| Cádiz
resulta ser un notable foco en cuanto arquitectura se refiere, pues a diferencia
de hoy en día, era una zona de opulencia comercial. A eso responden
también iniciativas como las de Torcuato Cayón, tío
de Benjumeda, que mediante una escuela de dibujo que instaló en
su propia casa, difundió unas nuevas tendencias hacia la simplicidad.
Una serie de personajes aportan su grano de arena en este entorno cultural,
de modo que la transición entre los modos aún barrocos de
Cayón al sentir clasicista de su sobrino se realiza a través
de A.P. Albiso, que difundía el gusto académico en
la ciudad. Cayón, Albiso y Benjumeda, por este mismo orden, fueron
arquitectos municipales. No obstante, de los tres, es Benjumeda quien destaca
como arquitecto gaditano más importante a finales del XVIII y principios
del XIX, y el que tuvo importantes encargos resueltos más siguiendo
las huellas de Ventura Rodríguez que adhiriéndose a las tendencias
impuestas por Silvestre Pérez. Así lo demuestran construcciones
como el Ayuntamiento (1816), la Cárcel Real (1794) o el Oratorio
de la Santa Cueva.
Resulta indudable que en otras zonas se
crearían edificios con más o menos fortuna, y que algunas,
en este recorrido, pueden quedar en el tintero. En Tenerife, por ejemplo,
se realizó la fachada de la catedral de La Laguna según un
proyecto de Manuel Martín Rodríguez que sería ejecutado
por los arquitectos Juan Nepomuceno y Pedro Díaz, pero la inclusión
de nombres no nos daría una idea diferente de cómo se desarrolló
la arquitectura neoclásica española en el primer tercio de
siglo.
Eso sí, hay que destacar que en
el área castellana se desarrollaron las más importantes obras
de un arquitecto madrileño cuya labor estaría relacionada
con los cambios institucionales de la Academia. Se trata de Juan Miguel
Inclán Valdés (1774-1853). Entre estas obras en zona castellana
se encuentran, en Burgos, la fachada de la iglesia de San Juan, en Toledo
el Seminario Conciliar y en Guadalajara, la iglesia de Santamaría.
Ya en el reinado de Isabel II, Inclán Valdés sería
el primer director de la Escuela de Arquitectura, creada en 1845. Su obra
es escasa si se compara con su carrera docente, que se inició en
1816. Fue en cambio, un erudito interesado en los temas históricos,
como el gótico, lo cual resulta significativo en el desarrollo que
habría de tener la arquitectura española en el segundo tercio
del siglo XIX.
3. ARQUITECTURA EN EL SEGUNDO TERCIO
DE SIGLO
3.1 Bajo el signo romántico
Aunque en términos generales, el
romanticismo español se suele ubicar durante el reinado de Isabel
II, lo cierto es que con respecto a la arquitectura no se puede hablar
de un movimiento propiamente romántico, sino de una serie de circunstancias
que abrirían el camino a la libertad constructiva, sobrepasando
al mundo neoclásico. Sólo en contadas excepciones puede palparse
un sentimiento romántico en la arquitectura de la época.
De hecho, todavía le quedarían al neoclasicismo muchos años
por recorrer, pero no ya como corriente hegemónica, como ocurrió
en el reinado de Fernando VII, sino que el clasicismo sería una
de las parcelas referenciales para realizar nuevas obras.
La creación de la Escuela de Arquitectura
modificó notablemente el panorama artístico. Las sucesivas
promociones mejoraron la actividad constructiva en la ciudad, y esto fue
especialmente evidente en los últimos años del reinado de
Isabel II. El intento de practicar un eclecticismo estilístico,
el interés por otros estilos alejados del rigor neoclásico
de la Academia, diferencian bastante a estas dos instituciones. Pero el
paso de la Academia a la Escuela de Arquitectura no significó una
ruptura, sino una evolución gradual, inspirada por la idea de libertad
romántica y por el interés por la arquitectura medieval.
El sistema abierto de enseñanza
de la Escuela de Arquitectura contrastaba con el dogmático absolutismo
que la Academia propugnaba. Pero curiosamente, los últimos profesores
de la Academia serían los primeros maestros de la Escuela. El neoclasicismo
español se iría extinguiendo poco a poco, y sólo se
recuperaría el mundo clásico en un afán de reconstrucción
de una época pasada, ya libre de los dogmas atenazantes, y con parecido
talante al de muchos otros arquitectos que volverían sus ojos al
medievo.
3.2 Los últimos ecos del clasicismo
o el clasicismo isabelino.
El último eslabón neoclásico
es la generación de los arquitectos nacidos en 1800, formados en
la Academia y que se incorporaron jóvenes a proyectos de envergadura.
A partir de este eslabón, los edificios con elementos de carácter
clásico podrán ser netamente neoclásicos o hacer un
uso libre de los modelos antiguos, pero fuera de la influencia académica.
Y si alguna arquitectura se asimila a
esa pervivencia clásica es precisamente la arquitectura funeraria,
que fue la que más tiempo sostuvo la tradición clásica,
unida a los edificios oficiales y a los teatros, mientras éstos
no fueran desbancados por estilos neoárabes, neobarrocos o neogóticos.
La arquitectura funeraria, la que por
más tiempo sostuvo la tradición clásica, tal vez podría
mostrarnos muchas curiosidades a lo largo de toda nuestra geografía,
desde el cementerio de La Coruña (1834) de Alejo Andrade, hasta
el panteón neoclásico de la familia Heredia en el cementerio
de San Miguel de Málaga (1852).
El hecho de que el cementerio fuera el
ambiente propicio para los coletazos del neoclasicismo resulta significativo,
ya que paulatinamente, la burguesía y el estado liberal no se identificaban
con este estilo, y buscaban otros lenguajes en la historia en los que se
sintieran reflejados.
Por otra parte, algunos edificios de carácter
clásico podían mostrar una lectura icónica, emblemática,
ajena a lo dogmatizado desde la Academia. Pensemos, por ejemplo, en la
Casa del Cordero, en la Puerta del Sol. Se trataba de un bloque de casas
de alquiler que sería fundamental en la transformación urbana
de Madrid. El autor del proyecto, Sánchez Pescador, utilizó
sorprendentemente un orden gigante para un uso burgués. De repente,
la vivienda burguesa podía tener el prestigio de un palacio. Los
órdenes, así, empiezan a desprenderse de los significados
atribuidos desde la Academia. Los principios clasicistas, aún estando
en el ámbito neoclásico, se empiezan a subvertir.
También en Madrid destacó
F. Javier de Mariátegui, que continuó con el tema que apasionaba
a Velázquez, el de los obeliscos. Ubicó uno en la Glorieta
de las Pirámides (1831) y otro en la fuente Castellana, ahora en
el parque del Río Manzanares (1833). No obstante, su obra más
importante es la reforma del Noviciado de los Jesuitas para la Universidad
Central (ahora Instituto de España), en la que colocó un
orden de pilastras jónicas que también utilizaría
Pascual y Colomer en el Congreso.
Se puede afirmar que con la introduccion
de elementos decorativos neogóticos y neorrenacentistas en el Teatro
Real (1850), con la creación de la Escuela de Arquitectura
en 1845 y con la obra del Congreso, de Narciso Pascual y Colomer (1808-1870),
se cierra el ciclo de arquitectura neoclásica en Madrid.
El proyecto de obra del Congreso salió
a concurso público a nivel nacional. La construcción se inició
en 1843 y duró siete años. Constituye un ejemplo de
referencia neoclásica que aprovecha el prestigio de los órdenes.
El sustrato ecléctico de la arquitectura del XIX permitiría
esta adaptación, que en el siglo XVIII tal vez hubiera sido tachada
de heterodoxa.
De hecho, poco a poco Colomer se fue despegando
del estilo neoclásico, y llegó a realizar la pintoresca restauración
de los Jerónimos. No obstante, volvió a mostrar su maestría
en el diseño clásico, aunque con algunos detalles eclécticos,
en la antigua finca real de Vista Alegre, que pasó a manos del marqués
de Salamanca.
Respecto a otros edificios residenciales,
destacó en Madrid el proyecto de Martín López Aguado
(1798-1866) para el duque de Osuna. Una magnífica fachada del palacio
en la alameda de Osuna se iría a completar con dos pabellones laterales
que finalmente no se llevaron a cabo. Otras obras de interés encargadas
por las clases pudientes serían la casa del Marqués de Santa
Marta, proyectada por José Alejandro Álvarez y destruida
en 1926, y la casa del Marqués de Faviria, realizada por Aníbal
Álvarez con un refinado gusto renacentista.
3.3 Clasicismo isabelino en provincias
Si en Madrid se notaba que el panorama
arquitectónico tenía visos de cambiar, durante gran parte
del periodo isabelino se advierte en provincias la pervivencia del estilo
neoclásico, y esta tendencia se acentúa si se trata de edificios
como ayuntamientos o diputaciones. Sin embargo, el panorama neoclásico
en provincias se adapta a otras necesidades de la creciente burguesía,
y no será extraño encontrar mercados, casinos, teatros y
otras construcciones y reformas urbanísticas que utilicen el lenguaje
neoclásico como base arquitectónica.
Esta burguesía, especialmente floreciente
en Barcelona, haría que la Plaza Real, obra de Francesc Daniel Molina
(1812-1867), siguiera por un lado la tradición de las grandes plazas
españolas al tiempo que parece un auténtico salón
urbano, más que un zoco o una plaza de toros. Aparte de su militancia
en la tradición clásica con ésta y otras obras (por
ejemplo, la restaurada fachada del Teatro Principal), Molina, arquitecto
municipal a partir de 1855, hizo ya alguna incursión historicista.
A él se debe la fuente gótica de Barcelona, lo que muestra
que se estaba diluyendo el lenguaje exclusivista académico.
La oscilación al ámbito
medieval no es extraña en la Barcelona de mitad de siglo. La iglesia
neogótica del Sagrato Cor, en Sarrià así lo mostraría,
pero sin embargo, en el ámbito de la arquitectura burguesa siguió
marcado un agudo clasicismo. Este aspecto se materializaba, por ejemplo,
en la solemnidad de las ocho columnas corintias que incorporó
Antoni Rovira i Trias (1816-1889) en su remodelación del palacio
de Moya en 1856.
Martí Sureda (1822-1890) quiso
realizar en Gerona algo de lo que Molina había aportado con la plaza
Real de Barcelona. La plaza de la Independencia (1857) muestra también
una disposición rectangular, y añadió pilares y arcos
en la planta principal y balcones en los tres pisos superiores. Eso sí,
el resultado debía de ser diferente, dada la escasez de recursos.
En la misma ciudad hizo el teatro municipal, de cuyo proyecto apenas se
conserva nada, ni siquiera la decoración de la gran platea que lucía.
Otra actuación importante en Barcelona
vendría de la mano de Josep Mas i Vila, de cuya actividad se ha
hablado en el anterior tercio de siglo. Su mercado de Sant Josep, o la
Boquería, fue proyectado en 1836, con una disposición rectangular
y cerrada por pórticos con columnas jónicas. El aspecto de
esta construcción se vio posteriormente desvirtuado al cubrir la
plaza con un armazón de hierro y cristal.
El interés por la construcción
de mercados tiene que ver con el impulso que se le quiso dar políticamente
a la organización ciudadana. Entre los centros de actividad social
se encontraban los mercados, que además podían ser construidos
aprovechando el derribo de iglesias y conventos que sucedieron
a la desamortización de Mendizábal. Un proyecto anterior
al del mercado de la Boquería sería el de la Plaza de Abastos
de Cádiz, realizado por Juan Daura, que también había
participado en las obras de conclusión de la catedral gaditana.
Las obras, comenzadas en 1837, creaban un amplio espacio rectangular con
cuatro frentes porticados con columnas dóricas.
Por supuesto, los teatros eran también
objeto de ese impulso burgués. El teatro más notorio
del ámbito catalán sería el del Liceo, cuyo artífice
fue Josep Oriol Mestres i Esplugas (1815-1895). Su construcción
data de 1847, pero parece ser que su sino, como ocurrió en los noventa,
era incendiarse. Ardió en 1861 y fue reconstruido al año
siguiente. Se trataba de la plaza más espaciosa de España,
y la elegancia de su conjunto se debía a los elementos decorativos
que la revestían.
Otros teatros en Alicante, Burgos, Gerona
y Palma de Mallorca, se realizaron en esta época. El teatro Principal
de Burgos se empezó a construir en 1843 por el arquitecto Bernardino
Martínez de Velasco en el paseo del Espolón. Como se prolongaron
en exceso las obras, ocurrió lo que a muchas construcciones del
siglo: empezó a metamorfosearse, de modo que el severo estilo inicial
fue trocándose en formas más amables y elegantes. Esto, unido
a las modernas restauraciones nos puede dar idea de que su fisonomía
actual poco tiene que ver con la originaria.
En cambio, si hay en España
un teatro neoclásico por antonomasia, éste es el de Alicante.
Está concebido casi como un templo, rematándose incluso el
edificio con un frontón. A pesar de latir en el teatro un orden
único, se inaugura en 1847 con una obra romántica por excelencia:
Guzmán el bueno de Gil de Zárate. Su arquitecto, Emilio Jover,
rebasó con el Teatro Principal los modelos que derivaban del Teatro
de Vitoria realizado por Silvestre Pérez, y el orden único
se desarrolla en una forma general en el edificio. Menos rigor arquitectónico
se muestra en la fachada del cercano geográficamente Teatro Principal
de Valencia (acabada en 1854), obra de José Zacarías Camaña,
formado en San Carlos y arquitecto municipal de la ciudad.
En 1848 Josep Roca (1815-1877) proyectó
el entonces teatro de Figueres y actualmente Museo Dalí, de cuyos
orígenes apenas queda una elegante fachada. También
se distinguió por su elegancia el Teatro de Palma de Mallorca, construido
a partir de 1854 por Antoni Sureda (1810-1873). Su fachada fue objeto de
obras al final de siglo, de tal modo que se le añadió un
tercer cuerpo de orden corintio que modificó la originaria armonía
compositiva de Sureda.
Desgraciadamente, otros teatros de la
época isabelina no han llegado hasta nuestros días. Entre
ellos se encontraban el Teatro Viejo de Bilbao, el Teatro de Gijón,
el Nuevo de La Coruña o el Principal de San Sebastián.
Otro tipo de espacio de talante social
se iría a desarrollar en los restantes años del siglo: las
plazas de toros. En Valencia, no obstante, encontramos un ejemplo clasicista
de este tipo de edificios. La plaza de toros de Valencia se concluyó
en 1860. Sebastián Monleón (1815-1875) estableció
en ella un estilo orientado al clasicismo romano. Otras obras importantes
de Monleón se centraron en la planificación del casco urbano
de la ciudad, interviniendo en la ampliación organizada y sistemática
que la ciudad requería. En este mismo empeño urbanístico
intervino también Timoteo Calvo (1800-1879), que se había
encargado, por su parte, de la reforma de la universidad de Valencia. En
este último aspecto, destacó su patio realizado en 1844.
Nos queda, por último, hacer un
breve repaso de la arquitectura oficial, principalmente neoclásica,
de la época isabelina.
Martín de Saracíbar (1804-1891)
planeó la Diputación de Álava, pero su proyecto se
modificó debido a la excesiva prolongación de las obras.
A pesar de estas modificaciones, pervivió en el edificio el
talante neoclásico. La plaza Nueva y la Casa del Ayuntamiento de
Tafalla son obra también de Martín de Saracíbar.
Una obra casi desconocida es la Aduana
o Cuerpo de Guardia de Behobia, en Guipúzcoa, proyectada por Juan
de Angulo. Este edificio muestra una obediencia académica y un rigor
extraños para los años avanzados en que se fecha (1849-1853).
Y parecido talante solemne se observa en el palacio de la Diputación
de Navarra, de 1840, realizado por José Nagusía (1800-1850).
Para finalizar, es necesario decir que
aunque los edificios oficiales mostraban la cara más académica
del último neoclasicismo, hay afortunadas excepciones que
ya mostraban una renovación estilística, como el ayuntamiento
de Gijón. Andrés Coello (1805-1880), creó en él
una elegante fachada que sólo se ve menoscabada por la humildad
de los medios económicos. También el Ayuntamiento de las
Palmas, proyectado por Juan Daura (1791-1844) y continuado por Manuel
Oraá, se aparta de la sobriedad neoclásica.
3.4 La Escuela de Arquitectura.
Ya se ha dicho que la Academia de San
Fernando (y las que la siguieron) hicieron pervivir el gusto neoclásico
hasta mediar el siglo XIX y que cuando la institución académica
entró en crisis, cuando se puso en cuestión el aprendizaje
limitado exclusivamente a los modelos clásicos, fue cuando se propició
una reforma cuyo fruto sería la creación de la Escuela de
Arquitectura.
De este modo, la mayor parte de lo proyectado
a partir de los años sesenta se desvincula del espíritu académico.
Si los modelos de partida son los clásicos, éstos obedecen
a un clasicismo de receta, a veces caprichoso y sin la justificación
moral que la Academia requería. En suma, estos ejemplos reviven
lo clásico, pero como se podría revivir lo gótico
o lo islámico.
La creación de la Escuela de Arquitectura
de Madrid en 1844 supuso un cambio de panorama fundamental en cuanto a
la enseñanza y la titulación legal de los arquitectos. Las
academias existentes eran las únicas instituciones autorizadas para
otorgar títulos con validez total para ejercer la profesión.
La razón de esta función tenía que ver con los principios
de la Academia. Así, como institución ilustrada dentro
del reformismo borbónico, lograría poner fin a la previa
situación gremial. Era difícil acabar con la estructura gremial,
tan afincada en las formas de hacer españolas, y esta labor duró
bastante tiempo. Cuando por fin la estructura docente de la Academia acabó
con las prácticas gremiales, apareció la Escuela de Arquitectura,
con la que la situación de poder en la que la Academia se
había erigido daría fin.
La Academia de San Carlos de Valencia
se vio afectada en primer lugar por la ley del 6 de octubre de 1846. Se
dejaron de expedir títulos de arquitecto y con ello se clausuraba
la anterior etapa. En la Academia de San Carlos se habían formado
numerosos arquitectos en el diseño arquitectónico clásico,
aunque es cierto que ejercieron la profesión muchos menos de los
titulados. El mismo arquitecto municipal de Valencia, José Zacarías
Camaña, autor del Teatro Principal, estaba formado en San Carlos.
El cambio al que obligaba la ley haría que Zacarías perteneciera
a una generación formada de distinta manera a la siguiente, la que
corresponde a la Escuela de Arquitectura. Dada la situación, algunos
arquitectos levantinos se formarían en Madrid y volverían
a su tierra con el título de la capital. Así ocurriría
con Emilio Jover, cuyo padre fue también arquitecto, pero vinculado
a la academia valenciana.
En general, las nuevas ideas y las nuevas
necesidades y gustos burgueses fueron los elementos que obligaron a los
artistas a mirar hacia otros periodos históricos, y en principio
buscaron inspiración en ámbitos medievales y renacentistas.
Despojado ya del espíritu neoclásico,
José Matías Laviña (1796-1868), uno de los profesionales
más destacados de la capital en el periodo isabelino, levantó
a partir de 1851 el palacio de los duques de Granada de Ega. Sus soluciones
derivan ya de formación italianizante, aunque, debido a una
reforma total, la exquisita decoración se hay perdido.

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