| La
gran obra de Al-Hakam II en la aljama.
Heredero de su padre de la pasión
por las artes, Al-Hakam II quiso dejar reflejada en su obra esa cultura
y sabiduría que poseía del Islam y su tradición. El
período de progreso que había iniciado Abd al-Rahman II alcanza
su máximo esplendor con Al-Hakam II, convirtiendo a Córdoba
en uno de los más importantes centros culturales del mundo.
Aun respetando el alzado y planta del
modelo original, la ampliación de Al-Hakam II será la que
más cambie el aspecto del edificio, y lo dote de la majestuosidad
que hoy mismo le caracteriza. Surgirán en este momento novedades
muy importantes que coinciden con el mayor apoyo de la corte califal cordobesa.
Nada más acceder al trono
nombró director de las obras a Chafar ben Abd al-Rahman, “el eslavo”,
éste dirigiría la segunda gran ampliación de la sala
de oración hacia el sur, que se inició en el año 962.
En ella encontramos dos grandes novedades: por un lado el modo de iluminación.
Al convertirse la sala de oración en un espacio de grandes
dimensiones, con naves cada vez más profundas, no es suficiente
la iluminación lateral que, en fases anteriores, procedía
de los muros este y oeste, y del patio. La luz adquiere, en este momento,
un nuevo sentido, una forma escenográfica, chorros de luz que proceden
de grandes bóvedas lucernarios sobre tambor, con ventanas que permiten
luz en puntos muy concretos. Hay un primer tramo nada más acceder
a la zona ampliada, cubierto con bóveda sobre tambor, con ventanas
que permiten un primer foco de luz. Otro punto de luz, más importante,
se encuentra en el nicho de mirhab y en los espacios de inmediatamente
delante suyo. Se plantea así una jerarquización de espacios
utilizando la luz. Este hecho ha evocado a algunos estudiosos, lo realizado
por el abad Suger en Saint Denis, convirtiendo zonas muy oscuras de la
girola, en espacios muy iluminados.
Por primera vez se adopta un esquema
en T, ya visto en Qaiwan y mezquitas fatimíes; la nave central es
el eje y es más ancho, además se cierra la nave transversal
de qibla. El uso de tres cúpulas ante el muro de qibla ya se había
visto en el mundo fatimí, pero separadas. En Córdoba las
encontramos unidas frente al mirhab, dando sentido de volumetría
a la maqsura. Ésta es la segunda gran novedad de esta construcción,
las bóvedas, de gran transcendencia en el arte islámico.
Su origen no se sabe con certeza pero pudieran estar inspiradas en las
existentes en la mezquita de Qaiwan, Túnez, y éstas proceder
de modelos persas. Las cuatro bóvedas, la que se coloca en el primer
tramo de la nave central, y las tres que ocupan el espacio de delante del
mirhab, el de la maqsura, son diferentes, pero las cuatro coinciden en
que son bóvedas de crucería, que apoyan en nervios cruceros,
que no intersectan en la clave de la bóveda, son las denominadas
“bóvedas de crucería califal”. Estructuralmente son nervadas,
de gran solidez permitiendo en su centro levantar cualquier elemento decorativo,
además el espacio entre los nervios es mínimo, por
lo que permite ser ornamentado en sus espacios libres con total libertad
decorativa. Son de la segunda mitad del siglo X, a muchos años de
distancia de las primeras bóvedas de crucería de la alta
Edad Media, pertenecientes a la catedral de Durham, de fines del XI; en
el siglo XII, durante el período protogótico las encontramos
en Saint Denis y en arquitecturas cistercienses. Los islámicos creen
en el origen de estas bóvedas en el período califal, tesis
que defiende Elie Lambert. Van a ser muy copiadas incluso en zonas fuera
del territorio andalusí, se verán en el Cristo de la Luz,
en Toledo, también en León, en el contexto mozárabe,
y de aquí saltarán al císter español y al gótico.
La cúpula central, la que
cubre el espacio de delante del mirhab apoya sobre una base cuadrada, con
cuatro trompas, que lo convierten en un octógono, dos cuadrados
que giran sobre sí mismos.
Era frecuente encontrar en decoración
varios materiales y técnicas combinados, ofreciendo un rico espectáculo
ornamental. Así, en esta cúpula, toda recubierta de decoración,
hallamos junto a refinadas yeserías de ataurique, un exquisito muestrario
de mosaicos, perfectamente documentados, traídas las teselas desde
Bizancio por un musivario experto, enviado expresamente por el emperador
Nicéforo Focas, que inicia a todo un equipo de artesanos cordobeses
en esta difícil técnica, a imitación de lo que el
califa Al-Walid hizo para decorar las mezquitas de Damasco, Medina y Jerusalén.
Un texto de Ibn ‘Idhari así lo narra: “...Al-Hakam había
escrito al rey de los rum y le había ordenado que le enviase un
buen operario, como había hecho al-Walid ibn ‘Abd al-Malik en la
época de la construcción de la mezquita de Damasco. Los enviados
del califa volvieron con el mosaísta y con trescientos veinte quintales
de cubos de mosaico que el rey de los rum les había enviado
como regalo”. Se trata de mosaicos espléndidamente conservados,
en los que predomina el dorado en el fondo. En cuanto a la temática
es iconoclasta y con aleyas del Corán. Junto a estas técnicas
encontramos también, en el borde de la venera central, un resalte
en cerámica de color blanco; esto es importante por ser la primera
obra en que se utiliza la cerámica como decoración arquitectónica.
Son muy abundantes las crónicas de artistas que quedan fascinados
por la riqueza decorativa de esta cúpula, hablan de ella como “la
luz de Europa”.
La qibla es un muro doble, solución
ya tomada en la mezquita de Madinat al-Zahra, y entre ellos se permite
compartimentar, creando distintos espacios, correspondientes a las naves
de la sala de oración. En el lado oeste se abrieron cinco salas
rectangulares que servían como sabat, pasadizo para que entrase
el califa desde el alcázar, que sustituyó al construido por
Abd Allah; en el lado de oriente, se estructuraron otros cinco espacios
que servían como bayt al-Mal, y que desembocan en la “puerta del
chocolate”, que junto a la de San Esteban son los dos accesos más
importantes a la mezquita. Esta puerta crea un nuevo tipo, copiado en la
propia mezquita y que se utiliza como esquema de fachada. Es la única
puerta que se conservaría de la época de Al-Hakam II y que
vio la luz con ocasión de la restauración realizada por Velázquez
Bosco. Perdió su función en la ampliación de Almanzor,
ya que en ésta el muro de qibla no se hizo doble. Como técnica
decorativa se utiliza la bicromía en todo el conjunto de la puerta,
es frecuente la combinación de ladrillo y piedra tallada en
todos sus elementos: el dintel queda dividido en falsas dovelas de estos
dos materiales, el arco de herradura es como los del interior, y el tímpano
del arco y la caja del alfiz muestra una decoración de ladrillos
incrustados en piedras calizas horadadas. La técnica no parece ser
invento del arte andalusí, pues de época romana se encontraron
solados así. Esta decoración de incrustación es característica
de portadas y suelos andalusíes, por ejemplo en Madinat al-Zahra
se han encontrado muchos restos. La puerta se complementa con una galería
de arquillos ciegos entrelazados por encima del dintel, surgiendo una nueva
tipología, arco apuntado o túmido, característico
de esta época y posteriores.
Centrándonos ya en el interior,
comenzaremos por el nicho de mirhab, un heptágono, totalmente revestido
de decoración: consta de un zócalo inferior con placas de
mármol veteado, el muro con arquillos ciegos y recubierto de yeserías,
y por encima de ellos, decoración epigráfica que recorre
todo el mirhab. Se cubre el espacio con una falsa cúpula de yeso
en forma de concha, que no deja de tener un simbolismo, ya que la concha
desde tiempos remotos fue recipiente de la sabiduría divina; pero
además, la cúpula responde a una cuestión técnica:
las estrías de la concha tienen un efecto sonoro de vibración,
que permite que el imán sea oído en todo el recinto. Así,
en el conjunto del espacio de mihrab, a excepción de los arcos,
se podría hablar de clasicismo puro.
Otro punto en el que es necesario detenerse
es en la fachada de acceso al mirhab, que crea un esquema que se va a repetir
en otras zonas del norte de África. Se estructura en un arco de
herradura de medio peralte, bastante arcaico, enmarcado por un alfiz que
deja caja para decoración epigráfica con aleyas, la caja
más exterior y elevada con arcos ciegos. Se conjuga una decoración
de yeso con mosaicos y placas de mármol tallado en los laterales.
Como se verá en otros lugares más adelante, en el acceso
al mihrab surge una afinidad simbólica, es, como han interpretado
varios investigadores, la representación de un disco solar naciendo
de la línea de imposta, justo a la altura de la cabeza del imán
situado en su interior. Siguiendo la dirección de las dovelas, estos
rayos solares se expandirían hacia todos los rincones de la mezquita.
En el interior de la sala de oración
se sigue conservando el soporte columna, dobles arcos superpuestos y la
misma tipología. La única diferencia que podemos incorporar
es la de una banda que divide en dos partes el modillón de rollo.
Los fustes y capiteles son labrados ex profeso, alternando los fustes de
mármol azul de Córdoba sobre los que va capitel corintio,
con otros de mármol de Cabra, gris y rosa, sobre los que va capitel
compuesto.
Al acceder a la sala de oración,
encontramos el primer espacio abovedado, de planta rectangular, se
trata de la capilla de Villaviciosa o capilla del lucernario, antiguo mirhab
de Abd al-Rahman II. Sus muros se diferencian de las otras arquerías
por su mayor profusión decorativa: son arcos polilobulados entrecruzados,
de gran elegancia y barroquismo, estudiados monográficamente por
Ewert. Se trata de un cruce de arcos muy complejo, en los que alternan
dovelas lisas y talladas. En la parte inferior, los muros se componen de
tres arcos polilobulados, en la superior, éstos se entremezclan
con arcos simples de herradura. Son arcos que al entrecruzarse dan
origen a múltiples combinaciones, es un módulo que se repite
hasta el infinito, dando una gran riqueza estructural y ornamental. Los
paramentos firmes se decoran con ataurique de enorme barroquismo. La capilla
de Villaviciosa se cubre con una de las bóvedas de crucería
califal antes comentadas. Construida en piedra; sillería para los
nervios y mampostería para los plementos. Se compone de nervios
gruesos y de perfil prismático, como los protogóticos de
la Borgoña, paralelos dos a dos, y cuatro en ángulo; en el
centro una pequeña cúpula en forma de venera.
Esquema semejante muestra la maqsura,
también caracterizada por el esplendor de la decoración y
la brillantez en las soluciones técnicas que se adoptan. Volvemos
a encontrar aquí la misma articulación del espacio que en
la capilla de Villaviciosa: muros de arcos entrelazados que, aparte su
carácter decorativo, tienen como función la de sostener las
tres cúpulas que se encuentran en este recinto. Con la solución
de entrelazar estos arcos lobulados se refuerza el empuje de las cúpulas
potenciando un sistema de luces y sombras alrededor de la entrada al mihrab.
Este recurso aporta también una connotación simbólica
del Islam: los espacios abiertos y cerrados que crea el ritmo de los arcos
vienen a reflejar conceptos muy profundos del alma oriental, son como el
todo y la nada, la vida y la muerte, el pasar y no permanecer... Entre
el estatismo de las columnas y las aberturas de los arcos se crea una relación
espacio-temporal que significa que todo cambia sin cesar, excepto la divinidad,
que permanece estática.
En los espacios cupulados volvemos a hallar
un simbolismo semejante al de la fachada del mihrab, relacionado con el
disco solar, su construcción está basada en un octógono
inscrito en un cuadrado, símbolos de la transición hacia
la divinidad y de la tierra respectivamente. Toda esta teoría de
símbolos que gira en torno a la construcción de la mezquita
en este período tiene mucho que ver con la formación de Al-Hakem
II, inquieto estudioso de las distintas corrientes religiosas y simbólicas
que existieron en el Mediterráneo.
Además de la ampliación
de la sala de oración, Al-Hakem II, realizó algunas obras
más en el exterior, agregando algunas instalaciones de escuelas
dedicadas a la enseñanza del Corán y otras disciplinas. En
el patio reforzó el baño para las abluciones, construyendo
nuevas traídas de agua desde la sierra cordobesa.
A modo de resumen, la fase que atraviesa
la aljama de Córdoba durante el califato de Al-Hakam II mantiene
la unidad del edificio respecto a períodos anteriores, pero además,
y lo más importante, aporta formas y soluciones nuevas de un gran
esplendor. Siempre estará presente el influjo oriental, en las técnicas
decorativas empleadas, en los materiales, en las resoluciones que se adoptan;
es, Al-Hakam II, el príncipe musulmán que, en la lejanía,
más se aproxima al centro cultural árabe, son continuas las
referencias y semejanzas con la mezquita de Damasco, se trata de un no
querer olvidar el pasado omeya, y hacerlo presente en la península.
La ampliación de Almanzor
A la fuerte personalidad y formación
cultural de Al-Hakam II, le sucede un monarca débil, Hissam II,
que ha de apoyarse en su valido Ibn Abi’Amir, hombre ambicioso que lleva
al califato a pasar por uno de sus momentos más poderosos. Todas
sus conquistas militares le hicieron adoptar el nombre de Al-Mansur bi-Llach,
el que vence por obra de Dios, de donde le vino el nombre cristiano de
Almanzor. Su empeño fue el de sustituir la dinastía omeya
por la suya propia, la de los Amridas, pero ésta carecía
de la raigambre que poseen las grandes dinastías, y tuvo entonces
que apoyarse en un fuerte poder militar que encontró entre los bereberes
africanos. En manos de Almanzor se endurece la política y se militariza
el Estado. Los documentos hablan de “occidentalización” de
las costumbres: se habla castellano, se viste a la moda cristiana, desaparecen
códices de las bibliotecas,... Se identifica a Almanzor con el terror
del fin del milenio en la península.
En torno al 988, Almanzor hará
la última de las ampliaciones en la aljama siguiendo la pauta
de épocas anteriores, hasta el punto de reproducir los pilares y
restos de los muros de qibla anteriores. La ampliación cambia totalmente
de rumbo por diversos motivos: por un lado la parte añadida por
Al-Hakam II había llegado prácticamente al límite
del río, y por otra parte si seguía agrandándose
hacia el sur, la mezquita adquiriría unas proporciones demasiado
grandes; además ni el buen estado de la última ampliación,
ni su costosa y elaborada arquitectura aconsejaban derruir el muro de qibla.
Por ello no es posible continuar hacia el sur, extendiéndose entonces
hacia el este. La incorporación las naves en dirección oriente,
proporcionó más el espacio, pudiendo conservar, por otra
parte, el mihrab y la maqsura construidos por el anterior califa, aunque
éstos quedaran descentrados respecto al conjunto del edificio.
La ampliación se realizó
abriendo los arcos de herradura de todo el muro oriental de la mezquita,
incorporando ocho naves más con nueve tramos, igual que la sala
de oración ya existente, y también el patio se ensanchó
en la misma proporción. Desde el punto de vista funcional y técnico,
poco aporta este crecimiento, viene a ser una copia casi exacta de lo realizado
por Al-Hakam II, lo que justifica que se trató de una construcción
innecesaria desde el punto de vista funcional, más bien hay que
considerarlo como un alarde de poder del que quería dejar testimonio
Almanzor. Según algunos autores, y en palabras de Ibn Adhari, Almanzor
buscó “sobre todo la solidez y el esmero en la ejecución,
no la riqueza decorativa [...], si bien su parte no es inferior en calidad
a ninguna de las ampliaciones que sucesivamente afectaron al edificio”.
La única novedad la constituye
el dovelaje de los arcos, todo de piedra, aún decorados guardando
la bicromía de fases anteriores, y la utilización en algunas
zonas de arcos túmidos y lobulados con carácter de entibo.
En el exterior encontramos siete portadas
que han sufrido grandes restauraciones. En su esquema siguen una composición
tripartita, siendo novedad la aparición en los laterales de arcos
gemelos de herradura. También se conserva de esta época una
fuente en el centro del patio.
Con el fin del califato podríamos
también dar por concluida la construcción de la mezquita
aljama de Córdoba, y así lo es en cuanto a edificación
árabe se refiere, en cambio hemos de tener presente, que este espléndido
panorama que presentaba no es el actual, al verse fragmentada la unidad
arquitectónica por varias capillas de carácter cristiano
en un primer momento, seguido más tarde, en el siglo XIII, de la
erección en estilo mudéjar de la Capilla Real, panteón
para los reyes de Castillla. La incorporación de esta parte cristiana,
adosada a la construcción de Al-Hakam II, ha de ser entendida
no como una invasión de lo cristiano hacia lo musulmán, sino
más bien al contrario, como un respeto por lo que significaba la
mezquita de Córdoba como capital del mundo islámico, aun
cuando a partir de 1523 se construyera en el centro de la mezquita una
vasta catedral como necesidad de la hegemonía eclesiástica
de construir sobre edificación musulmana.

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