| Francisco
Jareño, (1818-1893), salido de la primera promoción de
la Escuela de Arquitectura, construiría en 1857 un pabellón
árabe para la Exposición de Arquitectura de Madrid,
adhiriéndose a la moda historicista y pintoresca de aquellos momentos.
Esto no evitaba, sin embargo, que las referencias para otros edificios
suyos volvieran a concernir al mundo clásico, como ocurrió
con la obra más importante de Jareño, la Biblioteca Nacional,
que fue de los proyectos más ambiciosos del periodo, y cuya terminación
se interna ya en los últimos años del siglo. No le faltaron
a Jareño encargos de envergadura, como el Tribunal de Cuentas, la
Casa de la Moneda, ya desaparecida, o el Teatro Pérez Galdós
de Gran Canaria.
Otro alumno de la Escuela que se incluye
en el panorama arquitectónico de la época es Jerónimo
de la Gándara, autor de importantes teatros. El de la Zarzuela (1861)
no se conserva tal como Jenónimo de la Gándara lo proyectó,
pues las restauraciones que le sobrevinieron alteraron interior y exterior,
suprimiendo las abundantes muestras de elementos germanos que el autor
había incorporado al edificio. Algunos años más tarde
se hizo en Valladolid con el proyecto del Teatro Calderón, uno de
los más grandes de España, y posteriormente con el Lope de
Vega, más pequeño pero elegante. De la Gándara muestra,
como sus contemporáneos, diversidad de referencias en sus ejecuciones,
abandona el cerramiento en un estilo como ocurrió dentro del panorama
neoclásico, y es capaz de tomar como modelo tanto el mundo
germano como el castizo estilo del Palacio de Monterrey de Salamanca. Ésta
fue la más inmediata referencia para su pabellón español
de estilo renacentista dentro de la Exposición Universal de París
de 1867.
Esta misma generación de artistas
tuvo otros destacados miembros, como Juan de Madrazo o Demetrio de los
Ríos, ambos pertenecientes a sagas de destacadas personalidades
de artistas el primero e historiadores el segundo. Ambos cruzaron sus carreras
en varios momentos de su vida, por ejemplo como compañeros
en la Escuela de Arquitectura y en sus intervenciones en la restauración
de la catedral de León. Entre la obra de Juan de Madrazo (1829-1880)
se encuentra un conjunto de proyectos para levantar cárceles provinciales
que conocemos a partir de 1860, la ejecución del palacio de Conde
de Villagonzalo en 1866 y los altares de las catedrales de Oviedo y Málaga.
Aunque también Demetrio de los
Rios se formó en la Escuela, sus primeros pasos profesionales se
localizan en Sevilla, donde ejerció como profesor de la Escuela
de Bellas Artes. El interés histórico de Demetrio de los
Ríos se revela en sus excavaciones arqueológicas en Itálica
y en el proyecto de las fachadas inconclusas de los brazos del crucero
de la catedral de Sevilla. En éste y otros proyectos se puede entrever
su interés por el arte medieval y renacentista. De 1872 data
su traza de ampliación del ayuntamiento plateresco de la capital
hispalense, y en Sanlúcar de Barrameda, imbuido en la arquitectura
musulmana, planeó el palacio del duque de Montpensier. Como veremos
más tarde, su intervención en la restauración de la
Catedral de León en el tercer tercio del siglo (1881-1892) es muy
discutible.
3.5 Los principios del medievalismo
Aunque no se puede hablar del neomedievalismo
en España apropiadamente hasta la llegada de la Restauración
Alfonsina, existen con anterioridad al último tercio del siglo XIX
un conjunto de arquitectura de clara referencia medieval. El interés
neogótico ya era visible, por ejemplo, en el proyecto de la iglesia
de San Luis de los Franceses en Madrid, de Manuel Seco (1857) y en sepulcros,
como el de Fernando VII, en la iglesia de San Jerónimo de Madrid,
por V. Carderera (1833) o el de Martínez de la Rosa en la Catedral
de Barcelona, por M. Garriga (1862). Otros monumentos de carácter
efimero, escenografías, mobiliario y decoraciones interiores, mostraban
ese interés por el universo gótico. Un ejemplo de arquitectura
efímera fue el de los arcos góticos que Gironi levantó
en Madrid con ocasión de las bodas de Isabel II (1846). Los dibujos,
descripciones y grabados de la época muestran un numeroso trabajo
en el que las piezas góticas (como la del Café del Espejo
de Madrid, hacia 1840) gozaban de aceptación.
Sin embargo, en líneas generales
se trataba de un acercamiento al gótico alimentado por la intuición
y la poesía. En pocos casos la verdad histórica o su realidad
constructiva era el punto de partida de las pequeñas experimentaciones.
Las fuentes de inspiración eran a menudo imágenes cercanas
a la ilustración literaria, más que al mundo real. Las portadas
de libros románticos y del Semanario Pintoresco Español o
el Observatorio Pintoresco fueron agudizando el gusto por el estilo que
describía las catedrales góticas de un modo libre, trayendo
nuevos aires al mundo de la encuadernación o al del mobiliario.
En 1839 se empezó a publicar la
obra de Parcerisa y Piferrer Recuerdos y Bellezas de España, que
incluía láminas y textos que representan un primer acercamiento
romántico a nuestros monumentos medievales, como reconocería
la Exposición Universal de París de 1855. La publicación,
como signo de la época, no se libraba de un romanticismo exaltado
y poético en sus estampas. Más rigor histórico presentaba
un texto que se acompañaba de exquisitos grabados monumentales:
Monumentos Arquitectónicos de España (1850), cuya elaboración
estaba muy relacionada con la recientemente creada Escuela de Arquitectura
de Madrid. En esta obra intervenían tres de sus profesores, Aníbal
Álvarez, Jareño y Gándara. Su publicación significó
un paso más en el conocimiento riguroso de la arquitectura medieval.
Los profesores proponían a sus alumnos un “viaje arquitectónico”
con el objeto de recabar datos para la posterior ejecución de una
obra. Por primera vez se midieron y reprodujeron con exactitud nuestros
monumentos, para finalmente lograr una calidad de estampación que
consiguió la admiración en Europa.
Estas circunstancias irían preparando
el terreno a la arquitectura gótica que se desarrollaría
sobre todo después de la revolución de 1868. No obstante,
algunas construcciones arquitectónicas avanzarían ya en este
campo, y lo harían desde la posición de una recuperación
bien entendida arquitectónicamente hablando. La obra póstuma
de Casademunt, el Sagrat Cor de Sarrià, acabada en 1869, mostraba
ya una hermosa realización y exigente con sus referencias góticas.
En Cataluña, José Casademunt
Torrens (1804-1868) jugó un papel fundamental en la introducción
del estudio de los monumentos medievales, en primer lugar por su obra en
Sarrià, y en segundo lugar porque, aun siendo sucesor de Antoni
Celles en las clases de arquitectura de la Lonja, se apartó de su
línea clásica y antiinnovadora. Así, los títulos
de Maestros de Obras que se expedían en la Lonja se adjudicaban
a alumnos que ya no estarían tan constreñidos por el estilo
y la historia clasicista . Además, resultarían ser
los más cercanos a la arquitectura comprometida con la vida cotidiana,
con el gusto por lo gótico y en general por el amor por los monumentos
medievales.
Discípulo de Casademunt fue Elies
Rogent Amat., (1821-1897), titulado en la Escuela de Arquitectura de
Madrid, donde la leyenda dice que quemó públicamente
un Vignola. Unas vez concluidos sus estudios en Madrid en 1849, se trasladó
nuevamente a Barcelona, donde llegaría a ser con los años
director de la Escuela de Maestros de Obras , y más tarde, de la
Escuela Provincial de Arquitectura (1871-1889). En su labor docente, transmitió
su marcada devoción por la arquitectura medieval. En su actividad
profesional también hay huellas de esta tendencia. En 1852 intervino
en la restauración del claustro del monasterio de Sant Cugat del
Vallés y en 1854 en el claustro de Montserrat, salvando a estos
edificios de la ruina. Ya en el último tercio del siglo, concretamente
en 1886, recuperaría un edificio románico del que apenas
quedaban escasos vestigios, Santa María de Ripoll. Otras intervenciones
de Rogent, como en la capilla de Santa Águeda del palacio
de la Corona de Aragón o en la torre de la iglesia parroquial de
Vilafranca del Penedès son menores en comparación con su
obra más importante, la Universidad de Barcelona, que se construyó
entre 1860 y 1871. Su fachada se alimenta de la retórica historicista,
especialmente con influencia medieval. Este mismo sentido historicista
refleja también su proyecto para la Capitanía General de
Barcelona, en el que consta una fachada cuyo referente claro es el de la
arquitectura militar de la Edad Media.
Como puede comprobarse, el acercamiento
al Medievo se realizaba tanto por la recuperación de edificios como
por la construcción de unos nuevos que tomaran como referencia el
mundo medieval. Pero este acercamiento podía corresponder a preceptos
diferentes acerca de lo arquitectónico. El conjunto de documentos
que han llegado hasta nuestros días nos habla de una concepción
de la arquitectura asimilada en primer lugar al sentir patriótico,
en segundo lugar a la religión misma o finalmente al compromiso
consigo misma.
Incluso bien entrado el siglo XX se publicarían
textos que, empeñados por el resurgimiento de la arquitectura nacional,
seguían volviendo su mirada al pasado buscando las bases desde las
que componer esta arquitectura. Este talante, reflejado en Orientaciones
para el resurgimiento de una arquitectura nacional (1915), de Bucabado
y Aníbal González, pondría en evidencia el compromiso
político de esta arquitectura con signos románticos.
Resulta significativo que en las
Exposiciones Universales de la segunda mitad del XIX se reservara una “calle
de las Naciones”, en la que cada país se presentaba con un pabellón
que manifestaría el estilo con el que más se identificaría
su tradición e historia particulares. Aunque no en todos los casos
se exponía una arquitectura con tintes medievalistas, sí
es cierto que la arquitectura ligada a los conceptos de nación,
pueblo y sociedad era la que sostenía la construcción de
las “calles de las Naciones”
Se sucedieron una serie de escritos que
reflexionaban acerca de la arquitectura como expresión más
genuina y profunda de la sociedad. En 1841 Lenormant defendía esta
postura en la Revue Générale d’Architecture, y estos presupuestos
fueron los que José Caveda tomó en su Ensayo Histórico
de la Arquitectura, 1848. El ensayo de Caveda subraya las analogías
existentes “entre las construcciones y la cultura y el espíritu
de los Pueblos” y critica el olvido al que la Academia había relegado
a la cultura medieval, en beneficio de la clásica. Pero en sus reflexiones,
Caveda llega a poner en duda el amor patrio de los escritores y la soberbia
de las naciones que intentaban hacer suyas unas arquitecturas medievales.
Según él, estas construcciones en realidad respondían
a un espíritu cristiano, que subyace en la expresión
y las creencias universales que se ponían de manifiesto en la arquitectura
medieval de toda Europa.
Esta postura no es extraña pues,
aparte de algunas excepciones, en esta recuperación medieval generalizada
la arquitectura estaba volviendo su mirada de modo muy especial a las catedrales
europeas, remedando sus formas o restaurando esos edificios. Por
otra parte, los ecos de espiritualismo cristiano se derivaban del mismo
Chateaubriand, que en 1802 exhortaba a la veneración, conservación
y restauración de los monumentos medievales, los templos de la belleza
moral de la civilización cristiana, enfrentados a la belleza ideal
pagana.
A pesar de la amplia gama de expresiones
arquitectónicas diferentes que se desarrollaron en la Edad Media,
la exquisitez gótica que se encontraba en las catedrales hizo que
otras arquitecturas, como la románica o la bizantina, quedaran un
tanto relegadas de los gustos generales. Esto ocurría con más
fuerza dada la identificación entre arquitectura gótica y
cristianismo. Casi como en una reductora tabla de equivalencias, el arco
apuntado era signo de espiritualidad, tal como se enseñaba
en las clases de Historia de la Arquitectura que Aníbal Álvarez
impartía en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Incluso en el
entorno literario, la obra San Francisco de Asís (1882), de Emilia
Pardo Bazán expondría que “La ojiva posee la gravedad, el
espiritualismo de la teología católica. Es quizás
lo más admirable de las catedrales, la unanimidad del pensamiento
religioso que se manifiesta en sus detalles más nimios”.
Aparte de estos dos conceptos de arquitectura
que se estaban fraguando, hubo otro, el de la arquitectura comprometida
consigo misma. Esta tendencia observaba las arriesgadas soluciones constructivas
del mundo medieval sin asociarlas a proyectos más espirituales,
admiraba las consecuciones arquitectónicas desde sanos principios
de racionalidad y funcionalismo.
Viollet-le-Duc y su escuela estaban detrás
de esta perspectiva. Centenares de discípulos del maestro en Europa
usaban como biblia su Dictionaire Raisoné de l’Architecture,
un brillantísimo monumento literario y técnico referente
a la Edad Media.
Todas estas circunstancias confluyen para
que en el segundo tercio de siglo se esté fraguando un verdadero
renacimiento de la arquitectura medieval, tanto en sus vertientes cristianas
como musulmanas, interpretadas unas veces desde la óptica de historicismo
arqueológico, otras desde el espíritu romántico, otras
desde el racionalismo más exigentes, y toda Europa conocerá
una moda por lo gótico de verdadera importancia, que llegará
hasta los primeros años del siglo XX.
Aparte de estar gestándose un interés
por la arquitectura cristiana medieval, paralelamente, el mundo musulmán
se iba convirtiendo en el romanticismo europeo en una sólida fuente
de inspiración. En literatura, en música o en pintura, el
exotismo oriental plagaba numerosas expresiones que hicieron de él
una de las vetas más fértiles del romanticismo.
En el terreno arquitectónico, la
Alhambra, más que la Mezquita de Córdoba u otros monumentos
de Sevilla o Toledo, se convirtió en una referencia imprescindible
en innumerables dibujos y otros documentos que publicarían los Murphy,
Laborde, Ford, Lewis y otros.
Se trata de un fenómeno que rebasa
nuestras fronteras y el tercio de siglo que ahora analizamos. Arquitecturas
árabes se encontrarán en Inglaterra, Francia, Alemania e
Italia, aunque los monumentos afectados por esta moda estarán englobados
preferentemente en una arquitectura menor: alguna villa suburbana, quioscos,
baños, pabellones de caza, etc.
Si bien lo más notable de esta
arquitectura se realizará durante el periodo de Alfonso XII, en
el reinado isabelino comenzaron una serie de experiencias de interior que
obedecieron al capricho de construir lo que se dio en llamar salones arabescos.
Estas estancias estaban incluso en la residencia de la reina. Isabel II
hizo construir un Gabinete árabe o Salón de Fumar en
el Palacio de Aranjuez (1848), aunque inicialmente se pensó para
el Palacio Real de Madrid. Rafael Contreras, que estaba a cargo de la restauración
de la Alhambra, fue el encargado de realizarlo. Otro salón
árabe encontramos en el Palacio de Vista Alegre de Madrid, que primero
fue de la reina Cristina y más tarde del Marqués de Salamanca.
Esos interiores árabes eran muy
admirados por la burguesía. La literatura había localizado
en aquellos espacios numerosas leyendas y descripciones, y curiosamente
algunas estancias de la Alhambra tomaron su nombre de aquellas dadas por
los literatos. En las casas y palacetes de la época isabelina, las
estancias árabes eran objeto de admiración por parte de los
asistentes a tertulias y salones.
El banquero industrial José Xifré
Downing encargó al arquitecto francés Boeswillwald la realización
de un palacio en Madrid. En la capital se pudo encontrar el máximo
exponente de la ornamentación arábiga de moda. Los diseños
se hicieron a partir de 1862, desde París. A los elementos constructivos
se añadieron objetos de mobiliario y otros ornamentos de inspiración
árabe, consiguiendo un interior caprichoso y pintoresco. En la ejecución
de este palacete se mostró la labor erudita y minuciosa del autor.
La construcción se llevó a cabo en los últimos años
del periodo que analizamos, entre 1862 y 1865, y los elementos añadidos
para su decoración fueron conseguidos en un viaje a Oriente para
que ésta fuera la mejor estancia neoislámica de este periodo
en España.
También el neomudéjar se
estaba fraguando. Amador de los Ríos leería un discurso en
la Academia sobre el estilo mudéjar en arquitectura, y éste
fue el punto de partida de un revival que daría buenos frutos en
la arquitectura española. Amador de los Ríos estableció
desde un punto de vista histórico una serie de valores formales
que harían que ya pudiera diferenciarse la arquitectura mudéjar
de otras contemporáneas. Pero aunque los ejemplos de arquitectura
neomudéjar más sobresalientes se encontrarían en los
años de la Restauración Alfonsina, en el límite de
los dos últimos tercios de siglo, en 1866, el arquitecto municipal
Fenech vería cómo se inauguraba la plaza de toros de Toledo,
una obra en la que mostraba soluciones mudéjares que tenían
continuidad con el carácter de la ciudad. Más tarde Toledo
viviría otras altas cotas de neomudejarismo, que llegaría
a su culmen en su estación de ferrocarril. De una u otra manera,
una plaza de toros hoy desaparecida, la creada por Rodríguez Ayuso
en Madrid en 1874, serviría de modelo para otras plazas de toros
posteriores de España y Portugal.

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