de Córdoba. Desde que en el año 785 empieza
su construcción sobre la catedral visigoda de San Vicente, hasta
1523 en que se decide levantar en el centro una auténtica catedral
cristiana, el edificio pasa por diferentes períodos constructivos,
se ve alterado en su composición y transformado a tenor de
los afanes de grandeza de sus gobernantes. No deben considerarse estas
fases constructivas como ampliaciones de la primitiva mezquita, sino, como
consideró Chueca Goitia, se trata de la construcción de nuevas
mezquitas que van absorbiendo las anteriores. Es indiscutible que el valor
que tiene la mezquita de Córdoba ha de buscarse en lo que, de edificio
vivo tiene, manteniéndose en constantes modificaciones hasta el
siglo XIX, en el que es restaurada por Velázquez Bosco.
El edificio destaca dentro de la
ciudad como un conjunto exento, de grandes longitudes, próximo a
la orilla del emblemático río Guadalquivir. Por su exterior,
no destaca especialmente, amén de las puertas de acceso, que
ya comentaremos, por lo demás, resulta más bien sobrio, levantado
con muro de aparejo a soga y tizón, y rompiendo la monotonía
de éste, unos grandes contrafuertes rectangulares, que inferían
al conjunto cierto aire de fortaleza almenada, influencia posiblemente
bizantina y persa.

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