| Un
tema crucial en las ciudades islámicas es el del agua, a parte de
situarse en lugares bien suministrados de este elemento, la ciudad contaba
con perfectos sistemas de traídas de agua, dotándose de grandes
estanques o cisternas a las afueras donde llegaba el agua, que luego era
repartida a cisternas de intramuros y fuentes. Estos aljibes o cisternas
se convirtieron en verdaderos sistemas arquitectónicos, heredados
de la Roma antigua. Divididos en naves abovedadas, algunos de ellos fueron
fácilmente confundidos con pequeñas mezquitas si no fuera
por el revestimiento de paredes y solerías y las lumbreras de las
claves de las bóvedas. Eran numerosas las cisternas que podía
reunir una ciudad, alcanzando el número de treinta por ejemplo,
sólo en el Albaicín (Granada); lo ordinario era que cada
casa contara con una de ellas.
Pasados los pórticos
del patio se encontraban las habitaciones, reservando las de la planta
superior a las mujeres, también estas galerías daban entrada
a otras dependencias, cocina y letrinas. En cuanto a mobiliario, las casas
árabes carecían prácticamente de él, las diferentes
dependencias, que podían asumir distintas funciones, de dormitorio,
de estancia o de comedor, según la ocasión y la época
del año, se dotaban de ligeros bártulos, fácilmente
transportados: alfombras, esteras, arcas, etc.
En la península
ibérica son muy conocidas las casas almohades de Siyasa en Cieza
(Murcia), que siguen prácticamente en su totalidad este esquema.
Los baños
árabes: hammam
Si la vivienda
constituye la unidad más básica del entramado urbano, y sin
la que no podríamos hablar de ciudad, ésta tuvo otras tipologías
arquitectónicas que definen la fisonomía urbana. El baño
o hammam constituye uno de los elementos más característicos
de la ciudad hispanomusulmana, tanto por su morfología como por
tratarse del edificio en el que el hombre árabe pasa gran parte
de su tiempo, y lugar de purificación imprescindible antes de la
oración para liberarse de las impurezas del mundo según mandaba
la doctrina. Los usuarios debían someterse a rígidas normas:
a primera hora de la mañana o al anochecer acudían los hombres,
mientras que las mujeres lo hacían por la tarde. El baño
árabe ha de ser considerado además, como un centro social
y reflejo de la vida en el Islam, todo el ambiente de intimidad y secretismo
que inunda las estancias es análogo al que posee la existencia del
ser humano.
Puede encontrarse
como edificio aislado o como estancia aneja a una mezquita. Por tratarse
de un lugar al que el musulmán acude con frecuencia, se hicieron
muy abundantes en todas las ciudades, teniendo Córdoba, a finales
del siglo X, más de seiscientos.
Su tipología,
que sigue en líneas generales la de los baños romanos, era
común en todos ellos: edificios con casi total ausencia de vanos
por motivos de temperatura, sólo una pequeña puerta daba
acceso al interior. Tres estancias constituían la parte principal
del baño: la cámara fría, la cámara tibia y
la cámara caliente, además de otros espacios para vestuario,
sala de vapor, combustible, depósitos, lavabos, etc. El edificio
se coronaba con cúpulas y chimeneas que a través de
claraboyas iluminaban el interior, que destacaba por su decoración
basándose en cerámicas de ricos colores, maderas o piedra
pulimentada.
La mayor parte de
los baños conservados en territorio hispano, pertenecen al período
de los reinos de taifas, en las ciudades de Mallorca, Toledo, Baza, etc.,
pero los mejor conservados son los del Bañuelo, en Granada, llamado
Hammam al-Yawza (Baño del nogal). Las dependencias se sitúan
en torno a un patio con alberca en el centro y zona de letrinas, dando
paso al vestuario y a las salas de agua, cada una de ellas con espacios
rectangulares a los lados, en el caso de la central, y alcobas laterales
en las otras dos. Los muros son de argamasa, encalada y pintada, mientras
que arcos y abovedamientos son de ladrillo con mortero de cal. Las bóvedas
eran diferentes en cada estancia: esquifada en la cámara tibia,
cañón en los espacios rectangulares y arista en las salas
que hay a ambos lados del horno. Todas ellas iban horadadas con lumbreras
en forma poligonal.
También se
conservan pero ya de época nazarí los de la Alhambra de Granada,
del siglo XIV, probablemente construido por Ismail, pero restaurado por
Yusuf I, como menciona una inscripción.
El baño real
se sitúa al este del palacio de Comares. Su entrada primitiva la
tenía por el patio de la Alberca, próxima a la vivienda del
sultán. El baño se dividía en tres partes: la sala
de las Camas, las salas calientes, y el horno y las leñeras; esta
última zona tenía entrada independiente a la del resto del
baño. Entre la sala de las Camas y el resto de las dependencias
existen diferencias arquitectónicas. La primera se trata de una
sala cuadrada con una linterna central sobre cuatro columnas, la parte
alta de este lugar estaba dedicada a vivienda del guardián del baño,
y es por la que se accedía al mismo. En la parte baja de esta
misma estancia se sigue idéntico esquema que el visto en el baño
del Bañuelo, unos espacios rectangulares con alcobas, algunos de
ellos, con un poyo alto en el que el bañista recibía masajes
y conversaba.
Las salas calientes
eran de tipo más funcional, con muros y bóvedas
de argamasa y claraboyas en forma estrellada para iluminar el espacio.
En la actualidad se recubren con unos zócalos de cerámica
que parece ser que fueron colocados en época de Carlos V.
III.
LA ARQUITECTURA DEL PODER
La inestabilidad
social y política durante el período califal produjo la elevación
de numerosos edificios de carácter militar y palaciego, conjuntos
monumentales que pueden llevar a confusión a la hora de encasillarlos
dentro de una tipología. Se plantean dudas al hablar de
Madinat al-Zahra, pues no es fácil clasificarla como edificio
palaciego, cuando lo que constituía era una pequeña ciudad,
o posteriormente, ya en época nazarí, nos ocurre lo mismo
con la Alhambra de Granada, para algunos investigadores podría tratarse
de una alcazaba, otros la definen como una ciudadela, en definitiva, lo
que representan estos edificios son el esplendor de una época y
la potencia de unos gobernantes, por ello hemos quedado en llamar a este
capítulo “La arquitectura del poder”.
La ciudad de
Madinat al-Zahra.
Un claro ejemplo
para estudiar el desarrollo urbanístico de una ciudad y la arquitectura
palaciega, lo constituye la ciudad-palacio de Madinat al-Zahra
-que significa “ciudad brillantísima”-, expresión de la materialización
de la dignidad califal.
Las obras se comienzan
en el año 936 y se terminan en el 976, durante el califato de Abd
al-Rahman III y su hijo Al-Hakam II. A la muerte de Abd al-Rahman III las
obras están muy avanzadas, Al-Hakam las continúa, sobre
todo la zona de los jardines. En el año 941 se proclama la primera
jutba, lo que indica que ya habría al menos construida una mezquita,
la aljama, aunque hubiera más. En el año 946 consta en las
fuentes documentales y literarias que Abd al-Rahman residía en Madinat
al-Zahra. En el 947 se inaugura la Casa de la Moneda, Dar al-sikka,
lo que señala el traslado del aparato administrativo en la ciudad;
y en ese mismo año debió trasladarse el centro artesano oficial,
Dar
al-sinaca.
Desde 1910
se está excavando y saliendo a la luz interesantes datos tanto formales
y funcionales como cronológicos. En el 978 la ciudad será
abandonada, hecho que recuerda el de Bagdad. La causa está en el
giro político que da el califato: Hixem deja el poder en manos militares,
se suceden una serie de luchas internas que provocan la desintegración
del califato y del estado, es la llamada fitna, en esta situación
se vuelve la espalda al arte. Es Almanzor quien decide abandonar Madinat
al-Zahra y construir en las afueras de Córdoba otra ciudad-palacio
llamada Madinat al-Zahira. A partir de este momento la ciudad se
convierte en víctima de un continuo saqueo, dispersándose
sus materiales por Córdoba, Sevilla e incluso el Norte de África.
La ciudad desde
principios del siglo XI hasta el XV será centro de expolio. En época
almohade es saqueada, existiendo textos de este momento que hablan de su
magnificencia. Cuando en el 1236 Fernando III conquista la ciudad ya no
hay constancia de la existencia de la ciudad-palacio. Más tarde
los monjes jerónimos construyen un monasterio al lado reutilizando
sillares. En el XVI, Ambrosio de Morales pensó que eran unas ruinas
romanas. En el XIX, Ceán Bermúdez la descubre. En 1911 es
excavada por Velázquez Bosco, luego Félix Fernández
y Manuel Gómez Moreno descubren el Salón Rico. Actualmente
continúa la excavación en la ciudad. Se han encontrado diversos
y ricos materiales, entre ellos mosaicos bizantinos, mármol de canteras
andalusíes y de África. Se habla de la existencia de un estanque
de mercurio para crear reflejos, salones cubiertos con metales preciosos,...
en fin, todo un repertorio de materiales y elementos decorativos que nos
hacen imaginar un conjunto de gran esplendor.
Varias hipótesis
se barajan sobre él por qué de su fundación: Abd al-Rahman
III es califa desde el año 929, siete años más tarde,
en 936 comienzan las obras de la ciudad. El motivo de su construcción
es que el emirato ha pasado a ser califato, el emir se convierte en califa
y es conveniente dar esplendor a la corte y magnificar la figura del dirigente,
siguiendo una larga tradición del Islam oriental en la que se vincula
al soberano con la construcción de grandes núcleos urbanos,
asociando la erección del monumento como un atributo importante
del califa. Surge así la figura del califa-constructor.
Por otro lado, una
leyenda popular dice que la construyó el califa para su favorita
Zhara, y que a su muerte, ésta la donó para que se la recordase.
Otra idea es la de rivalizar con el califato fatimí, en pleno esplendor.
La ciudad-palacio
se emplaza al oeste de Córdoba, próxima a ella para facilitar
el proceso de población. Se encuentra en la montaña de la
“novia” o de la “desposada”, perímetro relativamente regular, en
forma rectangular que ocupa un enorme espolón natural entre dos
barrancadas del borde de Sierra Morena. Esta situación topográfica,
no muy frecuente, es idónea para el emplazamiento de Madinat
al-Zahra, hallando sus precedentes en palacios abasíes como
Yawsaq o Balkuwara en Samarra, también ubicados en terrenos altos
y con vistas al paisaje exterior.
La ciudad se cierra
por doble muralla, con pasillo intermedio, con excepción del tercio
central de la muralla norte, donde aparece un único recinto, defendido
por torres albarranas. Se accede a él a través de dos puertas:
una al norte, la de la Cuesta o Bab al Aqba, y la sur, la de la
Cúpula o Bab al Quba. Estas puertas no están exactamente
alineadas, forman un eje Norte-Sur, en torno a él se sitúan
las calles principales, abovedadas para proteger del calor y el sol. Próxima
a la puerta norte se han encontrado restos de una torre albarrana, como
protección a la puerta, comunicada con ella a nivel subterráneo
o por arco en alto. Es la primera cronológicamente que encontramos,
se van a desarrollar más en período almohade,
como es el caso de la Torre del Oro de Sevilla.
La ciudad-palacio
se estructura en tres terrazas, que recuerda de nuevo los ejemplos
abasíes antes mencionados de Samarra. Las dos superiores corresponden
al Alcázar, dejando la inferior para que fuera ocupada por la medina;
esta jerarquización debió ser muy meditada por el califa,
para que, vista desde el exterior fuera clara la función de expresión
del poder que ésta pretendía, pero frente a lo que
se estaba realizando en el mundo abasí, el Alcázar
de Madinat al-Zahra se caracterizaba por la ausencia de simetría,
en función de la primacía, en el lugar más elevado,
de la residencia del califa, tal y como era propio del urbanismo fatimí.
En este Alcázar
se distinguen dos sectores: el oficial y el privado; el acceso a ellos
sigue el mismo esquema: un espacio abierto porticado, como antefachada
de una puerta de reducidas proporciones en la que se inicia una calle
o corredor quebrado, que llega hasta los salones.
En el nivel alto
se sitúa la Acrópolis y pegadas a la puerta norte están
las dependencias nobles, aposentos reales en los que vivió Abd al-Rahman
III. Son habitaciones alargadas, los Dar-al-Mulk, a nivel de cimientos,
abiertas a la terraza o a pequeños patios. Conservan parte del suelo,
con solado de piedra tallada y rellenos de incrustaciones de barro cocido,
técnica recibida de Bizancio.
Al mismo nivel se
encuentran las casas de los colaboradores del califa, destacando la de
Yafar, primer ministro del dirigente, construida a partir del año
961. Esta casa debió adaptarse a un espacio ya limitado; en ella
se distinguen tres espacios separados entre ellos por un sistema de seguridad
a base de puertas enfrentadas: un primer recinto era el oficial, de planta
basilical; el segundo era el privado, y un ámbito anexo correspondía
al servicio. Dependencia, en su conjunto abierta al jardín. Al lado
de esta casa, se localizó el edificio de la moneda y otras casas
muy representativas, en concreto la de la Alberquilla, donde se encontró
la famosa Cierva de Madinat al-Zahra.

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