| La
mezquita aljama de Abd al-Rahman I. (Ver
evolución de la mezquita)
Tras bastantes años de lucha
política, Abd al-Rahman logra asentar su poder en Córdoba
y decide la creación de una mezquita del estilo de su corte y que
simbolizara la solidez de su nuevo reino independiente. Tras la conquista
musulmana se había llegado a un acuerdo con los visigodos, por el
que se les dejaba conservar la religión sin llegar al alarde del
culto, y los árabes podrían reconstruir los edificios cordobeses
derribados en la conquista. Así, los edificios cristianos existentes
se repartieron, Abd al-Rahman compró, se cree que por una considerable
suma de dinero, “ochenta mil monedas de buen peso”, la basílica
visigoda de San Vicente, pequeño edificio de tres naves y con ábside
en la cabecera. En el año 785, el califa derriba la basílica
y da comienzo a las obras de su mezquita.
Al año siguiente ya estaba terminada.
La rapidez en su construcción viene dada por el gran empeño
que tenía Abd al-Rahman en tener un gran edificio en su corte, para
ello utilizó bastante mano de obra, y además contó
con un buen ahorro de tiempo y trabajo al aprovechar materiales visigodos
y romanos de otras edificaciones, e incluso de otros lugares como Toledo.
Esto tuvo como consecuencia la falta de uniformidad, sobre todo en los
capiteles de las columnas, pero también se logró así
mayor enriquecimiento decorativo, contribuyendo a uno de los caracteres
que se va a desarrollar en la arquitectura musulmana: el aprovechamiento
y la variedad de elementos.
Por su procedencia, Abd al-Rahman tenía
conocimiento de la mezquita de Damasco, y mandó a los arquitectos
que construyeran la de Córdoba siguiendo el ejemplo de la primera.
Su autoría está sin descubrir, lo más probable es
que la traza general fuera idea del propio emir o sus consejeros, ya que
el edificio muestra el esquema más simple de todos los conocidos.
Plano de la mezquita
La mezquita responde al tipo llamado
Aqsa; el espacio destinado a sala de oración, con unas medidas
de setenta por treinta y siete metros y un aforo de diez mil personas,
constaba de once naves en dirección norte-sur, aprovechando el muro
de la epístola de la iglesia cristiana, que se convirtió
en qibla, y de doce tramos, quedando la nave central más
ancha y alta que las del resto, y las laterales estrechándose paulatinamente.
Sobre el número de naves en el haram, existen discrepancias:
Lambert y Lévi-Provençal opinan que habría nueve naves,
Gómez Moreno, por su parte, lo considera un error que se repite
en todos lo documentos, considerando que había once y que las dos
últimas estarían cerradas al ser ocupadas por las mujeres.
La orientación del muro de
qibla ofrece una irregularidad, al estar orientada hacia el sur y no hacia
el sureste. La explicación se encuentra en la influencia de las
mezquitas de Siria, que tenían la Meca en esta dirección,
o porque para dirigirse en peregrinación a la Meca debían
tomar el
camino del sur.

En el interior del haram se adoptó
una solución absolutamente original para resolver el problema de
la altura: la de un doble orden, columnas en la parte baja y pilares sobre
cimacio, en la superior. Dos filas de arcos articulan el espacio
interior, de herradura entre las columnas, actuando como arcos de
entibo, y entre las pilastras, de medio punto, soportando éstas
la techumbre de madera, a doble vertiente, y los canalillos de desagüe.
Los arcos de herradura son de proporción visigoda, abiertos, lo
que hace pensar en una mano de obra local. Para salvar la diferencia
entre el pilar y el cimacio, se pone un modillón de cinco rollos,
llamado así por Gómez Moreno, muy característico y
propio de esta mezquita. Esta idea del doble arco ya se había visto
en Damasco, pero la manera de construirlo, dejando las albanegas libres,
con el arco al aire, es único de Córdoba, igual que la superposición
de soportes, que se encuentra en otras mezquitas omeyas, como la de Amr
en Fustat, en Egipto y la gran mezquita de Qairawan, en Túnez, aunque
no con la compleja y airosa solución que se adopta aquí.
Las columnas tenían basa y cimentación
independiente, lo que ha motivado, a lo largo del tiempo, que cada una
reaccionara de distinta manera, produciéndose desniveles entre ellas.
En las siguientes ampliaciones de la mezquita, la cimentación será
corrida para cada fila de arquerías.
Los fustes eran de mármol y granito,
los de la nave central de pudinga rosada, algunos presentan estrías
verticales o en forma de espiral.

El precedente de esta idea tan original
se ha querido ver en los acueductos romanos, más concretamente en
el de los Milagros de Mérida. También de este antecedente
ha podido adoptarse la utilización de la fábrica mixta de
piedra y ladrillo rojo, lo que da al interior su característico
cromatismo. Por otra parte, en la última etapa de la Antigüedad
se encuentran revestimientos de dovelas coloreadas de opus sectile.
Además del sentido estético, esta bicromía en la utilización
del material tuvo sus ventajas económicas y estructurales, ya que
al ser materiales de distinta elasticidad, se acomodaban unos con otros
cuando había movimientos en el muro. Esta bicromía se hace
tan común que se va a fingir en puertas y otrss edificios.
Su articulación interior junto
al poco tiempo que tardó en ser construida llevaron a algunos estudiosos,
entre ellos Lambert, a la polémica de que en este primer período
de tiempo sólo fuera construido el primer piso de arcos, por pensar
en un edificio más bajo. Otras investigaciones descartan esta hipótesis,
afirmando que desde un principio la construcción estuvo pensada
tal y como se llevó a término.
La única iluminación
que le entraba al haram era la de dos vanos que se abrían
al patio. Se sabe, por documentos, de la existencia de una puerta a la
izquierda, que no se conserva, y otra en el lateral derecho, prototipo
de fachada de otros edificios, llamada Bab al-Wuzara, posteriormente
fue la de San Esteban. Objeto sobre el que existe polémica de si
corresponde a esta época de Abd al-Rahman I o de Muhamed I.
Hay documentos que hablan de su existencia
desde tiempos del primer emir, pero en la puerta se leía la fecha
853, casi un siglo después de Muhamed I. Esta duda cronológica
adelanta o atrasa su datación cien años. Su estructura tripartita
y las hornacinas son del primer momento, lo que plantea más
problemas es el arco de herradura y el alfiz. El arco tiene un peralte
de medio radio, a medida que avanza la cronología se va cerrando,
aquí es posterior en diseño; los especialistas han pensado
que lo que se hace es rehacer el arco e incorporar algunas novedades decorativas.
La puerta se abre en el lado oeste de
la mezquita. Se articula entre dos torres laterales y se divide en tres
calles, la central más ancha con vano de entrada, que tiene arco
de herradura y dintel, encuadrado todo ello por alfiz. El arco está
enjarjado, las dovelas del arranque se disponen de forma horizontal hasta
la altura de los riñones, en que se despiezan de forma radial al
centro del arco. Este arco esta cubierto de falsas dovelas que son, alternativamente,
relieves de ladrillo y estuco con decoración vegetal. El trasdós
del arco va bordeado por una línea decorativo, que algunos autores
han asemejado con una arquivolta, y que encuadra también al alfiz.
Sobre el vano se dispone un andén de tres arcos de herradura ciegos.
La parte superior se cubre con un guardapolvo con modillones.
Las calles laterales tienen en la parte
inferior un vano ciego adintelado. Sobre él hay un nicho con dintel
escalonado, de influencia romana, y por encima hay un vano abierto con
un arco de herradura de descarga, decorado con celosías, con formas
geométricas simples, probablemente visigodas de la basílica
de San Vicente. Como se aprecia la organización general es similar
a los arcos de triunfo y puertas de palacios romanos.
De esta primera construcción, se
ha conservado intacto el muro occidental, el sur y el este desaparecieron
con las sucesivas ampliaciones, y el lado norte, el que abría al
patio, fue reforzado y ocultado por otro muro en el año 958 con
las obras acometidas por Abd al-Rahman III.
A la muerte de Abd al-Rahman I no se habían
concluido las obras, continuándolas su hijo Hisam I, que añadió
algún otro elemento a la construcción. En el lado norte construyó
unas galerías para la oración de las mujeres, también
dotó al edificio de una fuente o pila de abluciones, y de
un alminar, hoy desaparecido. De este último se sabe de su existencia
por estudios de infrarrojos. Tuvo medidas cuadradas, seis por seis, y respondía
al tipo de torre dentro de torre. Su altura pudo ser de hasta dieciocho
metros.
|