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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX. (II) 5/6
ARQUITECTURA DEL ÚLTIMO TERCIO DE SIGLO 
ISBN 84-9714-009-5
Inmaculada Rodríguez Cunill
 

4.3 ECLECTICISMOS
En cierto sentido, toda arquitectura de carácter historicista es ecléctica, pues siempre aparece un mecanismo de adaptación de algún aspecto de la Historia en la elaboración del arquitecto. 

Durante el siglo XIX, el arquitecto actúa corrigiendo la Historia, adaptando la arquitectura de aquel tiempo al momento en que vive el autor. En general, los proyectos decimonónicos  obedecen a una óptica ecléctica, y es esta óptica la que propicia que una obra de la antigüedad clásica o de la Edad Media no pueda ser confundida con otra elaborada en el XIX, por mucho que haya tomado como referencia elementos clásicos o medievales.

La adaptación que realiza el arquitecto se efectúa de un modo evidente en las restauraciones que se suceden en este periodo, pero también es palpable en la génesis de nuevos proyectos.

No ha de olvidarse que desde el punto de vista en el que todo pensamiento procede en algún aspecto de una idea anterior, toda nueva propuesta es ecléctica, nunca hay algo radicalmente nuevo. Esto sucede especialmente con respecto a la arquitectura, puesto que es una de las Bellas Artes más deudoras de los hallazgos previos. Los problemas de índole mecánica y constructiva han definido el desarrollo de la historia de la arquitectura. Las soluciones estructurales y/o decorativas de un edificio aprovechan siempre hallazgos  presentes en otros espacios o tiempos, y esto constituye en gran parte la riqueza de la arquitectura. Por ello, la Academia, al intentar taponar los trasvases de conductos con otras apreciaciones arquitectónicas, llegó en los primeros años del siglo XIX a estrechar la inventiva en nuevos edificios. 

En realidad, esta dimensión ecléctica de la arquitectura afecta a toda esta categoría de las Bellas Artes y, sin embargo, existe un movimiento propiamente llamado ecléctico en el XIX, un segundo eclecticismo que posee propia personalidad como puede ocurrir con el Renacimiento o el Barroco, y que ofrece a nuestra arquitectura los frutos más importantes de la centuria. Este Eclecticismo, con mayúsculas, se alimenta de múltiples fuentes, aprovecha hallazgos tecnológicos de la sociedad industrial, como los provenientes del desarrollo de la arquitectura del hierro, mezcla la inspiración de diferentes estilos históricos y utiliza la combinación de motivos de diferentes procedencias, estrategias compositivas que conducen a las obras más imaginativas y frescas o a los fracasos más estrepitosos del siglo. El abanico de posibilidades creativas se amplía al máximo. Al uso de nuevas tecnologías y viejos temas arquitectónicos se une la integración de otras artes en el marco arquitectónico. Su sensibilidad al color, el desarrollo de la arquitectura interior y decorativa, la integración de esculturas y elementos de artes y oficios, hizo de la arquitectura ecléctica un ejemplo de una nueva brisa liberadora, a pesar de que a menudo se ha acusado al eclecticismo de fomentar sólo la simple apariencia.

José Caveda, que ya a mediados del siglo había destacado con su libro Ensayo Histórico de la Arquitectura,  utilizaría  en sus memorias, ya hacia 1867 el término “ecléctico” relacionado con la arquitectura. Caveda contaba que ésta había evolucionado desde posiciones intolerantes y exclusivas a otras más libres y eclécticas. El carácter de esta nueva arquitectura, según Caveda, era no tener ninguno, era su vaguedad y confusión de estilos, era su forma de mezclarlos en una dimensión heterogénea sorprendente, aunque, sin satisfacer la imaginación ni el buen sentido.  O imitaba lo pasado, o buscaba la originalidad a través de alimentarse de “sus despojos, y ajustarlos mutilados a una combinación en que se consulta primero el capricho que la filosofía, antes lo extraño y exótico que lo agradable ya conocido”.

Las primeras libertades políticas que llegaron con la muerte de Fernando VII pusieron los cimientos a lo que sería el desarrollo del eclecticismo a lo largo del último tercio del siglo XIX. De este  modo, un conjunto de edificios  se señalarían por el hecho de pertenecer a una nueva vía,  una vía que aportaba  construcciones nunca vistas con anterioridad, en la que se podían reconocer detalles anteriores cronológicamente pero jamás combinados en una misma obra. Así ocurriría con obras señeras como la Ópera de París o el Palacio de Justicia de Bruselas.

Además, el advenimiento del estilo ecléctico supuso la aceptación del mismo como el estilo que debía ejercitarse, en espera de que apareciera mesiánicamente otro, que fuera el verdadero estilo del siglo. La incertidumbre y la falta de orientación en este siglo llevaban a pensar aún en un estilo que unificara una sociedad que cada vez se fragmentaba más y se volvía más compleja.

En 1882 Rada y Delgado defiende esta idea. En un discurso para la Academia de San Fernando, acepta de un modo pesimista la confusión del eclecticismo arquitectónico, y defiende la idea de que se trata del entorno previo para que, con el transcurso del tiempo, el eclecticismo signifique una transición hacia un estilo propio y original. 

Más allá de que se consiguiera llegar a esa hipótesis de nuevo estilo, el compás de espera que fue el eclecticismo arquitectónico proporcionaba ciertas ventajas que la simple recreación historicista no aportaba. La libertad  de escala del eclecticismo era una gran ventaja que ni el medievalismo ni la tradición clásica posibilitaban. Las relaciones de proporciones de los nuevos temas arquitectónicos adaptados a la ciudad no se podrían haber adaptado a los viejos estilos. De ahí que el eclecticismo  fuera puesto en práctica en las casas de renta de los ensanches urbanos, en arquitectura doméstica e industrial, en edificios públicos institucionales, en hospitales, mercados, estaciones y un sinfín de construcciones que si se hubieran acomodado a proporciones clásicas o medievales hubieran distorsionado cualquier nueva visión de la ciudad o cualquier vieja idea de los estilos antiguos.

El origen de toda esta liberación arquitectónica se remonta a las prácticas diseñadoras de la Escuela de Arquitectura. La primera generación importante sería la de 1850, que desde Madrid o desde Barcelona (con una escuela que comenzó a funcionar en 1875) elaboraría lo más reseñable de este eclecticismo en los últimos veinticinco años del XIX. En muchos casos, serían autores que se habían alimentado de intereses historicistas. Destacan en esta generación nombres como los de Velázquez Bosco, Rodríguez Ayuso, Repullés y Vargas, Gaudí, Antonio Martorell, Mélida, Doménech, etc. Una segunda generación más tardía estaría comprometida con modernismos, nacionalismos y regionalismos, y se compondría de hombres nacidos en torno a 1870 o 1875. Las obras de esta segunda generación penetrarían, siguiendo la línea ecléctica aún, en el siglo XX. Entre ellos se encontrarían Beltrí, Cerdán, Estanga, Martínez de Ubago, Puig y Cadafalch, Moncunill, Rubió, Alejandro Soler, Aníbal González, etc. Muchos de ellos, arquitectos municipales y provinciales,  terminarían identificándose con el carácter de la arquitectura local en la que trabajaban, construyendo edificios que formaban parte de proyectos de ensanches urbanísticos.

La Exposición Universal de Barcelona (1888) significó la plasmación de un rico conjunto de arquitectura ecléctica, apartada del mero historicismo, que buscaba una apariencia nueva y moderna en el entorno español. Aunque la mayor parte de sus edificios se han perdido, se conservan el Arco de Triunfo de Vilaseca y Casanovas (1848-1910) o el Café Restaurante de Doménech (hoy museo de Zoología). En esta obra de Lluís Domènech (1850-1923) se observa una convivencia de materiales tradicionales con el hierro, resuelta con nuevas relaciones de formas, colores y luces; evoca en este edificio un castillo medieval, con almenas y torreones esquinados. Domènech también creó el desaparecido Hotel Internacional. Las viejas fotografías que se conservan son testigos de una estructura aparatosa y compleja. A este arquitecto también se debe el edificio en el que se ubica en la actualidad la Fundación Tápies, y que era con anterioridad la sede de la editorial Montaner y Simón (1879). La fachada de esta construcción muestra un manejo del ladrillo, constante en Domènech, que hace que se haya asociado al uso no historicista del mudéjar. Otros aspectos de este edificio han provocado que se haya calificado como premodernista. 

El Arco de Triunfo de Vilaseca servía para recibir a los visitantes que acudían al recinto ferial. La heterogeneidad de elementos decorativos se ajustan bien y se muestran reminiscencias de estilo que provienen del mundo romano. También se construyó para la ocasión una espectacular cascada en el parque de la Ciudadela, obra de Josep Fontseré i Mestres.

Aparte de las obras realizadas con ocasión de la Exposición Universal de Barcelona, las edificaciones que obedecen a principios eclécticos responden a temas arquitectónicos que nacen en el siglo XIX o que manifiestan un auge en estos años: construcciones de carácter institucional como diputaciones, ayuntamientos y ministerios, estaciones, mercados, teatros, casinos, escuelas, edificios de carácter cultural, bancos y otros edificios que alojaban el movimiento bursátil, escenografías teatrales, kioscos de música, etc. 

Edificios de carácter administrativo: Diputaciones, Ayuntamientos y Ministerios.

El eclecticismo se materializó con especial fuerza en edificios institucionales. Este estilo podía proporcionar una imagen renovadora del poder, a la vez que mostrar su pujanza. En el entorno madrileño destacó la figura de Ricardo Velázquez Bosco, un arquitecto que realizó el destacable edificio del Ministerio de Fomento (1892), hoy de Agricultura.  En este edificio, Velázquez Bosco hace gala de una gran erudición, con citas  tanto al pasado como a la arquitectura francesa del momento, con la estructuración de patios cubiertos por estructuras de hierro y cristal. Sus plantas se ligan a través de una escalera principal, cubierta con una bóveda que sirve también de soporte pictórico. El acierto de este edificio es el de la convivencia de imágenes muy diversas en un mismo entorno, lo que proporciona rasgos de espectacularidad en el interior y en el exterior. Pero Velázquez Bosco no se sirve de exageraciones, sino de un equilibrio estilístico y un uso de la escala que unifica todo el edificio. Así ocurre también en otro edificio del mismo autor, la Escuela de Minas de Madrid (1893), en la que se consigue uno de los máximos exponentes arquitectónicos entre Villanueva y Gaudí.

En el contexto ecléctico en Barcelona destaca la enfatización de la función del edificio a través de las líneas arquitectónicas. El Palacio de Justicia de la ciudad condal, realizado entre 1887 y 1898 por Sagnier y Josep Domènech i Estapà (1858-1917) muestra una planta rectangular. Sus esquinas están rematadas por cuatro torres, y dos más flanquean la portada principal.  Otros palacios de justicia más discretos son el de Pamplona, realizado por Julián Arteaga (1890) y el de Burgos , realizado por David Ruiz Jareño (1882).

Las Diputaciones son uno de los tipos de edificios que más se construyen en este periodo. Lo más habitual es utilizar un lenguaje retórico, aparatoso y grandioso. En Jaén Jorge Porrúa, alineado con cierto gusto francés, comienza a construir la Diputación en 1875. En San Sebastián, Luis Aladrén y Adolfo Morales de los Ríos se encargarán de la Diputación de Guipúzcoa, entre 1880 y 1885, que muestra una espléndida balconada. El mismo Aladrén se encargaría a partir de 1892 de un proyecto suntuoso y recargado, como es el de la Diputación de Vizcaya en Bilbao. Todos los materiales que aparecen en estas dos diputaciones acentúan el interés artístico por estos edificios. El énfasis en la exposición de las riquezas hará que estos edificios sigan la línea del gusto del arte francés del Segundo Imperio. El carácter palaciego de las diputaciones provinciales se debía a que se quería subrayar la importancia social y económica de su circunscripción. En algunas ocasiones los edificios estaban por encima de las posibilidades económicas de la provincia, pero la rivalidad que se llegó a establecer entre ellas justifica a menudo el lenguaje que utilizaban.

Más severa y comedida es la Diputación de Asturias en Oviedo, realizada entre 1900 y 1910 por Nicolás García Rivero (1853-1913) y, de nuevo, muestra del gusto imperante en edificios franceses contemporáneos.  Las diputaciones de Burgos, Toledo y Pontevedra no se asocian a la rivalidad y a pretensiones constructivas. Muy al contrario, la Diputación de Burgos, obra de Luis Villanueva y Ángel Calleja, es un edificio modesto y comedido. La de Toledo, debida a Agustín Ortiz de Villajos y construida a partir de 1882, conserva su fachada, tras una casi completa remodelación interior. En dicha fachada hay algo del purismo toledano del siglo XVI de Alonso Covarrubias. La Diputación de Pontevedra, obra de Domingo Rodríguez Sesmero y su hijo Alejandro, revela, en contraposición con otros ejemplos contemporáneos, una simplicidad y discreción en sus elementos constructivos poco usuales.

Los ayuntamientos también mostraron en sus edificios un compromiso como símbolo de la localidad y competitividad entre diversas ciudades. En el ayuntamiento de La Coruña, de Pedro Mariño (1901), se observan unos ostentosos remates que, aunque construidos más tarde, muestran un efectismo final conducente a entrar en el juego de la competencia entre las ciudades.

La plaza porticada de María Pita hace de entorno a su fachada, como si se tratara de una gran escenografía. El emplazamiento en el centro de la plaza beneficia la contemplación de su compleja fachada, con dos torres laterales y una central, enmarcada a la perfección. Los interiores del edificio continúan el mismo talante que el exterior. Su balcón municipal se entiende casi como un arco triunfal y sobre él, un ático adornado de figuras alegóricas, con el escudo de la ciudad y la torre del reloj proporcionan los elementos necesarios para poner en evidencia los elementos que dan méritos al edificio y, por ende, a la misma localidad.

El programa del ayuntamiento de Cartagena es también interesante. Su eclecticismo al margen de la historia se contradice con las posiciones de su autor, el arquitecto municipal Tomás Rico, y con las manifestaciones de las críticas del momento, que pretenden justificar el estilo utilizado cuando, en realidad se trata de una conjunción más allá de todo renacimiento de lo español. Sus formas vigorosas aportan a este edificio la sensación de recargamiento. Obras en otros ayuntamientos, como los de Málaga, Valencia o Bilbao, se verían reforzadas por manifestaciones en el mismo sentido. El ayuntamiento de Bilbao, obra de Joaquín Rucoba, fue realizado entre 1884 y 1891. El de Valladolid inició su construcción  a partir de 1898 según la traza de Enrique Repullés y Vargas.  Se dispuso en el centro de la plaza Mayor de la ciudad, si bien es verdad que no se consigue una buena armonización entre las torres laterales, gruesas y bajas, con la torre del reloj.