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BIOGRAFÍAS ARTISTAS
 

FRANCISCO ELÍAS VALLEJO

Francisco Elías Vallejo (1782-1858), un escultor neoclásico que ya muestra atisbos románticos, fue oriundo de Soto de Cameros (Logroño), pero abandonó muy pronto su localidad natal. Desde La Rioja se trasladó a Madrid. Allí sería  discípulo de Juan Adán en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Elías Vallejo llegaría a ser académico y director general de la escuela en la que estudió en 1840 y 1850. Cuando Salvatierra deja vacante el puesto de primer escultor de cámara, conseguiría el cargo Elías Vallejo.

En la obra clasicista de Elías Vallejo destaca El reto de don Rodrigo Téllez Girón al moro Albayaldos delante de sus padrinos, un gran número de retratos como el de Isabel II o el de María Josefa Amalia de Sajonia, o el de Daoíz y Velarde. Colaboró en proyectos conjuntos, como en las estatuas alegóricas del obelisco al Dos de Mayo, con José Tomás, Francisco Pérez Valle y Sabino Medina. A Elías Vallejo se debe el pedestal a la estatua ecuestre de Felipe IV que se encuentra en la plaza de Oriente. En él, un bajorrelieve muestra al monarca imponiendo el hábito de Santiago a Velázquez. En la iglesia de San Pedro de Gijón realizó el monumento sepulcral de Jovellanos.

En el terreno de la restauración, las fuentes  de Hércules y Anteo, Apolo, del Cisne y de Ceres en los jardines de Aranjuez fueron parte de su trabajo. Pero la escultura efímera fue tal vez una de sus dedicaciones más interesantes dentro de sus labores como escultor de cámara. Entre esta escultura efímera se encuentran los grupos del catafalco de la reina María Amalia de Sajonia, la decoración de la imprenta real con motivo del nacimiento de Isabel II, o la más tardía, en la coronación de la soberana. En 1829 realizó la estatua de Hernán Cortés en el monumento levantado en la Puerta del Sol con ocasión del advenimiento a la corte de doña María de Borbón.

ANTONIO SOLÁ.

Puede  decirse que el catalán Antonio Solá (1782/83-1861) es el último gran escultor neoclásico español. A su formación en la Lonja se sucede una pensión de la Junta de Comercio que le permite ir a estudiar a Roma. Más tarde conseguiría otra pensión de la Academia de San Fernando, lo que le permitiría quedarse en la capital italiana. Solá fue encargado con posterioridad (1832) de tutelar a los estudiantes españoles que iban Roma a completar su formación artística. Esto hizo que hasta su muerte permaneciera en Italia pero que sus contactos con España fueran numerosos y periódicos. De este modo pudo, a pesar de la distancia, obtener privilegios, como el de ser académico de San Fernando o escultor honorario de la reina Isabel II. En Roma consiguió incluso ser presidente de la Academia italiana de San Lucas, un puesto que sólo había ostentado otro extranjero, Thorvaldsen.

Todos estos privilegios no impidieron la penosa situación económica a la que se vio abocado al final de sus días. En 1855 la corona suprimió el cargo de Director de los pensionados, lo que hizo que Solá tuviera que abandonar su taller, al no poder pagarlo. Entonces rogó que le permitieran establecer su residencia en el Palacio de España en Roma, donde finalmente moriría en 1861.

Las dos facetas principales de su trabajo se reducen a las obras de espíritu clásico (el Gladiador moribundo, Ceres, Meleagro, Venus y Cupido, Caridad romana, etc.) y las de rango monumental (la más destacable, su grupo de Daoíz y Velarde de la plaza del Dos de Mayo).

El grupo de Daoíz y Velarde es un afortunado ejemplo de la conversión de modelos clásicos a sucesos contemporáneos. Su temática está muy relacionada con el posicionamiento político de Solá. Antonio Solá había sufrido incluso prisión por no reconocer a José Bonaparte como rey de España. Esta obra parece que tenía como reto superar lo alcanzado por Álvarez Cubero en La defensa de Zaragoza. En este sentido, la obra de Solá  presentaba una mayor audacia que la de Álvarez Cubero, que había proporcionado el título mitológico de Héctor y Antíloco a su grupo de la Defensa de Zaragoza. Solá no cedió a la ambigüedad temporal para adaptarse al espíritu clásico, sino que se propuso el ambicioso objetivo de elevar lo concreto al nivel de lo universal. Otros monumentos destacables de Solá son la estatua realizada a Cervantes que se encuentra frente al Congreso de los diputados, los sepulcros  del obispo Pedro Quevedo y Quintana, el de Félix Aguirre (en la iglesia de Montserrat en Roma) y el de los duques de San Fernando en Boadilla del Monte.

 Solá ejecutó muchas otras obras, pero buena parte de ellas (especialmente los retratos) se han perdido, aunque tenemos referencias documentales de los mismos.

ESTEBAN DE AGREDA

Esteban de Agreda (1759-1842), nació en Logroño, pero su trayectoria se centra en labores artísticas e el entorno de la corte. Estudió en la Academia de San Fernando, donde llegó a ser ayudante de Roberto Michel. Su perfeccionamiento técnico se completó con distintas labores encuadradas en el complejo de las Reales Fábricas del Buen Retiro. Allí ejerció como técnico de escultura en el Gabinete de Piedras Duras, y destacó en el diseño y modelado de camafeos.

Su dimensión docente se concreta en sus enseñanzas en la Real Academia de San Fernando. Llegaría a ser director general de la misma en 1831, imponiendo un espíritu clasicista de influencia francesa que había tomado de su maestro Michel.

Fue también escultor de cámara honorario de Carlos IV, lo que ocasionó que se dedicara a los jardines de Aranjuez. Allí, imitando lo que se había realizado en La Granja, estuvo trabajando en las fuentes de Ceres, Narciso y Apolo. Diseñó esculturas monumentales para el obelisco al Dos de Mayo que fueron trabajadas por José Tomás, Pérez Valle, Sabino Medina y Francisco Elías.

Su producción religiosa es curiosa, pues intentó aplicar principios clasicistas a temáticas iconográficas tradicionales de raíz muy española.

JOSÉ ÁLVAREZ CUBERO

Nacido en Córdoba, José Álvarez Cubero (1768-1867) fue hijo de un cantero. Estos humildes orígenes propiciaron que desde muy niño estuviera familiarizado con el trabajo en mármol. Su aprendizaje artístico comenzó en Granada y en Córdoba con Antonio María Monroy y después con el escultor de origen francés Verdiguier. Gracias a la protección del obispo  Antonio Caballero y Góngora, Álvarez Cubero se trasladó a Madrid. Tenía como objeto el ingresar en la Academia de San Fernando. Al conseguir el primer premio de la primera clase en 1799 con sus relieves del Traslado de los restos de San Isidoro a León y La irritación de Manasés contra Isaías, logró también el derecho a una pensión de 12000 reales anuales para trasladarse a París y a Roma.

En París, Álvarez Cubero completó su formación en las clases de Claude Dejoux. Su interés anatómico se revela en que visitaba las salas de disección del Colegio de Medicina.  En París realizó la estatua de Ganimedes, con la que fue premiado y distinguido en 1804, recibiendo una medalla de oro de 500 francos de manos del propio Napoleón. En 1805 contrajo matrimonio con Isabel de Bouquel, y con ella se trasladaría a Roma.

En Roma, Álvarez Cubero conoció a Canova, un escultor que influiría decisivamente en su obra. Las producciones de Álvarez Cubero en la capital italiana adquirieron rápidamente fama, por lo que empezaron a surgir desavenencias entre los dos artistas. Éstas se difuminarían gracias a un acontecimiento de matices políticos en la vida de Álvarez Cubero. A partir de los hechos del Dos de Mayo de 1808, el escultor español no quería reconocer el poder napoleónico, lo que provocó su aprisionamiento en el castillo de Sant’Angelo. Su mujer y sus dos hijas se encontraron entonces abandonadas. Gracias a la intervención de Canova, Álvarez Cubero fue liberado, no sin verse obligado a colaborar con el poder francés para poder subsistir. De este modo, llevó a cabo cuatro relieves para el dormitorio del emperador en el Palacio del Quirinal. En esta serie, titulada Ensueños de la Antigüedad se teñía la figura del emperador de un espíritu clásico.

Cuando finalizó la contienda, Álvarez Cubero realizó la obra más sobresaliente de su carrera, La defensa de Zaragoza, con la que conseguiría la admiración de sus contemporáneos. El mismísimo emperador de Austria, el príncipe de Metternich y otros altos cargos políticos visitarían su taller para conocer la obra, que había causado tanta grata sorpresa.

La defensa de Zaragoza constituye un punto álgido en su carrera. Los galardones se suceden a partir de entonces: consigue ser académico de la Academia de San Lucas, de Carrara, de Nápoles, de Amberes y del Instituto de Francia. En noviembre de 1819 ingresaría en la Academia de San Fernando, y sería teniente director a partir de 1826. De ahí su decisión de regresar a Madrid en 1826, aunque murió al año siguiente.

Su posicionamiento político con respecto a la ocupación francesa propició que Fernando VII le concediera una medalla que le honraba como prisionero civil. En 1816 sería escultor de cámara del monarca y en 1823 alcanzaría el cargo primer escultor. Cuando murió, se ordenó esculpir su efigie para que permaneciera en la fachada del Museo del Prado.

El conjunto de su obra tiene resabios clasicistas, incluso cuando elabora retratos de la corte. Ese aliento clásico se respira en los retratos de María Luisa de Parma, María Isabel de Braganza, la marquesa de Ariza, el duque Carlos Miguel, el compositor Rossini, Fernando VII, Carlos IV, el infante Carlos María Isidro, Ceán Bermúdez, Esteban de Agreda, Francisco de Paula de Borbón y muchos otros personajes destacables del momento.

Entre sus creaciones más interesantes dentro de los temas extraídos de la antigüedad clásica se encuentran el exquisito Apolino del Museo del Prado, Hércules luchando contra el león (la obra por la que ingresó en la Academia de
San Fernando), Joven con cisne, el Amor dormido y otras.

Álvarez Cubero fue considerado el mejor escultor de nuestro periodo neoclásico. Aunque su nombre no se halla a la misma altura de la importancia internacional de Canova o de Thorvaldsen, existe una gran distancia de calidad de Álvarez Cubero con respecto al resto de artistas de su época.

JUAN ADÁN

Juan Adán Morlán (1741-1816) nació en Tarazona, pero en 1755 se trasladó a Zaragoza. Su aprendizaje en dicha capital se encuadra en sus labores en el taller de José Ramírez, al que ayudaba en la remodelación del templo del Pilar. Tras estas obras, viaja por su cuenta a Roma. Más tarde, en 1767 y una vez en la capital italiana, es cuando consigue una pensión por ayuda de Tomás Azpuru, un aragonés que se encargaba de los negocios de Carlos III en Roma.

Juan Adán se casa en la ciudad eterna con Violante la Valle. En 1774 consigue ser académico de San Fernando. En 1775 obtiene el cargo de miembro de la Academia de San Lucas. Al año siguiente regresa a España para realizar unos retablos encargados por el cabildo de la catedral de Lérida. Los trabajos duran hasta  1782. Su colaboración se interrumpe de un modo brusco, pues se le acusa de haber incendiado el grupo central del altar mayor y cuatro esculturas de las pechinas que había realizado precisamente él. Visita entonces brevemente Zaragoza y solicita después una plaza como teniente director de escultura de San Fernando, pero no resulta elegido. Seguidamente se traslada a Granada y su dedicación se centra en obras para la capilla del Pilar de la catedral. En 1786 sustituye en su puesto de teniente director de escultura a Isidro Carnicero, convertido en director de la institución al haber falllecido Roberto Michel.

En 1793 consigue el puesto de escultor honorario de cámara de Carlos IV, y dos años más tarde, a la muerte de Celedonio Nicolás de Arce, recibe el favor real por pleno derecho y es protegido por Godoy.

Dentro del siglo XIX y durante el poder francés, Juan Adán es nombrado director de escultura de la Academia, pero el cargo resulta nulo una vez que se restituye al monarca español. Se realiza un expediente de depuración que no obstante vuelve a colocarle en 1814 en el cargo que con anterioridad ostentaba. En 1815 es nombrado primer escultor de cámara por Fernando VII, aunque Juan Adán moriría al año siguiente.

En la obra de Juan Adán se constata la evolución entre dos siglos, entre las influencias de barroco tardío, con una destacada obra religiosa (Cristo Crucificado de la Iglesia parroquial de Torrelavega, San José de la iglesia de San Ginés de Madrid), las primeras incursiones en estatuaria ecuestre y afiliaciones al espíritu neoclásico. Su Venus de la Alameda de Osuna, pertenece cronológicamente al siglo XVIII, pero es un ejemplo de la evolución entre la generación formada en el barroco, que conoce la calidad de los materiales, y el espíritu clasicista que se forja desde la Academia y desde influencias estilísticas foráneas.

La huella romana se materializa en su obra a través de figuras de talante mitológico, como el Hércules y Anteo de la fuente de Aranjuez, o por medio de retratos de busto, como el del Duque de Alcudia, o los de Carlos IV y María Luisa.