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ARTE HISPANO MUSULMÁN 
3. EL URBANISMO HISPANO MUSULMÁN 2/2
ISBN-84-9714-060-5 
Rosario Ros Larena
 

 Un tema crucial en las ciudades islámicas es el del agua, a parte de situarse en lugares bien suministrados de este elemento, la ciudad contaba con perfectos sistemas de traídas de agua, dotándose de grandes estanques o cisternas a las afueras donde llegaba el agua, que luego era repartida a cisternas de intramuros y fuentes. Estos aljibes o cisternas se convirtieron en verdaderos sistemas arquitectónicos, heredados de la Roma antigua. Divididos en naves abovedadas, algunos de ellos fueron fácilmente confundidos con pequeñas mezquitas si no fuera por el revestimiento de paredes y solerías y las lumbreras de las claves de las bóvedas. Eran numerosas las cisternas que podía reunir una ciudad, alcanzando el número de treinta por ejemplo, sólo en el Albaicín (Granada); lo ordinario era que cada casa contara con una de ellas.

Pasados los pórticos del patio se encontraban las habitaciones, reservando las de la planta superior a las mujeres, también estas galerías daban entrada  a otras dependencias, cocina y letrinas. En cuanto a mobiliario, las casas árabes carecían prácticamente de él, las diferentes dependencias, que podían asumir distintas funciones, de dormitorio, de estancia o de comedor, según la ocasión  y la época del año, se dotaban de ligeros bártulos, fácilmente transportados: alfombras, esteras, arcas, etc.

 En la península ibérica son muy conocidas las casas almohades de Siyasa en Cieza (Murcia), que siguen prácticamente en su totalidad este esquema.

Los baños árabes: hammam

 Si la vivienda constituye la unidad más básica del entramado urbano, y sin la que no podríamos hablar de ciudad, ésta tuvo otras tipologías arquitectónicas que definen la fisonomía urbana. El baño o hammam constituye uno de los elementos más característicos de la ciudad hispanomusulmana, tanto por su morfología como por tratarse del edificio en el que el hombre árabe pasa gran parte de su tiempo, y lugar de purificación imprescindible antes de la oración para liberarse de las impurezas del mundo según mandaba la doctrina. Los usuarios debían someterse a rígidas normas: a primera hora de la mañana o al anochecer acudían los hombres, mientras que las mujeres lo hacían por la tarde. El baño árabe ha de ser considerado además, como un centro social y reflejo de la vida en el Islam, todo el ambiente de intimidad y secretismo que inunda las estancias es análogo al que posee la existencia del ser humano. 

 Puede encontrarse como edificio aislado o como estancia aneja a una mezquita. Por tratarse de un lugar al que el musulmán acude con frecuencia, se hicieron muy abundantes en todas las ciudades, teniendo Córdoba, a finales del siglo X, más de seiscientos.

 Su tipología, que sigue en líneas generales la de los baños romanos, era común en todos ellos: edificios con casi total ausencia de vanos por motivos de temperatura, sólo una pequeña puerta daba acceso al interior. Tres estancias constituían la parte principal del baño: la cámara fría, la cámara tibia y la cámara caliente, además de otros espacios para vestuario, sala de vapor, combustible, depósitos, lavabos, etc. El edificio se  coronaba con cúpulas y chimeneas que a través de claraboyas iluminaban el interior, que destacaba por su decoración basándose en cerámicas de ricos colores, maderas o piedra pulimentada.

La mayor parte de los baños conservados en territorio hispano, pertenecen al período de los reinos de taifas, en las ciudades de Mallorca, Toledo, Baza, etc., pero los mejor conservados son los del Bañuelo, en Granada, llamado Hammam al-Yawza (Baño del nogal). Las dependencias se sitúan en torno a un patio con alberca en el centro y zona de letrinas, dando paso al vestuario y a las salas de agua, cada una de ellas con espacios rectangulares a los lados, en el caso de la central, y alcobas laterales en las otras dos. Los muros son de argamasa, encalada y pintada, mientras que arcos y abovedamientos son de ladrillo con mortero de cal. Las bóvedas eran diferentes en cada estancia: esquifada en la cámara tibia, cañón en los espacios rectangulares y arista en las salas que hay a ambos lados del horno. Todas ellas iban horadadas con lumbreras en forma poligonal. 

También se conservan pero ya de época nazarí los de la Alhambra de Granada, del siglo XIV, probablemente construido por Ismail, pero restaurado por Yusuf I, como menciona una inscripción.

El baño real se sitúa al este del palacio de Comares. Su entrada primitiva la tenía por el patio de la Alberca, próxima a la vivienda del sultán. El baño se dividía en tres partes: la sala de las Camas, las salas calientes, y el horno y las leñeras; esta última zona tenía entrada independiente a la del resto del baño. Entre la sala de las Camas y el resto de las dependencias existen diferencias arquitectónicas. La primera se trata de una sala cuadrada con una linterna central sobre cuatro columnas, la parte alta de este lugar estaba dedicada a vivienda del guardián del baño, y es por la que se accedía al mismo. En la parte baja  de esta misma estancia se sigue idéntico esquema que el visto en el baño del Bañuelo, unos espacios rectangulares con alcobas, algunos de ellos, con un poyo alto en el que el bañista recibía masajes y conversaba.

Las salas calientes eran de tipo más funcional,  con muros y bóvedas  de argamasa y claraboyas en forma estrellada para iluminar el espacio. En la actualidad se recubren con unos zócalos de cerámica que parece ser que fueron colocados en época de Carlos V.

III. LA ARQUITECTURA DEL PODER

 La inestabilidad social y política durante el período califal produjo la elevación de numerosos edificios de carácter militar y palaciego, conjuntos monumentales que pueden llevar a  confusión a la hora de encasillarlos dentro de una tipología.  Se plantean dudas al hablar de Madinat al-Zahra, pues no es fácil clasificarla como edificio palaciego, cuando lo que constituía era una pequeña ciudad, o posteriormente, ya en época nazarí, nos ocurre lo mismo con la Alhambra de Granada, para algunos investigadores podría tratarse de una alcazaba, otros la definen como una ciudadela, en definitiva, lo que representan estos edificios son el esplendor de una época y la potencia de unos gobernantes, por ello hemos quedado en llamar a este capítulo “La arquitectura del poder”.

La ciudad de Madinat al-Zahra.

 Un claro ejemplo para estudiar el desarrollo urbanístico de una ciudad y la arquitectura palaciega, lo constituye  la ciudad-palacio de Madinat al-Zahra -que significa “ciudad brillantísima”-, expresión de la materialización de la dignidad califal. 

Las obras se comienzan en el año 936 y se terminan en el 976, durante el califato de Abd al-Rahman III y su hijo Al-Hakam II. A la muerte de Abd al-Rahman III las obras están muy avanzadas, Al-Hakam las  continúa, sobre todo la zona de los jardines. En el año 941 se proclama la primera jutba, lo que indica que ya habría al menos construida una mezquita, la aljama, aunque hubiera más. En el año 946 consta en las fuentes documentales y literarias que Abd al-Rahman residía en Madinat al-Zahra. En el 947 se inaugura la Casa de la Moneda, Dar al-sikka, lo que señala el traslado del aparato administrativo en la ciudad; y en ese mismo año debió trasladarse el centro artesano oficial, Dar al-sinaca.

 Desde 1910 se está excavando y saliendo a la luz interesantes datos tanto formales y funcionales como cronológicos. En el 978 la ciudad será abandonada, hecho que recuerda el de Bagdad. La causa está en el giro político que da el califato: Hixem deja el poder en manos militares, se suceden una serie de luchas internas que provocan la desintegración del califato y del estado, es la llamada fitna, en esta situación se vuelve la espalda al arte. Es Almanzor quien decide abandonar Madinat al-Zahra y construir en las afueras de Córdoba otra ciudad-palacio llamada Madinat al-Zahira. A partir de este momento la ciudad se convierte en víctima de un continuo saqueo, dispersándose sus materiales por Córdoba, Sevilla e incluso el Norte de África.

La ciudad desde principios del siglo XI hasta el XV será centro de expolio. En época almohade es saqueada, existiendo textos de este momento que hablan de su magnificencia. Cuando en el 1236 Fernando III conquista la ciudad ya no hay constancia de la existencia de la ciudad-palacio. Más tarde los monjes jerónimos construyen un monasterio al lado reutilizando sillares. En el XVI, Ambrosio de Morales pensó que eran unas ruinas romanas. En el XIX, Ceán Bermúdez la descubre. En 1911 es excavada por Velázquez Bosco, luego Félix Fernández y Manuel Gómez Moreno descubren el Salón Rico. Actualmente continúa la excavación en la ciudad. Se han encontrado diversos y ricos materiales, entre ellos mosaicos bizantinos, mármol de canteras andalusíes y de África. Se habla de la existencia de un estanque de mercurio para crear reflejos, salones cubiertos con metales preciosos,... en fin, todo un repertorio de materiales y elementos decorativos que nos hacen imaginar un conjunto de gran esplendor.

Varias hipótesis se barajan sobre él por qué de su fundación: Abd al-Rahman III es califa desde el año 929, siete años más tarde, en 936 comienzan las obras de la ciudad. El motivo de su construcción es que el emirato ha pasado a ser califato, el emir se convierte en califa y es conveniente dar esplendor a la corte y magnificar la figura del dirigente, siguiendo una larga tradición del Islam oriental en la que se vincula al soberano con la construcción de grandes núcleos urbanos, asociando la erección del monumento como un atributo importante del califa. Surge así la figura del califa-constructor.

Por otro lado, una leyenda popular dice que la construyó el califa para su favorita Zhara, y que a su muerte, ésta la donó para que se la recordase. Otra idea es la de rivalizar con el califato fatimí, en pleno esplendor.

La ciudad-palacio se emplaza al oeste de Córdoba, próxima a ella para facilitar el proceso de población. Se encuentra en la montaña de la “novia” o de la “desposada”, perímetro relativamente regular, en forma rectangular que ocupa un enorme espolón natural entre dos barrancadas del borde de Sierra Morena. Esta situación topográfica, no muy frecuente, es idónea para el emplazamiento de Madinat al-Zahra, hallando sus precedentes en palacios abasíes como Yawsaq o Balkuwara en Samarra, también ubicados en terrenos altos y con vistas al paisaje exterior.

La ciudad se cierra por doble muralla, con pasillo intermedio, con excepción del tercio central de la muralla norte, donde aparece un único recinto, defendido por torres albarranas. Se accede a él a través de dos puertas: una al norte, la de la Cuesta o Bab al Aqba, y la sur, la de la Cúpula o Bab al Quba. Estas puertas no están exactamente alineadas, forman un eje Norte-Sur, en torno a él se sitúan las calles principales, abovedadas para proteger del calor y el sol. Próxima a la puerta norte se han encontrado restos de una torre albarrana, como protección a la puerta, comunicada con ella a nivel subterráneo o por arco en alto. Es la primera cronológicamente que encontramos, se  van  a desarrollar más en período almohade, como es el caso de la Torre del Oro de Sevilla.

La ciudad-palacio se estructura en tres terrazas, que recuerda  de nuevo los ejemplos abasíes antes mencionados de Samarra. Las dos superiores corresponden al Alcázar, dejando la inferior para que fuera ocupada por la medina; esta jerarquización debió ser muy meditada por el califa, para que, vista desde el exterior fuera clara la función de expresión del poder que ésta  pretendía, pero frente a lo que se estaba realizando en el mundo abasí,  el Alcázar de Madinat al-Zahra se caracterizaba por la ausencia de simetría, en función de la primacía, en el lugar más elevado, de la residencia del califa, tal y como era propio del urbanismo fatimí.

En este Alcázar se distinguen dos sectores: el oficial y el privado; el acceso a ellos sigue el mismo esquema: un espacio abierto porticado, como antefachada de una puerta de reducidas proporciones en  la que se inicia una calle o corredor quebrado, que llega hasta los salones.

En el nivel alto se sitúa la Acrópolis y pegadas a la puerta norte están las dependencias nobles, aposentos reales en los que vivió Abd al-Rahman III. Son habitaciones alargadas, los Dar-al-Mulk, a nivel de cimientos, abiertas a la terraza o a pequeños patios. Conservan parte del suelo, con solado de piedra tallada y rellenos de incrustaciones de barro cocido, técnica recibida de Bizancio. 

Al mismo nivel se encuentran las casas de los colaboradores del califa, destacando la de Yafar, primer ministro del dirigente, construida a partir del año 961. Esta casa debió adaptarse a un espacio ya limitado; en ella se distinguen tres espacios separados entre ellos por un sistema de seguridad a base de puertas enfrentadas: un primer recinto era el oficial, de planta basilical; el segundo era el privado, y un ámbito anexo correspondía al servicio. Dependencia, en su conjunto abierta al jardín. Al lado de esta casa, se localizó el edificio de la moneda y otras casas muy representativas, en concreto la de la Alberquilla, donde se encontró la famosa Cierva de Madinat al-Zahra.