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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX.(I)1/4
Por Inmaculada Rodríguez Cunill
ISBN- 84-9714-009-5
 

1. Generalidades

Los aspectos esenciales que definirán la arquitectura del XIX serán la tradición clásica impulsada desde la institución académica, el interés por el mundo medieval, las construcciones de talante ecléctico y la utilización del hierro. Éstas dos últimas vertientes serán protagonistas sobre todo del último tercio de siglo.

Estos aspectos pueden enfocarse a través de una ubicación cronológica propiciada por las circunstancias políticas de nuestro país a lo largo de esta centuria. La arquitectura fernandina corresponde a la elaborada durante el reinado absolutista de Fernando VII, en un periodo en el que la Academia ejerce una tiranía estilística cercana a la política del monarca. El talante abierto del liberalismo, por el contrario, se instala en el reinado de Isabel II. La arquitectura del reinado isabelino se caracterizará por mirar a frentes diferentes a la Academia. La Escuela de Arquitectura, cuya génesis se remonta al segundo tercio de siglo, es el reflejo del pluralismo político y la convivencia de distintos estilos recuperadores de nuestro pasado nacional. Por último, el reinado de Alfonso XII coincide con una etapa fértil de nuestra arquitectura, con lo que, gracias a mejoras políticas, sociales y económicas, al final del siglo las construcciones habrán recuperado el pulso arquitectónico en el que pareció desfallecer años atrás. Así el panorama constructivo comenzará a cambiar. Aparecerán grandes maestros, como Gaudí, que harán que nos integremos en el curso general de la arquitectura europea. 

Este siglo XIX suscita discusiones en el entorno de la arquitectura. Sus instituciones sufrirán cambios sustanciales. La crisis de la Academia cederá el protagonismo a la Escuela de Arquitectura, de talante mucho más liberal. La creación de las Escuelas Técnicas Superiores de Arquitectura en Madrid y Barcelona son fundamentales para comprender la evolución estilística del siglo. De la Academia de San Fernando en Madrid y la de San Carlos en Valencia (la Lonja de Barcelona sólo daba títulos de Maestros de Obras) se pasará al abandono del academicismo y al estudio de la arquitectura histórica. De las discusiones sobre los órdenes se evolucionará a la teorización basada en  los estilos.  El arquitecto deberá encontrar la frontera de su ejercicio con otras profesiones cercanas, enfrentándose a ingenieros de caminos y a maestros de obras para la defensa de sus competencias profesionales. A este respecto, es significativa la creación de una  Sociedad Central de Arquitectos en 1849, germen de los futuros colegios de arquitectos. De este modo, si la Academia se había creado para acabar con la situación gremial anterior, de nuevo cierto corporativismo se incorpora a la defensa de competencias de los arquitectos.

Otro aspecto importante en este panorama del siglo XIX  afecta al modo en que estaban reglamentadas las labores de los arquitectos. Aparece un nuevo tipo de profesional, el arquitecto que es a la vez funcionario. Dependiendo de la institución de acogida, habrá arquitectos municipales, provinciales y de distrito.  A estas figuras hay que añadir las de los arquitectos diocesanos y aquellos profesionales destinados en distintos ministerios y otras instituciones. El panorama laboral del arquitecto, como vemos, cambia radicalmente.

Preside todo el XIX la intención casi obsesiva de encontrar el estilo del siglo, sobre todo una vez que la labor de la Academia se pone en duda. Las incursiones historicistas parten del enfrentamiento a la institución académica y son los defensores del medievalismo los que más se destacan en esta ansiedad estilística. Pero este anhelo puede considerarse propiamente romántico.  La creencia en que la arquitectura es un reflejo social lleva a la búsqueda de una arquitectura nacional. A los intentos desde el historicismo medieval se unen incursiones en el plateresco. Durante un tiempo, por ejemplo, se asociará el sentimiento español al estilo Monterrey, un revival castizo que parte de las soluciones que luce el palacio salmantino, y se volverá al barroco español que deriva de los Churriguera. Esta revisión de nuestro pasado nacional llega a tomar incluso como referencia las construcciones más humildes; se considera nacional la arquitectura popular que era reflejo de los condicionantes climáticos y las costumbres y que no tenía muchas influencias del exterior. No faltarán ejemplos de estas arquitecturas montañesas o del estilo sevillano. En las Calles de las Naciones de las Exposiciones Universales España construirá edificios platerescos, moriscos, etc. Incluso en la Sevilla de 1929 se darían cita unos regionalismos que se remontan al siglo anterior. Pero hace falta revisar los condicionantes de estos cambios estilísticos.

El telón de fondo de este compromiso con los fines de la arquitectura era un proceso teórico que había estado generándose con anterioridad y simultaneidad a este periodo. Pero el medievalismo, al combatir la tradición clásica anterior,  llevó al establecimiento de dos campos que nunca se mezclarían. Eso sí, la convivencia de tendencias podrían llevar a que un mismo arquitecto  hiciera al mismo tiempo una obra clásica y otra neomedieval. 

La penuria económica que sufrió nuestro país se revela en numerosos aspectos, como el de que haya que tener en cuenta en su estudio no sólo la arquitectura construida, sino también la proyectada. Numerosos proyectos minuciosamente estudiados quedaron abandonados en los anaqueles de la Academia o se archivaron en las instancias oficiales que habían provocado su traza. 

Junto a los proyectos abortados se encuentran los que, aun siendo total o parcialmente construidos, fueron derribados enseguida. Con frecuencia las realizaciones más notables quedaron interrumpidas por falta de recursos o se dilataron excesivamente en el tiempo.  El Teatro Real de Madrid, comenzado por  López Aguado en 1818, no se terminaría hasta la tardía fecha de 1850. 

Pero la mala gestión provocaría que, a pesar de la endémica falta de recursos económicos, algunos proyectos terminaran siendo objeto de despilfarros arquitectónicos. La Puerta del Mar en Barcelona, por ejemplo, construida durante el reinado fernandino y parte del isabelino (se acabó en 1846), fue derribada en 1859, perdiéndose un magnífico trabajo de José Massanés. 

Los ambiciosos proyectos urbanísticos revelan, por otra parte, una tendencia generalizada en el siglo XIX, la de entender la ciudad como un todo integrado. A la Puerta del Mar de Massanés podrán unirse las trazas, nunca llevadas a la práctica, para el Puerto de la Paz, de Silvestre Pérez. Más tarde llegarán las grandes ampliaciones urbanísticas. A estas actividades hay que añadir las actuaciones restauradoras en edificios anteriores. El arquitecto del XIX se encontrará corrigiendo la historia, a menudo adaptando viejas arquitecturas a su tiempo.

Pese al numeroso grupo de arquitectos que actúan en este siglo, la arquitectura del XIX siempre será un capítulo no tan importante como la de otros países europeos contemporáneos, como Francia e Inglaterra. Sin embargo, dio frutos muy especiales y a veces muy propios, como el mismo neomudéjar. 

Los arquitectos, afectados por los profundos cambios políticos, sociales y artísticos de España, verán que interesantes proyectos no se realizan, que los promotores no se arriesgan, y a menudo prácticamente sólo habrá aires nuevos en Madrid (a mediados del siglo) o en Barcelona (a finales). Ocasionalmente, algunos sucesos en provincias serán reflejo de una apertura ideológica, como sucedió en las Cortes de Cádiz, pero los defectos estructurales pesarán como una losa en cada una de las nuevas actividades que se propongan. Y los movimientos políticos afectarán profundamente en el encumbramiento o en el olvido de determinados arquitectos. 

2. ARQUITECTURA DEL PRIMER TERCIO DE SIGLO

 2.1 El régimen académico.

Aunque el neoclasicismo del siglo XIX abarca tanto el reinado de Fernando VII (1814-1833) como el de Isabel II (1833-1868), e incluso se crearán obras más tardías, existen diferencias sustantivas en cuanto a las circunstancias en las que se desarrolla la labor arquitectónica. Con  Fernando VII el neoclasicismo viene dirigido desde la Academia, mientras que con Isabel II se producen múltiples expresiones que dan signo de un talante más liberal propiciado desde la Escuela de Arquitectura, donde activamente tres estilos empezarán a competir por convertirse en vanguardia arquitectónica hasta final de siglo: medievalismo, eclecticismo y las construcciones en hierro.

Pero antes de la llegada de Fernando VII al poder, el siglo empezaría crudamente. La arquitectura y toda la existencia de los españoles  se vio profundamente afectada por la guerra contra los ejércitos de Napoleón. Cuando  finalmente  hubo un gobierno impuesto por los franceses,  su preocupación se centró en acciones urbanísticas, especialmente en Madrid. Una docena de edificios religiosos fueron derribados (como la iglesia de los Mostenses),  pero apenas hubo contrapartidas en las construcciones: se aprovecharon las circunstancias para abrir plazas, calles, o proyectar nuevos cementerios. 

Las circunstancias adversas que planearon sobre Madrid han hecho que  tal vez sea más interesante la arquitectura neoclásica en sus proyectos y en la actividad de la Academia  que en la materialización en construcciones.  Unas obras como la Plaza Circular de Oriente, junto al Palacio Real,  se derribarían tras haberse realizado la mitad del proyecto. El Teatro Real, se vería paulatinamente transformado hasta apenas ser reconocible hoy en día como obra neoclásica. Algo parecido ocurriría con el edificio del Senado, que al menos conserva el orden jónico del Salón de Sesiones que  Velázquez proyectó  en 1820. 

De este modo, el neoclasicismo, que  fue en principio una expresión erudita al margen de la historia y de las circunstancias, este estilo internacional  de las naciones cultas de la Europa Ilustrada, sí que se vio afectado por las limitantes circunstancias que vivía España. El neoclasicismo, que en unos sitios se había asociado a Revolución y Democracia, pudo caer en el dirigismo académico que lo asociaba los conceptos Imperio  y la Tiranía. Y en el ámbito de la arquitectura, mientras pervivieran la Academia de San Fernando y las que siguieron a ésta, es decir, mientras esta institución siguiera siendo guía de la vanguardia arquitectónica, viviría también el neoclasicismo.

En el tiempo de Fernando VII, por otra parte, no parece que haya un lenguaje específico neoclásico apartado del anterior. Todo indica que no hubo rupturas, sino un acoplamiento de contenidos ideológicos a construcciones que antes no lo tenían, lo que es, en suma, un efecto de la propaganda política en los edificios conmemorativos. 

Exceptuando algunas trayectorias como las que repasaremos a continuación, no se observan en el primer tercio de siglo conceptos arquitectónicos diferenciados, sino un alineamiento en la rutina académica, un seguimiento de normas e incluso el desprecio a cualquier aspiración ilustrada que implicara afrancesamiento. Y aunque nos hallemos  en un periodo cuyo final coincide con la terminación del reinado de Fernando VII, el estilo oficial se reduce a unas intenciones políticas que no modifican las gramáticas clasicistas históricas. 

En resumen, los proyectos que podrían modificar socialmente o proponer alternativas no son aceptados. Esta normalización del academicismo se verifica cuando comprobamos que las pautas clasicistas son mimetizadas en otros centros fuera de la capital, como ocurre en Zaragoza, Valencia o Cádiz. 

Con estas circunstancias, buena parte de  las carreras de los arquitectos que se formaron en la Academia en los primeros años del XIX resultaron frustradas. La guerra y la reacción lleva a pensar en que la arquitectura de proyecto, dedicada a nuevos temas como bibliotecas, arsenales, hospitales, cárceles, etc.  son  las que reflejan verdaderamente los cambios sociales y las nuevas propuestas que daría esta generación truncada. 

2.2 Arquitectos en el periodo fernandino

A comienzos de siglo, los autores más notables fueron los sucesores de Villanueva. Entre éstos se encontraban Ignacio Haan, muerto prematuramente en 1810, Silvestre Pérez, cuya colaboración con el gobierno francés hizo que luego su obra se viera relegada al País Vasco, Antonio López Aguado, arquitecto de la villa de Madrid en época fernandina e Isidro González Velázquez, quien  se convertiría en el arquitecto del rey. 

Aparte de la figura muy limítrofe de Ignacio Haan, fueron los  proyectos de Silvestre Pérez los que sirvieron de puente entre la generación neoclásica de arquitectos nacidos alrededor de 1760 y la siguiente y última, la de los nacidos alrededor de 1800. Esta tercera generación, el último sueño de la utopía ilustrada, se vio influida por esas ideas francesas que Pérez, teniente director de arquitectura en la Academia, no había tomado de primera mano, sino a través de contactos personales durante su pensionado en Roma. Otra vía para la llegada de ideas ilustradas fue el proyecto del nuevo Teatro del Principe (1805), de Juan Gómez,  que ya revelaba su formación con J.L. Durand. 

Durante la ocupación francesa Silvestre Pérez (1767-1825) se hizo cargo de un ambicioso proyecto que suponía la reforma mejor concebida de Madrid. Con ella estaba planeado que se uniría, a través  de un viaducto,  el Palacio Real con la iglesia de San Francisco el Grande, convertida en  sede de las Cortes. Con dicho viaducto, se salvaba  la pendiente de la calle Segovia; paralelamente, se conseguía concatenar  tres plazas monumentales y realizar una especie de “Foro Napoleónico”. Debido a limitaciones económicas que reflejaban la penuria económica del periodo,  esta obra no se llegó a materializar. 

También en el proyecto del Puerto de la Paz o Nuevo Bilbao,  Pérez debía  utilizar elementos del urbanismo clasicista, pero esta vez reflejando unos nuevos significados adaptados a su nueva función. Esta fórmula responde a una voluntad institucional de establecer un nuevo modelo de sociedad, pero tal vez las clases rectoras del país no llegaban a entender siquiera estas cuestiones. Pérez  parte como referencia del plano de Wren para la reconstrucción londinense, aunque aporta un sentido diferente por la diferente focalización de la trama. Con ambos trabajos, el del País Vasco y el de la capital,  muestra  un hábil manejo de las reformas urbanas, y así se reflejará en otras obras de Madrid en que planifica plazas, como las de Santa Ana, donde plantea el espacio urbano ajardinado, o la de San Miguel. 

Tras su exilio francés, Pérez centró su obra en el País Vasco, con obras como el teatro de Vitoria, el Ayuntamiento de San Sebastián, o con proyectos como el de Plaza Nueva y el Ayuntamiento de Bilbao.

Mientras tanto, el panorama artístico iba resurgiendo poco a poco, ya que también estaban volviendo a España otros arquitectos que no quisieron, a diferencia de Pérez, seguir trabajando a las órdenes del gobierno intruso. Temáticamente, este hecho se hizo notar, pues enseguida se realizaron proyectos que glorificarían hechos políticos del anterior periodo, como los fusilamientos del Dos de Mayo. 

Tras un concurso público, Isidro González Velázquez  (1765-1840) consiguió la oportunidad de construir un obelisco que conmemoraría esta fecha. Unas figuras alegóricas (el valor, la virtud, el patriotismo y la constancia) adornaban el bello pedestal de este Obelisco a los Héroes del Dos de Mayo, inaugurado en 1840. A pesar de su factura neoclásica,  su volumen, simbolismo  y los cipreses que rodeaban el obelisco funerario configuraban un conjunto de cierto carácter romántico. El obelisco, una forma que obsesionaba a González Velázquez, ya había sido utilizado en una obra anterior suya, el catafalco a la reina Isabel.

Su formación también era similar a otros. Gracias a su pensionado en Roma, donde coincidió con Pérez y Haan, conoció las ruinas de Paestum, con su orden griego dórico. El descubrimiento en la década de 1760 de estas ruinas  había provocado una fuerte polémica  en torno al vitruvianismo,  y González Velázquez aprovechó estos conocimientos para aplicarlos en proyectos posteriores.

Otro de los aspectos comunes a muchos de sus coetáneos fue que su vida y trayectoria profesional se vieron profundamente afectadas por los avatares políticos de su época. Al contrario que Silvestre Pérez, huyó cuando se impuso el gobierno francés. En 1810 se refugió en Palma de Mallorca,  donde siguió proyectando edificios y creando planteamientos urbanos, entre los que sobresalen  la parroquia de Llucmajor, en la que contrasta fuertemente planos desnudos con otras partes muy recargadas, su precisión en el cerramiento del jardín de la Lonja, o la elegante escalera de planta elíptica que realizó en un proyecto mayor para el Consulado del Mar.

Una vez vuelto a España, ya con el premio del cargo de Arquitecto Real por su fidelidad política, sin embargo no recibió encargos ambiciosos que realizar. Por el contrario, se vio envuelto en la mediocre y escasa perspectiva de las clases rectoras, lo que ocasionó que los magnos proyectos en los que González Velázquez podría mostrar sus profundos estudios, quedaran abandonados en beneficio de pequeñas obras: los jardines reservados y sus pabellones en el Retiro, fuentes como la de Hércules y de Narciso en Aranjuez, remodelaciones en El Pardo... Con otros proyectos más complejos y ricos, le volvería a ocurrir como a otros arquitectos de la época: no pasarían de su plasmación en papel.  Así pasó con su traza circular de la Plaza de Oriente, que nunca llegó a configurarse en la forma propuesta por Velázquez, el Colegio de Medicina y Cirugía, o la Galería de Bellas Artes, obra encargada por el Duque de Alba para albergar su extensa colección. Todo esto hizo que a fines de su vida, y algo decepcionado,  reconociera que la única obra que le hubiera podido dar celebridad fuera su diseño de la Plaza de Oriente, cuya construcción se derribó cuando aún no había sido terminada. 

La labor más importante de Antonio López Aguado (1764-1831) está íntimamente ligada a las labores propagandísticas del régimen de Fernando VII. No en vano en 1814 fue nombrado Maestro Mayor de Madrid, lo que equivale al título de arquitecto municipal. Para la gloria del monarca, realizó un importante monumento conmemorativo: la Puerta de Toledo, que muestra el sobrio talante neoclásico que la inspiró. Esta obra, entendida como un arco de triunfo fernandino, necesitó diez años para que fuera acabada en 1827. Otra construcción, que esta vez no se llegó a realizar, tendría la función de alojar las colecciones de Fernando VII y la Academia: el Museo Fernandino. 

Los tempranos años tras el advenimiento del monarca proporcionaron algunos proyectos singulares, como el conjunto de arquitectura y jardines en la alameda de Osuna denominado “El capricho”, que había sido ya iniciado en el siglo XVIII y en el que colaborarían otros arquitectos (como su hijo Martín). En 1817 proyectaría una ciudad-balneario en el Real Sitio de la Isabela, que actualmente yace bajo las aguas del pantano de Buendía, y un pequeño pabellón, el Casino de la Reina, cuyas puertas sirven hoy de acceso principal a los jardines del Retiro.

A menudo ha ocurrido que muchos edificios en origen neoclásicos hayan llegado a la actualidad sin el sello original que podríamos observar en proyecto. Algunas circunstancias favorecen estas transformaciones, como la lentitud en la construcción (lo que hace que haya mucho tiempo para revisar el proyecto) o las sucesivas restauraciones de las que puede ser objeto un edificio. Esto es lo que le sucedió a la principal obra emprendida por López Aguado: el Teatro Real de Madrid. El proyecto data de 1818 pero su construcción no se acabó hasta 1850, y las restauraciones a las que se vio sometido en el siglo XX hicieron que apenas se conserve nada del proyecto inicial, exceptuando las fachadas laterales, su planta en forma de pentágono irregular alargado, su localización frente al Palacio Real en la plaza de Oriente, o su inmensa escena rectangular. 

A la muerte de López Aguado, las obras del Teatro Real fueron seguidas fielmente por Custodio Teodoro Moreno (1780-1854), formado en la preguerra. Se trata de un arquitecto eternamente secundario, aunque alcanzó gran fama con la traza de la fachada del Oratorio del Caballero de Gracia. En ella, sin embargo, no trasladó el espíritu que Juan de Villanueva había aportado al interior del edificio. Realizó también otras transformaciones, como la antigua iglesia del colegio de Doña María de Aragón en Palacio de las Cortes,  hoy sede del Senado, pero ejecutó, sobre todo, obras diseñadas por otros, reparaciones y algunos remedos de las obras de Villanueva.

2.3 Arquitectura en las regiones

Como se dijo con anterioridad, la labor en provincias muestra el eco de la normativa académica, ya que se procuraba la obediencia a sus postulados y se dependía de ella en cuanto a formación y titulación. Además, existía el compromiso de romper forzosamente con la tradición arquitectónica autóctona. Los lenguajes neoclásicos se traían de fuera. Las características son muy desiguales dependiendo de cada región.

El ascenso económico de Cataluña en el siglo XVIII producirá notables frutos en el primer tercio del siglo XIX. Comparada con otras regiones, Cataluña no se vio afectada por tanta penuria. Los ingresos del estado eran suficientes como para que los ediles pudieran ordenar la construcción de diferentes edificios. El gusto clasicista, por su parte, provenía de la influencia de Madrid, de la francesa, de la actividad de ingenieros militares y de la Escuela de Dibujo de la Lonja, creada en 1775 por la Junta de Comercio de Barcelona. El gusto clasicista sería puesto en práctica de un modo brillante en construcciones efímeras para las fiestas de la boda del Príncipe, en 1802. 

Desde su creación en 1817, la Escuela de Dibujo de la Lonja, aunque no fuera estrictamente una organización académica, sí sirvió como institución que apoyara los postulados neoclásicos. Una figura primordial en ella fue Antonio Celles (1755-1835). Celles se había formado en la Academia de San Fernando y en Italia, y regresaría de allí en 1814. Sus conocimientos serían los que fundamentarían el método de enseñanza de la Lonja, en la que, partiendo de los preceptos de Vitruvio, se escogía lo más positivo de lo que se hacía en Florencia, Roma, París y Madrid. Aunque la orientación de Celles fue preferentemente académica,  su erudición arqueológica, su conocimiento del racionalismo de Durand y su respeto por la conveniencia del diseño arquitectónico pasaron a formar parte sedimentada del conocimiento de sus alumnos. Muchos de ellos, después de pasar por la Lonja, se presentaban en Madrid para estudiar en la Academia de San Fernando, y fueron más tarde los protagonistas del neoclásico del XIX en Cataluña. 

Desde la Lonja, la lectura de los preceptos de Durand fue particularmente antiinnovadora, y resultaba fundamental que la función del edificio se manifestara en su aspecto. Esta dimensión autoritaria y disciplinada de la labor arquitectónica explica el enfrentamiento estético y profesional de Celles con un arquitecto italiano afincado en Cataluña, Antonio Ginessi (1789-1824).  El Cementerio Viejo de Barcelona (1818), de Ginessi, es uno de los más antiguos neoclásicos que subsisten, sobre todo si se tiene en cuenta que ya no existe el que Villanueva levantó en Madrid en 1804. La incorporación de elementos procedentes del mundo antiguo, egipcio, griego y romano le dio argumentos a Celles para detractar la obra de Ginessi. No obstante, otros cementerios municipales, como los de Gerona y Mataró, harían más tarde una clara referencia al del italiano.

Un alumno destacado de la Lonja fue Joseph Mas i Vila (1779-1855), que mostró su adherencia a los preceptos de Celles con una obra de gran fuerza dentro de los cánones neoclásicos, la fachada del ayuntamiento de Barcelona (1830), y diseñó con sobria uniformidad las distintas fachadas de la calle barcelonesa dedicada a Fernando VII, alineando las alturas de las casas. 

El País Vasco, por su parte, sugiere uno de los más interesantes itinerarios del neoclasicismo del siglo XIX. Allí han subsistido numerosos edificios, aunque hayamos de lamentar algunas pérdidas irreparables, como el Teatro de Vitoria del propio Silvestre Pérez. 

Resulta sorprendente la riqueza neoclásica de la región si se tiene en cuenta que los núcleos urbanos de entonces eran verdaderamente reducidos, y de que, a pesar de eso, se acometieron obras urbanísticas y se construyeron edificios desde los mismos poderes públicos.
La sobriedad académica se plasma de un modo contundente en obras como la plaza de la Constitución de San Sebastián (1816) o la plaza Nueva de Bilbao (1821-1851), porticada, con balconaje uniforme excepto en el lado de la Casa del Señorío de Vizcaya y con reminiscencias de las plazas mayores de Madrid y Vitoria. 

La estancia de Silvestre Pérez en el País Vasco hace que esta región sea un foco interesantísimo en la arquitectura ochocentista. Sus seguidores allí mantuvieron el talante robusto desornamentado que mostraban los diseños de Pérez. En 1798, proyectó  la iglesia de Motrico, cuyas obras no se acabarían hasta 1843, ya a cargo de Lascurain, autor del cementerio neoclásico de Marquina (1849-1851). En 1817 proyectó el Teatro de Vitoria anteriormente citado e intervino en la reconstrucción urbanística de San Sebastián, bajo la dirección de Pedro Manuel de Ugartemendía. San Sebastián, que había sido devastada por un incendio en 1813, fue trazada de nuevo con un plan muy geométrico de verticales y horizontales; su centro de confluencia sería una plaza porticada, cuyo edificio consistorial fue proyectado por el mismo Pérez en 1823. El diseño ortogonal de Ugartemendía, con su concepto estandarizado de las edificaciones y la agrupación de solares iguales  en torno a un gran eje dodecagonal,  finalmente no se llevó a la práctica debido a  las  presiones de los propietarios de los terrenos, de modo que finalmente se respetó el trazado antiguo, pero sí que se modificó el carácter y aspecto de los edificios. 

Aparte de Pérez y  de Ugartemendía, Antonio de Echevarría fue fundamental en Vizcaya en el periodo fernandino. A él se deben el Templo de los Patriarcas y la Casa de Juntas de Guernica, un conjunto arquitectónico emblemático en el País Vasco adaptado a sus funciones de  juntas al aire libre y que, a pesar de su dificultad y al reto de la articulación de sus elementos, continúa con la sobriedad característica del movimiento. 

 En la zona levantina, la Academia de San Carlos fue la que impulsó el espíritu neoclásico, si bien escasean las construcciones que efectivamente se realizaron durante el reinado de Fernando VII. Entre ellas, destacan el altar de Nuestra Señora de los Desamparados, de Vicente Marzo (1760-1826), el retablo de la iglesia de San Esteban, de Manuel Blasco (fallecido en 1821), o la renovación del Teatro Principal de Valencia, a partir del proyecto de Felipe Fontana, en el que intervinieron Cristóbal Sales (1763-1833) y Salvador Escrig (1765-1833).

Era habitual que el sistema seguido para aprobar los proyectos públicos, a través de la Comisión de Arquitectura, llevara a favorecer a ciertos autores, haciendo que en cada región dominara el arquitecto mejor mirado por la Academía. En estos elegidos solían recaer los encargos más importantes. Pongamos el ejemplo de lo que ocurría en Murcia.

El entorno formativo de los arquitectos que trabajaban en Murcia correspondía al de la Academia de San Carlos. Tal vez fue Lorenzo Alonso (1768-1822)  el más favorecido por la Academia. En su actividad entre 1790 y 1810, por ejemplo en las obras para San Juan Bautista, se muestra seguidor de Ventura Rodríguez. Se realiza en Murcia una copia de la iglesia de San Marcos de Madrid, pero a mayor escala y simplificada, lo que revela los confusos conceptos que se podían manejar en provincias, tanto en referencia al concepto de clasicismo, como al de la personalidad artística de maestros anteriores. 

Lorenzo Alonso también ejecutó la iglesia de Santiago en Jumilla, obra que terminaría su discípuloRamón Berenguer (1768-1822). 

Otro nombre importante en aquel entorno fue el de Francisco Bolarín (1768-1822), que intervino especialmente en el urbanismo murciano, y que realizó la Casa de la Inquisición y el monumento a Fernando VII.

En el ámbito aragonés, fue la Academia de San Luis, en Zaragoza, la que llevó adelante el estilo neoclásico, y el favorecido por la institución fue el arquitecto municipal José Yarza y Lafuente (1759-1833), que desde 1813  controló la actividad constructiva de la ciudad en la época fernandina. La saga continuó, y su hijo José Yarza Miñana (1801-1868) también tendría importantes actuaciones en la ciudad.

Más al sur,  el florecimiento gaditano tendría como frutos algunas construcciones bastante elegantes para este periodo histórico, como es el Ayuntamiento de Cádiz, construido por Torcuato Benjumeda (1757-1836) a partir de 1816. El proyecto de Benjumeda fue luego alterado por importantes reformas que se llevaron a cabo en 1861.