Thesaurus:
transmisión, textos griegos, Antigüedad tardía, Bizancio,
aticismo, segunda sofística, volumen, rollo, códice, manuscrito,
biblioteca, trivium, quadrivium, León el Filósofo, Focio.
En el curso de los últimos
decenios, la historia de los textos griegos en el “milenio bizantino” ha
recibido una atención creciente por parte de especialistas en Bizantinística,
Paleografía y Codicología griegas, cuyas aportaciones se
han sumado a las de los filólogos clásicos, hasta hace poco
casi únicos cultivadores de estos estudios . En las líneas
que siguen, nos proponemos, haciéndonos eco de los trabajos más
recientes en este terreno, ofrecer al lector una síntesis crítica
y actualizada de los problemas más relevantes que tiene planteados
la historia de los textos griegos. El análisis recorrerá,
pues, las etapas, los caminos, las modalidades principales de la transmisión
de la literatura griega y tratará de destacar los factores históricos,
sociales y culturales que han desempeñado un papel decisivo en la
conservación y/o pérdida de los textos en las épocas
alta y mediobizantina ; dentro de este marco general, seguiremos las formas
cambiantes que, como en sucesivas metamorfosis, fue adoptando en este azaroso
proceso el libro manuscrito tardoantiguo y bizantino, vehículo material
de la transmisión. En suma, nuestro enfoque persigue encuadrar la
historia de la transmisión textual griega —jalonada por nombres
y hechos de sobra conocidos— en el contexto amplio de la vida política
y cultural de Bizancio, ofreciendo claves para la comprensión de
fenómenos que reciben una luz poderosa contemplados desde la perspectiva
de la historia de la cultura .
Algunas claves de la historia bizantina
En los siglos que precedieron al
renacimiento bizantino del siglo IX, que marca, en palabras de Alfonso
Dain, el “paso de un océano a otro” en la historia de la transmisión
manuscrita de los autores griegos, las condiciones históricas de
la conservación de la literatura y de la actividad libraria y editorial,
los cauces de la transmisión y el cultivo de los estudios clásicos
en el Oriente griego aparecen ante el investigador cubiertos de espesas
brumas. En este largo período, que se extiende convencionalmente
desde la fundación de Constantinopla hasta el siglo IX, pueden distinguirse,
en el campo de la historia de la transmisión, dos grandes etapas,
que corren paralelas con la historia política, económica
y social de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. En la
época tardorromana o protobizantina (siglos IV-VII med.), que llega
a su culminación con el reinado de Justiniano (527-565) y se prolonga
hasta la irrupción de la dinastía heráclida, no se
perciben en las regiones orientales del Imperio —a pesar del traslado de
la capital a Constantinopla en 330—, huellas de una ruptura significativa
con las tradiciones romanas, ni siquiera después de que las provincias
de Occidente se derrumbaran ante el empuje incontenible de los pueblos
bárbaros y el Imperio romano quedara reducido a las provincias orientales
(476). El período sucesivo, desde mediados del siglo VII hasta la
mitad del siglo IX, es uno de los más oscuros de la historia de
la cultura y la erudición clásicas en Bizancio. Situado ante
ellos, el historiador de los textos encontrará un desierto de más
de dos siglos —no hay apenas manuscritos conservados que remonten a esta
época— del que será ardua tarea dibujar un mínimo
esbozo. Desde entonces, en efecto, por una serie de factores que analizaremos
más adelante, se va estrechando progresivamente el campo literario
de la transmisión y se pierde para siempre una gran parte de la
herencia textual de la Antigüedad. En realidad, los bizantinos del
siglo IX recogieron los restos de un naufragio y los salvaguardaron, casi
en su integridad —todavía ellos leían una cantidad mayor
de literatura griega que nosotros, pero no en una proporción considerable—
del olvido de los siglos. ¿Cómo explicar ese ‘eslabón
perdido’ de la historia de los textos en Bizancio? ¿Qué transformaciones
se operaron a fines de la Antigüedad en el Imperio protobizantino
para que se produjera el hiato del siglo VII?
Aun sin ser mi intención adentrarme
en los agudos problemas de la periodización de la historia bizantina,
sobre todo en lo que se refiere a sus comienzos, parece acertado situar
el punto de arranque de Bizancio como producto histórico propio
e individualizado en el reinado de Heraclio y de su dinastía, justamente
a comienzos del siglo VII . En este largo período (610-717), en
efecto, la aparición de un conjunto de nuevos factores externos
y las transformaciones que acarrearon en el interior hicieron del Imperio
una realidad nueva. El resquebrajamiento del Imperio de Justiniano y, con
él, del mundo tardoantiguo en la pars Orientis, se consuma, en la
segunda mitad del siglo VI, con la penetración eslava en los Balcanes,
la conquista lombarda de las posesiones de Italia septentrional y central
y la pérdida de las costas españolas, que delimitan claramente
las fronteras noroccidentales del Imperio en el exarcado de Ravena. Pero
estos movimientos de fronteras son sólo el preludio de las pérdidas
críticas del siglo siguiente, cuando las bases económicas
del Imperio tardorromano —ya mermadas tras las guerras sasánidas
contra los persas—, saltan en pedazos a consecuencia de la conquista árabe
de las regiones orientales (Egipto, Siria, Palestina, África), donde
residían los puertos comerciales más florecientes del Mediterráneo
oriental y los puntos principales de abastecimiento de trigo.
La amenaza exterior, constante a
partir del siglo VII por ambos flancos del Imperio —los búlgaros
en el Noreste, los musulmanes en el Mediterráneo y en el extremo
oriental—, obligó a una profunda y escalonada reestructuración
de la administración bizantina y del poder imperial: al concentrar
en sus manos el poder civil y militar, los generales (strathgoiv) de los
ejércitos acantonados en los distintos qevmata —las nuevas unidades
administrativas— devienen los principales depositarios del poder, absoluto
y divino, del emperador, quien con tanta frecuencia no salía sino
de las filas de la milicia. La defensa del Imperio, una vez reducido a
los territorios italianos, la Grecia continental, el mar Egeo y Asia Menor,
era el objetivo prioritario que debía asegurar la transformación
administrativa. A medida que la mayoría de la población se
va asentando en las comunidades rurales de los themata, donde los campesinos
recibían tierras en propiedad a cambio de su participación
en las campañas defensivas anuales, el mundo urbano tardoantiguo
se colapsa y no continúa vivo si no es en Constantinopla, la ciudad
por excelencia. La ruralización de la sociedad, aunque ajena a la
modalidad occidental del colonato prefeudal, se hace aún más
profunda con la pérdida de las ciudades de Siria, Palestina y Egipto,
viveros de la formación clásica. El Imperio pasa de ser una
máquina burocrática eficiente —como en la época de
Constantino el Grande— a convertirse en una estructura dominada por el
estamento militar, que gestiona los recursos humanos y económicos
de que dispone con vistas a la defensa numantina de sus fronteras nororientales
(los Balcanes y Asia Menor).
Pero la conversión de Imperio
romano de Oriente en Imperio greco-asiático —bizantino— es un hecho
decisivo también en el terreno cultural y religioso. Como es sabido,
los patriarcas orientales, en particular el de Alejandría, fueron
los principales sostenedores de la herejía monofisita. Integrados
en el Islam los focos de resistencia a Constantinopla, el patriarca de
esta ciudad quedó como líder indiscutido de la Iglesia bizantina
y defensor incontestado de la ortodoxia (al menos hasta el surgimiento
de las luchas iconoclastas a principios del siglo siguiente). La heterogeneidad
étnica y lingüística de la población era contrapesada
por el efecto homogeneizador que producía la supremacía incontenible
de la lengua griega y de la confesión ortodoxa: he ahí los
elementos distintivos de la nueva civilización que se va configurando
a lo largo del siglo VII y sellan el paso definitivo del mundo antiguo
al mundo medieval en el Oriente griego; la herencia tardorromana se diluye
—el latín deja de usarse como lengua de cancillería, los
títulos imperiales se helenizan— o se integra en la nueva
realidad.
Este conjunto de factores de muy
diversa índole tuvieron efectos rupturistas en todos los niveles
de la vida bizantina: crisis de la economía y las finanzas, crisis
de la administración, crisis de los valores. Sus consecuencias no
son menores en la vida cultural y literaria, cuya pujanza se debilita a
medida que el tejido urbano tardoantiguo va desapareciendo. Una de las
manifestaciones más palpables de este declive es la contracción
de la actividad de copia y edición de textos clásicos durante
los dos siglos siguientes en Constantinopla. Si a los factores señalados
añadimos las luchas religiosas que dominarán el siglo y pico
siguiente (717-843), obligando a Bizancio a elegir trágicamente
entre una tradición cristiana de corte oriental (iconoclasmo) y
un cristianismo de filiación grecorromana (iconodulia), podremos
valorar adecuadamente la depresión en que se sumerge la cultura
profana en este trance crítico en que el mundo bizantino lucha por
redefinir su identidad ante sí mismo y ante los demás.
Así pues, si queremos entender
lo que supuso el movimiento humanístico iniciado en el s. IX en
relación con la conservación de los textos clásicos,
no queda otro camino que saltarse uno de los anillos de esa larga cadena
que nos conduce a los testigos perdidos de la transmisión y remontarnos
a las fuentes últimas de ese renacimiento, que no datan sino de
la época antonina (s. II) y tardorromana (s. IV-VI).
Aticismo y Segunda Sofística:
los textos griegos en el renacimiento antonino
Pese a ser abordado con frecuencia
como un problema de orden lingüístico o literario, el aticismo
es un fenómeno cultural específico de la Grecia romana que
merece ser tratado en estas líneas a causa de sus íntimas
conexiones con la historia de los textos en Bizancio . En efecto, el gusto
de los escritores imperiales y bizantinos por el estilo ático clásico
no sólo no fue una moda literaria pasajera, sin efectos normativos
duraderos, sino que además condicionó decisivamente la conservación
de la herencia literaria helénica en la Edad Media bizantina. Si
en un cierto sentido no podemos sino sentir un vivo agradecimiento hacia
esa persistente y artificiosa voluntad arcaizante de los bizantinos cultivados
(a ella le debemos, al fin y al cabo, el que podamos leer todavía
hoy a los clásicos de la literatura ateniense —oradores, poetas
e historiadores, principalmente— que sirvieron de modelo a los escritores
aticistas), es indudable que el aticismo tuvo efectos que a nosotros, estudiosos
de la Antigüedad Clásica en su conjunto, nos parecen negativos:
se impuso una jerarquía de los autores que valía la pena
conservar y transmitir (especialmente en ámbito escolar), y no pocos
de los que se descuidaron entonces se han perdido definitivamente para
nosotros.
A pesar de su inmutable
artificiosidad, el aticismo fue el principio normativo básico en
la composición de obras literarias a lo largo de toda la historia
bizantina. La exigencia de escribir buen ático clásico en
cualquier texto en prosa se convirtió en una convención aceptada
por casi todos, si bien sus resultados están lejos de ser plenamente
satisfactorios: en general, los sofistas del siglo II tuvieron más
éxito que los bizantinos que les siguieron en la imitación
de los modelos clásicos, pues en la literatura culta medieval las
imitaciones son en general superficiales, dándose una gama muy variada
de niveles en la mezcla de los ingredientes de la lengua culta y la popular
.
Con independencia de sus resultados, la
norma estilística era persistente: buena muestra de ello es la ininterrumpida
tradición de léxicos y manuales aticistas de época
bizantina que han llegado hasta nosotros: Focio en el siglo IX, Tomás
Magistro en el siglo XIV son sólo ejemplos sobresalientes de un
tipo de obras que hizo género en la literatura grecomedieval.
Las consecuencias del conservadurismo
estilístico de los bizantinos son visibles todavía en nuestros
días: ¿cómo interpretar si no (prescindiendo de otros
factores políticos y sociales de la Grecia actual) el fenómeno
de la diglosia en el panorama de la literatura griega contemporánea
y la existencia de dos sistemas lingüísticos diferentes —kathareúousa
y demotikév— para el uso literario y el lenguaje cotidiano, respectivamente?
El alejamiento de la lengua popular y la literaria empieza a producirse
ya en los primeros siglos de nuestra era, como se desprende de la comparación
de la lengua de los documentos y cartas contenidos en los papiros con los
textos literarios conservados de la misma época. Que sepamos, no
existen paralelos de una conciencia arcaizante de esta naturaleza en otras
literaturas (salvo quizá la de la China moderna y contemporánea);
probablemente tampoco haya habido ninguna civilización —la Grecia
romana primero, la bizantina después— con tal voluntad de autoafirmación
ante las presiones exteriores.
¿Qué reflejo tiene la norma
aticista en la fortuna de los textos griegos que nos han rescatado los
fragmentos papiráceos del siglo II? Impulsado por el movimiento
literario de la Segunda Sofística, el surgimiento del aticismo coincide
con un aumento significativo de la producción libraria en la mayoría
de los autores y géneros, situación que comienza a finales
del siglo I y se prolonga hasta la primera mitad del siglo III ca. Una
serie de factores hicieron posible este rebrote de la actividad editorial,
centrado especialmente en los autores de la Atenas clásica: la difusión
de la alfabetización, la expansión económica y social
de las ciudades del Imperio antonino, el movimiento de revitalización
cultural del pasado helénico en el Oriente griego —recordemos, en
los estratos del poder imperial, la seductora figura del helenófilo
Adriano—, las exigencias formativas de la creciente burocracia . Estos
signos de recuperación se ven confirmados por la notable cantidad
de papiros del siglo II que se han encontrado en los yacimientos egipcios,
algunos de los cuales contienen textos de autores que no están atestiguados
sino a partir de entonces (Iseo, Antifonte, Dinarco, Heródoto).
Si generalizamos por inducción el panorama textual de la región
egipcia al resto del Imperio (al menos a sus ciudades más importantes),
puede afirmarse que el siglo II supuso una recuperación importante
del legado literario disponible en esos momentos , tras las pérdidas
y selecciones que se produjeron —y no fueron pocas— en época helenística
. Los textos que pudieron recuperarse en este siglo de esfervescencia cultural
helenizante se colocaron así en una posición muy favorable
para ser transmitidos y conservados en etapas posteriores (siglo IV en
adelante).
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