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LA TRANSMISIÓN DE LOS TEXTOS GRIEGOS EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL MUNDO BIZANTINO: UNA OJEADA HISTÓRICA.1/5
Por Raúl Caballero
Universidad de Málaga
Publicado en la Revista Tempus 23/1999
ISSN-1132/0958
 

Thesaurus: transmisión, textos griegos, Antigüedad tardía, Bizancio, aticismo, segunda sofística, volumen, rollo, códice, manuscrito, biblioteca, trivium, quadrivium, León el Filósofo, Focio. 
 

 En el curso de los últimos decenios, la historia de los textos griegos en el “milenio bizantino” ha recibido una atención creciente por parte de especialistas en Bizantinística, Paleografía y Codicología griegas, cuyas aportaciones se han sumado a las de los filólogos clásicos, hasta hace poco casi únicos cultivadores de estos estudios . En las líneas que siguen, nos proponemos, haciéndonos eco de los trabajos más recientes en este terreno, ofrecer al lector una síntesis crítica y actualizada de los problemas más relevantes que tiene planteados la historia de los textos griegos. El análisis recorrerá, pues, las etapas, los caminos, las modalidades principales de la transmisión de la literatura griega y tratará de destacar los factores históricos, sociales y culturales que han desempeñado un papel decisivo en la conservación y/o pérdida de los textos en las épocas alta y mediobizantina ; dentro de este marco general, seguiremos las formas cambiantes que, como en sucesivas metamorfosis, fue adoptando en este azaroso proceso el libro manuscrito tardoantiguo y bizantino, vehículo material de la transmisión. En suma, nuestro enfoque persigue encuadrar la historia de la transmisión textual griega —jalonada por nombres y hechos de sobra conocidos— en el contexto amplio de la vida política y cultural de Bizancio, ofreciendo claves para la comprensión de fenómenos que reciben una luz poderosa contemplados desde la perspectiva de la historia de la cultura .
 

Algunas claves de la historia bizantina

 En los siglos que precedieron al renacimiento bizantino del siglo IX, que marca, en palabras de Alfonso Dain, el “paso de un océano a otro” en la historia de la transmisión manuscrita de los autores griegos, las condiciones históricas de la conservación de la literatura y de la actividad libraria y editorial, los cauces de la transmisión y el cultivo de los estudios clásicos en el Oriente griego aparecen ante el investigador cubiertos de espesas brumas. En este largo período, que se extiende convencionalmente desde la fundación de Constantinopla hasta el siglo IX, pueden distinguirse, en el campo de la historia de la transmisión, dos grandes etapas, que corren paralelas con la historia política, económica y social de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. En la época tardorromana o protobizantina (siglos IV-VII med.), que llega a su culminación con el reinado de Justiniano (527-565) y se prolonga hasta la irrupción de la dinastía heráclida, no se perciben en las regiones orientales del Imperio —a pesar del traslado de la capital a Constantinopla en 330—, huellas de una ruptura significativa con las tradiciones romanas, ni siquiera después de que las provincias de Occidente se derrumbaran ante el empuje incontenible de los pueblos bárbaros y el Imperio romano quedara reducido a las provincias orientales (476). El período sucesivo, desde mediados del siglo VII hasta la mitad del siglo IX, es uno de los más oscuros de la historia de la cultura y la erudición clásicas en Bizancio. Situado ante ellos, el historiador de los textos encontrará un desierto de más de dos siglos —no hay apenas manuscritos conservados que remonten a esta época— del que será ardua tarea dibujar un mínimo esbozo. Desde entonces, en efecto, por una serie de factores que analizaremos más adelante, se va estrechando progresivamente el campo literario de la transmisión y se pierde para siempre una gran parte de la herencia textual de la Antigüedad. En realidad, los bizantinos del siglo IX recogieron los restos de un naufragio y los salvaguardaron, casi en su integridad —todavía ellos leían una cantidad mayor de literatura griega que nosotros, pero no en una proporción considerable— del olvido de los siglos. ¿Cómo explicar ese ‘eslabón perdido’ de la historia de los textos en Bizancio? ¿Qué transformaciones se operaron a fines de la Antigüedad en el Imperio protobizantino para que se produjera el hiato del siglo VII? 

Aun sin ser mi intención adentrarme en los agudos problemas de la periodización de la historia bizantina, sobre todo en lo que se refiere a sus comienzos, parece acertado situar el punto de arranque de Bizancio como producto histórico propio e individualizado en el reinado de Heraclio y de su dinastía, justamente a comienzos del siglo VII . En este largo período (610-717), en efecto, la aparición de un conjunto de nuevos factores externos y las transformaciones que acarrearon en el interior hicieron del Imperio una realidad nueva. El resquebrajamiento del Imperio de Justiniano y, con él, del mundo tardoantiguo en la pars Orientis, se consuma, en la segunda mitad del siglo VI, con la penetración eslava en los Balcanes, la conquista lombarda de las posesiones de Italia septentrional y central y la pérdida de las costas españolas, que delimitan claramente las fronteras noroccidentales del Imperio en el exarcado de Ravena. Pero estos movimientos de fronteras son sólo el preludio de las pérdidas críticas del siglo siguiente, cuando las bases económicas del Imperio tardorromano —ya mermadas tras las guerras sasánidas contra los persas—, saltan en pedazos a consecuencia de la conquista árabe de las regiones orientales (Egipto, Siria, Palestina, África), donde residían los puertos comerciales más florecientes del Mediterráneo oriental y los puntos principales de abastecimiento de trigo. 

 La amenaza exterior, constante a partir del siglo VII por ambos flancos del Imperio —los búlgaros en el Noreste, los musulmanes en el Mediterráneo y en el extremo oriental—, obligó a una profunda y escalonada reestructuración de la administración bizantina y del poder imperial: al concentrar en sus manos el poder civil y militar, los generales (strathgoiv) de los ejércitos acantonados en los distintos qevmata —las nuevas unidades administrativas— devienen los principales depositarios del poder, absoluto y divino, del emperador, quien con tanta frecuencia no salía sino de las filas de la milicia. La defensa del Imperio, una vez reducido a los territorios italianos, la Grecia continental, el mar Egeo y Asia Menor, era el objetivo prioritario que debía asegurar la transformación administrativa. A medida que la mayoría de la población se va asentando en las comunidades rurales de los themata, donde los campesinos recibían tierras en propiedad a cambio de su participación en las campañas defensivas anuales, el mundo urbano tardoantiguo se colapsa y no continúa vivo si no es en Constantinopla, la ciudad por excelencia. La ruralización de la sociedad, aunque ajena a la modalidad occidental del colonato prefeudal, se hace aún más profunda con la pérdida de las ciudades de Siria, Palestina y Egipto, viveros de la formación clásica. El Imperio pasa de ser una máquina burocrática eficiente —como en la época de Constantino el Grande— a convertirse en una estructura dominada por el estamento militar, que gestiona los recursos humanos y económicos de que dispone con vistas a la defensa numantina de sus fronteras nororientales (los Balcanes y Asia Menor). 

 Pero la conversión de Imperio romano de Oriente en Imperio greco-asiático —bizantino— es un hecho decisivo también en el terreno cultural y religioso. Como es sabido, los patriarcas orientales, en particular el de Alejandría, fueron los principales sostenedores de la herejía monofisita. Integrados en el Islam los focos de resistencia a Constantinopla, el patriarca de esta ciudad quedó como líder indiscutido de la Iglesia bizantina y defensor incontestado de la ortodoxia (al menos hasta el surgimiento de las luchas iconoclastas a principios del siglo siguiente). La heterogeneidad étnica y lingüística de la población era contrapesada por el efecto homogeneizador que producía la supremacía incontenible de la lengua griega y de la confesión ortodoxa: he ahí los elementos distintivos de la nueva civilización que se va configurando a lo largo del siglo VII y sellan el paso definitivo del mundo antiguo al mundo medieval en el Oriente griego; la herencia tardorromana se diluye —el latín deja de usarse como lengua de cancillería, los títulos imperiales se helenizan—  o se integra en la nueva realidad. 

 Este conjunto de factores de muy diversa índole tuvieron efectos rupturistas en todos los niveles de la vida bizantina: crisis de la economía y las finanzas, crisis de la administración, crisis de los valores. Sus consecuencias no son menores en la vida cultural y literaria, cuya pujanza se debilita a medida que el tejido urbano tardoantiguo va desapareciendo. Una de las manifestaciones más palpables de este declive es la contracción de la actividad de copia y edición de textos clásicos durante los dos siglos siguientes en Constantinopla.  Si a los factores señalados añadimos las luchas religiosas que dominarán el siglo y pico siguiente (717-843), obligando a Bizancio a elegir trágicamente entre una tradición cristiana de corte oriental (iconoclasmo) y un cristianismo de filiación grecorromana (iconodulia), podremos valorar adecuadamente la depresión en que se sumerge la cultura profana en este trance crítico en que el mundo bizantino lucha por redefinir su identidad ante sí mismo y ante los demás. 

 Así pues, si queremos entender lo que supuso el movimiento humanístico iniciado en el s. IX en relación con la conservación de los textos clásicos, no queda otro camino que saltarse uno de los anillos de esa larga cadena que nos conduce a los testigos perdidos de la transmisión y remontarnos a las fuentes últimas de ese renacimiento, que no datan sino de la época antonina (s. II) y tardorromana (s. IV-VI). 
 

Aticismo y Segunda Sofística: los textos griegos en el renacimiento antonino 

 Pese a ser abordado con frecuencia como un problema de orden lingüístico o literario, el aticismo es un fenómeno cultural específico de la Grecia romana que merece ser tratado en estas líneas a causa de sus íntimas conexiones con la historia de los textos en Bizancio . En efecto, el gusto de los escritores imperiales y bizantinos por el estilo ático clásico no sólo no fue una moda literaria pasajera, sin efectos normativos duraderos, sino que además condicionó decisivamente la conservación de la herencia literaria helénica en la Edad Media bizantina. Si en un cierto sentido no podemos sino sentir un vivo agradecimiento hacia esa persistente y artificiosa voluntad arcaizante de los bizantinos cultivados (a ella le debemos, al fin y al cabo, el que podamos leer todavía hoy a los clásicos de la literatura ateniense —oradores, poetas e historiadores, principalmente— que sirvieron de modelo a los escritores aticistas), es indudable que el aticismo tuvo efectos que a nosotros, estudiosos de la Antigüedad Clásica en su conjunto, nos parecen negativos: se impuso una jerarquía de los autores que valía la pena conservar y transmitir (especialmente en ámbito escolar), y no pocos de los que se descuidaron entonces se han perdido definitivamente para nosotros. 

    A pesar de su inmutable artificiosidad, el aticismo fue el principio normativo básico en la composición de obras literarias a lo largo de toda la historia bizantina. La exigencia de escribir buen ático clásico en cualquier texto en prosa se convirtió en una convención aceptada por casi todos, si bien sus resultados están lejos de ser plenamente satisfactorios: en general, los sofistas del siglo II tuvieron más éxito que los bizantinos que les siguieron en la imitación de los modelos clásicos, pues en la literatura culta medieval las imitaciones son en general superficiales, dándose una gama muy variada de niveles en la mezcla de los ingredientes de la lengua culta y la popular . 

Con independencia de sus resultados, la norma estilística era persistente: buena muestra de ello es la ininterrumpida tradición de léxicos y manuales aticistas de época bizantina que han llegado hasta nosotros: Focio en el siglo IX, Tomás Magistro en el siglo XIV son sólo ejemplos sobresalientes de un tipo de obras que hizo género en la literatura grecomedieval.

 Las consecuencias del conservadurismo estilístico de los bizantinos son visibles todavía en nuestros días: ¿cómo interpretar si no (prescindiendo de otros factores políticos y sociales de la Grecia actual) el fenómeno de la diglosia en el panorama de la literatura griega contemporánea y la existencia de dos sistemas lingüísticos diferentes —kathareúousa y demotikév— para el uso literario y el lenguaje cotidiano, respectivamente? El alejamiento de la lengua popular y la literaria empieza a producirse ya en los primeros siglos de nuestra era, como se desprende de la comparación de la lengua de los documentos y cartas contenidos en los papiros con los textos literarios conservados de la misma época. Que sepamos, no existen paralelos de una conciencia arcaizante de esta naturaleza en otras literaturas (salvo quizá la de la China moderna y contemporánea); probablemente tampoco haya habido ninguna civilización —la Grecia romana primero, la bizantina después— con tal voluntad de autoafirmación ante las presiones exteriores.

¿Qué reflejo tiene la norma aticista en la fortuna de los textos griegos que nos han rescatado los fragmentos papiráceos del siglo II? Impulsado por el movimiento literario de la Segunda Sofística, el surgimiento del aticismo coincide con un aumento significativo de la producción libraria en la mayoría de los autores y géneros, situación que comienza a finales del siglo I y se prolonga hasta la primera mitad del siglo III ca. Una serie de factores hicieron posible este rebrote de la actividad editorial, centrado especialmente en los autores de la Atenas clásica: la difusión de la alfabetización, la expansión económica y social de las ciudades del Imperio antonino, el movimiento de revitalización cultural del pasado helénico en el Oriente griego —recordemos, en los estratos del poder imperial, la seductora figura del helenófilo Adriano—, las exigencias formativas de la creciente burocracia . Estos signos de recuperación se ven confirmados por la notable cantidad de papiros del siglo II que se han encontrado en los yacimientos egipcios, algunos de los cuales contienen textos de autores que no están atestiguados sino a partir de entonces (Iseo, Antifonte, Dinarco, Heródoto). Si generalizamos por inducción el panorama textual de la región egipcia al resto del Imperio (al menos a sus ciudades más importantes), puede afirmarse que el siglo II supuso una recuperación importante del legado literario disponible en esos momentos , tras las pérdidas y selecciones que se produjeron —y no fueron pocas— en época helenística . Los textos que pudieron recuperarse en este siglo de esfervescencia cultural helenizante se colocaron así en una posición muy favorable para ser transmitidos y conservados en etapas posteriores (siglo IV en adelante).

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