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TUCÍDIDES  4/4

 

  6. PERVIVENCIA

 Tucídides se ha preocupado en su Historia de buscar pautas del comportamiento humano para, a partir de los hechos que narra, establecer leyes universales válidas para toda época y lugar; no es por ello de extrañar que nuestro historiador, en lo que respecta a algunos problemas capitales como el poder y sus efectos sobre los acontecimientos históricos, se halle, como afirma Woodhead, en el comienzo de un dilatado proceso histórico-filosófico, algunos de cuyos eslabones son Machiavelli, Hobbes o Nietzsche, en quienes se han apreciado indudables ecos tucidideos. Pese a ello, o quizá precisamente a causa del carácter excepcional de su personalidad y de su obra, ésta no tuvo realmente continuadores inmediatos en cuanto al espíritu que la anima, aunque sí los tuviera en lo que respecta a su argumento, que fue exactamente continuado, según se señaló anteriormente, por Jenofonte en sus Helénicas y también por otros historiadores como Cratipo o Teopompo, y cuando, ya en época helenística, Polibio intenta recuperar sus principios, el resultado es una obra completamente distinta.

 Se ha destacado también como hecho ciertamente notable que en los grandes autores del siglo IV a.C. no se encuentren referencias directas a la obra de Tucídides, aunque sí contamos con tradiciones antiguas que nos indican que fue leído, aunque al parecer no muy apreciado, por Platón , o que Demóstenes copió ocho veces íntegra la Historia tucidídea con el fin de familiarizarse con ella, y a fe que lo consiguió hasta el punto de que, según se nos cuenta en la Vida de Demóstenes de Zósimo (pero tampoco hay que hacer mucho caso), el orador pudo recomponerla de memoria cuando se perdió el ejemplar del historiador en un incendio de la Biblioteca de Atenas . No obstante, como ha precisado Simon Hornblower , el hecho de que Tucídides no sea mencionado no significa que no fuera leído y, si bien indudablemente no conoció la popularidad de Heródoto o Jenofonte, reflejos de su obra pueden hallarse tanto en los oradores (no solamente en Demóstenes, sino tambien en Isócrates y algunos oradores menores) como en los propios historiadores (además de los antes mencionados, también en Calístenes, Filisto de Siracusa, Eforo, los atidógrafos, Jerónimo de Cardia, el propio Aristóteles en sus obras de contenido histórico, etc.). Debe también tenerse en cuenta que incluso para los propios antiguos Tucídides no era un autor en absoluto fácil , y que su estilo fue valorado muy negativamente por uno de los críticos más influyentes de la Antigüedad, Dionisio de Halicarnaso, que llega incluso a poner en solfa, de manera absolutamente equivocada desde nuestro punto de vista, la propia elección del tema: "Heródoto tuvo más acierto que Tucídides, que escribió sobre una guerra que no fue ni gloriosa ni afortunada, la cual o, en el mejor de los casos, no debió haber tenido lugar, o, si tuvo lugar, habría de ser ignorada por la posteridad y relegada al silencio y al olvido" (Carta a Pompeyo 3) . Como compensación, la obra de Tucídides recibió los elogios de críticos no menos influyentes como Plutarco (Sobre la gloria de los atenienses 347a) y Pseudo-Longino (Sobre lo sublime 22.3), además naturalmente de los vertidos por su biógrafo Marcelino, y, en definitiva, en el único tratado sobre teoría historiográfica que de la Antigüedad ha sobrevivido, Cómo debe escribirse la historia de Luciano de Samosata, del s.II p.C., es Tucídides y no Heródoto quien aparece, en el cap.42, como "legislador" del género historiográfico.

 También se ha apreciado la huella de Tucídides sobre la historiografía latina, en particular en la obra de Salustio , tanto en lo que se refiere al estilo como al método seguido en el acopio y exposición de los datos, e igualmente en la de Cornelio Nepote  y, a través de ambos, en Tácito. En Lucrecio 6.1138-1283 numerosos pasajes son traducción directa de la descripcion que hace Tucídides en su libro segundo de la peste que asoló Atenas durante los primeros años de la guerra, y ecos evidentes de la misma descripción se hallan también en Virgilio, Geórgicas 3.478-566, y Ovidio, Metamorfosis 7.523 ss., probablemente pasados a través del tamiz de Lucrecio.

 Este mismo pasaje tucidideo ha servido igualmente de modelo para la descripción de epidemias que encontramos en historiadores de la Antigüedad tardía y de época bizantina. Es el paradigma que sigue Procopio de Gaza cuando relata la plaga que diezmó Constantinopla durante el reinado de Justiniano en 542 p.C. (Guerra Pérsica 2.22-23), y lo propio cabe decir del emperador Juan Cantacuceno en su narración de la gran plaga de 1347 (4.8), aunque ambos historiadores se queden más bien en la superficie del relato tucidideo, en la descripción patética de la epidemia, sin profundizar en su impacto sobre el comportamiento social y moral de los hombres. Tucídides, sin duda, contaba entre los autores clásicos de primera fila para los eruditos bizantinos, y su influjo se puede rastrear entre los escritores más importantes (el caso del gran Miguel Pselo o el de la obra histórica de Ana Comnena, ambos del siglo XI, es claro) e incluso hasta el final del Imperio Bizantino, pues el historiador Critobulo compone su relato de la caída de Constantinopla en poder de los turcos en 1453 en un estilo que pretende imitar el de Tucídides, ¡diecinueve siglos después! (un caso de arcaísmo propio de la cultura bizantina que, se ha dicho, sólo encuentra paralelos en la cultura china).

 En Occidente, el redescubrimiento de Tucídides a partir del siglo XIV significó el inicio de la alta estimación de su obra en las centurias sucesivas. Se ha sugerido que ya Boccaccio, uno de los primeros hombres occidentales que pudo aprender griego, siquiera rudimentariamente , tuvo quizá in mente la descripción tucididea de la peste cuando se refiere, al comienzo del Decamerón, a la epidemia que arrasó Europa mediado el siglo XIV . Pero la primera versión de Tucídides en Occidente tras los siglos oscuros fue la traducción al aragonés realizada hacia 1385 bajo el mecenazgo de Juan Fernández de Heredia, Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén y destacado personaje del ambiente cultural de la corte papal de Aviñón, y conservada en el manuscrito 10801 de la Biblioteca Nacional de Madrid, procedente de la biblioteca del Marqués de Santillana . Para la traducción, que contiene únicamente los discursos acompañados por una breve introducción, se siguió un complejo proceso, explicable por el hecho de que el griego clásico era apenas conocido en Occidente: el texto original fue vertido por el erudito bizantino Demetrio Calodiqui al griego de la época, de donde a su vez fue traducido al aragonés probablemente por el dominico Nicolas, obispo de la ciudad etolia de Drenípolis.

 Lamentablemente, tan buen inicio no tuvo una continuación igualmente afortunada y la obra capital de Tucídides no conoció en nuestro país en los siglos posteriores la difusión que merecía. La primera traducción completa al castellano fue publicada en la imprenta salmantina de Juan de Cánova en 1564, pero su autor, el secretario real Diego Gracián, no partió del original griego, sino que se basó en la traducción francesa de Claude de Seyssel (París 1527), a su vez basada en la traducción latina de Lorenzo Valla, a la que luego nos referiremos , de modo que no es difícil deducir los muchos defectos que puede tener una traducción resultado de tan gran número de trasvases. Pese a que se conocen algunas noticias que nos hablan de proyectos de traducir a nuetro autor al castellano en las centurias sucesivas, habría que esperar nada menos que hasta 1952-55 para que viera la luz la primera versión completa y directa del original griego de la obra de Tucídides a nuestra lengua, realizada por F. Rodríguez Adrados para la editorial Hernando, si bien es verdad que, por la ley compensatoria del péndulo, pasados otros treinta años han aparecido casi sumultáneamente (y si fuéramos optimistas veríamos en ello una prueba de la actualidad del pensamiento de nuestro historiador) cinco traducciones más de la Historia de la Guerra del Peloponeso . Así pues, si juzgamos por la cantidad de traducciones y estudios monográficos consagrados a nuestro autor, hemos de deducir necesariamente que su influencia en la historiografía y en la erudición española en general ha sido muy reducida. No obstante, Tucídides, ya fuera en el original griego ya en sus traducciones, se encontraba frecuentemente incluido entre los autores difíciles en los planes de estudios de colegios y universidades españolas que comprendían el estudio de los clásicos griegos , y llegó a ser obra introducida por la "peligrosidad" de sus ideas en el Indice de libros prohibidos que en 1583 realizó el inquisidor Cardenal Quiroga. 

Del emperador Carlos V se decía, sin embargo, que no abandonaba su ejemplar de Tucídides cuando partía hacia sus campañas bélicas, y ecos de la concepción histórica de nuestro autor se han querido apreciar de manera esporádica en algún historiador como el cronista de Enrique IV Diego Enríquez del Castillo (1443-1503) o en los Discursos políticos, morales e históricos (Madrid 1804) de Antonio de Herrera .

 Fuera de nuestras fronteras, en cambio, la fama de Tucídides entre los teóricos de la ciencia política e historiográfica ha sido notable y constante, una fama que parte indudablemente de la traducción latina que entre 1448 y 1452 llevó a cabo, por encargo del Papa Nicolás V, muy aficionado a los historiadores griegos, el gran humanista Lorenzo Valla, la cual permitió la difusión de la obra del historiador en los círculos intelectuales europeos  y precedió en cincuenta años a la editio princeps de nuestro autor, que debemos, cómo no, a las prensas venecianas de Aldo Manuzio . Como se ha encargado de asentar de manera definitiva Karl Reinhardt , la huella de Tucídides es evidente en los escritos de Machiavelli, especialmente cuando expone sus teorías sobre el poder, que parten, como en el caso de Tucídides, de la aceptación de la unidad psicológica de la naturaleza humana; afirmaciones como "los hombres esencialmente son siempre los mismos y tienen las mismas pasiones; así cuando las circunstancias son idénticas, las mismas causas traen consigo los mismos efectos, y por consiguiente los mismos hechos sugieren las mismas reglas de conducta", o "si consideramos los hechos actuales y los pasados, se reconoce sin dificultad que en todos los estados y en todos los pueblos encontramos siempre los mismos deseos y la misma configuración, de manera que a quien analiza los sucesos pasados le resulta fácil prever lo que  sucederá..." (Discursos 3.43), nos traen a la memoria algunos de los principios en los que se basa la concepción histórica de Tucídides, quien nos dice que "se abatieron sobre las ciudades muchas calamidades por las disputas civiles, que suceden y siempre sucederán mientras la naturaleza humana siga siendo la misma" (3.82.2) o "cuantos vayan a querer conocer la verdad de lo sucedido y de lo que en el futuro de nuevo va a suceder de manera igual o semejante de acuerdo con la naturaleza humana..." (1.22.4). La huella de Tucídides se deja sentir igualmente en teóricos de la política de los siglos posteriores, en Michel de l' H?pital en el XVI , muy particularmente en Hobbes, cuya traducción de nuestro autor apareció en 1629 y de quien se repite a menudo que es quizá en muchos aspectos su más fiel discípulo , también seguramente en Nietzsche y su teoría del Wille zur Macht , e incluso se ha sugerido  que la descripción del desarrollo político y económico del mundo griego que Tucídides realiza al comienzo de su Historia presenta perspectivas que lo relacionan con los postulados marxistas. 

 Por lo que a nuestro siglo respecta, han sido muchos los autores que, tratando de demostrar lo que Woodhead ha llamado "la perpetua contemporaneidad de los estudios tucidideos", se han preocupado por señalar paralelismos entre los hechos historiados por Tucídides y los acontecimientos que nuestro siglo ha vivido (cf. Alsina, 1975), llegando incluso a extremos quizá exagerados quienes como Lord , en un libro en el que se establecen similitudes entre la Guerra del Peloponeso y la Segunda Guerra Mundial, llegan a afirmar que Tucídides está más cerca del siglo XX que del siglo V a.C. En todo caso, no por utópica es en absoluto descabellada la recordada frase de uno de los más destacados estudiosos de la obra de Tucídides en nuestro siglo, el profesor Gomme: "a veces pienso que nadie debería ocuparse de política internacional sin haber leído antes a Tucídides". Eso es lo que hace al menos el viejo político de la novela de Isabel Colegate Estatuas en un jardín, ambientada en la Inglaterra de 1914: "Después de todo, no me siento sentimental esta noche, como creí por un momento. No. Contento simplemente. Alegaré que tengo que trabajar, escaparé pronto, me acostaré y leeré a Tucídides" .
 

    7. TRANSMISION DEL TEXTO

 La obra de Tucídides se nos ha conservado en aproximadamente 80 manuscritos, de los cuales únicamente seis son antiguos y el resto recentiores . A su testimonio se añaden los pasajes de la Historia citados por autores posteriores a nuestro autor, a partir de época imperial especialmente, y los textos transmitidos por una treintena de fragmentos papiráceos, uno de los cuales, del siglo III a.C., es probablemente anterior a la fijación del texto por parte de los filólogos alejandrinos, puesto que la primera edición, comentada, de Tucídides se atribuye a Aristarco de Samotracia en la primera mitad del siglo II a.C. . Los comentarios de Aristarco fueron el punto de partida para los que, siglo y medio después, compuso Dídimo, de los cuales derivan los escolios conservados en nuestros manuscritos .

 I. Bekker fue el primer editor de Tucídides que de una manera sistemática se sirvió de la comparación entre diversos manuscritos para establecer el texto de su edición, aparecida en 1832. Las investigaciones posteriores que han tratado de desenredar los entresijos de la historia del texto de nuestro autor han ido aclarando muchos aspectos de un proceso que se ha ido revelando cada vez más complejo y que ha culminado en los estudios de Bartoletti, Hemmerdinger y, especialmente, Kleinlogel . A partir de un arquetipo perdido (?) copiado de un códice transliterado en el siglo IX, se distinguen dos familias. La primera se encuentra representada especialmente por los códices C (Laurentianus 69,2 de comienzos del siglo X y considerado tradicionalmente el manuscrito más fiable) y G (Monacensis 228, del siglo XIII), éste último conservado en mal estado, aunque las lecciones perdidas pueden a menudo reconstruirse con ayuda del testimonio de otros manuscritos recentiores de la misma familia . Representan a la segunda familia un códice de los siglos XI-XII, A (Parisinus supp. Graecus 255), y cuatro del siglo XI, B (Vaticanus 126), E (Palatinus Heidelbergensis 252), F (Monacensis 430) y M (Britannicus 11,727), a los que se suma el recentior H (Parisinus Graecus 1734, del siglo XIV), cuya posición en el stemma ha sido muy discutida, puesto que habitualmente se le ha considerado "hermano" de B, en tanto que Kleinlogel sostiene, creemos que con argumentos convincentes, que es copia directa de B.

 Pero la historia del texto de Tucídides se complica por el hecho de que no se trata de una tradición cerrada, sino abierta, como ya precisara claramente Bartoletti. En nuestros manuscritos, en efecto, pueden rastrearse lecciones que no proceden del arquetipo ?, lo que significa que en el proceso de copia se han utilizado otras fuentes distintas, cuatro de las cuales ha pretendido identificar con seguridad Kleinlogel: ?, que ha dejado huellas en el manuscrito B (y en consecuencia también en H), a partir de 6.92; ? y ?, cuya influencia se aprecia en ambas familias de manuscritos, y ?, que ha dejado lecciones en manuscritos de la segunda familia.

BIBLIOGRAFÍAS