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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX. (II) 4/6
ARQUITECTURA DEL ÚLTIMO TERCIO DE SIGLO 
ISBN 84-9714-009-5
Inmaculada Rodríguez Cunill
 

Mercados

Muchas ciudades españolas vieron nacer en calles y plazas arquitecturas metálicas antes nunca vistas en los entornos urbanos. Como ocurrió en París con las desaparecidas Les Halles (1854-1866), en nuestra geografía las plazas en las que se ubicaban los mercados fueron los testigos de unas nuevas construcciones en hierro fundido. Les Halles se habían convertido en el modelo europeo de los mercados en hierro.

Los mercados en hierro daban signo del índice de modernidad de una ciudad. El poder municipal se podía medir a través de las transacciones que ocurrían en los mercados. También a este respecto se puede observar la competitividad de las ciudades, a través de los poderes locales. 

En los años finales del reinado de Isabel II distintos ayuntamientos contactaron con empresas constructoras francesas. Pretendían  introducir  nuevos mercados en las antiguas plazas que servían para estas transacciones comerciales. A veces se trataba de solares desamortizados. Las intenciones de los ayuntamientos se retrasarían debido a la situación política de aquella fecha.  Alrededor de 1870  se pondrían en práctica los primeros proyectos. 

En esta situación, se construiría el mercado de la Cebada en Madrid (1868). Inicialmente hubo una propuesta vanguardista del francés  Héctor Horeau en la que su planta triangular se cubría con una armadura que parecía una carpa de circo. Otro proyecto anterior, de 1863, y debido a un francés del círculo de Viollet-le-Duc, Emile Trélat, quedaría en el olvido. Varios casos análogos se repitieron hasta que el mercado de la Cebada y el de los Mostenses se encargaron al arquitecto municipal Manuel Calvo y Pereira. Calvo y Pereira, profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid vio, cuando se inició la revolución de 1868, cómo sus proyectos posponían su construcción al periodo de 1870 a 1875. 

En el proyecto de Calvo y Pereira  se utilizaron módulos prefabricados, de forma que el aprovechamiento del terreno llegó al máximo.  En estos mercados  se podían multiplicar el número de apoyos, a diferencia de las carenas diáfanas de las estaciones. Las persianas metálicas servirían para asegurar una buena ventilación. El material llegó preparado de París.  Predominaba el uso del hierro por encima de un corto zócalo.

En Barcelona, destaca el mercado de San Antonio, proyectado por Antonio Rovira y Trías y construido entre 1876 y 1882. Posee una disposición con forma de cruz de San Andrés, y ocupa toda una manzana del Ensanche de Cerdá. Hoy en día, las adiciones enmascaran su estructura original. La Maquinista Terrestre y Marítima  se ocupó de la construcción del mercado de San Antonio y el del Borne. Este último, es más sencillo y en su levantamiento colaboraron José Fontseré, maestro de obras, y el ingeniero Cornet y Mas (1873-1876). Más tarde se terminó el mercado de la Concepción, en 1884. 

Ya en el siglo XX, algunos mercados consiguen una gran monumentalidad acentuada por la competitividad entre ciudades. Pero el caso del Mercado Central de Valencia, construido entre 1910 y 1929 sólo supone un punto climático en un proceso en el que existe una larga experiencia de mercados singulares en el último tercio del siglo XIX.

El Mercado de Alfonso XII o de Atarazanas en Málaga (1879) fue proyectado por Joaquín Rucoba. En él se aprovechó una portada de las atarazanas nazaritas. Con hierro fundido se remedaron formas que recordarían la delgadez de las columnillas de monumentos granadinos, capiteles, atauriques, arcos, etc. Los metales procedían de la fundición sevillana de Pérez Hermanos.

Mercados de la época que se conservan en buen estado son los del Val (1878), de Valladolid, creado por Ruiz Sierra, el de Oviedo (1882) proyectado por Javier Aguirre, arquitecto provincial, o el de Palencia (1895), debido a Agapito y Revila. Estos ejemplos muestran su estructura metálica al exterior. En Valladolid llegó a haber tres mercados, aunque hoy en día sólo se conserve el del Val. Otros mercados muestran un equilibrio entre la estructura metalizada y los muros, como en el proyectado en Salamanca (1898) por Joaquín Vargas. 

Los mercados metálicos ofrecen importantes ventajas en cuanto a ventilación, luz, coste de la obra, espacios diáfanos, etc. Había que conseguir no sumar los inconvenientes del comportamiento del hierro con respecto al frío o el calor. Así se llegaron a proyectos más cerrados, en los que el hierro conformaba una parte del mercado, como en el de Mieres (1904), del arquitecto Juan Miguel de la Guardia. En este ejemplo apenas se ve la obra en hierro, excepto en la zona central. Los materiales salieron, como para otros mercados nacionales, de la Fundición de Mieres. 

Un concepto cerrado similar encontramos en el mercado de La Unión (1903),  en la sierra de Cartagena, con un proyecto de Beltrí dirigido por Cerdán. En cambio, otros proyectos evitaron el problema del exceso de calor, luz y ventilación con estructuras sin cerramiento perimetral. Se trata de mercados ya bastante tardíos como el Colón en Valencia (1914-1916) o el de Salamanca en Málaga, acabado en 1925. 

Pasajes.

Los mercados municipales respondían a unas necesidades que fueron transformadas en moda, pero existieron otras invenciones de carácter burgués que provenían de caprichos urbanos, los pasajes. Los pasajes tuvieron su época de apogeo. Unos años después no se volvieron a construir y de este modo no se dio la oportunidad de que se creara un hábito urbano con ellos. 

Los pasajes son vías peatonales, cubiertas con una estructura de hierro y cristal, lo que proporciona luz natural. Suelen ser un atajo entre dos zonas urbanas de obligado paso, o al menos frecuente. Su planta baja tiene un uso comercial, y la arquitectura exterior unifica los locales que se encuentran allí. 

No existen hoy ejemplos brillantes de pasajes en nuestra geografía. La mayor parte ha desaparecido totalmente o se ha alterado y desnaturalizado. En los últimos años se ha recuperado en Madrid el Pasaje de Murga (1847-1849), pero sin cerrarlo con hierro y vidrio. En Barcelona, el pasaje de Bacardí (1856) forma parte de la estructuración urbana de la Plaza Real, y el del Crédito (1879), de una calle cercana. 

Dos pasajes comerciales son especialmente importantes, el Gutiérrez de Valladolid y el de Gabriel Lodares en Albacete. El de Valladolid responde a un proyecto de Jerónimo Ortiz de Urbina. Se inauguró en 1886, y conserva gran parte de los atributos que solían acompañar a estas construcciones, como una réplica de un Mercurio que funciona, claro está, como el dios del Comercio que debe presidir estas estructuras. Otras pinturas alegóricas harán referencia a la Industria, a la Agricultura, al Comercio, a las Artes, etc. El progreso, en este programa iconográfico, se liga al auge del comercio. 

El pasaje Lodares de Albacete es bastante tardío (1925) pero responde a modelos que se daban ya en la España de Isabel II y que evolucionaron en la Restauración. Este pasaje se debe a Buenaventura Fernando Castells, y posee características de gran calidad que lo asocian a pasajes europeos. El orden de columnas de la planta baja llama la atención y se complementa de nuevo con la iconografía característica de estos pasajes alusiva al comercio, la industria, etc.

Pabellones.

Hay unas arquitecturas nacidas en el siglo XIX que están concebidas como estructuras de metal y cristal, que tienen distintos usos, desde meros invernaderos a verdaderos “Palacios de Cristal”. 

Entre los pabellones que aún sobreviven al paso del tiempo se encuentra el bello Umbráculo de Barcelona (1833), situado en el parque de la Ciudadela. Tanto el parque como este pabellón se deben a Fontseré, maestro de obras. El Umbráculo se basa en una estructura de cinco naves escalonadas, que sirven para equilibrar su sistema de empujes. Los cálculos de los soportes, arcos y viguerías, de muy estrecho grosor, se deben un profesor de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, Torrás y Guardiola, que tenía amplios conocimientos acerca de las estructuras metálicas y su comportamiento y que los puso en práctica en otros edificios de la capital condal, sobre todo con ocasión de la Exposición Universal de 1888.  Frente al Umbráculo se encuentra situado el Invernáculo, también calculado por Torrás pero proyectado por José Amargós en 1887.

El Umbráculo derrama su sombra de listonado de madera al Invernáculo, cerrado con cristal. 
Otro ejemplo sobresaliente de la arquitectura en hierro lo encontramos en el Palacio de Cristal del Buen Retiro, en Madrid. Proyectado por Ricardo Velázquez, su uso tenía también, como los ejemplos catalanes, una profunda relación con el efecto de la luz y el calor. Bernardo Asins construyó esta especie de pabellón-estufa para la Exposición de Filipinas de 1887. La luz de su interior era graduada gracias a toldos. En el Palacio se expusieron plantas exóticas y a ellas se añadieron fuentes con surtidores, elementos conjuntados perfectamente con el entorno en el que se ubicaba el pabellón, un jardín con un lago inmediato. La ingravidez proporcionada por las paredes de cristal contrasta con el potente pórtico jónico de la fachada, y ese carácter transparente sólo se colorea levemente a través de la incorporación de unas cerámicas del taller de Zuloaga.

Kioscos de música

Si los jardines empezaron a poblarse con pabellones, muchas ciudades  contaron también con la incorporación de kioscos de música en sus plazas, muchas de ellas ajardinadas. Los kioscos de música eran uno templetes que servían a la población como un servicio municipal con el objetivo de entretener. La construcción se debía al ayuntamiento y en el templete, además, actuaba la banda municipal. Es esto una materialización de una de las muchas iniciativas que comenzaron a tener los poderes locales en el siglo XIX, añadida a la construcción de teatros, mercados o cementerios.

Al deberse a una iniciativa de los ayuntamientos, era lógico que mayoritariamente los autores de los kioscos de música fueran los arquitectos municipales. Los modos de realización podían diferir bastante. En unos casos los kioscos eran inventados. En otras ocasiones la actuación del arquitecto se reduce a encargar un kiosco de los ofrecidos por las casas constructoras en sus catálogos, y después  modificar algún detalle. 

No obstante, los inventados también suelen aprovechar materiales ya manufacturados y ofrecidos por dichas empresas constructoras. De ahí que se puedan encontrar entre los varios kioscos que se conservan, por muy distantes que estén, similares elementos prefabricados; como columnas de fundición o antepechos. 

Pero esta circunstancia no obstaculiza que exista una amplia variedad de matices entre los distintos kioscos que se conservan. Como el kiosco tiene muy pocos elementos, su realización puede ser desde el punto de vista de su estética, un fracaso por su factura burda, o un ejemplo de delicadeza absoluta. 

Lo más habitual es que se cree una plataforma octogonal, como si se tratara de un zócalo elevado. Sobre éste arrancan unas delgadas columnas, generalmente ocho, que soportan la cubierta  del kiosco. Este es el esquema general sobre el que se suceden las variaciones, en especial en la cubierta, en la que la madera funciona como un material bastante bueno, dada su facultad de absorción del sonido sin apenas rebotarlo. También presentan muchas variaciones el acceso al templete, sea diseñando especialmente para la ocasión una escalera  de piedra o de hierro,  el calado de los antepechos y los arcos. Otros elementos, además de ser creados especialmente, presentan una interacción con el entorno que determinará su diseño. Por ejemplo el uso inferior de la plataforma llevará a la creación de fuentes, o bancos, a su incorporación como una parte más del jardín, o a su acondicionamiento como almacén etc. De igual modo, el diseño de la cubierta tendrá también relación con el entorno en el que se ubica.  A menudo se añaden elementos que hacen referencia a su utilización musical (por ejemplo, la lira representada  por Juan Miguel de la Guardia en el templete del Paseo de Bombé en Oviedo, de 1888) o a emblemas de la ciudad (en el cornisamento del kiosco de los jardines de Pereda, en Santander). También las notas de color pueden incorporarse a la estructura, como en el kiosco de Cuenca.

Entre ejemplos sobresalientes de estas arquitecturas destacan el de la Alameda de Santiago de Compostela (1896), con una gran belleza tanto en sus proporciones como en sus detalles decorativos. También el que se halla en las inmediaciones de La Guardia (Álava) sugiere un trabajo delicado, a través de la construcción de un podio de buena cantería que se convierte en un banco corrido alrededor del templete. La situación de este banco posibilita escuchar la música y también contemplar la belleza del paisaje que se extiende ante los ojos del visitante. En la Alameda de San Sebastián, de carácter ya modernista, se nos ofrece una planta oval; se cierra en su parte superior por unas magníficas vidrieras. 

Con el paso del tiempo, ha desaparecido un buen número de los elementos que decoraban estos templetes, como veletas, remates, mobiliario, lámparas para conciertos nocturnos, etc. Por otra parte, el cambio de sociedad ha propiciado que hayan perdido su función originaria. Los entretenimientos en el siglo XX hicieron evolucionar las preferencias por otro tipo de espectáculos. Los encuentros ciudadanos son hoy en día de muy distinta naturaleza.