| La
aljafería de Zaragoza, es una de las piezas de período
taifas más valiosas, que pudo subsistir a la presión almorávide.
Fundación de Ahmad al-Muqtadir, de la dinastía hudí,
construido entre 1046 y 1082, este palacio es excepcional en el contexto
de la arquitectura, primero como palacio suburbano, y en segundo lugar
por su planta rectangular, amurallada, con dieciséis torres de refuerzo
al modo del ribat aglabí de Susa y del palacio omeya de Msatta,
torres todas ellas semicirculares a excepción de la del Trovador
que es rectangular.
Su perfil
cuadrangular se divide en tres bloques de norte a sur; sólo
la parte central fue construida. La constituye un gran patio con dos albercas,
y tras ellas, las dependencias palaciegas, muy semejantes, estando en las
del lado norte el salón más interesante, formado por tres
naves yuxtapuestas, delimitadas por arcos polilobulados de gran luz, diseño
aprovechado del período califal; la novedad de este momento es el
arco mixtilíneo, al cruzar polilobulados con arcos de medio punto,
creación ésta que pasará a lo almorávide y
almohade.
Existe, según
Ewert, una evidente relación entre las dimensiones de las estancias
y la problemática del arte taifa, su escasa profundidad tiene mucho
que ver con la debilidad política de los reinos, y es necesario
entonces, hacer uso de efectos ópticos a través de las arquerías
de los pórticos y de los accesos al salón. Como soporte predominan
las columnas dobles, los capiteles, de piedra y en muchos casos de alabastro,
se encuentran de dos series: unos, los más pequeños, que
derivan de Madinat al-Zahra, pero más estilizados, y otros, de mayor
tamaño, que se decoran con atauriques y arquillos lobulados entrecruzados.
El edificio contaba
con una mezquita que destacaba por varios motivos: primero su trazado octogonal
suponía una novedad dentro del arte hispanomusulmán, y también
cabría resaltar sus escasas dimensiones, que hacían hablar
de ella más como un oratorio que como mezquita. Su situación,
próxima a la sala de audiencias de al-Muqtadir, y el seguir los
mismos esquemas decorativos que en otras partes del palacio, hace pensar
que el rey deseara asociar la política con la religión.
Además varios motivos ornamentales quieren ponerse en relación
con algunas zonas de la mezquita aljama de Córdoba, como es el caso
de los arcos entrecruzados que parecen estar inspirados en los de la
maqsura de la mezquita, lugar que se asociaba con la autoridad
califal. Por otro lado, ciertos elementos arquitectónicos de la
mezquita se convierten aquí en rasgos decorativos: los arcos entrecruzados
de la capilla de Villaviciosa cubren a modo de decoración
las superficies de las paredes en Zaragoza.
Aunque con
semejanzas con el edificio de Córdoba, surge aquí alguna
novedad, como es el arco de acceso, de estilo “serpentiforme”, más
propio de la época almorávide.
La historia
del conjunto palaciego estuvo salpicada de varios acontecimientos: al ser
reconquistada en 1118 por Alfonso I el Batallador es cedido a la orden
del Císter, haciéndose una iglesia y eliminando algunos elementos.
Luego se entregó a la Corona de Aragón en el siglo XIV. En
el XV los Reyes Católicos lo utilizan como palacio y hacen en él
una iglesia y varias capillas. Fue foso y fortificación de Felipe
II y en el mismo siglo XVI fue cárcel de la Inquisición y
cuartel en el XVIII. Fue bombardeado por las tropas napoleónicas
y reconstruido en el siglo XX, reconstrucción, por cierto, muy criticada.
La Alhambra de
Granada: centro del arte nazarí
El período
nazarí es un período cronológicamente denso. A raíz
de las Navas de Tolosa comienza la decadencia de los almohades, que cruzarán
el Estrecho, volviendo al norte de África.
Del 1212 al
1232 se produce una nueva desmembración de reinos taifas. Surge
la personalidad de Granada con la dinastía nasrí o nazarí,
que pervivirá hasta 1492. A partir de 1248 irá aglutinando
los pequeños reinos taifas, creándose así el último
estado islámico en la península, que sobrevivirá a
las presiones de Castilla, Aragón y Marruecos, las tres partes en
las que se habían escindido los almohades, a base de pactos,
haciendo el papel de elemento equilibrador como vasallo del reino de Castilla.
Por la situación geográfica, entre los emiratos norteafricanos
y los reinos cristianos peninsulares, de este interés estratégico
surge un complejo mundo de relaciones que se van rompiendo y rehaciendo
continuamente durante siglo y medio. Esto hace que el sultanato tenga un
carácter secundón, siempre aliado que ofrecía la tierra
a costa de pago de impuestos.
A la sombra
de esta relativa crisis se va a dar una continuidad del refinamiento artístico
de los períodos anteriores. El reino de Granada tendrá gran
relevancia desde el punto de vista cultural, su madrassa, por ejemplo,
gozará de un gran prestigio en el mundo mediterráneo.
No se sabe
con veracidad el origen y personalidad del arte nazarí, en los manuales
más generales se da la visión del último capítulo
del arte árabe y su influencia en el mudéjar y gótico.
En los últimos tiempos se dice que la originalidad del arte nazarí
y su relación con el arte cristiano es un debate en auge. En la
actualidad se cree que el arte nazarí es evolución del arte
califal, taifas, almohade y almorávide, y a la vez enriquecido por
temas y elementos decorativos del arte cristiano. En resumen, el último
reducto del arte nazarí estaría influenciado por el arte
cristiano-mudéjar que a su vez le viene del arte árabe-califal.
Cuando los
almohades se retiran, tras la derrota de las Navas de Tolosa, van dejando
en algunas ciudades pequeñas contingentes militares y gobernadores
que intentan proseguir con la cultura almohade o proceden a sublevarse
con sus jefes militares. Esto es lo que hace el de Granada y se proclama
sultán de esta nueva dinastía, expansionándose hacia
Jaén. El sultanato de Granada lo sustenta la dinastía Nasro,
que dará origen al arte nasrí. A partir de 1232 está
fundada la estirpe, instalando la capital en Granada la Vieja, la
Granada anterior a la Alhambra.
En esta Granada
la Vieja se conoce una primera construcción, una alcazaba en El
Albaicín que dominaba todo el caserío. Cuando comienza la
dinastía nasrí se construye una nueva alcazaba en la colina
del otro lado del río Darro, llamada colina Sabika. Es un doble
recinto fuertemente amurallado, con entradas en recodo, con una primera
fase de construcción militar y con algunas zonas palaciegas. Paulatinamente
se le irán añadiendo una serie de unidades, pabellones de
habitaciones, según los distintos reyes, sistema que responde al
de las apadanas persas. Se trata de una arquitectura rápida, sin
sentido de eternidad, es posible que a la llegada de un rey se decida la
destrucción de la parte ya construida, o añadir pabellones
en detrimento de los anteriores. Se ha conservado la alcazaba del siglo
XIII, pero la gran parte de las habitaciones y salas son cronológicamente
del segundo y tercer tercio del siglo XIV. Se siguen incorporando
elementos en el XV, pero la crisis económica justifica el menor
valor del arte en este siglo.
La Alhambra actual
es resultado de demolición de salas originales. Hasta la construcción
del palacio de Carlos V su valoración en el recinto es diversa,
pero el Emperador, a su vez, respetó, restauró y reforzó
lo que existía del edificio, lo mismo que hizo en la aljama de Córdoba.
Hizo lo que dice Grabar “la apropiación simbólica del territorio”.
En cuanto
a las características generales de la arquitectura nasrí
se trata de una construcción rápida y barata con escasos
problemas estructurales: techumbres de madera, bóvedas de mocárabes,
sin problemas de contrarresto y decoración de yeso.
Los elementos
de soporte son columnas que arrancan de un plinto cuadrado y suelen llevar
basa, el fuste es muy esbelto y se adorna con varios anillos en la parte
superior. El capitel característico presenta dos partes bien diferenciadas:
la inferior cilíndrica y decorada con hojas lisas, formando una
cinta serpentiforme; la parte superior es una pieza cuadrada, decorada
con hojas, a las que en ocasiones se añaden piñas y veneras.
Existe otra variante decorada con mocárabes.
Entre las
cubiertas de madera, existen, además de las de tradición
almohade, las armaduras de limas moamares, que pueden ser apeinazadas o
ataujeradas, como es el caso de la del salón del trono en la torre
de Comares. Las bóvedas son decoradas con mocárabes, igual
que las cúpulas que alcanzan forma octogonal o estrellada.
Existe una
importante diferencia estética entre el exterior y el interior:
frente a la despreocupación casi total de los exteriores, de piedra,
en algún caso ni bien labrada, con enlucidos en ciertas ocasiones,
con vanos sin molduración alguna, frente a esto hallamos unos interiores
totalmente revestidos de decoración, asumiendo el grado más
alto del barroquismo, todo con un sentido de privacidad y de intimismo
propios del Islam.
Existe un prototipo
de revestimiento interior, que encontraremos en la mayoría de los
edificio de la Alhambra. La parte inferior se recubre de alicatados, cerámica
vidriada, que tiene tres funciones: por un lado proteger el muro de la
humedad; también se utiliza como embellecimiento; y por último,
como función más pragmática, tiene la de evitar el
uso y el roce de los que pasan, y la lucha contra el calor. Por encima
de este zócalo el muro se enluce de blanco, e inmediatamente después,
en la parte superior se decora con yesería, lacería, motivos
vegetales, ataurique, epigrafía y mocárabes. Encima de las
yeserías policromadas y doradas, la techumbre se resuelve, bien
con armaduras de madera o bien con cúpulas de mocárabes en
las salas más nobles, que se quieren realzar. Hay que añadir
también un elemento fundamental en este período el de la
decoración epigráfica o “literatura construida”, importante
porque se trata, en la mayoría de los casos, de poesía, reproducciones
en yeso de versos poéticos que impregnaban todo tipo de elementos,
tanto constructivos como decorativos. En el “Manifiesto de la Alhambra”,
publicado en 1953 se establece una bella analogía entre estos materiales
y la anatomía humana, viniendo a decir, en definitiva que cada uno
“está colocado en su sitio y responde a una función lógica”,
como dice Gonzalo Borrás.
Llama la atención,
frente al período almohade, el uso frecuente de mármol, obtenido
de las canteras de la sierra de Filabres, que se usa tanto para las losas
del suelo como para jambas, alacenas, tazas de fuentes y pilas, y sobre
todo para las columnas que articulan los espacios palaciegos.
Este tipo
de edificio es el que encontraremos en los espacios que integran el conjunto
del palacio
fortaleza de la
Alhambra.

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