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Las exequias de Carlos II
Años
después, en diciembre de 1700, Toledo celebraba de nuevo exequias
reales y se volvía a levantar un catafalco en la Catedral, esta
vez para honrar al último de los Austrias.
El día
2 de noviembre don Alonso Pacheco, Corregidor y Justicia Mayor de la ciudad,
convocaba un ayuntamiento extraordinario y, reunidos los miembros del concejo
a las siete de la noche, leía la carta enviada por el Cardenal Portocarrero
informando de que el día anterior Carlos II había muerto.
Poco después, el 5 de noviembre se recibía la misiva de la
Diputación del Reino comunicando oficialmente a la Ciudad de Toledo
la triste noticia.
Sin dilación
el Concejo realizaba las diligencias acostumbradas e iniciaba los preparativos
para la celebración de honras por el difunto monarca. De este modo,
en el ayuntamiento extraordinario que tuvo lugar el 13 de noviembre se
acordaba que "en quanto a onrras y túmulo, se execute en la forma
que se executó quando la muerte del Rey Phelipe Quarto (...) arreglado
todo a la Real Pragmática del año de seiscientos noventa
y uno", y se nombraba comisarios encargados de la prevención de
las exequias a los regidores don Juan Antonio Zárate y don Melchor
de Zisneros, y a los jurados don Francisco de Segovia y don Diego Romo,
a quienes se les pedía que elaborasen un informe sobre las cantidades
que serían necesarias para la celebración y cómo afrontar
tales gastos.
La provisión
de fondos no resultaría asunto fácil de resolver, pues se
presentaron en el Ayuntamiento sucesivos informes orientando sobre los
arbitrios de los que se podría disponer, elevándose las pertinentes
solicitudes al Consejo Real para que concediese la facultad de su uso,
pero el Consejo las rechazaría de forma reiterada, hasta que finalmente
el 29 de noviembre aprobaba la propuesta presentada por la ciudad de utilizar
el derecho de las dehesas de los Montes, otorgando la facultad necesaria
para usar de este arbitrio.
Solventado
el problema de los dineros, el 1 de diciembre se acordaba que los comisarios
nombrados al efecto "ajustasen la plantta, traza y condiciones con que
se a de executar el túmulo para las onrras", y al día siguiente,
en ayuntamiento extraordinario, éstos comunicaban a los miembros
del concejo que habían concertado la hechura del catafalco en precio
de 15.000 reales con los maestros madrileños Isidro Francisco de
Ribera y Alejandro Teruel, quedando establecido en el contrato que la obra
estaría concluida y montada en la Catedral el 22 de diciembre (22).
La estructura
del túmulo respondería a la solución de esquema horizontal
tripartito sobre planta cuadrada ya utilizado en el catafalco de Felipe
IV, y, como éste, estaría compuesto por zócalo con
escaleras en sus cuatro frentes, dos cuerpos decrecientes articulados sobre
machones y separados por cornisas, y remate en forma de media naranja.
Sin embargo, en esta ocasión se conferiría una mayor verticalidad
a la tramoya, pues sus dimensiones serían 30 pies de ancho y 80
de alto, consiguiéndose con este significativo aumento de la altura
y con el recurso de proyectar un único machón en las esquinas,
la estilización de su perfil arquitectónico.
El cronista
de estas honras, el canónigo lectoral don Diego Nieto, da una pormenorizada
descripción de la máquina donde detalla los elementos que
la componían y adornaban (23). A través de su relato
sabemos que en el basamento, además de un tramo de escaleras en
cada frente, se dispusieron en sus extremos ocho leones coronados de medio
relieve, portando cada uno de ellos una cornucopia para mantener hachas
y una tarjeta con las armas de la ciudad, y en el resto de la línea
del zócalo se distribuyeron "tarjetones" también de medio
relieve con emblemas y jeroglíficos "que celebraban las virtudes
del difunto rey". Los leones, cornucopias y tallas de las tarjetas iban
dorados o plateados "según la proporción, y lo mismo se observó
en las estatuas targetas, cartelones, escudos, etc. de que estaba poblado
el túmulo", mientras que los blancos y escaleras se pintaron imitando
pórfidos, jaspes, mármoles y lapizlázuli "con muy
buen gusto en su distribución".
En el zócalo
se apoyaban cuatro pedestales pintados de mármol blanco con vetas
verdes y adornados con "mascarones de muerte con huesos en cruz", cargando
sobre ellos cuatro machones decorados con colgantes de talla y varios festones
que pendían de los capiteles. Junto a los machones y apoyadas sobre
repisas voladas, aparecían cuatro estatuas que representaban las
virtudes cardinales. A su vez, desde los ángulos de los pedestales
arrancaban cuatro arbotantes, por los que se distribuían variadas
tallas y arañas que sustentaban hachas, situándose "en cada
ángulo donde moría el arbotante" dos blandones tallados con
variados motivos como águilas volando, calaveras coronadas y huesos.
Remataba el
primer cuerpo una cornisa que en las claves de sus cuatro frentes lucía
tarjetas con mascarones y huesos "que hacían sobresalir a la talla,
y en cuyas esquinas se pusieron cuatro escudos de ocho pies de altura "hermoseados
con coronas reales, de donde salían quatro estandartes bien grandes,
en cuyos escudetes estaban las armas de la ciudad". Sostenían estos
escudos ángeles coronados que se apoyaban en la cornisa en ademán
de vuelo, apareciendo a los pies de cada escudo una calavera coronada de
laurel "con sus colgantes de atributos de la parca".
A continuación,
el segundo cuerpo en el que "se siguió la idea y pensamiento del
primero, en quanto el arte lo permitía y pedía la proporción",
y así las basas y machones iban igualmente tallados e imitaban también
pórfidos, jaspes y lapizlázuli, mientras que de los capiteles
colgaban festones "de bien trabajada talla". Por encima descansaba la cornisa,
en cuyos frentes se tallaron cuatro escudos ocupados por calaveras coronadas,
y sobre cada uno de ellos se situaba un águila real volando "de
cuyas garras pendían unas bandas que, formando varios lazos, dexaban
en los requadros espacio a cada frente para que se colocase un epithaphio
de muy hermosa vista". Asimismo, por la cornisa se distribuyeron multitud
de luces, banderolas y flámulas doradas y plateadas "que volando
afuera y movidas de poco impulso servían de mucho adorno".
Sobre la cornisa
del segundo cuerpo y como remate del catafalco se elevaba la media naranja
"toda muy bien tallada", adornada en su parte inferior por cuatro escudos
con las armas reales y coronada por una estatua del tiempo volando que
portaba en su izquierda un reloj y una guadaña, mientras con su
mano derecha señalaba "por despojos suyos y de la muerte" gran variedad
de trofeos de guerra -estandartes, picas, partesanas, venablos, clavas,
chuzos, clarines, cajas y otros-.
Además,
por todo el túmulo se repartían "sin confusión, ni
desaire" varias imágenes de esqueletos, huesos y otros símbolos
de la muerte (24).
Pero no se
limita el autor de las Relaciones a describir el catafalco, sino que también,
y con igual minuciosidad, nos cuenta como eran los jeroglíficos,
motes e inscripciones que en él se dispusieron, e incluso nos indica
la razón de su elección. Así, refiriéndose
a los jeroglíficos de las ocho tarjetas que ocupaban el zócalo
de la máquina, apuntaba:
“Fue
el primero, el que celebrava su devoción terníssima al Santísimo
Sacramento. Pintose un fanal en una atalaya, o torre, adonde un navío
entre los horrores de la noche, y borrascas del mar, endereçaba
la proa. Y por mote: Numen sentit adesse./ Viniendo de Austria, es seguro/
que llegue a lograr mi intento,/ que en temporal tan oscuro/ otra guía
no procuro,/ que la luz del Sacramento.
En el segundo,
siguiendo la metáphora que felizmente continúan todos ocho
Hieroglíphicos de la Nave en varios estados, para explicar la devoción
tan apassionada que tuvo a Nuestra Señora, se pintó un navío
de altobordo en alta mar, navegando a todo lino, mirando a la estrella
polar, con que corría prósperamente. Y por mote: Te duce
vela damus por tus habitur a secundos./ Aunque no vea camino/ ligera puedo
volar,/ que es seguro mi destino;/ pues de mi vida en el Mar/ tuve en María
divino/ influxo, Estrella Polar.
En el tercero,
que celebra su christiana humildad en tan suprema elevación, y grandeza,
se pintó la nave, a quien cargan más y más con el
lastre de la estiva. Y por mote: Demisa sublimior./ En alta mar navegué,/
no rezelé tempestad;/ antes bien averigüé,/ que mi felicidad
fue/ el lastre de mi humildad.
En el quarto,
ponderando su magnanimidad y fortaleza, que le hizieron superior a una
y otra fortuna, para ni ceder en las muchas adversas, con que la providencia
exercitó su real ánimo, ni dexarse lisongear de las prósperas;
se pintó un galeón en borrasca, secos los árboles,
rotas las xarcias y velas, dominando el agua las cubiertas primeras, y
rebentando por las escotillas, poblado el mar de ricos despojos en telas
preciosas, paquetes, barras de plata, texos de oro, etc. Y por mote: Non
doluit iacturam./ Nada estimo, nada quiero/ en el inconstante mar/ de la
vida: porque infiero, / que salvarme es lo primero,/ y piérdase
lo demás.
En el quinto,
para explicar su docilidad tan obediente a las vozes de Dios en sus inspiraciones,
se pintó una nave, cuyo timón visiblemente govierna una mano,
y un cielo todo vestido de estrellas. Y por mote: Ducunt instabiles sydera
certarates:/ Qua ducitis, adsum./ De Dios a la inspiración/ estuvo
prompto mi anhelo:/ ésta fue mi inclinación,/ y así
qualquier vocación/ en mí fue obediencia al cielo.
En el sexto,
para celebrar el temor filial y reverente que tuvo a Dios, y en todo manifestaba,
siendo a su Magestad horrorosa qualquier sombra de culpa, y preguntando
a sus confessores y a los de su cámara aún en menudencias,
"será esto pecado, porque si lo es, de ninguna suerte se haga",
se pintó una nave en mar tranquilo, y otra lexana en mar desecho
con gran borrasca, rotas velas, xarcias, y zoçobrando. Y por mote:
Scyllae non terrista monstris./ La más cruel tempestad/ es quebrar
de Dios la Ley:/ más la estimé que ser Rey./ Todo fue serenidad.
En el séptimo,
para explicar cómo el régimen tan concertado y uniforme de
toda su christiana vida, nació de su consideración continuada
y advertida a lo eterno, como el otro Santo Monarcha que meditaba los años
eternos, se pintó una nave sobre cuya gabia se veía un grumete
en centinela, recorriendo los orizontes con antojo de larga vista. Y por
mote: Ventura prouident./ Yo caminé muy seguro/ en la Corte, y en
Palacio;/ porque contemplé despacio/ solamente lo futuro.
En el octavo,
para celebrar su feliz arrivo al puerto de la felicidad, surgiendo dichosamente
en la gloria, se pintó un galera real empavesada de sus adornos
todos, en vanderas, flámulas y gallardetes; echando áncoras
al abrigo del muelle. Y por mote: Extra Euri, Pontique minas./ Del amargo
trance duro/ del mar, aunque estoy cansada,/ lo que passó, veo es
nada;/ lo que gozo, es lo seguro” (25).
Asimismo, refiere
nuestro cronista como la urna real que se colocó en el pabellón
del primer cuerpo tenía a sus pies un escudo, y a propósito
de éste escribe:
“Se
pintó en el escudo la nave de Argos, trasladada al cielo en premio
de sus fatigas, para la conquista, o empressa del Vellocino, explicando
con su allusión, y la del Tusón, que en torno guarnecía
la urna Real, la dicha, que ya posee el alma de nuestro Rey trasladada
por su virtud al Imperio. La inscripción latina era: Auriferas nostro
mutauit in litore merces:/ Suscepto in lachrymis pretio nunc nauigat astra.
La española: La Nave de Argos es ésta,/ en que por el vellocino
de la gracia, a gran camino/ Carlos sus fuerças apresta./ Mucho
excedió a aquélla ésta,/ porque si el golpe fatal/
le quitó vida mortal,/ fue tan piadosa la herida,/ que navegando
a otra vida,/ quedó Signo Celestial” (26).
En cuanto
a los escudos grandes que ocupaban los cuatro ángulos de la cornisa
del segundo cuerpo, nos proporciona la descripción siguiente:
“Siguiendo
también la metáphora de la nave, que en el alma de nuestro
religiosíssimo Príncipe tan felizmente dio fondo en la barra
de la gloria, se pintó en el primero para explicar su deseo de buen
acierto en sus resoluciones, para escoger lo mejor, una nave que en el
mar turbado impelida de vientos contrarios, se deja llevar del que la conduce
al puerto. Y por mote: Meliora sequuta./ Artem a procellis/ E docta,/ Ex
imprudente aliorum naufragio/ (...).
En el segundo,
para explicar su templança, se pintó una nave, que enriquecida
de preciosas mercaderías, y todas sus obras muertas de escultura
primorosa, dorados sus ordos y torreón, parte se unde en las aguas
al peso de su precioso carguío. Y por mote: Descendit onustior./Ite
inanes Cymba,/ Quolibet in altum fluctu iactata/ Grandior hac Navis,/ (...).
En el tercero,
para celebrar su honestidad admirable, por cierto en un Príncipe,
pues pudo ser y fue exemplo de recato al más austero y más
mirado particular, se pintó la nave huyendo a toda vela de un escollo
ceñido de syrenas con ramos de coral e instrumentos músicos
en las manos. Y por mote: Cantus exosa prophanos./ Vides/ Pallentem navim
linteo/ Procul e fallaci scopulo fugientem/ (...).
En el quarto,
para explicar su liberalidad en lisonjas, singularmente para el culto,
y dilatación de la religión christiana, se pintó un
galeón de altobordo, que aporta lleno de riquezas el muelle de una
ciudad, de donde, salen muchos a recibirlas al sólo oír los
saludos. Y por mote: Vectat opes alijs./ Auarum niminum genus/ Pauperum
turba profecto fores,/ Si cum abunde acceperis/ (...)” (27).
Finalmente,
Nieto se detiene en los cuatro escudos que se dispusieron en la zona inferior
de la media naranja, reproduciendo las cuartetas que en ellos se escribieron,
a saber:
“En
el primero: El polvo, que aquí se encierra/ es de Carlos, y su gloria./
Sea eterna su memoria;/ séale leve la tierra.
En el segundo:
Esta tierra de verdades/ prudente labró, y astuto/ sembró
polvo, y dará fruto/ para las eternidades.
En el tercero:
Entre bálsamo y aromas/ su real polvo está, porque/ aunque
muere como todos,/ qual Fénix ha de nacer.
En el quarto:
A la cumbre de este Olympo/ no llegan humanas huellas:/ lágrimas
sólo le bañan,/ sólo los suspiros llegan” (28).
22 . Vid. Martínez Burgos, A.: Op. cit., p. 46.
23 . Nieto, D.: Exequias reales que a la gloriosa memoria
del serenísimo señor don Carlos Segundo... celebró
en la muy Santa Iglesia Primada la imperial ciudad de Toledo los días
22 y 23 de diciembre de 1700 años, Toledo, 1701.
24. Nieto, D. Op. cit., fols. 6-9.
25 . Ibídem, fol. 13.
26 . Ibídem, fol. 13.
27 . Ibídem, fols. 13-14.
28 . Idem ut supra, fols. 16-17.
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