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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX. 4/4
Por Inmaculada Rodríguez Cunill
ISBN- 84-9714-009-5
 

3.6 La arquitectura restaurada

La restauración de la Alhambra parecía a mediados de siglo una labor urgente. La situación a la que había llegado este edificio era bastante deplorable. Las voladuras efectuadas por las tropas francesas, la actuación vandálica y desaprensiva y la erosión hacían que su situación fuera crítica. Del algún modo la moda romántica que aludía al oriente, como los Cuentos de la Alhambra de Irving (1832) contribuyó a que se le aplicase una restauración temprana, si la comparamos con la actuación en otros edificios cristianos. 

Rafael Contreras, autor del Gabinete Árabe de Isabel II, estuvo vinculado a los trabajos de la restauración de la Alhambra durante mucho tiempo, de 1845 a 1890. Los descubrimientos y mejoras que se realizaron en el conjunto tenían el signo del romanticismo. Se introdujeron formas nuevas, a veces con rico colorido, como el Baño Real, que aún luce este aspecto porque no se practicaron más tarde otras reformas.

Con la restauración de la Alhambra se pusieron en práctica las soluciones a las inquietudes acerca de la conservación de nuestro patrimonio. Las primeras normativas acerca de cómo restaurar y conservar los monumentos antiguos datan de 1803, y eran fruto de la tutela ejercida por la Real Academia de Historia. A partir de 1840 velaría por la restauración y conservación del  patrimonio una institución paralela, la Real Academia de Bellas Artes. La Historia y el Arte serían los dos criterios principales a la hora de defender argumentos para defender los monumentos de su ruina. 

No obstante, también se creó una Comisión Central de Monumentos en 1844, siguiendo la línea de las instituciones que se iban creando en Francia. En Francia, a raíz de la revolución de 1789, se habían ido sucediendo derribos y destrucciones que alarmaron lo suficiente como para crear unas instituciones que protegieran los edificios de las desavenencias políticas y sociales, y en España se imitaron los criterios y mecanismos de los franceses. 

El caso español había sido bastante destructivo con nuestras edificaciones. La invasión francesa había provocado una destrucción y un vandalismo generalizados; el proceso desamortizador durante Mendizábal, la regencia de Espartero y Madoz  coincidieron con una época del romanticismo en el que los intelectuales estaban reivindicando la importancia de nuestra arquitectura medieval. Todas estas circunstancias llevaron a la redacción de textos legislativos claves en nuestra arquitectura. En dos Reales Órdenes de 1850  se prohibía derribar o alterar los edificios de interés artístico y se hacía especial hincapié en respetar el pensamiento primitivo en el que esos edificios habían sido construidos. Si había que hacer renovaciones, se instaba a que las partes antiguas y las modernas se asemejaran y parecieran de una misma época. Estos principios unificadores, a pesar de tratarse de construcciones cronológicamente distanciadas, obedecían a la filosofía restauradora de Viollet-le-Duc. Los edificios debían ser catalogados de interés histórico o artístico, se potenciaba su conservación y consolidación, pero se instaba a restaurar lo estrictamente indispensable y, sobre todo, dejando con un aspecto reconocible las distintas adiciones. De modo que por un lado se cuidaba el conjunto y se completaba, pero por otro se diferenciaban las partes distantes cronológicamente hablando. 

Este último criterio daba rigor científico a una restauración que con anterioridad daba la máxima libertad al arquitecto restaurador, en un espíritu muy romántico, pero poco científico. Respetar la historia formal del edificio ya no era suficiente. Se impuso a partir de 1850 la necesidad de salvaguardar la arquitectura a través de la Historia, y no inventarse un estado original del edificio que produjera en los observadores la imagen prístina de aquella lejana época. No cabían espejismos en la intención científica de los que serían los nuevos restauradores. 

Estas cuestiones reflejan lo que hace de especial a la restauración arquitectónica del siglo XIX. En las órdenes de 1850 se trataba de evitar algo que había sucedido con  demasiada frecuencia: al tiempo en que se habían atendido obras dañadas, también se habían incorporado a muchos edificios criterios hijos de su época. Pero la conciencia de que se estaban restaurando monumentos de carácter histórico hicieron cambiar el panorama. Ya no sólo servían los criterios funcionales de antaño. Había una riqueza monumental que debía pervivir, y además con su matiz histórico, no el de la óptica de la contemporaneidad. Por primera vez en las intervenciones de los edificios se iban a tener en cuenta aspectos legales, teóricos y prácticos simultáneamente, forzando la teoría a la práctica y viceversa, y ambas enmarcadas en unas disposiciones legales que provenían de esa misma teoría y esa misma práctica. La función no sería ya el objetivo, sino la pervivencia de la historia. Y el valor histórico iba a depender de la antigüedad del edificio y de la belleza que encerraba. 

El caso de la Catedral del León muestra estas evoluciones del pensamiento restaurador de la época. Fue un edificio-laboratorio, en el sentido de que durante un largo periodo sirvió de banco de pruebas para estas teorías restauradoras. De hecho, es el edificio más larga y profundamente restaurado de Europa. La Catedral de León se representa a sí misma, como hija del siglo XIII, pero también al siglo XIX, con las distintas intervenciones de Laviña, Callejo, Juan de Madrazo y Demetrio de los Ríos. Fue el primer monumento nacional declarado como tal en 1844. La filosofía de Viollet-le-Duc subyace a muchas de las intervenciones que se hicieron en la catedral, especialmente la de Juan de Madrazo, y Demetrio de los Ríos. Este último llegó a alterar de un modo lamentable el edificio, y en 1901, cuando se abrió el templo al culto, mostraba su orgullo por haber devuelto el monumento a su estado original, con una renovación material y formal en la que no había un decímetro que se hubiera librado de la labor del cincel. De ahí esa joven apariencia que se observa en la catedral, en la que se introdujeron nuevos diseños y formas decorativas de talante francés. Así, el edificio se vincularía con el carácter vecino tanto desde el siglo XIII como desde el XIX. 

Desgraciadamente, otra moda se puso en práctica en el edificio, la de aislarlo de otras construcciones colindantes. De este modo, se perdieron varias dependencias y la puerta del obispo abierta en la muralla, que conectaba la Catedral con el Palacio Episcopal. 

A lo largo del siglo se realizarían otras importantes restauraciones en monasterios y parroquias, que harían que desde nuestra mirada del siglo XXI se pudiera equivocar su datación. Ya no se trata, a pesar de la fecha de su construcción primigenia, de edificios exclusivamente medievales. No pueden interpretarse ya solamente desde estos cánones, sin atender a modificaciones como las de Callejo, Miranda o Repullés. 

Afortunadamente, algunos arquitectos restauradores consiguieron salvar edificios que de no haber actuado ellos, estarían hoy desaparecidos. Las de Santa María de Ripoll y el claustro de Montserrat fueron dos intervenciones loables de Elías Rogent, que salvó estas construcciones de la ruina. A ellas aludimos con anterioridad en el epígrafe dedicado a los principios del medievalismo. Su amor por la Edad Media se vio reflejado en una obra tan minuciosa como respetuosa con el sentir histórico.

3.7 Los primeros trabajos en hierro

Las primeras experiencias arquitectónicas en hierro se localizan en el periodo isabelino. No obstante, no se puede olvidar que con anterioridad Juan de Villanueva había utilizado tirantes de este metal en algunas de sus construcciones. Pero se trata de un hecho aislado que no corresponde cronológicamente a su introducción generalizada como material de partida para la génesis de un proyecto. 

Las obras públicas se habían reactivado en el periodo isabelino, y esto originó la realización de algunas experiencias en hierro, como puentes y mercados, de los que se dieron numerosos ejemplos en nuestra geografía. La utilización del hierro venía asociada a una idea de progreso que se estaba haciendo obsesiva en nuestro país. Pero, al tratarse de una arquitectura importada, sus artífices difícilmente fueron españoles, sino franceses o ingleses. En un principio, tampoco se aprovecharon los materiales de construcción que podían elaborarse en nuestra geografía. El retraso de España en cuanto a la limitada industria siderúrgica y los problemas de importación causados por las guerras carlistas hicieron en muchos casos inviable la posibilidad de utilizar material del país. 

Al menos, algunas casas constructoras miraron a nuestra geografía, evitando la total dependencia del exterior en cuanto a materiales y a técnicos. Entre ellas se encontraban la Maquinista Terrestre en Barcelona o en Bilbao, la casa Sorroza. No obstante, puede afirmarse que esta dependencia fue generalizada en este primer momento isabelino, a pesar de la existencia de figuras relevantes en ingeniería en nuestro país, como Eduardo Saavedra. Saavedra fue autor de un texto básico en la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, una Teoría de los puentes colgados. También tradujo las investigaciones de Fairbairn sobre la aplicación del hierro fundido y forjado a la construcción, autor imprescindible en la Europa de estos años.

Estas publicaciones eran necesarias en el panorama nacional. España estaba verdaderamente deslumbrada por la arquitectura que los poderes públicos realizaron en París  durante el Segundo Imperio Napoleónico, como el Louvre o el Teatro de la Ópera. La burguesía iba demandando también estos modelos arquitectónicos, hecho que continuaría incluso acabado este segundo tercio de siglo. Los grabados que circulaban por nuestro país daban un testimonio que se aprovecharía para estas construcciones burguesas, como los desaparecidos palacios de Uceda o de Portugalete. 

Un episodio fundamental de estas construcciones corresponde al de una serie de puentes colgantes, ya desaparecidos, que compañías francesas construyeron en nuestro país entre 1840 y 1850. La presencia en Madrid de la empresa de Jules Seguin (la Sociedad de puentes colgantes) desde 1840 fue el punto de partida de estas construcciones. En la zona madrileña se construyeron  enseguida los puentes de Fuentidueña de Tajo (1842) y el de Arganda (1843). Cuatro años más tarde a la llegada de la empresa de Seguin a Madrid se inauguraba otra de sus obras, la del puente de Santa Isabel sobre el río Gállego, cerca de Zaragoza. Aquí, como en otros puentes, se utilizó un mismo modelo que constaba de un tablero de madera colgado de cables  y varillas verticales de hierro, conjunto que era sostenido por cuatro soportes movibles de hierro colado. 

Había que pagar el derecho para pasar por los puentes, de modo que a las entradas y salidas del puente se añadían  unas garitas  donde se recaudaba el dinero. En España sólo tenemos fotografías de estos viejos puentes, pero en Francia se conserva aún uno, de la misma empresa de Jules Seguin, que cuelga sobre el Ródano a su paso por Tournon y que data de 1825. 

La fragilidad de estos puentes hacía que necesitaran continuo mantenimiento, por lo que, una vez construida la obra debía quedarse en el lugar un encargado que supervisara su buen estado. Así ocurrió con el ingeniero Lamartiniere, de la casa Seguin. Del puente de Zaragoza, por ejemplo, hubo que hacerse cargo cuando éste se hundió en 1849. En esta fecha temprana, de los diez puentes colgantes construidos  en España, dos amenazaban ruina y tres se habían hundido. Esta evidente fragilidad llevó de nuevo a pensar en la posibilidad de volver a los puentes rígidos. En estas circunstancias se construyeron el puente de Triana de Sevilla y el de Valladolid sobre el Pisuerga, mal llamado puente colgante. 

El neoclásico Silvestre Pérez vio rechazado su proyecto sobre el Guadalquivir en 1824 cuando el ayuntamiento de Sevilla quiso seguir la línea de Inglaterra y Francia de realizar estas construcciones en hierro. El puente que finalmente se realizó fue bautizado con el nombre de Isabel II, y su construcción duró de 1840 a 1850. Sus autores, los franceses Gustave Steinacher y Fernand Bernardet partieron del modelo del desaparecido puente del Carrousel sobre el Sena, obra fechada en 1834, y cuyo proyecto se debió al ingeniero Polonceau. En 1839, Polonceau  publicó los  detalles constructivos de dicho puente, y sus dibujos fueron recogidos a su vez por los tratados de construcción más relevantes de la época. De este modo, los autores del puente de Triana pudieron conocer los aspectos más complejos del puente, como su sistema de arcos, sus dimensiones, sus estribos, etc., y literalmente repitieron el proyecto para la capital hispalense, que fue ejecutado entre 1845 y 1852. Se asienta sobre cuatro pilares, dos en las orillas y los otros dos en el mismo lecho del río, formando tres espaciosos arcos de hierro. La importancia de su construcción radica no sólo en ser una réplica fidedigna del puente de Carrousel, sino también en ser el puente de hierro más antiguo de España y en que, curiosamente se utilizaron materiales fundidos de la propia ciudad de Sevilla, de los talleres de Narciso Bonaplata. 

Los Bonaplata fueron una familia empeñada en intentar una particular revolución industrial desde los años de Fernando VII, tanto en Barcelona, en Madrid, como en Sevilla. Obsesionados por que nos liberáramos de la dependencia económica y tecnológica del exterior, José, Ramón y Narciso Bonaplata fueron unos auténticos pioneros en la temprana fabricación de máquinas de hilados, motores hidráulicos, máquinas de vapor, prensas, laminadoras, vigas y otros elementos que llevaran a un desarrollo en la agricultura, la industria, la construcción, transportes y otros campos de relevante importancia económica. 

El que el puente de Triana fuera construido con materiales nacionales suponía un hito y una excepción en el panorama económico de España. 

El mal llamado puente colgante de Valladolid en realidad no pende de cables, sino que se apoya en pilares ubicados en su orilla. Su realización se localiza en Birmingham, y fue inaugurado en 1865. Su ingeniería fue cambiada en su mismo proyecto. Se pensó primero en un sistema inventado por el ingeniero francés Vergniais porque ofrecía solidez en su estructura, y era algo que, dada la experiencia con otros puentes hundidos o arruinados, eliminaba riesgos. Sin embargo, cuando en la Exposición Universal de París de 1855 el constructor e ingeniero inglés I.K. Brunel presentó un sistema conocido por bow-string, el ayuntamiento de Valladolid cambió de idea y encargó a una compañía de Birmingham uno de aquellos puentes, que fue montado por dos ingenieros españoles, Campuzano y Borregón.

El puente de Valladolid consta de un solo vano de 65 metros de longitud. Resulta ser una obra de ingeniería excepcional, en la que predomina un carácter estrictamente funcional y se huye de elementos decorativos, como ocurría en puentes contemporáneos lejanos a poblaciones. Su lenguaje corresponde al de una revolución industrial del exterior, y sus materiales tampoco son auctóctonos, a pesar de los esfuerzos de los Bonaplata de Sevilla.

Aparte de otros puentes de notoria estructura, como los de San Francisco y del Arenal, en Bilbao, también se realizaron otros proyectos relacionados con la red ferroviaria, para la que vinieron ingenieros de la escuela francesa de Ponts et Chaussées. Un grupo de éstos se hizo responsable del trazado y construcción de la línea Madrid-Irún, inaugurada en 1864. Para ello realizaron viaductos y túneles con gran respeto hacia el paisaje, transformándolo apenas, y haciendo que el invento del ferrocarril interactuara suavemente con el entorno. En esta primera etapa destaca el magnífico viaducto de Ormáiztegui (Guipuzcoa).

En la época isabelina también se realizaron en hierro y cristal  interesantes marquesinas para el ferrocarril, como en la Estación del Norte de Barcelona, cuyo autor fue el ingeniero Pedro de Andrés. A ello hay que añadir una serie de mercados que utilizarían también las artes del hierro, sobre todo cuando la construcción del mercado parisino de Les Halles provocó la admiración de numerosos municipios.  A partir de 1854 comenzarían a edificarse en España muchos mercados públicos que concentrarían los puntos de venta. En el Madrid de 1868 Manuel Calvo y Pereira comenzaría a proyectar los mercados de la Cebada y de los Mostenses, utilizando materiales de hierro fundido que venían, indefectiblemente, de París. 
 

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