| La
figura de Gaudí no puede desvincularse del desarrollo económico
barcelonés que se produce durante el siglo XIX. Esta circunstancia
produjo obras de notoria importancia en la ciudad. Es el auge económico
que se da en toda España, y especialmente en Barcelona, lo que hace
posible una nueva configuración estética en las zonas urbanas.
Antes de que el siglo XIX acabase, algunos
arquitectos realizarían una destacada labor con un carácter
propio. Esta labor adquiere más relevancia por encuadrarse aún
en una época en la que los historicismos y las arquitecturas de
rango ecléctico protagonizan el panorama arquitectónico.
Personajes como Gaudí o Domènech i Montaner se pueden comprender
en su justa medida enclavándolos en sus propias circunstancias espacio-
temporales.
Ambos arquitectos de origen catalán
pertenecen a la generación de 1850 y han recibido una formación
análoga a manos de la figura significativa de Elías Rogent
en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Domènech se calificaría
de autor ecléctico cinco años después de obtener su
título, en 1878. En ese mismo año terminaría Gaudí
su carrera. Por entonces ni siguiera se hablaba de modernismo. Así
que si el paso del tiempo ha atribuido el calificativo de modernista a
estos autores, se trata de una apreciación elaborada a posteriori.
En la Barcelona de entonces ni siquiera se había llegado a la gran
explosión ecléctica. Faltarían diez años aún
para que se produjera la muestra más sorprendente del eclecticismo
barcelonés, la Exposición Universal de 1888, dirigida precisamente
por Elías Rogent.
De este modo, si hay obras tempranas de
Gaudí que han tenido el calificativo de premodernistas,
se trata de una cuestión terminológica que manifiesta la
ignorancia de una circunstancia fundamental: precisamente en aquel tiempo
las obras más vanguardistas de la arquitectura dentro y fuera de
nuestro país eran los proyectos eclécticos no miméticos.
Se trata de obras como la Casa Vicens y El Capricho, de Gaudí,
o construcciones como la Editorial Montaner y Simón de Luis
Domènech (1880). Son obras muy adelantadas, pero todavía
no se puede utilizar el calificativo de modernistas para ellas. El modernismo
aún no significa nada en estas fechas.
De ahí que la figura de Gaudí
deba ser estudiada como un punto y aparte respecto a las líneas
creativas que se desarrollan en la arquitectura de la época. Su
obra se alimenta de los problemas y las aspiraciones contemporáneas,
pero también destaca con especial fuerza, más allá
de todo calificativo.
La primera formación de Antoni
Gaudí (1852-1926) se enclava en la escuela de su ciudad natal, Reus.
En 1869 se trasladaría a Barcelona para seguir la carrera de arquitecto,
y en 1878 conseguiría su título.
Antes de terminar la carrera ya ejerció
su profesión como ayudante de otros arquitectos o maestros de obras.
Pero no sólo se centraría en su dimensión arquitectónica;
también se ocuparía del diseño de muebles, del urbanismo
o la decoración. Fue artesano, arquitecto, escultor y pintor, y
gran parte de su éxito se debe a que integró plenamente
las artes en formas que procedían de su estudio de seres de la naturaleza.
En efecto, entre las características singulares de Gaudí
destaca su personal recuperación de la naturaleza como fuente de
inspiración para componer estructuras o decorar formas. De algún
modo, el paisaje de Tarragona, un campo seco, pedregoso, plantado de viñas,
algarrobos, almendros, olivos y avellanos se encuentra detrás de
la configuración de su idea arquitectónica.
A esta utilización de la naturaleza
se une una poderosa imaginación, que Gaudí distinguía
muy bien de la fantasía. La fantasía se abocaba, según
él, a la invención de absurdos o imposibles. Era una capacidad
onírica, inconsciente, y bastante apartada de lo que es una arquitectura
imaginativa. La imaginación en cambio es más una facultad
de ver formas nuevas en nuestras imágenes internas, y de ser capaces
de trasladarlas a la construcción de edificios y otras obras de
arte. El uso de la imaginación en la obra arquitectónica
provoca que en las creaciones de Gaudí, curiosamente, se elaboren
proyectos muy cercanos a la realidad. Se trata de una arquitectura de un
hombre con los pies en el suelo; las formas libres, verdaderos paraísos
de creación que se generan en su cerebro, se trasladan primero a
papel y después a ladrillo o piedra pasando por todas las exigencias
prácticas que requiere una arquitectura perdurable.
Sus enseñanzas en los escolapios
fructifican en el resto de su vida y le dotan de un agudo sentido
cristiano. Su profundo sentir metafísico se manifiesta en la mitología
y la mística religiosa, lo que constituye un capítulo importante
de su creación. También su paso por la Escuela de Arquitectura,
de claro talante historicista, puede explicar los inicios de su carrera
que, aunque imaginativos y con talento, están claramente influidos
por las tendencias orientalizantes y medievalistas.
5.1 GAUDÍ Y LAS TENDENCIAS ORIENTALIZANTES.
La primera obra que Gaudí realiza
es la que construye para el ceramista Manuel Vicens. La barcelonesa Casa
Vicens, comenzada en 1883, revela los principios en los que Gaudí
se había movido en la Escuela de Arquitectura. El estilo indefinible
de esta construcción resulta de la aplicación de una impronta
libertaria y fantasiosa a partir de una estética árabe y
mudéjar. Las formas geométricas de su exterior e interior
se basan en el uso del hierro, del ladrillo y la cerámica.
El año en que se comienza la Casa
Vicens es el mismo en que se inicia la construcción de Villa Quijano,
popularmente conocida como “El Capricho”. Estas dos construcciones, unidas
a los pabellones Güell, constituyen la trilogía de edificios
orientalizantes del principio de la carrera de Gaudí. Pero mientras
los pabellones Güell son construcciones auxiliares y El Capricho es
una obra singular destinada al uso de un solterón refinado, Gaudí
elaboró la Casa Vicens teniendo presente su utilidad como casa de
familia.
El encargo de Manuel Vicens a Gaudí
se remonta a una fecha cercana a 1878, aunque los inicios de la construcción
daten de cinco años más tarde. Estructuralmente la Casa Vicens
no aporta novedades respecto a la tradición constructiva de Barcelona.
A los muros de cerramiento y de carga se unen viguetas de madera
y bovedillas. Comprende un semisótano, planta baja, piso, jardín
con una fuente surtidor y con una cascada en el muro, lindando con el callejón
de San Gervasio. Precisamente el único elemento que aporta una novedad
estructural, como ocurrirá en obras posteriores de Gaudí,
es el arco parabólico que describe la cascada.
Lo que destaca más de esta construcción
es su decoración. Dado que el dueño de la casa era fabricante
de azulejos, no extraña que Gaudí se prodigara en el uso
de la cerámica, combinada con mampostería careada y con ladrillo
visto de color rojo intenso. El arquitecto aprovechó que en el jardín
crecieran espontáneamente unas florecillas llamadas claveles de
moro para utilizarlas como motivo cerámico en los muros exteriores
de mampostería. Otras referencias a la naturaleza se encuentran
en la reja exterior, en la que se puede observar un juego de palmitos de
hierro colado que se complementan con las auténticas plantas del
jardín.
La construcción de la Casa Vicens
debió causar gran impacto, sobre todo por la comparación
con otras villas del entorno de la calle de San Gervasio, que luego se
llamó de las Carolinas. Unos dibujos de clara inspiración
extremo oriental se distribuyen a lo largo de los listones que cierran
las celosías de madera de la tribuna. La casa se amplió en
1925 por el arquitecto Serra de Martínez, contando con la aprobación
del mismo Gaudí, y consiguió en 1927 el premio del Ayuntamiento
de la ciudad. Otras modificaciones posteriores sobrevinieron por el ensanchamiento
de la calle. De este modo, desapareció un templete en el muro del
jardín y la fuente surtidor. Con posterioridad la cascada se convirtió
en un arco y por último fue demolida.
Todos estos cambios, sin embargo, no obstaculizan
la apreciación de la Casa Vicens, pues se conserva en el interior
la decoración original del corredor y del fumador oriental, en el
que influye el estilo islámico. En la galería aún
se aprecian detalles del estilo de la escuela inglesa de Arts and Crafts.
En el exterior, llaman la atención los pilares de ladrillo de la
parte alta, complementados con azulejos verdes y blancos, la cubierta de
teja árabe, o sus esquinas de cúpulas polícromas de
cerámica.
Aunque se trate de una obra de juventud,
en la que aún están presentes ciertos convencionalismos,
la Casa Vicens revela una decoración sorprendente, en la que el
aspecto monumental se une al espíritu familiar. El mobiliario y
la serie de pinturas de J. Torrescasana completan el logro decorativo.
La terminación de la casa, prolongada más allá de
1888, revela una característica propia del quehacer de Gaudí,
el de su afán perfeccionista: todo podía ser susceptible
de mejora.
La construcción de El Capricho,
levantado entre 1883 y 1885, contiene algunos elementos presentes
también en la Casa Vicens, como las piezas cerámicas de girasoles.
El Capricho no presenta innovaciones estructurales. Su basamento es de
piedra de sillería y sus muros de ladrillo, con el añadido
cerámico. La cubierta es a dos aguas y su armadura, de madera, como
las viguetas de los forjados.
El Capricho es un edificio que se ubica
en Comillas (Cantabria), inmediatamente detrás del palacio de Sobrellano,
que fue construido por Martorell para el Marqués de Comillas. El
encargo de El Capricho provenía de Máximo Díaz de
Quijano, cuñado del marqués.
El hecho de que se trate de una construcción
para un soltero ofrece una distribución particular. En la planta
baja el proyecto tenía un salón de gran altura, una sala
para recibir, un comedor, y varios dormitorios con cuartos de baño.
En el semisótano se distribuían las cocinas y las habitaciones
del servicio.
El nombre por el que se conoce este edificio
se debe a las formas exóticas que ostenta. Su aire orientalizante
y musulmán se revela no sólo en el minarete que preside la
entrada a la casa, un mero capricho decorativo, sino también en
la cerámica de girasoles, compuesta en bandas verdes que alternan
con ladrillos rojos y amarillos, o en los aparatosos modillones. La torre
que preside la entrada está revestida de cerámica verde,
alternando las formas lisas con otras con relieves que dibujan hojas y
girasoles. El remate del templete con que se corona tiene tal forma geométrica
que recuerda una cristalización mineral. La cubierta original era
de tejas árabes vidriadas, de color verde, que fueron sustituidas
por placas planas de fibrocemento. También era caprichoso el proyecto
no realizado de instalar una celosía encima de la cumbrera de la
cubierta, en la que se leería el nombre del dueño y de la
localidad.
Algunos otros elementos resultan curiosos
para la época, como las ventanas de guillotina, o los balcones-tribunas,
atractivos por sus pérgolas de hierro forjado y sus bancos-barandillas.
Junto a la influencia oriental, El Capricho
se encuentra también marcado por la lectura de ciertas revistas
inglesas (tal vez The Studio) que impresionaron a Gaudí más
que otras de origen francés, más habituales en la Barcelona
de la época. Pero estas influencias -sobre todo en los motivos ornamentales-
no restan validez y originalidad al conjunto edificado, totalmente inédito
y diferente a otras obras contemporáneas. Es de agradecer que Gaudí
no tomara el camino de repetir soluciones en las obras que simultáneamente
estaba realizando.
El arquitecto tuvo muy en cuenta el entorno
inmediato de la casa. El conocimiento del clima lluvioso de la zona le
hizo prestar atención a los faldones de la cubierta. Estéticamente
utilizó como referencia el entorno para crear armonías y
contrastes de colores, pasando del verde intenso que aparecía en
los castaños y el césped del parque, al intenso amarillo
del ladrillo visto y la clara piedra arenisca, que son las masas que determinan
el perfil del edificio.
La distancia entre su lugar de residencia
hizo que la dirección de El Capricho fuera ejercida por Cristòfol
Cascante i Colom, pero poco de este arquitecto hay en la obra. No obstante,
hasta 1936 se conservó en el archivo de Cascante el voluminoso conjunto
de planos y dibujos de El Capricho que Gaudí le iba enviando desde
Barcelona. Es probable que Gaudí supervisara más de una vez
las obras y no las delegara totalmente en Cascante i Colom.

|