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LA TRANSMISIÓN DE LOS TEXTOS GRIEGOS EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL MUNDO BIZANTINO: UNA OJEADA HISTÓRICA.2/5
Por Raúl Caballero
Universidad de Málaga
Publicado en la Revista Tempus 23/1999
ISSN-1132/0958
 

Una revolución ambivalente: del rollo al códice

 En estas condiciones en principio favorables para la circulación libraria, la conservación de los textos literarios de la Antigüedad llega a una primera y decisiva prueba como consecuencia de un cambio revolucionario en la morfología del libro: se trata de la paulatina sustitución, para fines librarios, del formato tradicional del libro antiguo, el volumen, por el codex, denominación que tradicionalmente se aplicaba en Roma a las tabletas de cera que solían usarse para fines subliterarios (notas privadas, ejercicios escolares, cartas y documentos, etc). En algún momento del período bajorrepublicano ya se había operado la sustitución de las tablillas por hojas de pergamino (membranae) en los documentos legales, pero su utilización para textos literarios sólo fue esporádica antes del siglo III. En cambio, el códice era de uso corriente en el siglo II en los círculos cristianos: los libros sagrados fueron los primeros textos literarios en ser vertidos a la nueva forma. El cambio acabó afectando, aunque no de manera inmediata ni automática, a la materia escriptoria: el pergamino, más resistente al paso del tiempo y más manejable que el papiro, se impuso finalmente; sin embargo, dado que no dejaba de ser una materia prima limitada y de complicada elaboración, la utilización del papiro en el códice no desapareció ni mucho menos, sobre todo en la parte oriental del imperio, que se surtía del abastecimiento egipcio de papiro.

 Así pues, la difusión generalizada del códice en los siglos III-IV va pareja con el ascenso del cristianismo en el seno de la sociedad romana: la decadencia del rollo representa el acta de defunción del paganismo y de una forma de cultura aristocrática y elitista inseparable de éste. El triunfo del códice no sólo implica el dominio de una forma libraria identificada desde el principio con los ambientes cristianos, sino la imposición del tipo de libro que era corriente entre las clases menos cultivadas, pero alfabetizadas, del Imperio; además, este fenómeno no puede no estar relacionado con la renovación del gusto que se registra en las manifestaciones artísticas a partir del siglo III y con la llegada al poder, a partir de Diocleciano, de nuevos grupos dirigentes (homines novi) no entroncados con la aristocracia senatorial de época antonina. La presión creciente de estas nuevas clases emergentes y el paralelo declinar de las antiguas élites van imponiendo poco a poco hábitos de lectura y escritura alternativos en el seno de la sociedad romana .

    El cambio en el formato del libro —que hasta la actualidad ha permanecido inalterable y ahora no sabemos si tiene los días contados— trajo consigo el trasvase gradual de la literatura “pagana” de una a otra forma . No fue ésta, como han creído algunos desde Wilamowitz, una operación llevada a cabo siguiendo un plan consciente programado por eruditos o rétores de escuela que seleccionaban lo que valía la pena copiar en códices y lo que no: precisamente por el carácter no sistemático de este proceso, que se dilata a lo largo de varios siglos, sus efectos fueron desestabilizadores de cara a la conservación de muchos textos clásicos, hasta el punto de que en este trance sembrado de riesgos se perdió una parte no despreciable de la literatura antigua.

No hay razones de peso para dudar del origen escolástico de las selecciones textuales que han logrado sobrevivir hasta nuestros días, puesto que una multitud de factores apuntan en esa dirección: el orden de conservación, la afinidad temática de las obras transmitidas, el número de los textos agrupados en las colecciones, la redacción paralela de escolios marginales, etc. Sin embargo, la realidad documental egipcia, entre los siglos I y III med., refleja con obstinación un cuadro editorial más abierto y complejo del que se deduciría de un único canon de escuela, y registra un abanico de textos que sólo parcialmente se solapan con las colecciones canónicas transmitidas en la tradición medieval . Todavía entonces se copiaba y se leía bastante más cantidad de autores y textos de los que hoy tenemos. Esto hace imposible mantener una datación alta para el triunfo definitivo de los cánones escolares que están en la base de la tradición bizantina. A lo sumo, podría pensarse en la convivencia simultánea, en una fecha temprana de la transmisión, de colecciones plurales de un mismo autor, en estricta correlación con ambientes y gustos diversos, pero, en cualquier caso, de dimensiones textuales generalmente superiores a las que traspasarían el período mediobizantino. A medida que se fuesen imponiendo unas selecciones sobre otras, o se fuesen perdiendo antiguas colecciones concebidas para un público ya inexistente, se irían reduciendo la amplitud y variedad de los corpora y, con el paso del tiempo, acabarían siendo canonizadas ciertas colecciones, que se transmitirían a los manuscritos medievales. Los corpora de los autores clásicos se fijaron a lo largo de estos siglos (siglos III-IV al VI), una vez que el paso del rollo al códice hizo posible la reagrupación de una cantidad más o menos homogénea de textos en un solo (o varios) tomo (s). Las nuevas colecciones, herederas o no de otras más antiguas (en que los rollos se agrupaban en capsae), fueron, en cierto modo, sacralizadas en los códices, mientras la consolidación de este formato en las escuelas superiores hacía posible la permanencia de los textos así agrupados hasta el siguiente peldaño de la tradición. Fueron, desde luego, esos textos escolares, fundamento de la educación literaria, los que se copiarían en número suficiente para asegurar su conservación posterior. Aunque no en todos los casos: por ejemplo, la fluctuación de las modas y los gustos imperantes en la educación fue injusta con Menandro, autor privilegiado como pocos en los papiros, pero que acabó siendo desplazado en beneficio de Aristófanes, reivindicado por la escuela mediobizantina que garantizó su conservación posterior. No conviene olvidar, sin embargo, que, como muestran algunos restos papiráceos, se conservaron también, quizá en un número menos numeroso de copias, autores y textos no respaldados (que sepamos) por la demanda escolar y que acabaron perdiéndose en etapas ulteriores de la transmisión (poesía arcaica y helenística, por ejemplo).

Este esquema de la formación de corpora, que hemos presentado de forma abstracta, tiene una concreción ejemplar en el texto de los autores trágicos . De los tres autores del canon ático, el corpus que ha llegado hasta nosotros —7 en el caso de Esquilo y Sófocles; 7 ó 7+3 en el caso de Eurípides (no tenemos en cuenta la colección alfabética, que siguió un camino divergente)— es el resultado final —no sabemos si más o menos dependiente de la voluntad de un editor— de un largo proceso que pasa por colecciones más antiguas de mayores dimensiones. Las citas de Eurípides recurrentes en tres autores casi contemporáneos —Plutarco, Ateneo, Clemente de Alejandría— nos conducen a un repertorio de unas treinta tragedias en circulación entre el siglo I-II en el mundo romano, hecho confirmado por la tradición de la tragedia latina (Séneca), que depende de un similar número de tragedias originales. Esta selección supone una reducción del canon de 78 piezas catalogadas por los alejandrinos, pero es sensiblemente más rica que la que ha pasado a la posteridad. A su vez, los bizantinos, a partir del siglo X, fueron receptores más o menos fieles de los corpora de los trágicos fijados en la Antigüedad tardorromana e incluso crearon otros en etapas posteriores de la transmisión (la tríada bizantina, por ejemplo).

   La creación de nuevos instrumentos de la transmisión, al abrigo del códice, es una de las características fundamentales del período tardoantiguo. Al corpus siguen otros, más o menos relacionados con él: excerpta, epítomes, florilegios, etc. Todos ellos suponen una selección del vasto material heredado de la Antigüedad, dictada por intereses editoriales difíciles de reconstruir. Incluso en el terreno de la exégesis literaria se producen cambios significativos, característicos de los textos de uso escolar: los amplios márgenes disponibles en torno al texto escrito en la nueva forma de libro hicieron posible que el comentario antiguo, que se escribía en libro aparte, se integrara en el corpus disponiéndose al lado del texto escrito y dando así lugar a los escolios de nuestros manuscritos. Gran parte de la tarea filológica llevada a cabo durante estos siglos es de compilación y selección del material exegético y crítico heredado de la Antigüedad, que por esta razón también ve reducido considerablemente su caudal .

 ¿A qué motivaciones obedecen estas nuevas formas de transmisión, que suponen un adelgazamiento de la tradición textual en la mayoría de los autores y géneros? ¿Cómo es posible que al renacimiento de las letras de época antonina siguiera una contracción de la actividad de copia, centrada principalmente en la compilación y selección de los textos originales, hasta quedar devaluados al nivel de colecciones, epítomes y antologías? Es sorprendente que la estabilización progresiva del códice, favorecida en parte por las enormes ventajas materiales que reunía respecto del antiguo formato librario (comodidad de manejo y consulta, ahorro de materia escriptoria, etc.), no contribuyera a una amplia conservación de la mayoría de los textos que hasta la época circulaban por el mundo romano o se conservaban en las bibliotecas públicas y privadas. El marco histórico general nos da la respuesta. En efecto, así como en el terreno político y socio-económico asistimos bajo la dinastía de los Severos a un caos administrativo y gubernativo, a un declive de la producción y de la vida urbana, así también fue herida de muerte la cultura aristocrática y urbana del imperio, esa cultura de formación clásica que vertebraba a la clase dirigente del estado romano. Las tensiones centrífugas entre centro y periferia, características del siglo III, traen consigo el ascenso irresistible de las culturas ‘nacionales’, que suplantan en muchas partes a la tradición clásica; además, la crisis de la economía obliga a reducir la inversión pública en la instrucción superior y la formación de los propios servidores del estado decae hasta un nivel muy pobre. La alfabetización retrocede, el público lector de libros, incluso el aficionado a la literatura de masas, se difumina progresivamente y, en general, el acceso a la cultura se da en una forma truncada e indirecta: de ahí la proliferación de epítomes y antologías. Los textos íntegros de los autores, demasiado difíciles o despojados de valor arquetítico o formativo, dejan de ser vehículos dominantes de la transmisión. La difusión del códice a expensas del rollo refleja exactamente esta tendencia general hacia la homologación de la cultura escrita en torno a productos que, por muy estables que se nos antojen (se ha hablado hasta la saciedad de la llamada “cultura del Libro”, basada en la Biblia y el Código), han dejado atrás jirones de textos imposibles de recomponer. 

 Esta situación de decaimiento generalizado de la cultura comienza a invertirse cuando, en la primera mitad del siglo IV, los medios oficiales, conscientes de la crisis y del riesgo que corría la supervivencia de los tesoros textuales de la antigüedad, pusieron en marcha mecanismos de conservación y salvación de los textos promovidos por la munificencia imperial. A partir de entonces, amén de canales privados de transmisión libraria (bibliotecas privadas de profesores y eruditos, provistas sobre todo de autores ‘modernos’), ininterrumpidamente abiertos por más que fortuitos y difíciles de rastrear, se configuraron dos vías privilegiadas a través de las cuales discurrió la fortuna de los textos en Bizancio hasta el siglo IX: la de las escuelas superiores públicas (es decir, subvencionadas por el estado o los municipios) y la de las Bibliotecas oficiales, anejas a la corte imperial o a otras instituciones civiles y eclesiásticas.

 La instrucción superior y la transmisión de los textos

 La recuperación de una enseñanza superior más o menos auspiciada por los ambientes oficiales nacía de la necesidad de reclutar para la reorganización del Estado burocrático tardorromano a una nómina de funcionarios formados en retórica, filosofía y derecho. Diseminados por la franja mediterránea, empiezan a florecer nuevos centros o a revivir antiguas instituciones educativas, como fue el caso de la Atenas devastada por los Érulos . Además de los puertos más florecientes del Mediterráneo oriental, ciudades como Alejandría , Gaza, Beirut, Antioquía, Edesa contaban con los centros de educación y erudición clásicas más activos del mundo antiguo , al lado del ya mencionado de Atenas y el todavía incipiente de Constantinopla. Estas escuelas conocieron su máximo esplendor en el siglo IV y prolongaron su actividad hasta bien entrado el siglo V; en el siglo VI permanecen en pie Atenas, Alejandría y Constantinopla: la primera fue al parecer clausurada temporalmente por Justiniano en el 529 ; la segunda continuó su actividad hasta la conquista árabe (e incluso después); en cuanto a la de la capital, hablaremos de ella un poco más abajo. 

Aunque los testimonios conservados de su actividad filológica y editorial no son numerosos, sobran indicios para pensar que, como continuadoras de la tradición inaugurada por las escuelas de retórica de época romana (Átenas, Éfeso, Pergamo, Esmirna, etc.), estos centros fueron puntos axiales de la producción y circulación librarias en la Antigüedad tardía. En la práctica, la influencia de la educación superior ofrecida por estas escuelas estatales o provinciales quizá no superase en nivel o calidad a la enseñanza privada impartida a título privado por rétores y sofistas, probablemente mucho mejor remunerados y más prestigiosos. Pero no debemos subestimar el papel desempeñado por estos centros tanto en la canonización convencional —y fluctuante según épocas y lugares— de ciertos autores, que quedaron así fijados en los curricula de la época y salvados para la posteridad, como en la actividad de edición y exégesis que aplicaron a los textos estudiados y cuyas huellas por desgracia se han borrado casi por completo para nosotros. Ya hemos señalado en el capítulo anterior el papel decisivo desempeñado por los centros educativos en la conservación de la mayoría de nuestras colecciones textuales.

 Mención aparte merece la escuela superior fundada por Teodosio II en Constantinopla en 425. Que no deba ser llamada y considerada la primera ‘Universidad’ del mundo antiguo (Lemerle habla de “Universidad de Estado”)  es un dato adquirido tras el sugerente análisis de la constitución teodosiana realizado por Speck . Se trataba más bien de una institución educativa que centralizaba en el auditorio del Capitolio los servicios de enseñanza ofrecidos por el estado a aquellos jóvenes deseosos de alcanzar una formación exigente (básicamente, retórica, filosofía y derecho) con vistas al desempeño de una carrera administrativa. A través de ella, Teodosio II intentaba rivalizar con los centros educativos esparcidos por el Mediterráneo que desde hacía tiempo cumplían con idéntica misión. Y, además, no era ni el único centro de enseñanza de la capital ni tan siquiera el más antiguo. En la Basílica, donde se alzaba la Biblioteca Imperial, está atestiguada la existencia de una escuela superior desde antes y después del 425 . Y eso sin contar los numerosos profesores que ofrecían sus servicios a las familias pudientes de Constantinopla como actividad privada y remunerada. Que la escuela del Capitolio no fuera tan importante como pretendieron los estudios pioneros de la enseñanza superior en Bizancio lo demuestra el hecho de que apenas nos han llegado noticias ni de la existencia misma de la escuela en los siglos sucesivos ni de ninguna actividad filológica de relieve que se hubiese desarrollado en su seno . 
 

Las Bibliotecas como factor de conservación y destrucción de los textos

 Al lado de las escuelas, no fue menor la aportación de las bibliotecas públicas de las ciudades importantes, incluso medianas, del Imperio, con vistas a la conservación del patrimonio literario de la Antigüedad. Es de lamentar que los afanes coleccionistas del mundo helenístico y romano fueran dramáticamente abortados por la crisis del siglo III, con la desaparición física de la mayoría de las Bibliotecas públicas y privadas. Si retrocedemos hasta la época helenística, es sabido que la Biblioteca tolemaica de Atenas se nutrió de gran parte del caudal de textos clásicos conservados en la Biblioteca del Museo de Alejandría, de cuyos fondos, copias oficiales que fijaban la norma textual de la tradición anterior, se sacaban, cual ejemplares de tirada limitada, las copias destinadas al comercio y a las bibliotecas públicas locales o provinciales . Aunque la Biblioteca del Museo fue definitivamente destruida en 272 (el incendio provocado por César en 48-47 a. C. destruyó sólo un cargamento de libros depositados en el puerto), quedaba en pie aún la Biblioteca del templo de Serapis, que atesoraba fondos nada despreciables directamente emanados del Museo. En cuanto a Pérgamo, la rival de Alejandría, no es inverosímil que sufriera los efectos catastróficos de la invasión de Asia por Mitrídates. La suerte de las dos grandes bibliotecas del Helenismo simboliza trágicamente el destino de las principales colecciones públicas de las ciudades del Imperio a lo largo del siglo III-IV: las bibliotecas de Roma —nos informa Amiano Marcelino  en los años sesenta del siglo IV— “han sido cerradas para siempre, como si fuesen tumbas”; Atenas vio cómo la invasión de los Érulos destruía por completo la parte baja de la ciudad y, con ella, probablemente, la rica Biblioteca que Adriano legara a la polis ática dos siglos antes (heredera a su vez de los fondos de la biblioteca tolemaica); la biblioteca de Antioquía fue incendiada en el 363 por Joviano, poco tiempo después de haber sido reconstruida por Juliano. La desmembración de la vida urbana, cada vez más creciente en esta “época de angustia”, acarreó la ruina de las instituciones civiles y de sus sedes físicas: gimnasios, bibliotecas, balnearios, basílicas. Esta destrucción generalizada de las colecciones completas de libros, custodiadas en las bibliotecas públicas helenístico-romanas, nos ha hurtado la conservación casi íntegra de la producción literaria clásica. En lugar de ellas, (y al margen de algunas excepciones), dominaron el campo los textos de consumo escolar, productos escritos de características distintas, guiados por intereses donde, por encima de la conservación, primaba la selección de un grupo elegido de autores y textos considerados canónicos . 

 No obstante, algunas bibliotecas de época tardorromana subsistieron en Constantinopla y proporcionaron textos que habrían de ser parcial o totalmente recuperados en los sucesivos renacimientos bizantinos. Por una rara y azarosa fortuna, pocos decenios antes de que el obispo Teófilo destruyera el Serapeum de Alejandría en 391 d. C., Constancio II fundó en la capital un scriptorium y una biblioteca, la Biblioteca Imperial. Esta empresa tenía el cometido de asegurar la conservación, en un nuevo formato librario (que es bastante verosímil pensar que se tratase de códices de pergamino), de todos los libros que se encontrasen en la capital o pudiesen ser hallados en cualquier punto del imperio. El testimonio de nuestra fuente principal para estos hechos, un discurso encomiástico de Temistio dirigido al emperador en 357 , es especialmente interesante porque alerta sobre el grado de postración al que había llegado la conservación de los textos en el mundo tardorromano: se hacía imprescindible salvar los “monumentos públicos” de los autores antiguos, esto es, los libros custodiados en las Bibliotecas y los centros educativos del estado, destruidos o amenazados de una destrucción inminente. Los autores mencionados por Temistio son no sólo los que se leían ritualmente en las escuelas (Homero y Hesíodo, los oradores áticos, Platón y Aristóteles), y que conductos privados de transmisión lograban rescatar sin necesidad de ayuda estatal, sino aquellos otros, secuaces de los anteriores (se menciona, entre otros, a los tres representantes del estoicismo antiguo,  Zenón, Cleantes y Crisipo: ¡tuvieron la suerte de leerlos íntegros!) que, por ser menos leídos y estudiados en los programas escolares, sólo la protección del soberano sustraería al olvido de los tiempos. Si creemos a Temistio, el emperador había tomado conciencia de que la cultura clásica y el ideal de formación retórica y literaria inseparable de aquélla habían tocado fondo en beneficio de una formación basada casi exclusivamente en el derecho y en las técnicas taquigráficas, por lo que era urgente iniciar una labor de reconstrucción lenta y laboriosa .

No sabemos con exactitud cuál fue el desarrollo de los trabajos realizados en el seno del nuevo scriptorium, pero, en cualquier caso, parece que no se perdió el tiempo: según el testimonio indirecto de Zonaras, cuando se desató el gran incendio constantinopolitano del año 475 (más o menos un siglo después de las disposiciones de Constancio II), que afectó seriamente a la biblioteca, había depositados en ella unos 120.000 libros (cifra que, si bien hay que tomar con las debidas cautelas, da una idea del peso de la Biblioteca Imperial) . Es difícil ponderar qué valor tuvieron estos códices en uncial en la historia de la transmisión. Siendo nula su capacidad de generar copias y lecturas (se trata de una Biblioteca de Palacio y, por ello, expuesta a la consulta restringida de la familia imperial y el servicio civil), sus posibilidades de conservación iban ligadas al destino de la corte imperial, pero también a los accidentes que con tanta frecuencia se abatían sobre las Bibliotecas de conservación. Tampoco sabemos de dónde llegaron a la capital los ejemplares desmañados que sirvieron de modelo a los códices destinados a la Biblioteca Imperial; ni es posible averiguar si hay una línea de descendencia, directa o indirecta, entre esta colección de libros y los tesoros custodiados en otras Bibliotecas del Imperio todavía vivas en el momento de su fundación, como el Serapeum alejandrino, o si los ejemplares recién fabricados en Constantinopla reflejan la impronta textual de las ediciones escolares tardoantiguas . Sea como fuere, tras la decadencia de los estudios clásicos a partir del reinado de Justiniano  —responsable de la persecución y disolución de los últimos reductos paganos del mundo tardoantiguo—, tales libros habrían de permanecer en la capital durante los siglos sucesivos, cubiertos de polvo y de olvido (no sabemos en qué medida convertidos en ceniza por los incendios), hasta su posterior redescubrimiento en el renacimiento de las letras clásicas del siglo IX.