4.3
ECLECTICISMOS
En cierto sentido, toda arquitectura
de carácter historicista es ecléctica, pues siempre aparece
un mecanismo de adaptación de algún aspecto de la Historia
en la elaboración del arquitecto.
Durante el siglo XIX, el arquitecto actúa
corrigiendo la Historia, adaptando la arquitectura de aquel tiempo al momento
en que vive el autor. En general, los proyectos decimonónicos
obedecen a una óptica ecléctica, y es esta óptica
la que propicia que una obra de la antigüedad clásica o de
la Edad Media no pueda ser confundida con otra elaborada en el XIX, por
mucho que haya tomado como referencia elementos clásicos o medievales.
La adaptación que realiza el arquitecto
se efectúa de un modo evidente en las restauraciones que se suceden
en este periodo, pero también es palpable en la génesis de
nuevos proyectos.
No ha de olvidarse que desde el punto
de vista en el que todo pensamiento procede en algún aspecto de
una idea anterior, toda nueva propuesta es ecléctica, nunca hay
algo radicalmente nuevo. Esto sucede especialmente con respecto a la arquitectura,
puesto que es una de las Bellas Artes más deudoras de los hallazgos
previos. Los problemas de índole mecánica y constructiva
han definido el desarrollo de la historia de la arquitectura. Las soluciones
estructurales y/o decorativas de un edificio aprovechan siempre hallazgos
presentes en otros espacios o tiempos, y esto constituye en gran parte
la riqueza de la arquitectura. Por ello, la Academia, al intentar taponar
los trasvases de conductos con otras apreciaciones arquitectónicas,
llegó en los primeros años del siglo XIX a estrechar la inventiva
en nuevos edificios.
En realidad, esta dimensión ecléctica
de la arquitectura afecta a toda esta categoría de las Bellas Artes
y, sin embargo, existe un movimiento propiamente llamado ecléctico
en el XIX, un segundo eclecticismo que posee propia personalidad como puede
ocurrir con el Renacimiento o el Barroco, y que ofrece a nuestra arquitectura
los frutos más importantes de la centuria. Este Eclecticismo, con
mayúsculas, se alimenta de múltiples fuentes, aprovecha hallazgos
tecnológicos de la sociedad industrial, como los provenientes del
desarrollo de la arquitectura del hierro, mezcla la inspiración
de diferentes estilos históricos y utiliza la combinación
de motivos de diferentes procedencias, estrategias compositivas que conducen
a las obras más imaginativas y frescas o a los fracasos más
estrepitosos del siglo. El abanico de posibilidades creativas se amplía
al máximo. Al uso de nuevas tecnologías y viejos temas arquitectónicos
se une la integración de otras artes en el marco arquitectónico.
Su sensibilidad al color, el desarrollo de la arquitectura interior y decorativa,
la integración de esculturas y elementos de artes y oficios, hizo
de la arquitectura ecléctica un ejemplo de una nueva brisa liberadora,
a pesar de que a menudo se ha acusado al eclecticismo de fomentar sólo
la simple apariencia.
José Caveda, que ya a mediados
del siglo había destacado con su libro Ensayo Histórico de
la Arquitectura, utilizaría en sus memorias, ya hacia
1867 el término “ecléctico” relacionado con la arquitectura.
Caveda contaba que ésta había evolucionado desde posiciones
intolerantes y exclusivas a otras más libres y eclécticas.
El carácter de esta nueva arquitectura, según Caveda, era
no tener ninguno, era su vaguedad y confusión de estilos, era su
forma de mezclarlos en una dimensión heterogénea sorprendente,
aunque, sin satisfacer la imaginación ni el buen sentido.
O imitaba lo pasado, o buscaba la originalidad a través de alimentarse
de “sus despojos, y ajustarlos mutilados a una combinación en que
se consulta primero el capricho que la filosofía, antes lo extraño
y exótico que lo agradable ya conocido”.
Las primeras libertades políticas
que llegaron con la muerte de Fernando VII pusieron los cimientos a lo
que sería el desarrollo del eclecticismo a lo largo del último
tercio del siglo XIX. De este modo, un conjunto de edificios
se señalarían por el hecho de pertenecer a una nueva vía,
una vía que aportaba construcciones nunca vistas con anterioridad,
en la que se podían reconocer detalles anteriores cronológicamente
pero jamás combinados en una misma obra. Así ocurriría
con obras señeras como la Ópera de París o el Palacio
de Justicia de Bruselas.
Además, el advenimiento del estilo
ecléctico supuso la aceptación del mismo como el estilo que
debía ejercitarse, en espera de que apareciera mesiánicamente
otro, que fuera el verdadero estilo del siglo. La incertidumbre y la falta
de orientación en este siglo llevaban a pensar aún en un
estilo que unificara una sociedad que cada vez se fragmentaba más
y se volvía más compleja.
En 1882 Rada y Delgado defiende esta idea.
En un discurso para la Academia de San Fernando, acepta de un modo pesimista
la confusión del eclecticismo arquitectónico, y defiende
la idea de que se trata del entorno previo para que, con el transcurso
del tiempo, el eclecticismo signifique una transición hacia un estilo
propio y original.
Más allá de que se consiguiera
llegar a esa hipótesis de nuevo estilo, el compás de espera
que fue el eclecticismo arquitectónico proporcionaba ciertas ventajas
que la simple recreación historicista no aportaba. La libertad
de escala del eclecticismo era una gran ventaja que ni el medievalismo
ni la tradición clásica posibilitaban. Las relaciones de
proporciones de los nuevos temas arquitectónicos adaptados a la
ciudad no se podrían haber adaptado a los viejos estilos. De ahí
que el eclecticismo fuera puesto en práctica en las casas
de renta de los ensanches urbanos, en arquitectura doméstica e industrial,
en edificios públicos institucionales, en hospitales, mercados,
estaciones y un sinfín de construcciones que si se hubieran acomodado
a proporciones clásicas o medievales hubieran distorsionado cualquier
nueva visión de la ciudad o cualquier vieja idea de los estilos
antiguos.
El origen de toda esta liberación
arquitectónica se remonta a las prácticas diseñadoras
de la Escuela de Arquitectura. La primera generación importante
sería la de 1850, que desde Madrid o desde Barcelona (con una escuela
que comenzó a funcionar en 1875) elaboraría lo más
reseñable de este eclecticismo en los últimos veinticinco
años del XIX. En muchos casos, serían autores que se habían
alimentado de intereses historicistas. Destacan en esta generación
nombres como los de Velázquez Bosco, Rodríguez Ayuso, Repullés
y Vargas, Gaudí, Antonio Martorell, Mélida, Doménech,
etc. Una segunda generación más tardía estaría
comprometida con modernismos, nacionalismos y regionalismos, y se compondría
de hombres nacidos en torno a 1870 o 1875. Las obras de esta segunda generación
penetrarían, siguiendo la línea ecléctica aún,
en el siglo XX. Entre ellos se encontrarían Beltrí, Cerdán,
Estanga, Martínez de Ubago, Puig y Cadafalch, Moncunill, Rubió,
Alejandro Soler, Aníbal González, etc. Muchos de ellos, arquitectos
municipales y provinciales, terminarían identificándose
con el carácter de la arquitectura local en la que trabajaban, construyendo
edificios que formaban parte de proyectos de ensanches urbanísticos.
La
Exposición Universal de Barcelona (1888) significó la
plasmación de un rico conjunto de arquitectura ecléctica,
apartada del mero historicismo, que buscaba una apariencia nueva y moderna
en el entorno español. Aunque la mayor parte de sus edificios se
han perdido, se conservan el Arco de Triunfo de Vilaseca y Casanovas (1848-1910)
o el Café Restaurante de Doménech (hoy museo de Zoología).
En esta obra de Lluís Domènech (1850-1923) se observa una
convivencia de materiales tradicionales con el hierro, resuelta con nuevas
relaciones de formas, colores y luces; evoca en este edificio un castillo
medieval, con almenas y torreones esquinados. Domènech también
creó el desaparecido Hotel Internacional. Las viejas fotografías
que se conservan son testigos de una estructura aparatosa y compleja. A
este arquitecto también se debe el edificio en el que se ubica en
la actualidad la Fundación Tápies, y que era con anterioridad
la sede de la editorial Montaner y Simón (1879). La fachada de esta
construcción muestra un manejo del ladrillo, constante en Domènech,
que hace que se haya asociado al uso no historicista del mudéjar.
Otros aspectos de este edificio han provocado que se haya calificado como
premodernista.
El Arco de Triunfo de Vilaseca servía
para recibir a los visitantes que acudían al recinto ferial. La
heterogeneidad de elementos decorativos se ajustan bien y se muestran reminiscencias
de estilo que provienen del mundo romano. También se construyó
para la ocasión una espectacular cascada en el parque de la Ciudadela,
obra de Josep Fontseré i Mestres.
Aparte de las obras realizadas con ocasión
de la Exposición Universal de Barcelona, las edificaciones que obedecen
a principios eclécticos responden a temas arquitectónicos
que nacen en el siglo XIX o que manifiestan un auge en estos años:
construcciones de carácter institucional como diputaciones, ayuntamientos
y ministerios, estaciones, mercados, teatros, casinos, escuelas, edificios
de carácter cultural, bancos y otros edificios que alojaban el movimiento
bursátil, escenografías teatrales, kioscos de música,
etc.
Edificios de carácter administrativo:
Diputaciones, Ayuntamientos y Ministerios.
El eclecticismo se materializó
con especial fuerza en edificios institucionales. Este estilo podía
proporcionar una imagen renovadora del poder, a la vez que mostrar su pujanza.
En el entorno madrileño destacó la figura de Ricardo Velázquez
Bosco, un arquitecto que realizó el destacable edificio del Ministerio
de Fomento (1892), hoy de Agricultura. En este edificio, Velázquez
Bosco hace gala de una gran erudición, con citas tanto al
pasado como a la arquitectura francesa del momento, con la estructuración
de patios cubiertos por estructuras de hierro y cristal. Sus plantas se
ligan a través de una escalera principal, cubierta con una bóveda
que sirve también de soporte pictórico. El acierto de este
edificio es el de la convivencia de imágenes muy diversas en un
mismo entorno, lo que proporciona rasgos de espectacularidad en el interior
y en el exterior. Pero Velázquez Bosco no se sirve de exageraciones,
sino de un equilibrio estilístico y un uso de la escala que unifica
todo el edificio. Así ocurre también en otro edificio del
mismo autor, la Escuela de Minas de Madrid (1893), en la que se consigue
uno de los máximos exponentes arquitectónicos entre Villanueva
y Gaudí.
En el contexto ecléctico en Barcelona
destaca la enfatización de la función del edificio a través
de las líneas arquitectónicas. El Palacio de Justicia de
la ciudad condal, realizado entre 1887 y 1898 por Sagnier y Josep Domènech
i Estapà (1858-1917) muestra una planta rectangular. Sus esquinas
están rematadas por cuatro torres, y dos más flanquean la
portada principal. Otros palacios de justicia más discretos
son el de Pamplona, realizado por Julián Arteaga (1890) y el de
Burgos , realizado por David Ruiz Jareño (1882).
Las Diputaciones son uno de los tipos
de edificios que más se construyen en este periodo. Lo más
habitual es utilizar un lenguaje retórico, aparatoso y grandioso.
En Jaén Jorge Porrúa, alineado con cierto gusto francés,
comienza a construir la Diputación en 1875. En San Sebastián,
Luis Aladrén y Adolfo Morales de los Ríos se encargarán
de la Diputación de Guipúzcoa, entre 1880 y 1885, que muestra
una espléndida balconada. El mismo Aladrén se encargaría
a partir de 1892 de un proyecto suntuoso y recargado, como es el de la
Diputación de Vizcaya en Bilbao. Todos los materiales que aparecen
en estas dos diputaciones acentúan el interés artístico
por estos edificios. El énfasis en la exposición de las riquezas
hará que estos edificios sigan la línea del gusto del arte
francés del Segundo Imperio. El carácter palaciego de las
diputaciones provinciales se debía a que se quería subrayar
la importancia social y económica de su circunscripción.
En algunas ocasiones los edificios estaban por encima de las posibilidades
económicas de la provincia, pero la rivalidad que se llegó
a establecer entre ellas justifica a menudo el lenguaje que utilizaban.
Más severa y comedida es la Diputación
de Asturias en Oviedo, realizada entre 1900 y 1910 por Nicolás García
Rivero (1853-1913) y, de nuevo, muestra del gusto imperante en edificios
franceses contemporáneos. Las diputaciones de Burgos, Toledo
y Pontevedra no se asocian a la rivalidad y a pretensiones constructivas.
Muy al contrario, la Diputación de Burgos, obra de Luis Villanueva
y Ángel Calleja, es un edificio modesto y comedido. La de Toledo,
debida a Agustín Ortiz de Villajos y construida a partir de 1882,
conserva su fachada, tras una casi completa remodelación interior.
En dicha fachada hay algo del purismo toledano del siglo XVI de Alonso
Covarrubias. La Diputación de Pontevedra, obra de Domingo Rodríguez
Sesmero y su hijo Alejandro, revela, en contraposición con otros
ejemplos contemporáneos, una simplicidad y discreción en
sus elementos constructivos poco usuales.
Los ayuntamientos también mostraron
en sus edificios un compromiso como símbolo de la localidad y competitividad
entre diversas ciudades. En el ayuntamiento de La Coruña, de Pedro
Mariño (1901), se observan unos ostentosos remates que, aunque construidos
más tarde, muestran un efectismo final conducente a entrar en el
juego de la competencia entre las ciudades.
La plaza porticada de María Pita
hace de entorno a su fachada, como si se tratara de una gran escenografía.
El emplazamiento en el centro de la plaza beneficia la contemplación
de su compleja fachada, con dos torres laterales y una central, enmarcada
a la perfección. Los interiores del edificio continúan el
mismo talante que el exterior. Su balcón municipal se entiende casi
como un arco triunfal y sobre él, un ático adornado de figuras
alegóricas, con el escudo de la ciudad y la torre del reloj proporcionan
los elementos necesarios para poner en evidencia los elementos que dan
méritos al edificio y, por ende, a la misma localidad.
El programa del ayuntamiento de Cartagena
es también interesante. Su eclecticismo al margen de la historia
se contradice con las posiciones de su autor, el arquitecto municipal Tomás
Rico, y con las manifestaciones de las críticas del momento, que
pretenden justificar el estilo utilizado cuando, en realidad se trata de
una conjunción más allá de todo renacimiento de lo
español. Sus formas vigorosas aportan a este edificio la sensación
de recargamiento. Obras en otros ayuntamientos, como los de Málaga,
Valencia o Bilbao, se verían reforzadas por manifestaciones en el
mismo sentido. El ayuntamiento de Bilbao, obra de Joaquín Rucoba,
fue realizado entre 1884 y 1891. El de Valladolid inició su construcción
a partir de 1898 según la traza de Enrique Repullés y Vargas.
Se dispuso en el centro de la plaza Mayor de la ciudad, si bien es verdad
que no se consigue una buena armonización entre las torres laterales,
gruesas y bajas, con la torre del reloj.

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