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LA TRANSMISIÓN DE LOS TEXTOS GRIEGOS EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL MUNDO BIZANTINO: UNA OJEADA HISTÓRICA.4/5
Por Raúl Caballero
Universidad de Málaga
Publicado en la Revista Tempus 23/1999
ISSN-1132/0958
 

El otro pilar tradicional del ‘Humanismo bizantino’ es Focio . Sabemos de las vastas lecturas clásicas de Focio gracias a su Biblioteca, una colección de reseñas de obras sagradas y profanas, clásicas y contemporáneas, contenidas en 279 capítulos y leídas probablemente en el curso de los años anteriores a su ascenso al patriarcado . Que Focio pudiese leer, poco antes de la mitad del siglo, a una porción importante de historiadores griegos —Heródoto y Tucídides entre ellos—, a los novelistas, a nueve oradores áticos, es significativo del ensanchamiento del horizonte intelectual a que se había llegado en el entorno del patriarca. Un enigma todavía no resuelto es de dónde consiguió reunir Focio tal cantidad de libros o, si no era su poseedor, cómo tuvo acceso a ellos. 

Pero aún más inexplicable es el hecho de que no hayamos conservado más de un tercio de las obras reseñadas por Focio. Parece evidente que no encargó ninguna transliteración de los códices antiguos en uncial que fue leyendo y anotando con el paso de los años; no hay rastro de ningún códice en minúscula que sea de su propiedad o haya sido copiado a instancias de él. Ello podría explicar la desaparición de los códices focianos, como ha sugerido Canfora hace poco, porque le fueron requisados tras sus deposiciones del patriarcado (fue patriarca dos veces). Según esta hipótesis, Focio habría ido adquiriendo tales códices a lo largo de los años, movido por una bibliofilia que le hizo célebre entre sus contemporáneos . Irigoin ha apuntado que esos códices los debió de encontrar, con la ayuda de sus discípulos, en bibliotecas (escolares o monásticas) de Constantinopla y de los alrededores, en todo caso fuera de los circuitos del poder . Una posibilidad sugestiva ha sido propuesta recientemente por Cavallo: los códices no eran de Focio, sino que formaban parte de los fondos de la Biblioteca de palacio, la Biblioteca Imperial. Focio tenía, a juicio del paleógrafo italiano, un acceso ilimitado a los libros que se conservaban en la Corte, los cuales no estuvieron a disposición de ningún público ni entonces ni desde su fundación en tiempos de Constancio II. La Biblioteca Imperial habría desempeñado, pues, un papel ambivalente en la transmisión de los textos: custodia de libros a la par que ‘ocultamiento’ de los fondos que atesora; sólo unos pocos privilegiados, el personal de la corte y la familia imperial, podían disfrutar de su lectura y estudio . Aunque esta hipótesis es coherente con la posición de Focio en la corte durante su carrera civil y con la naturaleza de las bibliotecas oficiales bizantinas, no es menos cierto que exige la presuposición, verosímil pero no probada, de que la Biblioteca Imperial estaba prácticamente incólume desde el siglo IV, cuando otros indicios (incendios, descuido de los fondos, etc.) apuntan en la dirección opuesta . Comoquiera que sea, el hecho es que la mayoría de los códices de Focio no tuvieron descendencia: ¿cómo es posible que un personaje tan apegado a los libros no pusiera los medios para asegurar su conservación, es decir, no ordenara transliterarlos a la nueva escritura minúscula?

 Como vemos, en torno a la figura intelectual de Focio priman los interrogantes sobre las certidumbres. Quizá pudiéramos saber con más exactitud cuál fue su papel en el renacimiento de las letras clásicas a partir de la mitad del siglo IX, si definiéramos qué clase de sociedad literaria o intelectual se fraguó entre los muros de su casa. Pero también aquí las dudas y dificultades nos salen al paso. El prólogo de la Biblioteca, además de otros párrafos dispersos por la obra, alude de manera difusa e indirecta a un círculo de amigos, una especie de sociedad literaria privada, donde se ha supuesto, quizá con demasiada ligereza, que eran leídas y comentadas las obras recensionadas por Focio. Hay, en efecto, dos testimonios de nuestro personaje que, en cierto modo, contradicen la imagen tradicional de Focio como el centro de una tertulia literaria o un club de lectura. El primero de ellos es la información que dirige a su hermano Tarasio en el epílogo de la Biblioteca: las 279 reseñas que acaba de compilar son el fruto de lecturas hechas “a solas conmigo mismo desde que tenía uso de razón”. En el segundo, la carta apologética que dirigió al papa Nicolás I en el año 861, Focio nos ha transmitido una imagen voluntariamente idílica de aquellas reuniones doctas; a pesar de ello, un estudio atento de dicha carta en nada induce a pensar que tuviesen lugar lecturas y comentarios de libros, sino más bien lecciones o debates intelectuales conducidos por el anfitrión y animador principal de las reuniones, que se dirigía a un ‘público’ (un “coro” lo llama Focio) estratificado en tres niveles: el de los amigos más avanzados en el estudio que, como él, responden a las preguntas que se les proponen; el de los que, deseosos de saber, preguntan y plantean cuestiones sobre los más variados argumentos; y, por último, el de los que aprenden escuchando a los dos grupos anteriores . El hecho mismo de que hubiese distintos niveles de instrucción entre los asistentes a tales reuniones, y de que en su casa se tocasen materias tan variadas como la matemática, la dialéctica y las ciencias teológicas, ha inducido a Speck, con sólidos motivos, a dar a aquellas ‘tertulias’ o ‘charlas’ un claro perfil escolástico. Son llamativos, por lo demás, los paralelismos que pueden encontrarse entre estas reuniones y el funcionamiento de escuelas privadas del siglo siguiente, como la del llamado “profesor anónimo” . Según esta concepción, pues, el grupo de Focio era una escuela privada y sus miembros alumnos o asistentes en las tareas docentes. Aunque esta interpretación tiene indicios a su favor, creemos que no desmiente categóricamente el cuadro descrito por Lemerle, según el cual el círculo de personas que se movía en torno a la figura carismática de Focio formaba una especie de sociedad intelectual o cultural (“una sociedad de pensamiento” son sus palabras) que condicionó poderosamente el rumbo de los estudios clásicos y la recuperación de los textos en el período mediobizantino.

 ¿Qué posición ocupa, pues, este núcleo de estudiosos en relación con los círculos universitarios? ¿Cuál fue el foco central (si es que existió algo parecido) de la actividad filológica de recuperación de la tradición literaria helénica? No hay respuestas definitivas a estas preguntas, pero tampoco es posible afirmar en abstracto que los directores de ambos grupos actuaran de forma acompasada . 

Si el caso de Focio resulta singularmente atractivo es porque, en los aledaños de los ambientes escolares, embarcado en una carrera política fulgurante que le llevaría en pocos años de la jefatura de la cancillería imperial al patriarcado, era considerado el hombre más sabio de los de su tiempo, campeón de las ciencias profanas, capaz incluso de rivalizar con los antiguos . No es improbable, desde luego, que, al ser elevado al trono patriarcal, no dejara de alentar el movimiento humanístico cerca de los antiguos amigos y discípulos que antaño se reunían en su casa. Las semillas estaban sembradas; otros recogerían sus frutos. 

 Cosa muy distinta es querer explicar las motivaciones del movimiento humanístico de vuelta a los clásicos con la hipótesis de una intervención omnímoda del autor de la Biblioteca o la de un programa de recuperación programado por él y realizado por sus discípulos. Ningún documento, ninguna noticia abona esta propuesta que se ha dado como buena con demasiada facilidad . La faz del patriarca de Constantinopla encierra muchos aspectos enigmáticos, pero ello no debe sino reforzar la cautela a la hora de enjuiciar su papel en la historia de los textos en Bizancio. Sería, pues, arriesgado suponer que su posición al frente de la Iglesia ortodoxa pudiera conducir a una de las claves del enigma. Los hechos históricos son bien conocidos. El patriarcado de Focio ahondó definitivamente la brecha entre la Iglesia griega y el pontífice de Roma, que ya se habían distanciado seriamente en el período iconoclasta a causa de dos hechos traumáticos para Bizancio: la pérdida de los territorios bizantinos de Italia central, caídos en manos de los Estados Pontificios gracias a la intervención franca, y, cuando arrancaba el reinado de Irene, la coronación de Carlomagno como jefe del Sacro Imperio Romano, en la Nochebuena del año 800. Tras el triunfo de las imágenes, la Iglesia griega lleva a cabo sus aspiraciones de autoafirmación frente al Papado y Occidente alejándose decididamente de uno y otro y volviendo su esfera de irradiación hacia el Norte, con la evangelización de los pueblos eslavos de los Balcanes y el sur de Rusia. En este contexto histórico, podría explicarse que la reafirmación nacional en el terreno religioso fuese pareja a un descubrimiento de los testimonios antiguos de la cultura griega, y que esta incesante actividad fuese liderada por la cabeza visible de la Iglesia ortodoxa, el patriarca Focio, y apoyada activamente por la corte imperial .

 Esta construcción tropieza, sin embargo, con el importante obstáculo de que ninguna fuente da crédito a la idea de que los medios oficiales en cuanto tales, ni civiles ni eclesiásticos, desempeñaran una función directriz en el renacimiento literario del siglo IX. Lo que hay sin duda es, después de varios siglos debatiéndose por la supervivencia, una apertura de la curiosidad y de los intereses literarios de la clase culta que gobierna el Imperio —de la que Focio es un representante privilegiado—, hecho que se produce en el marco de un florecimiento general de las artes y las letras favorecido por varios factores concomitantes: el nuevo ciclo de expansión militar y económica que abre la dinastía macedónica; la recuperación de la confianza en el destino trascendente del Imperio y en su liderazgo cultural y político; y, no menos importante, la necesidad imperiosa de cicatrizar las heridas de una guerra civil sangrante —como fue el conflicto entre iconódulos e iconoclastas— no aniquilando al adversario, como pretendían los más fanáticos, sino, siguiendo los pasos de los iconódulos más moderados, mediante una reconciliación de ambos partidos en torno a los valores culturales comunes: la identidad grecorromana y el cristianismo ortodoxo.

 En lugar de señalar con el dedo a tal o cual figura sobresaliente (que se nos muestran, más bien, como síntomas privilegiados de un nuevo ambiente cultural), sería más adecuado hablar de la lenta recomposición, tras los siglos de la crisis iconoclasta, de una élite cultural minoritaria y restringida, una clase homogénea, pero no cerrada, de eruditos y hombres de letras, que en Bizancio nutría casi en exclusiva los cargos oficiales a todos los niveles: dirigentes del estado, alto clero, funcionarios civiles y eclesiásticos de nivel medio, oficiales del ejército, eruditos consagrados a la vida monacal, etc. Esta clase disfrutaba de una situación privilegiada tanto en su posición social como económica (según la ecuación tradicionalmente vigente en Bizancio: educación = poder = riqueza); su instrucción corría a cargo de las escuelas superiores (laicas o eclesiásticas, pero sobre todo privadas) dirigidas por la legión de gramáticos, rétores y filósofos que trabajaban en Constantinopla. Estos “filólogos anónimos” , como se les ha llamado, tanto los profesores como sus discípulos, son los responsables de la conservación de los textos clásicos en época mediobizantina. Ellos, los sucesores de la primera generación de sabios excepcionales y eminentes, fueron los copistas, los editores, los redescubridores de los textos que han llegado hasta nosotros, por más que en la mayoría de las ocasiones sus nombres sean completamente desconocidos .

  La realización fundamental de estos estudiosos sin nombre, entre los siglos IX-XI, la que hizo verdaderamente posible la pervivencia de la literatura griega hasta nosotros, fue la operación llamada transliteración, que propició la copia de las fuentes manuscritas de la Antigüedad en la nueva escritura minúscula, creada más o menos un siglo antes en el fragor de la propaganda religiosa entre iconódulos e iconoclastas. La empresa de la transliteración, sin embargo, no fue ni mucho menos el resultado de un plan sistemático de trabajo. Es posible que, en sucesivas oleadas, a medida que nuevos intereses intelectuales se fuesen abriendo camino, se procediese a buscar y reunir en Constantinopla antiguos manuscritos en uncial diseminados por las bibliotecas oficiales y conventuales del Imperio. Las bibliotecas todavía guardaban abundantes tesoros que esperaban el paciente trabajo editor de los filólogos. Si todavía podemos leer una parte, si no considerable en número, sí al menos representativa de la literatura griega (unos 900 autores aproximadamente) se debe a estos anónimos esfuerzos sucesivos de búsqueda, lectura, estudio y edición de textos griegos.