| Mercados
Muchas ciudades españolas vieron
nacer en calles y plazas arquitecturas metálicas antes nunca vistas
en los entornos urbanos. Como ocurrió en París con las desaparecidas
Les Halles (1854-1866), en nuestra geografía las plazas en las que
se ubicaban los mercados fueron los testigos de unas nuevas construcciones
en hierro fundido. Les Halles se habían convertido en el modelo
europeo de los mercados en hierro.
Los mercados en hierro daban signo del
índice de modernidad de una ciudad. El poder municipal se podía
medir a través de las transacciones que ocurrían en los mercados.
También a este respecto se puede observar la competitividad de las
ciudades, a través de los poderes locales.
En los años finales del reinado
de Isabel II distintos ayuntamientos contactaron con empresas constructoras
francesas. Pretendían introducir nuevos mercados en
las antiguas plazas que servían para estas transacciones comerciales.
A veces se trataba de solares desamortizados. Las intenciones de los ayuntamientos
se retrasarían debido a la situación política de aquella
fecha. Alrededor de 1870 se pondrían en práctica
los primeros proyectos.
En esta situación, se construiría
el mercado de la Cebada en Madrid (1868). Inicialmente hubo una propuesta
vanguardista del francés Héctor Horeau en la que su
planta triangular se cubría con una armadura que parecía
una carpa de circo. Otro proyecto anterior, de 1863, y debido a un francés
del círculo de Viollet-le-Duc, Emile Trélat, quedaría
en el olvido. Varios casos análogos se repitieron hasta que el mercado
de la Cebada y el de los Mostenses se encargaron al arquitecto municipal
Manuel Calvo y Pereira. Calvo y Pereira, profesor de la Escuela de Arquitectura
de Madrid vio, cuando se inició la revolución de 1868, cómo
sus proyectos posponían su construcción al periodo de 1870
a 1875.
En el proyecto de Calvo y Pereira
se utilizaron módulos prefabricados, de forma que el aprovechamiento
del terreno llegó al máximo. En estos mercados
se podían multiplicar el número de apoyos, a diferencia de
las carenas diáfanas de las estaciones. Las persianas metálicas
servirían para asegurar una buena ventilación. El material
llegó preparado de París. Predominaba el uso del hierro
por encima de un corto zócalo.
En Barcelona, destaca el mercado de San
Antonio, proyectado por Antonio Rovira y Trías y construido entre
1876 y 1882. Posee una disposición con forma de cruz de San Andrés,
y ocupa toda una manzana del Ensanche de Cerdá. Hoy en día,
las adiciones enmascaran su estructura original. La Maquinista Terrestre
y Marítima se ocupó de la construcción del mercado
de San Antonio y el del Borne. Este último, es más sencillo
y en su levantamiento colaboraron José Fontseré, maestro
de obras, y el ingeniero Cornet y Mas (1873-1876). Más tarde se
terminó el mercado de la Concepción, en 1884.
Ya en el siglo XX, algunos mercados consiguen
una gran monumentalidad acentuada por la competitividad entre ciudades.
Pero el caso del Mercado Central de Valencia, construido entre 1910 y 1929
sólo supone un punto climático en un proceso en el que existe
una larga experiencia de mercados singulares en el último tercio
del siglo XIX.
El Mercado de Alfonso XII o de Atarazanas
en Málaga (1879) fue proyectado por Joaquín Rucoba. En él
se aprovechó una portada de las atarazanas nazaritas. Con hierro
fundido se remedaron formas que recordarían la delgadez de las columnillas
de monumentos granadinos, capiteles, atauriques, arcos, etc. Los metales
procedían de la fundición sevillana de Pérez Hermanos.
Mercados de la época que se conservan
en buen estado son los del Val (1878), de Valladolid, creado por Ruiz Sierra,
el de Oviedo (1882) proyectado por Javier Aguirre, arquitecto provincial,
o el de Palencia (1895), debido a Agapito y Revila. Estos ejemplos muestran
su estructura metálica al exterior. En Valladolid llegó a
haber tres mercados, aunque hoy en día sólo se conserve el
del Val. Otros mercados muestran un equilibrio entre la estructura metalizada
y los muros, como en el proyectado en Salamanca (1898) por Joaquín
Vargas.
Los mercados metálicos ofrecen
importantes ventajas en cuanto a ventilación, luz, coste de la obra,
espacios diáfanos, etc. Había que conseguir no sumar los
inconvenientes del comportamiento del hierro con respecto al frío
o el calor. Así se llegaron a proyectos más cerrados, en
los que el hierro conformaba una parte del mercado, como en el de Mieres
(1904), del arquitecto Juan Miguel de la Guardia. En este ejemplo apenas
se ve la obra en hierro, excepto en la zona central. Los materiales salieron,
como para otros mercados nacionales, de la Fundición de Mieres.
Un concepto cerrado similar encontramos
en el mercado de La Unión (1903), en la sierra de Cartagena,
con un proyecto de Beltrí dirigido por Cerdán. En cambio,
otros proyectos evitaron el problema del exceso de calor, luz y ventilación
con estructuras sin cerramiento perimetral. Se trata de mercados ya bastante
tardíos como el Colón en Valencia (1914-1916) o el de Salamanca
en Málaga, acabado en 1925.
Pasajes.
Los mercados municipales respondían
a unas necesidades que fueron transformadas en moda, pero existieron otras
invenciones de carácter burgués que provenían de caprichos
urbanos, los pasajes. Los pasajes tuvieron su época de apogeo. Unos
años después no se volvieron a construir y de este modo no
se dio la oportunidad de que se creara un hábito urbano con ellos.
Los pasajes son vías peatonales,
cubiertas con una estructura de hierro y cristal, lo que proporciona luz
natural. Suelen ser un atajo entre dos zonas urbanas de obligado paso,
o al menos frecuente. Su planta baja tiene un uso comercial, y la arquitectura
exterior unifica los locales que se encuentran allí.
No existen hoy ejemplos brillantes de
pasajes en nuestra geografía. La mayor parte ha desaparecido totalmente
o se ha alterado y desnaturalizado. En los últimos años se
ha recuperado en Madrid el Pasaje de Murga (1847-1849), pero sin cerrarlo
con hierro y vidrio. En Barcelona, el pasaje de Bacardí (1856) forma
parte de la estructuración urbana de la Plaza Real, y el del Crédito
(1879), de una calle cercana.
Dos pasajes comerciales son especialmente
importantes, el Gutiérrez de Valladolid y el de Gabriel Lodares
en Albacete. El de Valladolid responde a un proyecto de Jerónimo
Ortiz de Urbina. Se inauguró en 1886, y conserva gran parte de los
atributos que solían acompañar a estas construcciones, como
una réplica de un Mercurio que funciona, claro está, como
el dios del Comercio que debe presidir estas estructuras. Otras pinturas
alegóricas harán referencia a la Industria, a la Agricultura,
al Comercio, a las Artes, etc. El progreso, en este programa iconográfico,
se liga al auge del comercio.
El pasaje Lodares de Albacete es bastante
tardío (1925) pero responde a modelos que se daban ya en la España
de Isabel II y que evolucionaron en la Restauración. Este pasaje
se debe a Buenaventura Fernando Castells, y posee características
de gran calidad que lo asocian a pasajes europeos. El orden de columnas
de la planta baja llama la atención y se complementa de nuevo con
la iconografía característica de estos pasajes alusiva al
comercio, la industria, etc.
Pabellones.
Hay unas arquitecturas nacidas en el siglo
XIX que están concebidas como estructuras de metal y cristal, que
tienen distintos usos, desde meros invernaderos a verdaderos “Palacios
de Cristal”.
Entre los pabellones que aún sobreviven
al paso del tiempo se encuentra el bello Umbráculo de Barcelona
(1833), situado en el parque de la Ciudadela. Tanto el parque como este
pabellón se deben a Fontseré, maestro de obras. El Umbráculo
se basa en una estructura de cinco naves escalonadas, que sirven para equilibrar
su sistema de empujes. Los cálculos de los soportes, arcos y viguerías,
de muy estrecho grosor, se deben un profesor de la Escuela de Arquitectura
de Barcelona, Torrás y Guardiola, que tenía amplios conocimientos
acerca de las estructuras metálicas y su comportamiento y que los
puso en práctica en otros edificios de la capital condal, sobre
todo con ocasión de la Exposición Universal de 1888.
Frente al Umbráculo se encuentra situado el Invernáculo,
también calculado por Torrás pero proyectado por José
Amargós en 1887.
El Umbráculo derrama su sombra
de listonado de madera al Invernáculo, cerrado con cristal.
Otro ejemplo sobresaliente de la arquitectura
en hierro lo encontramos en el Palacio de Cristal del Buen Retiro, en Madrid.
Proyectado por Ricardo Velázquez, su uso tenía también,
como los ejemplos catalanes, una profunda relación con el efecto
de la luz y el calor. Bernardo Asins construyó esta especie de pabellón-estufa
para la Exposición de Filipinas de 1887. La luz de su interior era
graduada gracias a toldos. En el Palacio se expusieron plantas exóticas
y a ellas se añadieron fuentes con surtidores, elementos conjuntados
perfectamente con el entorno en el que se ubicaba el pabellón, un
jardín con un lago inmediato. La ingravidez proporcionada por las
paredes de cristal contrasta con el potente pórtico jónico
de la fachada, y ese carácter transparente sólo se colorea
levemente a través de la incorporación de unas cerámicas
del taller de Zuloaga.
Kioscos de música
Si los jardines empezaron a poblarse con
pabellones, muchas ciudades contaron también con la incorporación
de kioscos de música en sus plazas, muchas de ellas ajardinadas.
Los kioscos de música eran uno templetes que servían a la
población como un servicio municipal con el objetivo de entretener.
La construcción se debía al ayuntamiento y en el templete,
además, actuaba la banda municipal. Es esto una materialización
de una de las muchas iniciativas que comenzaron a tener los poderes locales
en el siglo XIX, añadida a la construcción de teatros, mercados
o cementerios.
Al deberse a una iniciativa de los ayuntamientos,
era lógico que mayoritariamente los autores de los kioscos de música
fueran los arquitectos municipales. Los modos de realización podían
diferir bastante. En unos casos los kioscos eran inventados. En otras ocasiones
la actuación del arquitecto se reduce a encargar un kiosco de los
ofrecidos por las casas constructoras en sus catálogos, y después
modificar algún detalle.
No obstante, los inventados también
suelen aprovechar materiales ya manufacturados y ofrecidos por dichas empresas
constructoras. De ahí que se puedan encontrar entre los varios kioscos
que se conservan, por muy distantes que estén, similares elementos
prefabricados; como columnas de fundición o antepechos.
Pero esta circunstancia no obstaculiza
que exista una amplia variedad de matices entre los distintos kioscos que
se conservan. Como el kiosco tiene muy pocos elementos, su realización
puede ser desde el punto de vista de su estética, un fracaso por
su factura burda, o un ejemplo de delicadeza absoluta.
Lo más habitual es que se cree
una plataforma octogonal, como si se tratara de un zócalo elevado.
Sobre éste arrancan unas delgadas columnas, generalmente ocho, que
soportan la cubierta del kiosco. Este es el esquema general sobre
el que se suceden las variaciones, en especial en la cubierta, en la que
la madera funciona como un material bastante bueno, dada su facultad de
absorción del sonido sin apenas rebotarlo. También presentan
muchas variaciones el acceso al templete, sea diseñando especialmente
para la ocasión una escalera de piedra o de hierro,
el calado de los antepechos y los arcos. Otros elementos, además
de ser creados especialmente, presentan una interacción con el entorno
que determinará su diseño. Por ejemplo el uso inferior de
la plataforma llevará a la creación de fuentes, o bancos,
a su incorporación como una parte más del jardín,
o a su acondicionamiento como almacén etc. De igual modo, el diseño
de la cubierta tendrá también relación con el entorno
en el que se ubica. A menudo se añaden elementos que hacen
referencia a su utilización musical (por ejemplo, la lira representada
por Juan Miguel de la Guardia en el templete del Paseo de Bombé
en Oviedo, de 1888) o a emblemas de la ciudad (en el cornisamento del kiosco
de los jardines de Pereda, en Santander). También las notas de color
pueden incorporarse a la estructura, como en el kiosco de Cuenca.
Entre ejemplos sobresalientes de estas
arquitecturas destacan el de la Alameda de Santiago de Compostela (1896),
con una gran belleza tanto en sus proporciones como en sus detalles decorativos.
También el que se halla en las inmediaciones de La Guardia (Álava)
sugiere un trabajo delicado, a través de la construcción
de un podio de buena cantería que se convierte en un banco corrido
alrededor del templete. La situación de este banco posibilita escuchar
la música y también contemplar la belleza del paisaje que
se extiende ante los ojos del visitante. En la Alameda de San Sebastián,
de carácter ya modernista, se nos ofrece una planta oval; se cierra
en su parte superior por unas magníficas vidrieras.
Con el paso del tiempo, ha desaparecido
un buen número de los elementos que decoraban estos templetes, como
veletas, remates, mobiliario, lámparas para conciertos nocturnos,
etc. Por otra parte, el cambio de sociedad ha propiciado que hayan perdido
su función originaria. Los entretenimientos en el siglo XX hicieron
evolucionar las preferencias por otro tipo de espectáculos. Los
encuentros ciudadanos son hoy en día de muy distinta naturaleza.

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