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ARQUITECTURA DEL SIGLO XIX. (II)
GAUDÍ Y EL PANORAMA ARQUITECTÓNICO DE FINALES DE SIGLO 1/6
ISBN 84-9714-009-5
Inmaculada Rodríguez Cunill
 

 La figura de Gaudí no puede desvincularse del desarrollo económico barcelonés que se produce durante el siglo XIX. Esta circunstancia produjo obras de notoria importancia en la ciudad. Es el auge económico que se da en toda España, y especialmente en Barcelona, lo que hace posible una nueva configuración estética en las zonas urbanas.

Antes de que el siglo XIX acabase, algunos arquitectos realizarían una destacada labor con un carácter propio. Esta labor adquiere más relevancia por encuadrarse aún en una época en la que los historicismos y las arquitecturas de rango ecléctico protagonizan el panorama arquitectónico. Personajes como Gaudí o Domènech i Montaner se pueden comprender en su justa medida enclavándolos en sus propias circunstancias espacio- temporales. 

Ambos arquitectos de origen catalán pertenecen a la generación de 1850 y han recibido una formación análoga a manos de la figura significativa de Elías Rogent en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Domènech  se calificaría de autor ecléctico cinco años después de obtener su título, en 1878. En ese mismo año terminaría Gaudí su carrera. Por entonces ni siguiera se hablaba de modernismo. Así que si el paso del tiempo ha atribuido el calificativo de modernista a estos autores, se trata de una apreciación elaborada a posteriori. En la Barcelona de entonces ni siquiera se había llegado a la gran explosión ecléctica. Faltarían diez años aún para que se produjera la muestra más sorprendente del eclecticismo barcelonés, la Exposición Universal de 1888, dirigida precisamente por Elías Rogent.

De este modo, si hay obras tempranas de Gaudí  que han tenido el calificativo de premodernistas,  se trata de una cuestión terminológica que manifiesta la ignorancia de una circunstancia fundamental: precisamente en aquel tiempo las obras más vanguardistas de la arquitectura dentro y fuera de nuestro país eran los proyectos eclécticos no miméticos.  Se trata de obras como la Casa Vicens y  El Capricho, de Gaudí, o construcciones como la Editorial Montaner y Simón de Luis  Domènech (1880). Son obras muy adelantadas, pero todavía no se puede utilizar el calificativo de modernistas para ellas. El modernismo aún no significa nada en estas fechas. 
De ahí que la figura de Gaudí deba ser estudiada como un punto y aparte respecto a las líneas creativas que se desarrollan en la arquitectura de la época. Su obra se alimenta de los problemas y las aspiraciones contemporáneas, pero también destaca con especial fuerza, más allá de todo calificativo.

La primera formación de Antoni Gaudí (1852-1926) se enclava en la escuela de su ciudad natal, Reus. En 1869 se trasladaría a Barcelona para seguir la carrera de arquitecto, y en 1878 conseguiría su título. 

Antes de terminar la carrera ya ejerció su profesión como ayudante de otros arquitectos o maestros de obras. Pero no sólo se centraría en su dimensión arquitectónica; también se ocuparía del diseño de muebles, del urbanismo o la decoración. Fue artesano, arquitecto, escultor y pintor, y gran parte de su éxito  se debe a que integró plenamente las artes en formas que procedían de su estudio de seres de la naturaleza. En efecto, entre las características singulares de Gaudí destaca su personal recuperación de la naturaleza como fuente de inspiración para componer estructuras o decorar formas. De algún modo, el paisaje de Tarragona, un campo seco, pedregoso, plantado de viñas, algarrobos, almendros, olivos y avellanos se encuentra detrás de la configuración de su idea arquitectónica. 

A esta utilización de la naturaleza se une una poderosa imaginación, que Gaudí distinguía muy bien de la fantasía. La fantasía se abocaba, según él, a la invención de absurdos o imposibles. Era una capacidad onírica, inconsciente, y bastante apartada de lo que es una arquitectura imaginativa. La imaginación en cambio es más una facultad de ver formas nuevas en nuestras imágenes internas, y de ser capaces de trasladarlas a la construcción de edificios y otras obras de arte. El uso de la imaginación en la obra arquitectónica provoca que en las creaciones de Gaudí, curiosamente, se elaboren proyectos muy cercanos a la realidad. Se trata de una arquitectura de un hombre con los pies en el suelo; las formas libres, verdaderos paraísos de creación que se generan en su cerebro, se trasladan primero a papel y después a ladrillo o piedra pasando por todas las exigencias prácticas que requiere una arquitectura perdurable.

Sus enseñanzas en los escolapios fructifican en el resto de su vida y le dotan de un agudo sentido  cristiano. Su profundo sentir metafísico se manifiesta en la mitología y la mística religiosa, lo que constituye un capítulo importante de su creación.  También su paso por la Escuela de Arquitectura, de claro talante historicista, puede explicar los inicios de su carrera que, aunque imaginativos y con talento, están claramente influidos por las tendencias orientalizantes y medievalistas.

5.1 GAUDÍ Y LAS TENDENCIAS ORIENTALIZANTES.

La primera obra que Gaudí realiza es la que construye para el ceramista Manuel Vicens. La barcelonesa Casa Vicens, comenzada en 1883, revela los principios en los que Gaudí se había movido en la Escuela de Arquitectura. El estilo indefinible de esta construcción resulta de la aplicación de una impronta libertaria y fantasiosa a partir de una estética árabe y mudéjar. Las formas geométricas de su exterior e interior se basan en el uso del hierro, del ladrillo y la cerámica. 
El año en que se comienza la Casa Vicens es el mismo en que se inicia la construcción de Villa Quijano, popularmente conocida como “El Capricho”. Estas dos construcciones, unidas a los pabellones Güell, constituyen la trilogía de edificios orientalizantes del principio de la carrera de Gaudí. Pero mientras los pabellones Güell son construcciones auxiliares y El Capricho es una obra singular destinada al uso de un solterón refinado, Gaudí elaboró la Casa Vicens teniendo presente su utilidad como casa de familia. 

El encargo de Manuel Vicens a Gaudí se remonta a una fecha cercana a 1878, aunque los inicios de la construcción daten de cinco años más tarde. Estructuralmente la Casa Vicens no aporta novedades respecto a la tradición constructiva de Barcelona. A  los muros de cerramiento y de carga se unen viguetas de madera y bovedillas. Comprende un semisótano, planta baja, piso, jardín con una fuente surtidor y con una cascada en el muro, lindando con el callejón de San Gervasio. Precisamente el único elemento que aporta una novedad estructural, como ocurrirá en obras posteriores de Gaudí, es el arco parabólico que describe la cascada.

Lo que destaca más de esta construcción es su decoración. Dado que el dueño de la casa era fabricante de azulejos, no extraña que Gaudí se prodigara en el uso de la cerámica, combinada con mampostería careada y con ladrillo visto de color rojo intenso. El arquitecto aprovechó que en el jardín crecieran espontáneamente unas florecillas llamadas claveles de moro para utilizarlas como motivo cerámico en los muros exteriores de mampostería. Otras referencias a la naturaleza se encuentran en la reja exterior, en la que se puede observar un juego de palmitos de hierro colado que se complementan con las auténticas plantas del jardín.

La construcción de la Casa Vicens debió causar gran impacto, sobre todo por la comparación con otras villas del entorno de la calle de San Gervasio, que luego se llamó de las Carolinas. Unos dibujos de clara inspiración extremo oriental se distribuyen a lo largo de los listones que cierran las celosías de madera de la tribuna. La casa se amplió en 1925 por el arquitecto Serra de Martínez, contando con la aprobación del mismo Gaudí, y consiguió en 1927 el premio del Ayuntamiento de la ciudad. Otras modificaciones posteriores sobrevinieron por el ensanchamiento de la calle. De este modo, desapareció un templete en el muro del jardín y la fuente surtidor. Con posterioridad la cascada se convirtió en un arco y por último fue demolida. 

Todos estos cambios, sin embargo, no obstaculizan la apreciación de la Casa Vicens, pues se conserva en el interior la decoración original del corredor y del fumador oriental, en el que influye el estilo islámico. En la galería aún se aprecian detalles del estilo de la escuela inglesa de Arts and Crafts. En el exterior, llaman la atención los pilares de ladrillo de la parte alta, complementados con azulejos verdes y blancos, la cubierta de teja árabe, o sus esquinas de cúpulas polícromas de cerámica.

Aunque se trate de una obra de juventud, en la que aún están presentes ciertos convencionalismos, la Casa Vicens revela una decoración sorprendente, en la que el aspecto monumental se une al espíritu familiar. El mobiliario y la serie de pinturas de J. Torrescasana completan el logro decorativo. La terminación de la casa, prolongada más allá de 1888, revela una característica propia del quehacer de Gaudí, el de su afán perfeccionista: todo podía ser susceptible de mejora.
La construcción de El Capricho, levantado entre 1883 y 1885,  contiene algunos elementos presentes también en la Casa Vicens, como las piezas cerámicas de girasoles. El Capricho no presenta innovaciones estructurales. Su basamento es de piedra de sillería y sus muros de ladrillo, con el añadido cerámico. La cubierta es a dos aguas y su armadura, de madera, como las viguetas de los forjados. 

El Capricho es un edificio que se ubica en Comillas (Cantabria), inmediatamente detrás del palacio de Sobrellano, que fue construido por Martorell para el Marqués de Comillas. El encargo de El Capricho provenía de Máximo Díaz de Quijano, cuñado del marqués. 

El hecho de que se trate de una construcción para un soltero ofrece una distribución particular. En la planta baja el proyecto tenía un salón de gran altura, una sala para recibir, un comedor, y varios dormitorios con cuartos de baño. En el semisótano se distribuían las cocinas y las habitaciones del servicio. 

El nombre por el que se conoce este edificio se debe a las formas exóticas que ostenta. Su aire orientalizante y musulmán se revela no sólo en el minarete que preside la entrada a la casa, un mero capricho decorativo, sino también en la cerámica de girasoles, compuesta en bandas verdes que alternan con ladrillos rojos y amarillos, o en los aparatosos modillones. La torre que preside la entrada está revestida de cerámica verde, alternando las formas lisas con otras con relieves que dibujan hojas y girasoles. El remate del templete con que se corona tiene tal forma geométrica que recuerda una cristalización mineral. La cubierta original era de tejas árabes vidriadas, de color verde, que fueron sustituidas por placas planas de fibrocemento. También era caprichoso el proyecto no realizado de instalar una celosía encima de la cumbrera de la cubierta, en la que se leería el nombre del dueño y de la localidad. 

Algunos otros elementos resultan curiosos para la época, como las ventanas de guillotina, o los balcones-tribunas, atractivos por sus pérgolas de hierro forjado y sus bancos-barandillas.
Junto a la influencia oriental, El Capricho se encuentra también marcado por la lectura de ciertas revistas inglesas (tal vez The Studio) que impresionaron a Gaudí más que otras de origen francés, más habituales en la Barcelona de la época. Pero estas influencias -sobre todo en los motivos ornamentales- no restan validez y originalidad al conjunto edificado, totalmente inédito y diferente a otras obras contemporáneas. Es de agradecer que Gaudí no tomara el camino de repetir soluciones en las obras que simultáneamente estaba realizando. 

El arquitecto tuvo muy en cuenta el entorno inmediato de la casa. El conocimiento del clima lluvioso de la zona le hizo prestar atención a los faldones de la cubierta. Estéticamente utilizó como referencia el entorno para crear armonías y contrastes de colores, pasando del verde intenso que aparecía en los castaños y el césped del parque, al intenso amarillo del ladrillo visto y la clara piedra arenisca, que son las masas que determinan el perfil del edificio.

La distancia entre su lugar de residencia hizo que la dirección de El Capricho fuera ejercida por Cristòfol Cascante i Colom, pero poco de este arquitecto hay en la obra. No obstante, hasta 1936 se conservó en el archivo de Cascante el voluminoso conjunto de planos y dibujos de El Capricho que Gaudí le iba enviando desde Barcelona. Es probable que Gaudí supervisara más de una vez las obras y no las delegara totalmente en Cascante i Colom.