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esta primera terraza se halla también una zona dedicada al ejército,
Dar al-yund, formada por el salón de recepciones, estructurado
en cinco naves paralelas abiertas al patio, y una tribuna alta, sujeta
por arcos de herradura entre fortísimos pilares, lo que hace suponer
que debió tener un segundo piso, ésta se abre a una gran
explanada. En esta zona, por su carácter militar, apenas se ha encontrado
decoración, debiéndose caracterizar por una rigurosa austeridad.
En el nivel medio,
rodeado de jardines y pabellones se encuentra el palacio, que constaba
de numerosas dependencias sin una clara ordenación funcional. Entre
estas destacan dos grandes salas basilicales, posiblemente destinadas a
audiencias; una de ellas, la más antigua es el famoso Salón
Rico, nombre dado por Gómez Moreno, y en la actualidad totalmente
anastilosado por Félix Hernández. El edificio fue mandado
construir por Abd al-Rahman entre los años 953-957, dirigiendo las
obras Sunaif, nombre que ya aparece en el año 932 en un capitel
reutilizado de los alcázares de Sevilla; los nombres de los tallistas
aparecerán años más tarde en la ampliación
de la mezquita aljama de Córdoba por Al-Hakam II.
Ocupa este recinto
una situación preferente, con edificios en la parte trasera y la
terraza baja a los pies, adquiere, por tanto, un concepto global de la
arquitectura, integrado en una escenografía de paisaje. A él
se accede por calles abovedadas, que llevan del nivel alto al salón,
a un pórtico tras el que se abrían tres naves delimitadas
por arcos de herradura, y flanqueadas por otras dos salas, precedente,
según Ewert de los pórticos y salones del palacio de la Aljafería
de Zaragoza. Las naves rematan sus cabeceras con arcos ciegos, de los que
el central actúa como un nicho de mihrab.
Debía tratarse,
como su nombre indica, de un rico espacio decorativo, articulado por columnas
de mármol azul de Córdoba y rosa de Cabra; de mármol
también eran las placas que cubrían la base del muro, siendo
la parte superior de estuco tallado, con una decoración en torno
a tallos centrales; se trataba de una nueva técnica decorativa basada
en la talla del exorno sobre una piedra distinta a la de los muros, tradición
bizantina, que pasará a lo omeya, y posteriormente a lo abbasí;
era como un revestimiento del interior, aquí sí es correcto
hablar de horror vacui, la decoración se extendía por todos
los paramentos. El trabajo de cincel y trépano ofrecía un
claroscuro muy violento. Los capiteles de la sala eran clásicos
en su morfología: dos pisos de acanto con volutas, pero el estilo
era andalusí.
La luz entraba en
la estancia a través de cinco arcos de herradura enjarjados, insuficientes
para iluminar convenientemente la estancia, por lo que se cree que debieron
utilizarse lámparas de aceite, como era habitual en la época.
En este lugar vivió los últimos años el califa.
Delante del salón,
la terraza, dividida en forma de cruz por dos canalizaciones de agua, disponía
de una alberca o estanque, como era frecuente, y un “Kiosco de jardín”,
elemento casi indispensable en el mundo turco, denominados “templetes del
amor”.
Junto a la muralla,
en la zona septentrional, al-Hakam II construyó posiblemente otro
gran salón, el denominado por Velázquez Bosco “salón
de embajadores”, con cinco naves abiertas a un gran patio cuadrado. De
este recinto no se conserva ningún resto de decoración, por
lo que resulta difícil su reconstrucción.
Entre este nivel
y el inferior en el que se situaban las caballerizas, talleres y casas
populares, podíamos encontrar la mezquita, ya comentada.
La aljafería
de Zaragoza.
Es necesario,
antes de entrar en la descripción del edificio, intentar resolver
algunas cuestiones sobre el arte de los reinos de taifas. El primer concepto
erróneo, es que Taifas se utiliza en muchos casos como epílogo
o conclusión del arte califal, sin dotarle de una entidad suficientemente
clara como para mantener una valía artística autónoma.
Estudios recientes se esfuerzan en revisar este período y aplicarle
el valor que se merece, concretamente Ewert piensa que cada vez se da mayor
importancia a esta etapa, 1031-1090, a pesar de su corta vida. Estos sesenta
años son caóticos, de crisis permanentes, luchas intestinas,
supone el principio del fin. La presencia en 1090 de los almorávides
produjo el sometimiento para lo taifa.
A nivel cultural,
el período de los reinos de taifas, es de cierta riqueza, puesto
que los reyes intentan legitimar su poder a través del arte en general.
Lo que durante el período califal fue una característica
permanente, las influencias extranjeras, en esta otra época los
contactos con el exterior van a quedar suprimidos, se producirá
un aislamiento del resto del Islam, que provocará, según
Gonzalo Borrás, un proceso de hispanización, de desarrollo
en profundidad de las características de lo hispanomusulmán,
llegando incluso a un manierismo, “un amaneramiento de lo califal” en palabras
de Ewert.
Ha de considerarse
lo taifa como el enlace formal y artístico con la etapa siguiente.
Los almorávides en principio austeros, con sentido militar de la
vida y el arte, al establecer contacto con Al-Andalus absorben lo taifa,
entrando con gran vigor en el arte. Es el enlace por el cual lo taifa influye
en lo almorávide, incluso en África.
Al tratarse,
como decimos, de una época especialmente conflictiva, el arte taifa
es un arte fundamentalmente militar y palaciego. Militar por funcionalidad,
y palaciego por necesidad de legitimar su estirpe con palacios
construidos rápidamente y con poco dinero. A los problemas
políticos habría que añadir una grave crisis económica,
que junto a la decadencia de Córdoba traerá consigo un cambio
en los materiales utilizados, siendo éstos más pobres, rápidos
de trabajar, accesibles, y fácilmente obtenibles a pie de obra:
ladrillo, mampostería con hiladas de ladrillo, yeso, etc. Se consigue
así una arquitectura muy aparatosa, con todo enlucido y tapizado
de yeserías, obteniendo un resultado muy ostentoso, muy barroco,
pero perdiendo en solidez estructural. En decoración, se llegará
al culmen, lo floral predominará sobre lo geométrico, cubriendo
las paredes motivos vegetales que se entrelazarán entre sí
tapizando los espacios.
Los restos
conservados son mínimos, debido a la destrucción a la que
fueron sometidos por los almorávides, que eran sobrios y anicónicos.
Aún así, merecen nuestra atención algunos edificios
conservados de este período. Zaragoza es el reino taifa con mayor
autonomía de la península debido a su situación estratégica
respecto a los reinos cristianos del norte. A pesar de los avances de la
reconquista, mantuvo una independencia relativamente segura durante más
tiempo que el resto de los estados de taifas. Por ello es por lo que allí
se conserva uno de los ejemplos más claros de arquitectura palaciega
de este período.

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