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LA TRANSMISIÓN DE LOS TEXTOS GRIEGOS EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL MUNDO BIZANTINO: UNA OJEADA HISTÓRICA.3/5
Por Raúl Caballero
Universidad de Málaga
Publicado en la Revista Tempus 23/1999
ISSN-1132/0958
 

Los ‘Siglos Oscuros’: continuidad y ruptura.

 Es cierto que a veces se ha exagerado la importancia de la escuela como factor determinante de la conservación de los textos clásicos en la Edad Media. Pero, tanto en el siglo VII, testigo, como hemos dicho arriba, de graves transformaciones en el Mediterráneo oriental que absorbieron todas las energías de los bizantinos en la lucha por la supervivencia, como a lo largo del siglo y medio siguientes, en que la producción libraria profana se vio condicionada o, más exactamente, desplazada por el estallido de las luchas iconoclastas, la organización de la enseñanza escolar permanece como el único medio que nos permite rastrear huellas aisladas de la transmisión. En efecto, pese a que apenas conservamos testimonios escritos pertenecientes al período de dos siglos anterior al Renacimiento bizantino, no es posible dejar de pensar que al menos las necesidades de la instrucción superior y de las Iglesias y monasterios diseminados por el Imperio hubieron de ser satisfechas por medio de la reproducción manuscrita de los textos tradicionales en las escuelas y de los libros litúrgicos básicos . 

 La Vida de Nicéforo escrita por el diácono Ignacio a mediados del siglo IX confirma que el cuadro de las "disciplinas liberales" medievales —el nivel educativo medio, llamado en Bizancio enkýklos paideía— seguía todavía vivo en Oriente a fines del siglo VIII . La educación recibida entonces por los futuros patriarcas Nicéforo y Tarasio, una vez superada la etapa de la formación elemental (propaideía), estaba constituida por las disciplinas tradicionalmente englobadas en la tetraktýs (astronomía, geometría, aritmética, música-métrica) y la triktýs (gramática, lógica y dialéctica). La enseñanza de estas disciplinas se alimentaba de unos cuantos textos de la Antigüedad: Tolomeo y el poema astronómico de Arato eran los libros de texto fundamentales de astronomía y matemática; Aristóteles constituía la fuente principal de los estudios de lógica; la métrica y la gramática eran ilustradas con la lectura de los textos poéticos tradicionales (el principio de la Ilíada, la Batracomiomaquia, los Trabajos y Días de Hesíodo), mientras que Esopo era el único autor en prosa leído en las escuelas. No tenemos noticias de que, al menos en esta fecha, los autores trágicos o los oradores formasen parte de los programas de enseñanza; el estilo literario se educaba mediante los manuales de retórica o progymnásmata, así como por los léxicos aticistas. 

La formación literaria clásica no fue, pues, desdeñada en los ‘Siglos Oscuros’, pero sí es cierto que, como en toda la Edad Media, no constituía el estadio final de la educación superior, sino más bien los cimientos de un edificio educativo que culminaba en las ciencias teológicas : en palabras del diácono Ignacio, la ciencia ‘profana’ era como la puerta de acceso (he thýrathen gnôsis) a la ciencia verdadera (he alhthès gnôsis) .

 Estos programas escolares tenían, como vemos, una presencia, si no discontinua, sí muy débil de autores clásicos. Que la capital del Imperio no podía ofrecer una enseñanza profana de cierta altura, ni pública ni privada, en los llamados ‘Siglos Oscuros’, lo ilustran las circunstancias ‘novelescas’ —pero creíbles— de la formación autodidáctica de un León o un Focio . Quizá haya que mirar más allá de Constantinopla y de la enseñanza escolar para encontrar algunos débiles hilos de transmisión en este período. Aunque es indiscutible que no se produjeron ediciones de textos ni obras exegéticas de cierta importancia, no debe ser minusvalorado el papel que desempeñaron algunos centros periféricos, como Alejandría, Siria o Palestina, en la conservación de algunos textos, incluso después de la conquista árabe , que no impidió al parecer la continuidad de algún tipo de enseñanza entre los siglos VII-IX . Si miramos al otro lado del Imperio, no escasean las noticias de sabios eminentes —y, con ellos, de algunos textos— que emigraron de estas regiones orientales a Sicilia e Italia meridional y, desde allí, pudieron llegar a Roma, donde se formó una comunidad griega muy influyente. Ello podría explicar a veces la importancia de estas zonas en la transmisión de autores y textos que sólo allí encontraron acogida mientras eran totalmente desconocidos en Constantinopla . En casos más afortunados, textos de las citadas áreas periféricas pudieron encontrar el camino de la capital y ser redescubiertos en época mediobizantina.

 Los primeros signos de recuperación de la actividad editorial empiezan a ser visibles desde mediados del siglo VIII, cuando uno de los últimos emperadores del primer iconoclasmo, Constantino V, promueve la redacción de antologías de textos teológicos que le permitan afirmar sus tesis heréticas en el Concilio de 754. A su vez, el retorno pasajero de la iconodulia, forzado por la emperatriz Irene en 787, revivió los centros de copia de los monasterios, entregados fanáticamente a la causa de las imágenes, mientras se silenciaba, mediante la destrucción o el requisamiento de los florilegios iconoclastas, la voz de sus enemigos; por fin, con el advenimiento de la segunda etapa iconoclasta (813-842), se darían pasos para la reconstrucción de las colecciones teológicas perdidas, especialmente en los reinados de León V y Teófilo. En efecto, la redacción de un nuevo “florilegio iconoclasta” fue encargada por León V a una comisión presidida por Juan el Gramático con vistas a la celebración del concilio de 815, que volvería a prohibir el culto a las imágenes. Lo interesante es que este trabajo fue precedido de una búsqueda sistemática de manuscritos teológicos en Constantinopla y los alrededores, que fueron así reunidos en la capital.

 Todos estos avatares, que se suceden en el espacio de medio siglo, son sin duda sintomáticos de una intensa y floreciente producción libraria al servicio de las luchas religiosas. Sería engañoso ver en ellos la manifestación o el origen de un renacimiento de la literatura profana . En concreto, no hay razones para sobredimensionar la recopilación de manuscritos en Constantinopla realizada por Juan el Gramático a iniciativa del emperador, hasta el punto de ver en ella una búsqueda programada y exhaustiva de códices tanto profanos como religiosos por todo el Imperio, lo que sirvió de estímulo para un renacimiento casi inmediato de las letras clásicas . 

 La gran novedad de estos productos escritos —por el momento, restringidos a la literatura teológica— es que empiezan a ser copiados progresivamente en un tipo de escritura hasta entonces desconocido en ámbito librario, la minúscula bizantina. El primer manuscrito minúsculo, el llamado Salterio Uspensky conservado en Leningrado (Lelinopolitanus Gr. 219), está fechado en el año 835 y presenta una escritura de una madurez asombrosa, que sólo puede corresponder al estadio final de un largo proceso iniciado en la segunda mitad del siglo anterior. Por la comparación de los papiros documentales bizantinos de los siglos VII y VIII con los códices más antiguos escritos en minúscula, se ha podido comprobar que se trata sustancialmente del mismo tipo de escritura de las cancillerías, que, por evolución propia, había pasado del sistema bilineal a un rudimentario sistema tetralineal ya desde el siglo IV. Lo que se produce, pues, en la segunda mitad del siglo VIII, no es la creación de la minúscula bizantina, puesto que ya existía en ambientes burocráticos, sino la promoción de tal escritura a escritura libraria. Esto pudo hacerse sólo después de un gradual proceso de normalización y estilización de la cursiva bizantina, llevado a cabo sobre el modelo que proporcionaban los antiguos manuscritos en uncial. ¿De dónde partió el impulso que condujo a la nueva escritura? El origen estudita del Evangeliario Uspensky —fue producido en el monasterio de Estudios de la capital y copiado por el monje Nicolás, futuro higúmeno del mismo— ha hecho pensar en los medios eclesiásticos que opusieron una resistencia más intolerante a la iconoclastia de la Corte imperial (durante el primer período iconoclasta, que se interrumpe en 787). Es posible que un primer estímulo en esta dirección viniese de la minúscula latina, bien conocida por la comunidad griega de Roma, y que los lazos entre esta colonia y Estudios favorecieran su introducción en Bizancio. Dado que se produce una intensa actividad libraria destinada a la difusión y propaganda tanto de la doctrina entonces oficial como de la postura antagónica liderada por los monasterios, no es inverosímil que, en ese contexto de esfervescencia religiosa, los scriptoria monásticos, carentes de escribas profesionales y de pergamino abundante, sintiesen la necesidad de adaptar la escritura de los documentos oficiales al uso librario: la velocidad de la escritura podía ser mayor y el aprovechamiento del pergamino era considerable respecto a los manuscritos en uncial (téngase en cuenta que el papel, aunque conocido desde el siglo IX, no se introduciría masivamente en Bizancio hasta mediado el siglo XI). 

Los primeros libros escritos en minúscula son, todos, libros litúrgicos y teológicos; las primeras obras de la literatura griega transliteradas a la nueva escritura son los libros sagrados. Posteriormente, a mediados del siglo IX, con la apertura de la curiosidad intelectual hacia el resto de la literatura griega antigua, el humanismo bizantino contó con los medios técnicos necesarios para llevar a cabo la enorme empresa de conservación de los textos clásicos, la transliteración (metakharakterismós) . 

El Renacimiento macedonio: las élites cultas y la transmisión de los textos 

 Aparte de su interés intrínseco, el cuadro de la educación clásica que hemos trazado en el capítulo anterior tiene valor para el historiador de los textos porque permite determinar con seguridad lo que llamamos (siguiendo una idea de Irigoin) el “espacio literario” del Renacimiento bizantino, conformado por aquellos autores de la Antigüedad que salen de nuevo a la luz después del paréntesis anterior y se editan, progresiva pero ininterrumpidamente, desde mediados del siglo IX. 

Así, por ejemplo, no pueden atribuirse a la actividad humanística enmarcada dentro del llamado “Segundo Helenismo” ciertos manuscritos pertenecientes a la primera mitad del siglo IX —algunos de ellos, incluso escritos en la nueva escritura minúscula— por la sencilla razón de que contienen textos científicos (Tolomeo, Dioscórides) o el Organon aristotélico y por tanto no significan ningún avance en el conocimiento de los clásicos respecto a la época inmediatamente anterior. Algunos de esos códices se han puesto en relación con la actividad científica de Juan el Gramático y la primera parte de la carrera intelectual de León el Filósofo, dominada por los intereses matemáticos. Pero es el redescubrimiento, no de las lecturas consagradas por la escuela, sino de un determinado número de textos clásicos que habían sido olvidados antes, el factor principal que señala el momento inaugural de la nueva época . 

 Tradicionalmente, el Renacimiento bizantino se ha definido como un movimiento intelectual promovido por los profesores de la llamada “Universidad Imperial”. A este propósito suele recordarse (es la hipótesis, ampliamente difundida, de Dvornik) que, entre los años 855-866, Bardas, consejero privado de Miguel III, hizo reunir en la Magnaura los centros de enseñanza hasta ese momento dispersos por la capital ; a su vez, en 861, Focio, el nuevo patriarca de Constantinopla, llevó a cabo la restauración de la Academia patriarcal, dotando cátedras de filosofía, gramática y retórica . Los trabajos de Lemerle y Speck muestran que, como en el caso de la escuela superior fundada por Teodosio II en 425, la escuela de la Magnaura no pasó de ser un centro de enseñanza secundaria promovido por el mecenazgo (quizá personal) del césar Bardas, quien, preocupado por dar una exigente formación cultural a los futuros funcionarios civiles del estado y, a la vez, de promocionarse a sí mismo en la carrera civil, dotó a la capital de un centro de enseñanza gratuito y abierto a todos.  En cuanto a la existencia de una Academia patriarcal estable —y de una actividad editorial consistente en su seno— no hay noticias fidedignas en las fuentes antes del siglo XII . En relación con la institución fundada por Bardas, la cautelas sobre la influencia determinante de esta institución en el renacer de los estudios clásicos en Constantinopla son tanto más justificadas cuanto que, a excepción del trabajo editor de León, del que trataremos enseguida, no tenemos ningún rastro documental o manuscrito de importancia acerca de las labores editoriales o textuales de los profesores de la supuesta Universidad de Constantinopla , ni entonces ni en las sucesivas reorganizaciones de la enseñanza superior llevadas a cabo por Constantino Porfirogénito (siglo X) y por Constantino Monómaco (siglo XI).

 En cualquier caso, las fuentes coinciden en que la cátedra de filosofía de la escuela de la Magnaura se reservó para León, un científico de renombre (se le conoce con los epítetos de ‘Geómetra’, ‘Matemático’ y ‘Astrónomo’, amén del más divulgado de ‘Filósofo’ a causa de su grado docente), quien además se encargó, según parece, de la dirección del nuevo centro. Es significativo que un personaje como León, que había sido nombrado obispo de Tesalónica por Teófilo, el último emperador iconoclasta, a instancias del patriarca Juan el Gramático (840), fuese llamado por Bardas para que dirigiera la escuela de la Magnaura apenas restablecido el culto a las imágenes (843) y depurados los cargos eclesiásticos (entre los cuales se contaba el mismo León). 

Parece como si su amplísima erudición clásica prefiriese ser aprovechada sin demora para la magna obra de recuperación de los textos antiguos cuya urgencia empezaba quizá a vislumbrarse en ese momento. León permanece en su ‘cátedra’ de filosofía hasta avanzada edad y, encauzando su inmenso saber hacia los estudios platónicos, da a luz lo que puede ser considerado como el primer fruto del renacimiento bizantino: la recensión (no completa) de las Leyes de Platón. De esta edición deriva, directa o indirectamente, el más antiguo manuscrito conservado del filósofo ateniense, el Parisinus gr. 1807 (A), en cuyo folio final se lee la siguiente suscripción: télos tôn diorthothénton hypò toû philosóphou Léontos. Con este trabajo León se aparta de la tradición filosófica escolar precedente, que conocía tan sólo los escritos aristotélicos de lógica, e introduce en el horizonte mediobizantino el estudio de Platón.