| Una
revolución ambivalente: del rollo al códice
En estas condiciones en principio
favorables para la circulación libraria, la conservación
de los textos literarios de la Antigüedad llega a una primera y decisiva
prueba como consecuencia de un cambio revolucionario en la morfología
del libro: se trata de la paulatina sustitución, para fines librarios,
del formato tradicional del libro antiguo, el volumen, por el codex, denominación
que tradicionalmente se aplicaba en Roma a las tabletas de cera que solían
usarse para fines subliterarios (notas privadas, ejercicios escolares,
cartas y documentos, etc). En algún momento del período bajorrepublicano
ya se había operado la sustitución de las tablillas por hojas
de pergamino (membranae) en los documentos legales, pero su utilización
para textos literarios sólo fue esporádica antes del siglo
III. En cambio, el códice era de uso corriente en el siglo II en
los círculos cristianos: los libros sagrados fueron los primeros
textos literarios en ser vertidos a la nueva forma. El cambio acabó
afectando, aunque no de manera inmediata ni automática, a la materia
escriptoria: el pergamino, más resistente al paso del tiempo y más
manejable que el papiro, se impuso finalmente; sin embargo, dado que no
dejaba de ser una materia prima limitada y de complicada elaboración,
la utilización del papiro en el códice no desapareció
ni mucho menos, sobre todo en la parte oriental del imperio, que se surtía
del abastecimiento egipcio de papiro.
Así pues, la difusión
generalizada del códice en los siglos III-IV va pareja con el ascenso
del cristianismo en el seno de la sociedad romana: la decadencia del rollo
representa el acta de defunción del paganismo y de una forma de
cultura aristocrática y elitista inseparable de éste. El
triunfo del códice no sólo implica el dominio de una forma
libraria identificada desde el principio con los ambientes cristianos,
sino la imposición del tipo de libro que era corriente entre las
clases menos cultivadas, pero alfabetizadas, del Imperio; además,
este fenómeno no puede no estar relacionado con la renovación
del gusto que se registra en las manifestaciones artísticas a partir
del siglo III y con la llegada al poder, a partir de Diocleciano, de nuevos
grupos dirigentes (homines novi) no entroncados con la aristocracia senatorial
de época antonina. La presión creciente de estas nuevas clases
emergentes y el paralelo declinar de las antiguas élites van imponiendo
poco a poco hábitos de lectura y escritura alternativos en el seno
de la sociedad romana .
El cambio en el formato
del libro —que hasta la actualidad ha permanecido inalterable y ahora no
sabemos si tiene los días contados— trajo consigo el trasvase gradual
de la literatura “pagana” de una a otra forma . No fue ésta, como
han creído algunos desde Wilamowitz, una operación llevada
a cabo siguiendo un plan consciente programado por eruditos o rétores
de escuela que seleccionaban lo que valía la pena copiar en códices
y lo que no: precisamente por el carácter no sistemático
de este proceso, que se dilata a lo largo de varios siglos, sus efectos
fueron desestabilizadores de cara a la conservación de muchos textos
clásicos, hasta el punto de que en este trance sembrado de riesgos
se perdió una parte no despreciable de la literatura antigua.
No hay razones de peso para dudar del
origen escolástico de las selecciones textuales que han logrado
sobrevivir hasta nuestros días, puesto que una multitud de factores
apuntan en esa dirección: el orden de conservación, la afinidad
temática de las obras transmitidas, el número de los textos
agrupados en las colecciones, la redacción paralela de escolios
marginales, etc. Sin embargo, la realidad documental egipcia, entre los
siglos I y III med., refleja con obstinación un cuadro editorial
más abierto y complejo del que se deduciría de un único
canon de escuela, y registra un abanico de textos que sólo parcialmente
se solapan con las colecciones canónicas transmitidas en la tradición
medieval . Todavía entonces se copiaba y se leía bastante
más cantidad de autores y textos de los que hoy tenemos. Esto hace
imposible mantener una datación alta para el triunfo definitivo
de los cánones escolares que están en la base de la tradición
bizantina. A lo sumo, podría pensarse en la convivencia simultánea,
en una fecha temprana de la transmisión, de colecciones plurales
de un mismo autor, en estricta correlación con ambientes y gustos
diversos, pero, en cualquier caso, de dimensiones textuales generalmente
superiores a las que traspasarían el período mediobizantino.
A medida que se fuesen imponiendo unas selecciones sobre otras, o se fuesen
perdiendo antiguas colecciones concebidas para un público ya inexistente,
se irían reduciendo la amplitud y variedad de los corpora y, con
el paso del tiempo, acabarían siendo canonizadas ciertas colecciones,
que se transmitirían a los manuscritos medievales. Los corpora de
los autores clásicos se fijaron a lo largo de estos siglos (siglos
III-IV al VI), una vez que el paso del rollo al códice hizo posible
la reagrupación de una cantidad más o menos homogénea
de textos en un solo (o varios) tomo (s). Las nuevas colecciones, herederas
o no de otras más antiguas (en que los rollos se agrupaban en capsae),
fueron, en cierto modo, sacralizadas en los códices, mientras la
consolidación de este formato en las escuelas superiores hacía
posible la permanencia de los textos así agrupados hasta el siguiente
peldaño de la tradición. Fueron, desde luego, esos textos
escolares, fundamento de la educación literaria, los que se copiarían
en número suficiente para asegurar su conservación posterior.
Aunque no en todos los casos: por ejemplo, la fluctuación de las
modas y los gustos imperantes en la educación fue injusta con Menandro,
autor privilegiado como pocos en los papiros, pero que acabó siendo
desplazado en beneficio de Aristófanes, reivindicado por la escuela
mediobizantina que garantizó su conservación posterior. No
conviene olvidar, sin embargo, que, como muestran algunos restos papiráceos,
se conservaron también, quizá en un número menos numeroso
de copias, autores y textos no respaldados (que sepamos) por la demanda
escolar y que acabaron perdiéndose en etapas ulteriores de la transmisión
(poesía arcaica y helenística, por ejemplo).
Este esquema de la formación de
corpora, que hemos presentado de forma abstracta, tiene una concreción
ejemplar en el texto de los autores trágicos . De los tres autores
del canon ático, el corpus que ha llegado hasta nosotros —7 en el
caso de Esquilo y Sófocles; 7 ó 7+3 en el caso de Eurípides
(no tenemos en cuenta la colección alfabética, que siguió
un camino divergente)— es el resultado final —no sabemos si más
o menos dependiente de la voluntad de un editor— de un largo proceso que
pasa por colecciones más antiguas de mayores dimensiones. Las citas
de Eurípides recurrentes en tres autores casi contemporáneos
—Plutarco, Ateneo, Clemente de Alejandría— nos conducen a un repertorio
de unas treinta tragedias en circulación entre el siglo I-II en
el mundo romano, hecho confirmado por la tradición de la tragedia
latina (Séneca), que depende de un similar número de tragedias
originales. Esta selección supone una reducción del canon
de 78 piezas catalogadas por los alejandrinos, pero es sensiblemente más
rica que la que ha pasado a la posteridad. A su vez, los bizantinos, a
partir del siglo X, fueron receptores más o menos fieles de los
corpora de los trágicos fijados en la Antigüedad tardorromana
e incluso crearon otros en etapas posteriores de la transmisión
(la tríada bizantina, por ejemplo).
La creación de nuevos
instrumentos de la transmisión, al abrigo del códice, es
una de las características fundamentales del período tardoantiguo.
Al corpus siguen otros, más o menos relacionados con él:
excerpta, epítomes, florilegios, etc. Todos ellos suponen una selección
del vasto material heredado de la Antigüedad, dictada por intereses
editoriales difíciles de reconstruir. Incluso en el terreno de la
exégesis literaria se producen cambios significativos, característicos
de los textos de uso escolar: los amplios márgenes disponibles en
torno al texto escrito en la nueva forma de libro hicieron posible que
el comentario antiguo, que se escribía en libro aparte, se integrara
en el corpus disponiéndose al lado del texto escrito y dando así
lugar a los escolios de nuestros manuscritos. Gran parte de la tarea filológica
llevada a cabo durante estos siglos es de compilación y selección
del material exegético y crítico heredado de la Antigüedad,
que por esta razón también ve reducido considerablemente
su caudal .
¿A qué motivaciones
obedecen estas nuevas formas de transmisión, que suponen un adelgazamiento
de la tradición textual en la mayoría de los autores y géneros?
¿Cómo es posible que al renacimiento de las letras de época
antonina siguiera una contracción de la actividad de copia, centrada
principalmente en la compilación y selección de los textos
originales, hasta quedar devaluados al nivel de colecciones, epítomes
y antologías? Es sorprendente que la estabilización progresiva
del códice, favorecida en parte por las enormes ventajas materiales
que reunía respecto del antiguo formato librario (comodidad de manejo
y consulta, ahorro de materia escriptoria, etc.), no contribuyera a una
amplia conservación de la mayoría de los textos que hasta
la época circulaban por el mundo romano o se conservaban en las
bibliotecas públicas y privadas. El marco histórico general
nos da la respuesta. En efecto, así como en el terreno político
y socio-económico asistimos bajo la dinastía de los Severos
a un caos administrativo y gubernativo, a un declive de la producción
y de la vida urbana, así también fue herida de muerte la
cultura aristocrática y urbana del imperio, esa cultura de formación
clásica que vertebraba a la clase dirigente del estado romano. Las
tensiones centrífugas entre centro y periferia, características
del siglo III, traen consigo el ascenso irresistible de las culturas ‘nacionales’,
que suplantan en muchas partes a la tradición clásica; además,
la crisis de la economía obliga a reducir la inversión pública
en la instrucción superior y la formación de los propios
servidores del estado decae hasta un nivel muy pobre. La alfabetización
retrocede, el público lector de libros, incluso el aficionado a
la literatura de masas, se difumina progresivamente y, en general, el acceso
a la cultura se da en una forma truncada e indirecta: de ahí la
proliferación de epítomes y antologías. Los textos
íntegros de los autores, demasiado difíciles o despojados
de valor arquetítico o formativo, dejan de ser vehículos
dominantes de la transmisión. La difusión del códice
a expensas del rollo refleja exactamente esta tendencia general hacia la
homologación de la cultura escrita en torno a productos que, por
muy estables que se nos antojen (se ha hablado hasta la saciedad de la
llamada “cultura del Libro”, basada en la Biblia y el Código), han
dejado atrás jirones de textos imposibles de recomponer.
Esta situación de decaimiento
generalizado de la cultura comienza a invertirse cuando, en la primera
mitad del siglo IV, los medios oficiales, conscientes de la crisis y del
riesgo que corría la supervivencia de los tesoros textuales de la
antigüedad, pusieron en marcha mecanismos de conservación y
salvación de los textos promovidos por la munificencia imperial.
A partir de entonces, amén de canales privados de transmisión
libraria (bibliotecas privadas de profesores y eruditos, provistas sobre
todo de autores ‘modernos’), ininterrumpidamente abiertos por más
que fortuitos y difíciles de rastrear, se configuraron dos vías
privilegiadas a través de las cuales discurrió la fortuna
de los textos en Bizancio hasta el siglo IX: la de las escuelas superiores
públicas (es decir, subvencionadas por el estado o los municipios)
y la de las Bibliotecas oficiales, anejas a la corte imperial o a otras
instituciones civiles y eclesiásticas.
La instrucción superior
y la transmisión de los textos
La recuperación de una enseñanza
superior más o menos auspiciada por los ambientes oficiales nacía
de la necesidad de reclutar para la reorganización del Estado burocrático
tardorromano a una nómina de funcionarios formados en retórica,
filosofía y derecho. Diseminados por la franja mediterránea,
empiezan a florecer nuevos centros o a revivir antiguas instituciones educativas,
como fue el caso de la Atenas devastada por los Érulos . Además
de los puertos más florecientes del Mediterráneo oriental,
ciudades como Alejandría , Gaza, Beirut, Antioquía, Edesa
contaban con los centros de educación y erudición clásicas
más activos del mundo antiguo , al lado del ya mencionado de Atenas
y el todavía incipiente de Constantinopla. Estas escuelas conocieron
su máximo esplendor en el siglo IV y prolongaron su actividad hasta
bien entrado el siglo V; en el siglo VI permanecen en pie Atenas, Alejandría
y Constantinopla: la primera fue al parecer clausurada temporalmente por
Justiniano en el 529 ; la segunda continuó su actividad hasta la
conquista árabe (e incluso después); en cuanto a la de la
capital, hablaremos de ella un poco más abajo.
Aunque los testimonios conservados de
su actividad filológica y editorial no son numerosos, sobran indicios
para pensar que, como continuadoras de la tradición inaugurada por
las escuelas de retórica de época romana (Átenas,
Éfeso, Pergamo, Esmirna, etc.), estos centros fueron puntos axiales
de la producción y circulación librarias en la Antigüedad
tardía. En la práctica, la influencia de la educación
superior ofrecida por estas escuelas estatales o provinciales quizá
no superase en nivel o calidad a la enseñanza privada impartida
a título privado por rétores y sofistas, probablemente mucho
mejor remunerados y más prestigiosos. Pero no debemos subestimar
el papel desempeñado por estos centros tanto en la canonización
convencional —y fluctuante según épocas y lugares— de ciertos
autores, que quedaron así fijados en los curricula de la época
y salvados para la posteridad, como en la actividad de edición y
exégesis que aplicaron a los textos estudiados y cuyas huellas por
desgracia se han borrado casi por completo para nosotros. Ya hemos señalado
en el capítulo anterior el papel decisivo desempeñado por
los centros educativos en la conservación de la mayoría de
nuestras colecciones textuales.
Mención aparte merece la
escuela superior fundada por Teodosio II en Constantinopla en 425. Que
no deba ser llamada y considerada la primera ‘Universidad’ del mundo antiguo
(Lemerle habla de “Universidad de Estado”) es un dato adquirido tras
el sugerente análisis de la constitución teodosiana realizado
por Speck . Se trataba más bien de una institución educativa
que centralizaba en el auditorio del Capitolio los servicios de enseñanza
ofrecidos por el estado a aquellos jóvenes deseosos de alcanzar
una formación exigente (básicamente, retórica, filosofía
y derecho) con vistas al desempeño de una carrera administrativa.
A través de ella, Teodosio II intentaba rivalizar con los centros
educativos esparcidos por el Mediterráneo que desde hacía
tiempo cumplían con idéntica misión. Y, además,
no era ni el único centro de enseñanza de la capital ni tan
siquiera el más antiguo. En la Basílica, donde se alzaba
la Biblioteca Imperial, está atestiguada la existencia de una escuela
superior desde antes y después del 425 . Y eso sin contar los numerosos
profesores que ofrecían sus servicios a las familias pudientes de
Constantinopla como actividad privada y remunerada. Que la escuela del
Capitolio no fuera tan importante como pretendieron los estudios pioneros
de la enseñanza superior en Bizancio lo demuestra el hecho de que
apenas nos han llegado noticias ni de la existencia misma de la escuela
en los siglos sucesivos ni de ninguna actividad filológica de relieve
que se hubiese desarrollado en su seno .
Las Bibliotecas como factor de conservación
y destrucción de los textos
Al lado de las escuelas, no fue
menor la aportación de las bibliotecas públicas de las ciudades
importantes, incluso medianas, del Imperio, con vistas a la conservación
del patrimonio literario de la Antigüedad. Es de lamentar que los
afanes coleccionistas del mundo helenístico y romano fueran dramáticamente
abortados por la crisis del siglo III, con la desaparición física
de la mayoría de las Bibliotecas públicas y privadas. Si
retrocedemos hasta la época helenística, es sabido que la
Biblioteca tolemaica de Atenas se nutrió de gran parte del caudal
de textos clásicos conservados en la Biblioteca del Museo de Alejandría,
de cuyos fondos, copias oficiales que fijaban la norma textual de la tradición
anterior, se sacaban, cual ejemplares de tirada limitada, las copias destinadas
al comercio y a las bibliotecas públicas locales o provinciales
. Aunque la Biblioteca del Museo fue definitivamente destruida en 272 (el
incendio provocado por César en 48-47 a. C. destruyó sólo
un cargamento de libros depositados en el puerto), quedaba en pie aún
la Biblioteca del templo de Serapis, que atesoraba fondos nada despreciables
directamente emanados del Museo. En cuanto a Pérgamo, la rival de
Alejandría, no es inverosímil que sufriera los efectos catastróficos
de la invasión de Asia por Mitrídates. La suerte de las dos
grandes bibliotecas del Helenismo simboliza trágicamente el destino
de las principales colecciones públicas de las ciudades del Imperio
a lo largo del siglo III-IV: las bibliotecas de Roma —nos informa Amiano
Marcelino en los años sesenta del siglo IV— “han sido cerradas
para siempre, como si fuesen tumbas”; Atenas vio cómo la invasión
de los Érulos destruía por completo la parte baja de la ciudad
y, con ella, probablemente, la rica Biblioteca que Adriano legara a la
polis ática dos siglos antes (heredera a su vez de los fondos de
la biblioteca tolemaica); la biblioteca de Antioquía fue incendiada
en el 363 por Joviano, poco tiempo después de haber sido reconstruida
por Juliano. La desmembración de la vida urbana, cada vez más
creciente en esta “época de angustia”, acarreó la ruina de
las instituciones civiles y de sus sedes físicas: gimnasios, bibliotecas,
balnearios, basílicas. Esta destrucción generalizada de las
colecciones completas de libros, custodiadas en las bibliotecas públicas
helenístico-romanas, nos ha hurtado la conservación casi
íntegra de la producción literaria clásica. En lugar
de ellas, (y al margen de algunas excepciones), dominaron el campo los
textos de consumo escolar, productos escritos de características
distintas, guiados por intereses donde, por encima de la conservación,
primaba la selección de un grupo elegido de autores y textos considerados
canónicos .
No obstante, algunas bibliotecas
de época tardorromana subsistieron en Constantinopla y proporcionaron
textos que habrían de ser parcial o totalmente recuperados en los
sucesivos renacimientos bizantinos. Por una rara y azarosa fortuna, pocos
decenios antes de que el obispo Teófilo destruyera el Serapeum de
Alejandría en 391 d. C., Constancio II fundó en la capital
un scriptorium y una biblioteca, la Biblioteca Imperial. Esta empresa tenía
el cometido de asegurar la conservación, en un nuevo formato librario
(que es bastante verosímil pensar que se tratase de códices
de pergamino), de todos los libros que se encontrasen en la capital o pudiesen
ser hallados en cualquier punto del imperio. El testimonio de nuestra fuente
principal para estos hechos, un discurso encomiástico de Temistio
dirigido al emperador en 357 , es especialmente interesante porque alerta
sobre el grado de postración al que había llegado la conservación
de los textos en el mundo tardorromano: se hacía imprescindible
salvar los “monumentos públicos” de los autores antiguos, esto es,
los libros custodiados en las Bibliotecas y los centros educativos del
estado, destruidos o amenazados de una destrucción inminente. Los
autores mencionados por Temistio son no sólo los que se leían
ritualmente en las escuelas (Homero y Hesíodo, los oradores áticos,
Platón y Aristóteles), y que conductos privados de transmisión
lograban rescatar sin necesidad de ayuda estatal, sino aquellos otros,
secuaces de los anteriores (se menciona, entre otros, a los tres representantes
del estoicismo antiguo, Zenón, Cleantes y Crisipo: ¡tuvieron
la suerte de leerlos íntegros!) que, por ser menos leídos
y estudiados en los programas escolares, sólo la protección
del soberano sustraería al olvido de los tiempos. Si creemos a Temistio,
el emperador había tomado conciencia de que la cultura clásica
y el ideal de formación retórica y literaria inseparable
de aquélla habían tocado fondo en beneficio de una formación
basada casi exclusivamente en el derecho y en las técnicas taquigráficas,
por lo que era urgente iniciar una labor de reconstrucción lenta
y laboriosa .
No sabemos con exactitud cuál fue
el desarrollo de los trabajos realizados en el seno del nuevo scriptorium,
pero, en cualquier caso, parece que no se perdió el tiempo: según
el testimonio indirecto de Zonaras, cuando se desató el gran incendio
constantinopolitano del año 475 (más o menos un siglo después
de las disposiciones de Constancio II), que afectó seriamente a
la biblioteca, había depositados en ella unos 120.000 libros (cifra
que, si bien hay que tomar con las debidas cautelas, da una idea del peso
de la Biblioteca Imperial) . Es difícil ponderar qué valor
tuvieron estos códices en uncial en la historia de la transmisión.
Siendo nula su capacidad de generar copias y lecturas (se trata de una
Biblioteca de Palacio y, por ello, expuesta a la consulta restringida de
la familia imperial y el servicio civil), sus posibilidades de conservación
iban ligadas al destino de la corte imperial, pero también a los
accidentes que con tanta frecuencia se abatían sobre las Bibliotecas
de conservación. Tampoco sabemos de dónde llegaron a la capital
los ejemplares desmañados que sirvieron de modelo a los códices
destinados a la Biblioteca Imperial; ni es posible averiguar si hay una
línea de descendencia, directa o indirecta, entre esta colección
de libros y los tesoros custodiados en otras Bibliotecas del Imperio todavía
vivas en el momento de su fundación, como el Serapeum alejandrino,
o si los ejemplares recién fabricados en Constantinopla reflejan
la impronta textual de las ediciones escolares tardoantiguas . Sea como
fuere, tras la decadencia de los estudios clásicos a partir del
reinado de Justiniano —responsable de la persecución y disolución
de los últimos reductos paganos del mundo tardoantiguo—, tales libros
habrían de permanecer en la capital durante los siglos sucesivos,
cubiertos de polvo y de olvido (no sabemos en qué medida convertidos
en ceniza por los incendios), hasta su posterior redescubrimiento en el
renacimiento de las letras clásicas del siglo IX.

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