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ARQUITECTURAS EN HIERRO
El último tercio del siglo XIX
se muestra como un momento de apogeo para la construcción
en hierro, a pesar de que existe la oposición de los partidarios
de los materiales tradicionales. El uso del hierro permitirá la
realización de grandes proyectos como los viaductos para el ferrocarril
del Salado, Guadahortuna, Guadalimar, o Jandulillas. Muchos de ellos
serán sustituidos más tarde por otras construcciones en hormigón.
Puentes
Los puentes siguieron siendo objeto de
construcción, si bien ya apartándose de la tendencia a la
realización de puentes colgantes, como había ocurrido en
época de Isabel II.
El arquitecto e ingeniero José
Eugenio Ribera (1864-1936) destacó por la categoría de su
obra que, además, fue prolífica. Ribera fue uno de los arquitectos
que más puentes de metal erigió, pero a su vez ayudó
a la propagación dentro del mismo siglo XIX de los sistemas de hormigón.
Construyó entre 1894 y 1897 el
puente sobre el Duero en Pino (Zamora). La profunda formación de
Ribera se acompañaba de una atenta lectura de los preceptos de Reynaud.
Los grandes puentes sólo podían “alcanzar la belleza por
el mérito de su disposición”. La resistencia y la economía
de los materiales, a juicio de Ribera, eran las bases sobre las que asentar
el uso del hierro en los puentes y viaductos metálicos. La economía
no podía ir en detrimento de la resistencia de la obra y, por otra
parte, afectaba directamente al diseño de un puente. Todos estos
principios se pusieron de manifiesto en su proyecto para el viaducto metálico
sobre el Duero, que además se ubicaba en un paisaje bastante agreste.
En este puente, Ribera se apartó del sistema de arco empotrado tradicional
e ideó una solución más económica, atrevida,
e igualmente resistente, a partir del arco articulado que Eiffel había
puesto en práctica en el viaducto de María Pia (1876) en
Oporto, y en Garabit (1885-1888) sobre el Truyère. El proyecto de
Ribera, a diferencia de los de Eiffel, lograba una mayor economía
al trocar los tramos largos por otros más cortos; esto implicaba
un mayor número de apoyos para el tablero, pero en cambio se evitaban
las fuertes pilas de Garabit. De este modo, Ribera conseguía un
puente elegantísimo sintetizado en dos trazos tangentes, el arco
y el tablero. Su apoyo sobre la roca se reducía al mínimo.
Al margen de las escalas tradicionales, este puente sobre el Duero logra
su propio sistema de belleza, utilizando además el sentido de la
economía para un proyecto brillantísimo.
Entre otras obras metálicas de
Ribera se encuentra, ya en 1914, el puente colgante de Amposta sobre la
desembocadura del Ebro en Tarragona. Se trata de uno de los pocos
puentes colgantes que sobreviven en nuestro país, y su valor, más
allá de una luz de 135 metros, reside también en devolvernos
la fresca imagen de unos puentes frágiles y elementales que
como un hilo se superponían al paisaje de la España del XIX.
Siguiendo la línea de arquitectos
ingleses, alemanes e italianos, a menudo se intentaron enriquecer los puentes
metálicos españoles a través de elementos arquitectónicos,
como fachadas en sus entradas. Los arquitectos de influjos medievalistas
pusieron en práctica estas soluciones. Así era el proyecto
que Puig y Cadafalch presentó como ejercicio de composición
en la Escuela de Arquitectura de Barcelona en 1891. Su puente tenía
dos entradas monumentales, gótica y románica. El tablero
se sostenía por un sistema que aprovechaba las soluciones de los
puentes colgantes y las de un sistema de bielas, un procedimiento ideado
por Viollet-le-Duc y que tomará Guimard para la Escuela del Sacre
Coeur de París (1895).
Alberto de Palacio (1856-1939) realizó
el popular puente de Vizcaya, que se inauguró en 1893. En 1888 se
patentó el invento que lo hizo posible, pues se trata del primer
puente transbordador del mundo. Sólo por error se suele identificar
el de Marsella, creado por Arnodin en 1904, con el prototipo. El tablero
del puente de Alberto de Palacio se eleva a 45 metros de altura, lo que
permite el paso de los barcos con el mástil alto. A través
del desplazamiento de un tren de rodillos y con la ayuda de una máquina
de vapor instalada en una de las torres, el puente conseguía materializar
diversos inventos de rango industrial que permanecían de modo latente
en la invención de Alberto de Palacio: la máquina de vapor,
el tendido ferroviario, las experiencias de los puentes colgantes, etc.
En este caso, sirve para atravesar la ría de Bilbao entre Portugalete
y Las Arenas.
La alta categoría a la que llegaron
los ingenieros españoles se cristaliza también en otros ejemplos.
Magí Cornt y Masriera, ingeniero de La Maquinista Terrestre y Marítima,
ganó el concurso internacional para el Puente sobre el Gran Neva
en San Petersburgo (1902-1904). Aunque su creación se feche en el
siglo XX, su portentoso diseño proviene directamente de la tradición
del hierro del siglo anterior. Estos éxitos a nivel internacional
muestran que España comienza a independizarse de la absoluta entrega
tecnológica e industrial que había mantenido años
antes con el exterior.
En otras cuestiones no tan creativas,
sobre todo vinculadas a temas comerciales, las limitaciones son mayores.
Se ha de constatar, por ejemplo, la permanente obsesión en nuestro
país por asociar el nombre de Eiffel a las producciones arquitectónicas
en hierro, tal vez por una suerte de complejo, tal vez por un intento de
llevar adelante con éxito el producto, aunque fuera a través
de cierta picaresca. Se atribuyeron a Eiffel, por ejemplo, los grandes
viaductos señalados en la línea Linares-Almería que
se construyó entre 1878 y 1895. Con ello se conseguía
hacer más rápida y económica la exportación
de los plomos de Linares, que antes se hacían por Sevilla, Alicante
y Almería. Con los tramos metálicos de esta línea
se conseguirían las mayores alturas en nuestra geografía
en cuanto a viaductos se refiere. El viaducto del Salado, por ejemplo,
tendría tres tramos de 105 metros de altura, y sus soportes alcanzarían
los 75. El proyecto y la construcción de esta obra no se debió,
efectivamente, a Eiffel, sino a una serie de ingenieros que realizaría
también la estación de Delicias en Madrid: la empresa Fives-Lille,
una empresa constructora que tenía la experiencia de haber construido
la magnífica estación de Orsay en el París de 1900,
sede hoy del museo del mismo nombre.
Frente a los ejemplos sobresalientes de
arquitectura en hierro en nuestro país nos encontramos aún
algunas rémoras del pasado, algunos complejos ante las mismas labores
que se daban en otros países de Europa. Lamentablemente, no es posible
desgranar la historia de los puentes metálicos en nuestra geografía
porque muchos de los ejemplos que podríamos tener en cuenta ya han
desaparecido. Algunos documentos nos muestran las distintas posiciones
de los arquitectos e ingenieros con respecto a la arquitectura del hierro.
Por ejemplo, Pablo de Alzola, al que se debe el desaparecido puente de
hierro de San Francisco de Bilbao (1881), prefería denominar a su
puente pasadera, huyendo de atribuir al hierro cualidades estéticas.
Cuando se refería a la Torre Eiffel, decía rendirse al portento
científico, pero no atisbar ningún sentido estético
en la misma.
Frente a ejercicios brillantes de sencillez
y sentido práctico como es el puente internacional sobre el río
Miño, entre Tuy y Valença, realizado en 1884, no se hallan
muchos más para aclarar la historia de la arquitectura en hierro
en el siglo XIX. Pero, sobrevivan estos puentes o no, sean puentes en arco,
como el de El Grado, o colgantes como el de la Cella, estuvieran ubicados
en abruptos paisajes del norte o en tierras secas de la línea Linares-Almería,
todos podrían arrojar mucha luz acerca de cómo se comenzó
a entretejer la introducción de nuevos materiales de construcción
en nuestra geografía.

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