| Los
‘Siglos Oscuros’: continuidad y ruptura.
Es cierto que a veces se ha exagerado
la importancia de la escuela como factor determinante de la conservación
de los textos clásicos en la Edad Media. Pero, tanto en el siglo
VII, testigo, como hemos dicho arriba, de graves transformaciones en el
Mediterráneo oriental que absorbieron todas las energías
de los bizantinos en la lucha por la supervivencia, como a lo largo del
siglo y medio siguientes, en que la producción libraria profana
se vio condicionada o, más exactamente, desplazada por el estallido
de las luchas iconoclastas, la organización de la enseñanza
escolar permanece como el único medio que nos permite rastrear huellas
aisladas de la transmisión. En efecto, pese a que apenas conservamos
testimonios escritos pertenecientes al período de dos siglos anterior
al Renacimiento bizantino, no es posible dejar de pensar que al menos las
necesidades de la instrucción superior y de las Iglesias y monasterios
diseminados por el Imperio hubieron de ser satisfechas por medio de la
reproducción manuscrita de los textos tradicionales en las escuelas
y de los libros litúrgicos básicos .
La Vida de Nicéforo escrita
por el diácono Ignacio a mediados del siglo IX confirma que el cuadro
de las "disciplinas liberales" medievales —el nivel educativo medio, llamado
en Bizancio enkýklos paideía— seguía todavía
vivo en Oriente a fines del siglo VIII . La educación recibida entonces
por los futuros patriarcas Nicéforo y Tarasio, una vez superada
la etapa de la formación elemental (propaideía), estaba constituida
por las disciplinas tradicionalmente englobadas en la tetraktýs
(astronomía, geometría, aritmética, música-métrica)
y la triktýs (gramática, lógica y dialéctica).
La enseñanza de estas disciplinas se alimentaba de unos cuantos
textos de la Antigüedad: Tolomeo y el poema astronómico de
Arato eran los libros de texto fundamentales de astronomía y matemática;
Aristóteles constituía la fuente principal de los estudios
de lógica; la métrica y la gramática eran ilustradas
con la lectura de los textos poéticos tradicionales (el principio
de la Ilíada, la Batracomiomaquia, los Trabajos y Días de
Hesíodo), mientras que Esopo era el único autor en prosa
leído en las escuelas. No tenemos noticias de que, al menos en esta
fecha,
los autores trágicos o los oradores formasen parte de los programas
de enseñanza; el estilo literario se educaba mediante los manuales
de retórica o progymnásmata, así como por los léxicos
aticistas.
La formación literaria clásica
no fue, pues, desdeñada en los ‘Siglos Oscuros’, pero sí
es cierto que, como en toda la Edad Media, no constituía el estadio
final de la educación superior, sino más bien los cimientos
de un edificio educativo que culminaba en las ciencias teológicas
: en palabras del diácono Ignacio, la ciencia ‘profana’ era como
la puerta de acceso (he thýrathen gnôsis) a la ciencia verdadera
(he alhthès gnôsis) .
Estos programas escolares tenían,
como vemos, una presencia, si no discontinua, sí muy débil
de autores clásicos. Que la capital del Imperio no podía
ofrecer una enseñanza profana de cierta altura, ni pública
ni privada, en los llamados ‘Siglos Oscuros’, lo ilustran las circunstancias
‘novelescas’ —pero creíbles— de la formación autodidáctica
de un León o un Focio . Quizá haya que mirar más allá
de Constantinopla y de la enseñanza escolar para encontrar algunos
débiles hilos de transmisión en este período. Aunque
es indiscutible que no se produjeron ediciones de textos ni obras exegéticas
de cierta importancia, no debe ser minusvalorado el papel que desempeñaron
algunos centros periféricos, como Alejandría, Siria o Palestina,
en la conservación de algunos textos, incluso después de
la conquista árabe , que no impidió al parecer la continuidad
de algún tipo de enseñanza entre los siglos VII-IX . Si miramos
al otro lado del Imperio, no escasean las noticias de sabios eminentes
—y, con ellos, de algunos textos— que emigraron de estas regiones orientales
a Sicilia e Italia meridional y, desde allí, pudieron llegar a Roma,
donde se formó una comunidad griega muy influyente. Ello podría
explicar a veces la importancia de estas zonas en la transmisión
de autores y textos que sólo allí encontraron acogida mientras
eran totalmente desconocidos en Constantinopla . En casos más afortunados,
textos de las citadas áreas periféricas pudieron encontrar
el camino de la capital y ser redescubiertos en época mediobizantina.
Los primeros signos de recuperación
de la actividad editorial empiezan a ser visibles desde mediados del siglo
VIII, cuando uno de los últimos emperadores del primer iconoclasmo,
Constantino V, promueve la redacción de antologías de textos
teológicos que le permitan afirmar sus tesis heréticas en
el Concilio de 754. A su vez, el retorno pasajero de la iconodulia, forzado
por la emperatriz Irene en 787, revivió los centros de copia de
los monasterios, entregados fanáticamente a la causa de las imágenes,
mientras se silenciaba, mediante la destrucción o el requisamiento
de los florilegios iconoclastas, la voz de sus enemigos; por fin, con el
advenimiento de la segunda etapa iconoclasta (813-842), se darían
pasos para la reconstrucción de las colecciones teológicas
perdidas, especialmente en los reinados de León V y Teófilo.
En efecto, la redacción de un nuevo “florilegio iconoclasta” fue
encargada por León V a una comisión presidida por Juan el
Gramático con vistas a la celebración del concilio de 815,
que volvería a prohibir el culto a las imágenes. Lo interesante
es que este trabajo fue precedido de una búsqueda sistemática
de manuscritos teológicos en Constantinopla y los alrededores, que
fueron así reunidos en la capital.
Todos estos avatares, que se suceden
en el espacio de medio siglo, son sin duda sintomáticos de una intensa
y floreciente producción libraria al servicio de las luchas religiosas.
Sería engañoso ver en ellos la manifestación o el
origen de un renacimiento de la literatura profana . En concreto, no hay
razones para sobredimensionar la recopilación de manuscritos en
Constantinopla realizada por Juan el Gramático a iniciativa del
emperador, hasta el punto de ver en ella una búsqueda programada
y exhaustiva de códices tanto profanos como religiosos por todo
el Imperio, lo que sirvió de estímulo para un renacimiento
casi inmediato de las letras clásicas .
La gran novedad de estos productos
escritos —por el momento, restringidos a la literatura teológica—
es que empiezan a ser copiados progresivamente en un tipo de escritura
hasta entonces desconocido en ámbito librario, la minúscula
bizantina. El primer manuscrito minúsculo, el llamado Salterio Uspensky
conservado en Leningrado (Lelinopolitanus Gr. 219), está fechado
en el año 835 y presenta una escritura de una madurez asombrosa,
que sólo puede corresponder al estadio final de un largo proceso
iniciado en la segunda mitad del siglo anterior. Por la comparación
de los papiros documentales bizantinos de los siglos VII y VIII con los
códices más antiguos escritos en minúscula, se ha
podido comprobar que se trata sustancialmente del mismo tipo de escritura
de las cancillerías, que, por evolución propia, había
pasado del sistema bilineal a un rudimentario sistema tetralineal ya desde
el siglo IV. Lo que se produce, pues, en la segunda mitad del siglo VIII,
no es la creación de la minúscula bizantina, puesto que ya
existía en ambientes burocráticos, sino la promoción
de tal escritura a escritura libraria. Esto pudo hacerse sólo después
de un gradual proceso de normalización y estilización de
la cursiva bizantina, llevado a cabo sobre el modelo que proporcionaban
los antiguos manuscritos en uncial. ¿De dónde partió
el impulso que condujo a la nueva escritura? El origen estudita del Evangeliario
Uspensky —fue producido en el monasterio de Estudios de la capital y copiado
por el monje Nicolás, futuro higúmeno del mismo— ha hecho
pensar en los medios eclesiásticos que opusieron una resistencia
más intolerante a la iconoclastia de la Corte imperial (durante
el primer período iconoclasta, que se interrumpe en 787). Es posible
que un primer estímulo en esta dirección viniese de la minúscula
latina, bien conocida por la comunidad griega de Roma, y que los lazos
entre esta colonia y Estudios favorecieran su introducción en Bizancio.
Dado que se produce una intensa actividad libraria destinada a la difusión
y propaganda tanto de la doctrina entonces oficial como de la postura antagónica
liderada por los monasterios, no es inverosímil que, en ese contexto
de esfervescencia religiosa, los scriptoria monásticos, carentes
de escribas profesionales y de pergamino abundante, sintiesen la necesidad
de adaptar la escritura de los documentos oficiales al uso librario: la
velocidad de la escritura podía ser mayor y el aprovechamiento del
pergamino era considerable respecto a los manuscritos en uncial (téngase
en cuenta que el papel, aunque conocido desde el siglo IX, no se introduciría
masivamente en Bizancio hasta mediado el siglo XI).
Los primeros libros escritos en minúscula
son, todos, libros litúrgicos y teológicos; las primeras
obras de la literatura griega transliteradas a la nueva escritura son los
libros sagrados. Posteriormente, a mediados del siglo IX, con la apertura
de la curiosidad intelectual hacia el resto de la literatura griega antigua,
el humanismo bizantino contó con los medios técnicos necesarios
para llevar a cabo la enorme empresa de conservación de los textos
clásicos, la transliteración (metakharakterismós)
.
El Renacimiento macedonio: las élites
cultas y la transmisión de los textos
Aparte de su interés intrínseco,
el cuadro de la educación clásica que hemos trazado en el
capítulo anterior tiene valor para el historiador de los textos
porque permite determinar con seguridad lo que llamamos (siguiendo una
idea de Irigoin) el “espacio literario” del Renacimiento bizantino, conformado
por aquellos autores de la Antigüedad que salen de nuevo a la luz
después del paréntesis anterior y se editan, progresiva pero
ininterrumpidamente, desde mediados del siglo IX.
Así, por ejemplo, no pueden atribuirse
a la actividad humanística enmarcada dentro del llamado “Segundo
Helenismo” ciertos manuscritos pertenecientes a la primera mitad del siglo
IX —algunos de ellos, incluso escritos en la nueva escritura minúscula—
por la sencilla razón de que contienen textos científicos
(Tolomeo, Dioscórides) o el Organon aristotélico y por tanto
no significan ningún avance en el conocimiento de los clásicos
respecto a la época inmediatamente anterior. Algunos de esos códices
se han puesto en relación con la actividad científica de
Juan el Gramático y la primera parte de la carrera intelectual de
León el Filósofo, dominada por los intereses matemáticos.
Pero es el redescubrimiento, no de las lecturas consagradas por la escuela,
sino de un determinado número de textos clásicos que habían
sido olvidados antes, el factor principal que señala el momento
inaugural de la nueva época .
Tradicionalmente, el Renacimiento
bizantino se ha definido como un movimiento intelectual promovido por los
profesores de la llamada “Universidad Imperial”. A este propósito
suele recordarse (es la hipótesis, ampliamente difundida, de Dvornik)
que, entre los años 855-866, Bardas, consejero privado de Miguel
III, hizo reunir en la Magnaura los centros de enseñanza hasta ese
momento dispersos por la capital ; a su vez, en 861, Focio, el nuevo patriarca
de Constantinopla, llevó a cabo la restauración de la Academia
patriarcal, dotando cátedras de filosofía, gramática
y retórica . Los trabajos de Lemerle y Speck muestran que, como
en el caso de la escuela superior fundada por Teodosio II en 425, la escuela
de la Magnaura no pasó de ser un centro de enseñanza secundaria
promovido por el mecenazgo (quizá personal) del césar Bardas,
quien, preocupado por dar una exigente formación cultural a los
futuros funcionarios civiles del estado y, a la vez, de promocionarse a
sí mismo en la carrera civil, dotó a la capital de un centro
de enseñanza gratuito y abierto a todos. En cuanto a la existencia
de una Academia patriarcal estable —y de una actividad editorial consistente
en su seno— no hay noticias fidedignas en las fuentes antes del siglo XII
. En relación con la institución fundada por Bardas, la cautelas
sobre la influencia determinante de esta institución en el renacer
de los estudios clásicos en Constantinopla son tanto más
justificadas cuanto que, a excepción del trabajo editor de León,
del que trataremos enseguida, no tenemos ningún rastro documental
o manuscrito de importancia acerca de las labores editoriales o textuales
de los profesores de la supuesta Universidad de Constantinopla , ni entonces
ni en las sucesivas reorganizaciones de la enseñanza superior llevadas
a cabo por Constantino Porfirogénito (siglo X) y por Constantino
Monómaco (siglo XI).
En cualquier caso, las fuentes coinciden
en que la cátedra de filosofía de la escuela de la Magnaura
se reservó para León, un científico de renombre (se
le conoce con los epítetos de ‘Geómetra’, ‘Matemático’
y ‘Astrónomo’, amén del más divulgado de ‘Filósofo’
a causa de su grado docente), quien además se encargó, según
parece, de la dirección del nuevo centro. Es significativo que un
personaje como León, que había sido nombrado obispo de Tesalónica
por Teófilo, el último emperador iconoclasta, a instancias
del patriarca Juan el Gramático (840), fuese llamado por Bardas
para que dirigiera la escuela de la Magnaura apenas restablecido el culto
a las imágenes (843) y depurados los cargos eclesiásticos
(entre los cuales se contaba el mismo León).
Parece como si su amplísima erudición
clásica prefiriese ser aprovechada sin demora para la magna obra
de recuperación de los textos antiguos cuya urgencia empezaba quizá
a vislumbrarse en ese momento. León permanece en su ‘cátedra’
de filosofía hasta avanzada edad y, encauzando su inmenso saber
hacia los estudios platónicos, da a luz lo que puede ser considerado
como el primer fruto del renacimiento bizantino: la recensión (no
completa) de las Leyes de Platón. De esta edición deriva,
directa o indirectamente, el más antiguo manuscrito conservado del
filósofo ateniense, el Parisinus gr. 1807 (A), en cuyo folio final
se lee la siguiente suscripción: télos tôn diorthothénton
hypò toû philosóphou Léontos. Con este trabajo
León se aparta de la tradición filosófica escolar
precedente, que conocía tan sólo los escritos aristotélicos
de lógica, e introduce en el horizonte mediobizantino el estudio
de Platón.

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