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ARTE HISPANO MUSULMÁN 
3. EL URBANISMO HISPANO MUSULMÁN 1/2
ISBN-84-9714-060-5 
Rosario Ros Larena
 

 El panorama urbanístico que encuentra el Islam en la península a su llegada es auténticamente desolador. Paulatinamente se había ido produciendo una inevitable decadencia de la ciudad, se había ido perdiendo la organización que regía a la ciudad visigoda, y los nuevos habitantes se encontraron el “campo libre” para crear sus ciudades, unas veces de nueva fundación y otras sobre  terrenos romanos o godos.

Frente a lo que se había realizado en ciudades como Bagdad, en las que se pretendía llegar a la perfección incluso creándose un concepto ideal del urbanismo, la ciudad hispanomusulmana adquiere otra concepción. La aglomeración de población hizo cambiar la imagen de ciudad romana que se tenía, los musulmanes impusieron una nueva forma de urbanismo desconocida hasta entonces en Occidente, una forma basada en la casi total ausencia de normas; la ciudad crece según los deseos de los habitantes sin más límite que el respeto al vecino. 

El entramado urbano se convierte en una “tela de araña” en torno al centro comercial, el zoco, muy relacionado, por su proximidad, con la mezquita De él parten calles sin salida, angostas  y laberínticas. La actividad de la ciudad giraba en torno a estos zocos, que con sus tiendas, talleres y almacenes creaban un conjunto arquitectónico pobre, una amalgama de construcciones todas ellas semejantes en forma y calidad. Los amplios espacios y grandes vías que encontrábamos en la ciudad romana desaparecen en favor de una organización por barrios en función de reunir en sitios concretos a los diversos artesanos,  estos arrabales constituían la verdadera estructura urbana; la ciudad se convierte en un apretado entramado urbano que no deja hueco a espacios libres ni plazas. Sobre todo son las calles de segundo y tercer orden las de trazado más irregular al ir ramificándose entre las manzanas de casas con bastante indisciplina. Frente al urbanismo que seguían las ciudades romanas, en el que el sentido de la ortogonalidad era el que primaba, la ciudad hispanomusulmana sólo dejará ejemplos de rectitud y disciplina urbana en casos muy concretos y escasos, por ejemplo en Madinat al-Zahra, en el patio de los leones de la Alhambra, y en la distribución de algunos patios ajardinados. Además, en las ciudades árabes, el trazado anterior no desaparecía instantáneamente tras la conquista,  algunos aspectos pervivían en el tiempo, así las vías principales de períodos anteriores que arrancaban  de las puertas de las murallas seguirán existiendo en este nuevo trazado; por otra parte se ha de tener en cuenta  otro factor más, el hecho, ya comentado, de que los nuevos edificios árabes se levantaban en el espacio que en épocas anteriores habían ocupado construcciones preislámicas, y que en éstas solían desembocar las principales calles, por tanto es lógico pensar que en algunos lugares se conservara la calle principal del período anterior, casos como Córdoba, Sevilla y Toledo.

A la angosta y laberíntica estructura de las calles árabes habría que añadir, en muchos casos, la presencia de jabalcones y saledizos, incluso pasadizos que unían ambos lados de la calle, lo que daba un aspecto aún más oscuro e irregular.

El motivo de la estrechez de las calles árabes no es otra que la de no ser necesaria su anchura,  esto que puede parecer un galimatías, tiene su razón de ser. Por un lado la inexistencia de vehículos rodados y por otro el carácter de intimidad que caracterizaba al hombre musulmán, que no vivía prácticamente en la calle, sino más bien pasaba la mayor parte de su tiempo en la vivienda, no hacía necesario que las calles cumplieran una serie de requisitos y normativas que en otras culturas eran fundamentales. 

Hay que añadir además los factores climáticos y tácticos que influyen en la configuración de la ciudad: había que defenderse de agentes atmosféricos, ejércitos invasores o revueltas interiores. Una de las premisas que había de tenerse en cuenta para la fundación de una ciudad era la de levantarla en la cumbre de una montaña, en una península o junto a un río con puente, todo ello por razones de defensa y protección, pero que influía en el aspecto urbano que presentaba. Idea por otra parte, la de la elección adecuada del lugar donde erigir la ciudad, de índole vitrubiana, que encontraba su antecedente en la Antigüedad.

Del carácter defensivo de la ciudad se deriva el que las primeras concentraciones humanas fueran a modo de campamentos, con una finalidad militar, que desarrollaba en torno al castillo un núcleo preurbano llamado alcazaba, “una ciudad miniatura que ejercía como fortaleza y palacio residencia”. Este recinto solía situarse en una zona montañosa, y las distintas instalaciones o dependencias: palacios, casas, aljibes, baños,..., se distribuían escalonadamente. Eran verdaderas ciudades palatinas autosuficientes en todos los sentidos, eran el símbolo del poder e iban unidas, casi siempre a ciudades de relevancia: Málaga, Almería, Toledo,... Una idea candente entre los especialistas es si las alcazabas precedieron al plano urbano o se forman simultáneamente.

Otro elemento que integra la ciudad árabe es el alcázar, un complejo recinto palatino residencial que incluía varias dependencias: palacios, edificios administrativos, alcazabas y cementerio, como era el caso del alcázar de Córdoba, junto a la mezquita aljama, o el del Generalife en Granada.

Estos dos elementos, alcazaba y alcázar, aun formando parte de la ciudad, deben considerarse al margen, aunque dependiente del núcleo central amurallado del que constan todas las ciudades hispanomusulmanas, llamado madina. La ciudad se completa con unos barrios exteriores con sus propias murallas, denominados arrabales, que según iban creciendo en proporción a la población, podían llegar a ser tan importantes como la madina.

Dentro de ésta se encontraba la mezquita mayor de la ciudad, y en torno suyo varias mezquitillas u oratorios de carácter público o privado. Éstos eran una referencia ineludible dentro del entramado urbano, y próximos a ellos se encontraban los zocos, entre los cuales destacaba la alcaicería, mercado especializado en artículos de lujo, generalmente de pertenencia real. Otro edificio muy común en el paisaje urbano árabe era el de los baños, hammam, de todo género: reales, públicos y privados; interesantes edificios tanto formal como funcionalmente, ya que se trataba de auténticos centros sociales, en torno a los cuales se desarrollaba gran parte de la vida del hombre musulmán.

Otros espacios con los que contaba la ciudad hispanomusulmana, situados a las afueras de la madina eran los morabitos, una especie de monasterios, los cementerios, maqbarat, las musallas, oratorios al aire libre de amplia extensión y casi siempre rodeados de murallas, la almuzara, gran superficie para paradas militares y otras manifestaciones públicas. Estos dos últimos espacios compensaban o sustituían la ausencia de espacios amplios libres dentro de la madina.

De todas las ciudades hispanomusulmanas: Almería, Málaga, Granada, Sevilla, Cuenca, Jaén, Úbeda, Toledo, Zaragoza, etc., Córdoba fue la más importante, alcanzando su máxima población, medio millón de habitantes, en tiempos de Almanzor, y de ella volveremos a hablar por albergar, aunque a las afueras de la ciudad, uno de los complejos palaciegos más interesantes de época califal, Madinat al-Zahra.

La vivienda islámica en la península.

 Debido a la expansión del Islam y, como  consecuencia, a su heterogeneidad cultural, la casa árabe puede resultar muy diversa, sin seguir un modelo tipo en su estructura, lo que sí permanece invariable en ellas son dos principios sociales básicos: el concepto de la vivienda como lugar de reclusión, donde prima el derecho a la intimidad, y la separación de la mujer en dependencias distintas a las del resto de la familia.

La unidad urbana básica que encontramos en la ciudad islámica es la casa -dar-, conjunto de habitaciones que forman la vivienda familiar. El concepto de protección que comentábamos respecto a la ciudad, se traslada también a la vivienda, protegiéndolas con unos muros romanos de hormigón con encofrado de madera, procedimiento muy utilizado en la península ibérica.
La tipología era la de un patio central rodeado de habitaciones siguiendo el esquema de la casa romana. A este patio daban todas las ventanas de las habitaciones, la vivienda árabe nunca se abría directamente a la calle, basándose en ese secretismo del que ya hemos hecho mención anteriormente.

La mayoría de las casas árabes eran de escasas dimensiones pero siempre debían estar preparadas para ser agrandadas en función de  las necesidades que surgieran. El acceso a la vivienda se realizaba a través de un pasadizo desde el adarve,  con el fin de ocultar a la mirada del transeúnte el modo de vivir de los habitantes. Éste desembocaba en el patio que podía tener varios pórticos o galerías de columnas o pilares. En este patio, la mayoría de ellas tenían un estanque o alberca con pozo o aljibe.