| El
ferrocarril en la ciudad.
En el siglo XIX se produce una asociación
de ideas entre el ferrocarril y el progreso. Las estaciones adoptarían,
gracias a esta identificación, el papel emblemático de las
puertas a la ciudad. Con esta premisa, se comprenden los numerosos
textos que se producen en el entorno político, social y constructivo,
que da lugar a la preeminencia de edificaciones que llegarían a
ser estaciones de trenes.
Señeras construcciones francesas,
como la magnífica estación de Orsay, podían tener
la categoría de un Palacio de Bellas Artes, afirmaba el pintor Detaille,
mientras que lo que hoy conocemos como Grand Palais (el Palais de Beaux-Arts)
se asemejaba a una estación.
La ocurrencia de Detaille no parece gratuita,
sino que refleja el modo en que la estaciones se configuran como un punto
importantísimo en la ciudad. Las barreras de toda ciudad no corresponden
ya a sus límites físicos, sino a las estaciones, punto de
confluencias y de cambios de destino. Tampoco el carácter industrial
de las edificaciones en hierro era ya sólo industrial. Unos temas
arquitectónicos se mezclaban con otros, adhiriéndose a connotaciones
provenientes del mundo del arte y de la historia. El hierro y el acero
podían, además, articular espacios que antes sólo
eran imaginables en el papel.
A mediados del siglo XIX, Cesar Daly lanzó
una ilusionada profecía en la prestigiosa Revue Général
de l’Architecture et des Travaux Publics: “Llegará un día
en que las estaciones se contarán entre los edificios más
importantes, en los que la arquitectura será llamada a desplegar
todos sus recursos, donde su construcción será monumental.
Entonces las estaciones podrán colocarse junto a las vastas y espléndidas
termas romanas”. Todas estas reflexiones se apoyaban en la acertada
idea de que el comercio y la industria eran verdaderamente los dioses del
siglo, los auténticos motores que se habrían de apropiar
de las vías de comunicación y los medios de transporte. Por
entonces, el ferrocarril acababa de nacer, pero Daly entreveía la
profunda marca que dejaría en nuestra sociedad. El hierro y el acero
serían los materiales de los nuevos artistas, y el alfabeto arquitectónico
habría de enriquecerse con todas estas nuevas circunstancias.
La apertura de Daly con respecto a estas
innovaciones contrasta con posiciones políticas españolas
más tardías. Aunque Castelar en un discurso de 1891 reconociera
la importancia del hierro en nuestra arquitectura industrial, con poca
previsión, limita a ella este material: “El hierro ha entrado
como principal material de construcción en cuanto lo han pedido
así los progresos industriales. Para recibir bajo grandes arcos
las locomotoras, para cerrar el espacio de las estaciones de ferrocarril...
no hay como el hierro, que ofrece mucha resistencia con poco material,
y el cristal que os guarda de las inclemencias del aire y os envía
en su diafanidad la necesaria luz...”.
El papel representativo que asumen las
estaciones, sean terminales o de paso, produjo una gran rivalidad entre
las compañías que explotaban las diversas líneas y
entre las mismas ciudades. Cada localidad pretendía tener la estación
de trenes más moderna y atrevida, casi emulando las pugnas que se
constatan en la Edad Media, en la que las ciudades rivalizaban por conseguir
una altura mayor en sus catedrales.
Existe una compleja historia de
las compañías de ferrocarril en nuestro país pero
además ésta se complica cuando asistimos a las continuas
metamorfosis de muchas estaciones. La exigencia del presente fue tan constante,
que a menudo el edificio se vio sobrepasado por su utilidad y la demanda
de servicios. El ferrocarril exigía siempre nuevas soluciones, y
las estaciones volvían a remodelarse y sobre todo a ampliarse. Otras
muchas han desaparecido para ser sustituidas por las actuales, han sufrido
reformas intermedias, se han visto afectadas por las remodelaciones urbanas
en un entramado político, histórico, tecnológico y
económico que nunca antes había sido vivido en la arquitectura
del pasado.
El índice del progreso material
del siglo XIX era ese medio de transporte basado en la máquina de
vapor. La incidencia en la sociedad de ese siglo sería cada vez
más creciente, aunque desde dentro del siglo XIX no se conocieran
aún los límites del ferrocarril. La Guía de Madrid
(1876) de Fernández de los Ríos recordaba la inauguración
de la línea Madrid-Aranjuez, en febrero de 1851; los términos
que se empleaban entonces eran poco específicos, y tomados del lenguaje
portuario. La estación madrileña, como las primeras
en Europa, tomaron el nombre de “muelles”. Dada la innovación que
supondría el ferrocarril , aún no se contaba con terminología
propia.
Tampoco había ninguna convención
para establecer el modo en que se habrían de construir estos edificios.
Algunas de las primeras estaciones de Europa y América habían
utilizado como pretexto arquitectónico la idea de que las estaciones
eran el templo de la tecnología. Esto proporcionó un talante
épico en ciertos casos. La ya derribada estación de Pensylvania
en Nueva York estaba inspirada en las termas imperiales de Caracalla; la
de Metz en Alemania utilizaría una particular arquitectura neogermánica
(la inspiración nacional no era inocente). La elección de
los estilos se presta a una interpretación económica y política
de la arquitectura. El templo de la tecnología se materializaba
también en espacios sociales de carácter palaciego, como
ocurre en la estación de Lyon en París. Pero todos estos
abanicos que surgían en cada nueva línea férrea, cuando
pasaron a nuestra geografía se limitaron. En España predomina
la estación puramente funcional. Las concesiones a lo monumental
son limitadas. El estilo repetitivo estaba impuesto por los ingenieros
y arquitectos de las compañías concesionarias. De ahí
que Ganivet haga en su libro Granada la Bella una reflexión acerca
del tema, una “Parrafada filosófica ante una estación de
ferrocarril” en la que pone de manifiesto que las estaciones de nuestra
geografía están cortadas por un mismo patrón. Huye
del eterno pretexto de que nuestra pobreza es la que ha llevado a esa repetición
por haber recurrido al capital exterior o por haber tenido que aceptar
estaciones ideadas en el extranjero. Unos módulos estandarizados
sobre un cuerpo inicial solucionaban siempre el problema de crear una estación
en una línea férrea. Las únicas diferencias que parecían
existir entre las estaciones eran las que se referían a las clasificaciones
por primera, segunda y tercera clase, jerarquías que a la vez afectaban
a la importancia de la ciudad.
El enorme conjunto de estaciones españolas
permite realizar distintos tipos de clasificaciones. Los dos modos en que
se utilizan las cubiertas metálicas posibilitan establecer diferencias
según se contemplen los modelos más socorridos: la gran cubierta
a dos aguas o la carena de sección curva, más espectacular
y más relacionada con la emulación de la arquitectura tradicional.
Poco a poco esta última solución se impuso a la primera,
sobre todo en las grandes estaciones. Hacia 1930 desaparecerían
de un modo definitivo, debido al alto coste de construcción y
a su sustitución por sencillas marquesinas que se limitaban a proteger
al viajero sobre el andén.
El resto de la edificación podía
tener muchas variantes formales y técnicas, pero sólo afectaba
a una parte de la estación. El uso del hierro y del acero era principalmente
prefabricado también en su diseño. Los cambios que se irían
produciendo dependerían sobre todo de las mejoras en los tipos de
acero. Las Exposiciones Universales de la segunda mitad del XIX eran las
que popularizaban las nuevas soluciones arquitectónicas de
los nuevos materiales.
Las estaciones de Delicias, Norte y Atocha
pertenecían a compañías diferentes. Los ingenieros
eran franceses e ingleses; las casas constructoras eran francesas
y belgas.
La más antigua de las tres era
la de Delicias. Le correspondía ser cabeza de la línea Madrid-Ciudad
Real-Badajoz, pero en 1880, año de su inauguración, se convirtió
en la estación término de la línea que unía
Madrid con Cáceres y Portugal. Su organización consistía
en dos cuerpos construidos paralelos, uno para llegadas y otro para salidas.
Entre ellos, se extendía una gran cubierta a dos aguas proyectada
por el ingeniero francés Cacheliévre en 1879, lo que constituía
una novedad en la técnica constructiva. Cacheliévre la había
tomado de Henri de Dion, que había realizado una armadura de gran
éxito en la Galería de Máquinas de la Exposición
Universal de París de 1878. Tal armadura consistía
en una serie de cuchillos armados que formaban una unidad con los pilares
de sostén fijos gracias a una cimentación hundida. Con ello
se eliminaban tirantes, riostras y contrafuertes, y se solucionaba
el problema de la dilatación, superando en estos aspectos otros
sistemas ensayados en las Exposiciones Universales de 1855 y 1867,
como el Polonceau.
El modelo parisién fue posteriormente
destruido, lo que aumenta el interés histórico de la estación
de Delicias, que fue construida solamente un año después
de haberse presentado la experiencia de Henri de Dion en París.
Las coincidencias de proporciones también son destacables entre
ambos ejemplos. El ancho de la nave en los dos casos es de treinta y cinco
metros. Las alturas varían levemente: en París De Dion presentó
un modelo de veinticinco metros; Delicias muestra poco más de veintidós.
Las analogías son comprensibles si se tiene en cuenta que los talleres
que prepararon la armadura en Francia fueron los de la casa Fives-Lille,
y que el francés Vaseille fue quien dirigió el montaje del
material llegado a España en 1979.
La armadura metálica de Delicias
se cierra con ladrillo, pero éste permite ver una estructura perfectamente
integrada, en la que están aún presentes los sentimientos
de orden, proporción y ritmo. Esto dota a la Estación de
Delicias de un carácter especial, el de aquellas primeras estaciones
que, entendidas como arquitectura industrial, aún reflejan una prístina
claridad.
La estación del Norte era la cabecera
de la línea que unía Madrid con Irún. Su proyecto
se elaboró en el mismo año que la estación de Delicias,
pero posteriormente se alteró lo previsto para la cubierta. La primera
solución se resolvía con tirantes con el método de
Polonceau, pero fue transformada por el ingeniero de origen francés
Mercier en 1881. Aparecieron con la nueva propuesta unas vigas armadas
que no descansaban sobre las soleras, como habría sucedido con el
sistema Polonceau. La cara inferior tuvo en esta ocasión un desarrollo
curvo que se unía a los pilares metálicos que servían
de soporte. De este modo se consiguieron cuarenta metros de luz, cinco
más que en Delicias.
También en este caso la armadura
vino preparada de Francia, y algunas de las piezas provinieron de Bélgica.
Aunque el proyecto inicial preveía dos edificios que flanqueaban
la cubierta, como en Delicias, sólo se llegó a llevar a cabo
uno y se duplicó la cubierta para adaptarse a un mayor número
de vías. La arquitectura de talante francés se explica por
la intervención de ingenieros de la Compañía Biarez,
Grasset y del arquitecto Ouliac. Las últimas reformas a las que
se ha visto sometida han ocultado el brillante y gracioso ejercicio que
forjaban los ladrillos vistos con las pilastras, las cadenetas y embocaduras
de huecos en piedra.
La estación de Atocha, construida
en el embarcadero del que salió el mítico tren de la fresa
con destino a Aranjuez en los tiempos de Isabel II, no sólo
eliminó las primeras construcciones de madera aledañas a
la vía, sino también un gran edificio de oficinas de la compañía
Madrid-Zaragoza-Alicante que se hallaba en la cabeza de la línea.
El proyecto para la estación, elaborado por Alberto de Palacio en
1888, hizo que el anterior edificio, de 1865 y claramente francés,
se trasladara a su actual ubicación.
Lo que más llama la atención
en Atocha es su gran carena metálica y su expresión apartada
del afán mimético de otros ejemplos, que toman como modelo
arquitecturas históricas o foráneas. Pero a un primer golpe
de vista, la cubierta de acero se apodera de cualquier otro efecto arquitectónico.
La superficie cubierta sin apoyos intermedios resulta ser un hito de nuestra
arquitectura hasta ese momento, pues supera cualquier otro espacio diáfano
anterior que esté resguardado por un tejado. Su carena tiene forma
de casco de nave invertido y se asemeja a la presentada por Dutert y Contamin
en la Galería de Máquinas de la Exposición Universal
de París de 1900, pero en realidad el sistema utilizado es el de
Henri de Dion, sólo que llevado a su límite y con formas
curvas. Todo parece señalar que la armadura fue proyectada por el
ingeniero inglés Saint James, que el montaje se debió al
belga Leon Beau y que éste se trasladó a Madrid, a través
de la constructora belga con sede en Bruselas “Societé
Anonyme de Construction et des Ateliers de Willebroeck”.
La estación de Atocha se inauguró
finalmente en 1892. La prensa la acogió como un símbolo de
la modernidad de España. Su luz de 48 metros superaba la Estación
del Este de París, las de Paddington y del Norte londinenses, aunque
el récord a este respecto siguió teniéndolo la St.
Pancras Station de Londres, que alcanzaba los sesenta metros.
Tras la experiencia de la estación
de Atocha, surgieron otras modernas y caras cubiertas de perfil curvo que
sólo podían permitirse ciudades importantes, como Sevilla,
Valencia y Barcelona. La estación de Plaza de Armas de Sevilla,
actualmente reconvertida en un centro comercial, tiene una cubierta metálica
proyectada en Bélgica y terminada en España. Algunas adiciones
posteriores datan de 1906, y se deben a la constructora madrileña
Jareño. El carácter morisco de su arquitectura la hace bastante
singular con respecto a otras estaciones contemporáneas, y funciona
como una puerta a la ciudad a través de las vías que respeta
los caracteres hispalenses. La estación se debe a los ingenieros
José Santos y Nicolás Suárez. En su inauguración,
en 1901, se recordaron obras arquitectónicas como la Alhambra
o la mezquita mayor de Tánger, pero más bien nos hallamos
ante un ejemplo ecléctico neomudéjar sin exactitudes ni ambiciones
historicistas. Otros ejemplos cercanos de estaciones vuelven a utilizar
el ladrillo, sobre todo en la línea que va de Sevilla a Huelva,
creadas por el ingeniero Jaime Font. Sin embargo, el hierro tiene en ellas
una presencia reducida a las marquesinas.
En esta misma corriente, momentáneamente
podemos penetrar más en el siglo XX, y detenernos en dos obras del
valenciano Demetrio Ribes: la estación del Norte de Valencia (1906)
y la de Barcelona (1914). En ambos casos la gran carena abandona la rigidez
del sistema de Henri de Dion y se apuesta por un sistema de arcos articulados
en su base. Sus fachadas incluyen la boca de la armadura, integrando la
imagen misma de la estación y siendo unos ejemplos de arquitectura
de signo modernista con rasgos vieneses. En la de Valencia, a estos usos
del hierro se añadirán otros elementos cerámicos propios
del modernismo y referentes a elementos urbanos y agrícolas de la
zona. No nos encontramos ya en los inicios de los usos del hierro
en España, pero resulta importante destacar que siguen trabajando
empresas, como la del ingeniero Grasset, que hizo una armadura que se acabó
montando en Madrid. La posterior estación de Barcelona resulta
más sobria, sin la finura y belleza de la valenciana, pero sirve
de precedente ineludible para llegar a la tardía estación
de Barcelona Término (1929) que es una de las últimas estaciones
europeas en las que se utilizan estas monumentales armaduras que fueron
todo un símbolo en la arquitectura del hierro del XIX.
Por otra parte, las cubiertas de perfil
triangular se encontraron sobre todo en la línea del norte, desde
la mencionada en Madrid, hasta Irún (Avillumer, 1881). También
la de Valladolid (Grasset, 1891) y la de Medina del Campo (V. Sala, 1896)
obedecen a un patrón similar, en el que el edificio de los viajeros
se distribuye paralelamente a la vía, de modo que se componen fachadas
largas y ritmos compositivos iguales. Algo más alejada geográficamente,
pero igualmente interesante resulta el proyecto de la Estación de
Cádiz (1894-1901) en la que intervino el ingeniero Agustín
Jubera. En algunas de estas edificaciones metálicas aparecerán
elementos franceses, como las mansardas en Burgos (1901), aunque
se haya perdido allí otra cubierta magnífica de Grasset.
Otras estaciones carecieron de apoyos
metálicos de rango monumental, pero aportaron formas arquitectónicas
muy atractivas, ligadas a la historia de la zona, al paisaje propio o a
la influencia francesa, y se desarrollarían a principios del siglo
XX.

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