| 3.6
La arquitectura restaurada
La restauración de la Alhambra
parecía a mediados de siglo una labor urgente. La situación
a la que había llegado este edificio era bastante deplorable. Las
voladuras efectuadas por las tropas francesas, la actuación vandálica
y desaprensiva y la erosión hacían que su situación
fuera crítica. Del algún modo la moda romántica que
aludía al oriente, como los Cuentos
de la Alhambra de Irving (1832) contribuyó a que se le aplicase
una restauración temprana, si la comparamos con la actuación
en otros edificios cristianos.
Rafael Contreras, autor del Gabinete Árabe
de Isabel II, estuvo vinculado a los trabajos de la restauración
de la Alhambra durante mucho tiempo, de 1845 a 1890. Los descubrimientos
y mejoras que se realizaron en el conjunto tenían el signo del romanticismo.
Se introdujeron formas nuevas, a veces con rico colorido, como el Baño
Real, que aún luce este aspecto porque no se practicaron más
tarde otras reformas.
Con la restauración de la Alhambra
se pusieron en práctica las soluciones a las inquietudes acerca
de la conservación de nuestro patrimonio. Las primeras normativas
acerca de cómo restaurar y conservar los monumentos antiguos datan
de 1803, y eran fruto de la tutela ejercida por la Real Academia de Historia.
A partir de 1840 velaría por la restauración y conservación
del patrimonio una institución paralela, la Real Academia
de Bellas Artes. La Historia y el Arte serían los dos criterios
principales a la hora de defender argumentos para defender los monumentos
de su ruina.
No obstante, también se creó
una Comisión Central de Monumentos en 1844, siguiendo la línea
de las instituciones que se iban creando en Francia. En Francia, a raíz
de la revolución de 1789, se habían ido sucediendo derribos
y destrucciones que alarmaron lo suficiente como para crear unas instituciones
que protegieran los edificios de las desavenencias políticas y sociales,
y en España se imitaron los criterios y mecanismos de los franceses.
El caso español había sido
bastante destructivo con nuestras edificaciones. La invasión francesa
había provocado una destrucción y un vandalismo generalizados;
el proceso desamortizador durante Mendizábal, la regencia de Espartero
y Madoz coincidieron con una época del romanticismo en el
que los intelectuales estaban reivindicando la importancia de nuestra arquitectura
medieval. Todas estas circunstancias llevaron a la redacción de
textos legislativos claves en nuestra arquitectura. En dos Reales Órdenes
de 1850 se prohibía derribar o alterar los edificios de interés
artístico y se hacía especial hincapié en respetar
el pensamiento primitivo en el que esos edificios habían sido construidos.
Si había que hacer renovaciones, se instaba a que las partes antiguas
y las modernas se asemejaran y parecieran de una misma época. Estos
principios unificadores, a pesar de tratarse de construcciones cronológicamente
distanciadas, obedecían a la filosofía restauradora de Viollet-le-Duc.
Los edificios debían ser catalogados de interés histórico
o artístico, se potenciaba su conservación y consolidación,
pero se instaba a restaurar lo estrictamente indispensable y, sobre todo,
dejando con un aspecto reconocible las distintas adiciones. De modo que
por un lado se cuidaba el conjunto y se completaba, pero por otro se diferenciaban
las partes distantes cronológicamente hablando.
Este último criterio daba rigor
científico a una restauración que con anterioridad daba la
máxima libertad al arquitecto restaurador, en un espíritu
muy romántico, pero poco científico. Respetar la historia
formal del edificio ya no era suficiente. Se impuso a partir de 1850 la
necesidad de salvaguardar la arquitectura a través de la Historia,
y no inventarse un estado original del edificio que produjera en los observadores
la imagen prístina de aquella lejana época. No cabían
espejismos en la intención científica de los que serían
los nuevos restauradores.
Estas cuestiones reflejan lo que hace
de especial a la restauración arquitectónica del siglo XIX.
En las órdenes de 1850 se trataba de evitar algo que había
sucedido con demasiada frecuencia: al tiempo en que se habían
atendido obras dañadas, también se habían incorporado
a muchos edificios criterios hijos de su época. Pero la conciencia
de que se estaban restaurando monumentos de carácter histórico
hicieron cambiar el panorama. Ya no sólo servían los criterios
funcionales de antaño. Había una riqueza monumental que debía
pervivir, y además con su matiz histórico, no el de la óptica
de la contemporaneidad. Por primera vez en las intervenciones de los edificios
se iban a tener en cuenta aspectos legales, teóricos y prácticos
simultáneamente, forzando la teoría a la práctica
y viceversa, y ambas enmarcadas en unas disposiciones legales que provenían
de esa misma teoría y esa misma práctica. La función
no sería ya el objetivo, sino la pervivencia de la historia. Y el
valor histórico iba a depender de la antigüedad del edificio
y de la belleza que encerraba.
El caso de la Catedral del León
muestra estas evoluciones del pensamiento restaurador de la época.
Fue un edificio-laboratorio, en el sentido de que durante un largo periodo
sirvió de banco de pruebas para estas teorías restauradoras.
De hecho, es el edificio más larga y profundamente restaurado de
Europa. La Catedral de León se representa a sí misma, como
hija del siglo XIII, pero también al siglo XIX, con las distintas
intervenciones de Laviña, Callejo, Juan de Madrazo y Demetrio de
los Ríos. Fue el primer monumento nacional declarado como tal en
1844. La filosofía de Viollet-le-Duc subyace a muchas de las intervenciones
que se hicieron en la catedral, especialmente la de Juan de Madrazo, y
Demetrio de los Ríos. Este último llegó a alterar
de un modo lamentable el edificio, y en 1901, cuando se abrió el
templo al culto, mostraba su orgullo por haber devuelto el monumento a
su estado original, con una renovación material y formal en la que
no había un decímetro que se hubiera librado de la labor
del cincel. De ahí esa joven apariencia que se observa en la catedral,
en la que se introdujeron nuevos diseños y formas decorativas de
talante francés. Así, el edificio se vincularía con
el carácter vecino tanto desde el siglo XIII como desde el XIX.
Desgraciadamente, otra moda se puso en
práctica en el edificio, la de aislarlo de otras construcciones
colindantes. De este modo, se perdieron varias dependencias y la puerta
del obispo abierta en la muralla, que conectaba la Catedral con el Palacio
Episcopal.
A lo largo del siglo se realizarían
otras importantes restauraciones en monasterios y parroquias, que harían
que desde nuestra mirada del siglo XXI se pudiera equivocar su datación.
Ya no se trata, a pesar de la fecha de su construcción primigenia,
de edificios exclusivamente medievales. No pueden interpretarse ya solamente
desde estos cánones, sin atender a modificaciones como las de Callejo,
Miranda o Repullés.
Afortunadamente, algunos arquitectos restauradores
consiguieron salvar edificios que de no haber actuado ellos, estarían
hoy desaparecidos. Las de Santa María de Ripoll y el claustro de
Montserrat fueron dos intervenciones loables de Elías Rogent, que
salvó estas construcciones de la ruina. A ellas aludimos con anterioridad
en el epígrafe dedicado a los principios del medievalismo. Su amor
por la Edad Media se vio reflejado en una obra tan minuciosa como respetuosa
con el sentir histórico.
3.7 Los primeros trabajos en hierro
Las primeras experiencias arquitectónicas
en hierro se localizan en el periodo isabelino. No obstante, no se puede
olvidar que con anterioridad Juan de Villanueva había utilizado
tirantes de este metal en algunas de sus construcciones. Pero se trata
de un hecho aislado que no corresponde cronológicamente a su introducción
generalizada como material de partida para la génesis de un proyecto.
Las obras públicas se habían
reactivado en el periodo isabelino, y esto originó la realización
de algunas experiencias en hierro, como puentes y mercados, de los que
se dieron numerosos ejemplos en nuestra geografía. La utilización
del hierro venía asociada a una idea de progreso que se estaba haciendo
obsesiva en nuestro país. Pero, al tratarse de una arquitectura
importada, sus artífices difícilmente fueron españoles,
sino franceses o ingleses. En un principio, tampoco se aprovecharon los
materiales de construcción que podían elaborarse en nuestra
geografía. El retraso de España en cuanto a la limitada industria
siderúrgica y los problemas de importación causados por las
guerras carlistas hicieron en muchos casos inviable la posibilidad de utilizar
material del país.
Al menos, algunas casas constructoras
miraron a nuestra geografía, evitando la total dependencia del exterior
en cuanto a materiales y a técnicos. Entre ellas se encontraban
la Maquinista Terrestre en Barcelona o en Bilbao, la casa Sorroza. No obstante,
puede afirmarse que esta dependencia fue generalizada en este primer momento
isabelino, a pesar de la existencia de figuras relevantes en ingeniería
en nuestro país, como Eduardo Saavedra. Saavedra fue autor de un
texto básico en la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos, una
Teoría de los puentes colgados. También tradujo las investigaciones
de Fairbairn sobre la aplicación del hierro fundido y forjado a
la construcción, autor imprescindible en la Europa de estos años.
Estas publicaciones eran necesarias en
el panorama nacional. España estaba verdaderamente deslumbrada por
la arquitectura que los poderes públicos realizaron en París
durante el Segundo Imperio Napoleónico, como el Louvre o el Teatro
de la Ópera. La burguesía iba demandando también estos
modelos arquitectónicos, hecho que continuaría incluso acabado
este segundo tercio de siglo. Los grabados que circulaban por nuestro país
daban un testimonio que se aprovecharía para estas construcciones
burguesas, como los desaparecidos palacios de Uceda o de Portugalete.
Un episodio fundamental de estas construcciones
corresponde al de una serie de puentes colgantes, ya desaparecidos, que
compañías francesas construyeron en nuestro país entre
1840 y 1850. La presencia en Madrid de la empresa de Jules Seguin (la Sociedad
de puentes colgantes) desde 1840 fue el punto de partida de estas construcciones.
En la zona madrileña se construyeron enseguida los puentes
de Fuentidueña de Tajo (1842) y el de Arganda (1843). Cuatro años
más tarde a la llegada de la empresa de Seguin a Madrid se inauguraba
otra de sus obras, la del puente de Santa Isabel sobre el río Gállego,
cerca de Zaragoza. Aquí, como en otros puentes, se utilizó
un mismo modelo que constaba de un tablero de madera colgado de cables
y varillas verticales de hierro, conjunto que era sostenido por cuatro
soportes movibles de hierro colado.
Había que pagar el derecho para
pasar por los puentes, de modo que a las entradas y salidas del puente
se añadían unas garitas donde se recaudaba el
dinero. En España sólo tenemos fotografías de estos
viejos puentes, pero en Francia se conserva aún uno, de la misma
empresa de Jules Seguin, que cuelga sobre el Ródano a su paso por
Tournon y que data de 1825.
La fragilidad de estos puentes hacía
que necesitaran continuo mantenimiento, por lo que, una vez construida
la obra debía quedarse en el lugar un encargado que supervisara
su buen estado. Así ocurrió con el ingeniero Lamartiniere,
de la casa Seguin. Del puente de Zaragoza, por ejemplo, hubo que hacerse
cargo cuando éste se hundió en 1849. En esta fecha temprana,
de los diez puentes colgantes construidos en España, dos amenazaban
ruina y tres se habían hundido. Esta evidente fragilidad llevó
de nuevo a pensar en la posibilidad de volver a los puentes rígidos.
En estas circunstancias se construyeron el puente de Triana de Sevilla
y el de Valladolid sobre el Pisuerga, mal llamado puente colgante.
El neoclásico
Silvestre Pérez vio rechazado su proyecto sobre el Guadalquivir
en 1824 cuando el ayuntamiento de Sevilla quiso seguir la línea
de Inglaterra y Francia de realizar estas construcciones en hierro. El
puente que finalmente se realizó fue bautizado con el nombre de
Isabel II, y su construcción duró de 1840 a 1850. Sus autores,
los franceses Gustave Steinacher y Fernand Bernardet partieron del modelo
del desaparecido puente del Carrousel sobre el Sena, obra fechada en 1834,
y cuyo proyecto se debió al ingeniero Polonceau. En 1839, Polonceau
publicó los detalles constructivos de dicho puente, y sus
dibujos fueron recogidos a su vez por los tratados de construcción
más relevantes de la época. De este modo, los autores del
puente de Triana pudieron conocer los aspectos más complejos del
puente, como su sistema de arcos, sus dimensiones, sus estribos, etc.,
y literalmente repitieron el proyecto para la capital hispalense, que fue
ejecutado entre 1845 y 1852. Se asienta sobre cuatro pilares, dos en las
orillas y los otros dos en el mismo lecho del río, formando tres
espaciosos arcos de hierro. La importancia de su construcción radica
no sólo en ser una réplica fidedigna del puente de Carrousel,
sino también en ser el puente de hierro más antiguo de España
y en que, curiosamente se utilizaron materiales fundidos de la propia ciudad
de Sevilla, de los talleres de Narciso Bonaplata.
Los Bonaplata fueron una familia empeñada
en intentar una particular revolución industrial desde los años
de Fernando VII, tanto en Barcelona, en Madrid, como en Sevilla. Obsesionados
por que nos liberáramos de la dependencia económica y tecnológica
del exterior, José, Ramón y Narciso Bonaplata fueron unos
auténticos pioneros en la temprana fabricación de máquinas
de hilados, motores hidráulicos, máquinas de vapor, prensas,
laminadoras, vigas y otros elementos que llevaran a un desarrollo en la
agricultura, la industria, la construcción, transportes y otros
campos de relevante importancia económica.
El que el puente de Triana fuera construido
con materiales nacionales suponía un hito y una excepción
en el panorama económico de España.
El mal llamado puente colgante de Valladolid
en realidad no pende de cables, sino que se apoya en pilares ubicados en
su orilla. Su realización se localiza en Birmingham, y fue inaugurado
en 1865. Su ingeniería fue cambiada en su mismo proyecto. Se pensó
primero en un sistema inventado por el ingeniero francés Vergniais
porque ofrecía solidez en su estructura, y era algo que, dada la
experiencia con otros puentes hundidos o arruinados, eliminaba riesgos.
Sin embargo, cuando en la Exposición Universal de París de
1855 el constructor e ingeniero inglés I.K. Brunel presentó
un sistema conocido por bow-string, el ayuntamiento de Valladolid cambió
de idea y encargó a una compañía de Birmingham uno
de aquellos puentes, que fue montado por dos ingenieros españoles,
Campuzano y Borregón.
El puente de Valladolid consta de un solo
vano de 65 metros de longitud. Resulta ser una obra de ingeniería
excepcional, en la que predomina un carácter estrictamente funcional
y se huye de elementos decorativos, como ocurría en puentes contemporáneos
lejanos a poblaciones. Su lenguaje corresponde al de una revolución
industrial del exterior, y sus materiales tampoco son auctóctonos,
a pesar de los esfuerzos de los Bonaplata de Sevilla.
Aparte de otros puentes de notoria estructura,
como los de San Francisco y del Arenal, en Bilbao, también se realizaron
otros proyectos relacionados con la red ferroviaria, para la que vinieron
ingenieros de la escuela francesa de Ponts et Chaussées. Un grupo
de éstos se hizo responsable del trazado y construcción de
la línea Madrid-Irún, inaugurada en 1864. Para ello realizaron
viaductos y túneles con gran respeto hacia el paisaje, transformándolo
apenas, y haciendo que el invento del ferrocarril interactuara suavemente
con el entorno. En esta primera etapa destaca el magnífico viaducto
de Ormáiztegui (Guipuzcoa).
En la época isabelina también
se realizaron en hierro y cristal interesantes marquesinas para el
ferrocarril, como en la Estación del Norte de Barcelona, cuyo autor
fue el ingeniero Pedro de Andrés. A ello hay que añadir una
serie de mercados que utilizarían también las artes del hierro,
sobre todo cuando la construcción del mercado parisino de Les Halles
provocó la admiración de numerosos municipios. A partir
de 1854 comenzarían a edificarse en España muchos mercados
públicos que concentrarían los puntos de venta. En el Madrid
de 1868 Manuel Calvo y Pereira comenzaría a proyectar los mercados
de la Cebada y de los Mostenses, utilizando materiales de hierro fundido
que venían, indefectiblemente, de París.
BIOGRAFÍAS

|