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ARQUITECTURA DEL ÚLTIMO TERCIO DE SIGLO
4.1 La recuperación de una estética
medieval y su plasmación arquitectónica.
Las obras más sobresalientes de
nuestra arquitectura neomedieval se producen especialmente en el último
tercio del siglo XIX, apoyadas por una situación favorable. En 1875,
después de los problemáticos años que culminaron
con la I República, comienza a reinar Alfonso XII, lo que propicia
las buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado. Entre la llegada al
trono de Alfonso XII y el final de la regencia de María Cristina
mientras Alfonso XIII era menor de edad (periodo que abarca desde
1875 y 1902) la iglesia vuelve a tomar posiciones, a pesar del clima anticlerical
que subyace a la sociedad. Esta toma de posiciones se traduce en la construcción
de numerosos conventos e iglesias, la renovación de órdenes,
la reorganización de los Seminarios, etc. Proliferan las asociaciones
católicas, que sirven de cauce para fomentar la religiosidad popular.
A la edificación de nuevas parroquias y catedrales se añade
un conjunto de manifestaciones religiosas (procesiones, cultos sacramentales,
peregrinaciones) que intensifican el poder eclesiástico.
La Escuela de Arquitectura había
promovido en el anterior tercio de siglo el estudio de nuestra arquitectura
medieval y seguiría haciéndolo en los últimos años
del XIX. Pero fue específicamente la Iglesia la que privilegiaría
el uso del estilo gótico, estilo hacia el que numerosos arquitectos
mostrarían un ferviente entusiasmo.
Unas obras señeras en esta tendencia
marcarían el nuevo impulso religioso que se imponía. En 1885
se crea, gracias a una bula de León XIII, la diócesis de
Madrid-Alcalá. Hasta entonces la capital no había conseguido
ser sede episcopal por la férrea oposición del arzobispado
de Toledo.
En el mismo año, se inicia la construcción
de la catedral de la Almudena en Madrid. Su autor, el Marqués de
Cubas (1826-1895) dispondría de una ubicación privilegiada,
frente a la fachada principal del Palacio Real de Madrid, gracias a unos
terrenos cedidos por la corona. Al haber muerto la reina María de
las Mercedes sin descendencia, no podría ser enterrada en el Panteón
Real de El Escorial, de modo que el proyecto de la catedral y del monumento
funerario, también de carácter gótico, fue tomando
forma de un modo conjunto. Se trataba de un proyecto de gran magnitud
dedicado a la patrona de Madrid, en sustitución del templo que se
derribó en 1868 por razones urbanísticas. El marqués
de Cubas ya había realizado en 1879 un proyecto para la iglesia
dedicada a la patrona, y éste fue el punto de partida para el trabajo.
Dos años más tarde, el proyecto del marqués de Cubas
ya mostraría el magnífico monumento funerario, de fuerte
carácter romántico. En 1883 la traza estaba ya resuelta.
Al año siguiente el autor envía a Roma el proyecto de la
catedral, y solicita de León XIII una bendición especial.
Los títulos obtenidos por el marqués de Cubas desde
el Vaticano reflejan la posición del arquitecto creyente, cuya labor
profesional está imbuida de los fines religiosos que muestra la
arquitectura que realiza. No en vano, a los pocos años del envío
del proyecto a Roma, el marqués recibiría la Gran Cruz
Pro-Ecclesia et Pontifice.
En la cripta de la misma catedral que
construyó descansarían más tarde sus restos, y en
su sepulcro se encontraría la leyenda “Princeps architectus”,
si bien el marqués no llegaría a ver concluida esta
parte baja del edificio que, a diferencia de otras zonas superiores, reflejarían
un robusto estilo románico como base.
Pero las obras no podrían concluirse
por falta de recursos. El utópico proyecto del marqués de
Cubas se fue cercenando poco a poco. El concepto enfático fue perdiéndose
en el transcurso de la materialización del proyecto, hasta llegar
a su discreta realización actual, inaugurada en 1995. De este modo,
sólo podemos conocer la inspiración del marqués de
Cubas a través de sus diseños y de la magnífica maqueta
que se construyó como guía. De algún modo, aparecen
de un modo latente soluciones como las de Reims, Toledo o León.
Esta fue la obra más significativa
del marqués de Cubas, aunque no está de más nombrar
otra realización suya. Inspirándose en la torre del
homenaje del Alcázar de Segovia, erigió el castillo de Butrón,
en Vizcaya, obra ubicada en un paisaje de gran belleza natural y que consigue
un efecto espectacular.
Otra dimensión importante en el
avance de construcciones de carácter religioso sucede cuando al
fervor católico se une el ardor patrio. La Colegiata de Covadonga
fue un ejemplo modélico de ello. Se sedimentan en ella los altos
ideales y la vehemencia cristiana, todo ello conjuntado en un bellísimo
paisaje: los Picos de Europa. En 1877, el arquitecto Roberto Frasinelli
había comenzado a levantar la cripta, pero el proyecto sería
redefinido en 1884 por Federico Aparici (1832-1917). Las repercusiones
del significado del proyecto no se harían esperar. Clarín
escribiría, imbuido por apasionados sentimientos: “Covadonga tiene
que representar dos cosas: un gran patriotismo, el español, y una
gran fe, la católica de los españoles, que por su fe y su
patria lucharon en Covadonga”.
Entre el proyecto inicial de Frasinelli
y el de Aparici caben importantes diferencias. La traza inicial mezclaba
elementos italianos, alemanes y franceses de origen románico. Esto
se debía, según la justificación del proyecto, a que
el estilo románico tiene para Asturias un significado especial.
El románico que se da en la zona durante la época de transición
del bizantino al gótico domina en los monumentos asturianos que
pueden recordar la Reconquista. El proyecto definitivo de Aparici,
también neorrománico, se mostraba más unitario y más
deudor de los modelos de Viollet-le-Duc, sobre todo con respecto a las
agujas de las torres.
Covadonga es uno de los pocos ejemplos
de neorrománico de porte monumental que encontramos en el siglo
XIX. Pero fue el gótico el estilo predominante en este periodo.
Imbuido por este estilo, Manuel Echave erige a partir de 1887 en San Sebastián
la parroquia del Buen Pastor, aunque se aleja de los modelos españoles
y toma como referencia el gótico francés y el germano. El
interior de esta parroquia, que llegaría a ser catedral a mediados
del siglo XX, está resuelto con tres naves y un crucero. La influencia
foránea se muestra en el exterior a través de una bella torre
pórtico con el remate de una aguja calada. La ubicación del
templo desempeña un papel urbano de primer orden: es uno de los
elementos básicos del Ensanche de la ciudad; por otra parte, la
plaza de su entorno se organiza con una gran regularidad, abandonando la
tendencia de la ciudad medieval, en la que las casas y calles apoyaban
su construcción en los mismos muros de la catedral. El Buen Pastor
sigue, por tanto, la tendencia decimonónica de aislar la catedral
con respecto al resto de construcciones cercanas, resultando de ello un
monumento aislado.
A diferencia de otras obras contemporáneas,
el proyecto mostraba un gran realismo, factor altamente operativo para
que la construcción pudiera ser llevada a cabo en un periodo razonable
de tiempo y con el esfuerzo ajustado a lo planificado. De ahí que
la construcción del templo respete prácticamente toda la
traza original. En este sentido, el edificio presenta un aspecto bastante
unitario, por no haber pasado por el riesgo de un tiempo excesivo entre
la aprobación del proyecto y la finalización de las obras.
Algo muy diferente ocurrió con
la basílica en honor a Santa Teresa de Jesús que se emprendió
en Alba de Tormes a finales de siglo. Enrique Repullés y Vargas
(1845-1922) fue el encargado del proyecto, que a pesar de conseguir una
medalla en la Exposición Universal de París de 1900, no pasó
del arranque de sus muros y del cierre de alguna bóveda. El
freno para la realización de la basílica se debió
al alto coste de las obras, hecho que finalmente hizo que quedara un templo
inconcluso que se elevó solamente a la altura de los arcos
de la nave central. El estilo gótico que mostraba el proyecto debía
materializarse en tres naves y un crucero con una alta aguja que alcanzaba
los cien metros y superaba en altura a las dos elevadas torres laterales
de la fachada.
El personaje de Santa Teresa de Jesús
estaba asociado al estilo gótico que Repullés adoptó,
lo que seguía en la línea fervorosa de otras obras de la
época. Justificando las razones de su proyecto, Repullés
llegaría a nombrar a esta santa, que “en templos ojivales elevó
su alma a Dios y recibió las inspiraciones divinas” y aludiría
al primitivo convento de Alba en su condición de ejemplo de estilo
gótico, un templo “que es cristiano por excelencia, lleno
de piadosos recuerdos, de hermosas tradiciones y místicos simbolismos,
y por tanto, fiel expresión del espíritu en su tipo más
genuinamente español”. Pero todo este fervor religioso era, además,
beligerante y asociado al poder eclesiástico. De ahí que
expresara que con esta construcción de finales del XIX, “los católicos
deben dar relevante prueba de su vitalidad y demostrar urbi et orbi que
las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia”.
Todos estos factores contribuyen a poder
ver en esta edificación de incompleta factura gótica
una suerte de ruina en la que se respira el talante del romanticismo.
La prevalencia de la militancia católica
y la pasión, sobre una visión pragmática del presupuesto
y del proyecto, hicieron que otros edificios se quedaran sin terminar.
Incluso en este sentido, en esta época neomedieval se podían
reflejar las circunstancias de falta de previsión que caracterizan
a la época medieval. Así ocurriría con uno de los
templos más singulares de este último tercio de siglo,
el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona. Aunque su estudio
requeriría un detenimiento en la significación de la figura
de Gaudí, exploremos en esta ocasión ciertos factores que
explican la tendencia medievalista subyacente a este proyecto. El apasionado
fervor religioso fue el principio en el que se basó la construcción
de la obra, debida a la iniciativa privada de José María
Bocabella. El acta fundacional del templo expresa sus fines: “Para mayor
honra y gloria de la Sagrada Familia, para que despierte de su tibieza
los corazones dormidos, exalte la Fe, dé calor a la Caridad, contribuya
a que Dios se apiade del país... nos conduzca limpios de culpa
a la presencia de Dios para implorar Misericordia y alcanzar la Gloria”.
En 1881, Bocabella encargó el proyecto al arquitecto diocesano Francisco
de Villar. En su traza se mostraba la corrección del estilo gótico
que puede observarse en la cripta, acabada diez años después,
época en la que Gaudí ya se había encargado de las
obras. Gaudí, más adelante, expondría una inventiva
y sensibilidad en la Sagrada Familia muy poco comunes.
Pero el sueño neogótico
continuaba en otras latitudes más lejanas y años más
tardíos. Una de las iglesias más sorprendentes de este estilo
se encuentra en Arucas (Las Palmas). Se trata de la iglesia de San Juan
Bautista (1907), que es conocida popularmente como “la catedral” sin que
verdaderamente lo sea. Su autor fue el arquitecto catalán Manuel
Vega y March. Las torres de Arucas participan del espíritu gótico
que Vega y March mostró ya en 1891, en su proyecto de fin de carrera
en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Para estos fines académicos,
había diseñado un Panteón Real de verdadero delirio
gótico que permanecería en otras propuestas posteriores,
movidas sobre todo en el medio barcelonés. El carácter de
la iglesia de San Juan Bautista contrasta muchísimo con arquitectura
isleña de su entorno y con el clima que vio nacer el originario
estilo gótico. El virtuosismo de la materialización de la
obra se manifiesta en un sinfín de detalles, como el labrado de
los canteros sobre las piedras azuladas, más que en el conjunto
del edificio.
No sólo fueron las catedrales y
parroquias las que eligieron preferentemente el estilo gótico. Una
larga serie de edificaciones, en su mayor parte fundaciones educativas
y de beneficencia, utilizaron también flechas agudas en sus torres,
bóvedas nervadas y otros elementos medievales. La orden religiosa
de las Salesas renovó sus edificios siguiendo el espíritu
gótico. Los proyectos de Aparici modificarían las edificaciones
de Madrid en 1880 y de Oviedo un año más tarde. Rucoba se
encargaría en 1895 del curioso proyecto de Santander y al año
siguiente, en Burgos, Juan Bautista Lázaro estructuraría
en una original obra las entradas de luces en una reinterpretación
maestra en clave gótica.
El carácter cristiano del neogótico
también se expresa en numerosas edificaciones funerarias. Muchos
panteones muestran gran exquisitez respecto a la reconstrucción
del espíritu medieval. Estos monumentos se benefician, además,
del hecho de que no se vean constreñidos por las ordenanzas municipales
u otras normas que sí afectaban al resto de las construcciones.
La libertad de composición era aquí extrema, y los arcos
apuntados y las flechas góticas podían mostrar una gran adecuación
al paisaje circundante, pues el jardín funerario se compone especialmente
de cipreses. Estas circunstancias contribuyen a la perpetuación
del gótico en una serie de panteones, como los del Cementerio de
Montjuich en Barcelona, creado en 1882. En este cementerio destacan especialmente
los panteones construidos por Gallisá y Majó.
Esta misma línea puede adivinarse
en la Sacramental de San Isidro de Madrid, con los panteones diseñados
por Mélida y Vicente Miranda, si bien con las mezclas de estilos
que son característicos del pensamiento ecléctico.
Prácticamente en todas las ciudades
españolas las edificaciones funerarias muestran una acentuada preferencia
por el estilo gótico, y seria ocioso desgranar aquí cada
ejemplo. También en terrenos privados se ubicarían algunas
capillas-panteones de interés, como la localizada en Comillas (Santander)
para los marqueses de la localidad, obra debida a Martorell (1882), un
autor a medio camino entre la tendencia medievalista y el eclecticismo.
La recuperación de lo islámico
y la tendencia neomudéjar
La tendencia exótica que
experimentó el romanticismo en toda Europa cristalizaría
de un modo muy peculiar en España, pues la recuperación de
los orígenes medievales islámicos, tal como muestran numerosos
edificios que perviven en nuestra geografía, engarzaba perfectamente
con el tono patriótico y apasionado del espíritu romántico
y el afán por la búsqueda de un “estilo nacional”.
Con esta premisa, no extrañan ni las reproducciones de obras como
la Giralda o la Alhambra en otras regiones del país alejadas
de Andalucía, ni la generalización de la moda de crear gabinetes
o salones recargados como en las construcciones nazaríes.
Se realizan varias copias de la Giralda.
La de L’Arboç (Tarragona), fechada en 1904, se combina con un patio
granadino que es muestra de la atracción que Cataluña siente
por el arte granadino, llegando incluso hasta la figura de Gaudí.
Esta predilección se delata incluso bien avanzado el siglo XX, con
otra réplica de la Giralda realizada en Badajoz por el arquitecto
Pinna, en 1930. El arquitecto Mariano Estanga (1867-1937) reproduce el
Alcázar sevillano en la portada del Palacio del Rey don Pedro en
la casa Cobiella de Santa Cruz de Tenerife, ya hacia 1914. Sus interiores
toman, en cambio, como modelo los alicatados granadinos y se surte de la
reproducción mecánica para los vaciados de yeso y escayola
que se presentaban en los temas decorativos de Granada.
También el desaparecido palacio
de Anglada de Madrid contenía estas literales referencias a la Alhambra.
En el patio del palacio, Emilio Rodríguez Ayuso recreó el
Patio de los Leones.
La llamativa y colorista arquitectura
granadina animó a los políticos y arquitectos a elevar este
estilo a la categoría de “nacional”. Agustín Ortiz de Villajos
(1829-1902) fue el encargado de representar a nuestro país en la
Exposición Universal de París de 1878. El desaparecido
pabellón de España, pintoresco y evocador, se documenta a
través de los años gracias a un testimonio pictórico,
un lienzo de Alejandro Ferrant que recoge la fachada de aquella edificación
en la Calle de las Naciones. A través de este documento, puede entreverse
la libre composición de Ortiz de Villajos, en la que el sentido
ecléctico se nutre de elementos precedentes del Patio de los Leones
de Granada. En otras obras suyas se muestra la misma tendencia hacia los
ejemplos islámicos de la arquitectura en la península, como
en el desaparecido Teatro Alhambra de Madrid o el María Guerrero,
que originariamente se llamaba Teatro de la Princesa.
Fuera de Madrid, cabe mencionar la obra
de Adolfo Morales de los Ríos para la construcción del teatro
Falla, remodelado en la pasada década.
Los salones islámicos constituyen
un conjunto de estancias cuyos primeros ejemplos se encuentran en el segundo
tercio del siglo XIX, pero que proliferaron en este último tercio.
Pronto dejaron de ser un capricho excepcional para convertirse en el reflejo
de una moda generalizada. En su mayor parte fueron derribados con posterioridad,
debido al exceso decorativo que lucían. Entre estos salones, destacan
el de la condesa de Lebrija en Sevilla, los de los ayuntamientos de Utrera
y Bilbao, y el salón marroquí del Museo del Ejército
de Madrid.
Barcelona, tan receptiva a la llamativa
decoración granadina, es testigo de cómo hay casas
de renta que se suman a esta moda, como las del Teatro Español en
Barcelona (1870), debidas al maestro de obras Domingo Balet Nadal, o el
edificio Alhambra. A estos casos se unen numerosos ejemplos
de patios árabes, como la pintoresca casa Zapata, en Cartagena.
Estas decoraciones constituían
un reclamo para la asistencia a ciertos casinos u otros círculos
de recreo. Así ocurre en el casino de Cádiz, que parte del
Patio de Muñecas del Alcázar sevillano.
Hubo también edificios termales
que se adornaron con una profusa decoración islámica, como
ocurrió con el pabellón árabe de los baños
de Alhama de Aragón (Zaragoza). En general, los balnearios, construcciones
típicas decimonónimas, se identificaron con la arquitectura
árabe. El balneario de Archena constituye el conjunto más
completo dentro de este tipo de edificaciones. En él encontramos,
por ejemplo, una réplica de la Fuente de los Leones, una escalera
con bóveda de mocárabes, paramentos de azulejería,
ventanas geminadas, arcos rizados y otros elementos hacen del balneario
de Archena un conjunto de valor singular.
El que los balnearios se asocien a las
decoraciones árabes no extraña, sobre todo si tenemos en
cuenta la atención que tradicionalmente la arquitectura islámica
procuraba al agua. Otros temas arquitectónicos pueden relacionarse
con el carácter morisco. Los grabados de Goya sobre la Tauromaquia
alimentaban la asociación entre el árabe y los toros. Goya
había seguido el texto de Nicolás Fernández de Moratín,
en el que se mencionaba que el espectáculo de las corridas
“lo celebraron en España los moros de Toledo, Córdoba y Sevilla”.
El conjunto de plazas de toros españolas y portuguesas de carácter
neomudéjar nace de la importancia de la plaza que en Madrid
construyó Emilio Rodríguez Ayuso (1845-1891) a partir de
1874. El aparatoso lenguaje neomudéjar utilizado por Rodríguez
Ayuso, que resolvía en ladrillo las formas moriscas, dejaría
su huella en obras posteriores, incluso la más espectacular, ya
entrado el siglo XX, la de Las Ventas, que fue precisamente construida
por Espeliús y Muñoz Monasterio a partir del derribo del
modelo inicial de Rodríguez Ayuso. También en otras obras
este autor utilizaría el lenguaje neomudéjar, si bien teñido
de eclecticismo, como ocurriría en las Escuelas Aguirre, en Madrid,
construidas hacia 1887.
Madrid concentra el grupo más
amplio de obras neomudéjares de nuestro país. La capital
se convirtió en una especie de laboratorio, y en ella se estudiaron
las posibilidades del neomudejarismo, un estilo que tenía la ventaja
constructiva de que sus materiales de partida resultaban baratos.
Las iglesias parroquiales de Madrid mostraron a veces cierto mimetismo
respecto al mudéjar toledano, como la iglesia de San Fermín
de los Navarros, realizada conjuntamente en 1884 por Carlos Velasco
y Eugenio Jiménez Corera. No obstante, la época ecléctica
que caracterizaba a las construcciones a veces permitía que este
mudejarismo pudiera combinarse con cierto historicismo goticista, lo que
ocurre tanto en San Fermín de los Navarros como en la iglesia de
la Paloma, la obra más importante de Lorenzo Álvarez (1848-1901).
También esta línea es seguida por Juan Bautista Lorenzo (1849-1919),
sobre todo a través de su obra más conseguida, la iglesia
de San Vicente de Paúl, construida a partir de 1901.
Las interpretaciones más libres
de la arquitectura neomudéjar en las iglesias madrileñas
se materializan en una obra de Repullés y Vargas que ya alcanza
el siglo XX, la parroquia de Santa Cristina (1906). La combinación
con el gótico solía realizarse conservando para el exterior
la apariencia mudéjar y dejando para el interior del templo el estilo
gótico, más cristiano. Estas mezclas hacen que en numerosas
ocasiones sea difícil limitar el alcance del neogótico o
del neomudéjar apartados de la corriente ecléctica, que es
precisamente la que proporciona las mezclas estilísticas en una
misma obra. Las proporciones góticas de la torre de la iglesia de
Santa Cruz (1889), del marqués de Cubas, son revestidas con apariencias
mudéjares, al estar resuelta con ladrillo.
El estilo neomudéjar fue utilizado
también para edificios residenciales. El Hotel Laredo (1882) ejemplifica
los gustos de un coleccionista en un precioso palacio privado que puede
ser una de las muestras más destacadas del neomudéjar en
España. Su minarete, su cúpula y su decoración recargadísima
acentúan el carácter espectacular del edificio. Desconocemos
el nombre del arquitecto que diseñó el Hotel Laredo, pero
sin duda el propietario debió de intervenir en la idea del diseño.
El carácter caprichoso es también
el que nos proporciona el palacete madrileño del conde de Valencia
de Don Juan. Su arquitectura vistosa y efectiva, se atribuye a Enrique
Fort. Las obras se iniciaron hacia 1889 utilizando un repertorio mudéjar
que se mantiene en su evolución de arquitectura privada a museo.
Por otra parte, Toledo, que ya había
dado muestras en el tercio anterior del siglo de su tradición neomudéjar
asociada a la historia de la zona, continuaría dando muestras de
neomudejarismo. En 1882 se inaugura la Escuela de Artes Industriales, obra
toledana de Arturo Mélida (1849-1902). Aunque fue remodelada hace
pocos años, conserva su original fachada, en la que se muestran
detalles del mudéjar toledano, asumidos en el proyecto de Mélida
con habilidad.
La recuperación de características
arquitectónicas locales fue también posible en otras zonas,
como en Andalucía, donde los modelos sevillanos sirvieron
de punto de partida. La asociación al estilo neomudéjar fue,
en comparación con otras zonas españolas, tardía.
Aníbal González proyectó entre 1891 y 1914 el
Pabellón Mudéjar de la Exposición Hispanoamericana
de 1929. Se trata de una recreación libre de temas y formas islámicos
que proporcionan un edificio de sello ecléctico pero con excelentes
resultados. Juan Talavera seguiría la línea de temas y formas
presentes en Santa Paula de Sevilla para su creación del pabellón
de la Compañía Telefónica para la misma Exposición
Hispanoamericana. El estilo mudéjar fue fomentado especialmente
por instancias oficiales. El ayuntamiento hispalense creó unos premios
para destacar aquellas construcciones que se adecuaran al pasado arquitectónico
de la ciudad y de ahí que, incluso ya en el siglo XX, el estilo
mudéjar se llegara a denominar “estilo sevillano”. Aníbal
González, Espiau y otros autores harían suya la premisa de
transformar el mudejarismo en regionalismo.
Más allá de toda apropiación
localista del estilo mudéjar, hay que destacar un importante aspecto.
El acercamiento de los arquitectos al
mudejarismo en este último tercio de siglo, que había sucedido
a partir de un interés historicista, se va transformando e incluyéndose
como uno de los factores más manejables dentro de la corriente ecléctica.
Este hecho se ve propiciado por la facilidad constructiva que tienen las
formas y texturas del mudéjar y por la economía de materiales
de los que se componen los edificios. La versatilidad mudéjar fue
uno de los ingredientes más fecundos dentro de las expresiones libres
arquitectónicas que proporcionaría el eclecticismo. Y más
adelante, no sería posible comprender muchos ejemplos arquitectónicos
modernistas sin tener en cuenta la amplia influencia que en sus inicios
había tenido lo neomudéjar.

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