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FIESTA, PODER Y ARTE EFÍMERO EN EL TOLEDO BARROCO 1/
ISBN-84-9714-075-3
Paula Revenga Domínguez
Coordinadora Área de Arte en liceus
 

Durante los siglos XVII y XVIII en Toledo, como en las demás ciudades del reino, la celebración de acontecimientos públicos, en los que normalmente se unía lo sacro y lo profano, tuvo un carácter lúdico y propagandístico bajo el signo deslumbrador y sorprendente de la cultura visual barroca, que implicaba una actuación artística para adornar y modificar -aunque fuese de forma temporal- el escenario urbano o al menos aquellas partes que marcaban los itinerarios festivos o ceremoniales (1). 

 Con motivo de los recibimientos de personajes ilustres, inauguraciones, canonizaciones o festividades del calendario litúrgico como el Corpus Christi, la ciudad se transformaba. Las fachadas de las casas se revestían con vistosas colgaduras, tapices e incluso con pinturas, por las calles desfilaban espectaculares cortejos animados con profusión de figuras alegóricas, se sucedían carrozas y mojigangas, músicos y danzantes, se encendían luminarias y fuegos de artificio, se organizaban juegos de cañas y corridas de toros, y, según los casos, se construían arcos de triunfo o aparatosas arquitecturas efímeras y tramoyas compuestas por estructuras de madera ricamente adornadas con esculturas y lienzos de complicada iconografía, cargados de mensajes simbólicos procedentes de la literatura emblemática.

 Asimismo, los fallecimientos de personajes reales daban lugar a la organización de solemnes exequias. Las decoraciones fúnebres tenían menos opulencia externa que las de los fastos, aunque para celebrar los funerales se fabricaban colosales catafalcos que solían situarse entre los dos coros de la Catedral Primada. Se trataba de obras provisionales de arquitectura en madera, cartón y lienzo, con una rica profusión de cornucopias, pirámides, calaveras, tarjetas con emblemas y jeroglíficos, figuras alegóricas y representaciones simbólicas alusivas tanto a las virtudes y hazañas del difunto, como al poder y gloria de la monarquía.

 Entre los años 1650 y 1725 -período acotado para el presente estudio- en Toledo tuvieron especial relieve las fiestas organizadas con motivo de la beatificación de fray Tomás de Villanueva en 1653, la canonización de Fernando III en 1671, la entrada de la reina madre doña Mariana de Austria en 1677, y los recibimientos públicos a Carlos II y Mariana de Neoburgo en 1698 y a Felipe V en 1723, así como la celebración de honras fúnebres por Felipe IV en 1665, por Carlos II en 1700 y por Luis I en 1724, sin olvidar los festejos anuales del Corpus (2).

 Estas celebraciones proporcionarían trabajo periódicamente a artistas locales y foráneos, pues era necesaria la intervención de arquitectos, ensambladores, escultores, pintores, doradores y maestros de otras especialidades artísticas, para engalanar la ciudad y, cuando la ocasión lo requería, levantar aparatos efímeros. Pero aunque en las relaciones de gastos originados por los festejos de carácter religioso, como las canonizaciones o el Corpus, aparezcan mencionados algunos pagos referidos a comisiones de trabajos artísticos -tal los 170 reales que se abonaron a un innominado pintor "por pintar escudos y nueve lienzos" para la fiesta de canonización del rey don Fernando, o la partida de 30 reales que importó el "yr a Madrid a llamar al pintor para la función del Corpus" del año 1702-, lo cierto es que fueron los eventos relacionados con la Casa Real los que determinaron las actuaciones más significativas del Concejo en la promoción de empresas artísticas, ya que el Ayuntamiento de Toledo parecía no perder oportunidad para demostrar su inquebrantable adhesión a la Corona y en ocasiones tan señaladas como la visita de los monarcas a la ciudad o la muerte del rey -con el consiguiente relevo del titular de la corona- esto habría de quedar especialmente patente, por lo que el Concejo hacía un amplio despliegue de medios para conseguir una cuidada puesta en escena de la que sería brillante protagonista.

 CELEBRACION DE EXEQUIAS REALES

 En la Ciudad Imperial el anuncio de la muerte del monarca, la celebración de exequias y la proclamación del sucesor al trono, estaban sometidos a un rígido ceremonial que se conoce con detalle por la descripción que de él hace Juan Sánchez de Soria, escribano mayor del ayuntamiento, en su Libro de Ceremonias fechado en 1635 (3)

 Indica este autor como recibida la notificación oficial del fallecimiento del rey, el concejo enviaba a la Corte para dar el pésame a dos regidores y dos jurados enlutados y cubiertos con lobas y capirotes. Inmediatamente después, en la ciudad se lanzaban solemnes pregones para comunicar a los toledanos el luctuoso acontecimiento, prohibiéndose todo tipo de festejos y recordándose a hombres y mujeres la obligación de guardar los lutos establecidos por la ley (4)

 Asimismo, el ayuntamiento mandaba una embajada al Cabildo de la Santa Iglesia y al tribunal de Santo Oficio para que asistiesen y colaborasen en los responsos y honras que se habían de celebrar. Lo mismo se hacía con las diferentes órdenes religiosas, el cabildo de curas y beneficiados, y con las cofradías de la Caridad, del Santísimo Sacramento y de las Animas, para que, en el día señalado, todos acudieran a la catedral y en las capillas que se determinase hicieran oficio y fuesen con su responso al túmulo que había de erigirse en el templo (5)

 Por otra parte, se encargaba a dos comisarios distribuir lutos entre los capitulares, y a otros dos tener dispuesto el pendón de damasco carmesí con las armas reales de Toledo que se acostumbraba a levantar para la proclamación de nuevo monarca "prestando la obediencia al nuevo rey y señor, y recibiéndole como tal" (6).

 Como vemos, desde el momento mismo en que se producía la noticia de que el rey había muerto, se ponía en marcha un complejo mecanismo burocrático de forma que el Ayuntamiento de la Ciudad Imperial, siguiendo pautas "tipificadas" (7) y según "los términos acostumbrados" (8), procedía a organizar la luctuosa ceremonia conmemorativa, atendiendo tanto al protocolo y celebración de los actos fúnebres, como a los trámites relacionados con la erección de un catafalco en la Catedral (9); y todo ello con la presteza que la ocasión requería. 
 

- Honras Fúnebres por Felipe IV.

 Así aconteció al fallecer el rey Felipe IV. En el ayuntamiento extraordinario que tuvo lugar la tarde del 18 de septiembre de 1665 el licenciado don Miguel Muñoz, miembro del consejo de su Majestad y corregidor y justicia mayor de Toledo, comunicaba a los miembros del concejo la noticia de la muerte del monarca e instaba a que se hiciesen "las demostraziones de tristeça que tan grande perdida requiere, así en lutos como en obsequios". Inmediatamente se iniciarían las diligencias necesarias y el 23 de septiembre los miembros del concejo acordaban pedir a la contaduría que informase "del estado que tienen los propios y alimentos y demás impuestos" para la prevención de gastos y poco después, el 28 de septiembre, se decidía solicitar facultad real "hasta en cantidad de ocho mil ducados (...) de las sobras de los arbitrios, haciéndolas sueldo por libra" para poder hacer frente a los costes del ceremonial.

 A continuación, en el ayuntamiento extraordinario celebrado el 2 de octubre se leía la carta enviada a Toledo por la reina viuda notificando oficialmente a la Ciudad el fallecimiento del monarca, procediéndose a la designación de los caballeros que debían ir a la Corte para dar el pésame. 
 En los días que siguieron se sucedieron las reuniones del concejo y el nombramiento de comisiones encargadas de las distintas diligencias a realizar para cumplir con el ritual acostumbrado y organizar la celebración de las honras fúnebres. En concreto el 3 de octubre se elegían comisarios para atender todo lo relativo a la obra del catafalco que se había de erigir en la Catedral, recayendo tal misión en los regidores don Alonso Fernández de Madrid y don Jerónimo de Samaniego, y en los jurados Nicolás Suárez de Herrera y Pedro Carrasco Marín.

 Los preparativos de la ceremonia siguieron su curso, y el 10 de noviembre se concertaba la hechura del túmulo con tres maestros locales, el arquitecto Juan Muñoz de Villegas y los pintores Diego Rodríguez Romano y Nicolás de Latras, obligándose estos artífices a realizar la obra "en la forma que demuestra la planta que el dicho Juan Muñoz a echo, que se a elegido por el Ayuntamiento (...) en nueve de este mes", por precio de 18.000 reales -de los que 13.500 corresponderían al arquitecto y los 4.500 restantes a los pintores-, dándola acabada y puesta en toda perfección entre los dos coros de la Santa Iglesia para el día 21 de diciembre "sin que falte cosa alguna por haberse de hacer las honras el día 22 y 23 de dicho mes" (10).

 La tramoya estaría compuesta por una alto zócalo de planta cuadrangular al que se accedería por cuatro escalinatas, una por cada fachada, y sobre el que se alzarían dos cuerpos que con el mismo esquema cuadrado y articulados por pilares y columnas unidos por arcos, coronándose el aparato con una media naranja rematada con pirámide, bola y una figura alegórica.

 En la escritura de obligación se comenzaba haciendo hincapié en que la armadura del aparato debía ser fuerte y tener sus piezas muy bien unidas "con todas las ttravaçones que convengan a la seguridad", y se puntualizaba que los vanos del primer cuerpo habrían de ensancharse dos pies respecto a lo previsto en traza aprobada, atendiéndose a aumentar su altura lo necesario para que no se rompiera la proporción. 

 Seguidamente se pasaba a detallar las condiciones con que se realizarían las distintas partes de la tramoya. Así, en relación con el basamento sobre el que descansaría la máquina se apuntaba que se harían cuatro pedestales resaltados sobre los que se apoyarían los que sostendrían las columnas, debiendo ser sus netos de bastidores "para que se puedan vestir de lienço en que se pinte lo conveniente". Entre esos pedestales se dispondrían en cada frente cinco gradas de madera "con la moldura significada", puntualizándose que la primera grada había de "ceñir" toda la fábrica.


 1 . Son cada vez más abundantes los trabajos sobre las celebraciones de fastos públicos y sus manifestaciones artísticas en la España barroca. Ante la imposibilidad de recoger aquí todos y cada uno de los estudios particulares publicados sobre el tema, sirvan como referencia general los siguientes: Alenda y Mira, G.: Relaciones de solemnidades y fiestas públicas en España, 2 vols., Madrid, 1903; Allo Manero, A.: "Tradición ritual y formal en las exequias reales de la primera mitad del siglo XVIII", Actas del Congreso El Arte en las Cortes Europeas del siglo XVIII, Madrid, 1989, pp. 34-42; Bonet Correa, A.: "La fiesta barroca como práctica del poder", Diwan, nº5-6, Zaragoza, 1979; id.: Fiesta, poder y arquitectura, Madrid, 1990; Caro, R.: Días geniales o lúdicos, 2 vols., Madrid, 1978; Gállego, J.: "Aspectos emblemáticos en las reales exequias de la Casa de Austria", Goya, nº 187-188, 1987, pp. 120-124; Maravall, J.A.: La cultura del Barroco, Barcelona, 1975; Moreno Cuadro, F.: Artistas y mentores del barroco efímero, Córdoba, 1985; Soto Caba, V.: Catafalcos reales del Barroco Español. Un estudio de arquitectura efímera, Madrid, 1992.
Para el ámbito toledano, véase: García Fernández, A.: Toledo entre Austrias y Borbones. Destierro de doña María Ana de Neoburgo, Toledo, 1994; López Gómez, J.E.: La procesión del "Corpus Christi" de Toledo, Toledo, 1987; Martínez Gil, F.: "Fiestas barrocas de la muerte en el Toledo del siglo XVII", Anales Toledanos, vol. XXX, 1993, pp. 99-116; Mora del Pozo, G.: "Festejos por la inauguración del Transparente de la Catedral de Toledo", Anales Toledanos, vol. XIV, 1982, pp. 109-154; Revenga Domínguez, P.: "El pintor madrileño José de Paz Ribera y el túmulo de Luis I en la Catedral de Toledo", en Actas del Congreso Madrid en el contexto de lo hispánico desde la época de los descubrimientos, Madrid, 1993, pp. 573-583; id.: "Pyra Philipica. El túmulo erigido en la Ciudad Imperial para las exequias de Felipe IV", Anales Toledanos, vol. XXXIX; "Sánchez Comendador, B.: "Recibimiento en Toledo de la Reina doña Mariana de Austria", B.R.A.B.A.C.H.T., nº XLII-XLIII, 1930, pp. 71-80. 
  2.  Para la elaboración de este trabajo hemos consultado diversas fuentes documentales e impresas conservadas en el fondo antiguo de la Biblioteca Pública de Toledo, Biblioteca Nacional, Archivo Histórico Provincial de Toledo y Archivo Municipal de Toledo.
  3 . Sánchez de Soria, J.: Libro que contiene el prudente govierno de la Imperial Toledo y las corteses çeremonias con que le exerce. Hecho por el jurado Joan Sánchez de Soria, escribano mayor de sus ayuntamientos. Año de 1635, publicado por el Conde de Cedillo, Toledo, 1912.
  4 . "A este pregón asisten cuatro cavalleros regidores y jurado con lobas y capirotes, cubiertas las cabeças y el escrivano mayor de la misma manera, y también los cuatro sofieles cubiertas las mazas con velos negros y dos pregoneros; todos estos ministros con lobas y capirotes; cubiertas las cabeças. Los cavalleros comissarios y escribano mayor de bayeta; los sofieles y pregoneros de paño bajo. Danse estos pregones a cavallo, comisarios, escribano mayor y sofieles saliendo de las casas de Ayuntamiento, dando el primero a la Puerta del Perdón y el segundo a las quatro calles, tercero a la Sangre de Cristo, quarto en la Inquisición, quinto a la torre de Santo Thomé, y bueltos a las cassas del Ayuntamiento, cesa este acto", Sánchez de Soria, J.: Op. cit., p. 137.
  5. Sánchez de Soria, J.: Op. cit., pp. 137-138.
  6. Sobre la ceremonia del pendón que tenía lugar al producirse el relevo del titular de la monarquía como acto de proclamación del nuevo rey, véase: Aranda Pérez, F.J.: Poder municipal y oligarquías urbanas en Toledo, Madrid, 1992, pp. 141-144.
  7. En relación con el carácter de ceremonia tipificada que tenían las conmemoraciones fúnebres, véase Allo Manero, D.: "Tradición ritual y formal en las exequias reales de la primera mitad del siglo XVIII", cit. supra.
  8 . Cada vez que el Ayuntamiento debía preparar unas exequias de carácter regio, con frecuencia una de las primeras medidas adoptadas era la revisión de los papeles, documentos y libros que se conservaban relativos a ceremonias similares celebradas con anterioridad, con el objetivo de que la información recabada sirviese como punto de referencia y orientación en cuestiones como los detalles protocolarios del ceremonial, costes del aparato ornamental y otra serie de precisiones. El hecho de basarse en celebraciones precedentes como punto de referencia, era algo que quedaba expresado de forma explícita con la fórmula que ordenaba realizar las demostraciones "en los términos acostumbrados", tan repetida en la documentación de la época. 
  9. Aunque en la época que nos ocupa los catafalcos reales se erigieron en la Catedral, y más concretamente entre sus dos coros, y fue el templo primado el escenario de los funerales por los monarcas, Martínez Gil apunta que "no era imprescindible que las honras se celebrasen en la Catedral, y cuando el Ayuntamiento no se concertaba con el cabildo la celebración tenía lugar en San Juan de los Reyes". Cfr. en Martínez Gil, F.: "Las fiestas barrocas de la muerte en el Toledo del siglo XVII", cit., p. 110.
 10. Vid. Revenga Domínguez, P.: "Pyra Philipica. El túmulo erigido en la Ciudad Imperial para las exequias de Felipe IV", cit. supra.