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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX.(I) 2/4
Por Inmaculada Rodríguez Cunill
ISBN- 84-9714-009-5
 

Cádiz resulta ser un notable foco en cuanto arquitectura se refiere, pues a diferencia de hoy en día, era una zona de opulencia comercial. A eso responden también iniciativas como las de Torcuato Cayón, tío de Benjumeda, que mediante una escuela de dibujo que instaló en su propia casa, difundió unas nuevas tendencias hacia la simplicidad. Una serie de personajes aportan su grano de arena en este entorno cultural, de modo que la transición entre los modos aún barrocos de Cayón al sentir clasicista de su sobrino se realiza a través de  A.P. Albiso, que difundía el gusto académico en la ciudad. Cayón, Albiso y Benjumeda, por este mismo orden, fueron arquitectos municipales. No obstante, de los tres, es Benjumeda quien destaca como arquitecto gaditano más importante a finales del XVIII y principios del XIX, y el que tuvo importantes encargos resueltos más siguiendo las huellas de Ventura Rodríguez que adhiriéndose a las tendencias impuestas por Silvestre Pérez. Así lo demuestran construcciones como el Ayuntamiento (1816), la Cárcel Real (1794) o el Oratorio de la Santa Cueva.

Resulta indudable que en otras zonas se crearían edificios con más o menos fortuna, y que algunas, en este recorrido, pueden quedar en el tintero. En Tenerife, por ejemplo, se realizó la fachada de la catedral de La Laguna según un proyecto de Manuel Martín Rodríguez que sería ejecutado por los arquitectos Juan Nepomuceno y Pedro Díaz, pero la inclusión de nombres no nos daría una idea diferente de cómo se desarrolló la arquitectura neoclásica española en el primer tercio de siglo.

Eso sí, hay que destacar que en el área castellana se desarrollaron las más importantes obras de un arquitecto madrileño cuya labor estaría relacionada con los cambios institucionales de la Academia. Se trata de Juan Miguel Inclán Valdés (1774-1853). Entre estas obras en zona castellana se encuentran, en Burgos, la fachada de la iglesia de San Juan, en Toledo el Seminario Conciliar y en Guadalajara, la iglesia de Santamaría. Ya en el reinado de Isabel II, Inclán Valdés sería el primer director de la Escuela de Arquitectura, creada en 1845. Su obra es escasa si se compara con su carrera docente, que se inició en 1816. Fue en cambio, un erudito interesado en los temas históricos, como el gótico, lo cual resulta significativo en el desarrollo que habría de tener la arquitectura española en el segundo tercio del siglo XIX. 

3. ARQUITECTURA EN EL SEGUNDO TERCIO DE SIGLO

3.1 Bajo el signo romántico

Aunque en términos generales, el romanticismo español se suele ubicar durante el reinado de Isabel II, lo cierto es que con respecto a la arquitectura no se puede hablar de un movimiento propiamente romántico, sino de una serie de circunstancias que abrirían el camino a la libertad constructiva, sobrepasando al mundo neoclásico. Sólo en contadas excepciones puede palparse un sentimiento romántico en la arquitectura de la época. De hecho, todavía le quedarían al neoclasicismo muchos años por recorrer, pero no ya como corriente hegemónica, como ocurrió en el reinado de Fernando VII, sino que el clasicismo sería una de las parcelas referenciales para realizar nuevas obras. 

La creación de la Escuela de Arquitectura modificó notablemente el panorama artístico. Las sucesivas promociones mejoraron la actividad constructiva en la ciudad, y esto fue especialmente evidente en los últimos años del reinado de Isabel II. El intento de practicar un eclecticismo estilístico, el interés por otros estilos alejados del rigor neoclásico de la Academia, diferencian bastante a estas dos instituciones. Pero el paso de la Academia a la Escuela de Arquitectura no significó una ruptura, sino una evolución gradual, inspirada por la idea de libertad romántica y por el interés por la arquitectura medieval. 

El sistema abierto de enseñanza de la Escuela de Arquitectura contrastaba con el dogmático absolutismo que la Academia propugnaba. Pero curiosamente, los últimos profesores de la Academia serían los primeros maestros de la Escuela. El neoclasicismo español se iría extinguiendo poco a poco, y sólo se recuperaría el mundo clásico en un afán de reconstrucción de una época pasada, ya libre de los dogmas atenazantes, y con parecido talante al de muchos otros arquitectos que volverían sus ojos al medievo. 
 

3.2 Los últimos ecos del clasicismo o el clasicismo isabelino.

El último eslabón neoclásico es la generación de los arquitectos nacidos en 1800, formados en la Academia y que se incorporaron jóvenes a proyectos de envergadura. A partir de este eslabón, los edificios con elementos de carácter clásico podrán ser netamente neoclásicos o hacer un uso libre de los modelos antiguos, pero fuera de la influencia académica.

Y si alguna arquitectura se asimila a esa pervivencia clásica es precisamente la arquitectura funeraria, que fue la que más tiempo sostuvo la tradición clásica, unida a los edificios oficiales y a los teatros, mientras éstos no fueran desbancados por estilos neoárabes, neobarrocos o neogóticos. 

La arquitectura funeraria, la que por más tiempo sostuvo la tradición clásica, tal vez podría mostrarnos muchas curiosidades a lo largo de toda nuestra geografía, desde el cementerio de La Coruña (1834) de Alejo Andrade, hasta el panteón neoclásico de la familia Heredia en el cementerio de San Miguel de Málaga (1852).

El hecho de que el cementerio fuera el ambiente propicio para los coletazos del neoclasicismo resulta significativo, ya que paulatinamente, la burguesía y el estado liberal no se identificaban con este estilo, y buscaban otros lenguajes en la historia en los que se sintieran reflejados. 

Por otra parte, algunos edificios de carácter clásico podían mostrar una lectura icónica, emblemática, ajena a lo dogmatizado desde la Academia. Pensemos, por ejemplo, en la Casa del Cordero, en la Puerta del Sol. Se trataba de un bloque de casas de alquiler que sería fundamental en la transformación urbana de Madrid. El autor del proyecto, Sánchez Pescador, utilizó sorprendentemente un orden gigante para un uso burgués. De repente, la vivienda burguesa podía tener el prestigio de un palacio. Los órdenes, así, empiezan a desprenderse de los significados atribuidos desde la Academia. Los principios clasicistas, aún estando en el ámbito neoclásico, se empiezan a subvertir. 

También en Madrid destacó F. Javier de Mariátegui, que continuó con el tema que apasionaba a Velázquez, el de los obeliscos. Ubicó uno en la  Glorieta de las Pirámides (1831) y otro en la fuente Castellana, ahora en el parque del Río Manzanares (1833). No obstante, su obra más importante es la reforma del Noviciado de los Jesuitas para la Universidad Central (ahora Instituto de España), en la que colocó un orden de pilastras jónicas que también utilizaría Pascual y Colomer en el Congreso. 

Se puede afirmar que con la introduccion de elementos decorativos neogóticos y neorrenacentistas en el Teatro Real (1850),  con la creación de la Escuela de Arquitectura en 1845 y con la obra del Congreso, de Narciso Pascual y Colomer (1808-1870), se cierra el  ciclo de arquitectura neoclásica en Madrid. 

El proyecto de obra del Congreso salió a concurso público a nivel nacional. La construcción se inició en 1843 y  duró siete años. Constituye un ejemplo de referencia neoclásica que aprovecha el prestigio de los órdenes. El sustrato ecléctico de la arquitectura del XIX permitiría esta adaptación, que en el siglo XVIII tal vez hubiera sido tachada de heterodoxa.

De hecho, poco a poco Colomer se fue despegando del estilo neoclásico, y llegó a realizar la pintoresca restauración de los Jerónimos. No obstante, volvió a mostrar su maestría en el diseño clásico, aunque con algunos detalles eclécticos, en la antigua finca real de Vista Alegre, que pasó a manos del marqués de Salamanca.

Respecto a otros edificios residenciales, destacó en Madrid el proyecto de Martín López Aguado (1798-1866) para el duque de Osuna. Una magnífica fachada del palacio en la alameda de Osuna se iría a completar con dos pabellones laterales que finalmente no se llevaron a cabo. Otras obras de interés encargadas por las clases pudientes serían la casa del Marqués de Santa Marta, proyectada por José Alejandro Álvarez y destruida en 1926, y la casa del Marqués de Faviria, realizada por Aníbal Álvarez  con un refinado gusto renacentista. 

3.3 Clasicismo isabelino en provincias

Si en Madrid se notaba que el panorama arquitectónico tenía visos de cambiar, durante gran parte del periodo isabelino se advierte en provincias la pervivencia del estilo neoclásico, y esta tendencia se acentúa si se trata de edificios como ayuntamientos o diputaciones. Sin embargo, el panorama neoclásico en provincias se adapta a otras necesidades de la creciente burguesía, y no será extraño encontrar mercados, casinos, teatros y otras construcciones y reformas urbanísticas que utilicen el lenguaje neoclásico como base arquitectónica. 

Esta burguesía, especialmente floreciente en Barcelona, haría que la Plaza Real, obra de Francesc Daniel Molina (1812-1867), siguiera por un lado la tradición de las grandes plazas españolas al tiempo que parece un auténtico salón urbano, más que un zoco o una plaza de toros. Aparte de su militancia en la tradición clásica con ésta y otras obras (por ejemplo, la restaurada fachada del Teatro Principal), Molina, arquitecto municipal a partir de 1855, hizo ya alguna incursión historicista. A él se debe la fuente gótica de Barcelona, lo que muestra que se estaba diluyendo el lenguaje exclusivista académico. 

La oscilación al ámbito medieval no es extraña en la Barcelona de mitad de siglo. La iglesia neogótica del Sagrato Cor, en Sarrià así lo mostraría, pero sin embargo, en el ámbito de la arquitectura burguesa siguió marcado un agudo clasicismo. Este aspecto se materializaba, por ejemplo, en la solemnidad de las ocho columnas corintias que  incorporó Antoni Rovira i Trias (1816-1889) en su remodelación del palacio de Moya en 1856.

Martí Sureda (1822-1890) quiso realizar en Gerona algo de lo que Molina había aportado con la plaza Real de Barcelona. La plaza de la Independencia (1857) muestra también una disposición rectangular, y añadió pilares y arcos en la planta principal y balcones en los tres pisos superiores. Eso sí, el resultado debía de ser diferente, dada la escasez de recursos. En la misma ciudad hizo el teatro municipal, de cuyo proyecto apenas se conserva nada, ni siquiera la decoración de la gran platea que lucía. 

Otra actuación importante en Barcelona vendría de la mano de Josep Mas i Vila, de cuya actividad se ha hablado en el anterior tercio de siglo. Su mercado de Sant Josep, o la Boquería, fue proyectado en 1836, con una disposición rectangular y cerrada por pórticos con columnas jónicas. El aspecto de esta construcción se vio posteriormente desvirtuado al cubrir la plaza con un armazón de hierro y cristal.

El interés por la construcción de mercados tiene que ver con el impulso que se le quiso dar políticamente a la organización ciudadana. Entre los centros de actividad social se encontraban los mercados, que además podían ser construidos aprovechando el derribo  de iglesias y conventos  que sucedieron a la desamortización de Mendizábal. Un proyecto anterior al del mercado de la Boquería sería el de la Plaza de Abastos de Cádiz, realizado por Juan Daura, que también había participado en las obras de conclusión de la catedral gaditana. Las obras, comenzadas en 1837, creaban un amplio espacio rectangular con cuatro frentes porticados con columnas dóricas. 

Por supuesto, los teatros eran también objeto de ese impulso burgués.  El teatro más notorio del ámbito catalán sería el del Liceo, cuyo artífice fue Josep Oriol Mestres i Esplugas (1815-1895). Su construcción data de 1847, pero parece ser que su sino, como ocurrió en los noventa, era incendiarse. Ardió en 1861 y fue reconstruido al año siguiente. Se trataba de la plaza más espaciosa de España, y la elegancia de su conjunto se debía a los elementos decorativos que la revestían. 

Otros teatros en Alicante, Burgos, Gerona y Palma de Mallorca, se realizaron en esta época. El teatro Principal de Burgos se empezó a construir en 1843 por el arquitecto Bernardino Martínez de Velasco en el paseo del Espolón. Como se prolongaron en exceso las obras, ocurrió lo que a muchas construcciones del siglo: empezó a metamorfosearse, de modo que el severo estilo inicial  fue trocándose en formas más amables y elegantes. Esto, unido a las modernas restauraciones nos puede dar idea de que su fisonomía actual poco tiene que ver con la originaria.

En cambio, si  hay en España un teatro neoclásico por antonomasia, éste es el de Alicante. Está concebido casi como un templo, rematándose incluso el edificio con un frontón. A pesar de latir en el teatro un orden único, se inaugura en 1847 con una obra romántica por excelencia: Guzmán el bueno de Gil de Zárate. Su arquitecto, Emilio Jover,  rebasó con el Teatro Principal los modelos que derivaban del Teatro de Vitoria realizado por Silvestre Pérez, y el orden único se desarrolla en una forma general en el edificio. Menos rigor arquitectónico se muestra en la fachada del cercano geográficamente Teatro Principal de Valencia (acabada en 1854), obra de José Zacarías Camaña, formado en San Carlos y arquitecto municipal de la ciudad.

 En 1848 Josep Roca (1815-1877) proyectó el entonces teatro de Figueres y actualmente Museo Dalí, de cuyos orígenes apenas queda una elegante fachada.  También se distinguió por su elegancia el Teatro de Palma de Mallorca, construido a partir de 1854 por Antoni Sureda (1810-1873). Su fachada fue objeto de obras al final de siglo, de tal modo que se le añadió un tercer cuerpo de orden corintio que modificó la originaria armonía compositiva de Sureda. 
Desgraciadamente, otros teatros de la época isabelina no han llegado hasta nuestros días. Entre ellos se encontraban el Teatro Viejo de Bilbao, el Teatro de Gijón, el Nuevo de La Coruña o el Principal de San Sebastián. 

Otro tipo de espacio de talante social se iría a desarrollar en los restantes años del siglo: las plazas de toros. En Valencia, no obstante, encontramos un ejemplo clasicista de este tipo de edificios. La plaza de toros de Valencia se concluyó en 1860. Sebastián Monleón (1815-1875) estableció en ella un estilo orientado al clasicismo romano. Otras obras importantes de Monleón se centraron en la planificación del casco urbano de la ciudad, interviniendo en la ampliación organizada y sistemática que la ciudad requería. En este mismo empeño urbanístico intervino también Timoteo Calvo (1800-1879), que se había encargado, por su parte, de la reforma de la universidad de Valencia. En este último aspecto, destacó su patio realizado en 1844. 

Nos queda, por último, hacer un breve repaso de la arquitectura oficial, principalmente neoclásica, de la época isabelina. 

Martín de Saracíbar (1804-1891) planeó la Diputación de Álava, pero su proyecto se modificó debido a la excesiva prolongación de las obras. A pesar de estas modificaciones,  pervivió en el edificio el talante neoclásico. La plaza Nueva y la Casa del Ayuntamiento de Tafalla son obra también de Martín de Saracíbar.

Una obra casi desconocida es la Aduana o Cuerpo de Guardia de Behobia, en Guipúzcoa, proyectada por Juan de Angulo. Este edificio muestra una obediencia académica y un rigor extraños para los años avanzados en que se fecha (1849-1853). Y parecido talante solemne se observa en el palacio de la Diputación de Navarra, de 1840, realizado por José Nagusía (1800-1850).

Para finalizar, es necesario decir que aunque los edificios oficiales mostraban la cara más académica del  último neoclasicismo, hay afortunadas excepciones que ya mostraban una renovación estilística, como el ayuntamiento de Gijón. Andrés Coello (1805-1880), creó en él una elegante fachada que sólo se ve menoscabada por la humildad de los medios económicos. También el Ayuntamiento de las Palmas, proyectado por Juan Daura (1791-1844)  y continuado por Manuel Oraá, se aparta de la sobriedad neoclásica.

3.4 La Escuela de Arquitectura.

Ya se ha dicho que la Academia de San Fernando (y las que la siguieron) hicieron pervivir el gusto neoclásico hasta mediar el siglo XIX y que cuando la institución académica entró en crisis, cuando se puso en cuestión el aprendizaje limitado exclusivamente a los modelos clásicos, fue cuando se propició una reforma cuyo fruto sería la creación de la Escuela de Arquitectura. 

De este modo, la mayor parte de lo proyectado a partir de los años sesenta se desvincula del espíritu académico. Si los modelos de partida son los clásicos, éstos obedecen a un clasicismo de receta, a veces caprichoso y  sin la justificación moral que la Academia requería. En suma, estos ejemplos reviven lo clásico, pero como se podría revivir lo gótico o lo islámico.

La creación de la Escuela de Arquitectura de Madrid en 1844 supuso un cambio de panorama fundamental en cuanto a la enseñanza y la titulación legal de los arquitectos. Las academias existentes eran las únicas instituciones autorizadas para otorgar títulos con validez total para ejercer la profesión. La razón de esta función tenía que ver con los principios de la Academia. Así,  como institución ilustrada dentro del reformismo borbónico, lograría poner fin a la previa situación gremial. Era difícil acabar con la estructura gremial, tan afincada en las formas de hacer españolas, y esta labor duró bastante tiempo. Cuando por fin la estructura docente de la Academia acabó con las prácticas gremiales, apareció la Escuela de Arquitectura, con la que la situación de poder en  la que la Academia se había erigido daría fin. 

La Academia de San Carlos de Valencia se vio afectada en primer lugar por la ley del 6 de octubre de 1846. Se dejaron de expedir títulos de arquitecto y con ello se clausuraba la anterior etapa. En la Academia de San Carlos se habían formado numerosos arquitectos en el diseño arquitectónico clásico, aunque es cierto que ejercieron la profesión muchos menos de los titulados. El mismo arquitecto municipal de Valencia, José Zacarías Camaña, autor del Teatro Principal, estaba formado en San Carlos. El cambio al que obligaba la ley haría que Zacarías perteneciera a una generación formada de distinta manera a la siguiente, la que corresponde a la Escuela de Arquitectura. Dada la situación, algunos arquitectos levantinos se formarían en Madrid y volverían a su tierra con el título de la capital. Así ocurriría con Emilio Jover, cuyo padre fue también arquitecto, pero vinculado a la academia valenciana.

En general, las nuevas ideas y las nuevas necesidades y gustos burgueses fueron los elementos que obligaron a los artistas a mirar hacia otros periodos históricos, y en principio buscaron inspiración en ámbitos medievales y renacentistas. 

Despojado ya del espíritu neoclásico, José Matías Laviña (1796-1868), uno de los profesionales más destacados de la capital en el periodo isabelino, levantó a partir de 1851 el palacio de los duques de Granada de Ega. Sus soluciones derivan ya de formación italianizante, aunque, debido  a una reforma total, la exquisita decoración se hay perdido.