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ARTE HISPANO MUSULMÁN 6/8
ISBN-84-9714-060-5 
Rosario Ros Larena
 

La gran obra de Al-Hakam II en la aljama.

 Heredero de su padre de la pasión por las artes, Al-Hakam II quiso dejar reflejada en su obra esa cultura y sabiduría que poseía del Islam y su tradición. El período de progreso que había iniciado Abd al-Rahman II alcanza su máximo esplendor con Al-Hakam II, convirtiendo a Córdoba en uno de los más importantes centros culturales del mundo.

Aun respetando el alzado y planta del modelo original, la ampliación de Al-Hakam II será la que más cambie el aspecto del edificio, y lo dote de la majestuosidad que hoy mismo le caracteriza. Surgirán en este momento novedades muy importantes que coinciden con el mayor apoyo de la corte califal cordobesa.

 Nada más acceder al trono nombró director de las obras a Chafar ben Abd al-Rahman, “el eslavo”, éste dirigiría la segunda gran ampliación de la sala de oración hacia el sur, que se inició en el año 962. En ella encontramos dos grandes novedades: por un lado el modo de iluminación. Al  convertirse la sala de oración en un espacio de grandes dimensiones, con naves cada vez más profundas, no es suficiente la iluminación lateral que, en fases anteriores, procedía de los muros este y oeste, y del patio. La luz adquiere, en este momento, un nuevo sentido, una forma escenográfica, chorros de luz que proceden de grandes bóvedas lucernarios sobre tambor, con ventanas que permiten luz en puntos muy concretos. Hay un primer tramo nada más acceder a la zona ampliada, cubierto con bóveda sobre tambor, con ventanas que permiten un primer foco de luz. Otro punto de luz, más importante, se encuentra en el nicho de mirhab y en los espacios de inmediatamente delante suyo. Se plantea así una jerarquización de espacios utilizando la luz. Este hecho ha evocado a algunos estudiosos, lo realizado por el abad Suger en Saint Denis, convirtiendo zonas muy oscuras de la girola, en espacios muy iluminados.

 Por primera vez se adopta un esquema en T, ya visto en Qaiwan y mezquitas fatimíes; la nave central es el eje y es más ancho, además se cierra la nave transversal de qibla. El uso de tres cúpulas ante el muro de qibla ya se había visto en el mundo fatimí, pero separadas. En Córdoba las encontramos unidas frente al mirhab, dando sentido de volumetría a la maqsura. Ésta es la segunda gran novedad de esta construcción, las bóvedas, de gran transcendencia en el arte islámico. Su origen no se sabe con certeza pero pudieran estar inspiradas en las existentes en la mezquita de Qaiwan, Túnez, y éstas proceder de modelos persas. Las cuatro bóvedas, la que se coloca en el primer tramo de la nave central, y las tres que ocupan el espacio de delante del mirhab, el de la maqsura, son diferentes, pero las cuatro coinciden en que son bóvedas de crucería, que apoyan en nervios cruceros, que no intersectan en la clave de la bóveda, son las denominadas “bóvedas de crucería califal”. Estructuralmente son nervadas, de gran solidez permitiendo en su centro levantar cualquier elemento decorativo, además el espacio  entre los nervios es mínimo, por lo que permite ser ornamentado en sus espacios libres con total libertad decorativa. Son de la segunda mitad del siglo X, a muchos años de distancia de las primeras bóvedas de crucería de la alta Edad Media, pertenecientes a la catedral de Durham, de fines del XI; en el siglo XII, durante el período protogótico las encontramos en Saint Denis y en arquitecturas cistercienses. Los islámicos creen en el origen de estas bóvedas en el período califal, tesis que defiende Elie Lambert. Van a ser muy copiadas incluso en zonas fuera del territorio andalusí, se verán en el Cristo de la Luz, en Toledo, también en León, en el contexto mozárabe, y de aquí saltarán al císter español y al gótico.

 La cúpula central, la que cubre el espacio de delante del mirhab apoya sobre una base cuadrada, con cuatro trompas, que lo convierten en un octógono, dos cuadrados que giran sobre sí mismos. 

Era frecuente encontrar en decoración varios materiales y técnicas combinados, ofreciendo un rico espectáculo ornamental. Así, en esta cúpula, toda recubierta de decoración, hallamos junto a refinadas yeserías de ataurique, un exquisito muestrario de mosaicos, perfectamente documentados, traídas las teselas desde Bizancio por un musivario experto, enviado expresamente por el emperador Nicéforo Focas, que inicia a todo un equipo de artesanos cordobeses en esta difícil técnica, a imitación de lo que el califa Al-Walid hizo para decorar las mezquitas de Damasco, Medina y Jerusalén. Un texto de Ibn ‘Idhari así lo narra: “...Al-Hakam había escrito al rey de los rum y le había ordenado que le enviase un buen operario, como había hecho al-Walid ibn ‘Abd al-Malik en la época de la construcción de la mezquita de Damasco. Los enviados del califa volvieron con el mosaísta y con trescientos veinte quintales de cubos  de mosaico que el rey de los rum les había enviado como regalo”. Se trata de mosaicos espléndidamente conservados, en los que predomina el dorado en el fondo. En cuanto a la temática es iconoclasta y con aleyas del Corán. Junto a estas técnicas encontramos también, en el borde de la venera central, un resalte en cerámica de color blanco; esto es importante por ser la primera obra en que se utiliza la cerámica como decoración arquitectónica. Son muy abundantes las crónicas de artistas que quedan fascinados por la riqueza decorativa de esta cúpula, hablan de ella como “la luz de Europa”.

 La qibla es un muro doble, solución ya tomada en la mezquita de Madinat al-Zahra, y entre ellos se permite compartimentar, creando distintos espacios, correspondientes a las naves de la sala de oración. En el lado oeste se abrieron cinco salas rectangulares que servían como sabat, pasadizo para que entrase el califa desde el alcázar, que sustituyó al construido por Abd Allah; en el lado de oriente, se estructuraron otros cinco espacios que servían como bayt al-Mal, y que desembocan en la “puerta del chocolate”, que junto a la de San Esteban son los dos accesos más importantes a la mezquita. Esta puerta crea un nuevo tipo, copiado en la propia mezquita y que se utiliza como esquema de fachada. Es la única puerta que se conservaría de la época de Al-Hakam II y que vio la luz con ocasión de la restauración realizada por Velázquez Bosco. Perdió su función en la ampliación de Almanzor, ya que en ésta el muro de qibla no se hizo doble. Como técnica decorativa se utiliza la bicromía en todo el conjunto de la puerta, es frecuente la  combinación de ladrillo y piedra tallada en todos sus elementos: el dintel queda dividido en falsas dovelas de estos dos materiales, el arco de herradura es como los del interior, y el tímpano del arco y la caja del alfiz muestra una decoración de ladrillos incrustados en piedras calizas horadadas. La técnica no parece ser invento del arte andalusí, pues de época romana se encontraron solados así. Esta decoración de incrustación es característica de portadas y suelos andalusíes, por ejemplo en Madinat al-Zahra se han encontrado muchos restos. La puerta se complementa con una galería de arquillos ciegos entrelazados por encima del dintel, surgiendo una nueva tipología, arco apuntado o túmido, característico de esta época y posteriores.

 Centrándonos ya en el interior, comenzaremos por el nicho de mirhab, un heptágono, totalmente revestido de decoración: consta de un zócalo inferior con placas de mármol veteado, el muro con arquillos ciegos y recubierto de yeserías, y por encima de ellos, decoración epigráfica que recorre todo el mirhab. Se cubre el espacio con una falsa cúpula de yeso en forma de concha, que no deja de tener un simbolismo, ya que la concha desde tiempos remotos fue recipiente de la sabiduría divina; pero además, la cúpula responde a una cuestión técnica: las estrías de la concha tienen un efecto sonoro de vibración, que permite que el imán sea oído en todo el recinto. Así, en el conjunto del espacio de mihrab, a excepción de los arcos, se podría hablar de clasicismo puro.

Otro punto en el que es necesario detenerse es en la fachada de acceso al mirhab, que crea un esquema que se va a repetir en otras zonas del norte de África. Se estructura en un arco de herradura de medio peralte, bastante arcaico, enmarcado por un alfiz que deja caja para decoración epigráfica con aleyas, la caja más exterior y elevada con arcos ciegos. Se conjuga una decoración de yeso con mosaicos y placas de mármol tallado en los laterales. Como se verá en otros lugares más adelante, en el acceso al mihrab surge una afinidad simbólica, es, como han interpretado varios investigadores, la representación de un disco solar naciendo de la línea de imposta, justo a la altura de la cabeza del imán situado en su interior. Siguiendo la dirección de las dovelas, estos rayos solares se expandirían hacia todos los rincones de la mezquita.

 En el interior de la sala de oración se sigue conservando el soporte columna, dobles arcos superpuestos y la misma tipología. La única diferencia que podemos incorporar es la de una banda que divide en dos partes el modillón de rollo. Los fustes y capiteles son labrados ex profeso, alternando los fustes de mármol azul de Córdoba sobre los que va capitel corintio, con otros de mármol de Cabra, gris y rosa, sobre los que va capitel compuesto.

 Al acceder a la sala de oración, encontramos el primer  espacio abovedado, de planta rectangular, se trata de la capilla de Villaviciosa o capilla del lucernario, antiguo mirhab de Abd al-Rahman II. Sus muros se diferencian de las otras arquerías por su mayor profusión decorativa: son arcos polilobulados entrecruzados, de gran elegancia y barroquismo, estudiados monográficamente por Ewert. Se trata de un cruce de arcos muy complejo, en los que alternan dovelas lisas y talladas. En la parte inferior, los muros se componen de tres arcos polilobulados, en la superior, éstos se entremezclan con arcos simples de herradura. Son arcos  que al entrecruzarse dan origen a múltiples combinaciones, es un módulo que se repite hasta el infinito, dando una gran riqueza estructural y ornamental. Los paramentos firmes se decoran con ataurique de enorme barroquismo. La capilla de Villaviciosa se cubre con una de las bóvedas de crucería califal antes comentadas. Construida en piedra; sillería para los nervios y mampostería para los plementos. Se compone de nervios gruesos y de perfil prismático, como los protogóticos de la Borgoña, paralelos dos a dos, y cuatro en ángulo; en el centro una pequeña cúpula en forma de venera.

 Esquema semejante muestra la maqsura, también caracterizada por el esplendor de la decoración y la brillantez en las soluciones técnicas que se adoptan. Volvemos a encontrar aquí la misma articulación del espacio que en la capilla de Villaviciosa: muros de arcos entrelazados que, aparte su carácter decorativo, tienen como función la de sostener las tres cúpulas que se encuentran en este recinto. Con la solución de entrelazar estos arcos lobulados se refuerza el empuje de las cúpulas potenciando un sistema de luces y sombras alrededor de la entrada al mihrab. Este recurso aporta también una connotación simbólica del Islam: los espacios abiertos y cerrados que crea el ritmo de los arcos vienen a reflejar conceptos muy profundos del alma oriental, son como el todo y la nada, la vida y la muerte, el pasar y no permanecer... Entre el estatismo de las columnas y las aberturas de los arcos se crea una relación espacio-temporal que significa que todo cambia sin cesar, excepto la divinidad, que permanece estática. 

En los espacios cupulados volvemos a hallar un simbolismo semejante al de la fachada del mihrab, relacionado con el disco solar, su construcción está basada en un octógono inscrito en un cuadrado, símbolos de la transición hacia la divinidad y de la tierra respectivamente. Toda esta teoría de símbolos que gira en torno a la construcción de la mezquita en este período tiene mucho que ver con la formación de Al-Hakem II, inquieto  estudioso de las distintas corrientes religiosas y simbólicas que existieron en el Mediterráneo.

 Además de la ampliación de la sala de oración, Al-Hakem II, realizó algunas obras más en el exterior, agregando algunas instalaciones de escuelas dedicadas a la enseñanza del Corán y otras disciplinas. En el patio reforzó el baño para las abluciones, construyendo nuevas traídas de agua desde la sierra cordobesa.

 A modo de resumen, la fase que atraviesa la aljama de Córdoba durante el califato de Al-Hakam II mantiene la unidad del edificio respecto a períodos anteriores, pero además, y lo más importante, aporta formas y soluciones nuevas de un gran esplendor. Siempre estará presente el influjo oriental, en las técnicas decorativas empleadas, en los materiales, en las resoluciones que se adoptan; es, Al-Hakam II, el príncipe musulmán que, en la lejanía, más se aproxima al centro cultural árabe, son continuas las referencias y semejanzas con la mezquita de Damasco, se trata de un no querer olvidar el pasado omeya, y hacerlo presente  en la península.

La ampliación de Almanzor

A la fuerte personalidad y formación cultural de Al-Hakam II, le sucede un monarca débil, Hissam II, que ha de apoyarse en su valido Ibn Abi’Amir, hombre ambicioso que lleva al califato a pasar por uno de sus momentos más poderosos. Todas sus conquistas militares le hicieron adoptar el nombre de Al-Mansur bi-Llach, el que vence por obra de Dios, de donde le vino el nombre cristiano de Almanzor. Su empeño fue el de sustituir la dinastía omeya por la suya propia, la de los Amridas, pero ésta carecía de la raigambre que poseen las grandes dinastías, y tuvo entonces que apoyarse en un fuerte poder militar que encontró entre los bereberes africanos. En manos de Almanzor se endurece la política y se militariza el Estado. Los documentos  hablan de “occidentalización” de las costumbres: se habla castellano, se viste a la moda cristiana, desaparecen códices de las bibliotecas,... Se identifica a Almanzor con el terror del fin del milenio en la península.

En torno al 988, Almanzor hará la última  de las ampliaciones en la aljama siguiendo la pauta de épocas anteriores, hasta el punto de reproducir los pilares y restos de los muros de qibla anteriores. La ampliación cambia totalmente de rumbo por diversos motivos: por un lado la parte añadida por Al-Hakam II había llegado prácticamente al límite del río, y por otra parte si  seguía agrandándose hacia el sur, la mezquita adquiriría unas proporciones demasiado grandes; además ni el buen estado de la última ampliación, ni su costosa y elaborada arquitectura aconsejaban derruir el muro de qibla. Por ello no es posible continuar hacia el sur, extendiéndose entonces hacia el este. La incorporación las naves en dirección oriente, proporcionó más el espacio, pudiendo conservar, por otra parte, el mihrab y la maqsura construidos por el anterior califa, aunque éstos quedaran descentrados respecto al conjunto del edificio.

La ampliación se realizó abriendo los arcos de herradura de todo el muro oriental de la mezquita, incorporando ocho naves más con nueve tramos, igual que la sala de oración ya existente, y también el patio se ensanchó en la misma proporción. Desde el punto de vista funcional y técnico, poco aporta este crecimiento, viene a ser una copia casi exacta de lo realizado por Al-Hakam II, lo que justifica que se trató de una  construcción innecesaria desde el punto de vista funcional, más bien hay que considerarlo como un alarde de poder del que quería dejar testimonio Almanzor. Según algunos autores, y en palabras de Ibn Adhari, Almanzor buscó “sobre todo la solidez y el esmero en la ejecución, no la riqueza decorativa [...], si bien su parte no es inferior en calidad a ninguna de las ampliaciones que sucesivamente afectaron al edificio”.

La única novedad la constituye el dovelaje de los arcos, todo de piedra, aún decorados guardando la bicromía de fases anteriores, y la utilización en algunas zonas de arcos túmidos y lobulados con carácter de entibo.
En el exterior encontramos siete portadas que han sufrido grandes restauraciones. En su esquema siguen una composición tripartita, siendo novedad la aparición en los laterales de arcos gemelos de herradura. También se conserva de esta época una fuente en el centro del patio.

Con el fin del califato podríamos también dar por concluida la construcción de la mezquita aljama de Córdoba, y así lo es en cuanto a edificación árabe se refiere, en cambio hemos de tener presente, que este espléndido panorama que presentaba no es el actual, al verse fragmentada la unidad arquitectónica por varias capillas de carácter cristiano en un primer momento, seguido más tarde, en el siglo XIII, de la erección en estilo mudéjar de la Capilla Real, panteón para los reyes de Castillla. La incorporación de esta parte cristiana, adosada  a la construcción de Al-Hakam II, ha de ser entendida no como una invasión de lo cristiano hacia lo musulmán, sino más bien al contrario, como un respeto por lo que significaba la mezquita de Córdoba como capital del mundo islámico, aun cuando a partir de 1523 se construyera en el centro de la mezquita una vasta catedral como necesidad de la hegemonía eclesiástica de construir sobre edificación musulmana.