| 1.
Generalidades
Los aspectos esenciales que definirán
la arquitectura del XIX serán la tradición clásica
impulsada desde la institución académica, el interés
por el mundo medieval, las construcciones de talante ecléctico y
la utilización del hierro. Éstas dos últimas vertientes
serán protagonistas sobre todo del último
tercio de siglo.
Estos aspectos pueden enfocarse a través
de una ubicación cronológica propiciada por las circunstancias
políticas de nuestro país a lo largo de esta centuria. La
arquitectura fernandina corresponde a la elaborada durante el reinado absolutista
de Fernando VII, en un periodo en el que la Academia ejerce una tiranía
estilística cercana a la política del monarca. El talante
abierto del liberalismo, por el contrario, se instala en el reinado de
Isabel II. La arquitectura del reinado isabelino se caracterizará
por mirar a frentes diferentes a la Academia. La Escuela de Arquitectura,
cuya génesis se remonta al segundo tercio de siglo, es el reflejo
del pluralismo político y la convivencia de distintos estilos recuperadores
de nuestro pasado nacional. Por último, el reinado de Alfonso XII
coincide con una etapa fértil de nuestra arquitectura, con lo que,
gracias a mejoras políticas, sociales y económicas, al final
del siglo las construcciones habrán recuperado el pulso arquitectónico
en el que pareció desfallecer años atrás. Así
el panorama constructivo comenzará a cambiar. Aparecerán
grandes maestros, como Gaudí, que harán que nos integremos
en el curso general de la arquitectura europea.
Este siglo XIX suscita discusiones en
el entorno de la arquitectura. Sus instituciones sufrirán cambios
sustanciales. La crisis de la Academia cederá el protagonismo a
la Escuela de Arquitectura, de talante mucho más liberal. La creación
de las Escuelas Técnicas Superiores de Arquitectura en Madrid y
Barcelona son fundamentales para comprender la evolución estilística
del siglo. De la Academia de San Fernando en Madrid y la de San Carlos
en Valencia (la Lonja de Barcelona sólo daba títulos de Maestros
de Obras) se pasará al abandono del academicismo y al estudio de
la arquitectura histórica. De las discusiones sobre los órdenes
se evolucionará a la teorización basada en los estilos.
El arquitecto deberá encontrar la frontera de su ejercicio con otras
profesiones cercanas, enfrentándose a ingenieros de caminos y a
maestros de obras para la defensa de sus competencias profesionales. A
este respecto, es significativa la creación de una Sociedad
Central de Arquitectos en 1849, germen de los futuros colegios de arquitectos.
De este modo, si la Academia se había creado para acabar con la
situación gremial anterior, de nuevo cierto corporativismo se incorpora
a la defensa de competencias de los arquitectos.
Otro aspecto importante en este panorama
del siglo XIX afecta al modo en que estaban reglamentadas las labores
de los arquitectos. Aparece un nuevo tipo de profesional, el arquitecto
que es a la vez funcionario. Dependiendo de la institución de acogida,
habrá arquitectos municipales, provinciales y de distrito.
A estas figuras hay que añadir las de los arquitectos diocesanos
y aquellos profesionales destinados en distintos ministerios y otras instituciones.
El panorama laboral del arquitecto, como vemos, cambia radicalmente.
Preside todo el XIX la intención
casi obsesiva de encontrar el estilo del siglo, sobre todo una vez que
la labor de la Academia se pone en duda. Las incursiones historicistas
parten del enfrentamiento a la institución académica y son
los defensores del medievalismo los que más se destacan en esta
ansiedad estilística. Pero este anhelo puede considerarse propiamente
romántico. La creencia en que la arquitectura es un reflejo
social lleva a la búsqueda de una arquitectura nacional. A los intentos
desde el historicismo medieval se unen incursiones en el plateresco. Durante
un tiempo, por ejemplo, se asociará el sentimiento español
al estilo Monterrey, un revival castizo que parte de las soluciones que
luce el palacio salmantino, y se volverá al barroco español
que deriva de los Churriguera. Esta revisión de nuestro pasado nacional
llega a tomar incluso como referencia las construcciones más humildes;
se considera nacional la arquitectura popular que era reflejo de los condicionantes
climáticos y las costumbres y que no tenía muchas influencias
del exterior. No faltarán ejemplos de estas arquitecturas montañesas
o del estilo sevillano. En las Calles de las Naciones de las Exposiciones
Universales España construirá edificios platerescos, moriscos,
etc. Incluso en la Sevilla de 1929 se darían cita unos regionalismos
que se remontan al siglo anterior. Pero hace falta revisar los condicionantes
de estos cambios estilísticos.
El telón de fondo de este compromiso
con los fines de la arquitectura era un proceso teórico que había
estado generándose con anterioridad y simultaneidad a este periodo.
Pero el medievalismo, al combatir la tradición clásica anterior,
llevó al establecimiento de dos campos que nunca se mezclarían.
Eso sí, la convivencia de tendencias podrían llevar a que
un mismo arquitecto hiciera al mismo tiempo una obra clásica
y otra neomedieval.
La penuria económica que sufrió
nuestro país se revela en numerosos aspectos, como el de que haya
que tener en cuenta en su estudio no sólo la arquitectura construida,
sino también la proyectada. Numerosos proyectos minuciosamente estudiados
quedaron abandonados en los anaqueles de la Academia o se archivaron en
las instancias oficiales que habían provocado su traza.
Junto a los proyectos abortados se encuentran
los que, aun siendo total o parcialmente construidos, fueron derribados
enseguida. Con frecuencia las realizaciones más notables quedaron
interrumpidas por falta de recursos o se dilataron excesivamente en el
tiempo. El Teatro Real de Madrid, comenzado por López
Aguado en 1818, no se terminaría hasta la tardía fecha de
1850.
Pero la mala gestión provocaría
que, a pesar de la endémica falta de recursos económicos,
algunos proyectos terminaran siendo objeto de despilfarros arquitectónicos.
La Puerta del Mar en Barcelona, por ejemplo, construida durante el reinado
fernandino y parte del isabelino (se acabó en 1846), fue derribada
en 1859, perdiéndose un magnífico trabajo de José
Massanés.
Los ambiciosos proyectos urbanísticos
revelan, por otra parte, una tendencia generalizada en el siglo XIX, la
de entender la ciudad como un todo integrado. A la Puerta del Mar de Massanés
podrán unirse las trazas, nunca llevadas a la práctica, para
el Puerto de la Paz, de Silvestre Pérez.
Más tarde llegarán las grandes ampliaciones urbanísticas.
A estas actividades hay que añadir las actuaciones restauradoras
en edificios anteriores. El arquitecto del XIX se encontrará corrigiendo
la historia, a menudo adaptando viejas arquitecturas a su tiempo.
Pese al numeroso grupo de arquitectos
que actúan en este siglo, la arquitectura del XIX siempre será
un capítulo no tan importante como la de otros países europeos
contemporáneos, como Francia e Inglaterra. Sin embargo, dio frutos
muy especiales y a veces muy propios, como el mismo neomudéjar.
Los arquitectos, afectados por los profundos
cambios políticos, sociales y artísticos de España,
verán que interesantes proyectos no se realizan, que los promotores
no se arriesgan, y a menudo prácticamente sólo habrá
aires nuevos en Madrid (a mediados del siglo) o en Barcelona (a finales).
Ocasionalmente, algunos sucesos en provincias serán reflejo de una
apertura ideológica, como sucedió en las Cortes de Cádiz,
pero los defectos estructurales pesarán como una losa en cada una
de las nuevas actividades que se propongan. Y los movimientos políticos
afectarán profundamente en el encumbramiento o en el olvido de determinados
arquitectos.
2. ARQUITECTURA DEL PRIMER TERCIO DE
SIGLO
2.1 El régimen académico.
Aunque el neoclasicismo del siglo XIX
abarca tanto el reinado de Fernando VII (1814-1833) como el de Isabel II
(1833-1868), e incluso se crearán obras más tardías,
existen diferencias sustantivas en cuanto a las circunstancias en las que
se desarrolla la labor arquitectónica. Con Fernando VII el
neoclasicismo viene dirigido desde la Academia, mientras que con Isabel
II se producen múltiples expresiones que dan signo de un talante
más liberal propiciado desde la Escuela de Arquitectura, donde activamente
tres estilos empezarán a competir por convertirse en vanguardia
arquitectónica hasta final de siglo: medievalismo, eclecticismo
y las construcciones en hierro.
Pero antes de la llegada de Fernando VII
al poder, el siglo empezaría crudamente. La arquitectura y toda
la existencia de los españoles se vio profundamente afectada
por la guerra contra los ejércitos de Napoleón. Cuando
finalmente hubo un gobierno impuesto por los franceses, su
preocupación se centró en acciones urbanísticas, especialmente
en Madrid. Una docena de edificios religiosos fueron derribados (como la
iglesia de los Mostenses), pero apenas hubo contrapartidas en las
construcciones: se aprovecharon las circunstancias para abrir plazas, calles,
o proyectar nuevos cementerios.
Las circunstancias adversas que planearon
sobre Madrid han hecho que tal vez sea más interesante la
arquitectura neoclásica en sus proyectos y en la actividad de la
Academia que en la materialización en construcciones.
Unas obras como la Plaza Circular de Oriente, junto al Palacio Real,
se derribarían tras haberse realizado la mitad del proyecto. El
Teatro Real, se vería paulatinamente transformado hasta apenas ser
reconocible hoy en día como obra neoclásica. Algo parecido
ocurriría con el edificio del Senado, que al menos conserva el orden
jónico del Salón de Sesiones que Velázquez proyectó
en 1820.
De este modo, el neoclasicismo, que
fue en principio una expresión erudita al margen de la historia
y de las circunstancias, este estilo internacional de las naciones
cultas de la Europa Ilustrada, sí que se vio afectado por las limitantes
circunstancias que vivía España. El neoclasicismo, que en
unos sitios se había asociado a Revolución y Democracia,
pudo caer en el dirigismo académico que lo asociaba los conceptos
Imperio y la Tiranía. Y en el ámbito de la arquitectura,
mientras pervivieran la Academia de San Fernando y las que siguieron a
ésta, es decir, mientras esta institución siguiera siendo
guía de la vanguardia arquitectónica, viviría también
el neoclasicismo.
En el tiempo de Fernando VII, por otra
parte, no parece que haya un lenguaje específico neoclásico
apartado del anterior. Todo indica que no hubo rupturas, sino un acoplamiento
de contenidos ideológicos a construcciones que antes no lo tenían,
lo que es, en suma, un efecto de la propaganda política en los edificios
conmemorativos.
Exceptuando algunas trayectorias como
las que repasaremos a continuación, no se observan en el primer
tercio de siglo conceptos arquitectónicos diferenciados, sino un
alineamiento en la rutina académica, un seguimiento de normas e
incluso el desprecio a cualquier aspiración ilustrada que implicara
afrancesamiento. Y aunque nos hallemos en un periodo cuyo final coincide
con la terminación del reinado de Fernando VII, el estilo oficial
se reduce a unas intenciones políticas que no modifican las gramáticas
clasicistas históricas.
En resumen, los proyectos que podrían
modificar socialmente o proponer alternativas no son aceptados. Esta normalización
del academicismo se verifica cuando comprobamos que las pautas clasicistas
son mimetizadas en otros centros fuera de la capital, como ocurre en Zaragoza,
Valencia o Cádiz.
Con estas circunstancias, buena parte
de las carreras de los arquitectos que se formaron en la Academia
en los primeros años del XIX resultaron frustradas. La guerra y
la reacción lleva a pensar en que la arquitectura de proyecto, dedicada
a nuevos temas como bibliotecas, arsenales, hospitales, cárceles,
etc. son las que reflejan verdaderamente los cambios sociales
y las nuevas propuestas que daría esta generación truncada.
2.2 Arquitectos en el periodo fernandino
A comienzos de siglo, los autores más
notables fueron los sucesores de Villanueva. Entre éstos se encontraban
Ignacio Haan, muerto prematuramente en 1810,
Silvestre Pérez, cuya colaboración con el gobierno francés
hizo que luego su obra se viera relegada al País Vasco, Antonio
López Aguado, arquitecto de la villa de Madrid en época fernandina
e Isidro González Velázquez, quien se convertiría
en el arquitecto del rey.
Aparte de la figura muy limítrofe
de Ignacio Haan, fueron los proyectos de
Silvestre Pérez los que sirvieron de puente entre la generación
neoclásica de arquitectos nacidos alrededor de 1760 y la siguiente
y última, la de los nacidos alrededor de 1800. Esta tercera generación,
el último sueño de la utopía ilustrada, se vio influida
por esas ideas francesas que Pérez, teniente director de arquitectura
en la Academia, no había tomado de primera mano, sino a través
de contactos personales durante su pensionado en Roma. Otra vía
para la llegada de ideas ilustradas fue el proyecto del nuevo Teatro del
Principe (1805), de Juan Gómez, que ya revelaba su formación
con J.L. Durand.
Durante la ocupación francesa Silvestre
Pérez (1767-1825) se hizo cargo de un ambicioso proyecto que suponía
la reforma mejor concebida de Madrid. Con ella estaba planeado que se uniría,
a través de un viaducto, el Palacio Real con la iglesia
de San Francisco el Grande, convertida en sede de las Cortes. Con
dicho viaducto, se salvaba la pendiente de la calle Segovia; paralelamente,
se conseguía concatenar tres plazas monumentales y realizar
una especie de “Foro Napoleónico”. Debido a limitaciones económicas
que reflejaban la penuria económica del periodo, esta obra
no se llegó a materializar.
También en el proyecto del Puerto
de la Paz o Nuevo Bilbao, Pérez debía utilizar
elementos del urbanismo clasicista, pero esta vez reflejando unos nuevos
significados adaptados a su nueva función. Esta fórmula responde
a una voluntad institucional de establecer un nuevo modelo de sociedad,
pero tal vez las clases rectoras del país no llegaban a entender
siquiera estas cuestiones. Pérez parte como referencia del
plano de Wren para la reconstrucción londinense, aunque aporta un
sentido diferente por la diferente focalización de la trama. Con
ambos trabajos, el del País Vasco y el de la capital, muestra
un hábil manejo de las reformas urbanas, y así se reflejará
en otras obras de Madrid en que planifica plazas, como las de Santa Ana,
donde plantea el espacio urbano ajardinado, o la de San Miguel.
Tras su exilio francés, Pérez
centró su obra en el País Vasco, con obras como el teatro
de Vitoria, el Ayuntamiento de San Sebastián, o con proyectos como
el de Plaza Nueva y el Ayuntamiento de Bilbao.
Mientras tanto, el panorama artístico
iba resurgiendo poco a poco, ya que también estaban volviendo a
España otros arquitectos que no quisieron, a diferencia de Pérez,
seguir trabajando a las órdenes del gobierno intruso. Temáticamente,
este hecho se hizo notar, pues enseguida se realizaron proyectos que glorificarían
hechos políticos del anterior periodo, como los fusilamientos del
Dos de Mayo.
Tras un concurso público, Isidro
González Velázquez (1765-1840) consiguió la
oportunidad de construir un obelisco que conmemoraría esta fecha.
Unas figuras alegóricas (el valor, la virtud, el patriotismo y la
constancia) adornaban el bello pedestal de este Obelisco a los Héroes
del Dos de Mayo, inaugurado en 1840. A pesar de su factura neoclásica,
su volumen, simbolismo y los cipreses que rodeaban el obelisco funerario
configuraban un conjunto de cierto carácter romántico. El
obelisco, una forma que obsesionaba a González Velázquez,
ya había sido utilizado en una obra anterior suya, el catafalco
a la reina Isabel.
Su formación también era
similar a otros. Gracias a su pensionado en Roma, donde coincidió
con Pérez y Haan, conoció las ruinas de Paestum, con su orden
griego dórico. El descubrimiento en la década de 1760 de
estas ruinas había provocado una fuerte polémica
en torno al vitruvianismo, y González Velázquez aprovechó
estos conocimientos para aplicarlos en proyectos posteriores.
Otro de los aspectos comunes a muchos
de sus coetáneos fue que su vida y trayectoria profesional se vieron
profundamente afectadas por los avatares políticos de su época.
Al contrario que Silvestre Pérez, huyó cuando se impuso el
gobierno francés. En 1810 se refugió en Palma de Mallorca,
donde siguió proyectando edificios y creando planteamientos urbanos,
entre los que sobresalen la parroquia de Llucmajor, en la que contrasta
fuertemente planos desnudos con otras partes muy recargadas, su precisión
en el cerramiento del jardín de la Lonja, o la elegante escalera
de planta elíptica que realizó en un proyecto mayor para
el Consulado del Mar.
Una vez vuelto a España, ya con
el premio del cargo de Arquitecto Real por su fidelidad política,
sin embargo no recibió encargos ambiciosos que realizar. Por el
contrario, se vio envuelto en la mediocre y escasa perspectiva de las clases
rectoras, lo que ocasionó que los magnos proyectos en los que González
Velázquez podría mostrar sus profundos estudios, quedaran
abandonados en beneficio de pequeñas obras: los jardines reservados
y sus pabellones en el Retiro, fuentes como la de Hércules y de
Narciso en Aranjuez, remodelaciones en El Pardo... Con otros proyectos
más complejos y ricos, le volvería a ocurrir como a otros
arquitectos de la época: no pasarían de su plasmación
en papel. Así pasó con su traza circular de la Plaza
de Oriente, que nunca llegó a configurarse en la forma propuesta
por Velázquez, el Colegio de Medicina y Cirugía, o la Galería
de Bellas Artes, obra encargada por el Duque de Alba para albergar su extensa
colección. Todo esto hizo que a fines de su vida, y algo decepcionado,
reconociera que la única obra que le hubiera podido dar celebridad
fuera su diseño de la Plaza de Oriente, cuya construcción
se derribó cuando aún no había sido terminada.
La labor más importante de Antonio
López Aguado (1764-1831) está íntimamente ligada a
las labores propagandísticas del régimen de Fernando VII.
No en vano en 1814 fue nombrado Maestro Mayor de Madrid, lo que equivale
al título de arquitecto municipal. Para la gloria del monarca, realizó
un importante monumento conmemorativo: la Puerta de Toledo, que
muestra el sobrio talante neoclásico que la inspiró. Esta
obra, entendida como un arco de triunfo fernandino, necesitó diez
años para que fuera acabada en 1827. Otra construcción, que
esta vez no se llegó a realizar, tendría la función
de alojar las colecciones de Fernando VII y la Academia: el Museo Fernandino.
Los tempranos años tras el advenimiento
del monarca proporcionaron algunos proyectos singulares, como el conjunto
de arquitectura y jardines en la alameda de Osuna denominado “El capricho”,
que había sido ya iniciado en el siglo XVIII y en el que colaborarían
otros arquitectos (como su hijo Martín). En 1817 proyectaría
una ciudad-balneario en el Real Sitio de la Isabela, que actualmente yace
bajo las aguas del pantano de Buendía, y un pequeño pabellón,
el Casino de la Reina, cuyas puertas sirven hoy de acceso principal a los
jardines del Retiro.
A menudo ha ocurrido que muchos edificios
en origen neoclásicos hayan llegado a la actualidad sin el sello
original que podríamos observar en proyecto. Algunas circunstancias
favorecen estas transformaciones, como la lentitud en la construcción
(lo que hace que haya mucho tiempo para revisar el proyecto) o las sucesivas
restauraciones de las que puede ser objeto un edificio. Esto es lo que
le sucedió a la principal obra emprendida por López Aguado:
el Teatro Real de Madrid. El proyecto data de 1818 pero su construcción
no se acabó hasta 1850, y las restauraciones a las que se vio sometido
en el siglo XX hicieron que apenas se conserve nada del proyecto inicial,
exceptuando las fachadas laterales, su planta en forma de pentágono
irregular alargado, su localización frente al Palacio Real en la
plaza de Oriente, o su inmensa escena rectangular.
A la muerte de López Aguado, las
obras del Teatro Real fueron seguidas fielmente por Custodio Teodoro Moreno
(1780-1854), formado en la preguerra. Se trata de un arquitecto eternamente
secundario, aunque alcanzó gran fama con la traza de la fachada
del Oratorio del Caballero de Gracia. En ella, sin embargo, no trasladó
el espíritu que Juan de Villanueva había aportado al interior
del edificio. Realizó también otras transformaciones, como
la antigua iglesia del colegio de Doña María de Aragón
en Palacio de las Cortes, hoy sede del Senado, pero ejecutó,
sobre todo, obras diseñadas por otros, reparaciones y algunos remedos
de las obras de Villanueva.
2.3 Arquitectura en las regiones
Como se dijo con anterioridad, la labor
en provincias muestra el eco de la normativa académica, ya que se
procuraba la obediencia a sus postulados y se dependía de ella en
cuanto a formación y titulación. Además, existía
el compromiso de romper forzosamente con la tradición arquitectónica
autóctona. Los lenguajes neoclásicos se traían de
fuera. Las características son muy desiguales dependiendo de cada
región.
El ascenso económico de Cataluña
en el siglo XVIII producirá notables frutos en el primer tercio
del siglo XIX. Comparada con otras regiones, Cataluña no se vio
afectada por tanta penuria. Los ingresos del estado eran suficientes como
para que los ediles pudieran ordenar la construcción de diferentes
edificios. El gusto clasicista, por su parte, provenía de la influencia
de Madrid, de la francesa, de la actividad de ingenieros militares y de
la Escuela de Dibujo de la Lonja, creada en 1775 por la Junta de Comercio
de Barcelona. El gusto clasicista sería puesto en práctica
de un modo brillante en construcciones efímeras para las fiestas
de la boda del Príncipe, en 1802.
Desde su creación en 1817, la Escuela
de Dibujo de la Lonja, aunque no fuera estrictamente una organización
académica, sí sirvió como institución que apoyara
los postulados neoclásicos. Una figura primordial en ella fue Antonio
Celles (1755-1835). Celles se había formado en la Academia de San
Fernando y en Italia, y regresaría de allí en 1814. Sus conocimientos
serían los que fundamentarían el método de enseñanza
de la Lonja, en la que, partiendo de los preceptos de Vitruvio, se escogía
lo más positivo de lo que se hacía en Florencia, Roma, París
y Madrid. Aunque la orientación de Celles fue preferentemente académica,
su erudición arqueológica, su conocimiento del racionalismo
de Durand y su respeto por la conveniencia del diseño arquitectónico
pasaron a formar parte sedimentada del conocimiento de sus alumnos. Muchos
de ellos, después de pasar por la Lonja, se presentaban en Madrid
para estudiar en la Academia de San Fernando, y fueron más tarde
los protagonistas del neoclásico del XIX en Cataluña.
Desde la Lonja, la lectura de los preceptos
de Durand fue particularmente antiinnovadora, y resultaba fundamental que
la función del edificio se manifestara en su aspecto. Esta dimensión
autoritaria y disciplinada de la labor arquitectónica explica el
enfrentamiento estético y profesional de Celles con un arquitecto
italiano afincado en Cataluña, Antonio Ginessi (1789-1824).
El Cementerio Viejo de Barcelona (1818), de Ginessi, es uno de los más
antiguos neoclásicos que subsisten, sobre todo si se tiene en cuenta
que ya no existe el que Villanueva levantó en Madrid en 1804. La
incorporación de elementos procedentes del mundo antiguo, egipcio,
griego y romano le dio argumentos a Celles para detractar la obra de Ginessi.
No obstante, otros cementerios municipales, como los de Gerona y Mataró,
harían más tarde una clara referencia al del italiano.
Un alumno destacado de la Lonja fue Joseph
Mas i Vila (1779-1855), que mostró su adherencia a los preceptos
de Celles con una obra de gran fuerza dentro de los cánones neoclásicos,
la fachada del ayuntamiento de Barcelona (1830), y diseñó
con sobria uniformidad las distintas fachadas de la calle barcelonesa dedicada
a Fernando VII, alineando las alturas de las casas.
El País Vasco, por su parte, sugiere
uno de los más interesantes itinerarios del neoclasicismo del siglo
XIX. Allí han subsistido numerosos edificios, aunque hayamos de
lamentar algunas pérdidas irreparables, como el Teatro de Vitoria
del propio Silvestre Pérez.
Resulta sorprendente la riqueza neoclásica
de la región si se tiene en cuenta que los núcleos urbanos
de entonces eran verdaderamente reducidos, y de que, a pesar de eso, se
acometieron obras urbanísticas y se construyeron edificios desde
los mismos poderes públicos.
La sobriedad académica se plasma
de un modo contundente en obras como la plaza de la Constitución
de San Sebastián (1816) o la plaza Nueva de Bilbao (1821-1851),
porticada, con balconaje uniforme excepto en el lado de la Casa del Señorío
de Vizcaya y con reminiscencias de las plazas mayores de Madrid y Vitoria.
La estancia de Silvestre Pérez
en el País Vasco hace que esta región sea un foco interesantísimo
en la arquitectura ochocentista. Sus seguidores allí mantuvieron
el talante robusto desornamentado que mostraban los diseños de Pérez.
En 1798, proyectó la iglesia de Motrico, cuyas obras no se
acabarían hasta 1843, ya a cargo de Lascurain, autor del cementerio
neoclásico de Marquina (1849-1851). En 1817 proyectó el Teatro
de Vitoria anteriormente citado e intervino en la reconstrucción
urbanística de San Sebastián, bajo la dirección de
Pedro Manuel de Ugartemendía. San Sebastián, que había
sido devastada por un incendio en 1813, fue trazada de nuevo con un plan
muy geométrico de verticales y horizontales; su centro de confluencia
sería una plaza porticada, cuyo edificio consistorial fue proyectado
por el mismo Pérez en 1823. El diseño ortogonal de Ugartemendía,
con su concepto estandarizado de las edificaciones y la agrupación
de solares iguales en torno a un gran eje dodecagonal, finalmente
no se llevó a la práctica debido a las presiones
de los propietarios de los terrenos, de modo que finalmente se respetó
el trazado antiguo, pero sí que se modificó el carácter
y aspecto de los edificios.
Aparte de Pérez y de Ugartemendía,
Antonio de Echevarría fue fundamental en Vizcaya en el periodo fernandino.
A él se deben el Templo de los Patriarcas y la Casa de Juntas de
Guernica, un conjunto arquitectónico emblemático en el País
Vasco adaptado a sus funciones de juntas al aire libre y que, a pesar
de su dificultad y al reto de la articulación de sus elementos,
continúa con la sobriedad característica del movimiento.
En la zona levantina, la Academia
de San Carlos fue la que impulsó el espíritu neoclásico,
si bien escasean las construcciones que efectivamente se realizaron durante
el reinado de Fernando VII. Entre ellas, destacan el altar de Nuestra Señora
de los Desamparados, de Vicente Marzo (1760-1826), el retablo de la iglesia
de San Esteban, de Manuel Blasco (fallecido en 1821), o la renovación
del Teatro Principal de Valencia, a partir del proyecto de Felipe Fontana,
en el que intervinieron Cristóbal Sales (1763-1833) y Salvador Escrig
(1765-1833).
Era habitual que el sistema seguido para
aprobar los proyectos públicos, a través de la Comisión
de Arquitectura, llevara a favorecer a ciertos autores, haciendo que en
cada región dominara el arquitecto mejor mirado por la Academía.
En estos elegidos solían recaer los encargos más importantes.
Pongamos el ejemplo de lo que ocurría en Murcia.
El entorno formativo de los arquitectos
que trabajaban en Murcia correspondía al de la Academia de San Carlos.
Tal vez fue Lorenzo Alonso (1768-1822) el más favorecido por
la Academia. En su actividad entre 1790 y 1810, por ejemplo en las obras
para San Juan Bautista, se muestra seguidor de Ventura Rodríguez.
Se realiza en Murcia una copia de la iglesia de San Marcos de Madrid, pero
a mayor escala y simplificada, lo que revela los confusos conceptos que
se podían manejar en provincias, tanto en referencia al concepto
de clasicismo, como al de la personalidad artística de maestros
anteriores.
Lorenzo Alonso también ejecutó
la iglesia de Santiago en Jumilla, obra que terminaría su discípuloRamón
Berenguer (1768-1822).
Otro nombre importante en aquel entorno
fue el de Francisco Bolarín (1768-1822), que intervino especialmente
en el urbanismo murciano, y que realizó la Casa de la Inquisición
y el monumento a Fernando VII.
En el ámbito aragonés, fue
la Academia de San Luis, en Zaragoza, la que llevó adelante el estilo
neoclásico, y el favorecido por la institución fue el arquitecto
municipal José Yarza y Lafuente (1759-1833), que desde 1813
controló la actividad constructiva de la ciudad en la época
fernandina. La saga continuó, y su hijo José Yarza Miñana
(1801-1868) también tendría importantes actuaciones en la
ciudad.
Más al sur, el florecimiento
gaditano tendría como frutos algunas construcciones bastante elegantes
para este periodo histórico, como es el Ayuntamiento de Cádiz,
construido por Torcuato Benjumeda (1757-1836) a partir de 1816. El proyecto
de Benjumeda fue luego alterado por importantes reformas que se llevaron
a cabo en 1861.

|