| El
panorama urbanístico que encuentra el Islam en la península
a su llegada es auténticamente desolador. Paulatinamente se había
ido produciendo una inevitable decadencia de la ciudad, se había
ido perdiendo la organización que regía a la ciudad visigoda,
y los nuevos habitantes se encontraron el “campo libre” para crear sus
ciudades, unas veces de nueva fundación y otras sobre terrenos
romanos o godos.
Frente a lo que se había realizado
en ciudades como Bagdad, en las que se pretendía llegar a la perfección
incluso creándose un concepto ideal del urbanismo, la ciudad hispanomusulmana
adquiere otra concepción. La aglomeración de población
hizo cambiar la imagen de ciudad romana que se tenía, los musulmanes
impusieron una nueva forma de urbanismo desconocida hasta entonces en Occidente,
una forma basada en la casi total ausencia de normas; la ciudad crece según
los deseos de los habitantes sin más límite que el respeto
al vecino.
El entramado urbano se convierte en una
“tela de araña” en torno al centro comercial, el zoco, muy relacionado,
por su proximidad, con la mezquita De él parten calles sin salida,
angostas y laberínticas. La actividad de la ciudad giraba
en torno a estos zocos, que con sus tiendas, talleres y almacenes creaban
un conjunto arquitectónico pobre, una amalgama de construcciones
todas ellas semejantes en forma y calidad. Los amplios espacios y grandes
vías que encontrábamos en la ciudad romana desaparecen en
favor de una organización por barrios en función de reunir
en sitios concretos a los diversos artesanos, estos arrabales constituían
la verdadera estructura urbana; la ciudad se convierte en un apretado entramado
urbano que no deja hueco a espacios libres ni plazas. Sobre todo son las
calles de segundo y tercer orden las de trazado más irregular al
ir ramificándose entre las manzanas de casas con bastante indisciplina.
Frente al urbanismo que seguían las ciudades romanas, en el que
el sentido de la ortogonalidad era el que primaba, la ciudad hispanomusulmana
sólo dejará ejemplos de rectitud y disciplina urbana en casos
muy concretos y escasos, por ejemplo en Madinat al-Zahra, en el
patio de los leones de la Alhambra, y en la distribución de algunos
patios ajardinados. Además, en las ciudades árabes, el trazado
anterior no desaparecía instantáneamente tras la conquista,
algunos aspectos pervivían en el tiempo, así las vías
principales de períodos anteriores que arrancaban de las puertas
de las murallas seguirán existiendo en este nuevo trazado; por otra
parte se ha de tener en cuenta otro factor más, el hecho,
ya comentado, de que los nuevos edificios árabes se levantaban en
el espacio que en épocas anteriores habían ocupado construcciones
preislámicas, y que en éstas solían desembocar las
principales calles, por tanto es lógico pensar que en algunos lugares
se conservara la calle principal del período anterior, casos como
Córdoba, Sevilla y Toledo.
A la angosta y laberíntica estructura
de las calles árabes habría que añadir, en muchos
casos, la presencia de jabalcones y saledizos, incluso pasadizos que unían
ambos lados de la calle, lo que daba un aspecto aún más oscuro
e irregular.
El motivo de la estrechez de las calles
árabes no es otra que la de no ser necesaria su anchura, esto
que puede parecer un galimatías, tiene su razón de ser. Por
un lado la inexistencia de vehículos rodados y por otro el carácter
de intimidad que caracterizaba al hombre musulmán, que no vivía
prácticamente en la calle, sino más bien pasaba la mayor
parte de su tiempo en la vivienda, no hacía necesario que las calles
cumplieran una serie de requisitos y normativas que en otras culturas eran
fundamentales.
Hay que añadir además los
factores climáticos y tácticos que influyen en la configuración
de la ciudad: había que defenderse de agentes atmosféricos,
ejércitos invasores o revueltas interiores. Una de las premisas
que había de tenerse en cuenta para la fundación de una ciudad
era la de levantarla en la cumbre de una montaña, en una península
o junto a un río con puente, todo ello por razones de defensa y
protección, pero que influía en el aspecto urbano que presentaba.
Idea por otra parte, la de la elección adecuada del lugar donde
erigir la ciudad, de índole vitrubiana, que encontraba su antecedente
en la Antigüedad.
Del carácter defensivo de la ciudad
se deriva el que las primeras concentraciones humanas fueran a modo de
campamentos, con una finalidad militar, que desarrollaba en torno al castillo
un núcleo preurbano llamado alcazaba, “una ciudad miniatura
que ejercía como fortaleza y palacio residencia”. Este recinto solía
situarse en una zona montañosa, y las distintas instalaciones o
dependencias: palacios, casas, aljibes, baños,..., se distribuían
escalonadamente. Eran verdaderas ciudades palatinas autosuficientes en
todos los sentidos, eran el símbolo del poder e iban unidas, casi
siempre a ciudades de relevancia: Málaga, Almería, Toledo,...
Una idea candente entre los especialistas es si las alcazabas precedieron
al plano urbano o se forman simultáneamente.
Otro elemento que integra la ciudad árabe
es el alcázar, un complejo recinto palatino residencial que
incluía varias dependencias: palacios, edificios administrativos,
alcazabas y cementerio, como era el caso del alcázar de Córdoba,
junto a la mezquita aljama, o el del Generalife en Granada.
Estos dos elementos, alcazaba y alcázar,
aun formando parte de la ciudad, deben considerarse al margen, aunque dependiente
del núcleo central amurallado del que constan todas las ciudades
hispanomusulmanas, llamado madina. La ciudad se completa con unos
barrios exteriores con sus propias murallas, denominados arrabales,
que según iban creciendo en proporción a la población,
podían llegar a ser tan importantes como la madina.
Dentro de ésta se encontraba la
mezquita mayor de la ciudad, y en torno suyo varias mezquitillas u oratorios
de carácter público o privado. Éstos eran una referencia
ineludible dentro del entramado urbano, y próximos a ellos se encontraban
los zocos, entre los cuales destacaba la alcaicería,
mercado especializado en artículos de lujo, generalmente de pertenencia
real. Otro edificio muy común en el paisaje urbano árabe
era el de los baños, hammam, de todo género: reales,
públicos y privados; interesantes edificios tanto formal como funcionalmente,
ya que se trataba de auténticos centros sociales, en torno a los
cuales se desarrollaba gran parte de la vida del hombre musulmán.
Otros espacios con los que contaba la
ciudad hispanomusulmana, situados a las afueras de la madina eran los morabitos,
una especie de monasterios, los cementerios, maqbarat, las musallas,
oratorios al aire libre de amplia extensión y casi siempre rodeados
de murallas, la almuzara, gran superficie para paradas militares
y otras manifestaciones públicas. Estos dos últimos espacios
compensaban o sustituían la ausencia de espacios amplios libres
dentro de la madina.
De todas las ciudades hispanomusulmanas:
Almería, Málaga, Granada, Sevilla, Cuenca, Jaén, Úbeda,
Toledo, Zaragoza, etc., Córdoba fue la más importante, alcanzando
su máxima población, medio millón de habitantes, en
tiempos de Almanzor, y de ella volveremos a hablar por albergar, aunque
a las afueras de la ciudad, uno de los complejos palaciegos más
interesantes de época califal, Madinat al-Zahra.
La vivienda islámica en la península.
Debido a la expansión del
Islam y, como consecuencia, a su heterogeneidad cultural, la casa
árabe puede resultar muy diversa, sin seguir un modelo tipo en su
estructura, lo que sí permanece invariable en ellas son dos principios
sociales básicos: el concepto de la vivienda como lugar de reclusión,
donde prima el derecho a la intimidad, y la separación de la mujer
en dependencias distintas a las del resto de la familia.
La unidad urbana básica que encontramos
en la ciudad islámica es la casa -dar-, conjunto de
habitaciones que forman la vivienda familiar. El concepto de protección
que comentábamos respecto a la ciudad, se traslada también
a la vivienda, protegiéndolas con unos muros romanos de hormigón
con encofrado de madera, procedimiento muy utilizado en la península
ibérica.
La tipología era la de un patio
central rodeado de habitaciones siguiendo el esquema de la casa romana.
A este patio daban todas las ventanas de las habitaciones, la vivienda
árabe nunca se abría directamente a la calle, basándose
en ese secretismo del que ya hemos hecho mención anteriormente.
La mayoría de las casas árabes
eran de escasas dimensiones pero siempre debían estar preparadas
para ser agrandadas en función de las necesidades que surgieran.
El acceso a la vivienda se realizaba a través de un pasadizo desde
el adarve, con el fin de ocultar a la mirada del transeúnte
el modo de vivir de los habitantes. Éste desembocaba en el patio
que podía tener varios pórticos o galerías de columnas
o pilares. En este patio, la mayoría de ellas tenían un estanque
o alberca con pozo o aljibe.

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